¡Manifiesto! (The Manipedifiesto Big Floor Remix 2007)

Esto ocurre de nuevo por amistosa petición. Ya hablaba la última vez que afrontaba una versión de este documento de como me pidieron que lo hiciera, etc., etc. Diré más adelante que “no deja de sorprenderme lo poco que ha cambiado mi pensamiento sobre el vino en los últimos años” y no deberá parecerles extraño, pues les vengo advirtiendo de todo desde hace ya tiempo. Y la similitud entre una advertencia y otra debió darles una pista de por donde irían los tiros hoy.

¿Un remix de aquel “Manifiesto cambloriano” del 2003 y el 2004 para el 2007? ¿Será mi destino meter cada dos por tres en la máquina reformuladora mis ideas a ver si sale algo nuevo? Pues no sé... Va y, entre una versión y otra de mi proclama el mundo cambia de sopetón e invalida todo mi ideario. Se aceptan apuestas… Por lo pronto, soy una persona muy distinta a quien era en el 2004. Ahora tengo dos hijos y aquel cuarto del que les hablaba entonces ha pasado a pertenecer a ellos. Está pintado de lila y gris perla, con dos cunas. Yo empaqué mi biblioteca, mi discoteca, mi vinoteca y mis computadoras y las desempaqué en otra parte. Vayan ustedes a saber como lidiaré con los enemigos que de seguro me ganarán las páginas que les presentaré a continuación. Es un gentil y noble arte, eso de hacer enemigos. Como todo gentil y noble arte, se transforma, cambia, sorprende…

Lo que dije originalmente, en mi primer documento (y las interesantes réplicas a ello), aparece en:

http://www.verema.com/comunidad/foro/mensaje.asp?mensaje=27174

El “Remix del pensamiento 2004”, por su parte, vive en:

http://www.verema.com/opinamos/articulos/articulo.asp?articulo=150.

El tiempo discurre inevitablemente. La internet, por suerte, es la madre de todos los elefantes que jamás hayan existido, en cuanto a memoria se refiere.

Ahora le entro con mente, manos y pies a complacer a quien me sugirieseque violentara--er, remanifestara el “Manifiesto”. Mutilé, copié, pegué, me autoplagié, malatribuí, ricé rizos, repensé... Y así llegué a:

1. Joyas prestadas... ¿Qué mejor manera de iniciar la revisión de un manifiesto que tomando prestado el inicio de otro? Filippo Tommaso Marinetti abre su “Manifiesto futurista” de 1909 diciendo: “Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad”. Así Marinetti, así Camblor, aunque nuestras ideas más allá de esa bella línea no se parezcan en nada. Pero energía y temeridad que me saquen del tedio son lo que deseo, particularmente en el ámbito del vino.

2. De verdad, ¿qué es vino de verdad? Seguro que esto va a molestarle a algún despistado o despistada, pero tiendo a juzgar el vino como juzgo a la gente. Me gustan los vinos naturales, auténticos, honestos, inteligentes, equilibrados, persistentes, que recompensen mis esfuerzos, que me provoquen a invitarlos a mi mesa una y otra vez, que nunca me aburran. Así, mi concepto de vino de verdad ... Producto de la vid, el terruño, el clima y la labor de seres humanos conscientes, ante todo, de la importancia de los tres primeros elementos. Un vino de verdad no requiere afeites, ni maquillaje, ni manipulación, ni estrategias de mercadeo, ni prensa y publicidad. El vino de verdad sencillamente es en función de su origen, su tradición y la naturaleza. Se expresa elocuentemente en su propio idioma que, milagrosamente, yo entiendo a la perfección sin ayuda de nada más que mi propia sensibilidad. Ese entendimiento, esa percepción de bondades y verdades, me hace sentir vivo. Si el vino es rústico, es rústico. Si es elegante, es elegante. Pero no pretende tener más que lo que naturalmente tiene. Quedará claro de todo esto mi tajante oposición a usar puntos o alguna otra escala cuantitativa para calificar un vino. No lo haría con una buena persona...

3. Por cierto, hablando de vino y gente: El vino es un alimento. Para el cuerpo y para las relaciones humanas que elevan el alma. Separar un buen vino de una buena comida, en la mejor compañía posible, es una barbaridad. Obsesionarse con la cata clínica y la supuesta “valoración” de vinos equivale, en el mejor y el peor de los casos, a ignorar el verdadero valor del vino.

