29 Ago 2007

Tres lecturas (Hay que reir, hay que llorar...)

1.

A diario se repiten en mi mente las inmortales palabras de Ana Bonelly, la tercera esposa de mi tío y definitivamente la más pintoresca de mis tías. Una vez, cuando conversábamos sobre nuestras respectivas frustraciones con la gente y sus cosas, me dijo: “La gente mala e inteligente no es de lo que hay que cuidarse. No hay cosa peor que un morón con iniciativa…” (un “morón”, del inglés moron es un cretino, en puertorriqueño).

Lo que me lleva por esta particular avenida del recuerdo es un artículo que acabo de leerme en el nuevo número de la revista Wine & Spirits, por Fiona Morrison MW. Se titula “The Vintage that Changed Bordeaux” (“La añada que cambió a Burdeos”) y trata sobre 1982 y su incuestionable efecto en el destino del mundo del vino de los últimos 25 años.

Veamos el sumario que hace la Morrison del fenómeno: “Lo que hizo tan exitosos a los 82 fue el que eran vinos sexys. Hizo falta un novato escritor de vinos norteamericano, Robert Parker Jr., que se aferrase al carácter opulento, concentrado y hedonístico de estos vinos. Sin ataduras a ninguna predilección por los burdeos clásicos que hicieran a muchos críticos establecidos dudar de la durabilidad de los 82, Parker causó sensación cuando, en abril de 1983, su joven publicación, The Wine Advocate, anunciara que 1982 era ‘la mejor añada jamás vista en Burdeos’” (Wine & Spirits, Otoño 2007, pp. 50, 51; mi traducción).

Morrison explica que, pese a los atributos que tanto sedujeron al bisoño (y obviamente fácilmente excitable) Parker, “aparecen grietas en el aparentemente perfecto cuadro [pintado por Parker] según los vinos van envejeciendo” (p. 51). Dado el carácter de la cosecha, ell tiempo y la pérdida de la voluptuosidad juvenil en los vinos ha revelado taninos ásperos y poca persistencia en vinos que, en una multitud de casos, no han cumplido con las expectativas de evolución.

La conclusión del artículo es bastante obvia. 1982 fue la añada que cambió a Bordeaux y, muy probablemente, a todo el mundo del vino. Ahí comenzó la “modernidad” como la vemos desde aquí.

Ahora añado yo, elaborando sobre las ideas expuestas por Fiona Morrison: Los bordeleses despertaron a nuevas formas de forrarse de billetes, descubriendo el increíble poder de la mediatización del vino. ¿Y la base de todo eso? Opiniones expresadas demasiado tajantemente, nada más y nada menos que por un entonces neófito. El colmo de la arrogancia por un lado. Y, francamente, el colmo de la idiotez por el otro, pues miren que hay gente que absorbió sin cuestionar en lo absoluto lo de 1982 como paradigma del “burdeos perfecto” y ha seguido los dictámenes de Parker sobre lo que constituye un “gran vino”. Honestamente, aún tras un par de décadas de apasionado aprendizaje sobre vino, a mí jamás se me ocurriría andar declarando “la mejor añada de la historia” en ninguna región. Pero yo soy yo. No tengo la más mínima aspiración de guruismo ni nada que vender en cuanto a vino se refiere. Otros operarán diferentemente.

Parker ha tenido tiempo de hacerse de amplios conocimientos en el casi cuarto de siglo trascurrido desde aquellos pronunciamientos sobre 1982 y Burdeos. Quizás hoy día merezca ser considerado una autoridad, dependiendo del concepto de “autoridad” que uno suscriba. Pero cuando dió aquel golpe que lo cambió todo, lo hizo desde la ignorancia. Habló sin perspectiva histórica y tanta gente se tragó aquello… Es sorprendente. No llamaré a Parker “morón”, pues la verdad es que ha demostrado ser un individuo de gran inteligencia y habilidad mediática, que ha manipulado el mercado hasta que éste parecería girar en torno a él. Parker se ha convertido en una figura de incalculable poder sobre toda la industria del vino—algo que regocija a unos y molesta infinitamente a otros (como yo, que objeto ante toda manifestación de poder que pretende ser absoluto). Aquel juicio inicial, a todas luces no muy acertado, según el tiempo va demostrando, fue el primer paso en un ya largo trayecto de cuyo mérito creo que tenemos derecho a dudar. No. De “morón”, Parker nada. Pero queda el pensar que un inexperto con iniciativa, emitiendo nociones sin más base que su propio chutzpah, fue en gran medida responsable de un tremendo sismo cultural cuyas consecuencias muchos sufrimos hoy.

