My Dinner with Iñaki

Los fines de semana son, por lo general, períodos de mucho trabajo y estrés para Josie y para mí. La niñera de los bebés está libre y, lógicamente, su constante cuidado recae sobre nosotros, permitiéndonos muy poco tiempo de descanso y mucho menos para cumplir con compromisos sociales.


Desde un principio tuve serias dudas sobre como iba a manejar la visita que venía ese domingo por la tarde. Existía una remotísima posibilidad de que los mellizos decidieran estar tranquilos y afables o, mejor aún, tomarse una siesta de un par de horas para permitirnos a los adultos disfrutar de una comidita con copas. Pero ilusos hubiésemos sido de colgar mucha esperanza en ese clavito posibilero. Los camblorcitos serían tan intensos como siempre.


Venían a pasar un rato con nosotros mi buen amigo Iñaki Gómez Legorburu y su hermana Begoña, que estaban devacaciones en Manhattan por unos días. Yo, por un nanosegundo, pensé que quizás hasta oocinaría algo. Pero qué va… Al final decidí que lo mejor sería aprovechar que en esta ciudad te traen de todo a la casa y pedir algo bonito y exótico. Taksim, un restaurantico turco tradicional del que los Camblores somos clientes muy habituales nos trajo una selección de mezze entre los que figuraban falafel sobre hummus, tabuli (ensalada de cuscus con hierbas), hojas de parra rellenas de arroz, piñones, grosellas, cebolla, perejil y menta, borek (pastelillos de masa filo rellenos de queso feta) y puerro ancho salteado en aceite de oliva especiado con zanahoria y arroz (la mala noticia es que en los días después de este almuerzo el restaurante parece haber cerrado, o sea que se nos ha ido uno de los de confianza en el barrio).


Los vinos los elegí al vuelo. Iñaki es un español muy universal. Le gusta probar de todo, sin importar el origen, con tal de que sea interesante y auténtico. Ese fue el único criterio que me guió al sacar el François Pinon, Rosé Pétillant, Touraine NV, el Pierre Luneau-Papin, “’L’ d’Or’”, Muscadet de Sèvre et Maine Maine Sur Lie 1989 y, porque al menos un itnto había que echarle a la cosa, el Château Certan de May, Pomerol 1993.


No voy a dar notas de estos tres vinos aquí, pues creo que ya los he reseñado en muchas ocasiones en el pasado. Prefiero dejar esos comentarios a Baba O’Wines, el excelente blog vínico de Iñaki. Pueden ver las notas de Iñaki en http://iglegorburu.blogspot.com/2007/08/encuentro-con-manuel-camblor-i.html. Lo que sí puedo hacer es aclarar un poco por qué estos vinos me parecieron interesantes…


El espumante rosado de Pinon es un vino excepcional en virtud de ser lo más cercano a un tinto de Vouvray que se haya hecho jamás. Pinon, hasta donde yo sabía,solamente se dedicaba a elaborar deliciosos blancos, de los cuales mi favorito siempre ha sido el preciosamente abocado “Cuvée Tradition”. Cuando apareció en el ambiente neoyorquino este rosado, del cual solamente se importaron como treinta cajas, causó sensación y se convirtió rápidamente en un vino que apareció en casi todas las cenas enochaládicas a las que he asistido en los últimos meses. Se trata, para aclarar dudas acerca de su coupage, de una combinación de groslot, côt y cabernet franc. Pero, como dice mi gran amigo y compañero de muchas batallas, SFJoe, aquí las variedades escasamente importan, pues todo es mineralidad, específicamente la más neta expresión de piedra caliza que puedo imaginar.


El “’L’ d’Or” 89 es un favorito mío desde hace años, particularmente por lo bien que ilustra un par de puntos. El primero es la capacidad de envejecimiento de los grandes muscadets, algo sobre lo que muchos “expertos” en vino han dicho muchas sandeces en tiempos recientes, condenando estos vinos al consumo inmediato en la mente de demasiada gente. Los mejores muscadets, contrariamente a las pamplinas que puedan haber ustedes escuchado y leido por ahí, envejecen muy bien, pudiendo evolucionar favorablemente durante una buena veintena de años, como éste de Luneau-Papin, fresco y vibrante, demuestra de sobra.


