Una gotita en el océano...

Pues me quedé pensando el viernes por la mañana en como puedo practicar lo que predico, o al menos intentarlo, aunque de repente me encuentre moralizando en calzoncillos. Se me ocurrió, ante las protestas del RP por lo poco que he estado escribiendo, que debo aprovechar y coltgar algo sabatino. No quiero anquilosarme. Además, si no hago uso ahora de este material, que es de abril, puede que se haga completamente irrelevante…

Era la de mis cuarenta, coincidencialmente, semana del “Real Wine Attack” en Nueva York. Ese gran festival del vino de verdad, organizado y ejecutado por mi amigo el gran Joe Dressner con su genial colectivo de elaboradores artesanales, es uno que espero ansiosamente cada año. Ahí puedo probar todas las primicias de las luminarias del vino natural y, mejor aún, compartir un poco con dichas luminarias, lo que es un auténtico lujo.

Este año, como me encontraba en plena mudanza, tuve que aporcionar muy bien mi tiempo. Usualmente el “Real Wine Attack”, en su versión abierta al público en general, ocurre en el local de Chambers Street Wines, en una orgiástica tarde de sábado. Este año, sin embargo, porque la tienda resultaba estrecha, la fiesta se fue a Cercle Rouge, un restaurante cercano en TriBeCa.

Pero me adelanto… Lo de “aporcionar muy bien mi tiempo” va porque tuve que dividir mi experiencia del “Real Wine Attack” en dos eventos, el de Cercle Rouge y, un par de días antes, la gran cata para profesionales del vino que celebra Douglas Polaner, distribuidor de los vinos de Louis/Dressner, con todos los vinos de su extensísimo y variadísimo portafolio (para que se hagan una idea de cuan extenso, Polaner distribuye tanto a Dressner como a Eric Solomon; no creo que haya que explicar mucho más; ahí se juntan mansos y cimarrones, “spoofulators” y naturalistas acérrimos…). Por suerte, mi labor como periodista ciudadano, o sea, bloguero, ahora me permite colarme en todo tipo de eventos de estos “For the Trade Only”. Bueno, ayudó que Joe Dressner, pensando que bien podía ser mi último “Real Wine Attack”, tuvo la gentileza de ponerme en su lista de invitados.

Llegué al mediodía del 15 de abril a la Gotham Hall en la 39. Tenía un par de horas esa tarde para catar lo más posible, conversar con elaboradores y despedirme de muchos conocidos neoyorquinos que me encontraría. Al final no caté casi nada, considerando todo lo que había. Entre lo que se me quedó: Los maravillosos alvarinhos de Dorado, los madeiras dela “Historic Series” de la Rare Wine Company, los rieslings de Steinmetz, Busch y los Knebel, todos los 2007 de Clos Roche Blanche y Clos du Tue-Boeuf, los mâcons de Jean Marciat, los tres vinos de Foradori que había en oferta (demasiada gente delante de la mesa), los barolos “Cascina Francia” de Giacomo Conterno, las sidras de pera de Eric Bordelet, lo nuevo de Pazo de Señorans, un reguero de sakés y los vinos de todos los parientes de Alvaro Palacios, que también los distribuye Polaner (para que veas que uno no se olvida de los amigos más que para olvidarse, RP).

En fin, que se preguntarán ustedes si probé algo a fin de cuentas. Les confesaré que penosamente poco. No sé por qué, pero el cuerpo me pedía más interacción social que cata.

Recién llegado no hice más que dar un giro a la derecha y me encontré con la mesa de López de Heredia-Viña Tondonia. Ahí estaba María José, en las de siempre, un bólido de energía y alegría. Su entusiasmo a uno se le contagia. Aunque los vinos casi todos eran viejos amigos, por lo de disfrutar de la presencia de María José y un par de amigos más, los probé todos.

Comenzamos con el López de Heredia, “Viña Gravonia” Blanco Crianza, Rioja 1998, que andaba un tanto peculiar de aromas, con un deje de tienda de neumáticos que me sorprendió. Por lo demás, muy enérgico y presente, con cítricos insistentes y notas salinas que me recuerdan a palmito en conserva. Dándole un poquito de juego de muñeca a la copa la pestecilla a Pirelli se disipa y lo que tengo delante es un excelente Gravonia, con mucha persistencia y una interesante textura mineralesca al final.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva, Rioja 1989 está angular de primera impresión, con cítricos exotistas, algo de aceite de almendras y los sabrosos saladillos que siempre trae un buen tondonia. En boca se las arregla para dar simultáneamente impresiones de brillo y ligereza y de bastante densidad. El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1981 me recibe abierto, con una sonrisa. Graso, con más cítricos exóticos. Más especiado que los anteriores y con mayor complejidad. Engañosamente amigable, eso sí. Entra en boca y de repente sientes un potente agarre mineral y esa acidez a prueba de balas. Largo y amplio, perfectamente seco de principio a fin.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Rosado Crianza, Rioja 1997 ha dado un giro muy positivo desde nuestro último encuentro. Es un vino esbelto y grácil de movimiento en la boca, donde los elementos fluyen bellamente de fresa silvestre a cáscara de naranja con especias. Perdón, que dije que no quería utilizar listillas de “descriptores”. Lo interesante aquí no es un aroma o sabor u otro, sino la progresión entre ellos, enérgica y sin el más mínimo tropiezo. La acidez y la salinidad en el posgusto añaden interés. Fresco y delicioso.