4. Acabo de decir valor. En el espíritu polivalente de ese sustantivo, a tanto enólogo, bodeguero, o simplemente elaborador con aspiración a hacer un buen vino, me dirijo con una pregunta clara y honesta que quisiera obtener una respuesta idem, considerando que la experiencia no nos haya engañado a todos: Tanta madera nueva, ¿es necesaria?

(Escribo este apartado tras haber catado en secuencia con un grupo de anigos tres vinos del Bierzo, uno que solamente vió acero inoxidable, otro que vió un poquito de roble francés nuevo y otro donde el roble lo es todo. Por unanimidad, el preferido fue el cuvée inox, en el que notábamos una especial pureza y expresividad frutal y mineral. ¿Estaremos todos locos?)

5. De la contraetiqueta de una botella... Me bebí un delicioso tinto de un productor artesanal de Piemonte y descubrí en la contraetiqueta, muy para mi sorpresa, el siguiente mensaje que les traduzco:

“A LAS GUIAS DE VINO, HABLANDO HUMILDEMENTE: En 1983 le pedí al periodista Sheldon Wasserman que no publicara puntuaciones de mis vinos. No solamente no publicó puntuaciones en su libro Italy’s Noble Red Wines, sino que también escribió que yo le había pedido que no me incluyera en ninguna ‘clasificación’ en la que la comparación se hace en términos numéricos divisivos, en vez de expresar una labor humana compartida. No he cambiado de parecer: Mi pequeña finca, que produce sólo 20,000 botellas de vino, sólo interesa a un pequeño número de clientes-amigos. Creo en la libertad de información, aún cuando se trate de juicios negativos. Pienso en mis colinas como un territorio anárquico, sin inquisidores ni facciones opositoras, cuya riqueza inherente se ve estimulada por crítica pensante y severos. Busco una comunidad que sea capaz de expresar solidaridad, aún con aquellos que no hayan sido bien compensados por la Madre Naturaleza.”

Firma el párrafo Teobaldo Cappellano. El vino era su Langhe Rosso 1999 y se me hacía muy fácil reconocer en él la razón de su autor al incluir semejante misiva a los “creadores de opinión” que tanto mueven hoy día. Le sonrío aquí, humildemente yo también, con solidaridad e inmenso disfrute.

6. Dos citas para continuar pensándolas (o para seguir deseando haber sido uno el autor…):

Oscar Wilde: “Es solamente sobre cosas que a uno no le interesan en lo más mínimo que puedo dar una opinión verdaderamente imparcial. Es por ello, sin duda, que una opinión imparcial es siempre absolutamente inútil.”

Friedrich Nietzsche: “Desconfío de todos los sistematizadores. La voluntad de sistematizar es una falta de integridad.”

No me cansaré jamás de recordarles: El placer rara vez sobrevive el escrutinio en nombre de la “objetividad” y la “ciencia”. Cuídense de quien se autoproclame “hedonista.” Ya el darle nombre a algo, clasificarlo, sistematizarlo, ampararlo bajo una “filosofía” constituye la invalidación a priori de la pureza del placer. Ese lo que está—como diría mi padre—es tratando de venderte una suscripción a algo. Si, encima, trata de convencerte de que es “imparcial” u “objetivo”, recuérdale que es imposible para un sujeto humano ser esas cosas. El instinto de supervivencia, desgraciadamente, se encarga de predisponernos y parcializarnos ante todo.

7. Robo otro texto, de un sabio que muriese atropellado por el camión del lechero: “Para mí, lo político es un orden fundamental de la historia, del pensamiento, de todo lo que se hace y dice. Es la verdadera dimensión de lo real. La política, no obstante, es otra cosa muy distinta. Es el momento en que lo político se convierte en la misma vieja historia de siempre, en el discurso de la repetición”. El vino y la comida, la música, jugar con mis dos hijitos, la literatura, el arte, el sexo, la infinita voluntad de poseer cositas que a otros les parecen tonterías... Todos estos son elementos protagonistas en mi realidad. Trato siempre de evitar toda politiquería que pueda nublar mi visión de ellos.

8. En lo de “entender de vino,” como en todo, no hay sustituto para la experiencia. Lástima que no haya tal cosa como suficiente experiencia. Si bebes todos los días, todos los días aprendes algo nuevo. Lástima también—pero sólo para los más perezosos, que quizás deban dedicarse a otra cosa, si vamos a ser completamente justos—que no exista uan única fuente de la que ir a aprender y que nuestra educación sea el largo y polimorfamente perverso periplo que es. Esto tiene un corolario, que he de poner en claro de una vez por todas, para los rezagados que no se lo hayan figurado: El amor por el vino no presenta atajos, conocer completamente un tema interminable es imposible y una educación en el vino no es algo ni sencillo, ni fácil. Quien les diga que “es fácil convertirse en un conocedor de vinos” les engaña. Aprender, o mejor dicho, instruirse sobre vino requiere esfuerzo, pero es un esfuerzo placentero.

