En torno a la historia del ojo (1)

La vida se me ha puesto complicada. Poquísimos son los raticos que me sobran para descansar, mucho menos para labores no remuneradas, por lo que, como se ve muy claramente de un tiempo a esta parte, La otra botella está sufriendo de lo que cualquiera bien podría cualificar como un leve caso de abandono. Nada serio. Mero escozor. Creo que se le pasa con alguna pomadita, o algo así. Pero fastidia.

Es el problema de los blogs. Dependen del deseo que un individuo tenga de comunicar sin mayor motivo que el propio deseo de cualquier cosa menos lucro. Los blogueros no ganamos nada en esto más que la atención y quizás el afecto de quienes nos hacen el favor de leernos. Así proveemos gratuitamente una cantidad tremenda de contenido para esta gran comunidad que es la red. El problema es que, con la antedicha complicación de la vida, a veces se te reorganizan las prioridades de formas que no dejan mucho espacio para la expresión personal. Es más, les confieso ahora mismo que en muchísimas ocasiones en las que me he llevado una copa—fuere de vino o de mero tecnoenoproducto—a la napia no ha sido ni cerca de alguna de aquellas libretitas negras de Clairefontaine (siempre me encontré muy bonito ese eslogan que traen de “Douceur de l’écriture”, muy barthesiano) que antes llenaba de a seis por mes.

Escribí recientemente hablándoles de “un hombre nuevo”. Y es que ya no soy el mismo. La falta de tiempo para dedicarlo a introspecciones, a pensar el vino más profundamente, me está privando del gran placer que para mí había sido este blog desde que lo inicié.

¿Puedo solucionar la situación, o estaré condenado, hasta que un buen día a la página le dé un patatús, a escribir entradas justificando lo poco que escribo?

Bueno, pero a lo que venía, que era a contarles de ciertas experiencias de mi última escapada a Nueva York, capital universal de la enochaladura…

O no. Un momento. Primero, un anuncio: Felicitaciones a mi amigo Julio Sáenz, del vecino blog Clásicos de vanguardia. Esta mañana mi mujer, que todo lo ve, me enseño un articulito en la revista dominicana de vinos El enófilo donde salía recomendado su URL. Ojo, no lo mencionaban a él directamente ni decían el título del blog. Unicamente exhortaban a los lectores a explorar la blogosfera, cuidándose de toda la cantidad de farsantes y charlatanes que por ella aparecen. Y cerraban invitando a los interesados a visitar la página http://blogs.larioja.com/vinosclasicos/posts. Un gran honor, me parece, que de toooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooda la inmensidad de la blogosfera fuese seleccionado Julio como ejemplo de lo bueno e interesante. Enhorabuena, etc. Claro, siempre queda la duda sobre si La otra botella y su autor caen en la categoría de los farsantes, los charlatanes y los “supuestos expertos” (si mal no recuerdo, algo así les llamó El enófilo en un artículo que, aparte de lo de Julio, sonaba bastante negativo, considerando el rosadito y panglossiano tono habitual de la revista) que polucionan el éter.

Y después de esta breve pausa, a lo que iba.

Llegué casi de noche aquel domingo y automáticamente pensé que para mi próximo viaje médico o de negocios tenía que mejorar inmensamente la calidad del hotel. Es que los Estados Unidos se han puesto muy, muy baratos, particularmente para un amplio sector de eurohabientes, y caen hordas de ellos en Manhattan. No que eso me moleste, pero la realidad es que el Park Central, hotelito otrora muy confiable y bastante bien de precio, ahora estaba repleto de niñatos turistas de diversas nacionalidades europeas haciendo una imitación particularmente alarmante de todo lo peor que tienen los gringos. Mucha bulla, una vestimenta terrible, un consumismo etiquetista francamente espeluznante y una vacuidad de expresión que me hace pensar en un nuevo círculo para el infierno adonde seguro iré yo un día. Dirán que estoy criticando viciosamente, sin citar ejemplos. Pues aquí les va uno, de exquisita ironía: Imaginen una manada de risueñas quinceañeras italianas, todas vestiditas de Abercrombie and Fitch, haciendo un picnic de granizados de seudocafé de Starbuck’s delante de mi cuarto en el hotel… ¿Hay que explicarlo más?