Yo pruebo burdeos antiguos y no tan antiguos con relativa frecuencia. Puedo aseverar, con un módicum de seguridad, que en términos de calidad, la “modernización” que se cristalizara después de 1982 no ha dado nada que me impresione, especialmente en comparación con aquellos vinos tan supuestamente “verdes” y “mal hechos” de antes de la gran revolución, que aún evoucionan positivamente mientras que las maravillas de la “nueva ola” no acaban de llenar aquel tan cacareado “potencial” que se les adjudicase.

En algún momento tenemos que preguntarnos seriamente: ¿A quién y por qué le hemos dado el poder? ¿No es hora de cuestionar más seriamente a esos “expertos” que andan proclamando cada dos por tres la revolución?

2.

Hablando de revoluciones, está la historia de portada de la nueva Wine Enthusiast, que va de “Investment-Grade Rioja: Discover the New Classics from Spain”. No que ésta sea una publicación a la que yo preste atención, pero mi buen amigo Gerry Dawes me señaló el artículo para que me riera un poco. Se trata de otro panegírico en torno a aquellos vinos que alguna vez llamábamos de alta expresión. Ya saben: Allende, Artadi, Roda, la gama “alta” de Muga, Dalmau y otros tantos productors posmodernos que tienden a darme tiriquito. Resulta que ahora la categoría de los riojas de gran madera, gran extracto, gran alcohol, etc. son llamados por esta revista y, al parecer, por sus propios creadores, los nuevos clásicos.

Mi primera reacción fue un estertóreo “¡Hay que joderseeeeeeeeeeeee!” que dió un soberano susto a Garnacha, mi veterana gata. Luego me dió por considerar esta nueva frase marketiniana que tan descarada me parece. Y llegué al tocho, que dice:

“clásico, ca.

“(Del lat. classĭcus).

1. adj. Se dice del período de tiempo de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, etc.

2. adj. Dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: Que pertenecen a dicho período. Apl. a un autor o a una obra, u. t. c. s. Un clásico del cine.

3. adj. Dicho de un autor o de una obra: Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia. U. t. c. s.

4. adj. Perteneciente o relativo al momento histórico de una ciencia, en el que se establecen teorías y modelos que son la base de su desarrollo posterior.

5. adj. Perteneciente o relativo a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana. U. t. c. s.

6. adj. Dicho de la música y de otras artes relacionadas con ella: De tradición culta.

7. adj. Que no se aparta de lo tradicional, de las reglas establecidas por la costumbre y el uso. Un traje de corte clásico.

8. adj. Típico, característico. Actúa con el comportamiento clásico de un profesor.

9. m. Arg., Ur. y Ven. Competición hípica de importancia que se celebra anualmente.”

-Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, 22a. edición

Aparentemente, los de Wine Enthusiast se han tomado muy en serio estas definiciones de la RAE (aunque en realidad de español no anden muy equipaditos, ya que escriben la frasecilla “nuevos classicos”) y han decidido aplicar lo de la “mayor plenitud” de Rioja a los últimos quince años. Reza el artículo, firmado por un tal Michael Schachner: “…Es el segmento de la historia de Rioja que justo ahora se imprime, el que enfoca los últimos años más o menos, el que debe cualificar como lectura obligada para los amantes modernos del vino” (Wine Enthusiast, Septiembre 2007, p. 30, mi traducción).

Bonito juicio, ¿no? Como dicen por aquí: No time like the present

La cosa es que esta gente, aunque su influencia sea muy menor en el gran esquema de las cosas, me recuerda al Parker neófito y lo del 82 como la “mejor añada de todos los tiempos” en Burdeos. La falta de visión, de capacidad para verdaderamente juzgar las cosas dentro de un contexto histórico-cultural a largo plazo es alucinante.

Vinos como Altos de Lanzaga (de Telmo Rodríguez), Pagos Viejos (de Artadi), Cirsion (de Roda) o El Calvario (de Finca Allende) representan la “revitalización” de la Rioja para el Sr. Schaechner (curiosamente “revitalización” es un leitmotif de esta edición de Wine Enthusiast, donde también hay un artículo sobre la “revitalización” de la hamburguesa) y la definición de todo aquello a lo que la región debe aspirar. Consideremos: “Al final del día es el equilibrio lo que distingue a los nuevos clásicos de lo promedio o lo subestándar. No es suficiente para un nuevo vino el reemplazar los tonos ligeros y los sabores agrios y diluidos del rioja tradicional por colores oscuros, alcohol alto y extracto, porque eso con maceraciones extendidas o traqueteando con la temperatura durante la fermentación” (p. 32).