Y gran parte del placer de aprender de vino es que ese aprendizaje se desdobla en otras cosas. Una vía conduce a otras que conducen a la primera. Pienso una sabia línea en un librito sobre filosofía y vino (Questions of Taste: The Philosophy of Wine, Barry C. Smith, ed., Oxford University Press, Nueva York, 2007) que me leí hace poco: “Lo mejor que puede pasarle a un amante del vino es desarrollar un interés por la química.” En efecto, y es casi inevitable, en aras de la pasión por el vino, interesarse por las ciencias, la literatura y las artes plásticas que ocurren en o en torno al vino. Aprender de vino nos hace cultos en todo.

9. Nuestra cultura se ha vuelto un torbellino de “gratificaciones inmediatas”. Se ha perdido casi totalmente en la gente la paciencia y la dedicación que eran intrínsecas a un cierto art de vivre. No entendemos que algunas cosas hay que esperarlas, que la única sazón perfecta es el tiempo justo. Se rechaza así por así la noción de que un vino requiera más de un par de años para evolucionar hasta su momento de gloria. La pérdida de la paciencia en un enófilo es la muerte de la magia.

En esa muerte, la pérdida de la paciencia empuña el revólver, pero es otra cosa la que aprieta el gatillo... Sale al mercado un vino que recibe de algún crítico el visto bueno y los concomitantes puntos. En nuestros tiempos, en los que pensar escuece y se vive de tanta bobería reciclada como dogma de fe, la “autoridad” dice “¡100 puntos!” y una horda de desesperados salta a buscar el producto que tan excelsa calificación merece. ¿Pero qué van a buscar esos desesperados? ¿Será el producto mismo, o el poder participar de y ratificar la opinión del crítico para contarse entre los que “de verdad saben”?

10. Nunca diré que “conozco” un vino por haberlo probado una, dos, tres, diez veces... Diré que tengo experiencia con un vino tras haber probado, en la mayor cantidad de contextos posibles a lo largo de una vida, la mayor cantidad de cosechas posibles de él. Menos aún diré sobre algo que no he probado (excepto admitir que no lo he probado).

11. Nunca me atreveré a discutir sobre la agudeza visual, olfativa o gustativa de nadie. Sin embargo, es esencial reconocer que los gustos son siempre relativos y deben evolucionar constantemente. Lo que nos chiflaba en la niñez quizás como adultos lo sobrepasamos. La vida nos equipa, nos sensibiliza para apreciar cosas más sutiles y complejas cada día. Poca es la gente que conozco que no experimente tal progreso. Claro, hay deshonrosas excepciones… He conocido individuos que viven neciamente aferrados a los gustos de los años mozos. Lo unidimensional, lo obvio, lo que grita… Eso es, para ellos, lo único que vale. Y todos los que pretendemos haber “evolucionado” un poco somos meros dandys o pedantes. Peor, hay desubicados que se atreven a llamarnos “snobs”, cuando en realidad un “snob” es un posturitas, un advenedizo que pretende asumir barnices de conocimiento para adornarse e impresionar.

Compañeros amantes del vino, ¡reclamemos la legitimidad para nuestra pasión, los que estamos en esto sin motivos sociales ulteriores! Nuestra entrega emocional e intelectual merece ser respetada y ya es hora de perder la paciencia con aquellos que la abaratan y equiparan a “moda”..

12. ¿Un gurú? Alguien de quien sospechar, en el mejor de los casos. En el peor, alguien de quien mofarse abiertamente. ¿Un gurú del vino? Seguramente un fraude. Nadie debe presumir de habitar una altura moral que haga sus ideas y opiniones más valiosas que las de otro. De la propia vida de uno deben surgir las razones para tener o no confianza. Es mejor confiar en las cosas mismas que en las ideas de alguien sobre las cosas. Va para el vino y la vida. Esto tiene un estribillo. Por si no es absolutamente evidente, aquí está: “Duda de todo y de todos, hasta de ti mismo.”