Pero nada, que todo ese poder adquisitivo de las masas europeas que caen por Manhattan a gringuificarse lo más posible a precios de remate contribuye a sacar a mi más querida ciudad del hoyo económico en que se ve sumida la nación estadounidense, por lo que, en el fondo—muy en el fondo—lo aprecio y agradezco.

Y bueno, quizás no me hubiese dado con la fina ironía de las starbuckeras italianas si, siguiendo mejores instintos, le hubiese hecho un “upgrade” al hotel y pasado la cosa a gastos en el St. Regis o el Mandarin Oriental. Algún día aprenderé a no ser tan frugal, carajo.

Pues, que estaba yo frente a Carnegie Hall, domingo en la tarde, sin perspectiva de jeebus y con una cita médica muy temprano en la mañana del día siguiente. Tenía que ir a la Apple Store de la Quinta Avenida a comprar un ratón inalámbrico para mi computadora de casa. Resulta que pagué por una mudanza de guante blanco cuando me fuí de Nueva York y la verdad es que el trabajo fue excepcional. Primeros mudanceros que veo que no rompieron nada, ni me “perdieron” nada. O casi nada, porque éstas son las horas a las que aún no aparece el ratón de mi Mac. Comprar otro era la más fácil solución.

Llegué a la tienda y me sorprendí de encontrarme una cola inmensa delante. Daba la vuelta a la cuadra. El siquiatra me ha dicho que controle mis exabruptos verbales como modo de evitar precipitarme el infarto que me enviará—de eso estoy seguro—al anteriormente mencionado infierno (¿les conté que me han anticipado que, además de chiquillas italianas britneyspearizadas voy a escuchar por toda la eternidad la “música” de Luis Miguel, Laura Pausini y David Bisbal y el sonido de chancletas de goma? Como el castigo lo tengo garantizado, tuvieron la decencia de decirme lo que era, para que vean, o mejor dicho, se lo imaginen auditivamente...), por lo que no solté ni un solo taco ante el espectáculo. Me limité a preguntar al chico de la puerta la razón de ser de tal muchedumbre. Me dijo que era gente esperando por los nuevos iPhones de tercera generación.

Le expliqué que lo único que necesitaba era comprar el ya discutido ratón blanco y me franqueó la entrada. Antes de bajar al recinto principal de la tienda le dije: “Por lo menos, trabajando aquí a tí no te harán hacer cola para comprar ese chisme, ¿no?”


Se sonrió, arqueando una ceja y mirando la cola de gente. Esperaba que se sacase del bolsillo una muestra del dispositivo mágico que tantos esperaban para adquirir, pero no lo hizo.

¿Les conté que en Nueva York esa semana hacía un calor del carajo?

Blog de vinos, blog de vinos… Es que ando de temática juguetona hoy. Perdón por la digresión.

Y nada, que después de la Apple Store ya tocaba la hora de la cena y andaba yo en ese semierial gastronómico que es la zona de Times Square, buscando en vano en la Virgin Megastó discos de un soberbio grupo de soul llamado Tok Tok Tok. Porquería de tienda corporativa. ¿Les he mencionado alguna vez que si hay una industria más puteada que la del tecnoenoproducto es la de los discos? Entras en una de esas supertiendas de discos que ahora ya son lo único que queda y sólo te encuentras colecciones de “Grandes Exitos” y puro “repackaging”. Una pena, porque mira que antes me encantaba ir a comprar discos. Ahora lo único que hago es darle dinero a Apple, parece, porque todo—incluyendo eso de Tok Tok Tok—lo compro en iTunes.

Les digo, hoy estoy raro. El punto de todo esto me elude y me enfrasco en anécdotas que… Bueno, ya. Lo del semierial gastronómico es “semi” porque, pese a la disneyficación absoluta de la zona y la brutal tiranía de la comida basura, hay sus punticos donde se come bien. Uno de ellos, alejándose de Times Square hacia Central Park por Séptima Avenida, es Molyvo’s, un griego caro donde la cocina es siempre excelente y hay tremenda selección de vinos griegos por copa. Allí me encontré a las nueve de la noche, acompañado por un libro, para cenar.

Y así puedo contarles algo de vino. Me pedí de entrante el pulpo a la parrilla con tomate, alcaparras y bulbo de anís, que es algo que siempre pido cuando voy a Molyvos, y luego una caldereta de cordero. Creo que sorprendí un poco al camarero, pues me dediqué a pedir una copa tras otra. Mucho más de lo que, de seguro, normalmente le pide el público turístico del área.