La revelación de la tarde entre lo que traía María José fue muy inesperada: El López de Heredia, “Viña Cubillo” Crianza, Rioja 2002. Sí, leyeron bien, el Cubillo se quedó con mi corazón. Cálido, afrutado y térreo, esto podría ponerlo como ejemplo didáctico de rioja clásico sin temor a pasar vergüenzas. Entra sedoso, limpio, preciso y elegante en sus caricias. Un vino que no necesita discursos, claro y conciso al invitarte a beber. ¿La botella entera? No problem.

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Reserva, Rioja 2000 traía mucho de hierbas y flores secas por delante, con algo de caballo sudado. Entre ligero e intermedio de cuerpo y movimiento, pero se siente sustancial—quizás demasiado, considerando que en el posgusto, aunque te da un golpecito de cáscara de naranja, la acidez está más o menos justa. Aquí falta bosconia… Un pequeño desencanto. Pero bueno, con la trayectoriaza que lleva esta bodega conmigo, si fallan una vez no ha pasado nada.

En contraste, el López de Heredia, “Viña Tondonia” Reserva, Rioja 1999 es una maravilla: Frutalmente oscuro y abundante, con un aspecto de carne asada muy interesante. Pero que esto no engañe a nadie, aunque tiene tremendo cuerpo, esto es un tinto de excelente agilidad y mucha elocuencia. Bonito, especiado y muy largo, con una coqueta mordida acídica que reverbera todo el final.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1987 también estaba fenomenal. Cárnico y carnoso, especiado, térreo y envuelto en cuero fino. Frutillas rojas muy frescas y bonitas notas florales en un vino que se muestra completamente cómodo en su elegancia. Es noble, lo sabe y lo acepta como su estado natural. Bellísimo.

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1981 es emblemático de su tipo, con el habitual golpe de mineralidad disfrazada de guisantes. Compacto y seriote, con fruta suculenta—frambuesa de varios tonos que parece haber venido con todo y arbusto. Posgusto largo y especiado, pero apretado. No parece querer ponerse muy sociable en este momento.


-María José López de Heredia en plena faena-

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1976 se parecía tanto de natiz al 81 que en un principio pensé que se habían equivocado y me habían servido el mismo vino dos veces. Pero no. Aquí hay amplitud mucho más generosa y un cierto dulzor frutal tocado con flores silvestres. El posgusto, eso sí, es tánico y con mucho nervio.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1973 se presentó con una nariz preciosa, perfumada, de tono altito. Marcadamente salino y especiado, con una corriente que me recuerda a flores y cirios en la nave de una iglesia, entre todo lo demás que trae. Vibrante. Sabroso. Saladito. Este vino por sí solo es un almuerzo. Fresco, largo y complejo.

Interesante, entre toda esta catadera entusiasta de vinos de una de mis bodegas favoritas en todo el mundo, fue una conversación que tuve con José Fuentes, un puertorriqueño universal que es apasionado del vino español en todos sus aspectos. José tiene la valiosísima virtud de poder darte una apreciación justa igualmetne de uno de estos tondonias que del más moderno de los iberomodernazos enológicos de Toro, Priorat, Ribera del Duero o cualquier otro punto de la geografía española. La equilibrada agudeza de sus observaciones me merece mucho respeto.

Pues hablábamos José y yo de lo bonitos que envejecín tondonias y bosconias, de lo complejos, profundos y adultos que se hacían, cambiando como uno cambia, o sea, ganando con el tiempo y la vida. Comparábamos eso con la manera que tienen de sencillamente no sobrevivir mucho tiempo tantos vinos españoles de esos “de ahora”. El caso es que José tocó un punto muy importante en cuanto a las expectativas de la gente sobre como debe envejecer un vino. Me decía que para muchos conocidos suyos el único parámetro a considerar a la hora de evaluar un vino con algunos años encima es “si conserva fruta”, en el sentido de fruta primaria, simplemente designable y a una intensidad “juvenil”. Esto, claro está, reduce el vino a la categoría de algo que no evoluciona sino de la cumbre al hoyo, de una plenitud al declive.

Si la cuestión es “lo que el vino aguante”, me decía José, eso excluye la verdadera vida y evolución plena del vino.

Quizás semejante mentalidad, que tan clara y terminantemente refutan lso vinos de López de Heredia, sea producto de la forma en que se enseña a los nuevos amantes del vino a evaluar lo que se toman. ¿Cuchumil puntos? Pues de ahí pa’bajo. Sólo interesa el vino que se ganó esos puntos, que es el que “no ha perdido facultades”.

¡Pobrecita cultura del vino!

