¿Números rojos?

Conté en mi última entrega de un par de vinos californianos que me pusieron nostálgico, pues la California de la que salieron ya no existe. Era una región de maravillosas promesas, allá por los ochentas, que daba vinos con verdadero carácter, estructura, vigor y, como pudimos constatar esa noche de los patos pekineses en Nueva York, muy buen potencial para mejorar con los años.

Pues no acababa yo de escribirles aquella última narración con el zinfandel de Caymus y el cabernet de Mondavi cuando comencé a pensar en la pregunta retórica que formulara un amigo no hace mucho: ¿Todavía hay quien, sabiendo más que lo elemental sobre vino, invierta seriamente en vinos de Napa o, para los efectos, de Burdeos?”

La pregunta me parece sumamente válida. La “moda del vino” ha generado hordas de nuevos “aficionados”. No pasa un día sin que oiga yo a alguien autodesignarse “enófilo” (perdón por las comillas semiirónicas; es que no me queda clara la naturaleza de muchas “aficiones” hoy por hoy y solamente retiro las comillas cuando puedo interactuar con la gente lo suficiente como para enterarme si lo de ellos es incipiente pasión real, o mero estar en la más nueva onda aspiracional). El vino está sumamente mediatizado y su mercadeo global alcanza niveles nunca antes soñados. Para una vastísima mayoría de estis nuevos aficionados, los puntos de referencia en cuanto a “grandes vinos” son, necesariamente, Burdeos y California, junto a tres o cuatro regiones más en el mundo que reciben la mayor atención y ganan la mayor hipérbole verbonumeraria de parte de las figuras que reinan en los medios dedicados al vino.

La otra botella, como órgano de expresión personal mía, disfruta especialmente cuando hay una confluencia fortuita de preguntas que me sugieren un tema. Digo “disfruta” porque en esos momentos es cuando el blog parece para mí cobrar vida, cuando ríe y me provoca a pensar y repensar nociones.

Por coincidencia, un conocido dominicano descubrió este espacio por puro accidente hace unas semanas. El otro día nos encontramos por la calle y entablamos una interesante conversación. Este señor no podríamos llamarlo un “enófilo”, ni tan siquiera un “entusiasta del vino”. Es un consumidor normal, que conoce cuatro o cinco regiones vinícolas y está al tanto de otras tantas marcas a las que es fiel cuando vino ha de pedir. Bebe vino en contextos sociales, pero no se siente inclinado a profundizar en su conocimiento más allá de “éste está bueno y bien de precio”.

O, mejor dicho, no se sentía inclinado a profundizar. Lo que me dijo, después de lo de haber descubierto el blog, es que leerme le ha hecho ver la afición por el vino de otra forma. Incluso, apuntó unas cuantas de las referencias que yo ponía en el blog, para ver si las conseguía y probaba. También me dijo que se había dado cuenta de que yo disfrutaba de forma polimórficamente perversa del vino (bueno, no usó esa expresión, pero el sentido era el mismo), bebiendo cosas por las que se pirraría cualquier snob junto con sencillos y sabrosos vinitos de pueblo. Lo mío no era cuestión de “dármelas de los vinos que bebo”, sino de vivir el vino como parte de mi vida, entendiendo que el vino es tan complejo como la vida misma.

El remate vino con una pregunta: “Pero ven acá, Manolo, ¿cómo es que a ti te aguantan que escribas sobre todo tipo de vino, pero casi nunca escribas sobre riojas, en una página llamada Lomejordelvinoderioja.com? Porque me puse a contar, y los riojas que tú pones son poquísimos…”

Ahí me agarró desprevenido.

Entré en la habitual explicación de que este blog lo hacía de gratis y que me habían dado tema libre. Podía contar lo que quisiera, dentro de lo razonable, y ejercer mi espíritu crítico, bla, bla, bla. Que si rioja no lo era todo y ayudaba, aún cuando los vinos de Rioja son el tema central del portal, que hubiera una especie de figura anárquica y trotamundesca que trajera a discusión cosas con que comparar lo que se hace en Rioja.

