En torno a la historia del ojo (2): Trastadas con Trentino

Martes por la noche en Manhattan. Brad Kane (aunque él no entiende ni papa de español, a mi amigo Bradley le encanta verse mencionado y retratado en este blog, por lo que en las próximas dos entregas haré uso muy liberal de su nombre e imagen) me había incluido entre los asistentes a una cena con vinos de Trentino. Nuestro gran amigo mutuo, Greg del Piaz, estaba interesado en opiniones sobre unos cuantos caldos que creo que estaba pensando en representar. O algo así. La cuestión es que Brad me había prohibido terminantemente traer nada—yo que siempre estoy buscando oportunidades para sacar una botella, o una docena de botellas, de mi haber neoyorquino, que me cobran bastante por guardar. Los vinos los traería todos Greg.

-Mi elemento...-

El grupo que se reunió en el nuevo local de Il Corso (un Leitmotif de esta vuelta por Nueva York, el de los restaurantes reencarnados y reciclados; Il Corso, un italiano en el que mucho jeebus hicimos en nuestro tiempo, se ha relocalizado a un local más amplio y chic media cuadra al oeste de donde estaba antes) era bastante variopinto. Caras nuevas, todas ellas reclutadas, si no me equivoco, de cierto foro creado en torno a uno de esos gurús de los puntos y el vinismo pos-posmoderno, al que yo evito escrupulosamente ir a menos que esté ocurriendo algo bien requetegordo. Y además, unas cuantas caras muy familiares: Kane, Greg del Piaz, el verdadero Jay Miller y Josh Raynolds.

Aunque Il Corso queda piadosamente cerca del hotel en que me hospedé (digo “piadosamente” porque manda gónadas dispararse una caminata larga para ir a cenar y beber tras un día entero dando pata intensa por toda la isla de Manhattan), me las arreglé para llegar un poco tarde y ya el grupo disfrutaba del primer vino, un espumante rosado que me resultó bastante conocido a mí y les resultará igualmente conocido a aquellos que lleven algún tiempo leyéndome. Era el siempre divino François Pinon, Brut Rosé, Touraine NV.

Esta botella estaba mucho más firme que las últimas que recuerdo. La mineralidad está en primer plano, muy precisamente enfocada, con la fruta de fondo, en foco suave, pero perfectamente discernible. Fresa purísima y naranja rubí en boca, con una mineralidad casi tactil posesionándose de mi lengua. Muy largo. Sensacional. Un vino del cual no he probado ni una botella menos que estupenda. Hubo consenso absoluto en la mesa sobre su excelencia.

Seguimos con un Philipponat, Brut “Clos des Goisses”, Champagne 1992 de una botella que sospecho vió conservación menos que ideal en algún momento. Una nota oxidativa en la nariz que resulta más distrayente que molesta. Luego hongos, momentáneamente un golpe de caldo de pollo, y luego toda una panoplia de salinidades diversas, seguidas por panadería y cítricos dulces. En boca es cremoso y pronunciadamente cítrico de entrada, con algo de almendras. En el paladar medio despliega una mineralidad que me recuerda a concha de ostra. Desafortunadamente, el posgusto se recorta abruptamente y la sensación que te deja es un poquito menos que fresca.

Ví acercárseme una botella de La Cueille, Vin de Bugey Cerdon NV y le lancé a Kane una mirada de napalm. “¿No que no podíamos traer vino? Porque todos estos espumantes no son de Greg”, le dije. Todavía estoy esperando la respuesta. Haberme dicho que se permitía traer burbujas, porque mira que tnego champaña guardada… Pero bueno, a seguir con lo que se bebió. El cerdon de Bugey está sabroso, con un golpe de cereza agridulce seguido de salinidad aceitunesca y buena mineralidad. Quizás resulta demasiado dulce para mí, además de un poquitín llano. No sería mi cerdon de referencia, título con el que aún se queda el consistentemente excelente Renardat-Fache.