Claro, a quien le sigan las ganas de creer en los gurús en vez de concentrarse en las cosas, que recuerde una línea que leí hace unos días en un libro, precisamente sobre un gurú del vino: El sabio señala la luna y el tonto sólo ve el dedo. En mi naturaleza está cuestionar el sabio, el dedo, el tonto mientras miro la luna.

Es que resulta curioso como, en lso últimos tiempos, los más poderosos creadores de opinión en torno al vino alegan vociferantemente que son defensores del consumidor”. Sin embargo, cada vez más de entre ellos se rehusan a publicar comentarios negativos sobre los vinos que comentan. En la ausencia de comentarios negativos, claro está, es fácil caer en un panglossiano estado epistemasturbatorio en el que “todo es para bien en este mejor de todos los mundos”.

Por mi parte, yo me acercaré a aquellos capaces de hablar abiertamente, de forma positiva o negativa, sobre cualquier vino. Y procuraré convertirme en un interlocutor igual de honesto con ellos. A quien le acomoden mis parámetors de juicio, quizás disfrute de mi compañía, quizás bebamos una o dos botellitas que disfrutemos por igual.

13. Una palabra que debiera ser benévola, pero que para mí resulta repulsiva: Guía. En el tema del vino, las últimas tres décadas han visto una proliferación ad absurdum de “guías para el consumidor”, la vasta mayoría de las cuales son un imperdonable insulto al tema que supuestamente “cubren” y a los árboles que murieron para dar papel en que fueron impresas (ver punto anterior de este documento).

Lo peor es que la culpa del insulto es compartida—si bien desigualmente—por los autores de las guías y por el rebaño de seres humanos que se toman las guías como último repositorio de todo lo que hay que saber sobre vino. Usualmente, el pensamiento de ese rebaño ocurre en un circuito cerrado: La Guía dice que esto es bueno y tiene tantos puntos y eso es todo, ha hablado la Guía. Y escuchado los fieles. Aquellos vinos que logren su beneplácito, comprados serán. Los otros, como si no existiesen. ¿Quién es responsable de qué en este proceso de reducción idiotizante de un tema tan amplio y bello?

Ni muletas, ni atajos, ni “carriles exprés”. Los verdaderos amantes del vino dedican al objeto de su pasión el tiempo y el esfuerzo que éste amerita. Son selectivos en cuanto a la ayuda que buscan, procurando que la ayuda no acabe excluyéndolos de algún registro de placer. “Guía” trae implícito el llegar a un punto de la forma más rápida y eficiente. Pero, ¿qué del goce que hay en el movimiento, en el avance mismo? En el momento en que lo reconocemos, la “guía” pierde su relevancia y las agencias detrás de élla se convierten en un engorro del que deshacerse.

14. En el año 2001 me pasé un par de meses completamente ciego. Fue un momento terrible en mi vida, en el que me aferré desesperadamente a lo que conocía. Tuve la oportunidad de revisar muchas opiniones que alguna vez considerara firmes, incuestionables. Estaba ciego, pero no había perdido mi contexto. Cuando, por fortuna, recuperé la vista en uno de mis ojos, me quedaban pocas ganas de hacer nada “a ciegas.” Retirar la vista equivale sencillamente a crear un desconcierto momentáneo. Pero lo que uno es, lo que uno sabe, nunca desaparece. Ese es el instrumento de cualquier juicio que emito, lo que soy, lo que he vivido. Puedo dejar de ver hacia fuera, pero nunca dejo de ver hacia dentro.

15. Pero entre tanto gurú y tanta “guía” podría olvidar aquello a lo que vinimos, al vino, y eso sería terrible... Decía hace tres años y pico que “que me guarden todos los dioses y diablos de aquellos que se han hecho terratenientes, viticultores y vinateros en pos de alguna gloria que no sea el vino mismo… Casi siempre, las ínfulas de ese tipo de individuo llevan al horrible matrimonio de lo imbebible con lo impagable.”

También decía: “Cualquier terruño en cualquier región puede producir un vino decente. Algunas, un vino excelente y hasta auténticamente superlativo. Por otro lado, los vinos verdaderamente malos siempre son producto de la intervención de la gente.”

La naturaleza es caprichosa. De un año a otro, las condiciones meteorológicas en una región vinícola pueden variar radicalmente, siendo el vino de una cosecha muy distinto al de otra, aunque ambos guarden alguna inherente semblanza familiar. Se ha vuelto una obsesión entre tantísimos elaboradores de producto vínico el mantener “calidad” consistente—entiéndase crear un producto perfectamente idéntico de entrega en entrega, como la Coca-Cola—sin importar la añada. Esto, de por sí, sería un loable deseo, de no ser por los métodos utilizados y la forma en que lo que alguna vez fuera vino se convierte en mercadería de homogeneidad forzada, con “prestaciones”, pero sin carácter. Para ponerlo lo más claro posible, en cuanto al vino, obviar a la naturaleza no debe ser parte de ningún programa de gestión de marca.