El segundo punto ilustrado por este “’L’ d’Or” se refiere a una discusión que fuí invitado a leerme (por una de las partes) en uno de los foros de esta internet del vino. Alguien declaraba que el uso de barricas nuevas es necesario si se aspira a crear un vino blanco longevo. Para mí, éste es un pronunciamiento demasiado categórico (y sensacionalmente erróneo) como para no invitar a un debate vigoroso. El mismo caballero pronunciante pedía que se le dieran ejemplos de vinos blancos longevos que no ven barrica (de roble nuevo, obviamente). Luneau-Papin nos da el ejemplo perfecto de un blanco que no sólo no tiene nada que ver con barricas, sino que prescinde del roble. Su crianza es en inox, sobre lías finas. Y punto. A los dieciocho añps, apenas comienza a dar lo mejor de sí y tiene un largo futuro por delante.


El que busca, encuentra.


El Certan de May, que es verdad que iba muy bien con los falafel, lo elegí siguiendo mi reciente tema del “elogio a la añada mala”. Cuidado y previsión en la viña, junto a buen sentido y arte en la bodega dieron un pomerol que, aunque quizás carezca del peso y el drama que los “críticos” exigen hoy día, es un vino equilibrado, elegante y muy bonito con comidas muy diversas.


La tarde estaba nublada, o sea que espero que Iñaki y Begoña no hayan echado en falta demasiado lo de andar turisteando por Manhattan. Algo que me da mucho orgullo es que pude enseñarles algo muy neoyorquino que quizás no hubiesen descubierto ellos solos. En una de mis “playlists” de iTunes estaba la magistral versión de “Walk This Way” de los gigantes de Hollis, Queens, Run DMC. Iñaki, amante ferviente del “rock clásico, sólo conocía la versión original de Aerosmith. Pero existe ésta, que al menos yo pienso mejor. Vamos, hasta me parecería que los mismísimos Steven Tyler y Joe Perry (voz y guitarra de Aerosmith y autores de la canción) se enorgullecen de la interpretación de esos avatares del hip hop, porque los acompañan en élla cantando y tocando una guitarra mucho más enérgica que la que se oyó en Toys in the Attic.


Yo, personalmente, me lo pasé en grande, aunque con los nervios de punta, pues los camblorcitos estaban “encendidos”. La pobre Josie, eso sí, modelo de madre abnegada, comió y bebió en apresurados intérvalos, cuando los bebés lo permitieron. El diestro equipo de anfitriones que una vez fuimos ahora se ve transformado, con uno de nosotros siempre tras bastidores manteniendo semblanzas pobres de orden mientras el otro… Bueno, los que sean o hayan sido padres de gemelos, y hasta de un solo bebé se identificarán.


¿Qué? ¿Se creyeron que Iñaki Gómez Legorburu y yo tendríamos sólo con tres botellitas dominicales? Con el mismo gesto de mano que hacía Mafalda les digo: “¡Por favoooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooor!”


La brigada neoyorquina de enómanos con la que me reuno rutinariamente disfruta mucho de un cierto proselitismo. Cada vez que nos llegan vitivinicultores de otras regiones nos esforzamos por darles a beber vino de verdad en grandes cantidades, vino del que te sacude las preconcepciones aprendidas en escuelas de enología, del que te conmueve hasta la médula, del que te pone a pensar en que la vida, a fin de cuentas, quizás sí es bella… Nuestra idea es del orden de las serpientes y los manzanos prohibidos, pero subvirtiendo la narrativa prepotente del mito original sobre lo dizque “bueno” y lo diazque “malo”. Tentamos con verdades para alejar a gente valiosa del lado oscuro, que anda hoy día disfrazándose de “lo correcto”.


Coincidió la visita de Iñaki con la llegada a Nueva York de Mike Dashe, enólogo de sus epónimos Dashe Cellars en California. Mike (que una vez formó parte importante del equipo enológico de Ridge Vineyards) se ha ganado una muy buena reputación con sus zinfandeles entre la “crítica” y el público norteamericanos, pero gente como SFJoe y un servidor siempre hemos creido que puede hacerlos más puros y elegantes abandonando un poco los artificios de moda (demasiada madurez de fruta y la consiguiente sobrecorpulencia de vino, demasiada madera, etc.). Ha sido víctima de unos cuantos de nuestros asaltos a vino limpio y creo que ya comenzamos a convencerle… Iñaki llegaba tras haber elaborado su primer Rioja, el Aldonia, que nos traía para que probáramos. A él no había que persuadirle de mucho.



