Algunas nociones sobre la felicidad, con burdeos... (y 2)

En curso, una maravillosa noche en la que este humilde narrador cata y bebe más grandes vinos de los que merece.
 
Nadie dice nada, pero con el próximo vino sabemos que hemos cerrado ya en esta velada el capítulo del Médoc. La nariz del Clos des Jacobins, Saint-Emilion) 1962 es muy obvia, con su sustancial dosis de arcilla, hierro oxidado y especias. Fruta negra fresca, pero muy suave de textura. Muy buen largo, aunque tras veinte minutos en la copa comienza a apagarse un poco.
 
En otra copa me sirven un Château Rouget, Pomerol 1962 que está en otro nivel de poderío y puro tetamen... Yodo, cuero, cardamomo, salvia, clavo dulce, frutas negras y un montón de cosas preciosas más en nariz y boca. Sedoso, sensual, profundo, con fruta muy carnosa y acidez vibrante. Escultural, les digo...
 
[En el mismo artículo de Decanter, Rupert Joy cita a Andrew Jefford, un autor a quien tenía en muy alta estima yo. Jefford declara, hablando de Pomerol: "Hace apenas 100 años, nadie lo tomaba en serio. Ahora los vinos son muy solicitados y posee terroirs distintivos. Los acercamientos modernos al burdeos nos han dado un sentido de diversidad estética que es muy bienvenido. Lo que hemos perdido son los vinos herbáceos, verdes y ahilados de los 1960s y 1970s" (Decanter, julio 2007, p. 51). Con la evidencia del Rouget 62 delante, y recordando gloriosas botellas e propiedades como Pétrus, Trotanoy, La Fleur-Pétrus, Vieux Château Certan, Certain de May, Latour à Pomerol y tantas otras de añadas como 1961, 1962, 1964, 1966, 1967, 1970, 1971, 1975, 1976 y 1978, me resulta imposible imaginar los vinos como "herbáceos", "verdes" o "ahilados". Es más, habiendo bebido con alegría y cierta reverencia muchas botellas excelentes de pomeroles diversos de las dos décadas que Jefford descarta, reconozco que los verdaderos desencantos han sido pocos. Eso me hace preguntarme en cuantas botellas consumidas, y en que tipo de botellas,  basará Jefford su baja opinioón del Pomerol de los sesentas y setentas. Lo que es más, y hablando de vinos ahilados o de otra forma oleaginosos, me parece que la escuela moderna de los burdeos hiperconcentrados y semicoloidales de textura que tanto premia la "crítica" actual dadora de puntos corresponde más a eso que, por ejemplo, los vinos que probamos esta noche en casa de mi amigo. No quiero que venga algún malpensado a torcer lo que digo, o a ver implicaciones que no hay aquí: No celebro el pasado por ser una especie de "reaccionario". No rechazo los avances tecnológicos por un extraño espíritu ludita. En realidad lo único que pretendo es que sometamos los reclamos del marketing tecnovínico a un escrutinio comparativo serio y, sobre todo, muy detallado.]
 
 Sigue un Château L'Egilse-Clinet, Pomerol 1962. Hay discusión de que la versión actual de este vino es favorita de Robert Parker, de quien, por añadidura, "El Rey" resulta ser un buen amigo. Pero "Su Majestad" nos da permiso para expresarnos libremente, asegurándonos que los pormenores de nuestra conversación no pasarán de esa mesa. Eso sí, ni tiempo nos da de discutir a Parker, pues el Dr. K de repente manifiesta su opinión de que este Eglise-Clinet pudiera bien ser falso. Los demás no copartimos la duda. El vino nos parece correcto y corresponde a su justo perfil. Huele a herrumbre, a tubería de aluminio caliente, a arena, a silla de montar sudada, a grosellas, cúrcuma, cerezas en licor... En boca tiene esa acidez tan característica de la añada en todo Burdeos y es bastante largo, pero, a decir verdad, se siente un poco plano y falto de lustre en comparación con todos los demás caldos ya consumidos.
 