En fin, pido disculpas a José por la chapucera perífrasis que he hecho de nuestra conversación, pero me pareció importante reportar su esencia. A ver, compadre, si te animas y amplías la idea…

Seguí mi camino hacia el fondo del inmenso salón. Lo primero que probé a continuación fue la línea de beaujolais de Jean-Paul Brun, incluyendo cierto vino que ha dado alguito de que hablar posteriormente, tras haberle sido denegada a varias partidas del mismo la AOC Beaujolais.

El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Chardonnay, Beaujolais Blanc 2007 es de un perfume etéreo; femenino en plan “chica natural” con vestidito de algodón y sandalias. Los florales son de madreselva y lirio. Los de fruta son cítricos vivísimos con un subtexto carnoso de melocotón. Un blanco puro, fresco, vivísimo y “extra-crunchy”. Divertido. Otro del que me podría beber la botella entera y desear que fuese un mágnum.

El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Rosé d’Folie, Beaujolais 2007 es otra belleza en plan natural, quizás un poquito más de “hippie intelectual” que el chardonnay. La esencia de la fresa, vestida en una mineralidad francamente I-M-P-O-N-E-N-T-E y espolvoreada juguetonamente con cardamomo. Las notas son pocas, pero los ecos son muchos y muy persistentes.

Llegamos al vino-controversia, el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, “L’Ancien” Vieilles Vignes, Beaujolais 2007. Varias partidas de este vino han sido declasificadas—en un acto vergonzoso por parte de los “jueces” del INAO—y relegado a mero Vin de Table, pero la botella de la que me sirvió Jean-Paul no parecía ser de ellas, pues llevaba claramente la AOC en la etiqueta.

Un Ancien ligerito, que se deja beber espectacularmente ahora mismo, con fruta muy ágil y alegre, acentos de comino y su corazón mineral en la manga. Taninos vivaces en un final precioso.

Seguí a los crus, comenzando por el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Fléurie 2007, que es otro sublime coctel de frambuesa y piedras. En la superficie parecería ligero como una brisa, pero en el paladar medio se abre y te muestra una estructura y una garra tremendas. Largo, térreo, firme… El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Côte-de-Brouilly 2007 es ligero y de trago fácil, lo que parece ser la marca de la añada. Trae lavanda, agua de violetas y arándano con una mineralidad decididamente salina. Muy refrescante y seguramente delicioso para almorzar. Un vino que te abre el apetito.

Por último probé el Jean-Paul Brun/Terres Dorées Moulin-à-Vent 2007, que era todo fresa pura con el más sutil toque de especias—algo así como cuando te le añaden un poquito de sal a una piña para acentuarle el sabor, pues aquí la nota especiada acentuaba la pureza de la fresa. Largo, limpio y delicioso.

Seguí a la mesa de los Desvignes, cuyos vinos he comentado aquí abundantemente, especialmente como ejemplos imprecables de vins de terroir. De sus 2005 compré montones en todos los formatos disponibles. Me parecieron vinos que recompensarían enormemente la guarda durante diez o quince añitos.

¿Les he comentado alguna vez sobre la cantidad de beaujolais que hay en mi bodega? Cajas y cajas… Quienes entiendan por “beaujolais” únicamente los potingues tecnológicamente bastardeados de ciertos negociantes seguramente se maravillarán ante esta aseveración mía, pero puedo decir con certeza que vale la pena dedicar espacio en la cava a los beaujolais de los mejores productores. Nombres como Brun, Desvignes, Tête, Chermette, Lapierre, Coudert y Descombes me lo han demostrado ampliamente. Encima, los vinos se mantienen a precios muy para la vida real de los que no queremos andar sacando segundas hipotecas para beber. Si pensamos en lo que anda costando hoy día cualquier cosilla de las apelaciones más chic de Borgoña y consideramos que un gran gamay, con la edad se “pinotea”, o sea, envejece para adquirir características muy similares a un buen pinot noir de la misma edad, de repente tenemos un buen sustituto que nos deja con alguito de plata en la cartera para comprarnos una buena camisa.

Pero se me va el hilo. Los Desvignes tenían un par de vinos. El primero era el Louis-Claude Desvignes, Morgon “Côte du Pÿ” 2006. Muy elegante vino, sí señor. Floral, con buena concentración de fruta negra y taninos masticables. Cuerpo entre ligero y medio, con una agradable ligereza en el paladar medio y un posgusto frutal perfectamente limpio. Del Louis-Claude Desvignes, Morgon “Javernières” 2006 únicamente apunté: “Tierra. Profunda tierra en la que crecen violetas y arbustos con frutillas rojas.”

La mesa de al lado era la de Michel Tête, donde probé un Michel Tête, Juliénas 2006 muy rico. Perfume de tono altito, pero sin molestias volátiles. Térreo, con fruta negra muy pura y un posgusto muy mineral que es largo y, aunque comienza amplio, se va compactando con cada segundo que pasa. Probé también el Michel Tête, Juliénas “Cuvée Prestige” 2005, del que tnego guardados unos cuantos magnums. Apretadísimo. Huraño. Se siente mucha sustancia, muchísima. Pero no quiere saber de vida social ahora mismo. Hay que dejarlo quieto.