Me erizo pensando en el tipo de persona que considera de capa clara y “sabores diluidos y agrios” vinos como un López de Heredia Viña Bosconia Gran Reserva 1947, un Marqués de Riscal Reserva 1945, un CVNE Viña Real Gran Reserva 1962, un Monte Real Gran Reserva 1964 de Riojanas, un Castillo de Ygay 1934, un Prado Enea 1991, o un “Centenario” Reserva 1973 de La Rioja Alta S.A., que son, ante todo, claros y excelsos ejemplos de “rioja tradicional” (bueno, okey, el Viña Real puede que haya sido el primer rioja “moderno”, pero en otro sentido) Tal parece que en la escuelita estadounidense de periomarketing (para uan mejor idea sobre este término, ver el interesante artículo “Reporters and Parrots” de Peter Norvig en http://norvig.com/reporters-and-parrots.html) del vino enseñan que para ensalzar un tipo de vino es absolutamente necesario descalificar otro. Y dan puntos extra por hacerlo de la forma más infundada, abstracta y generalista posible.

No sé por qué, creo que esto es evidencia de los ecos más lejanos de aquella revolución que iniciara Robert Parker en abril de 1983.

Antes de pasar a otro orden de ideas que probablemente acabe siendo el mismo, un par de cosillas simpáticas del artículo de Wine Enthusiast. Todos los “nuevos clásicos” citados tienen en común no solamente color, madera y alcohol, sino precios muy elevados: US$105 por el Calvario 2004, US$95 por el Pagos Viejos 2004, US$194 por el Aro 2004 de Muga, US$273 por el Cirsion 2004, US$100 por el Dalmau 2003 de Marqués de Murrieta… Pero no, no voy a reirme de los precios. De hecho, el que me ha hecho desternillarme es uno de los vinos más “económicos” entre loa reseñados, un El Puntido 2004 de una bodega llamada “Viñedos de Páganos”. Pensé que quizás el acento era un error. Pero Google me confirma que la bodega en verdad se llama así. Y no es coña. Esto es llevar lo de “Investment Grade” a otro nivel.

Otro hilarante momentito viene en la nota de cata del Aro 2004, donde dice: “Aro shows gripping tannins and juicy acidity, and overall it reeks of power and precision” (p. 33, mis itálicas para enfatizar). Veamos el otro tocho, que es el American Heritage Dictionary (me decidí a no aplicarles el Oxford English Dictionary, pues la revista es, después de todo, norteamericana):

Reek

“v. intr.

“1. To smoke, steam, or fume.

“2. To be pervaded by something unpleasant: "This document ... reeks of self-pity and self-deception" (Christopher Hitchens).

“3. To give off or become permeated with a strong unpleasant odor: "Grandma, who reeks of face powder and lilac water" (Garrison Keillor)”..

En pocas palabras, to reek=apestar. Un vino que “apesta a poderío y precisión”.

Algunas frases no tienen precio.

3.

La credibilidad ha muerto, viva la credibilidad… Les hablaba el otro día como utilizábamos mis amigos y yo el libro Vintage Wine: Fifty Years of Tasting Three Centuries of Wine de Michael Broadbent para cotejar percepciones de añadas antiguas en Burdeos. Pues llegó a mi buzón un artículo que me ha hecho pensar en tirar el volumen a la papelera.

Al fin ha llegado el escándalo causado por los problemas legales del supercoleccionista-corredor alemán de vinos Hardy Rodenstock a The New Yorker, probablemente la revista de mercado masivo más intelectualmente incisiva que hay en este país. Rodenstock ha sido demandado por el billonario norteamericano Bill Koch, quien le acusa de falsificación de vinos y tráfico de mercancía falsa. El problema gira en torno a botellas de burdeos famosos de 1787 que, alegadamente, pertenecieron al prócer norteamericano Thomas Jefferson y fueron “descubiertas” y vendidas por Rodenstock.

No quiero resumirles más del apasionante artículo que ha escrito Patrick Radden Keefe acerca del caso en The New Yorker. Se lee como una novela de intirgas y, a los que tengan la suerte de leer bien en inglés les exhorto de todo corazón ver http://www.newyorker.com/reporting/2007/09/03/070903fa_fact_keefe, donde la historia aparece en su totalidad.

Hardy Rodenstock (no es su verdadero nombre, por cierto, sino uno que asumió para darse “glamour”) emerge del ensayo de Keefe como un personaje rocambolesco, de motivaciones y operaciones dudosas. El nombre “Hardy Rodenstock” ha aparecido en la obra de figuras de la literatura actual del vino del calibre de Robert M. Parker Jr., Jancis Robinson y Michael Broadbent , siempre retratado como un anfitrión de extraordinaria esplendidez a cuyas megacatas de vinos antiguos e importantes era un honor ser invitado.

