Pues me quedé pensando el viernes por la mañana en 
Era la de mis cuarenta, coincidencialmente, semana
Este año,
Pero me adelanto… Lo de “aporcionar muy bien mi tiempo” va porque tuve que dividir mi experiencia del “Real Wine Attack” en dos eventos, el de Cercle Rouge y, un par de días antes, la gran cata para profesionales del vino que celebra Douglas Polaner, distribuidor de los vinos de Louis/Dressner, con todos los vinos de su extensísimo y variadísimo portafolio (para que se hagan una idea de cuan extenso, Polaner distribuye tanto a Dressner como a Eric Solomon; no creo que haya que explicar mucho más; ahí se juntan mansos y cimarrones, “spoofulators” y naturalistas acérrimos…). Por suerte, mi labor
Llegué al mediodía
En fin, que se preguntarán ustedes si probé algo a fin de cuentas. Les confesaré que penosamente poco. No sé por qué, pero el cuerpo me pedía más interacción social que cata.
Recién llegado no hice más que dar un giro a la derecha y me encontré con la mesa de López de Heredia-Viña Tondonia. Ahí estaba María José, en las de siempre, un bólido de energía y alegría. Su entusiasmo a uno se le contagia. Aunque los vinos casi todos eran viejos amigos, por lo de disfrutar de la presencia de María José y un par de amigos más, los probé todos.
Comenzamos con el López de Heredia, “Viña Gravonia” Blanco Crianza, Rioja 1998, que andaba un tanto peculiar de aromas, con un deje de tienda de neumáticos que me sorprendió. Por lo demás, muy enérgico y presente, con cítricos insistentes y notas salinas que me recuerdan a palmito en conserva. Dándole un poquito de juego de muñeca a la copa la pestecilla a Pirelli se disipa y lo que tengo delante es un excelente Gravonia, con mucha persistencia y una interesante textura mineralesca al final.
El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva, Rioja 1989 está angular de primera impresión, con cítricos exotistas, algo de aceite de almendras y los sabrosos saladillos que siempre trae un buen tondonia. En boca se las arregla para dar simultáneamente impresiones de brillo y ligereza y de bastante densidad. El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1981 me recibe abierto, con una sonrisa. Graso, con más cítricos exóticos. Más especiado que los anteriores y con mayor complejidad. Engañosamente amigable, eso sí. Entra en boca y de repente sientes un potente agarre mineral y esa acidez a prueba de balas. Largo y amplio, perfectamente seco de principio a fin.
El López de Heredia, “Viña Tondonia” Rosado Crianza, Rioja 1997 ha dado un giro muy positivo desde nuestro último encuentro. Es un vino esbelto y grácil de movimiento en la boca, donde los elementos fluyen bellamente de fresa silvestre a cáscara de naranja con especias. Perdón, que dije que no quería utilizar listillas de “descriptores”. Lo interesante aquí no es un aroma o sabor u otro, sino la progresión entre ellos, enérgica y sin el más mínimo tropiezo. La acidez y la salinidad en el posgusto añaden interés. Fresco y delicioso.
La revelación de la tarde entre lo que traía María José fue muy inesperada: El López de Heredia, “Viña Cubillo” Crianza, Rioja 2002. Sí, leyeron bien, el Cubillo se quedó con mi corazón. Cálido, afrutado y térreo, esto podría ponerlo
El López de Heredia, “Viña Bosconia” Reserva, Rioja 2000 traía mucho de hierbas y flores secas por delante, con algo de caballo sudado. Entre ligero e intermedio de cuerpo y movimiento, pero se siente sustancial—quizás demasiado, considerando que en el posgusto, aunque te da un golpecito de cáscara de naranja, la acidez está más o menos justa. Aquí falta bosconia… Un pequeño desencanto. Pero bueno, con la trayectoriaza que lleva esta bodega conmigo, si fallan una vez no ha pasado nada.
