“Captar nuevos paladares”

Muchísimas veces, lo mejor de este blog sale con las contribuciones de sus lectores. Así, ayer mi estimadísimo Jose lanzísimo Jose lanzó el siguiente enlace, a propósito de mis dos últimas meditaciones fatalistas:

http://www.verema.com/articulos/509256-consumidores-no-tradicionales-como-captar-nuevos-paladares

Este artículo de Gabriela Malizia, titulado “Consumidores no tradicionales: ¿Cómo captar nuevos paladares?” y publicado en Verema, me dejó erizado y me llevó a sacar un par de conclusiones, a la vez que me motivaba unas cuantas interrogantes.

La más importante conclusión: Jamás podré tomarme en serio ningún producto vínico de ninguna bodega que emplee un “director de marketing” (o cualuqiera de las infinitas variantes de dicho cargo) y que base su estrategia en “estudios de mercado”.

Lo siento por aquellas bodegas a las cuales he manifestado respeto y admiración en el pasado y que empleaban “expertos” de ese orden sin que yo me hubiese enterado. En el momento que me entere, se acabó lo que se daba.

No que tenga yo nada contra los mercadólogos, en principio, pero en el momento en que se convierten en motores de la creación de “vino”, la verdad es que no es bonita la reevaluación que hago de las cosas. El vino de verdad, al menos para mí, es un producto agrícola que debe obedecer primero y por encima de todo, a la naturaleza. Elaborarlo a base de reverse engineering desde el consumidor hasta el viñedo es algo que lo desvirtúa completa e imperdonablemente, lo hace dejar de ser vino para convertirlo en otra cosa.

Los “nuevos paladares” de los que trata el artículo de la Sra. Malizia son los de “jóvenes” y los de “mujeres” a los que la industria argentina (con entrevistas a directores de marketing y propietarios de bodegas argentinas es que se sustenta el julepe) pretende hacer atractivo el vino como bebida social.

Claro, desde un principio se nota una de las más terribles enfermedades del mercadeo a grupos de consumidores: Mientras más agresivo el plan, más reduccionista es del grupo a quien va dirigido, estudiándolo en base a unas cualidades que, necesariamente, fluctúan de individuo a individuo. Este marketing se basa en juicios que, desgraciadamente para el mercadólogo, aplican a una manada, pero no a los individuos altamente diferenciados, con gustos y fobias propias, que componen un grupo humano. Vamos, si tomamos a un grupo de individuos postadolescentes, encontraremos en él diversos perfiles gustatorios en cuanto a la bebida X de cola, pongamos. A alguno le gustará la Cola X “clásica”, con azúcar y efervescencia de la fórmula original. A otros dos quizás les guste la “Cola X Light”, pero a uno porque se siente gordito y no puede darse el lujo de las calorías adicionales y al otro porque sencillamente le empalaga el azúcar. A otro más va y le gusta un chorrito de limón en su Cola X. Y al de más arriba hasta le gusta sin la efervescencia… Claro, tratándose de un producto industrial, la Cola X puede ser modificada a base de aditivos nuevos según vayan surgiendo nuevos nichos de consumo. ¿Pero puede obrarse así con el vino?

Y otra cosa muy importante en esto de “captar nuevos paladares…” Considerando que el vino es un producto agrícola con ciertas limitaciones en cuanto a la cantidad producible, hasta por los más grandes productores, ¿No resulta un poquito raro eso de andar buscando seducir a segmentos enteros de la población, digamos, robándolos del consumo de cerveza? ¿Qué hacen si de repente ganan la batalla y tienen millones de nuevos consumidores cuyo gusto se creó en base a un producto que va etiquetado con añada? ¿Fabricar más vino de esa añada ad infinitum? ¿O deja la cronología de importar en la producción, pasándose sencillamente a “Lote A”, “Lote B”, etc.?

Pero nos complicamos demasiado… Sólo quería sugerir una ruta de objeción a nivel del carácter del producto mismo. Volvamos al perfil de los potenciales clientes a “capturar”. Una cita harto irónica del artículo:

”Jean Pierre Thibaud, dueño de la bodega Ruca Malén subraya que, en especial los jóvenes no se sienten cómodos con los vinos tranquilos. ‘Los chicos, casi sin excepción, rechazan los vinos. Les parecen demasiado amargos, duros, ácidos o astringentes, con un alcohol que les quema la boca. Las burbujas, a las que los acostumbraron las tan populares gaseosas, y el bajo tenor alcohólico de la cerveza hacen que esa bebida les parezca más amigable. Entonces empiezan con ella.”

