En torno a la historia del ojo (3): Una con pato pekinés

Calma de mañana de sábado. Puedo dedicarle un ratico a bloguear. Un lujo que hoy por hoy raras veces puedo darme.

Algunos preguntaron lo que había abierto yo para celebrar el cambio que dió mi vida con la nueva prótesis ocular que ahora llevo. La respuesta quizás sea un gran desencanto.

No abrí nada en particular.

¿Por qué? Pues sencillo. Aunque tengo bien claro que la ocasión lo ameritaba, esa noche de miércoles ninguno de mis amigos estaba disponible para compartir alguna botella importante conmigo. Encima, tras que me instalaran la cubierta escleroidal tenía yo toda una tarde por delante. Me entregué a pasear de una punta a la otra de Manhattan y acabé muy cansado, aunque sin perder ni una gotita de mi alegría al poder ver mi cara entera de nuevo.

Era tardecito ya cuando decidí que tenía hambre y debía cenar. Sin embargo, me dolían bastante los pies por las intensas caminatas del día. No quería alejarme mucho del hotel donde me hospedaba, el Park Central en la 57 y Séptima Avenida. Las opciones eran limitadas. Al final decidí que era mejor ir a lo seguro. Repetí en Molyvos, donde había estado la noche de mi llegada. Mucho vino por copa. Buena comida griega. Esta vez, todo de mar, pues quería dedicarme a los assyrtikos de Santorini que tanto me gustan.

Comencé con el mismo pulpo a la parrilla de siempre, entrante obligado en ese restaurante, y una copa del Gaia, Assyrtiko “Thalassitis”, Santorini 2007. Aquí la fruta es limpia, de hecho, casi demasiado limpia… Aromas y sabores de manzana y limón nítidamente expresados, pero que no pueden competir con el verdadero atractivo del vino, que es una mineralidad seria, salina y muy tangible. Se me antoja que aún el vino más manipulado e hipermodernista que haya, si tuviera una mineralidad así, mantendría mi interés por muy buen rato y se ganaría mi respeto. No que tal sea el caso con éste de Gaia. Sólo una imaginación mía. En boca cítricos muy vivos con notas anisadas y de cardamomo. Sorprendentemente voluptuoso de cuerpo. Largo posgusto que me hace pensar en pastis servido con cubitos de roca volcánica.

Quería seguir en esta onda con el filete de lubina que me trajeron. Pedí la más reciente versión de un viejo conocido, el Abelones Kotsoyanopoulos, Assyrtiko, Santorini 2007. Este tiene la mineralidad mucho más por delante que el Gaia y resulta más angular de primera impresión. Los tonos anisados también están ahí, pero menos dulces, más discretos. Firme, térreo y bien seco. Toronja y limón con volcán. Persistente. Mucho nervio. Al vaciarse la copa no dudé, pedí otra.

Pero bueno, no que viniera yo hoy a contarles de más griegos. Este breve interludio sirve únicamente para sacar de dudas a los curiosos. A veces el cuerpo no pide más celebración que una cenita en solitario con tres copitas, un libro, y a la cama.

Lo que sí venía a contarles es de la bebienda del jueves por la noche. Porque no podía yo quedarme en esa visitilla a la Gran Ciudad™ sin un buen jeebus freestyle. Buena anarquía vínica en un local agradable y con buenos amigos. ¡Cóme me gusta eso!

Las llamadas se sucedieron durante el día. El plan original era reunirnos en el Café Cortadito a comer cubano y beber de todas partes, como lo hicimos en mi última visita. Pero al final cambiamos de onda y nos fuimos a la Peking Duck House, allá cerca de mi ex-barrio.

”Nos” era Brad Kane, el hombre más retratado de mis últimas crónicas, Jorge Henríquez, Jeff Grossman, Greg del Piaz, el verdadero Jay Miller, SFJoe y un servidor. Pequeña peña, pero de armas tomar.

Les contaba yo a los amigos los pormenores de la instalación del nuevo ojo mientras comenzábamos a abrir botellas. Lo primero en caer fue el Druid Wines, “Le Limozin”, Meursault 1993. Druid Wines es la firma de négoce de Domaine Dujac. Inicialmente sospeché yo que había un ligero problema de oxidación prematura. Jay Miller, quien trajo la botella, es un hombre de mayor fe y sugirió esperar un poco, dejar el vino airearse a ver si cobraba vida. Y lo hizo, sobre todo con algunos de los aperitivos sinoamericanos en el pu pu platter que Kane ordenara.

