De un tiempo a esta parte he probado muchos vinos del Bierzo, dando una
oportunidad a la mencía de mostrarme lo que tiene. En algunos casos
me he encontrado con vinos que no me desagradaban. En otros me
encontré con mejunjes mermeládicos y enmaderados que me ofendían muy activa e imperdonablemente. No encontraba nada que me motivara a comprar otra botella, cosa que me frustraba… La mencía parecía idónea para dar vinos de cuerpo medio, limpios, con buena presencia de fruta roja, acidez atlántica y una marcada mineralidad (los mejorcitos podían llegar a ser especie de primos ibéricos de una mezcla imaginaria de cabernet franc y gamay de Touraine). Pero en los peores casos era maquillada hasta el hartazgo con roble, de forma que no podía ni siquiera intuirse la verdadera sustancia del vino.
Y entonces entran en escena anoche una deliciosa pizza “estilo bruschetta” con prosciutto y aceitunas de John’s Pizza (un garito al lado de mi casa que hace la mejor pizza del Upper East Side y una de las mejores de todo Manhattan) y una botella de Dominio de Tares, “Albares”, Bierzo 2004. La sorpresa que me llevé, particularmente considerando ejemplares supuestamente “de más alta gama” de esta misma bodega que había probado antes, fue mayúscula.
Mi nota: Nariz limpia de cereza, ciruela roja y frambuesa con un deje de violetas y anís. También, distantemente. una nota de silla de montar sudada. En boca, lo mismo. Cuerpo medio, muy afrutado, con paso de boca suave, acidez moderada, pero bastante presente, y una frescura que
invita a seguir bebiendo. Buen posgusto, con notas de piedra
triturada que me motivan a investigar sobre el suelo y el microclima
del viñedo. Si más bierzos fuesen así, sería una región que me
tendría sumamente entusiasmado.
Lo bonito del caso es que leo la contraetiqueta y resulta que ésta es
la “unoaked cuvée” de Dominio de Tares. Se vende en Nueva York por
US$9. Lo bvien que se comporta me hace pensar si las barricas nuevas de
roble francés de las que tanto abusan tantos productores, aparte de hacer tanto vino impotable, no añadirán insulto a la injuria haciéndolo caro además.
Ojo, no quiero caer en la misma polémica tonta de siempre. Que no venga ningún denso a declararme “enemigo acérrimo del roble nuevo” (como ha pasado antes en varios foros de debate). Todas las barricas alguna vez son nuevas y hay, necesariamente, que darles uso. Pero tengo muy severas objeciones?y pongo el grito en el cielo?cuando encuentro esas barricas nuevas siendo utilizadas como aditivo al vino. Una barrica de roble debe ser un recipiente lo más neutral posible donde facilitar los procesos de evolución del vino. ¿Aromas de barrica? Ahí se invierte el dicho popular: Más vale que falten que que sobren.
Respeto el roble nuevo utilizado con mesura. Pero reconozco ante todo la capacidad que tiene de enmascarar el vino, de no dejarnos ver las virtudes aromáticas intrínsecas de fruta y terruño, queriendo enfocarnos en maquillaje añadido. Demasiadas han sido las veces en que he observado notas de cata de enófilos que quizás no itenen experiencia suficiente como para entender de firerencias. Hablando de los aromas que salen de la copa, te dan una docena de descriptores que no se relacionan para nada con fruta, suelo, o la física y química que convierten ambas cosas en buen vino, y que tienen todo que ver con madera agregada (por favor, que si lo que buscamos primariamente es vainilla, chocolate, espresso, balsámicos, cuero nuevo, flan, crema, etc, etc, creo que en realidad no nos apetece una copa, sino una duela mojada…). Ante notas así siempre se me va la sonrisa. ¿Qué demonios está definiendo como “vino” la industria, que los neófitos andan tan confundidos?
Probar el Albares, un vino de mencía “al desnudo” y sin amueblar (para no volver a decir “maquillar”) me recordó aquella canción de ese tesoro nacional de España, Joaquín Sabina, que iba: “Desnuda se sentía igual que un pez en el agua./Vestirla era peor que amortajarla./Inocente y perversa como un mundo sin dioses;/alegre y repartida, como le pan de los pobres…”. Un vino puro, mostrándote sus detalles con honestidad, sin trucos, que te pide que lo bebas, lo disfrutes, lo disfrutes de nuevo… ¿Qué más quiere uno?
Bueno, antes de despedirme por hoy voy a introducir algo nuevo a este peculiar blog. En los comentarios de algunas entregas ya hemos estado hablando de música un poco. Para mí el vino, la mujer de mi vida y la música son inseparables. Ya Josie aparece con frecuencia en mis apuntes. Y hay un océano de vino. Pues, falta que les cuente brevemente, tres veces en semana, sobre algún disco que suena aquí, en la guarida cambloriana. De ahora en adelante, les contaré de “Otra botella, otro disco”.
Varios Artistas, Gilles Peterson & Patrick Forge Present “Sunday Afternoon at Dingwalls” (Ether Records, 2006)
Recuerdos de un momento que tuve la suerte de vivir: Principios de los noventas. Camden Town, al norte de Londres. Domingo por la tarde. Un par de DJs y empresarios magistrales tienen la idea de crear uno de los ambientes más musicalmente eclécticos y fascinates de las últimas tres décadas. De discos pinchados en las sesiones conocidas cariñosamente como “Dingwalls” germina un nuevo género musical híbrido que sería el “acid jazz”. Este álbum doble está cargadito de tesoros que sirvieron como motores en el génesis de ese “acid jazz”. Dichoso fuí yo de haber estado en alguno de esos domingos, allá cuando hacía mi primera maestría en King’s College London. Algunas de las joyas que salen aquí las tuve en vinil o en cd, compradas tras escucharlas por primera vez en Dingwalls. Y ahora las recobro en mi iPod. La experiencia vital de descubrir lo bien que sonaba el jazz latino de Airto o Dave Valentín mezclado con los experimentos de Pharoah Sanders, y el inteligentísimo rap de A Tribe Called Quest, el proto-neo-soul de Soul II Soul o Mica Paris, y el jazz-funk de Roy Ayers… Esa es algo que vale la pena repetir, una y otra vez.