Un Clos Fourtet, Saint-Emilion 1962 se encarga de hacernos olvidar cualquier idea de vinos "planos" y faltos de nada. Salta a escena con una energía casi eléctrica. Fruta roja que se siente fenomenalmente juvenil y fresca, con notas de savia de árbol, especias y humo. En boca ocurre algo que me encanta. La acidez del vino hace que la fruta se vaya a una toronja rosada encantadora, que coquetea pasajeramente con la idea de convertirse en un arándano algo trivial, pero que al final se decide por la jugosidad y amplitud de banda pomelística. Muy largo y delicioso, si bien no tan complejo como hubiese yo querido. Aunque el todo frutal podría percibirse como levemente desgastado, el consenso de la mesa es que este vino ha llegado a ese largo plateau en que se quedan muchos burdeos después de alcanzar su punto óptimo de consumo. Está delicioso y no creo que pierda su encanto en buen tiempo.
 
El Château Latour-à-Pomerol, Pomerol 1962 me parece un vino que, aunque un poco rústico, no deja de tener indudables encantos. Huele a café recién tostado, cuero antiguo, hierbas secas,  carne curada, frutas negras... En boca es bastante compacto, térreo, con una nota golosa. Largo y potente. Un pomerol de pelo en pecho, en mangas de camisa.
 
Repentinamente, desde la sala, se oye el comienzo de la overtura de las Variaciones Goldberg de Bach. Hace como año y medio, Victor me invitó a un recital de piano donde su maestro, que ahora había estado sentado a mi izquierda, interpretó las Goldberg magistralmente. De hecho, no me he cansado de repiquetearle a Bernie que las grabe, que es un disco que me encantaría poseer, pues cuento su interpretación entre las más apasionantes que conozco (y eso es mucho decir). Aparentemente, Bernie, movido por tanto gran vino, ha decidido regalrnos dos o tres de las variaciones. Lo que viene de la sala es en su inconfundible estilo. Y una cata que había sido un lujo, definitivamente pasa al próximo nivel...
 
Continuamos, oyendo Bach con algo magnífico, de una propiedad que he seguido casi desde que tengo memoria vínica: El Château Trotanoy, Pomerol 1962. De esto en mi libreta pongo en un principio sencillamente "Casi perfecto. Un ejemplar verdaderamente superlativo". La nariz es complejísima. Dediqué un buen rato a catalogar: Alcanfor, establo, caramelo, tierra negra mojada, anís, flores diversas, cereza negra, frambuesa, cuero, chocolate amargo, algo salino... Pero en realidad es otro que hace parecer ridículo el listado de analogías aromáticas.  Ligero y complejísimo en boca, con una verdadera multitud de sabores que se entrelazan y dan otros sabores más. Muy, muy largo. Uno de esos vinos de los que no me cansaría jamás.
 
-Château Trotanoy 1962, precioso en la copa-
 
El último 62 de la noche es también de mágnum: El Château Figeac, Saint-Emilion 1962 es, de plano, grande, térreo y muy macho. Aromas de tierra negra, café, plomo, chocolate, higo seco, regaliz, salsa shoyu, cuero y frutas negras. Seriote, de voz impostada. En boca tiene bastante peso y taninos masticables, decididamente aún sin resolver. Largo, con la misma pronunciada acidez que todos los demás vinos sobre la mesa.
 
Claro, en estas catas usualmente el último vino dentro del tema de la noche usualmente es sólo el comienzo. Las maravillas caen, en la hoja impresa sobre la que he hecho muchos garabatos ya, bajo la rúbrica de "A Few More Mystery Wines".
 