El problema es que ahora transpira que muchos de los vinos que servía el Sr. Rodenstock en sus supereventos, repletos de verticales extensísimas de burdeos antiguos de valor incalculable, pueden bien haber sido falsos.

Keefe cuenta de un fin de semana de cata de los de Rodenstock al que asistió Robert Parker. Entre las grandes botellas consumidas estaba un mágnum de Château Pétrus. Parker adjudicó “100 puntos” a este Pétrus, maravillándose ante su frescura y concentración.

¿El problema? Que en Château Pétrus no embotellaron el 21 en mágnums. O al menos no existe revidencia o memoria alguna de que lo hicieran. La botella proferida por Rodenstock para el inmenso disfrute del crítico de vinos más influyente del mundo no podía existir.

Keefe plantea lo siguiente: “Si Pétrus no hizo mágnums en 1921, ¿qué bebió Parker en aquel evento? La nariz de Parker está asegurada por un millón de dólares; parece casi patológico que Rodenstock haya invitado a tal individuo a su mesa para servirle un vino falso…. Pero si el Pétrus 21 de cien puntos de Parker era falso [la osadía de servírselo] quizás no está fuera de lugar. ¿Podría Rodenstock haberse hecho tan experto en hacer vinos falsos que sus falsificaciones eran tan buenas como o mejores que el vino de verdad? Cuando pregunté a Parker sobre esa botella, se apuró a decirme que hasta los mejores críticos de vino son falibles” (mi traducción).

El acusado de timador como artista. Es tentador el prospecto.

Pero no voy a ponerme con especulaciones dobre giros en la trama ni Schadenfreude porque posiblemente engañaran a Robert Parker. En realidad no va de Parker lo peor del caso. Con quien tengo un problema en todo este affaire es con Michael Broadbent, un veteranísimo cronista de vinos por quien he manifestado gran respeto a lo largo de los últimos veinte años, teniendo algunos de sus libros como tomos de cabecera.

A principios de los ochentas, Hardy Rodenstock supuestamente “descubrió”, tras un muro en una residencia parisina (Rodenstock se rehusa a revelar donde está localizada dicha residencia, por cierto), un lote de botellas de burdeos de añadas anteriores a la revolución francesa. Las botellas, junto a marcas como “Lafitte” (se escribía así en aquel entonces) y “Branne-Mouton” (antecesora del actual Mouton-Rothschild) llevaban las iniciales “Th. J.”, anunciando a su ostensible propietario. Rodenstock ofreció en subasta parte del lote a través de Christie’s en Londres. Quien aprobó la “autenticidad” de las botellas fue Michael Broadbent, entonces director de subastas de la famosa casa, el mismo Michael Broadbent cuyo Vintage Wine está lleno de referencias a la “infinita generosidad” de Hardy Rodenstock, quien le dió a probar muchos de los vinos más antiguos y extraordinarios que reseña en el libro.

Las botellas subastadas en Christies en 1985 crearon mucha controversia, particularmente porque historiadores y expertos en la vida y milagros de Thomas Jefferson descartan la posibilidad de que hayan pertenecido al tercer presidente de los Estados Unidos. Pruebas realizadas por científicos han arrojado que algunas de las botellas vendidas por Rodenstock como “Lafitte 1787” tenían dentro vino de cosechas posteriores a 1943. Michael Broadbent, alguien en cuya autoridad yo confiaba, autentificó vinos sin evidencia verdadera y pese a serias dudas expresadas por expertos de gran autoridad.

¿Cuántos eran falsos de entre los vinos antiguos (muchos de ellos “sorprendentemente vivos”) sobre los que Broadbent escribió en Vintage Wine? Quizás nunca lo sepamos. Prefiero la idea de que hayan cogido de bobo a este señor antes de poner en duda su integridad. Pensar que no fue culpa suya, por leve que sea, es un paliativo. Josie lee por encima de mi hombro y me dice: “Este es un momento muy Milli Vanilli…” Reconozco la comparación, aunque hecha en plan jocoso, como válida. Para uno de mis antiguos héroes, adiós credibilidad. Me duele y enfurece pensar en la mancha que esto deja ante alguien como Broadbent. Ya no puedo hablar de “su estatura”. Se ha encogido a velocidad vertiginosa , y eso me entristece. Pero aún más me deprime y hace rabiar el hecho de que yo haya consumido lo que escribía sin desconfiar. Lo cuestioné en muchas ocasiones, pero al final, lo puse en un pedestal. Lecciones de la vida: De ahora en adelante, asumiré siempre lo peor.