El vino es de un dorado intermedio, con buen brillo. La nariz, después que se le pasa un poco la caramelez caldodepóllica que se traía, revela galletas de almendra, flan, jengibre, durazno desecado y limón. En boca es carnoso y sorprendentemente seco, considerando su amplitud. Buen enfoque cítrico-mineral en un posgusto donde surgen acentos de grano de café. Interesante meursault.

Seguimos con algo que aportara yo, más que nada porque tenía muchas ganas de probarlo, el Quinta do Feital, “Auratus” Alvarinho-Treijadura, Vinho Regional do Minho 2007. Extremadamente fresco y puro. Deliciosamente mineral. Te agarra la nariz con unos aromas muy high definition y te la despierta. Lo mismo la boca. Lo llamé “cafeina para la noche”. Uno que podr7a beber y beber.

No pude evitar reirme ante la casualidad. Ultimamente en Santo Domingo había estado bebiendo una buena cantidad de vinos de Cantina Terlan en el Alto Adige, ¿recuerdan? Pues Greg del Piaz había traido el vino más exclusivo de la casa, el Cantina Terlan, “Terlaner”, Alto Adige 1991. Este terlaner es una cuvée de pinot blanc, sauvignon y chardonnay que pasa diez años en depósito de acero inoxidable sobre sus lías. Fue embotellado en el 2001. No hay que decir que eso tiene forzosamente que dar una experiencia nasal interesante… Bonita pestecilla de guisantes frescos, trigo, grano de farro, pera, cera y piedras. Compacto en boca al principio, se expande gradualmente al airearse para soltar cítricos jugosos y notas florales. Largo. Fascinante. Toda una experiencia.

Otra botella traida por mí era del Movia, Ribolla Gialla, Brda, Gorincka, Eslovenia 2005. Obviamente, quería probar la añada más reciente después de que el 2004 se comportase tan espectacularmente como lo hizo en junio. Este 2005 es más carnoso y obvio que el 2004, aunque está tremendamente apretado ahora mismo. Cera, frutas amarillas, tierra y heno. Difícil de juzgar, pues va y con unos añitos en botella se pone igual de elegante que el 2004, aunque ahora mismo no parezca der del mismo nivel.

Comenzamos los tintos con un A. & P. de Villaine, Bourgogne “Bouzeron” 1987 que Jay nos ofreció encogiéndose de hombros. Poco esperábamos y poco obtuvimos de esto. Huele a salsa de soya y sabe a muerte. E.P.D.

¿Les he contado lo mucho que me encantan los vinos de California?

Tomen ustedes el caso del Caymus, Zinfandel, Napa Valley 1987: Una maravilla aromática, enérgica y elocuente. La nariz es de violetas, nuez moscada, cedro, malagueta, clavo dulce, sotobosque y frutas rojas frescas y desecadas en igual proporción. Una fragancia cautivadora por lo natural y honesta que se le siente. En boca el vino es de cuerpo medio, con abundante fruta y un atractivo aspecto rústico. Entra sin pretensiones y se queda buen rato. Todavía le queda chicha tánica y se va ampliando interesantemente con el aire. Largo. Verdaderamente bonito.


-Caymus, Zinfandel, Napa Valley 1987-

”Esto es lo que perdimos”, declaró Greg. Y todos asentimos, sabiendo que California, como gran región abundante en vinos de verdad, ya no existe. Me encantan los vinos de California. Los que he de sacar del pasado.

Caymus, dicho sea de paso, hace años que dejó de elaborar zinfandel. Hasta podría decirse que dejaron de elaborar vino, optando hoy día por abominables tisanas de roble nuevo que etiquetan como “cabernet sauvignon”.

Seguimos con un Franco Fiorina, Barolo Riserva 1978 que no comenzó nada bien. Caramelo, salsa de soya, caldo de carne, sirop de maple y rosas marchitas. En boca es de cuerpo medio y tiene bastante sustancia todavía. Lo curioso es que con el aire el aspecto de maple se hace cada vez más pronunciado. Otra experiencia interesante, pero nada como la que tuve a continuación con el Fontanafredda, “Vigna Lazzarita”, Barolo 1971. Fontanafredda es uno de esos productores que durante años he asociado con mediocridad industrial. Alguna vez, a finales de los noventas, tuve que catar toda la gama de esta bodega y lo único que pude concluir fue “¿Y qué?”