Nada como poder compartir, junto con mi admiración por su trabajo, estos pensamientos míos con los elaboradores de estos vinos, tan puros, naturales y prometedores.

Seguí a la mesa de Georges Descombes. Comencé con un Georges Descombes, Régnie 2006 un tanto rústico y haciéndose el difícil al principio. Notas animales, térreas, con algo de flores marchitas y anís. La fruta se asoma por momentos entre todo esto, cubierta en una mineralidad arenosa. Un vino interesante, pero difícil de interpretar.

El Georges Descombes, Morgon 2006 resulta curioso después de los de Desvignes por lo fuertemente apretado que anda. Fruta roja donde sobresale un aspecto de cereza, además de una mineralidad marcadísima (¿granito?). Otro que prefiero esperar.

El Georges Descombes, Morgon “Vieilles Vignes” 2006—recuerden que su hermano del 2005 me hizo vibrar hace unos meses—está aún más cerrado que la cuvée “regular”. Especiado, con notitas de arbusto y fruta sumamente compacta. Creo que aquí, como siempre, es donde va a estar la verdadera acción tras unos años en botella.

El Georges Descombes, Brouilly “Vieilles Vignes” 2006 resultó ser el más inmediatamente atractivo del trio de 2006 que probé de Descombes. Aromas de fruta roja con una nota olivesca. Taninos enérgicos. Excelente acidez. Puro. Se deja beber muy fácilmente, pero uno no tarda en hacer pausa y pensar que es demasiado fácil, que aquí hay algo más y no debe pasar desapercibido… En efecto, hay una mineralidad profunda de fondo que es en realidad lo que une el todo, haciéndolo verdaderamente armónico.

Una cosa que no debo dejar de apuntar sobre los vinos de Descombes en el 2006 es que todos poseen esa cualidad “acuosa” que tanto valoro en un buen tinto. No se te paran en el gaznate, sino que pasan refrescantemente.

Alarmado, me dí cuenta de que el tiempo se me había ido volando, entre conversar y catar lo poco que había catado. Encima, no había comido nada desde el desayuno y eran ya pasadas las tres de la tarde. Aunque fuí muy disciplinado en mi uso de las escupideras, me sentía ya un tanto fatigado. Paré a saludar a Marc Ollivier y probé unos cuantos de sus vinos, pero no tomé notas. Le hablé a Marc de que del 2007, año del nacimiento de mis hijos, quería ver mucho formato grande de su Granite de Clisson, el más fenomenal muscadet que conozco. Me dijo que, aunque en otras partes del Loira la añada no había sido particularmente buena, a él y al resto del Nantais le había ido muy bien y que sí, probablemente habría Granite de Clisson. A ver si me lo embotella en talla jacuzzi… Tanto la muestra de su Domaine de la Pépière, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2007 como la del Domaine de la Pépière, “Clos des Briords” Vieilles Vignes, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2007 que me dió a probar mostraban excelente concentración y persistencia.

Probé también de Marc su tinto de cabernet franc, côt, merlot y gamay Domaine de la Pépière. “Cuvée Granit”, Vin de Pays du Jardin de la France 2006 que estaba riquísimo. Fresco, ligero, frutal y con esa garra mineral tan bonita que lo caracteriza. Pero la sorpresa fue una muestra del Domaine de la Pépière, “Granite de Clisson”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2005, un vino que esperaba encontrarme cerrado a cal y canto, pero que estaba alucinantemente accesible, floral, marino y frutal. Largo y ancho, esto. Marc no quiso decirme cuanto tiempo llevaba abierta la botella, pero sospecho que no debe haber sido poco. Un fenómeno.

El salón era una especie de laberinto circular. Yo veía mesas, muchedumbre, botellas… Sentía que había fracasado en lo de administrar mi tiempo. ¿Qué me había hecho perder mi sentido de la aventura? ¿Por qué había dedicado todo mi tiempo a gente cuyos vinos conozco muy bien? ¿Estaba expresando de forma proactiva y subconsciente lo mucho que extrañaría a Nueva York, dado que vinos como lso de López de Heredia, Brun o Desvignes han formado una parte tan vital de mi experiencia en la enochaladuta neoyorquina?

Además, hablando de fallos, no se me escapan las veces que he caido en esta crónica en el fresocerezoflorismo que denunciaba precisamente en mi última entrada de blog. Está visto que lo de inventarse un nuevo lenguaje para expresar lo que uno cata va a ser dificilillo. Perdonen. Hay que joderse. O hay que joderse, perdonen…Quizás esas asociaciones tengan algo de válido, pero hay que fijarse muy bien en como funcionan. No bastará en el futuro con declarar que el vino da “limón, grosella blanca, cardo borriquero, tiza y anís”. Habrá que pensar bien en las interacciones, armonías, tensiones que entre estos elementos puedan existir, pues el vino—el vino de verdad—es un ser vivo y de tales fenómenos está precisamente hecha su vida.

