"El sabor que los niños aman"

He estado sosteniendo una correspondencia electrónica con Elizabeth Peña (hasta donde sé no es parienta de la actriz cubano-norteamericana del mismo nombre), la editora de una revista local sobre el vino y su parafernalia titulada El enófilo. Elizabeth me ha resultado sumamente simpática y, de plano, le recomendé que se diera un garbeo por La otra botella—por lo de ilustrarle mi peculiar modo de pensar y expresar mi pensamiento acerca del vino y la vida.

Parte de nuestra conversación ha girado en torno a lo “machocéntrica” que resulta la apreciación del vino en República Dominicana. Igual que en tantos otros lugares, digo yo, y una pena, pero bueno… Informé a Elizabeth que mi esposa Josie es parte integral de mi cultura personal del vino, que valoro muchísimo sus opiniones y que me encanta cuando participa en eventos enómanos diversos. También le dije que, como puede bien apreciarse, Josie es parte crucial de la trama de este humilde blog. Sus bons mots dan mucho sabor y sus observaciones sobre los vinos son tan económicas como incisivas.

Pues, me comentaba Elizabeth que lo que le sorprendía era que a Josie, según la cito yo, no se le había pegado el “lenguaje especializado” que parecería imperar en La otra botella.

Fue algo que me intrigó mucho, eso del “lenguaje especializado”. ¿Acaso había comenzado yo sin darme cuenta a soltar frases corridas de jerga técnica de ésa que tanto me molesta? Okey, sé que en algún momento habré soltado lo de “micro-ox”, o dicho no sé qué de “diálisis”. Pero al final creo que hablo en un lenguaje bastante poco viciado por el tecnicismo.

Releyendo unos cuantos de mis posts (cosa nada fácil, pues en estos tiempos estoy ocupadísimo en el trabajo de verdad) me doy cuenta de que quizás Elizabeth se refería al lenguaje “estándar” de notas de cata, con sus “descriptores” en plan lista de supermercado. Maldito vicio. ¡Mira que he tratado veces de cambiar de onda! Pero uno siempre vuelve a las jodidas fresas y frambuesas, a la toronja, el limón y la fruta de la pasión, al tabaco, el espresso y los balsámicos, la vainilla, la pimienta, el alcanfor, el dulce de coco y las cerezas en licor. Al final todas las notas que uno cuelga suenan iguales y, si uno no se esfuerza por encontrar un elemento diferenciador, podrían ser del mismo condenado vino.

Claro, ya esto es tema viejo. Y si no he podido dejar ese vicio, será por algo. Pero me asalta un pensamiento cuando recuerdo que ese mismo lenguaje tan coñázico aparece repetido ad nauseam en millares y millares de contraetiquetas de todo el mundo: Esos “descriptores” tan abusados se han vuelto la lingua franca del marketing del vino, pero también, si llevamos las cosas a una conclusión que no por retorcida deja de ser bastante lógica, su uso constante sirve para dictar a los marketistas y enotecnólogos el perfil de sabores a buscar para “optimizar el producto”.

Me explico con otra voltereta: Hace un par de noches me salió en la tele un comercial en el que hablaban (en inglés que traduzco, pues era en el cable) de “el sabor que los niños aman”. El anuncio era de una bebida hiperazucarada y totalmente artificial que jamás en la vida se me ocurriría dar a uno de mis hijos. Te mencionaban frutas, pero obviamente “el sabor que los niños aman” es cosa de mimesis laboratorística, no de nada natural.

Pues me pareció que había una analogía ahí con la industria actual de las bebidas enotecnológicas. Un crítico dice que este vino, con “aromas y sabores de cereza en licor y frambuesa negra, ciruela pasa, chocolate, regaliz, etc.” merece “1000 puntos”. Una horda de consumidores se dedican a utilizar un lenguaje similar (todo se pega menos la belleza, como digo yo siempre) para comentar positivamente sobre ese mismo u otros vinos. Cualquier mercadólogo atento automáticamente asume que ahí está el “perfil del consumidor” y que no hay más que modelar el producto para que presente aromas como los utilizados por las masas colgadoras de notas de cata para aumentar las ventas, bla, bla, bla.