Victor y el Profesor Gilman van a la cocina, lo que quiere decir que por ahí viene algo. Yo, por mi parte, devoro un par de sandwiches de pastrami y unos trocitos de queso, por lo de alimentar el alcohol. Y entonces llega el primero de una serie de ensueño. Para no romper la secuencia de la noche, tomo en cuenta que ya han aparecido dos "vinos misterio" anteriormente y retomo la numeración. El Vino Misterio #3 es algo sublime, con aromas claros de arcilla y piedras, nueces, especias (nuez moscada, anís, malagueta), cuero, buen habano y frutas rojas y negras perfectamente maduras. La manera en que armonizan los aromas unos con otros es lo más atractivo. No es que huelas cada cosa individualmente. Sacas conclusiones sobre algunos aromas en base a las interacciones de otros. Eso se llama un vino que te hace revisar epistemas... En boca es jovencísimo. La fruta aún muestra un cierto carácter primario, los taninos son potentes e indican indiscutiblemente que todavía aquí queda mucha evolución por delante. Pongo en la libreta: "Man, this is some poetic stuff!" Claro, el problema es que la vitalidad y la potencia de este vino, que al final es el Château Pape-Clément, Graves 1961 son tan tremendas que te ponen ante lo inefable. No me sentiría nunca satisfecho con defininirlas en los insuficientes términos del lenguaje humano.
 
No me permiten los amigos ensimismarme mucho ante el Pape-Clément. Ya hay un Vino Misterio #4 en juego. Es algo muy oscuro (es de un granate profundo con fondo morado que impresiona) y, a todas luces, muy maduro. Victor nos asegura que no es otro 61, o sea que unos cuantos adivinamos que se trata de un 59. En efecto, es el Château Ducru-Beaucaillou, Saint-Julien 1959, otro vinazo muy masculino de persuasión, con inmensa fruta y estructura. Apenas comienza a expresarse, soltando notas de cuero, hierbas secas y barro entre frambuesa negra y cereza. Impecable. Muy firme. Muy, muy joven aún.
 
-Es una reacción común de algunos participantes en estos eventos el autoabofetearse de puro goce, como ilustra aquí el Dr. K. Es admirable la concentración del Profesor Gilman en sus apuntes.- 
 
El Vino Misterio #5 da todas las señas de ser de otra superañada en Burdeos, y es obviamente de la otra orilla. Lo describo en la libreta como "a bruiser" (que es, casualmente, la descripción que utilizó el pediatra con mi hijo, el gordito Julián, quien es todo un Bam Bam a estas alturas...). Impenetrable capa. Hierro y yodo a montones en la nariz, junto a cuero viejo y frutas negras, negrísimas... Un vino sobre lo rusticón, pero con un bello perfume térreo. Profundo, masticable, con agradable acidez cítrica levantando el posgusto, que es larguísimo. ¿El vino? Un Château Rouget, Pomerol 1947.
 
Y más: El Vino Misterio #6 es otro vinazo oscuro, aunque no tanto como el Ducru o el Rouget. Aromas de polvo, cuero, eucalipto, sotobosque, ciruela, higo, frambuesa negra y una nota de hongos frescos. En boca entra con una bonita oleada frutal y térrea que, de repente, revela taninos maduros muy poderosos. Muy estructurado y largo. Al final-final suelta notas salinas que me hacen la boca agua. Es el Clos Fourtet, Saint-Emilion 1945.
 
-La botella del Clos Fourtet 1945-
 
Hay una pausa que me hace creer que éste es el último vino. El Profesor Gilman le insiste a Bernie Rose que nos regale, al menos, otra más de las Variaciones Goldberg. Bernie, por su parte, declara que le encantaría oir tocar al Dr. K, cuya fama como prodigio pianístico es algo que también me tiene muy curioso a mí, pues en todos los años que llevo conociéndole, jamás le he escuchado tocar. Al final, ni la soga, ni la cabra. Ninguno de los dos toca. Pero no nos dura el desencanto, pues de pronto sale Victor con otro decantador más. Este sí, dice, es el último, el Vino Misterio #7.
 