Nos reunimos en Cendrillon, un restaurante que es para mí uno de los tesoritos ocultos de SoHo (http://www.cendrillon.com/). La cocina del chef Romy Dorotan podríamos definirla como panasiática con raíces filipinas. Aunque su carta de vinos tiene una generosísima oferta del tipo de vinos que nos gusta beber a mis amigos y a mí, Romy de vez en cuando nos permite traer unas cuantas botellas y formar una como la que formamos ese lunes. Tanto le entusiasman al chef este tipo de bebiendas que tiende a unírsenos en la mesa, cosa que hizo esa noche, muy para nuestro agrado.


-Nuestros invitados de honor, Iñaki Gómez Legorburu (delante) y Mike Dashe-


Comenzó el evento con una peculiarísima coincidencia… SFJoe nos había traido una botella del mismo François Pinon, Rosé Pétillant, Touraine NV que había dado a probar a Iñaki la tarde anterior. Tal parecería que no podrá haber un jeebus en Manhattan en lo que queda de este año sin que esté este buzz-wine iniciando cartelera. No que vaya yo a quejarme, pues es maravilloso. Esta botella en Cendrillon parecía más amplia de carnes que la de la tarde anterior, con un espíritu más cabernetfranquesco discernible entre tanta nota caliza.


Otra casualidad era que a Iñaki le iba a tocar probar un muscadet aún más viejo que el “’L’ d’Or” 89. El verdadero Jay Miller nos había traído una botella del Domaine de la Pépière, “Clos des Briords”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 1988 pero, maldición de maldiciones, estaba corchada.


Muestra de que uno siempre aprende algo fue que yo, que soy muy sensible al TCA, no quise comprometerme a condenar la muestra como corchada mientras movía vigorosamente la copa. El jueguito de muñeca tiene un efecto levantador de aromas gratos que puede ocultar la peste a cartón enmohecido. Pero a copa parada el TCA era asquerosamente obvio. ¿Lección? Si duda uno sobre que una botella esté corchada, mejor oler el vino a copa parada, pues la peste del TCA así domina.


Noté que, dado el fracaso del Clos des Briords 88, teníamos pocos blancos en la mesa. Dos de ellos los había traido yo, pues de uno de ambos había escrito bastante en diversos foros españoles y del tipo del otro había también comentado recientemente, suscitando la curiosidad de nuestro invitado ibérico. El primero de los dos vinos era aquel Nikolaihof, Riesling “Vinothek”, Wachau, Austria 1990 con el que transportamos a Chus Madrazo a otra dimensión durante su visita a Nueva York en el 2005. Con este tremendísimo riesling, que pasó 13 años envejeciendo en un Füder perdido en la cava de Nikolaihof, he tenido siemrpe experiencias transcendentales. En términos de rieslings secos, está a un nivel muy, muy otro. Su voz es inconfundible. La nariz abre con benceno y rocas trituradas, seguidas por vivísima toronja, limón verde, piña verde, papaya, citronella y una infinidad de notas florales. La combinación es elegantemente exótica y potentemente explosiva. En boca es un vino compacto, con impresionante concentración y nervio. Desplegaba bondades en la copa aún horas después de abierto, lo que me indica que es un vino con el que no hay prisas. Larguísimo. M-O-N-U-M-E-N-T-A-L.


Seguimos con un blanco que, para los efectos, se cree tinto, el Movia, Ribolla Gialla “Lunar”, Brda, Eslovenia 2005. Como los ribollas que me matan de Radikon y Gravner, éste es un vino blanco fermentado con hollejos, por lo que posee una estructura tánica formidable. Pero no recibe la crianza en ánforas de barro favorecida para sus mejores vinos por Gravner o Radikon, sino que pasa tiempo en toneles de madera usada. Ante el vino turbio, de color dorado- anaranjado que teníamos delante, SFJoe preguntó a Mike Dashe: “¿Qué nota crees que te hubieran dado en la facultad de enología por un vino así?” Todos nos reimos… Bajita. Bajitísima, seguro. Estos ribollas van contra todo lo sostenido como dogma por la tecnoenología moderna. Pondrían a muchos de los “críticos” dadores de puntos a llorar como críos acabaditos de zurrar.