-Este servidor de ustedes, con Michael Broadbent a principios del 2005, durante una cena y cata vertical de Vega Sicilia en Nueva York (Foto: Gerry Dawes).-

A MODO DE POSDATA

Hay en el Wine Lovers' Discussion Group en estos momentos un interesantísimo y muy erudito hilo sobre el fenómeno Rodenstock y el fraude en el mercado actual del vino. Vale la pena echarle una ojeada. En él se trata mucho de lo que yo he dicho aquí, e incluso se abordan unascuantas cosas que querré discutir después. El enlace directo al hilo es http://www.wineloverspage.com/forum/village/viewtopic.php?t=10414.

Dentro de ese hilo hay un enlace a un video que no deben perderse, si les interesa lo de la gestión para autentificar botellas. Es una charla de David Molyneux-Berry MW, ex-director de subastas de vino en Sotheby's.

Escrito por: manuel-camblor 4 comentarios 29 Ago 2007 URL Permanente

17 Jul 2007

Combate de veteranos en cartelera extraordinaria, con gurú...

"Soy considerado por algunos como un gurú del rioja".
 
Esta oracioncita comenzó fastidiándome por la voz pasiva, que nunca falla a la hora de joderme. Luego estaba quien la había proferido. Y donde. Eso me quitó automáticamente lo jodido. El chico, francamente, no parecía haber dejado atrás la pubertad hace mucho. Había dicho esto tanto en eRobertParker.com como en Wine Therapy. Vamos, que en aquel momento pensé que o estaba de remate, o tenía gónadas de kevlar, pues emitía opiniones sobre vinos de Rioja con una decisión que pasmaba, y le entraba a los debates más pelús con frescura, un sentido del humor muy peculiar y una insolente valentía que parecía ser producto en igual medida de escasos años en esto y menos batallas aún. Lo mejor de todo es que voluntariamente asumió los peores pleitos con algunos de mis némesis acostumbrados de la internet angloparlante del vino, por lo que yo he podido dedicarme a observar, algo que, a mis años, es mucho más agradable que entrarle a la refriega.
 
El chico me recordaba, en cierta forma, a mí cuando por primera vez comencé a expresar lo que pensaba sobre vino. Pero traté de explicarle que lo de "gurú" es algo que está muy desprestigiado hoy día, pues levantas cualquier piedra y te sale una docena de "expertos" con unas ínfulas impresionantes que en raras ocasiones se ven respaldadas por verdadero saber, no digamos nada de verdadera inteligencia. Además... ¿"Del rioja"? Ya quisiera yo saber exactamente lo que es eso en estos tiempos, cuando tantas cosas extrañas viajan bajo el gentilicio riojano.  Le he prometido al chico llevármelo un día a la región, a beber y comer como se debe. Pero por ahora...
 
No habla español. No. Ni papa. He intentado un par de veces enseñarle la frase más importante del idioma, que es "Que me quiten lo bailao...", pero tiende a salirme con dos crípticas palabras en un acento muy, muy de su Boston: "Wriojah Sontiyagow". No tengo ni la más mínima idea de lo que pueda entender el muchacho por eso, o lo que pueda estarme diciendo, pues las usa en los contextos más inesperados.
 
En algún momento he llegado a asumir que le gusta un cierto tipo de vinos riojanos. De hecho, no obstantes dos o tres barbaridades que ha soltado por ahí, compartimos algunas obsesiones. Le he cogido aprecio en el par de añitos que llevo conociéndole. Compartir mesa, o algún trocito de banda ancha, con él es un singular placer. Lo imagino como comensal en uno de aquellos picnics que hacían André Breton y los surrealistas parisinos en el parque de Buttes Chaumont.
 
Fíjense que a veces hasta le da por defender el Paternina. Incluso ha intentado convencerme de que debo dar "otra oportunidad" al Conde de los Andes.
 
Bueno, creo que es hora, tras semejante tabarra contextualizante, de decirles de quien hablo. Se trata de Joe Perry. No, no el guitarrista de Aerosmith (debemos partir siempre de la premisa de que hay por lo menos dos individuos notorios detrás de cada nombre en la internet del vino. Así existe el tipo que dizque "cubre" España para el panfletín de Robert Parker, un tal "Jay Miller", que comparte ese nombre con mi buen amigo Jay Miller, un hombre con quien, aparte del nombre, no tiene absolutamente nada en común; piénsenlo, cualquier día aparece otro "Manuel Camblor" por ahí y, con suerte, se convierte en mi mortal enemigo).
 