En fin, que de los de Dressner me quedaban muchos. Igual que en el caso de Marc Ollivier, me paré a saludar a Eric Texier, cuyos vinos del Ródano (y el Mâconnais) tantos gustos me han dado. Sab7a que vería a Eric más tarde en la semana y decidí, en una última vana intentona de economía temporal, probar solamente sus blancos. El Eric Texier, Brézème Blanc, Côtes du Rhône 2006 tienen una nariz floral muy provocadora, con acentos de melocotón y manzana. También hay algo de fondo que me recueda a los regordetes platanitos manzanos que tanto gustaban a mi abuela, carnosos, dulces, pero con una mordidita acídica. Mucho nervio en boca. Buena fruta y gran tensión, con un posgusto largo en el que domina una textura de grano fino en la que hay mucho de mineral.

El Eric Téxier, Brézème Blanc “Domaine de Pergault”, Côtes du Rhône 2006 es notablemente más concentrado y profundo, con aromas de polen y piedras. En boca es sedoso y pulido de textura, pero firme de carnes y muy enérgico, con sabores de naranja y melocotón envueltos alrededor de una poderosísima veta mineral. Un blanco con mucho carácter, largo, con dejes herbáceos muy sutiles entre la mineralidad final.

El Eric Texier, Châteauneuf-du-Pape Blanc 2005 ya es otro juego… Mucho más glicérico y lento de movimientos, aunque estos movimientos son muy deliberados y acaban siendo tan acertados como si se tratase de un vino más ligero y ágil. Mirabelle, jengibre cristalizado, melón, limón en conserva, melón, cardamomo—y allá voy con la jodida lista de compras… Pero es que en realidad no encuentro otra forma de explicarlo. Exótico, con mineralidad muy, muy “crunchy” en un posgusto inmenso. Tiene muy buena acidez, lo que lo hace particularmente atractivo. Miren que para yo decir que un châteauneuf blanco está tan bueno, muy sabroso tuvo que estar, porque esta región, como bien saben los que me leen regularmente, no es santa de mi devoción.

Para acabar con los blancos de Eric, una muestra de barrica del Eric Texier, Condrieu 2007 muy floral y carnosa, con un deje dulce en la nariz que lleva a un toquecito de miel en la boca. Melón, crema de limón y semilla de cilantro en boca, con un destellito distante de yerbabuena. Suculento y muy enfocado.

Me habían hablado de una nueva adición al grupo de elaboradores importados por Joe Dressner, que venía nada menos que de Burdeos, región por la mayoría de la cual—de nuevo apelo a la buena memoria de mis lectores asiduos y a la indulgencia de los recienvenidos—tiendo yo a no dar ni un duro. Decidí que tenía que probar los burdeos que habían capturado la atención de mi querido Joe y salí rumbo a la mesa indicada… Pero por el camino me ví atraido por los vinos de Saboya de Pascal y Annick Quénard. Paré a probar, claro está. Primero fue el P. & A. Quénard, Jacquère Vieilles Vignes, Chignin, Vin de Savoie 2006. La mayor parte de las vides de jacquère que poseen los Quénard son de más de cien años de edad, o sea que lo de “vieilles vignes” lo merecen. De nuevo estaba yo ante un vino engañosamente etéreo. En un principio mi nota decía sólo “jugo de madreselva que se hace aire”, pero dedicándole un minutito de atención se da uno cuenta de que hay mucho más detrás. La ligereza no quita que haya excelente concentración frutal y brillante mineralidad. Largo, fresco y jugoso. El P. & A. Quénard, Chignin Bergeron, Vin de Savoie 2006 tiene mucho más peso y una frutosidad manzanil por delante, seguida por notas minerales y de madreselva. Suculento, vibrante, con excleente acidez. Tremendamente bebible.

El tinto que tenían los Quénard, del cual he reseñado añadas anteriores en estas páginas, era el P. & A. Quénard, Mondeuse, Vin de Savoie 2007. Un vino ligero, refrescante y sencillo, con un toquecito medicinal sobre cereza y frambuesa negra, a su vez sobre una mineralidad sensacional. De un minimalismo hiperpreciso. Largo. Para beber sin pensar, aunque resulta infinitamente mejro si uno se deja llevar y lo piensa.

El burdeos que buscaba era el de Château Moulin Pey-Labrie y pude probar cuatro añadas para hacerme una idea más clara de lo que puede ser el vino. La cosa es que uno de los propietarios servía las muestras y te explicaba como, de añada a añada se utilizaba más o menos fruta proveniente de distintos tipos de suelo. Así hay añadas más “de arcilla”, o más calcáreas. El viñedo es de 99% merlot y 1% malbec, por cierto.

El 2005 es un bonito ejemplo de esa especie en vías de extinción que tanto me encantaba cuando pululaba libremente por la tierra, el lunchtime claret. Ciruela y cereza cálidas, voluptuosas, pero que no pierden ligereza y gracia ni por un momento. Taninos aterciopelados y excelente acidez. Pero lo que más me gusta al final es que te da esa “acuosidad” en el paladar. La mineralidad en el posgusto me recuerda, no sé por qué, a la ceniza de un habano finísimo.