¿Estaremos lejos de un punto en nuestra historia en que “el sabor que los niños enómanos aman” sea algo fabricable en el laboratorio? ¿Habremos llegado ya? ¿Viviremos en la barriga de un mostruo creado por nuestro propio lenguaje, que creíamos inocente? ¿Tenemos alguna idea de como huele esa arquetípica frambuesa en la que se basan tantas notas de cata y tantas contraetiquetas? ¿Nos daría pesadillas de vainilla tal arquetipo?

Una pequeña reflexión distópica un viernes por la mañana. No es que me sienta negativo, pero he de escribir mis entradas de blog muy rápidamente en estos tiempos. Perdonen. Esto es lo que tengo hasta que haya un poco de calma y pueda sentarme a contarles de los muchos vinos que bebí en mi primer regreso a la Gran Manzana.

Comí y bebí muy bien, eso se los aseguro.

Mientras tanto, les propongo un ejercicio, inspirado por esa manera tan precisa y efectiva que tiene mi señora esposa y que tanto me gusta citar y porque a ella no creo haberla oido hablando nunca de fresas. ni moras, ni grosellas, ni coquito, ni punta de lapicito. Tratemos lo mejor que podamos de plasmar nuestras impresiones del vino sin utilizar los cansados “descriptores” habituales. Traicionemos a los marketianos que esperan que siempre les expresemos nuestros gustos y disgustos de la misma forma. Ricemos el rizo. En vez de lenguaje “especializado” que se repite hasta perder todo el sentido, inventémonos un lenguaje realmente especial para desglosar el vino de verdad que tanto amamos. Puede ser divertido…

Escrito por: manuel-camblor 10 comentarios 13 Jun 2008 URL Permanente

10 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Rubén Arranz Glez.

Rubén Arranz Glez. dijo

Has dado en el clavo, Manuel.
Llevo ya mucho pensando cómo comunicarme en la cata-maridaje con la que me estreno en el restaurante y la verdad es que todas las posibilidades que imagino me parecen buenas y malas, según el enfoque. Todas surgen de la idea de lo que no quiero hacer, eso es un buen comienzo.

No quiero llamar a un plato "Lubina Salvaje de Fernando Po, sobre lecho de Verduritas ligeramente escabechadas". Todo un regalo literario para decir que el pez asado lo han colocado encima de unas verduras cocidas con un poco de aceite, sal, una gotas de vinagre y una ramita de estragón. Porque para lo que van a pagar prefiero que lo que ahorren lo inviertan en una buena novela de verdad. Soy un romántico yo, escasamente cosmopolita.

Tampoco es que vaya a llamar al "lechazo churro asado en horno de Leña con Ensalada del tiempo" con términos mas rurales, en plan "ovejo a la cazuela con una miaja de lechuga". Aunque sea lo mismo y el mismo disfrute familiar.

Respecto a los vinos, no quiero que la gente (la mayoría neófitos) se me pongas a buscar la flor de espino olisqueando con cara interesada, en una huída hacia adelante, poseídos por una locura colectiva. Mi interés es que disfruten, aprendan un poco. Y si se sorprenden con algún recuerdo de su niñez, me daré por satisfecho.

En fin. Como esto de reinventar el lenguaje va pa' largo, dejaré margen a improvisación para interpretar los vinos que presentaré a mis comensales. Soltaré algún tecnicismo por eso de llevar uniforme (mejor traje) y en el futuro, si el mercado tecnovínico nos arrolla, me enfundaré un guardapolvos. Ahora, si alguien tiene una buena idea que la vaya soltando. Rapidito, que la inseguridad me invade.

Un saludo y adelante con el proyecto.

Dominic

Dominic dijo

Si, le falta diversión a la cata no profesional, cuanto más sabes, menos parece que sepas.

Recuerdo que en uno sde los primeros rieslings que probé, hace unos siete años, no sabía como identificar aquellos olores, y dije que olía a niño de pecho recién bañado y acicalado, en fin, leche, colonia, talco etc, pero entonces yo solo sabía que ese olor me recordaba a mis hijas cuando eran pequeñillas, pequeñillas, un olor agri dulce muy lindo.
Y de algún barolo que olía a cementerio mojado.
Y de algún otro vino, a altar mayor en misa de domingo: en fin, humedad, incienso, flores secas, olor a cerrado, a pared vieja, a piedra...en fin, eso es fácil de entender si hemos asistido a muchas misas y hemos ido a muchas iglesias, sobretodo cuando están vacias de gente, que es cuando esos olores etsán más en el aire.