Mucha explicación tratando de… ¿De qué? Había un agujero negro de verdad tan cruel como ineludible en la pregunta que me había hecho este buen hombre. Alguna vez hubiera yo podido declarar que de Riojas, pues, entendía un poquito. Tengo muchas añadas bebidas de la mayor parte de las bodegas históricas y puedo dar juicios informados sobre sus trayectorias a través de, digamos, la mayor parte del s. XX. Incluso, hasta con ese—para mí—desafortunado momento de la “alta expresión” tengo mi buen cacho de experiencias en las que basar opiniones, pues, aunque siempre preferí los clásicos, en su momento dí oportunidades a los dizque “innovadores” que ganaban loas en las revistas internacionales.

Lo mismo hubiese podido decir de unas cuantas regiones más en España, algunas de las cuales ví surgir casi que de la nada (pienso, por ejemplo, en Ribera del Duero, que antes de los ochentas era Vega Sicilia y ya), o resurgir como aves fénix de una putativa “ruina”.

El problema es que tanto Rioja como Ribera del Duero y todas las otras regiones a las que estoy haciendo alusión, en la medida que han entrado en la pugna por convertirse en estelares participantes del mercado global, han ido perdiendo su encanto para mí. Como muchas veces he dicho, los vinos se han ido convirtiendo en aspiracionales tecnoproductos que poco tienen que ver con la tierra o con algún tipo de tradición que no sea la que conviene a los de marketing y los de contabilidad. “Mucho bijnes, poco duende”, como hubiese dicho un viejo amigo mío que tocaba muy bien la guitarra. Pero ya eso lo hemos trillado mucho aquí. La tecnología, la globalización y la hiperificación mediática del vino le han robado la esencia y la magia a mucho vino. Mi posición en cuanto a Rioja, o Ribera del Duero, o un montón de otras regiones de fama, es muy similar a mi posición con respecto a Napa o Burdeos: Compro tan poco ya que no represento. El producto vínico que sale de la vasta mayoría de sus bodegas en estos tiempos sencillamente no me llama. Mi interés por esas regiones que están hoy día tan pegadas en la conciencia de quienes llegan al vino, es inversamente proporcional a su actual popularidad.

Así mismo, un corolario: Las regiones que eran las importantes, los patrones a considerar cuando uno pensaba en grandes vinos cuando yo comencé a educarme en el tema han perdido para mí casi todo interés. Seguro, quedan unos cuantos productores en Rioja, en Toscana, en Burdeos y hasta en Napa a los que aún dedico atención si se me cruzan en el camino. O, en el caso de alguna u otra bodega riojana centenaria, recurro aún porque han sabido mantener mi atención a base de vino fascinante en tiempos de absoluta banalidad.

¿Quiere todo esto decir que he pasado, casi enteramente, a Rioja, Ribera del Duero y un montón de otras regiones vinícolas más en España, Francia, Italia, las Américas y Oceanía a la columna de las pérdidas en la que ya tenía al Burdeos parkerizado y a California?

Pues sí. Números rojos, etc. Tendrían que hacer algo mucho más puro, bello y honesto que lo que dicta el marketing globalista para reconseguir mi interés. Tendrían que ser los vinos (al menos los que salen al mundo mundial) más rioja, más ribera, más burdeos, más mendoza, o lo que sea, o sea, más autóctonos, reales e idiosincráticos que lo que dicta el buscapuntismo consultorial. Y como no creo que estén muy en ésas los productores, pues el nicho de mercado en el que estoy como que no vale mucho, pues… Mi entusiasmo es para otros lugares, menos mediatizados, donde los elaboradores están menos llenos de sí mismos por ser menos cacareados en la prensa del vino fácil. Lo que me hace vibrar últimamente tiende a provenir de lugares que provocan miradas escépticas de parte del mainstream enológico actual. ¿Tintos autóctonos de Rías Baixas? Pos sí. ¿Un tinto ligerito de una variedad olvidada en Trentino? Ya lo saben. ¿Un txakolí tinto de espectacular mineralidad? Pues es de esperarse. ¿Todo tipo de peculiares uvas locales del oeste del Valle del Loira, o del norte de Piamonte, o de Sicilia, o del Jura, o de una bella ladera en la Ribeira Sacra? Dedico a nuestra cobloguera Lorena Díaz una cita de aquel Mr. Big de Sex & the City, el que decía aquello de “Ab-so-fucking-lutely!” (al menos así lo dec7a en la VO; me da curiosidad sobre como le doblaron eso a Chris Noth). Siempre y cuando el vino sea elaborado naturalmente, me hable de su origen sin afeites ni aditamentos forzados y me invite a abrir otra botella, ahí estoy.