El 2003 tiene una suerte fenomenal, y es que la añada no se le nota en lo absoluto. Perfumado y sedoso, con potente mineralidad clacárea envuelta en frutas negras y sobretonos de rosas secas. Suculento en boca y con muy buen agarre en el posgusto.

El 2001 resulta marcadamente distinto en virtud de estar bastante cerrado. Tonos florales con notas de especias dulces (canela y malagueta mayormente). Térreo, con taninos como lso músculos de un bailarín de ballet.

El 2000 vuelve a una onda mucho más amigable. Algo de caballo sudado sobre fruta roja dulce y potpourri. Lo que sorprende es que resulta muy transparente, dejando apreciar muy claramente su alma mineral. Mullido por fuera, “crunchy” por dentro. Me encanta. Así sí bebo vinos de burdeos y no me quejo.

Me dió un poco de trabajo decidir mi próxima movida. Me revienta un poco, aunque sea verdad, que se diga por ahí que soy demasiado galocéntrico en mis proclividades vínicas, o sea que decidí darme un garbeo a ver si había algo español. Pero no. Todo lo que no fuese López de Heredia ya lo tenía visto y no me apetecía. Y no encontré lo de Señorans. O sea que a otra cosa, mariposa. Pasé por delante de la mesa de Ojai Vineyards. Esa es la bodega de aquel tipo que dijo que estaba cansado de hacer vinos para Parker… O por lo menos eso se reportó que dijo. Luego un dimeydirete sobre si sus palabras fueron sacadas de contexto y si el periodista que le entrevistó era un irresponsable, etc. Pendejadas. Sentí curiosidad por los vinos durante una fracción de nanosegundo, pero ví de reojo que al otro lado del pasillo estaba la mesa de Antichi Vigneti di Cantalupo, una bodega cuyos vinos de la parte casi alpina de Piamonte siempre me han interesado mucho.

El primer vino fue el Antichi Vigneti di Cantalupo, Agamium 2005. Ligeramente apestosillo, con un toque de rosas ya muy marchitas. Pero resulta atractivo, de peculiar manera. Fruta del bosque sazonada con comino, cardamomo y nuez moscada—se me antoja un aroma muy otoñal. Cálido, envolvente y largo en boca, con excelente acidez que se te queda en el medio de la lengua como un punto pulsante.

El Antichi Vigneti di Cantalupo, Ghemme 2003 sí que muestra su añada, pero lo hace elegantemente. Se le siente m5s peso y dulzor al nebbiolo que de costumbre. Térreo, con notas de flores blancas (yes, flores blancas) e incienso. Taninos maduros en un posgusto suculento de acidez media. Uno para beber mejor antes que después, creo.

El vino “top” de la casa es el Antichi Vigneti di Cantalupo, “Collis Breclemae”, Ghemme 2000 y está escandalosamente apretado ahora mismo. No quiere saber de nadie y no duda en decirlo. Volátil, térreo, con notas de hongos y menta desecada flotando sobre un cuerpo frutal y mineral impenetrable. Un vino que no dudo estará excepcional en X años, pero que ahora mismo me manda p’al carajo sin dudar. Quiere dormir.

Intenté a continuación colarme ante la mesa de Francesco Rinaldi, pero de eso nada. La masa humana que me impedía el paso era sencillamente demasiado. Seguí de largo, doblé una esquina y de repente comprendí que todo te pasa por algo. Estaba ante la mesa de un productor que admiro muchísimo, Emidio Pepe. Digamos que Pepe es el López de Heredia del Abruzzo, algo para no perderse. Les traduzco lo que pone la útil libreta con todo lo presentado que le daban a uno en la puerta de este maxi-evento: “Las uvas se cultivan orgánicamente, son vendimiadas a mano, despalilladas a mano, fermentadas naturalmente y el vino es envejecido de 18 a 24 meses en depósitos recubiertos de vidrio. Los vinos se embotellan sin filtración y sin adición de sulfuroso y se dejan desarrollarse en la bodega. Un extenso inventario de añadas viejas permanece en la bodega. Antes de salir al mercado, los vinos son decantados a mano a botellas nuevas y etiquetados.”

Una chica muy guapa me dió a probar el Emidio Pepe, Trebbiano d’Abruzzo 2004, que llevaba un penetrante carácter herbáceo muy suyo y muy atractivo (perifollo, estragón, yerbabuena) sobre melón verde. Poderoso blanco, con un magnífico espinazo acídico en torno al cual hay deliciosa carnosidad. Largo y palpitante. Según entendí, aún no ha salido al mercado, siendo la añada comercializada actualmente el Emidio Pepe, Trebbiano d’Abruzzo 2001. Interesantísima nariz de cera, especias, estragón, fruta de pan y membrillo, con un toque volátil y otro toque de crema de limón. Especiado y sutilmente salino en boca. Compacto, pero largo y complejo.