Bueno.es verdad que luego te tecnificas, e incluso llegas a hablar como un analista, ya sabeis acetatos, ésto, lo otro...pero nada como esa capacidad de relacionar el vino como un todo, como una sensación global, aunque hay que tener una inocencia especial para ello. Y me temo que esa inocencia se pierde poco a poco con la experiencia.

manuel-camblor dijo

Dominic,

Excelente manera de enmarcar la situación, la de una búsqueda de inociencia que se pierde... Lo del altar mayor, fíjate que, por coincidencia, lo verás aparecer en una nota de cata que saldrá aquí pronto, donde digo de un Tondonia que "huele a iglesia llena de cirios encendidos". El vino debe provocarnos la imaginación, hacernos asociar memorias, volvernos locuaces (bueno, hablando de inocencia perdida, aquí me acuerdo de una nota del desprestigiado Michael Broadbent que ponía que cierto vino "olía a uniforme de colegiala", vamos que se pasa de lo meramente risqué al porno viejoverdista en nada :-P). Triste nuestra situación si lo único que nos saca un vino son analogías a "cereza", "frambuesa", "vainilla". "cedro", etc. Puede que exista un tipo de poesía en una lista de supermercado, pero es una poesía más bien estéril y rápidamente se vuelve tediosa.

Todo esto me hace pensar en el libro de Neal Rosenthal que me acabo de comenzar a leer: "Reflections of a Wine Merchant". Rosenthal habla de como en plan simplificatorio para los neófitos en el mercado actual lo que se hace es poner por encima de la geografía del vino (la infinidad de regiones distintas que hacen cosas únicas de la uva) a una relación de variedades de uva. Se preestablecen aromas y sabores a esperar de variedades como chardonnay, pinot noir, syrah, garnacha, etc., por ejemplo, pero se precluye el aporte de cada determinado contexto geográfico-climático-humano, que es lo que acaba por hacer el vino algo singular, conmovedor, poético. Rosenthal dice, creo que con mucha razón, que el interés de una relación botánica de variedades de uva es limitado y en realidad acaba por robarle el "duende" a la experiencia del vino, si no se une a la geografía y al elemento humano.

Rubén,

Lo que le dije a Dominic. Y la inseguridad, si intenta invadirte, lo único que puede lograr es hostiarse malamente.

Eso sí, una cosa: No hay nada que me dé más felicidad en un restaurante con pretensiones que el que un camarero me suelte entre los especiales del día algo del orden de "Lubina Salvaje de Fernando Po, sobre lecho de Verduritas ligeramente escabechadas".para yo, al la hora de ordenar, soltarle a mi vez: "Me pone el pescadito asado con ensalada, por favor".

Ah, y Dominic,

Genial lo de las niñas de pecho. Si te pones a pensar, podía desglosarse perfectamente, obteniendo una descripción de los componentes de un riesling joven (particularmente pienso en ciertos QbA del Pfalz donde el sulfuroso no esté desbocado). Claro, es en el recuerdo de los bebés saliéndote de una copa de vino donde está lo mágico.

M.

IGLegorburu

IGLegorburu dijo

Hola Manuel,

La verdad es que es un tema que siempre me ha parecido curioso porque, y no sé si es una mera apreciación personal, noto bastante diferencia en la terminología usada a la hora de los comentarios sobre valoraciones, descripciones, etc. de los vinos entre escritores, prescriptores o aficionados de países anglosajones como puedan ser Reino Unido o los Estados Unidos frente a los comentarios de personas pertenecientes a países de cultura mediterránea como Italia, Francia o España.

A mi es algo que me llama la atención. No sé...

Un saludo

Jose

Jose dijo

Iñaki, ¿te refieres a la naturaleza de los descriptores utilizados (pomelo vs. toronja ;) o elementos más conceptuales derivados de las diferencias culturales?
Saludos,
Jose

Olaf

Olaf dijo

Bueno, al final son cosas que te recuerda el vino. No veo la diferencia en nivel de tecnicismo entre moras, frambuesas, toronja... o niño de pecho recien bañado. Quiero decir, que al profano, igual de técnico le va a sonar. Cada uno usa lo que tiene almacenado y la frutería... es que queda muy a mano.