-Joe Perry, gurú del rioja, junto a este Latin Liquidator, servidor de ustedes...-
 
Andaba el Joe Perry que nos ocupa de visita en Manhattan hace dos semanas y nos pareció buena idea una nochecita de vino y comida para jugar un poquito con él. Brad Kane nos consiguió mesa en Il Corso, un emuy bien restaurante italiano que es cliente suyo y que, para mi beneficio, queda a escasos cinco minutos de mi casa. Estábamos los ya mencionados, junto a nuestro Jay Miller y Bob Ross, un amable veterano internauta de New Jersey a quien hasta ahora había leido en la red, pero no había conocido en persona. Para la sobremesa posprandial se nos unieron mi gran amigo Jayson Cohen y su esposa Laura.
 
Iniciamos la festividad con una botella aportada por mí. El Clos des Rochers, Riesling "Grand Premier Cru" (no me lo estoy inventando), Moselle Luxembourgoise, Luxemburgo 2004 se hace notar por no ser para nada ofensivo, que es lo que hubiésemos esperado. Al contrario, su inocuidad es marcada. Huele indiferentemente a té de cardo y agua de azúcar, limón y tiza. Ligero y seco, con algo de verdor en el posgusto, pero no lo suficiente como para que importe.
 
Como yo he venido con más vino que nadie a la cena (no podía decidirme en cuanto a que traer y quería liberar un poco de espacio en mis sufridas Eurocaves...), saco otro blanco, encontrado por casualidad en mi bodega. No tenía en realidad intenciones de dejar envejecer media caja del Nikolaihof, Grüner Veltliner "Hefeabzug", Wachau, Austria 1999, pero ocurrió. Las botellas se quedaron olvidadas y yo crucé los dedos. ¿Cómo andaría este grúner veltliner criado "sur lie"—el vino más baratito y "básico" de Nikolaihof—tras ocho años?
 
Pues la respuesta inmediata es "muy, muy bien" De hecho, anda muy creído de que es riesling. No hay ni rastro de la pimienta blanca que caracteriza a tantos grüner veltliners. Lo que sí hay es una mineralidad extrema, que corta como láser. Savia, aceite de pino, limón, madreselva, lanolina, manzana verde... Una nariz interesantísima, intensa, pero apretada. En boca, la correspondencia es perfecta. Un vino que te despierta completamente. Firme, mineralísimo, complejo, textural, largo... Me sonrío al transcribir mi nota de cata, porque en su momento me costó US$13 la botella y—por un muy feliz error—tengo más guardado.
 
Más de mis blancos: Una botella de un vino con una reputación atroz entre nuestro círculo. El Ferdinando Zanuzzo, "I Clivi Brazan", Brazzano di Cormons, Collio Coriziano, Italia 1999 es el vino del cual más botellas aquejadas por TCA hemos abierto mis amigos y yo en memoria reciente. Alguno, que compró una caja, se encontró con más de seis botellas corchadas. Yo he tenido mejor suerte, pero no por mucho. Cada botella la abro con el corazón en la boca, esperando reencontrarme con la magia que me hizo comprar media caja de esto en el "Real Wine Attack" de hace dos años.
 
Una explicación breve de lo que me atrajo originalmente a esta cuvée de tocai y malvasía de vides de hasta sesenta años de edad: Era una especie de cruce entre un buen Tondonia blanco y uno de esos ribolla giallas de Stanko Radikon que me chiflan. De excelente cuerpo y con una cierta cremosidad, era un vino con una presencia de aromas y una profundidad que me sorprendieron, particularmente porque en ningún momento pesaba. De carácter decididamente oxidativo, automáticamente supe que iba a ser un gusto adquirido para muchos de los que rutinariamente beben conmigo. Pero yo conecté con la muestra de aquella tarde del 2005.
 
La botella de esta noche resultó ser la más cercana de las que compré a mi experiencia inicial. Color dorado medio. Huele a especias asiáticas, cera de vela, heno, miel, salvia, membrillo, pera y naranja rubí, con una infinidad de ecos minerales. Carnoso, con fruta matizada por notas salinas en boca. Larguísimo. Te deja en la boca una sabrosa nota amarga de la naranja rubí con acentos de jengibre y cardamomo.
 