-Brad Kane, encorbatado, junto a Brad Coelho, una de las caras nuevas...-

Los vinos de Trentino que trajo Greg eran todos tintos. El primero auguraba muy bien en cuanto a la selección. Era un Zeni, Rossara, Trentino 2007. Un privilegio poder probarlo, pues la rossara de Trentino es una variedad muy escasamente plantada, mayormente en viñedos muy viejos en los que aparece junto a vides de schiava. Se dice que la rossara es actualmente una especie en vías de extinción, o sea que ya saben…

Lo poco que he encontrado de útil sobre ella googleando a posteriori dice que da vinos de color ligero con acidez muy marcada. Y fue precisamente eso lo que encontré en el maravilloso rossara de Zeni, que, según nos informara Greg, proviene de vides de más de noventa años. El contingente parkerista de la mesa creo que se refirió a él como una especie de clarete o “rosado oscuro”. Yo me limité a verlo como un tinto de un tipo del que debiera haber más. Violetas desecadas, lavanda, sandía y ciruela roja. Ligero en boca, con elementos de cereza amarga y granada. Fresco, grácil y largo, con mucha garra. Te deja la cabeza llena de esencia de frutas y flores. Rápido me lo apunté como uno de los vinos que me gustaría poder tener conmigo si me encontrase en una isla desierta en plan Robinson. D-E-L-I-C-I-O-S-O.

Seguimos con un Pravis, Negrara, Trentino 2006, de una variedad mucho más común y bastante productiva, habitualmente usada en cuvées multivarietales, pero que aquí viene solita. Significativamente más oscuro que el anterior vino, éste presenta un aspecto aromático muy marcado que a más de uno en la mesa le recuerda el jabón Ivory. Además, cereza negra y chocolate amargo con un sutil elemento de tomate en el fondo. Vivaz en boca, con buena acidez en un posgusto largo. Se deja beber bien y no le daría la espalda jamás, si el precio es el correcto, o sea, económico.

Más, dos ejemplares de gropello di Revò. El primero es el Cantina Rotaliana, Gropello di Revò 2006, que huele a gelatina de cereza, cáscara de naranja, silla de montar sudada, nuez moscada y chocolate. Oscuro, firme y masticable. Rústico. Posgusto medio, con acidez potente. Pide comida y yo me he equivocado de platos para esto, pues de entrante pedí calamares y de plato principal, trucha al horno. Era lo que me apetecía y en realidad pensé que habría más vinos como el sabrosísimo rossara del principio… Pero no. Siguió el Augusto Zadra, “El Zeremia”, Gropello di Revò 2003, un tinto que pasó rápidamente de perdonablemente desenfocado a maloliente pesadilla. Tono alto, notas de arándano y frambuesa, flores y arbusto. Entra con bastante vida en boca, aunque los sabores andan cada uno por su lado. El problema viene cuando lo dejo en la copa un rato. Por cualquier misteriosa razón, este gropello comeinza a soltar un pestazo horrible a aguas negras que ahuyentaría hasta al más gallo de los bebedores.

Continuamos con el Francesco Polli, “Vigna La Vallette”, Lagrein 2005, que resulta horrible. Fruta negra con un aire compostado, pobrecita, que tiene que cargar con una tonelada de madera nueva de aire verdoso. Amargo, sucio e imbebible para mí. Suscita una interesante discusión sobre quien estará forrándose vendiendo roble verde a bodegas que no sospechan o entienden nada. La cosa no mejora en lo absoluto con un Fedriza Cipriano, Lagrein 2006. Josh Raynolds anuncia que tiene demasiado brett. Yo, tomasinamente dubitativo como soy y sabiendo que a veces mi querido amigo protesta demasiado sobre bestialidad y fecalidad en el vino, le doy el beneficio de la duda. Pero no. El pestazo es real y ni en mi más tolerante disposición puedo yo con él. Otro para la cubeta.

La trucha que pedí, por cierto, estaba muy rica. Al horno, rellena de una delicada pasta de limón en conserva, jengibre y cangrejo y servida sobre una ensalada de rúcola. Necesitaba vinos mucho más ligeros que los que cayeron, probablemente mejor blancos, pero bueno, hay que saber perder… Los vinos, por su parte, iban ya en progresión hacia el lado oscuro, literal y figurativamente. ¡Y yo que pensaba que aquel rossara auguraba tan bien para la noche! Lo que vino después fue, para plantearlo de la manera más delicada posible, casi todo cruel anticlímax.


-¡Pobrecilla, mi trucha solterona que no encontró vino con que casar!-

Pero no todo… El Barone de Cles, “Maso Scari”, Teroldego Rotaliano 2005 me dió un alivio después de lo de los dos lagreins. Agua de rosas, tierra, alquitrán y frutas rojas puras y carnosas. Vivo, con una angularidad que le da agarre y un cierto encanto en boca. Muy buena estructura. A continuación, un Redondel, Teroldego Rotaliano 2005 que era como si al Barone de Cles le hubiesen robado el mes de abril. Licor de café y fruta globular. Literalmente, un “redondel” al que no le encontré mucho sentido.