Para mí este tipo de vino siempre representa un ejercicio cerebral, lo que es un tipo de placer muy específico. Se sirve a temperatura de tinto y se trata, para los efectos, exactamente como un tinto de gran cuerpo. Este vino “top” de Movia me resultó fascinante por el complejo bouquet que desplegaba, primero, y luego por la gama textural que me regaló en boca. La nariz es bien oxidativa, con aromas de dulce de naranja, heno, membrillo, tierra caliente, pasta de higo, cera de velas, castañas, laurel, cúrcuma… Con cada vuelta de la copa surgen cosas nuevas. En boca el vino es grande, graso, tánico, muy especiado y sutilmente salino. Entre otros, destacan sabores de piel de naranja, manzana desecada, anís, jengibre y té verde Pero lo más importante aquí son los interesantísimos efectos texturales, que van desde lo atercipelado y cálido hasta asperezas inesperadamente cautivadoras y suculenta masticabilidad. Largo. Muy, muy profundo.


Y tengo que decir que para vino de meditación no iba nada mal con el curry de chivo que tenía ne la carta de aperitivos Romy.


Cuando acabábamos con el primer plato apareció Jayson Cohen, con una hora y algo de retraso. La vida de los abogados neoyorquinos es como es. Hay que contar con que van a llegar tarde, si llegan, pues la oficina y las cortes tienden a ser implacables. Traía consigo otro blanco, que sirvió como semi-consolación por un desencanto anterior. El Marc Ollivier-Doamine de la Pépière, “Clos des Briords”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2006, recién llegado al mercado de nuestra ciudad, es una sorpresa, dadas las dificultades que me cuentan hubo con la añada. Muy abierto, con aromas y sabores frescos de limón, lima y manzana verde acompañados de potente mineralidad y esa salinidad marina que tanto me gusta sentir en un vino. Está demasiado accesible ahora mismo, lo que nos puso en guardia a todos los que en la mesa conocemos bien lso vinos de Marc Ollivier. Falta algo de estructura aquí y el posgusto es un tanto difuso. Puede que sea de beba a corto o medianito plazo.


Comenzamos los tintos con el Aldonia, Rioja 2004 que nos había traido Iñaki. No son todos los elaboradores los que se atreven a ponerle delante a mi grupo su vino así, de primera intención y, encima, acabaditos vino y elaborador de cruzar el charco. Podemos ser muy duros en nuestras críticas (aunque siempre las hacemos en un ánimo estrictamente constructivo), o sea que son individuos de especial temple los que se someten a escuchar lo que tenemos que decir sorbe sus vinos directamente y sin anestesia (o bueno, si mucho buen vino cualifica como “anestesia”, pues, con algo…)



-Algunas de las botellas, estacionadas enfrente mío mientras tomaba notas-


El mutismo aromático del Aldonia era de esperarse. Ningún vino, por joven y vigoroso que sea, te cruza el Atlántico sin inmutarse. Por esto, esta nota es preliminar a una apreciación eventual del Aldonia. Iñaki, por suerte, nos dejó otra botella para probar en unos meses, cuando el vino haya recobrado su compostura tras reposar merecidamente en mi bodega. Por lo pronto, la nariz está dominada por un elemento láctico de coco y vainilla. Se nota que hay buena fruta, pero como está achocada por el viaje, la madera (que, por cierto, es en un 0% nueva de barricas francesas y americanas) es lo que da la cara. En boca es un vino limpio, de cuerpo intermedio, apretado y tánico. Se siente muy buen equilibrio, con fresca acidez y taninos maduros. Me parecería que es capaz de excelente enfoque y persistencia. Pero hay que esperar a que la próxima muestra se sienta mejor…


A continuación abrimos otra de mis aportaciones. Como ya Iñaki había probado lo más cercano a un vouvray tinto, quería mostrarle un muscadet tinto también. Me había dejado llevar por una idea de mi amigo Jeff Connell y tenía un par de botellas guardadas de cada añada de este vino, para ver si en verdad era capaz de evolucionar bien en botella. Fue así como opté por traerme un Marc Ollivier-Domaine de la Pépière, “Cuvée Granit”, Vin de Pays du Jardin de la France 2002. A cinco años de la cosecha, podíamos poner a prueba la hipótesis del sapientísimo Jeff (una pena que no estuviera con nosotros esa noche).