Seguimos con un blanco seco que no aporté yo, una muestra que traía Kane abierta del trabajo del Longboard Vineyards, Sauvignon Blanc, R-u-s-s-i-a-n (el insoportable cibercensor vuelve a las andadas, objetando esta vez al gentilicio de los rusos, que a la vez es el nombre de un río californiano; mira que darle con eso, con tantas cosas más escabrosas que incluyo aquí... Esperemos que los guiones lo engañen)  River Valley, California 2006. Nariz con una dosis algo agresiva de sulfuroso y luego manzana verde, ruibarbo y alguito de pipí de gato. Sencillo, directo, de los que no te mosquea si te lo sirven en un avión. Sorprendentemente buena acidez en un final bastante larguito para un sauvignon californiano.
 
Hay que reconocer que, no importa cuanto lo torturemos,  el joven Joe se porta bien cuando viene a jeebusear con nosotros en Manhattan. Trae buenos vinos, como es el caso de lo que siguió, el Pedro Romero, "Prestige 50: Don Pedro Romero", Palo Cortado VORS, Jerez NV. Bob Ross automáticamente protestó, pues alegaba que tras un generoso de ese calibre, probablemente lo que bebiéramos después no sabría a nada. Yo me preguntaba si en realidad sería yo inmune a sobrecogimientos palatales que precluyeran todo después de un vino intenso. Decidi que no. Pamplinas. Le entré a este fenomenal palo cortado con todo el gusto. Imponente nariz, con aromas de nueces, melaza, té negro, tomillo seco, carne curada, anís estrella y tierra calientes. Compacto en boca, con un ataque preciso. Seco, pero con un deje de suave dulzor.  En el medio de la lengua se abre en un abanico de toffee, avellanas tostadas, té, hierbas secas, especias y muchísimo, muchísimo más. Diría que es largo, pero en realidad me parece que me quedaría corto (pardon the pun). Parecería no tener fin.   
 
Creía que no nos quedaban más blancos secos y esperaba pasar del palo cortado a tintos, pero de repente un camarero nos trajo una botella que alguien había mandado a enfriar y se habíaquedado olvidada. El René & Vincent Dauvissat, "La Forest", Chablis Premier Cru 1995 sorprendió por no haber sucumbido a la absurda epidemia (para pillarle prestada una maravillosa frase al gran Joaquín Sabina, cosa que no me canso de hacer) que sufren los borgoñas blancos de mediados de los noventas. Ya saben, el inexplicable problema que ha conducido a la oxidación prematura de montones de vinos del 95 en adelante que no tenían por que haberse caido tras sólo una década (incluso le ha pasado a otros vinos de Dauvissat, como pueden ver en este artículo de Don Rockwell: http://www.washingtonian.com/articles/restaurants/1744.html).
 
Como dije, este Forest estaba encantado de la vida y muy primario, con aromas de dulce de maíz, manzana, crema de limón y tiza. No particularmente amigable en boca ahora mismo. Muy austero y apretado. Pero vive, lo que en sí es tremendo logro.
 
Nuestro gurucito salió con un CVNE, "Imperial" Gran Reserva, Rioja 1982, por lo de recordarnos que lo suyo es el rioja. Hacía ya tiempo que yo no probaba esta añada del Imperial y me intrigaba mucho el prospecto. Recordaba que el vino me había parecido más maduro, amable, sencillo y directo que el 81 la última vez y me interesaba ver como había evolucionado.
 
Un vino pausado, elegante, que habla claro con voz suave. Térreo, especiado, con aromas de cuero fino, tabaco, sándalo, jamón curado, incienso y un sorprendente nivel de fruta rojinegra. Ligero y redondeado en boca, sedoso. Un vino gentil, de excelente presencia y mucha complejidad. Largo, girando hacia los cítricos en el posgusto, como debe hacerlo siempre un gran rioja de este tipo.
 
Tras el Imperial, gracias a la generosidad de Bob Ross, apareció un Pesquera, "Janus" Reserva Especial, Ribera del Duero 1982. Pura casualidad, un gran 82 de Rioja seguido por un 82 "premium" de uno del más aclamado productor de la entonces emergente Ribera del Duero. Yo, por mi parte, fruncí el ceño. Recordaba como el primer Janus al 86, que había probado en varias ocasiones, cuando vivía en España a principios de los noventas y luego en Puerto Rico y, más recientemente, aquí en Nueva York. Junto al 91, el 86 me había parecido un vino excepcional, particularmente en contraste a aquel 94 que fue para mí una maligna malteada de chocolate y moras y que me la bajó completamente. Pero perdonen la digresión. A lo que íbamos...
 
-Un año, dos vinos, dos historias completamente distintas...-
 
Googleando por ahí, caí en la web de Pesquera, donde sale la historia de la bodega y de esta cuvée en particular. Estaba equivocado. O quizás no. El primer Janus elaborado por Alejandro Fernández fue el del 82. La historia completa aparece en http://www.pesqueraafernandez.com/. Me permito dar aquí un resumen...
 