En contraste, el López de Heredia, “Viña Tondonia” Reserva, Rioja 1999 es una maravilla: Frutalmente oscuro y abundante, con un aspecto de carne asada muy interesante. Pero que esto no engañe a nadie, aunque tiene tremendo cuerpo, esto es un tinto de excelente agilidad y mucha elocuencia. Bonito, especiado y muy largo, con una coqueta mordida acídica que reverbera todo el final.
El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1987 también estaba fenomenal. Cárnico y carnoso, especiado, térreo y envuelto en cuero fino. Frutillas rojas muy frescas y bonitas notas florales en un vino que se muestra completamente cómodo en su elegancia. Es noble, lo sabe y lo acepta
El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1981 es emblemático de su tipo, con el habitual golpe de mineralidad disfrazada de guisantes. Compacto y seriote, con fruta suculenta—frambuesa de varios tonos que parece haber venido con todo y arbusto. Posgusto largo y especiado, pero apretado. No parece querer ponerse muy sociable en este momento.

-María José López de Heredia en plena faena-
El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1976 se parecía tanto de natiz al 81 que en un principio pensé que se habían equivocado y me habían servido el mismo vino dos veces. Pero no. Aquí hay amplitud mucho más generosa y un cierto dulzor frutal tocado con
El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1973 se presentó con una nariz preciosa, perfumada, de tono altito. Marcadamente salino y especiado, con una corriente que me recuerda a
Interesante, entre toda esta catadera entusiasta de vinos de una de mis bodegas favoritas en todo el mundo, fue una conversación que tuve con José Fuentes, un puertorriqueño universal que es apasionado
Pues hablábamos José y yo de lo bonitos que envejecín tondonias y bosconias, de lo complejos, profundos y adultos que se hacían, cambiando
Si la cuestión es “lo que el vino aguante”, me decía José, eso excluye la verdadera vida y evolución plena
Quizás semejante mentalidad, que tan clara y terminantemente refutan lso vinos de López de Heredia, sea producto de la forma en que se enseña a los nuevos amantes
¡Pobrecita cultura
En fin, pido disculpas a José por la chapucera perífrasis que he hecho de nuestra conversación, pero me pareció importante reportar su esencia. A ver, compadre, si te animas y amplías la idea…
Seguí mi camino hacia el fondo
El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Chardonnay, Beaujolais Blanc 2007 es de un perfume etéreo; femenino en plan “chica natural” con vestidito de algodón y sandalias. Los florales son de madreselva y lirio. Los de fruta son cítricos vivísimos con un subtexto carnoso de melocotón. Un blanco puro, fresco, vivísimo y “extra-crunchy”. Divertido. Otro del que me podría beber la botella entera y desear que fuese un mágnum.
El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Rosé d’Folie, Beaujolais 2007 es otra belleza en plan natural, quizás un poquito más de “hippie intelectual” que el chardonnay. La esencia de la fresa, vestida en una mineralidad francamente I-M-P-O-N-E-N-T-E y espolvoreada juguetonamente con cardamomo. Las notas son pocas, pero los ecos son muchos y muy persistentes.
Llegamos al vino-controversia, el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, “L’Ancien” Vieilles Vignes, Beaujolais 2007. Varias partidas de este vino han sido declasificadas—en un acto vergonzoso por parte de los “jueces” del INAO—y relegado a mero Vin de Table, pero la botella de la que me sirvió Jean-Paul no parecía ser de ellas, pues llevaba claramente la AOC en la etiqueta.
Un Ancien ligerito, que se deja beber espectacularmente ahora mismo, con fruta muy ágil y alegre, acentos de comino y su corazón mineral en la manga. Taninos vivaces en un final precioso.
Seguí a los crus, comenzando por el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Fléurie 2007, que es otro sublime coctel de frambuesa y piedras. En la superficie parecería ligero
Por último probé el Jean-Paul Brun/Terres Dorées Moulin-à-Vent 2007, que era todo fresa pura con el más sutil toque de especias—algo así como cuando te le añaden un poquito de sal a una piña para acentuarle el sabor, pues aquí la nota especiada acentuaba la pureza de la fresa.