Pero este 71 fue toda una revelación. Preciosa nariz de barolo clásico. Tierra, rosas secas, arbusto, carne curada, canela y anís, con un toquecito muy sutil de caballo sudado. Firme en boca y todavía con fruta roja fresca notablemente presente. Largo y complejo. Toda una vindicación de Fontanafredda, a mi ver.

No sé si les conté, pero es que me fascinan los vinos de California.

Tomen el caso del Robert Mondavi, Cabernet Sauvignon, Napa Valley 1977. No, no el “Reserve”, el cabernet “normal”. Anjá. Tengo para decirles que está maravilloso. Un cabernet de Napa de capa oscura, con fruta de la más perfecta madurez. Los tradicionales aromas de eucalipto, cuero y frutas negras que uno asociaba con los cabernets clásicos de Napa están todos ahí/ En boca se trata de un vino opulento, aterciopelado, acariciante, que se queda contigo mucho rato, sorprendiéndote con lo vibrante y profundo que es.

”Esto es lo que perdimos”, dijimos todos a coro.


-La faena con el pato, al lado de nuestra mesa-

Entrados ya en el furor del pato pekinés, desmenuzada ave tras ave al lado de nuestra mesa por un risueño chef chino, nos lanzamos a otra onda vínica con una aportación mía, que compré esa misma mañana en Chambers Street Wines a recomendación encarecida de mi amigo Lyle Fass, que me dijo que el vino, contra todo lo que yo pudiera sospechar en términos de su evolución, estaba espectacular ahora mismo. Se trataba del Fourrier, “Clos Solon” Vieille Vigne, Morey-St. Denis 2005.

Quizás Lyle exageró un poco con lo de “espectacular”. En realidad es un vino jovencísimo que comienza a cerrarse, pero sin prisa. Precioso perfume de frutas rojas bien maduras con acentos de tónico de pelo de ése que usaban en las barberías antiguas, de especias, de violetas y de una mineralidad tremenda. Vivísimo, suculento y palpitante en boca. Un borgoña que estará fenomenal cuando despierte del sueño para el que ahora se apresta. Taninos poderosos en un posgusto bien largo. Con el pato se le siente más amigable, pero no pude ni por un segundo dejar de pensar en el infanticidio cometido.

Otro vino que había traido para esta velada, al no poder haberlo aportado a otra y tenerlo “huérfano” en mi cuarto del hotel, era el F.lli Brovia, “Villero”, Barolo 1991. Esperaba yo en esto algo del etéreo placer del Cannubi 1993 de Rinaldi—ya saben, añada de ésas que disgustan a la “crítica” puntífera internacional, pero que pueden dar vinos excelentes para consumo a corto o mediano plazo, al menos en manos de productores que saben lo que hacen, como es el caso de Giacinto Brovia… Y sí, este Villero es un excelente barolo. El problema es que no está ni remotamente cerca de su punto óptimo de consumo (aquel Rinaldi del 93 estaba delicadamente delicioso ya). Magro y muy tánico, pero desbordante de personalidad, presenta aromas de cuero, rosas, violetas, ciruela fresca y ceniza. En boca, más allá de la potente garra tánica, da los mismos elementos con excelente persistencia. Pero está cerradón; los sabores se presentan en un nudo apretado que se queda ahí buen rato, pero no se suelta. Con el pato pekinés se relaja un poquitico, pero no mucho. Para volver a visitarlo en diez o quince años.


-Llega un momento en cada bebienda cuando la cámara está ebria-

Otro borgoña cayó, aporte de Jorge, de un productor al que no prestaba atención desde hacía mucho. De hecho, existe una marcada posibilidad de que este mismo vino haya sido el último que probara yo de la casa (en algún difunto restaurante en el Upper East Side, quizás llamado Rouge), hará, no sé, siete u ocho años. El Daniel Rion, “Les Vignes Rondes”, Nuits-St. Georges 1er Cru 1996 Está apretado y tenso. Trae una clara nota de herrumbre por delante. ¿O será de sangre? Detrás de eso hay ciruela roja, cereza y sotobosque. Taninos en serio, muy serio. Sorprende lo cerrado a cal y canto que está, la verdad.

