No es secreto el poco respeto que me merece la mayoría de las revistas y folletines sobre vino que se publican hoy día. Sospecho de las motivaciones de algunas publicaciones, pongo en seria duda la experiencia y el conocimiento de quienes escriben en algunas otras, no puedo menos que reirme ante las tonterías que dicen otras más… En fin, muchos aficionados al vino me preguntan que qué leo para informarme sobre esta materia que tanto me apasiona y me resulta sumamente fácil decirles lo que no leo. O, al menos, lo que no considero lectura seria.
Lo que no quiere decir que no tenga mis lecturas que disfrute y valore en torno al tema del vino. Lo que pasa es que no se mueven en las esferas más obvias. Ir a la librería o puesto de revistas de la esquina buscando lo que publican es mayormente inútil. Los papeles y las pantallas de computadora que me dan vienen del “underground”, bendito “underground”. Encontrar, en algunos casos, requirió buscar muy activamente. Y las recompensas han sido inmensas. Desde hoy les iré ofreciendo, una a una, perfiles de esas lecturas y sus autores. Quizás hayan ustedes escuchado algo de éllas y ellos. O quizás descubran aquí algo nuevo.
Dedico mi primera presentación de una publicación que sería lectura obligada en un mundo vínico mejor que el que nos ocupa a View from the Cellar, una revista electrónica publicada bimensualmente por mi gran amigo John Gilman.
John es uno de mis compañeros frecuentes de cata y bebienda aquí en Nueva York y una de las personas más eruditas sobre más regiones vitivinícolas que conozco. Ha trabajado en muchas tiendas de vino muy prestigiosas del noreste de EEUU, fue director de vino y bebidas en restaurantes de la altura de Gotham Bar & Grill y Picholine, además de ejercer como consultor para varias firmas internacionales dedicadas a la compra y venta de vinos importantes y antiguos. Como decimos en mi Caribe natal, su nivel de experiencia “no se lo brinca un chivo”. Su disposición a compartir la vastísima colección de conocimientos que ha adquirido en el último cuarto de siglo trabajando en torno al vino es algo francamente admirable. Por algo, entre nuestro grupo de enochalados, es cariñosamente conocido como “The Professor”.

-”The Professor” en acción durante una cata de burdeos de 1962-
View from the Cellar es su manera de extender—modestamente—al mundo en general el saber y la visión sobre grandes vinos que tan generosamente comparte con nosotros, sus amigos.
La extensión y profundidad de los artículos, la calidad de la fotografía y la profusión de notas de cata y opiniones con verdadera base en contexto histórico-cultural hacen que no me falten motivos para esperar ansiosamente cada nuevo número. Sus perfiles de elaboradores dan verdadero gusto. Por más que creas que conoces a una bodega, no sueltas un artículo del “Professor” sin haber aprendido algo nuevo.
Para darles una idea de lo que he disfrutado recientemente, el número que acaba de sacar John tiene artículos como: “Edmond Vatan: The Henri Jayer of Sancerre”, “Domaine Mugneret-Gibourg: Vosne’s Prettiest Rose” y un extenso análisis de la cosecha 2005 en el Valle del Loira (casi sesenta páginas detallando minuciosamente a estelares productores con todos sus vinos). Números anteriores no se quedan atrás… “Great Claret from the Unsung Vintages of 1962, 1964 and 1966”, “The Golden Age of California Cabernet: The 1960s and 1970s (ambas en la edición de mayo-junio; imaginen lo controversial que resultaría para muchos la idea de poner por encima del tremebunda e hiperventilantemente autoglorificado momento actual a los sesentas y setentas en California…), “Cru Beaujolais: Very Quietly, Great Vintages in This Exciting Region”, “Veronique Drouhin’s Beautiful Vosne-Romanée ‘Les Petits Monts’” (en abril-mayo), “Château Magdeleine: The Last Château Standing in Saint-Emilion”, “100 Years of Taylor-Fladgate Port” y “Roadkill: Highly-Rated Wiens of Dubious Quality” (que John promete hacer una serie, con sus notas de cata de vinos altamente puntuados por Robert Parker y el Wine Spectator que al final… Bueno, entérense ustedes mismos).
La idea definitivamente no es otra revistilla más para pretender “simplificar” el vino o hacerlo “accesible” a gente sin disposición a la inmersión profunda… El vino no es un tema simple, ni simplificable, y John Gilman va contra corriente en estos tiempos de enervante “dumbing down”, escribiendo de forma que asume no solamente inteligencia en sus lectores, sino una deseo tan aparentemente infinito como el suyo de saber más y entender mejor. Por si aún no caen, lo recomiendo de todo corazón. Si alguien objeta a este acto de abierta publicidad al maravilloso trabajo que realiza un amigo mío, pues, ¿qué le vamos a hacer? Mi única recompensa por esto es el poder compartir algo verdaderamente excelente, que me da esperanzas entre toda la mediocridad que hoy se hace llamar “cultura del vino”.
View from the Cellar está disponible únicamente por suscripción electrónica, en formato PDF. Para suscribirse, contacten a John Gilman directamente por correo electrónico a jbgilman@ix.netcom.com. Algunas muestras de números viejos de la revista están disponibles gratuitamente en la sección “Notes” de la web de la antigua compañía de John, The Bentley Wine Co. Para verlas, pueden visitar http://www.bentleywine.com/news.htm#.
Otra botella
Hablando de cosas buenas entre el diluvio de mediocridad, ayer anduve por “The Great Match”, una feria de vino español y tapas en la que me tocó probar unas cuantas cosillas interesantes. Ya vendrá el reporte completo de lo sucedido, lo catado, lo escuchado, etc. la semana entrante. Por ahora, un vino del que he probado varias botellas en las últimas semanas y del que estuve conversando ayer con Josh Raynolds (del International Wine Cellar de Steve Tanzer) y Gerry Dawes, el Bertalde, “Gorrondona”, Bizkaiko Txakolina 2005.