Seguí a
¿Les he comentado alguna vez sobre la cantidad de beaujolais que hay en mi bodega? Cajas y cajas… Quienes entiendan por “beaujolais” únicamente los potingues tecnológicamente bastardeados de ciertos negociantes seguramente se maravillarán ante esta aseveración mía, pero puedo decir con certeza que vale la pena dedicar espacio en la cava a los beaujolais de los mejores productores. Nombres
Pero se me va el
Nada
Seguí a
El Georges Descombes, Morgon 2006 resulta curioso después de los de Desvignes por lo fuertemente apretado que anda. Fruta roja donde sobresale un aspecto de cereza, además de una mineralidad marcadísima (¿granito?). Otro que prefiero esperar.
El Georges Descombes, Morgon “Vieilles Vignes” 2006—recuerden que su hermano
El Georges Descombes, Brouilly “Vieilles Vignes” 2006 resultó ser el más inmediatamente atractivo del trio de 2006 que probé de Descombes. Aromas de fruta roja con una nota olivesca. Taninos enérgicos. Excelente acidez. Puro. Se deja beber muy fácilmente, pero uno no tarda en hacer pausa y pensar que es demasiado fácil, que aquí hay algo más y no debe pasar desapercibido… En efecto, hay una mineralidad profunda de fondo que es en realidad lo que une el todo, haciéndolo verdaderamente armónico.
Una cosa que no debo dejar de apuntar sobre los vinos de Descombes en el 2006 es que todos poseen esa cualidad “acuosa” que tanto valoro en un buen tinto. No se te paran en el gaznate, sino que pasan refrescantemente.
Alarmado, me dí cuenta de que el tiempo se me había ido volando, entre conversar y catar lo poco que había catado. Encima, no había comido nada desde el desayuno y eran ya pasadas las tres de la tarde. Aunque fuí muy disciplinado en mi uso de las escupideras, me sentía ya un tanto fatigado. Paré a saludar a Marc Ollivier y probé unos cuantos de sus vinos, pero no tomé notas. Le hablé a Marc de que
Probé también de Marc su tinto de cabernet franc, côt, merlot y gamay Domaine de la Pépière. “Cuvée Granit”, Vin de Pays du Jardin de la France 2006 que estaba riquísimo. Fresco, ligero, frutal y con esa garra mineral tan bonita que lo caracteriza. Pero la sorpresa fue una muestra del Domaine de la Pépière, “Granite de Clisson”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2005, un vino que esperaba encontrarme cerrado a cal y canto, pero que estaba alucinantemente accesible, floral, marino y frutal. Largo y ancho, esto. Marc no quiso decirme cuanto tiempo llevaba abierta la botella, pero sospecho que no debe haber sido poco. Un fenómeno.
El salón era una especie de laberinto circular. Yo veía mesas, muchedumbre, botellas… Sentía que había fracasado en lo de administrar mi tiempo. ¿Qué me había hecho perder mi sentido de la aventura? ¿Por qué había dedicado todo mi tiempo a gente cuyos vinos conozco muy bien? ¿Estaba expresando de forma proactiva y subconsciente lo mucho que extrañaría a Nueva York, dado que vinos
Además, hablando de fallos, no se me escapan las veces que he caido en esta crónica en el fresocerezoflorismo que denunciaba precisamente en mi última entrada de blog. Está visto que lo de inventarse un nuevo lenguaje para expresar lo que uno cata va a ser dificilillo. Perdonen. Hay que joderse. O hay que joderse, perdonen…Quizás esas asociaciones tengan algo de válido, pero hay que fijarse muy bien en
En fin, que de los de Dressner me quedaban muchos. Igual que en el caso de Marc Ollivier, me paré a saludar a Eric Texier, cuyos vinos del Ródano (y el Mâconnais) tantos gustos me han dado. Sab7a que vería a Eric más tarde en la semana y decidí, en una última vana intentona de economía temporal, probar solamente sus blancos. El Eric Texier, Brézème Blanc, Côtes du Rhône 2006 tienen una nariz floral muy provocadora, con acentos de melocotón y manzana. También hay algo de fondo que me recueda a los regordetes platanitos manzanos que tanto gustaban a mi abuela, carnosos, dulces, pero con una mordidita acídica. Mucho nervio en boca. Buena fruta y gran tensión, con un posgusto largo en el que domina una textura de grano fino en la que hay mucho de mineral.