Como aperitivo probé un Ktima Tselepos, Moschofilero, Mantinia 2007. Los aromas son los habituales de la variedad como he tenido oportunidad de conocerla, o sea, entre florecillas y lanilool. Notas de rubarbo y naranja asiática en el fondo. Limpio en boca y divertido. Un vino que, estoy seguro, le hubiera gustado mucho a mi abuela como lubricación de sus partidas diarias de canasta. Cítricos muy vivos con fondo melonesco. Fresco, sencillo y no particularmente largo.

Buscando algo un poquito más serio para el pulpo, pedí el Sillogi, Assyrtiko-Malagoussia, Moratis, Paros 2007: Juguetón y especiado, con aromas y sabores de pera fresca enmarcados en una agradable salinidad. Pero a esto decididamente le falta la profundidad mineral de los mejroes assyrtikos, que para mí siempre lo han sido los de Santorini. Un blanquito moderno, limpio y olvidable.

Habiendo recordado como prefiero esos assyrtikos volcánicos de Santorini, tuve que luchar contra la tentación de ordenar uno. Quería probar variedad y, la verdad, me son bastante familiares casi todos los que llegan al mercado neoyorquino. Pedí, entre platos, un Kir-Yianni, Roditis “Patra”, Amyndeon, Macedonia 2007 a sugerencia del camarero, que me vió ponderando la lista con la mitad del sillogi aún delante.

Piel de manzana, limón y pera con un deje de toronja rosa. Otro blanquito modernón, limpio y pulido. Si hay una cosa que me hace sospechar de estos vinos griegos es lo plachaditos y acicalados que llegan. Como que no hay en ninguno nada que pudiese considerarse ni remotamente un “defecto” o una verdadera marca de carácter, dependiendo del caso. De vuelo ligero en boca, con un airecillo de melón verde que, de repente, se va alarmantemente a una tropicalidad cuasineomundística. Cuando el amable camarero vino a preguntarme por él, viendo que tengo de nuevo la mitad de la copa delante y no pienso tocarla, le dije que es que me sabe a albariño de tetas hechas.

Sospecho que no me entendió…

Quizás era buen vendedor, porque su entusiasmo al declarar que quería reivindicarse recomendándome un tinto para el cordero me hizo aceptar. Me trajo un Tsantalis, Xinomavro “Reserve”, Naoussa 1999 que iba más o menos en la misma onda que el roditis anterior. Con lo que quiero decir que parecía español, en el peor sentido de la palabra, es decir, que parecía uno de esos horrores buscapuntos de la España obsesivo-modernista más acérrima. Tablonazo achocolatado seguido por glóbulos de ciruela pasa y compota de cereza negra. Acidez marginal. Irónicamente, es tan cortito como cansón.

Le dije al camarero, quien muy diligente se acercaba cada dos por tres, que en realidad lo que necesitaba era un vino vivo, que me realzara la sabrosa comida, no que me la opacara. Y le pedí que se llevara lo que quedaba del Tsantalis, que era bastante. “¿No tienes algo más tradicional?”, le pregunté. Me dijo que el mismo productor hacía algo distinto que quizás me gustaría más y yo, porque estaba ya en las de jugar, le dije que me lo trajera. Era el Tsantalis, Xinomavro-Krasato, Stavroto, Rapsani 2005. Este huele dulce, como si se creyera un buen maury, todo ron con pasas, dátiles y una notita de establo de fondo. Pero en boca es seco y de cuerpo medio. Taninos granulosos en un posgusto decentón. Interesante. Diferente. No es algo que me tomaría todos los días, pero se deja beber.

Aunque los vinos no estuvieron a la altura de la comida por mucho, no puedo quejarme. Creo que el amable camarero no me los cobró todos. Aunque va y sí me los cobró. Pero no importa. Aprendí alguito.