¿Hay esperanzas de que el grueso de esa gigantesca columna de números rojos vuelva a hablarme?

Pues quizás. Nunca digo “de este agua no beberé”, me limito a esperar que la corriente del arroyo traiga algo más limpio y fresco, es todo. Existen reductos de productores dedicados a hacer vinos de verdad, aún en las regiones vedette más corporativizadas y globalistas. Ellos pueden lograr algo grande aparte de los vinos que hacen, si logran despertar en sus vecinos el impulso hacia lo natural. Pero claro, eso sólo es posible si los demás abren los ojos.

Ta difícil, ¿veldá? Pero no es imposible. Y sigo siendo optimista, pese a todo.

En otro orden de ideas, esta canción de New Order salió inesperadamente en mi iPod esta mañana mientras levantaba pesas en el gimnasio. Me pareció muy à propos de todos estos pensamientos que ahora tan ineptamente he intentado escribir. La mando a los que, a pesar de todas las tentaciones y la venalidad del mundo actual, siguen aferrados a la verdad, al vino, y al vino de verdad. El clip no es “oficial”, pero como visual queda bonito…

Pero no me quedo ahí. O, mejor dicho, el espíritu burlón de mi iPod de ir al gimnasio (es un “Shuffle” chiquitito, de esos que te ponen las canciones a lo loco de entre lo que les has metido) no se quedó ahí, porque inmediatamente después de New Order me lanzó a The Notwist con esto:

”One with the Freaks…” Un buen título para mi acercamiento al vino en los últimos tiempos. Pero el DJ automático no se contentó con dos para una bella secuencia bromista. Allá zumbó una dedicatoria a Iñaki Gómez Legorburu con Hayseed Dixie interpretando uno de esos clásicos que tanto me gustan:

Pensé que disfrutarían de esta secuencia, real, aunque no me lo crean, con la que tanto se me animó la rutina matinal de ejercicios.



Escrito por: manuel-camblor 5 comentarios 04 Ago 2008 URL Permanente

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Joan Gómez Pallarès

Joan Gómez Pallarès dijo

Creo que es inevitable, Manuel, avanzar hacia como tú lo has hecho, cada cual a su ritmo y según sus posibilidades, pero AVANZAR. Me refiero con este verbo a que el mundo del vino, como todo en la vida, es dinámico y nosotros nos movemos con él. Por suerte para muchos, por desgracia para algunos, los productores tienden a adaptarse a los estándares más rentables del mercado. Y esa es la explicación, claro, de que vayamos abandonando según qué zonas y vinificaciones para buscar el placer y la emoción en otros lugares. No quiero generalizar porque es peligroso e improcedente, pero es así como funcionan las cosas. leía anteayer una entrevista con Miguel Torres y comentaba cómo su Torres Milmanda, desde hace mucho uno de los grandes chardonnays españoles (tampoco es decir mucho eso, lo sé) había ido evolucionando al son que le dictaba el mercado, que si más madera, que si menos, que si más battonage, etc. No lo decía exacatemente con esas palabras, pero ahí estaba la filosofía de la bodega. A algunos, claro, nos desencuentra cuando da según qué pasos. Y eso es lo que pasa con tantas bodegas de algunas de las zonas más importantes del mundo que has mencionado: es una clara paradoja ésta de "morir de éxito", mueren muchas bodegas para nosotros, pero al "morir" llegan a un público mayor que pide otro tipo de sensaciones.
Saludos
Joan

manuel-camblor dijo

Joan,

Creo que lo que digo arriba no queda enteramente claro y amerita una nueva entrada.