El Eric Téxier, Brézème Blanc “Domaine de Pergault”, Côtes du Rhône 2006 es notablemente más concentrado y profundo, con aromas de polen y piedras. En boca es sedoso y pulido de textura, pero firme de carnes y muy enérgico, con sabores de naranja y melocotón envueltos alrededor de una poderosísima veta mineral. Un blanco con mucho carácter, largo, con dejes herbáceos muy sutiles entre la mineralidad final.
El Eric Texier, Châteauneuf-du-Pape Blanc 2005 ya es otro juego… Mucho más glicérico y lento de movimientos, aunque estos movimientos son muy deliberados y acaban siendo tan acertados
Para acabar con los blancos de Eric, una muestra de barrica del Eric Texier, Condrieu 2007 muy floral y carnosa, con un deje dulce en la nariz que lleva a un toquecito de miel en la boca. Melón, crema de limón y semilla de cilantro en boca, con un destellito distante de yerbabuena. Suculento y muy enfocado.
Me habían hablado de una nueva adición al grupo de elaboradores importados por Joe Dressner, que venía nada menos que de Burdeos, región por la mayoría de la cual—de nuevo apelo a la buena memoria de mis lectores asiduos y a la indulgencia de los recienvenidos—tiendo yo a no dar ni un duro. Decidí que tenía que probar los burdeos que habían capturado la atención de mi querido Joe y salí rumbo a la mesa indicada… Pero por el camino me ví atraido por los vinos de Saboya de Pascal y Annick Quénard. Paré a probar, claro está. Primero fue el P. & A. Quénard, Jacquère Vieilles Vignes, Chignin, Vin de Savoie 2006. La mayor parte de las vides de jacquère que poseen los Quénard son de más de cien años de edad, o sea que lo de “vieilles vignes” lo merecen. De nuevo estaba yo ante un vino engañosamente etéreo. En un principio mi nota decía sólo “jugo de madreselva que se hace aire”, pero dedicándole un minutito de atención se da uno cuenta de que hay mucho más detrás. La ligereza no quita que haya excelente concentración frutal y brillante mineralidad. Largo, fresco y jugoso. El P. & A. Quénard, Chignin Bergeron, Vin de Savoie 2006 tiene mucho más peso y una frutosidad manzanil por delante, seguida por notas minerales y de madreselva. Suculento, vibrante, con excleente acidez. Tremendamente bebible.
El tinto que tenían los Quénard,
El burdeos que buscaba era el de Château Moulin Pey-Labrie y pude probar cuatro añadas para hacerme una idea más clara de lo que puede ser el vino. La cosa es que uno de los propietarios servía las muestras y te explicaba
El 2005 es un bonito ejemplo de esa especie en vías de extinción que tanto me encantaba cuando pululaba libremente por la tierra, el lunchtime claret. Ciruela y cereza cálidas, voluptuosas, pero que no pierden ligereza y gracia ni por un momento. Taninos aterciopelados y excelente acidez. Pero lo que más me gusta al final es que te da esa “acuosidad” en el paladar. La mineralidad en el posgusto me recuerda, no sé por qué, a la ceniza de un habano finísimo.
El 2003 tiene una suerte fenomenal, y es que la añada no se le nota en lo absoluto. Perfumado y sedoso, con potente mineralidad clacárea envuelta en frutas negras y sobretonos de rosas secas. Suculento en boca y con muy buen agarre en el posgusto.