A la mañana siguiente me levanté bien temprano. Emprendí la marcha hacia Mager & Gougelmann, la famosa firma de ocularistas donde tendría la primera de dos citas de finalización de mi nueva prótesis ocular. Claro, me dejé suficiente tiempo para desayunar bien, por si la cosa era para largo. Con un excelente bagel al queso crema y salmón ahumado y tres cafés grandotes entre pecho y espalda me sometí a todo el proceso que envuelve crear una de estas cubiertas escleroidales. Resulta que son pintadas a mano y envuelven verdadero arte. Te las tienen que poner y quitar un montón de veces, comparando colores, patrones de vascularidad, posición de los elementos del ojo… La labor del ocularista me parece fascinante y poder ver el progreso de la prótesis, desde que es una mera cupulita blanca a la que el ocularista le dibuja con un sencillo rotulador un par de círculos donde va el iris y la pupila, hasta que se convierte en un ojo que parecería estar vivo es una verdadera maravilla.


-Uno es muchas cosas en esta vida; aquí, Hombre X...-

Pero, como dije, se trataba de la primera consulta. Dejando al ocularista trabajar, al mediodía me lancé hacia mi antiguo barrio, para comprarle algo de ropa bonita a Josie en Bloomingdale’s y afeitarme la cabeza en la barbería que antes frecuentaba. ¿No les he contado que una de las poquísimas cosas que me hacen olvidar que el mundo es el desastre que es es una buena afeitada craneal a la antigua, con toallas calientes, navaja recta y masajes abundantes. En Manhattan tengo una barbera que es una experta en estas cosas y me deja nuevo cada vez que voy a verla.

Pero no, basta con las digresiones. Saliendo de la barbería, como eran las tres de la tarde y ya el bagel y los cafés mañaneros eran un recuerdo distante, decidí meterme en Fig & Olive, un restaurantico mediterranesco que alguna vez frecuentáramos Josie y yo por sus excepcionales ensaladas. Con crostini variados y una ensalada con pollo asado me pedí una copa del Albino Armani, Sauvignon Blanc, Trentino 2007. Armani es un productor que tenía como asignatura pendiente desde hacía tiempo, motivado por los favorables comentarios que, si la memoria no me falla, sobre él leyera en el blog de Joan Gómez Pallarès. Este sauvignon es tropicalísimo de primera impresión. Pega fortísimo con aromas de fruta de la pasión y guayaba verde que, en un giro bastante peculiar para mí, no me resultan ni desagradables, ni sospechosos. Hay, de fondo, una profundidad mineral y una salinidad que resultan sumamente atractivas. Entre esa salinidad hay un curioso aroma que me recuerda a puerro chino recién picado. Muy interesante. La boca se corresponde perfectamente con la nariz. Amplio, graso y con excelente persistencia. Me resistí a pedir una segunda copa porque sabía que en la noche había cena con SFJoe, Brad Kane y cualquier otro de mis amigos neoyorquinos que se prestase a un poco de relajo vínico. No dudaba yo que caerían unas cuantas botellas y era bueno conservar las energías y el hígado hasta entonces.

Al final acabamos cenando solamente SFJoe, Brad y yo en un viejo sitio que se reencarnaba. Eso pasa mucho en Nueva York. Un restaurante cierra de repente para reabrir de nuevo tras unos meses, completamente rediseñado e, incluso, hasta con un nuevo nombre. Tal fue el caso de L’Impero, una institución del sector de Tudor City, al este de Manhattan. Esa noche se reinauguraba con un nuevo título muy danteano, Convivio. Levi D, cuyo nombre algunos reconocerán si frecuentan Wine Therapy, era el brillante sumiller de L’Impero y ahora es el igualmente brillante sumiller de Convivio. El nos había invitado originalmente a unas copas de champaña para celebrar la reapertura del restaurante, pero acabamos quedándonos a cenar. Levi vino frecuentemente a vernos a la mesa y hasta probó algo, pero estaba en pleno trabajo, así que tuvimos que ser un trio.

La champaña en cuestión fue la Diebolt-Vallois, Brut, Champagne NV. Firme, vivaz y precisa donde las haya. Cítricos muy bonitos entre aromas y sabores de pan recién horneado y fina mineralidad. Se me antojó, en mi libretita negra, compararlo a una camisa del más exquisito lino, perfectamente planchada para una noche de verano.