Aromáticamente, este vino se toma su tiempo. Primero noto té verde, luego eucalipto y alcanfor, luego café y cacao, luego hongos porcini, aceitunas negras, carne, ciruela, frambuesa negra, salvia, gravilla... Noto vida. También noto inmensa complejidad. Puedes pasarte horas con este vino delante y sacar una decena de aromas nuevos por minuto. Da, da y no se cansa de dar... Su profundidad es a la vez maravillosa y acojonante. Algunos en la mesa, instados a adivinar la apelación, nos decantamos por Pauillac. Alguien dice que si Mouton... No. Esto es algo más noble. Es uno de los grandes originales, pero su cuerpo no corresponde al habitual de tres de ellos, o sea que sólo queda... Como el juego de eliminación iba a ser muy rápido y no particularmente divertido, Victor nos reveló lo que era inmediatamente: Château Latour, Pauillac 1926.
 
Un precioso truco, lo de comenzarnos en 62 y terminarnos invirtiendo los números, en 26. Por un momento discutimos como la botella y el corcho, a todas luces del 26 y legítimos, se ven acompañados por una etiqueta blanquita y nuevecita. Aparentemente, el vino no fue reacondicionado (el corcho se desmoronó al sacarlo con el Ah-So, pero presenta todas las marcas del château en aquella época), sino que salió directamente de Latour. De ahí que lo hayan etiquetado solamente cuando le dieron salida de bodega.
 
-La botella del Château Latour 1926, con la etiqueta nueva que suscitó abundante discusión-
 
En boca este  Latour se muestra juvenil, vigoroso, pero no especialmente corpulento considerando como tiende a ser Latour en grandes añadas. En ese sentido no es un Latour tan característico. Hay fruta en cantidad aún, y es de un carácter carnoso (ciruela, mora) muy atractivo. Con aire, sigue revelando cosas. De repente, tras aproximadamente media hora decantado, la nariz cobra un matiz de pan de frutas y nueces. En boca el ataque se hace más redondo, pero en el final se siente la acidez inclinarse hacia piel de cereza. Claro, enfocarte en detallitos así no quita que tengas la cabeza llena de otros aromas. Quizás ese microenfoque es un acto de desesperación ante algo tan sublime, tan indescriptible, que te ataca por tantas venas de gusto como lo hace este inusitado Latour. Me maravillo ante su vitalidad. Me maravillo aún más ante el hecho de que no deja de evolucionar en la copa, de provocar intelectual y sensualmente. Pero de lo que más me maravillo es de tener un buen amigo de tan increible hospitalidad y gracia como lo es Victor. Los ojos, con esta copa en la mano, se me aguan. En otras ocasiones había creído presenciar la magnificencia de Latour—por ejemplo, al probar el 59 ó 61—pero no sabía nada. Me conformé con poco. Este 26 es una revelación. A sus 81 años, es mágico.
 
Nos quedamos un rato más, hablando del Latour y tomándonos lo que queda. Luego, las despedidas. No recuerdo muy bien el viaje a casa, y como me encuentro en el sofá de la sala de mi apartamento, sin poder dormirme, hojeando uno de mis libros de cabecera, Vintage Wine: Fifty Years of Tasting Three Centuries of Wines, de mi admiradísimo Michael Broadbent. Comparo las notas en mi libretita negra con el capítulo que dedica a los burdeos tintos de 1962 y encuentro sorpresitas.
 
Pasando revista de los caídos de la noche-
 
Las notas más recientes de Broadbent son del 2001-2002, pero coincidimos en nuestras apreciacioens, por ejemplo, del Château Palmer y el Château La Tour de Mons (que me alegra ver mencionado entre vinos de mucho más prestigio, particularmente por la coincidencia de haberlo probado unas horas antes; por cierto, coincidimos también, en otro capítulo, en nuestros juicios sobre el Latour 26). Luego diferimos sobre Lafite y Pape-Clément, que él declara como "past (their) peak". La evidencia de esta noche me dice lo contrario. A veces pienso que la mayoría de los críticos más prominentes de nuestro tiempo subestiman la extensión de "pico" de uno de estos burdeos. En mi experiencia, los grandes vinos—sean burdeos, riojas, borgoñas, tintos del Loira, barolos, barbarescos—llegan a un punto cumbre y ahí se quedan durante diez, quince, veinte, treinta años, antes de comenzar un lento declive. Más que un "pico", a lo que llegan los grandes de verdad es a una sublime meseta. En ese aspecto son como los grandes seres humanos, que, en los mejores casos, tienen un momento de gloria que saben extender y desarrollar. Existe el peligro de que alguien nuevo al vino lea sobre los "picos" y piense que hay que apurarse más de la cuenta. No es así. 
 