16. “Mi nombre es legión...” Hablando de “control de calidad”, “expertos en eficiencia” y sus fenómenos concomitantes, me viene a la mente una especie que se ha vuelto muy común en las últimas décadas del mundo del vino: El enoconsultor de alto renombre. Vemos nombres de enólogos repetirse asociados a vinos en las más diversas regiones, siendo el reclamo de ventas más el nombre del enólogo estrella que la individualidad y calidad del vino per se.

Para esos enólogos estrella que tanto mundo trotan haciendo vinos idénticos en las más dispares regiones (en el poco probable caso de que se estén leyendo esto), unas palabras que aprendí en el cole: Quien mucho abarca, poco aprieta. Conocer una sola región al punto de saber interpretar su terruño en un vino natural es labor para toda una vida. Andar rebotando de una región a otra aplicando (o en muchos casos solamente dictando) fórmulas y tecnología en viñedo no es algo que pueda yo admirar, a menos que sea al nivel de puro pecunio, sin considerar el producto en cuestión como vio de verdad.


17. Dejémonos de tanto hacerle el caldo gordo a las celebridades… Si voy a llegar al grano del asunto de esos “enólogos superestrellas”, la verdad es que casi nunca he probado un producto al que se asocie el nombre de uno de ellos que me haya impresionado positivamente y me haya retenido a largo plazo. Se ensalza hasta mi hartazgo su “grandeza” y al final lo que vemos son vedettes cuyos productos, en un mundo mejor, merecerían un escrutinio más riguroso y una evaluación quizás menos pelotística.

En mi experiencia, los hacedores de grandes vinos—y en mi vida me he encontrado con unos cuantos—no andan buscando cámara, ni luciéndose, ni mediatizándose. No hacen espectáculo. Consideran que a nadie debe importar lo simpáticos, locuaces o geniales que son como personas. Trabajan en la tierra y en la bodega y dejan que lo que luzca sea el vino.

18. Escribió el gran maestro André Simon en 1945: “Es tan poco lo que hace la diferencia entre lo bueno, lo malo y lo indiferente en prosa, poesía o vino. Pero ese poco es de una importancia inmensa.” Existe, para mí, una extraña correlación entre la calidad fundamental de un vino y el lenguaje que nos inspira o deja de inspirarnos. Irónicamente, el momento máximo del vino es cuando nos hace afrontar lo inefable, lo indescriptible, cuando el lenguaje humano nos falla y no somos más que instinto.

19. Breve comentario sobre el enoerotismo: Freud definía al fetichista como aquel que equiparaba una parte con el todo del objeto del deseo erótico. Cuando alguien me habla de “la fruta” como el atributo más deseable de un vino—el non plus ultra—no puedo evitar pensar en el fetichismo inherente en tal pronunciamiento. Se me pudiese acusar, por mi parte, de fetichismo por estar obsesionado tanto con el “terroir” (que, después de todo, sólo es una parte del conjunto en el vino). Duraría unos segunditos sintiéndome como si me hubiesen pillado con los calzones alrededor de los tobillos. Luego diría, aniquilando todo complejo, que hay fetiches y fetiches.

20. Lo que más me sigue doliendo de mi vida, en una tercera versión de mi manifiesto: El no poder utilizar, si no es con tono irónico, una oración como “The ortolans were delightful and the Chambertin, perfect” (¡Cuánto Oscar Wilde hay en este compendio! Es algo a lo que no presté mucha atención en el primer remix). No me duele porque añore yo una época dorada en el pasado, en la cual todo era “mejor.” Jamás pienso de esa forma. Pero no puedo evitar pensar que ciertas cosas—ciertos modos de hablar, de coexistir—no debieran perderse nunca. Y, sobre todo, no debieran perderse porque han venido a ser sustituídas por el parloteo vacío de los puntos otorgados al Chambertin de marras y de su eventual precio en subasta.

21. Si todo este discurso tiene estribillo que repetirá en mi mente, puede que sea el sigueinte: “Cada vez que oigo a alguien hablar de que el vino del lugar X es “lo mejor que hay”, paso rato pensando en si zurrar al hablante (en aras de iluminarlo un poco, claro) o sencillamente carcajearme a sus expensas.”