Al final resultó un fracaso el experimento. Este vino, delicioso al llegar al mercado, ahora estaba extraño. Su otrora atractivísima fruta, en vez de integrarse a la mineralidad y los aspectos medicinales que el vino presentara en infancia, suavizando el todo y haciéndolo más gentil, había desaparecido, dejando únicamente un olor a PVC mezclado con farmacia para nada placentero.


A veces se gana, a veces se pierde. Ahora a ver qué hago con el resto de las botellas de edad que tengo de esta cuvée. En el futuro, a beberla joven, que es cuando manda.


Tras este interludio, seguimos con un vino del que también había hablado antes en foros. O quizás había hablado otro, pues fue el vino de la noche en una velada neoyorquina con nuestro amigo mexicano Benjamín Berjón. El vino era el Ghislaine Barthod, “Aux Beaux Bruns”, Chambolle-Musigny 1er Cru 2000.


La verdad es que sorprende lo bien que se están bebiendo ahora mismo muchísimos borgoñas del 2000. Incluso a nivel de grands crus, hay una cantidad increible de vinos sumamente accesibles que, por añadidura, se mantienen auténticos con respecto al perfil acostumbrado de cada terroir y, dentro de lo inmediatamente sexys que resultan, conservan elegancia y abolengo a montones.


Tal es el caso de este “Beaux Bruns” de la Barthod: Purísimo, especiado, sedoso, térreo, con un etéreo perfume de violetas y fruta roja profunda. En boca es ligero y muy bien puesto. Se mueve con gracia, dándotelo todo sin parecer sobrado en ningún momento. Largo y complejo. Fabuloso. Un vino que no me cansaría jamás de beber. Y beber. Y beber…


De su generosísima colección, SFJoe nos trajo un Raymond Trollat, Saint-Joseph 1994 en mágnum. En un principio, Iñaki se mostró algo escéptico sobre este vino. Llegó a decirme que no le impresionaba. Yo, por mi parte, le pedí que tuviera paciencia y lo dejara airearse y florecer, porque estaba sumamente seguro de que florecería en la copa.


Se trata de un Saint-Joseph (Saint-Joseph es un pueblo del norte del Ródano, para más señas, siendo la variedad de uva en este vino syrah) tradicional por el libro, con aromas de tocino, aceituna negra, tomillo, frutas negras, carne curada, violetas y mucho del suelo. En boca es de cuerpo medio, pero no es para dejarse engañar, pues tiene potencia a raudales. Un vino de fruta profunda, con salinidad y taninos que te agarran sabrosamente la boca. Estructurado. Muy largo. Lo mejor de todo es como las violetas se van posesionando del perfil aromático, haciéndolo más y más elegante y vivo según el vino se airea. Divino con mi plato principal, consistente en una de las más inmensas porciones de chicharrón de panza de cerdo a la sartén que jamás me haya encontrado (¡Y al cuerno la dieta!). Al final, mi querido amigo Iñaki lo prueba de nuevo y su opinión cambia. El aire obra milagros.



-Iñaki, Mike y el chef Romy Dorotan escuchan un soliloquio de SFJoe sobre las virtudes de una vida sana-


Pero también obra pequeños siniestros… El próximo vino era un Château Phélan-Ségur, Saint-Estèphe 1970 que nos había traido Jayson. Lo había decantado doblemente (de la botella al decantador para quitar el sedimento, luego del decantador a la botella para recorchar y transportarlo al restaurante) esa tarde en su despacho y—decía—la oficina se le había llenado de un delicioso perfume. Pero en el caso de este burdeos menor, pero de una muy buena añada, quizás el aire lo que hizo fue disipar las bondades que habían salido por sí solas, sin llegar a extraer nada nuevo. Nos llegó seriote y reticente. “Una solterona encorsetada”, lo llamé en mi libreta negra. Austero en boca también. Se manifiesta mucho un elemento de arcilla caliente y piedras, junto a cedro y taninos potentes, que son marcas distintivas de Saint-Estèphe. Pero el posgusto, aunque largo, pierde intensidad y enfoque rápidamente. Definitivamente ha entrado en declive y es para consumir a corto plazo.


Más: Un Roagna, “La Rocca e la Pira”, Barolo Riserva 1993 que no me dijo absolutamente nada. Suave y fácil de beber, con fruta negra matizada por notas de tinta china, carbón, hojarasca y cedro. Pero faltan frescura, estructura y persistencia. Claro, la añada no ayuda mucho.