Casi las tres de la mañana. Pronto despertarán los bebés y querrán biberón. Extrañamente, se me olvida mi cansancio. La amistad, la hospitalidad, la conversación y el buen vino de una noche son un tónico revivificador.
 
 

Escrito por: manuel-camblor 13 comentarios 24 Jun 2007 URL Permanente

13 comentarios · Escribe aquí tu comentario

IGLegorburu

IGLegorburu dijo

Emocionante lo que has descrito Manuel. El otro día me comentaban de un Riscal del 25 que estaba realmente espléndido, ahora comentas el Latour del 26...y toda la "tropa" que le precedió. Espectacular y placentero leer esa crónica.



Comentabas lo de Pape-Clément y Rolland y quería preguntarte si sabes a partir de qué momento (añada) se hace cargo de los destinos enológicos de la bodega dicha persona.



Lo dicho, gracias por contarlo.



Un abrazo

Manuel Camblor

Manuel Camblor dijo

Entiendo que Michel Rolland está conectado al Château Pape-Clément como consultor desde mediados de los noventas. El primer vino que recuerdo donde su influencia se me comenzó a hacer obvia fue el 98, un vino muy inmediatamente atractivo cuando salió al mercado, pero sobre el cual ahora tengo mis dudas. Bernard Magrez, el propietario de Pape-Clément y otras treinta y tantas propiedades en Burdeos y el resto del mundo, es un "fan" de Rolland y lo usa mucho. Los Pape-Cléments de ahora, aclaro, no se parecen en nada a los vinos de los cincuentas, sesentas y setentas ocn los que yo me eduqué.



Bueno, tal como dijo mi amigo, estas experiencias son para compartirlas...:-)



M.

Manuel Camblor

Manuel Camblor dijo

Ah, otra cosita... Poco importa para el mercado que los Pape-Cléments de ahora tengan muy poco que ver con los de antes. Los de ahora, según tengo entendido, se ganan todos los puntos del mundo chez Parker. Creo que el 2005 fue uno de sus "vinos de la añada". O algo así.



M.

Sebastián

Sebastián dijo

Manuel, sólo de leerte me ha dado mucho gusto y alegría, estar rodeado de esas maravillas, uff burdeos del 62, 61, 59 y hasta del 26, bueno esas ligas son de las mayores, así que bien por ti Manuel y por hacernos partícipes de esa magnífica y mágica entrega en tu blog.



Un abrazo.

Manuel Camblor

Manuel Camblor dijo

Gracias a ti, Sebastián, por leer y disfrutar la crónica. Me siento muy dichoso de poder participar en eventos así y me parece que, aunque solamente sea de esta forma, debo compartirlos con los amigos de este blog. Aunque solamente sea por mis impresiones personales, creo que algo puede contribuirse a crear un contexto histórico sobre los vinos de hoy con respecto a sus antecesores.



Este es un tema al quededicaré una entrega de este blog mañana. Vivimos una época donde cada dos añadas surge otra "añada del siglo". Se tiende a desechar las glorias del pasado, aceptando sin verdadera base comparativa (o al menos evidencia de dicha base) ese sonsonete de que "nunca ha habido tanta calidad y tanta diversidad en el mundo del vino". Pero creo que es algo que debemos someter a escrutinio, para verle todos los pelos y verrugas...



M.

Felipe Méndez

Felipe Méndez dijo

Mon dieu...