El 2001 resulta marcadamente distinto en virtud de estar bastante cerrado. Tonos florales con notas de especias dulces (canela y malagueta mayormente). Térreo, con taninos
El 2000 vuelve a una onda mucho más amigable. Algo de caballo sudado sobre fruta roja dulce y potpourri. Lo que sorprende es que resulta muy transparente, dejando apreciar muy claramente su
Me dió un poco de trabajo decidir mi próxima movida. Me revienta un poco, aunque sea verdad, que se diga por ahí que soy demasiado galocéntrico en mis proclividades vínicas, o sea que decidí darme un garbeo a ver si había algo español. Pero no. Todo lo que no fuese López de Heredia ya lo tenía visto y no me apetecía. Y no encontré lo de Señorans. O sea que a otra cosa, mariposa. Pasé por delante de
El primer vino fue el Antichi Vigneti di Cantalupo, Agamium 2005. Ligeramente apestosillo, con un toque de rosas ya muy marchitas. Pero resulta atractivo, de peculiar manera. Fruta del bosque sazonada con comino, cardamomo y nuez moscada—se me antoja un aroma muy otoñal. Cálido, envolvente y largo en boca, con excelente acidez que se te queda en el medio de la lengua
El Antichi Vigneti di Cantalupo, Ghemme 2003 sí que muestra su añada, pero lo hace elegantemente. Se le siente m5s peso y dulzor al nebbiolo que de costumbre. Térreo, con notas de flores blancas (yes,
El vino “top” de la casa es el Antichi Vigneti di Cantalupo, “Collis Breclemae”, Ghemme 2000 y está escandalosamente apretado ahora mismo. No quiere saber de nadie y no duda en decirlo. Volátil, térreo, con notas de hongos y menta desecada flotando sobre un cuerpo frutal y mineral impenetrable. Un vino que no dudo estará excepcional en X años, pero que ahora mismo me manda p’al carajo sin dudar. Quiere dormir.
Intenté a continuación colarme ante la mesa de Francesco Rinaldi, pero de eso nada. La masa humana que me impedía
Una chica muy guapa me dió a probar el Emidio Pepe, Trebbiano d’Abruzzo 2004, que llevaba un penetrante carácter herbáceo muy suyo y muy atractivo (perifollo, estragón, yerbabuena) sobre melón verde. Poderoso blanco, con un magnífico espinazo acídico en torno al cual hay deliciosa carnosidad. Largo y palpitante. Según entendí, aún no ha salido al mercado, siendo la añada comercializada actualmente el Emidio Pepe, Trebbiano d’Abruzzo 2001. Interesantísima nariz de cera, especias, estragón, fruta de pan y membrillo, con un toque volátil y otro toque de crema de limón. Especiado y sutilmente salino en boca. Compacto, pero largo y complejo.
Seguí a los tintos. El Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 2001 es es[eciado de una forma tan tremenda que hasta sobrecoge un poco. Tremenda complejidad desde la primera olisqueada, con montones de facetas que se dejan entrever fugazmente. Debajo hay una corriente de aceituna negra, tierra, cereza y frambuesa negra con atractivos dejes salinos. Voluptuoso y vibrante al entrar en boca, se aprieta considerablemente en el posgusto.
Si el 2001 suena delicioso, he de decirles que donde se luce Pepe es en los vinos con sus añitos encima. Así, el Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 1985… Presenta aromas de carne curada con acentos de yodo, especias, hierbas secas y fruta muy juvenil y brillante. Cálido, suculento y muy complejo en la boca. Un tintazo sumamente sexy, que te absorbe completamente.
Y por si esto fuera poco, el Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 1977, que huele a sirop de maple, silla de montar sudada, polvo, cardos, laurel, cáscara de naranja, jengibre en conseva del que te ponen con el sushi, hongos desecados, menta y ciruela. Complejísimo. En boca, sedoso de textura, pero aún con mucha garra. Potente. Larguísimo. Un fenómeno natural, vamos…
Sentía yo los síntomas de una incipiente hipoglicemia cuando salí a la calle. Medio centenar de vinos catados en tres horas y alguito no son poco, pero tampoco son lo suficiente si uno considera la bárbara cantidad de bodegas representadas en esta muestra. Cubrirlas todas en una semana hubiese sido imposible. En tres horas, pues, hice lo que pude. Por suerte, en
Luego les contaré sobre lo que pude y no pude hacer en el “Real Wine Attack”. Esos últimos días viviendo en Nueva York fueron una tremenda gozada. Y claro, creo justo contarles sobre ellos antes de contarles de mi viaje la semana pasada.