Comenzamos la bebienda en serio ordenando de la carta el fenomenal Roagna, “Solea”, Langhe 2001, un blanco elaborado con 95% de chardonnay y 5% de nebbiolo. Anjá, nebbiolo. La vinificación incluye significativo contacto con el hollejo. Lo que resulta en—sorprais—un chardonnay bastante tánico y de un color y profundidad sorprendentes. Un vino sumamente interesante, salino, con aromas y sabores de jalea de membrillo, pera, miel de acacia, piedras trituradas y humo. Provoca a meditar. Tremendo. Brad, siendo como es y odiando la chardonnay en casi todas sus formas protestó vehementemente, diciendo que no podía beberlo. Pero SFJoe y yo estábamos muy, muy felices.

Mi primer plato fue de sardinas rebozadas. Muy bien ejecutado. Ah, y acompañado por un Gulfi, Carjcanti, Sicilia IGT 2005. Hacía tiempo que no probaba este vino de Gulfi, elaborado con caricante, una variedad autóctona de las laderas del Etna. Creo que la última añada que probé fue la 2003. Sigue siendo un vino muy agradable y, sobre todo, fresco, particularmente en comparación con tanto otro blanco que se ufana de su mediterraneidad. Alguna vez llamamos al 2002 un “muscadet casi norafricano” y creo que no nos equivocamos con la descripción. El 2005 se siente distinto a lo que recuerdo, eso sí. Los sabores y la mineralidad me son familiares, pero una cierta cremosidad añadida me hace pensar en que puede haber visto madera. No sé…

Todos optamos por el mismo plato principal, cochinillo. El vino para acompañarlo no fue difícil de elegir. Según me explicaron, el elaborador es el padre de Arianna Occhipinti, eternamente admirada de estas páginas por su precioso tinto siciliano, Il Frappato. El Cos, Pithos, Cerasuolo di Vittoria 2005 es, al menos espiritualmente, primo del frappato de Arianna Occhipinti: Ciruela fresca inesperadamente combinada con alcaparras de la más alta calidad, luego rociada con agua de violetas, tierra, rocas trituradas y unas gotitas de sudor. Ligero en boca y algo rústico, pero sumamente sabroso y con mucha profundidad. Encantador vino.

Los quesos los acompañamos con algo que nos había traido SFJoe. Era un regalo del propio Tony Hwang, propietario de la bodega de Tokay que produjo este vino y, por añadidura, del legendario Domaine Huet en el Loira. El Kirǎlyudvar, Lapis Terrasz, Hungría 2006 vino acabadito de embotellar, en una botella sin etiquetar, y quizás sufrió por ser abierto tan pronto. Piel de naranja, madreselva, melocotón blanco, miel y arena. Ligero, dulce y amigable, pero un poco llano y no particularmente especial ahora mismo.

El día siguiente lo tuve “libre” para irme de compras. Más cosas para mi mujer. Más cosas para mis hijos. Y ahora que soy un ejecutivo con oficina y todo, algo de ropa más elegante para mi diario discurrir. Mi ojo nuevo estaba siendo perfeccionado. Yo tenía que ocuparme mientras esperaba, para no impacientarme.

Pasé por Union Square y la otra Virgin. Nada de Tok Tok Tok. Pero salí cargadito con una docena de discos interesantes que encontré escarbando entre las recopilaciones de “Grandes Exitos” de otras bandas que no me dan más que repelús. Aproveché para almorzar en Momofuku Ssäm, un sitio favorito en la 12 y tercera donde ponen un hamachi curado y un tocino de panza salteado para envolver en hojas de lechuga que son la monda. La carta de vinos como que va ya necesitando un beneficio. Pero aparece con que acompañar la cocina…

Probé dos vinos, uno con el hamachi (servido con edamame, hojas de guisante y crocantillos de algas) y otro con el cerdo. El primer vino fue un Schiefer, Grüner Veltliner, Bürgenland, Austria 2006. Probablemente pagué más por la copita que lo que cuesta la botella entera, pero así es el mundo de hoy. Un veltliner ligero, bien seco y con aires salinos. Se le siente una notita de reducción que debe venirle de la botella con tapón de rosca recién abierta. Vivaz, firme en el medio y con un final más bien cortito, pero refrescante.

El del cerdo fue un Kryphausen, Riesling Kabinett “Baron K”, Rheingau 2006, abocadito, especiado y toronjil. Ligero, fresco y directo, con toques de piel de naranja y cardamomo en el posgusto. Su marcada acidez ayuda con la grasita del tocino.