Hace poquito no más tuve el placer de tomar un Pomerol del '62. Era un Nenin, en perfectas condiciones, ligero y floral como pocos.



Pienso en un Pomerol de estos tiempos y no sé si llegará en esas condiciones a la adultez. Habrá que ver.



Salud por tan buenos vinos.

Manuel Camblor

Manuel Camblor dijo

Felipe,



Si te respondo ahora, corro el riesgo de hacer redundante el próximo ensayo que colgaré en breve. El Nenin 62 nunca lo he probado, fíjate. Buena adición a la perspectiva...



M.

Sobre Vino

Sobre Vino dijo

Excelentes artículos. En Burdeos sólo he llegado hasta el 83, así que leer sobre estas añadas mucho más antiguas te da una perspectiva de la grandeza de los buenos burdeos clásicos.



Gracias,

Manuel Camblor

Manuel Camblor dijo

SV,



En realidad, estas añadas anitguas solamente te dan perspectiva hasta cierto punto, peus hoy día Burdeos es un burdel (que perdone Miguel Ríos por la que aquí le robo) en el que nada es lo que alguna vez pareciera. O bueno, casi nada.



Mi nuevo artículo, publicado esta noche, roza levemente ese probelma. Burdeos es una regi´øn cuya vergüenza--al menos en mi opinión--es haber renegado de sus glorias anteirores y b=abrazado la mentalidad de que la calidad la dictan los puntos obtenidos.



Porque lo más importante es recordar que a estos vinos servidos en casa de mi amigo Victor nadie tuvo la osadía de darles un "93".



El 83, por cierto, es para mí mucho mejor que el 82 (que hiciera la fama de Parker) en unas cuantas propiedades. Por ejemplo, mi otrora adorado Léoville-Poyferré (otrora porque honestamente no puedo perdonarles haber contratado a Michel Rolland) dió un vino mucho más estructurado y elegante en el 83 que en el 82. Y hay otras direcciones en las que pasó lo mismo.



Para este fin de semana tendré arriba mi propuesta para la tercera entrega de Iberoamérica en cata. Dejarme dar rienda suelta a mi imaginación va y da algo raro. Y bonito.



M.

selmo gonzalez camblor

selmo gonzalez camblor dijo

manolo,siendo un camblor no me sorprende tu sapiencia vinicola, si como imagino procedes de Camagüey (familia de Tomas, Pepe, Higinio etc- mis tíos abuelos) te diré que tus antepasados de Asturias. hasta los años 70 fueron unos grandes marchantes de vinos desde el siglo XIX. Noto que no abundas en los Riberas del Duero, en cambio si conoces los divinos Godellos.Por que no intentas conocer algo sobre los vinos de laTierra de Cangas, recuperados despues de un siglo de abandono, aunque no excelentes se pueden paladear decentemente.

Manuel Camblor

Manuel Camblor dijo

Hola Selmo,



Este blog está siendo de inesperada utilidad, pues me ha reunido ya con un viejo amigo a quien le había perdido la pista hacía más de una década, y ahora me muestra otros camblores...



Soy nieto de un Pepe Camblor, Don José Camblor Marina, asturiano de nacimiento, pero que se fue a hacer fortuna a Cuba. En su tiempo era el dueño de "Las Mandarinas" una línea de guaguas y transporte que cubría la isla entera. Mi padre lleva el mismo nombre que yo. La familia de mi padre vivía en Santa Clara.



Todavía me queda parentela en Asturias (en Gijón, específicamente), y debo reconocerme muy en falta, pues no los visito desde hace ya más de veinte años.



En cuanto al vino: No diría que poseo "sapiencia" alguna. Más bien hablo desde el punto de vista de experiencias que han brindado seguridad a mis opiniones. Pero esto es un eterno y muy divertido aprendizaje. Creerse "maestro" es lo peor que peude pasarle a uno, pues de repente se revelan capas del tema que ni siquiera pensabas que existían.