Cómica me resulta, con respecto al estado actual de la industria tecnovínica, la objeción “casi sin excepción” de estos jóvenes a productos “amargos” o “astringentes”, particularmente porque esa misma objeción la tengo yo a los “vinos” tan dependientes del roble que circulan hoy por hoy. Vamos, que no hay nada como una dosis abundante de roble nuevo (y debemos recordar que otro representante de bodega declara boca de jarro que “el roble es vainilla”, y claro, eso les encanta a los chicos) para impartir una sensación astringente-secante en la boca y, si por desgracia el roble es verdón por lo mozo (como los potenciales bebedores), el amargo no te lo quita ni Zeus. Pero más jocoso aún es lo del alcohol: Considerando la intolerancia de estos “jóvenes” teóricos a la acidez, la materia prima para el producto a crear será más bien de pH alto y un cierto contenido de azúcar. ¿En qué se traduce eso en una vasta mayoría de los casos? ¿Pues en el “alcohol que quema la boca”. Yo objeto severamente a esa quemazón. Vociferantemente, es más. Será que soy “joven” y se me ha olvidado.

Luego los ejecutivos vinícolas citados entran al tema de “las mujeres”, ese otro grupo tan homogéneo. Ahí me resulta curioso que las declaran parcialesa vinos más ligeros (peferiblemente blancos afrutados) por naturaleza, pero que en los últimos años se ha visto entre un segmento de éllas una proclividad a los mismos tintos “estructurados” que antes fuesen la provincia exclusiva de los machos. ¿Les resulta a ustedes tan rara como a mí la dicotomía de “vino ligero versus vino estructurado”? ¿No se confunde ahí un poco la gimnasia con la magnesia? ¿Acaso la ligereza de cuerpo en un vino precluye estrictamente la estructura?

Otra que les dejo ahí, para comentar y discutir…

Hay alguno que otro entre todos estos ejecutivos que ven el enoproducto en plan “big business” que habla de rechazar la producción de vinos a la medida de tal o cual segmento del mercado. Sin embargo, en el mismo trago te sirven lo de que el mercado pide un producto con tal perfil, a tal precio y siempre consistente. ¿Les eludirá la ironía?

Yo, para finalizar aquí ya, que el tema me da picazón en los pies, les brindo otra cita del artículo de la Malizia, ésta de José Manuel Ortega, gerente de Bodegas O. Fournier, describiendo la clientela a la que va destinada la línea “introductoria” de enoproductos de su empresa: “Los ‘Urban’ son vinos muy frutados, con taninos suaves, con la fotografía como concepto de etiqueta y de imagen, con una marca que intenta servir de espejo a ese consumidor: urbano, cosmopolita, sofisticado. Todo está pensado para seducir a este consumidor con su primera experiencia en vino y que más adelante podrá adentrarse en otros estilos de vino más potentes”.

¡Es que tiene tanto materiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaal! Imagínense ustedes a cualquier postadolescente medianamente sofisticado cayendo en ésa… Porque la sofisticación y el cosmopolitanismo real creo que llevarían a cualquiera a huir de un producto tan obviamente calculado, especialmente en un joven adulto que opta por el vino en igual medida por gusto propio que por diferenciarse de la manada cervecero-gaseósica. Hmmmmmmmm… Bueno, y si potencia es el próximo escalafón en la cadena de deseabilidad para el joven consumidor de enoproducto, pues, les tengo un eslogan de lo más sabrosón: “¡Red Bull te da aaaaaaalaaaaas!”

¿Que ya está cogido? Qué pena.

Recuerdo yo mis primeros años universitarios cuando pienso en esos “jóvenes” que tienen todos estos mercadólogos en su mirilla. Estudiaba yo en Miami y uno de mis tintos preferidos en aquel entonces, yo con dieciocho años y utilizando todo tipo de trucos para esquivar la ley norteamericana, que no permite la venta de bebida alcohólica a menores de veintiuno, aunque estos lo que quieran sea un buen vino para acompañar la cena que van a compartir con su noviecita… Uno de mis favoritos era un tinto un tanto rusticón, pero sabroso y, sobre todo, barato. Tenía carácter por los dos pesos que te costaba la botella. Su único problema era su nombre. Se llamaba Gallo North Coast Zinfandel (¡Lo que hemos perdido!” canta un coro de tragedia griega en mi cabeza…) Tremendo vinito, se los juro, más o menos en la misma liga que los Borsaos de aquella época en términos de lo que daba por mi dinerito.

Ahora me pregunto si en Gallo había algún mercadólogo calculando friamente como convertirme en un consumidor asiduo de vinos. Y me pregunto lo que pensaría dicho mercadólogo si nos encontrásemos hoy.

Un videito. Clásico de The Replacements. Lo dedico a esos “jóvenes” del marketing…


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