Y más barolo, porque apareció una oportunidad de terrible infanticidio con el Giacomo Conterno, “Cascina Francia”, Barolo 1998. Térreo. Mineral. Con un ligerísimo aire de agua de rosas, anís, cuero y ciruela roja. Pero, la verdad-verdad, está casi completamente impenetrable en este momento. Los aromas tienes que oler mucho para discernirlos y los sabores… Bueno, están ahí, pero en un nudo apretadísimo. Tánico. Para nada cómodo. Pero tiene mucha concentración y todos los elementos parecen estar en su lugar para dar una gran experiencia dentro de quince o veinte años.


Con el chef en la mesa surgió el tema del vino de la lista de Cendrillon que en realidad combina con toda su cocina. Aunque ya no teníamos platos delante, SFJoe se retiró de la mesa un momento, para volver con un J. Puffeney, Savagnin, Arbois 2002. Por casualidad, este mismo vino lo había probado en casa unos días antes y me había parecido impresionante, pero demasiado joven y cerrado. En Cendrillon, igual, aunque quizás el carácter de la velada me hacía encontrarle más de simpático. En mi libreta puse: “Meto mi cabeza en un panal de abejas y…” Porque huele a polen, cera y, sutilmente, a miel. También a avellanas tostadas, nopalitos, maíz asado, heno y la notita oxidativa que siempre es de esperarse. Apretado en boca, con acidez aguda, vivísima. Fresco, profundo, con fruta suculenta y mucha salinidad en un posgusto muy largo. Claro, quén sabe para cuando estará en un putativo “punto óptimo de consumo”, porque estos vinos son eternos.



-El savagnin de Puffeney. Ya ustedes saben el resto de la historia-


La última botella de la noche er una que habíamos estado anticipando desde el principio. No sé si les he contado alguna vez que SFJoe es una verdadera autoridad en cuanto a vinos austriacos se refiere. Nos había traido un Franz Hirtzberger, Grüner Veltliner Spätlese “Honivogl”, Wachau, Austria 1969, manifestándonos que iba a ser el vino austriaco más antiguo que poseía, y que iba a beberlo por vez primera con nosotros. El 79, si mal no recuerdo, fue antes de aquel terrible escándalo de los vinateros austriacos que añadían anticongelante de autos a sus productos. O algo así. No es que tenga muy clara esa historia. Pero estábamos en blanco sobre qué esperar de esto, que era incluso de antes de que se instaurara el pintoresco sistema de clasificación por “federspiel” y “smaragd” en el Wachau.





-Un muy entusasta SFJoe abre la botella del Honivogl 69, arriba.

Debajo, la botella en cuestión. Notarán que la etiqueta de cuello

pone “1979″. Sin embargo, el “7″ está tachado y sustituido por

un “6″. Cosas de productores artesanales. Aparentemente tuvieron

en la bodega que sacar este vino con la etiqueta más vieja que

tenían y alterarla para hacerla corresponder a lo que había en las

botellas. O algo así… Gracias a Iñaki por la rápida corrección en nuestra

sección de comentarios. A mí, redactando esta crónica, se me cruzaron

los cables y olvidé esta anécdota.-

La nariz resulta en un principio muy sulfurosa. Luego va quedando atrás el sulfurazo y emergen aromas de petits pois, pimienta blanca, guarapo de caña, grafito, albaricoque desecado, toronja, grafito, cáscara de limón y té verde. Un bouquet vivaz e interesante. En boca el vino es graso, pero con excelente mineralidad y acidez dándole vitalidad. La fruta se siente sorprendentemente fresca y los aspectos secundarios vienen junto con acentos de pimienta blanca, hierbas secas y humo. Muy largo, muy complejo y, sobre todo, sumamente enérgico. Confirma, si tal cosa era necesaria, el potencial de longevidad de los buenos grüner veltliners.



-Al final de la velada, Iñaki Gómez Legorburu y este servidor de ustedes-


Había pasado la medianoche cuando nos levantamos de la mesa, agradeciéndole a Romy su gran hospitalidad y celebrando su excelente cocina. Hacía rato que éramos los únicos en el restaurante. Hasta lso camareros se habían marchado cuando salimos a la noche neoyorquina. Compartí taxi con Iñaki, dejándolo en su hotel al lado del Empire State Building antes de seguir a mi casa. Satisfecho creo que quedó con su experiencia entre los bárbaros americanos…

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