Me jode infinitamente el chauvinismo. Pero, más allá de mi mera molestia, a ese parrafito se ataba una consideración importante que podría acabar por invalidar mis disgustos y hacerme defensor de un cierto orgullo regional: En el mundo de hoy, de tanto globalismo y, donde la influencia de unos pocos es lo que dicta la concepción del “gusto” y “lo que vende,” es mejor juzgar el vino—y cualquier producto—caso por caso. Preferiría sucumbir a la tentación reduccionista y ya no pensar en Rioja, en Borgoña, en el norte del Ródano, en Napa, Piemonte, el Valais, el pedacito al lado de la finca de Zutano en Nantes, la parcela detrás de la cafetería en el edificio de la coopetativa vinícola X en el Valais, el cacho de tierra desde donde no se ve la carretera en Mendoza o el lugar donde se me perdió la cámara en Long Island, no en términos de grupos culturales ni identidades romantizadas. Si viene alguien y hace algo que me deleita, o que me molesta, o que me ofusca, o que cambia mi vida, quiero pensar en él o ella como alguien capaz o incapaz, auténtico o artificial, o lo que sea, pero no aliarlo a nada que no sea el ejemplo de su obra que tengo delante. Pero, ¿y si esa obra de verdad habla de uno de esos terruños de forma inequívoca? ¿Y si ese terruño, ese entorno, es tan patente en el vino que puedo olvidar casi completamente a su hacedor humano? ¿No se justifica ahí un poquito de orgullo por parte de quien trabaja la tierra que logra semejante milagro?

Fascinante hilo discursivo para mí, por todo lo que contradice y acaba demostrando.

22. Me repito: Soy mi intertexto. De ahí agarro otra línea de un manifiesto favorito (el surrealista de André Breton en 1924), extrapolándola violentamente: “Vivimos aún bajo el reino de la lógica... Pero en estos tiempos los métodos de la lógica son aplicables únicamente a la solución de problemas de orden secundario.”

Para entender, o, mejor dicho, para justificar la industria del vino hoy, la lógica falla. Nos encontramos con megacorporaciones multinacionales generando producto vínico industrial superstandardizado y hemos de reconciliar eso con la tradicional idea romántica del vino como creación manual y amorosa de agricultores y artesanos. Nos encontramos con comunicadores que se ufanan de haber “democratizado” el vino, aunque lo que han hecho no ha sido más que convertirlo en otra moda fetichista y revitalizarlo como símbolo de estatus y modo de ostentación. Nos encontramos con que esos mismos “democratizadores” tienen el poder de crear furores adquisitivos, provocando una inflación en el precio del vino “democratizado” que lo pone lejos del alcance del “demos”. Nos encontramos con sabiondos que se han inventado la mitad de lo que dicen saber, con informadores que desinforman, con emisores de juicios tajantes basados en puro capricho, con “crítios” todopoderosos cuyos caminos son misteriosos, con una extraña tribu de gente que vive a través de los gustos de otros... ¿Podría culpársenos si, como amantes del vino, de repente nos sentimos atrapados en una repetición perversa y sin final feliz visible de Alicia en el País de las maravillas? La lógica aquí solamente servirá para crearnos frustración si a lo que aspiramos es a aceptar.

23. No deja de sorprenderme lo poco que ha cambiado mi pensamiento sobre el vino en los últimos años. Sigo buscando el duende, lo especial, lo vivo, la tensión, el misterio, la sorpresa, la sonrisa en la oscuridad... Hace un par de días cayó en mi escritorio la noticia de que investigadores alemanes estaban a punto de revelar una explicación científica de como los vinos manifiestan su terroir. Yo me dije: “¡Lo que faltaba! De ahí a cuantificar el terroir en vez de maravillarse ante él hay un paso, y después, se jodió esta vaina...”

En marcado contraste con las frustrantes fallas lógicas a que nos somete el esperpento que quiere hacerse pasar hoy día por “cultura del vino” (no me hablen del equivalente vínico de la “Torre Eiffel” que hay en Las Vegas como una experiencia igual de enriquecedora culturalmente que una estancia en París, por favor), están las fallas lógicas que experimentamos ante un gran vino de verdad. ¡Que canten las sirenas del marketing! ¡Que entonen melismas con todas las consignas que quieren que me crea! Yo, por mi parte, buscaré de donde sale la voz verdadera del vino y, de no encontrarla (una situaci´øn desesperadamente triste que no quisiera imaginar), pronunciaré dos palabras para romper cualquier hechizo exhado por los impostores. La primera palabra, Milli. La segunda, Vanilli. Cesará el ruido. Yo podré entonces, servirme una copa de Granite de Clisson para acompañar un delicioso plato de ostras, confiado en que ésta fue la última revisión de mi “manifiesto” y que pocas ganas me quedan de hacer otra.