Se me hab7a olvidado decirles, mientras pasaba la lista de los asistentes, que SFJoe se nos unió tarde. Vino directamente, como muchas veces hace, del aeropuerto. El vino que traía consigo cayó en un extraño lugar en la secuencia, tras tanto tinto tánico. Era el Pascal Cotat, “La Grande Côte”, Chavignol, Sancerre 1995. Un vinazo con la dulce suavidad de un guante de la más fina cabritilla. Redondo, seductor y complejo, habla en una voz ronca con lenguaje de secretos de dormitorio. Cítricos exóticos, humo, especias y madreselva junto a otras flores—pero esto no comienza a describirlo. Profundo y opulento. Muy largo, con un posgusto que sugiere dulzor por la cantidad de fruta y especias que trae, pero que es seco.

Como siempre lo hacemos, nos quedamos en la Peking Duck House hasta que el local ya se había vaciado y los camareros nos rondaban, rayando en la desesperación por irse a casa. El último vino fue un dulcito, el Trimbach, Gewurztraminer “Vendanges Tardives”, Alsace 1997, todo albaricoque, hierbas secas, miel, minerales y violetas. Dulce y primario, pero con buen largo y muy notable estructura.


-Al final de la noche, queda sobre la mesa...-

Considerándola retrospectivamente de manera cuidadosa, la noche del debut de mi nuevo ojo fue feliz. Nada nos salió especialmente necio o repugnante, salvo el cadáver del Bouzeron 87. Comimos y bebimos bien, compartiendo de la siemrpe juguetona forma de los buenos amigos. Caminando hacia el hotel, pensando en lo temprano que salía mi vuelo hacia Santo Domingo la mañana siguiente y que aún no había empacado, comencé también a ponderar como justificaría mi próxima escapada a Nueva York. Me doy un mes y medio, como mucho…


-"La siempre juguetona forma de los buenos amigos..." En primicia para La otra botella, como se concluye cada uno de los jeebuses manhattanianos: El ritual ataque de cosquillas a Kane.-


Para lo que queda del fin de semana les dejo ahora otro videito, con G. Love y Tristan Prettyman haciendo cosas bonitas juntos. Esta canción huele y sabe a mi verano.

Escrito por: manuel-camblor 3 comentarios 02 Ago 2008 URL Permanente

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Ferrigno

Ferrigno dijo

¡Qué lujazo tus escapadas al nueva york!
Disculpa, una duda. ¿Qué tan abierto estaba el trimbach? Es que tengo una botella igual pero del 99 y no tengo idea si abrirlo pronto o no. Además, ¿sabes algo de la añada? Gracias Manuel y ¡qué genial es verte sin antifaz! Saludos.

manuel-camblor dijo

La verdad es que sí, Ferrigno, son un lujo. Y los amigos que me acompañan cuando allá voy también. Viéndolas desde la distancia me doy cuenta cada vez más de que mi vida en Nueva York fue algo grande, importante, en términos de quien soy ahora. Por eso tengo que volver cada dos por tres.

En cuanto a ese Gewürz 97 de Trimbach, pues estaba bastante amigable, pero se le veía que no tenía prisa alguna por ser bebido. El 97 fue un año de alta madurez y vinos bastante amables y suaves, aunque poderosos, en Alsacia. Lo que he probado a través de los años ha sido más para beba a mediano plazo que a muy largo, aunque en manos de Trimbach la cosa es distinta y los vinos sorprenden cuando uno esperaba otra cosa. El 99 fue más fresco y hubo bastante lluvia, si mal no recuerdo. Los mejores vinos son mucho más angulares que los del 97. Hay cosas muy buenas y no les quitaría yo nada de potencial de guarda. Sospecho que puedes esperar aún un lustro o más por tu Gewürz 99 sin temor, aunque tengo una regla de que si solamente tengo una botella, me la adjudico más pronto que tarde, por si las moscas.

Y gracias. Lo del antifaz fue una época extraña. Lo que me recuerda... Tengo que cambiar el avatar.

M.

Joe Manekin

Joe Manekin dijo

Yo, Manuel -

Que onda? Vi a tu amigo SFJoe (vamos a decir el otro Joe) hace una semana en mi enoteca favorita aqui en SF. Me alegro de que tengas un nuevo protesis; me estaba explicando SFJoe que quiso contribuir algo en cuanto a tu seleccion.

Que si, esos vinitos de California de los 80 y 70...ESTO ES LO QUE PERDIMOS. Por causualidad probe un Mondavi de '68 (tu ano de nacimiento, verdad?) alrededor de la fecha de su muerte, hace algunos meses. Y todavia hay bastante frescura - sutil y ligero en boca, si, pero vivaz, con frutas rojas que quedan atractivos. Todavia un buen vinito despues de 40 años.

Un saludo de la costa izquierda,

Joe

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Sobre este blog

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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