El mayor problema que veo es que el negocio del vino ha pasado de estar basado en un producto agrícola relativamente natural a estar basado en mercadología y branding. Se parte de "lo que dicta el mercado" y se crea el producto a la medida, tratando de quitar de en medio toda variable que no sea absolutamente controlable. Lo que resulta, lamentablemente, en un momento temprano de su existencia, deja de ser vino, al menos en el sentido de esa sustancia bella y mágica que, cuando era yo más joven, me apasionó.

Irónicamente, puedo entender el negocio qua negocio, pero me resulta intolerable el producto negociado, si se insiste en asociarlo con vino.

Luego escribiré.

Por cierto, felicidades por una mudanza exitosa. Anduve leyendo tu blog anoche e iba a colgar un comentario, pero tuve una interrupción y luego me olvidé. Me quedé con unas ganas de Do Ferreiro 2007... Lástima que aquí no llegue nada que ni remotamente se parezca a ése, un albariño de verdad.

M.

Joan Gómez Pallarès

Joan Gómez Pallarès dijo

Creo que mi mudanza no fue tan dura como la tuya, pero ahí está. Si todo va bien, mañana nos vamos a otra isla, a Mallorca, a disfrutar de unos días de descanso y a descubrir cosas nuevas.
Está claro que la diferencia radica en gente que hace un vino pensando en cómo quiere hacerlo y gente que lo hace pensando en cómo lo quiere su potencial comprador. En el primer caso, mejores o peores, saldrán vinos personales, a ratos únicos; en el segundo, saldrán vinos similares en lugares muy distintos del planeta vinícola.
Y el Do Ferreiro 2007 sí merecería una buena exportación a la isla!!! Está en un punto realmente bueno.
Saludos!
Joan

IGLegorburu

IGLegorburu dijo

¡oño! Muy bueno el video pero como bien dices, lo natural es mejor y la voz de Brian Johnson (o en su defecto la del difunto Bon Scott) tiene más encanto. Lo artificialmente modificado...pierde valor ;-)))
Por cierto, parece que los chicos estarán 'on the road again' si finalmente lanzan el nuevo disco a finales de año según me han dicho. Veremos...

Respecto a los números rojos, es cierto, hay desaceleración, crisis o como la quieran llamar los expertos…;-), y en épocas de crisis, siempre alguien aprovecha su oportunidad. Veremos también…

Un abrazo

manuel-camblor dijo

Joan,

Mi mudanza ya es una memoria distante. Ahora estamos en las fases intermedias de adaptación al nuevo habitat.

Iba a poner otra entrada sobre todo este tema, pero después va y en verdad me merezco aquello de Patricio Tapia sobre "los refunfuños de Camblor". Bueno, no sé. Si le encuentro un ángulo positivo, o al menos novedosamente coñístico, al asunto, va y me animo a colgar lo que escribí.

Iñaki,

No me negarás que eso de llevar a AC/DC a un contexto montañés norteamericano resulta muy jocoso. El grupo que interpreta se llama, para colmo, Hayseed Dixie, lo que traspasaría al castellano como especie de "Sur Paleto", pero que a la vez es un juego con la pronunciación del nombre del grupo original: AC/DC los americanos lo pronuncian eisi-disi. Ya sabes... Tienen un álbum completo en tributo a AC/DC. La versión de "Highway to Hell" es de mearse de la risa. También tienen un tributo a Kiss titulado "Kiss My Grass" (el género musical que representan es, dicho sea de paso, bluegrass). También tienen un disco de éxitos diversos del rock setentero muy simpático, en el que destaca una versión fenomenal de "Fat Bottomed Girls".

Por si acaso, del Tubo:

"Highway to Hell":

http://www.youtube.com/watch?v=7mU2lJKkQ04

"Fat Bottomed Girls" (video en directo pobrecito):

http://www.youtube.com/watch?v=fJKZUE33Mk4&feature=related

Difiero en que Hayseed Dixie sea el original "artificialmente modificado". Te lo acepto del video, que obviamente es un montaje hecho por algún hábil usuario del Tubo. Hayseed Dixie es más bien una clara extrapolación del material original para ofrecerlo como tributo a los que originalmente lo crearan y a la vez hace una magnífica coña. Vamos, que se me antoja la noción de una sangría hecha con Pingus...:-)

M.

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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