Escrito por: manuel-camblor 15 comentarios 23 Nov 2007 URL Permanente

15 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Alejandro

Alejandro dijo

Gracias Manuel por esta revisión del manifiesto ya tengo "relectura" para esta noche

Anónimo

Anónimo dijo

Yo ya la tengo para el semestre sabático que me voy a pedir. Tengo que leer con calma todo esto y digerirlo.
En cualquier caso, enormemente agradecido por compartir ideario.
Seguirá, seguro.
Joan

Joan Gómez Pallarès

Joan Gómez Pallarès dijo

Perdón por lo del "anónimo". Soy yo, vaya.
Joan

Eva

Eva dijo

estupendo articulo. me sumo a la opinion de que lo mas fashion de unas bodegas es el vino en si. el resto, es puro maquillaje.
el vino, y las labores diarias, y el campo, la tierra, los frutos, las sensaciones palaticas y las reminiscencias emotivas, el placer del gusto, el vinum.

manuel-camblor dijo

Hola Eva, bienvenida a esta "Otra botella" tuya, mía, nuestra...

No entiendo muy bien eso de "omás fashion de unas bodegas". Creo sinceramente que el vino de verdad anda lejos de lo "fashion". No sé, quizás no te estoy leyendo bien.

Nada, eso. Bienvenida...

M.

IGLegorburu

IGLegorburu dijo

Hola Manuel, veo que la actualización del Manifiesto no ha hecho la fermentación...la densidad es bien alta :-)

Leeré con calma aunque con retraso.

Un abrazo

manuel-camblor dijo

Las palabras clave de esta versión: Nada. Que. Valga. La. Pena. Es. Fácil.

M.

Otto Monsivais

Otto Monsivais dijo

Manuel te he leido desde hace algunos años y me he divertido con la mayoria de tus texos y creo que he aprendido algo con algunos otros,en mucho coincido contigo,pero definitivamente creo que el marketing que hace posible que el vino pueda ser algo mas popular, por lo menos en paises que no son productores y que no tienen cultura historica de vino,para atraer gente con vinos que son de gusto mas general para los que se inician(dulzones,concentrados,maquillados,etc) asi como las guias de demas tretas, tienen cierto valor al acercar gente a este facinante gusto de tomar vino y como bien dices ya es responsabilidad de cada quien quederse ahi o evolucionar.
Saludos desde Mexico.

manuel-camblor dijo

Hombre, Otto, una alegría verte por aquí. No te veía desde Verema, creo...

El valor de las guías y de esos vinos "introductorios" sería indiscutible si en verdad fuesen la introducción a ese mundo extenso, varipinto y apasionante que es, en realidad, el del vino. El problema viene cuando la "intorducción" acaba convirtiéndose en el non plus ultra y todo se queda en lo más obvio. Es contra ese espíritu de "okey, éste tiene 95 puntos y eso es todo lo que hay que saber" que hay que combatir si lo que queremos es continuar teniendo una cultura del vino.

De hecho, para llevar este argumento a sus últimas consecuencias, muchas guías dan bastante información. No puedo acusar a Parker o a Wine Spectator de carecer de datos técnicos y, al menos al Spectator, de carecer de imágenes tentadoras... La cosa es que la gente que llega al vino y utiliza esas guías se afana en "tenerlo todo en un solo sitio", cuando en realidad el mayor placer de aprender de vino es e viaje de descubrimiento, que es deliciosamente incesante y, mejor aún, conecta con tantos aspectos de la cultura humana de formas inesperadas.

M.

Otto Monsivais

Otto Monsivais dijo

Asi es de Verema, te he entiendo y no sabes como me he escuchado en comidas,reuniones y ya no se diga en mi negocio.
Este es del top 100
Este le "gana" al otro
Este esta muy ligerito
Yo trato cuando creo prudente de hacer alguna aportacion,que aun con lo limitado de mis conocimientos y experiencia podria servirles segun yo, pero cuando las cosas se toman por pose y estar en y a la moda es obvio que las tendencias comerciales saben como llegarles y es ahi donde reitero es responsabilidad de cada persona.