-Brad Kane, con botella húngara delante-

Seguí en mis compras por la tarde, deteniéndome de vez en cuando meramente a conversar con viejos conocidos que aún regentean tiendas de las que antes fuese yo asiduo. Para la noche había un evento del que ya les contaré luego, en una próxima entrega. Por el momento, para que se hagan una idea de por qué buscaba esos discos con tanto vigor y me frustré tanto al no encontrarlos, les presento a Tok Tok Tok:

Escrito por: manuel-camblor 4 comentarios 29 Jul 2008 URL Permanente

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

ONDA

ONDA dijo

Querido amigo:
Soy Nacho el primo de Basilio Izquierdo. Te cuento que iré a Bostón los dias 1 y 2 de octubre para acompañar a mi mujer a una convención de su empresa Liberty Seguros. Y pensamos estar allí una semana, irnos quizá el 27 y 28 pero no sabemos si conociendo Nueva YorK, estuvimos 10 dias alla por el 93 merecería la pena hacer escala de vuelta a España o quedarnos más tranquilamente en la zona de Boston, que desconocemos por completo quizá una bonita escala desde allí.
Desde que tengo trillizos busco mas la tranquilidad sin moverme tanto.
Y por eso te pido consejo. No te preocupes por tu blog, que está ahí como un auntentico tratado de vinos y de más cosas

Quiero presentarte el mío y te he puesto en enlace. Si puedes comenta algo que será un honor. En principio tienes que tener una cuenta en blogger que es sencillo.

Un fuerte abrazo y espero tus noticias

ONDA

ONDA dijo

Te pongo ahora bien el enlace:

http://elblogdeonda.blogspot.com

Olaf

Olaf dijo

Si que están bien los TokTokTok, los descubrí hace unos años que tocaron aqui en Madrid y enseguida me puse a la busca y captura de sus discos. Al principio tampoco fue fácil pero por suerte ahora en Madrid si que se suelen encontrar sin mucha dificultad.
Saludos

Olaf

manuel-camblor dijo

Hombre, Onda, bueno verte por acá de nuevo...

A mí, puestos a escoger entre Boston y Nueva York, mellizos, trillizos u otros múltiples no obstante, siempre me capturará Nueva York. Aún en su actual encarnación, tan saneada y orientada al shopping descerebrado del marquismo puro y duro, es una ciudad fascinante en la que se concentra el mundo entero.

No que Boston deje de encantarme. Es una ciudad muy diferente, menos intensa y, por ende, más fácilmente manejable. Pero siempre tendré que decirte: Nueva York es Nueva York. Dedicarle tiempo siempre es bien recompensado.

En otro orden de ideas: En realidad no quisiera que este blog cayera en la estasis de un "tratado de vinos y otras cosas", o sea, se convierta en un mero documento a consultar. Lo prefiero dinámico, como una conversación constante y repleta de jarana entre amigos que van y vienen a gusto.

En cuanto a tu blog, pues ya comentaré allí. Cuenta en Blogger tengo al tener cuenta en Google. Me parece excelente lo de las fotos antiguas. Y no es por volver a mencionar a Roland Barthes, a quien tanto cito aquí, pero el concepto me hace querer releerme La Chambre Claire, aquel libro sobre la fotografía como texto sentimental que escribiera Barthes al final de sus días. Bello de verdad. Si no lo conoces, te lo recomiendo.

Olaf,

Yo a los Tok Tok Tok los oí por primera vez hace unos años haciendo una versión muy sexy de "Walk on the Wild Side", de Lou Reed, en una excelente recopilación de lounge juguetón titulada "Les Fleurs du Mal". Desde entonces me había topado con una pista aquí y otra allá, pero a escuchar que tenían un nuevo álbum en directo, para conocerles a más profundidad. Aunque fracasara en las tiendas de Manhattan (aún en las pocas tiendas independientes que quedan en el Village, algunas dedicadas específicamente al género de soul-jazz-rare groove que hace Tok Tok Tok, lo que es muuuuuuuucho decir), al final entre Amazon y iTunes me pude hacer con el catálogo completo y, de paso, pedirme el nuevo disco en directo de Raúl Paz. O sea que no hay mal que por bien no venga...

Por cierto, ese clip es uno de como seis que encontré en YouTube de la presentaci´øn de Tok Tok Tok en el Sibiu Jazz Fest hace unos meses. Todos valen la pena.

M.

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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