Aqui tienes uno de estos descriptores que mas de una vez he estado tentado de usar con vinos modernillos, "vino Starbucks", ya sabes, tostados, cafes, vainillas, cacaos... a lo que huelen los starbucks.

Si que es cierto lo que dice Iñaki, las notas de cata inglesas son bastante distintas de las españolas. No sirve la simple traducción. Usan terminos y forma de describir bastante distinta.
Saludos

Olaf

manuel-camblor dijo

Olaf,

Tienes toda la razón en que, en el sentido más estricto, la frutería y el tecnicismo son dos cosas muy distintas y no debemos confundirlas. Todavía Elizabeth no me ha aclarado a qué se refería con eso del "lenguaje especializado", o sea que yo sencillamente asumo que se trata de lo que he venido usando desde hace años en mis notas de cata, que se diferencia del lenguaje que usa, por ejemplo, mi mujer. Ella ofrece apreciaciones mucho más globales de los vinos, pero que, sin embargo, tienden a ser más certeras por su economía verbal.

Ahora bien, existe otro ángulo a ver: La frutería, como indico arriba, se ha convertido en la lingua franca de los hacedores de contraetiquetas. Digamos que si te pones a leer contraetiquetas de X número de vinos que presenten "Notas de cata" por parte, ostensiblemente, del "elaborador" (aunque ocurran en realidad via alguna consultoría mercadológica), notarás un formato común en éllas. Las notas se adaptan perfectamente a "lo que vende" en la mente de este elemento, son tan formulaicas como el enoproducto que describen y técnicamente dan la misma suma cero que dicho enoproducto. En ese sentido, podíamos decir que la frutería catatónica (perdón, no pude resistir...:-)) se ha vuelto asunto de fórmula técnica. Los aromas y sabores vienen predeterminados y son completamente "idiot-proof".

En cuanto a las notas de cata británicas, pues, vuelvo a lo de los uniformes de colegiala de Michael Broadbent... Existe una cierta imaginación literaria entre ciertos expertos ingleses que sencillamente no se la brinca un chivo. O no se la brinca Balthus. Como prefieran. En cuanto a los gringos, pues, Parker ya ha demostrado de lo que es capaz. Su hipérbole--es en realidad lo que lo caracteriza--se ciñe más bien a referentes en la cultura popular norteamericana y, francamente, su estilo me resulta sumamente torpe. Digamos que es un estilo para mí poseedor de una poesía de igual categoría que la de un publicitario de cuarta.

Y en efecto, en el lenguaje de cata español parece haber mucho de muletismo, mucho cliché del que la gente no se cansa, misteriosamente.

M.

Jose

Jose dijo

Hmmm... no termino de ver una diferencia esencial en las notas de cata anglófonas y las escritas en castellano, aunque muy posiblemente esté (h)errado.
En cualquier caso los vinos apelan a nuestra memoria olfativa, lo cual no significa que siempre seamos capaces de plasmar estas imágenes de la memoria en precisas palabras. En ocasiones es una limitación del bebedor el no ser capaz de expresarlo y transmitirlo a los lectores u oyentes de un modo adecuado, si bien en otras ocasiones es el mismo vino el que no da para más y no nos lleva a otra cosa que a hacer un listado memorístico de flores y frutas. En esto caigo yo el primero en múltiples ocasiones. Hay veces en las que falla el toro y en otras el torero.

Me hace gracia eso que indicas, Olaf, del Starbucks. Los fines de semana, que es cuando tengo tiempo para poder desayunar un poco tranquilo, suelo referirme a 'Desayuno Chardonnay' cuando caen tostadas con mantequilla y mermelada de naranja o limón; y me refiero a 'Desayuno Cabernet/Merlot' cuando son tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos. Ahora iré a registrar estos nombres, antes de que se me adelante cualquier SPA vinícola con pretensiones ;)))))
Saludos,
Jose

Marcos de León

Marcos de León dijo

Ya veo, Josie parece ser el equivalente de Madame Villón.

manuel-camblor dijo

Marcos,

Bienvenido por estos rumbos.

No lo había pensado, y la verdad es que no se me hubiera ocurrido como herramienta estilística, pero como Don José Luis tiene a su Mme. Villon, yo tengo a mi mujer. Es interesante como uno, que se desboca a veces escribiendo sobre vino, necesita a su mujer para que lo devuelva a la tierra.

M.

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Sobre este blog

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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