Seguí a los tintos. El Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 2001 es es[eciado de una forma tan tremenda que hasta sobrecoge un poco. Tremenda complejidad desde la primera olisqueada, con montones de facetas que se dejan entrever fugazmente. Debajo hay una corriente de aceituna negra, tierra, cereza y frambuesa negra con atractivos dejes salinos. Voluptuoso y vibrante al entrar en boca, se aprieta considerablemente en el posgusto.

Si el 2001 suena delicioso, he de decirles que donde se luce Pepe es en los vinos con sus añitos encima. Así, el Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 1985… Presenta aromas de carne curada con acentos de yodo, especias, hierbas secas y fruta muy juvenil y brillante. Cálido, suculento y muy complejo en la boca. Un tintazo sumamente sexy, que te absorbe completamente.

Y por si esto fuera poco, el Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 1977, que huele a sirop de maple, silla de montar sudada, polvo, cardos, laurel, cáscara de naranja, jengibre en conseva del que te ponen con el sushi, hongos desecados, menta y ciruela. Complejísimo. En boca, sedoso de textura, pero aún con mucha garra. Potente. Larguísimo. Un fenómeno natural, vamos…

Sentía yo los síntomas de una incipiente hipoglicemia cuando salí a la calle. Medio centenar de vinos catados en tres horas y alguito no son poco, pero tampoco son lo suficiente si uno considera la bárbara cantidad de bodegas representadas en esta muestra. Cubrirlas todas en una semana hubiese sido imposible. En tres horas, pues, hice lo que pude. Por suerte, en Manhattan te encuentras pizza más o menos decente en cada esquina. Me metí en un garito de mala muerte y allí, al fin, pude almorzar.


Luego les contaré sobre lo que pude y no pude hacer en el “Real Wine Attack”. Esos últimos días viviendo en Nueva York fueron una tremenda gozada. Y claro, creo justo contarles sobre ellos antes de contarles de mi viaje la semana pasada.



Escrito por: manuel-camblor 9 comentarios 16 Jun 2008 URL Permanente

9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Ferrigno

Ferrigno dijo

Yo adoro por igual los beaujolais :) Recerdo el Javernières 2005, FE-NO-ME-NAL.

Sobre Vino

Sobre Vino dijo

¡Dios mío, Manuel!¡Menudo desfile de vinos!

He estado en los últimos meses recorreidno una y otra vez las gamas completas de Jean Paul Brun y de Piron que me traje de Francia. Son un espectáculo de vinos. No me cansaría jamás de beberlos. Vinos para disfrutar

Un abrazo.

manuel-camblor dijo

SV,

Esto no es nada. Tenían ciento setenta y pico de bodegas representadas en el salón, o sea que, si lo piensas, ni arañé la superficie. Me quedé cortísimo. Una gota en el océano, etc. Pero es que para un ser humano normal cubrir una proporción representativa de ese portafolio sería impracticable.

Los vinos de Brun, en efecto, son maravillosos. Excleentes compras, además, aún los que tenemos el euro en contra podemos proclamarlo.

Y sí, Ferrigno, los Beaujolais son tremendos. Te recomiendo conprar mucho del "Cuvée Tardive" de Coudert, y el Javernières de Desvignes, si posible en mágnum, y guardarlos. Recompensan ampliamente la paciencia.

M.

ManuelAguinaga

ManuelAguinaga dijo

Coincido con esa "pinotea" de la gamay...me guardo esta expresión.

Buena experiencia hace poco, en ese sentido, con un Moulin À Vent '05 de Olivier Merlin, que ya trae esas trazas.

"...listilla de descriptores" tendré que reflexionar...

manuel-camblor dijo

Años hace que no pruebo nada de Merlin, Manuel. Y sí, en algunos crus lo de pinotear ocurre antes. Es más, algunos vinos lo traen medio que por delante cuando son jovencitos. Por ejemplo, recuerdo el Morgon Vieilles Vignes 2005 de Georges Descombes, que la verdad es que resultaba desconcertantemente maravilloso y vosne-romanesco hace meses, cuando llegó por primera vez a Nueva York. Luego se cerró y ahora no quiere trato con nadie. Pero en el futuro estoy seguro de que será impresionante.

Esto me da una idea para otra entrada de blog...

M.

José Fuentes

José Fuentes dijo

Manuel:

Como dicen por acá en los Estados Hundidos "Thanks for the kind words".

Creo que resumiste muy bien nuestra conversación.

Mi mayor problema con muchas personas que se creen que saben de vino es que prueban ciertos vinos y lo único que dicen es "este vino tiene una fruta increíble así que tiene mucho futuro por delante". El problema es que cada año que pasa la fruta disminuye pero el vino no gana en complejidad. Así que no veo la lógica de guardar estos vinos si lo único que hacen es disminuir la carga frutal pero sin aumentar su complejidad.

La mejor forma de observar ese fenomeno es cuando haces un vertical de esos vinos y te das cuenta que cada año que vas hacia atrás el vino es menos interesante que la próxima añada. De que aguantan no hay duda alguna pero no mejoran en botella.

