En el excelente volumen acerca de las virtudes del ateismo The God Delusion, de Richard Dawkins, me encuentro con una interesante cita de Bertrand Russell:
Mucha gente de ideas ortodoxas habla como si fuese asunto de los escépticos el demostrar la invalidez de los dogmas establecidos, en vez de deber de los dog-
máticos el demostrar su validez. (Mi traducción)
Lo que sigue es aquella maravillosa propuesta de Russell sobre la teterita e porcelana que gira en órbita elíptica alrededor del sol, entre la Tierra y Marte, equivalente en su probabilidad a la existencia de cualquier deidad como la venden las religiones que hasta hoy ocupan a la humanidad.
Pero nada, que no vamos hoy sobre religión, arreligión, u algún punto intermedio. Esto, como bien suele recordarme el bueno de Felipe Méndez, es un blog de vino y siempre hay que volver al punto. Aunque quizás sí vayamos de religión, sólo que no religión de templos ni dioses.
Pues, lo de Bertrand Russell me trae a la mente el dogmatismo que impera en nuestro tiempo, a nivel de religión, de política (aunque no estoy muy seguro de poder demostrar que estas dos cosas no son la misma, mal disfrazada) y–¿por qué no??de vino. Tal parecería que en el mundo actual del vino, como en política o religión, no hay espacio para tonos de gris, sino puro blanco y puro negro: Oposiciones diametrales imposibles de reconciliar. Y aquellos que abrazan los dogmas de un bando u otro son incapaces de tolerar ni un mínimo de ambigüedad. Si no estás con ellos, eres del enemigo.
Yo, por mis opiniones, a veces he sido injustamente encasillado cono “talibán” de dogmas en los que no creo. Porque tiendo a preferir un cierto tipo de vinos y no acepto a ciegas los supuestos méritos de un tipo que algún creador de opinión opuso al del vino que me gusta. Y vamos, que exento de culpa no estoy en lo de jugar al juego de las polaridades yo mismo, en muy ruidosas batallas de “modernistas” versus “tradicionalistas”. Me he encontrado muchas veces, casi por accidente, defendiendo un bando, aunque en realidad me den un poco de asco las ideologías y prefiera un poco más de latitud pensante, lo que precluye fidelidad absoluta. Al principio y al final, aquello por lo que se me acusó de participar de dogmas era meramente una opinión, muy personal y basada en mi propia y exclusiva praxis.
Digamos que, si algún lado he defendido en una de esas contiendas (que al final siempre acaban resultándome muy tontas), lo he hecho porque ha podido demostrarme mucho más que el otro.
Soy un apasionado de lo demostrado y lo demostrable. Creer sin evidencia sencillamente no me va.
De ahí que me crispe yo muchas veces ante cosas de la actualidad del vino que muchos profesan como dogma incontestable, pero cuyo verdadero peso lógico es, hasta donde se ve, cero o menos.
Por ejemplo, los tan debatidos puntos. Muchas veces me han insultado diversos personajes en esta internet del vino por mi incapacidad de creer que la escalilla de 100 puntos favorecida por esos “críticos” norteamericanos a quienes tanto culto se rinde es algo objetivo, o desinteresado, o intelectualmente honesto, o incorruptible, o benévolo para el amante del vino… No es que automáticamente crea lo contrario. Es más, me costaría lo mismo aceptar los puntos como medida indiscutible de la calidad y disfrutabilidad de un vino que aceptarlos como una farsa urdida en el interés de la industria. Si no hay evidencia, no hay nada más que los cuestionamientos que podamos plantear.
Hoy es jueves. Un buen día para invitarlos a todos ustedes a ser escépticos. A cuestionar cada etiqueta, cada descripción, cada puntuación, cada supuesta panacea enológica, cada nuevo Vino Importante? y, sobre todo, cada quien que proclame la importancia de dicho vino.
Sólo unos pensamientos peregrinos… Levanto mi copa a esta hora de almuerzo y brindo por lo demostrable, lo demostrado, y el placer de ver la demostración.
Otra botella
Henry Marionnet, Gamay de Bouze “Les Cépages Oubliés”, Vin de Pays du Jardin de la France 2005: Aroma potente de granito triturado, ceniza, cal, ciruela roja y grosella. Lo mismo en boca. Suculento, primario. Luego suelta unas notillas de flores silvestres y sandía. Buen largo. Taninos firmes, pero no muy pronunciados. Excelente acidez. Un leve acento medicinal en el posgusto. Un vino muy puro y directo, de un productor apasionado por vides de pei franco y cositas “raras” o, como el nombre de este vino dice “variedades olvidadas”.
Otro disco
Chavela Vargas, Chavela at Carnegie Hall (Tommy Boy Records)
¿Qué puedo decir que no se haya dicho ya? Como canta el gran Sabina: “Las amarguras no son amargas/cuando las canta Chavela Vargas”. Diosa de mis borracheras, fuente de risa y sollozo… En este impresionante concierto, superintimista aunque se celebrara en un gran auditorio, Chavela se oye ya de su edad, con una voz que, aunque desgastada, proyecta la misma pasión, el mismo poder evocador y provocador, de siempre. Con sencillo acompañamiento de guitarra acústica, la garra está casi al desnudo, y araña el alma dejando un exquisito dolor.