Saludos

Otto Monsivais

Otto Monsivais dijo

Por cierto se olvido comentarte que en Mexico estan promocionando dos vinos de la Bodega La Rioja Alta que no ecuentro informacion por ningun lado que son el One y Lat42 que por cierto parece(presuntamente) el tema del que estamos hablando y si eso lo hacen bodegas con esa tradicion que se puede esparar de las demas.

manuel-camblor dijo

En cuanto a poses y modas, Otto, espérate a una sobre cierta cuvée prestige de Champagne que voy a colgar mañana o pasado y verás el colmo...

Sobre ese vino de La Rioja Alta, pues no sabía ni que existía, la verdad. Puedes, en el blog vecino de Julio sáenz, preguntarle directamente al enólogo de la bodega, que es él mismo, sobre esas marcas, a ver qué te dice.

M.

Felipe Mendez Ramirez

Felipe Mendez Ramirez dijo

No había tenido tiempo, Manuel de comentar tu Manifiesto.

Primero, gracias por el esfuerzo (estoy seguro que lo fue) y la inspiración.

La verdad es que poco que comentar. No voy a objecionar ninguno de tus puntos. Los comparto, pelos más pelos menos, todos.

En alguna parte te quejabas de lo poco incendiario que había resultado tu manifiesto. Las razones para mí son claras:

1º Lo publicaste en tu propia casa, donde te visitan tus amigos. Otro gallo cantaría lo hubieras colgado en eBob.

2º Nos traes ya preparados. Escribiste un apretado compendio de cosas que ya te habíamos leído. Ideas que ya nos has contagiado.

Dos cosas me llamaron la atención: el título (big floor manipedifiesto?) y la foto de tapa, muy cinematográfica. Cool.

Pedro  Barrio

Pedro Barrio dijo

Hace unos tres años coloqué en verema este comentario sobre un barbaresco de Gaja.
"De esta denominación de origen , próxima a Barolo pero menos renombrada, disfruté hace unos días de una botella del 85 de este conocido y omnipresente elaborador.

Cuando degusto este tipo de vinos, que tienen un espíritu tan personal, y que seduce e incita a viajar para conocer e impregnarse de su terroir, no puedo evitar la comparación con aquellos otros, con puntuaciones tan elevadas - con tanto de todo y todo tan perfecto- que lo único que me sugieren es que detrás de su perfección formal no encuentro ni espíritu ni personalidad, y que no me interesan nada.

Muchos de estos otros vinos, muy valorados en los foros, encajan plenamente en esa denominación que hace muchos años ofrecí a algunos conocidos periodistas del vino: vinos de pasarela. Vinos de diseño, perfectos, hechos para impactar pero carentes de emotividad.

Hace tiempo que no relleno fichas de cata; tal vez ahora busco emociones y sutiles sugerencias.

Iré a conocer el Piamonte. Y ese destino no entraba en mis planes antes de conocer sus vinos..."

Así que... de acuerdo.

manuel-camblor dijo

Pedro,

Angelo Gaja, siendo de los productores más avispados en cuanto a marketing y modernistas de espíritu y obra no forma parte de mi "canon piamontés", aunque comprendo muy bien a lo que te refieres, peus aún con barrica y ciertos afeites de ahora, son vinos mucho más emocionantes que el promedio de lo que sale de muchos otros lugares.

Si vas a ir a Piemonte, mándame un e-mail, que te paso unas cuantas referencias de lugares donde quedarte y comer, además de ponerte en contacto con algunos de mis productores favoritos. Para mí los importantes de verdad para enterarse de lo que es capaz la nebbiolo en esas maravillosas tierras son Brovia, Giuseppe Mascarello, Bartolo Mascarello, Oddero, Marcarini, Giacomo Conterno, Bruno Giacosa, Teobaldo Cappellano, De Forville, Rinaldi... Ahí te encuentras con una conexión al terroir en la que de verdad no hay interferencia alguna. Ah, otra cosa, vale la pena conocer a la una de las mejores cooperativa del mundo: Produttori del Barbaresco. Son vinos tremendos a precios inmejorables.

También, si tienes tiempo, vale la pena acercarse al norte de Piamonte, donde la nebbiolo da cosas maravillosas y muy, muy distintas a las que da en Langhe. Por allá arriba te recomeindo productores como Sella (las DOCs Lessona y Bramaterra), Antichi Viticultori di Cantalupo (Ghemme) y Ferrando (Carema).

M.

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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