Pasamos, después de esto, a una secuencia de vinos que estaba seguro me daría problemas. Todos eran, según Greg, cuvées de cabernet, etc., hechas en estilo moderno, etc. Y etc., etc., etc. Me preparaba yo para lo peor cuando me llevé a las narices la copa del (y perdón anticipado, que creo que el nombre de este vino y los delos otros dos de cabernet no los copié bien en la libretita) Gino Pechot, “L’Auro”, Vigneti delle Dolomiti 2005 y me llevé tremenda sorpresa. Lejos de oler a cabernet sauvignon nápicamente tecnolojodido, olía como un cliché de pinot noir californiano de los ochentas… Tono alto, mucha vainilla, pero integrada en una fruta roja exuberante, dulce de oler. Trae también coquetos tonos florales. Suculento. Firme acidez. Uno de esos guilty pleasures que dicen… Un Villa Corniole, Cornàl Gregio 2002 ya me colocaba en el esperado territorio de la más tediosa modernidad enmaderada. Carnoso. Mucho roble. Menta. Taninos un poco secantes. No es lo peor que he probado en este molde, pero asalta la duda sobre por qué sigo sometiéndome a este tipo de producto. Hubiese podido sacar una conclusión muy certera sobre el Letraria, “Ballistarius”, Vigneti delle Dolomiti 2001 con sólo ver el latinajo en la etiqueta. Pero lo probé. Menta, eneldo y fruta negra sin cualidades. Bullshitoso.

Vino, tras esto, una tandita de vinos dulces que probé, como casi siempre suelo hacerlo, sin tomar notas muy detalladas. Es que, diabético al fin, me queda hastante restringido el disfrute de estas cosas y, por ende, como que siento que mi criterio se ve injustamente coloreado. Un Francesco Poli, Vino Santo, Trentino 1999 es regordete y ahumadillo, con buena intensidad de mermelada de albaricoque y un sabroso toque de nueces tostadas en el posgusto. El otro vino fue el Aniele, Vino Santo, Trentino 1997, que presnetaba ya un poco más de complejidad, aunque, a decir verdad, no tanta como para cautivarme y llevarme a un segundo sorbo con su concomitante dosis extra de insulina. Grande y licoroso, con pera desecada, canela, cardamomo y jengibre en nariz y boca. Posgusto medio.

Seguimos conversando un rato, aunque ya eran pasadas las once de la noche y habíamos ocupado la mesa desde las siete. Hubo una ronda de votaciones sobre los vinos preferidos de la noche. Algunos se fueron con el pinotesco “L’Auro”. Creo que Jay Miller y yo fuimos los que inequívocamente declaramos que el preferido había sido el rossara… Bueno, y el rosado de Pinon, pero ese supuestamente “no contaba”.

Cuando me despedí del grupo, iba sonriendo, por una buena velada neoyorquina con gente agradable, y porque era la última velada como ésa a la que asistiría ocultando un ojo muerto tras lentes oscuros. El ojo seguiría muerto en el futuro, pero al menos estaría mucho mejor disimulado. Y yo, me sentiría mucho mejor conmigo mismo por ello.

De camino al hotel iba tarareando una tonadita de uno de los discos que me había comprado en la Virgin, el primero en solitario de Chris Walla, vocalista del grupo Death Cab for Cutie. Puro pop. Los dejo con el video de lo que yo iba tarareaba…



Escrito por: manuel-camblor 4 comentarios 30 Jul 2008 URL Permanente

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Letroncio

Letroncio dijo

Buenas.

No sabía que te juntaras a cenar y beber vinos con el mismísimo David Beckham :-)

manuel-camblor dijo

¿Brad Kane se te parece a Beckham? ¡Se va a poner contento el gordo cuando le cuente lo atlético que se le ve en España!:-)

M.

javier

javier dijo

Buena cronica Manuel. Me han dejado curioso las notas sobre esta uva rossara. Y a proposito, el nombre me hace acordar a una jovencita que nunca correspondio mi amor juvenil. Espero que en una botella me sea menos esquiva. Y la injusticiada trucha? Sentimos todos un poco de pena por ella. Merecia mejor fin. Saludos y al aguardo del proximo capitulo.

manuel-camblor dijo

Javier,

Le dije a Greg que, si traía alguno de los vinos que probamos esa noche, trajera el rossara. Es muy lindo. Hasta le dije que me apuntara para una caja.

El próximo capítulo ya está arriba.

M.

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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