¡Maravilla de maravillas! ¡Un tinto español puro, con 12.5% de alcohol, mineralidad pronunciada y auténtico carácter! Bonito color granate medio con brillos rubí y lila y bella transparencia. Aromas de frambuesa negra y cereza entre notas salinas y pizarrosas, de tomillo y flores secas. Muy atractiva nariz. Parece, por momentos, primo de aquella preciosa cuvée tinta que hace Marc Ollivier en el Nantais, o de la “Cuvée Côt” de Clos Roche Blanche en Touraine.. De fondo se sienten anís, tinta china y pimienta negra. En boca es de cuerpo medio, con un golpe de ciruela roja, cereza y frambuesa negra seguido por tierra negra, anís y esa mineralidad que me gusta tanto. La semiparadoja es que es un vino que está apretadísimo, pero se las arregla para decir mucho. Muy tánico a partir del paladar medio, con un airecillo de borra de café. Deja en el posgusto una cierta impresión de rusticidad, pero no en un mal sentido. Ahora mismo requiere carnes bastante grasas como acompañamiento. O pide tiempo. De la variedad autóctona Hondarrabi Beltza, vinificado enteramente en acero inoxidable. ¡Bravo! En mi próximo paso por el País Vasco, ésta es uan bodega que quiero visitar, una tierra que quiero pisar y un elaborador con quien quiero conversar largo y tendido…
Otro disco

John McLaughlin, Jaco Pastorius & Tony Williams, Trio of Doom (Columbia Legacy): Los tres nombres en la portada del disco nada más lo hacen indispensable. McLaughlin, Pastorius y Williams, juntos. En mi mente me parece oir a un coro de ángeles con cara de pícaros diciendo “¡Ya tú sabes!” El álbum está compuesto por cinco pistas en directo grabadas en el “Havana Jam”, un gran (no, mejor dicho, grandísimo, dado el calibre de tantos de los artistas participantes) festival de jazz celebrado en La Habana en 1979, y tres canciones grabadas en estudio en Nueva York, de la última de las cuales, “Para Oriente” (compuesta por Tony Williams) aparecen tres versiones distintas. Cuentan las malas lenguas que el sonido del festival era un desastre. Y esa leyenda se confirma en las notas del álbum. La labor de reconstrucción de las grabaciones de La Habana fue ardua, pero los resultados son de calidad indiscutible. Se aprecia toda la energía de un trio perfecto. Jaco y Tony (bajo y batería respectivamente, como que hay que decirlo…) son fuerzas de la naturaleza desatadas sobre el escenario. McLaughlin nos muestra un lado más funky y rockero, pero sin dejar ni por un momento la pureza y disciplina de su estilo. Un tesoro del jazz de fusión.