En cuanto a Ribera del Duero: Allá a principios y mediados de los noventas todavía profesaba un intenso interés por la región. Fuí desde muy joven un enamorado de los vinos de Vega Sicilia y tuve la tremenda suerte de probar muchas añadas gracias a familiares y amigos muy generosos. Seguí con mucha atención los pinitos que hizo en los ochentas esa entonces nueva DO, que prometía dar verdaderas joyas vínicas. Me cautivó aquella primera docenita de añadas comercializada por Alejandro Fernández. Y luego vinieron otras bodegas, como Hermanos Sastre, Pago de Carraovejas, y muchas más, a las que presté mucha atención.



Pero ya para finales de los noventa comenzaron a pasar cosas que me hicieron desilusionarme. Los vinos de Fernández como que, de repente, no eran lo que habían sido en cuanto a generar excitación (en este caso creo que no fuí el único en dar una apreciación semejante). Comenzaban cambios en Vega Sicilia que han llevado a vinos muy distintos de los de antes, comenzando por el tipo de crianza y sigueindo por el tiempo de crianza. Añadas de Unico de aparición reciente (particularmente 94, 95, 96( han tenido más que ver con Napa que con Vega Sicilia, a mi ver. En satélites de Ribera aparecieron en los ochentas productores muy interesantes, entre ellos alguien a quien aprecio mucho, Mariano García. Pero no sé, como que ahí también comencé a ver demasiada madera y demasaida marca, y los vinos, particularmente los Aaltos esos que hace ahora, nunca me han convencido. Pero, ¡Qué no daría yo por volver a experimentar las sensaciones que me dieron aquellos mauros del 89, 90, 91 y 94!



Aparte de todo esto, la inmensa proliferación de bodegas en la Ribera del Duero durante los pasados diez años, muchas de éllas, tristemente, haciendo vino bastante formulaico y aburrido (ganará puntos con las revistas norteamericanas, pero el "duende" brilla por su ausencia (o se ha ahogado entre tanta mermelada, o se ha sofocado bajo tanta ebanistería, o anda beodo perdido con los altos alcoholes), como que me disuade automáticamente de regenerar mi interés.



Claro, de vez en cuando aparece alguno que me da un vino disfrutable, a veces hasta un vino muy estimulante. Recientemente está el caso de Dominio de Atauta, cuyos ivnos en un principio no me movieron. Luego, guiado por mi buen amigo Gerry Dawes, e ido descubriendo bondades en ellos. Bueno, y a principios de este nuevo siglo todavía me parecían muy agradables los vinos de Valduero, aunque debo confesar que la más reciente añada que bebí fue la del 99, y en un mundo como éste del vino, de cambios meteóricos, pueden haber cambiado de onda...



Me has dado una excleente idea para una entrega futura de este blog, ya que he comenzado a extenderme en este tema. Creo que organizaré una cata en equipo de vinos actuales de Ribera del Duero, con algunos más "viejitos" que tengo en mi bodega, infiltrados para dar perspectiva. Ya veremos lo que sale.



En cuanto a esos vinos asturianos... Como vivo en Nueva York y no creo que los exporten, tendré que esperar a visitar la tierra de mi abuelo.



Un abrazo desde Manhattan, y sabes que aquí estamos para servir a todos los camblores del universo.



M.

Manuel Camblor

Manuel Camblor dijo

Selmo,



Preguntando por ahí (a mi padre, vamos) me entero de que esos Camblor de Camagüey, que según mi padre tenían el departamento comercial del central Francisco, eran primos de mi abuelo Pepe. Mi padre me cuenta que nunca les conoció, pero que sí sabía de su existencia.



El mundo es un pañuelito muy chiquito.:-)



M.

Anónimo

Anónimo dijo

ME ENCANTA ESTE EXPERIMENTO ADEMAS ES UNA MANERA COMPLETA DE ESTAR MAS RELACIONADOS CON LA INTEGRIDAD DE ELLO SE LOS RECOMIENDO ATODOS LOS LECTORES...!!!! RONAL Y ORIANA!!

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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