Cuando los críticos te dan los dichosos "drinking windows" de estos vinos te dicen que envejeceran positivamente por par de decadas pero en realidad lo que pasa es que aguantan por ese tiempo decayendo lentamente. Lo peor del caso es cuando le dan sendas puntuaciones, sobre 95 puntos, de las cuales 5-10 puntos son dados por su capacidad de envejecer.

SALUDos,
José

PD He tratado de enviarte mensajes a tu dirección de correo rr.nyc pero me rebotan. Enviame tu nueva dirección cuando puedas.

manuel-camblor dijo

José,

Las "kind words" ahí te las mereces de sobra...

Mándame un mensaje de contacto usando el enlace a la derecha de la página y enseguida te mando el e-mail que estoy usando aquí. La cuenta de nyc.rr.com murió cuando cancelamos el cable en Nueva York. No me esperaba que muriera tan inmediatamente, pero lo hizo.

En cuanto a lo que apuntas: Creo que existe una extraña disonancia entre la manera de puntuar de los puntuadores empedernidos y el establecimiento de las "drinking windows" que dan. El atribuir una calificación numérica--o sea, fijar en un punto de una escala exacta--un vino catado en un momento determinado tiene la rara desvirtud de implicar que esa puntuación, en la medida en que los números son exactos, corresponde a ese momento en la vida del vino y sólo a ese momento. Si te lo bebes más allá de ese momento, la puntuación no aplica del mismo modo, o sea, es inútil.

Si metes un "margen" para contar con posible mejora con tiempo en botella, ya entras en un extraño juego de estimados en el cual es necesario poner muy en claro los parámetros operativos en la "mejoría" esperada.

Problema de los números... Lo joden todo por ser tan precisos.

Si llevamos las cosas más lejos, tenemos que pensar que la manera actual de evaluar el vino, en la que se recompensa la intensidad y la inmediatez por encima de la complejidad. Así, se puntúa el "impacto" de un vino dentro de la escala. El lío ocurre cuando comenzamos a hablar de patrones de evolución utilizando, como bien señalas, parámetros que tienen que ver con una metamorfosis más caprichosa, que no puede cuantificarse exactamente y cuyos caprichos tienden a exponer cualquier valoración que pretenda ser exacta como la arbitrariedad que es.

Una noción moderna de la cata y la apreciación se encuentra con que utiliza una idea de la evolución del vino que le es fundamentalmente incompatible. Y ahí explota la cosa, dejándonos a todos chorreados de puntos.

Es que yo te digo...:-)

Un abrazo,

M.

José Fuentes

José Fuentes dijo

Manuel:

Estoy completamente de acuerdo con tu comentario que hay una extraña disonancia en el concepto de los puntos especialmente si vez como se reparten los puntos.

Como sabrás, la escala de 100 puntos en realidad es una escala de 50 puntos aunque en los últimos años se haconvertido en una escala de 16 puntos (85-100 ptos). Según explican en la página del WA, las puntuaciones son otorgadas de la siguiente forma:

50 puntos base
5 puntos max por apariencia y color
15 puntos max por aroma y bouquet
20 puntos max por sabor y postgusto
10 puntos max por potencial de envejer/mejorar

Si te dejas llevar por esa escala y la explicación los vinos con puntuaciones sobre los 90 puntos deberian de envejecer/mejorar con el paso de los años. Yo no tengo problema con lo de los puntos pero si los vinos no envejecen entonces no deberian de llevar puntuaciones de mas de 90 puntos. Según el WA, los vinos con mas de 90 puntos se definen de la siguiente forma:

90-100 points is equivalent to an A and is given only for an outstanding or special effort. Wines in this category are the very best produced of their type. There is a big difference between a 90 and 99, but both are top marks. As you will note through the text, there are few wines that actually make it into this top category because there are not many great wines.

En los últimos años hemos tenido una hemorragia de puntuaciones de sobre 90 puntos y casi nada debajo de 90. De que han mejorado muchos aspectos en el campo de la enología no hay dudas pero hemos llegado a un nivel que no hay vino que le disguste.

Este trabajo de los críticos es tremendo guiso. Son como los meterólogos que pronostican día soleado y luego llueve. Nadie les cuestiona sus pronósticos y siguen felices y contentos al día siguiente sin ningún problema.

SALUDos,
José

manuel-camblor dijo

José,

Leyendo estos criterios de los puntos se me ocurre que debo convertir esto en una entrada nueva, porque pensando en la disonancia entre los puntos y las ideas antiguas sobre la evolución del vino, que se manifiestan sedimentaria y conflictivamente en los "statements of purpose" de todos esos "críticos" (las comillas van porque me parece que equiparar lo que hace Parker o el WS o sus mil imitadores a auténtica crítica, intelectualmente honesta y epistemológicamente valiosa, es una tontería), oigo resonancias con ciertas actitudes rampantes en este Caribe nuestro hoy día hacia el ser humano mismo.

Luego pongo un nuevo post...

M.

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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