Alejandro Fernández, muy satisfecho con la calidad de la fruta del 82, tomó la mitad de sus uvas y la vinificó a la antigua, en un viejo lagar de piedra, sin despalillar. La otra mitad de los racimos los despalilló y fermentó en inox.
 
Ambos vinos se vendieron por separado. Pero Fernández apartó 2000 litros de cada uno de los vinos y se decidió a combinarlos experimentalmente en una cuvée con dos caras, una tradicional y otra moderna. De ahí el nombre de "Janus", por el dios romano de dos caras "que miran al pasado y al futuro".
 
Tras todo el relato del Janus 82, del cual tenía yo una botella delante en Il Corso, la web de Pesquera declara: "El primer 'Janus' -el del 86, del que sólo hubo 6.000 botellas- vio la luz en Otoño de 1.988".
 
¿O sea que el 86 fue el primero en comercializarse? ¿Entonces qué hacía este 82 ante nosotros? ¿Un "lanzamiento tardío" de la bodega? Poco sentido tiene esa idea si aún la web declara el 86 como "el primero". ¿Sería ésa una botella fraudulenta? Las dudas son muchas. Pero bueno, al vino...
 
El color es un granate medio con centro oscuro y borde teja. La nariz resulta sorprendentemente... ¡Riojesca! Pero, a decir verdad, no noto la profundidad ni la elegancia del Imperial. Huele a coco tostado, caramelo, hojarasca y arándanos secos. En boca resulta hueco, bastante desecado ya en el posgusto. No hay frescura acídica ni nada que te agarre para hacerte reconsiderar lo que te ha pasado por la boca. No está muerto, pero, como diría un gran amigo mío, "pa'llá es que va con tó el pie".
 
No había comparación entre el Imperial y el Janus. El Imperial comienza a vivir. El Janus, por el contrario, está en decadencia acelerada. Pienso en lo que es la estructura de un vino como éste y quizás es que no es suficiente para durar un cuarto de siglo. Pero no puedo extender eso a toda Ribera del Duero. Si lo hago, ¿cómo explicar la canitdad de extraordinarios vinos antiguos de Vega Sicilia con los que me he topado? Y hay que pensar que tanto el Janus 86 como el 91 estaban vivitos y coleando cuando lso probé por última vez, no hace tanto. ¿Cuánto tardarían en caer, si vamos a tomar este 82 como evidencia? No ofreceré conclusión alguna aquí más allá de esta apreciación: Con mi copita del Imperial me quedé para acompañar el delicioso estofado de conejo que tenían como especial del día en Il Corso. Joe Perry hizo lo mismo. De hecho, creo que la mesa entera...
 
Continuamos nuestra orgía vínica con otro que traje yo como "novedad". Era el Savanna Samson, "Sogno Uno", IGT Lazio, Italia 2004, el vino elaborado bajo el nombre de la diva del "cine adulto" Savanna Samson (para gente mayor de edad, de ideas flexibles y no dados a crisis cardiacas de orden moralista, hay una modesta muestra de la muy reconocida oeuvre de la estrella en la página http://photos.freeones.com/s_babes/Savanna_Samson_003/ ). A Bob Ross le llamó mucho la atención la botella y pidió llevársela a casa al concluir la velada, a lo que accedí gustoso.
 
-Sogno Uno 2004 de Savanna Samson. Un dato curioso sobre estevino es que es el más variable en cuanto a precio que me he encontrado en los últimos tiempos. Lo he visto a precio tan alto como US$40 y tan bajo como US$15, una fluctuación verdaderamente tremebunda.-
 
Una botella de este vino (coupage de casanese, sangiovese y algo más que se me olvida)  que había abierto anteriormente me había agradado suficientemente, si bien no era nada del otro mundo. Era un tinto de cuerpo medio, con fruta vivaz y agradables notas térreas de fondo. Pero lo que probamos en Il Corso casi todos nos lo encontramos horrible. En principio, era el mismo vino ligero y afrutado, pero esta botella tenía una nota de carbólico que molestaba bastante, aparte de un extraño aspecto de hierro oxidado. Me atrevería a aseverar que había un problema de acción biológica inesperada en esta botella, pero no por ello voy a condenar el vino para siempre. Como se dice por ahí: "No judgment".
 
Seguimos con algo traido por Jay Miller para agasajar al "gurú del rioja", que también gusta de ciertos borgoñas. Lamentablemente, esos borgoñas tienden a ser algunos de losque yo no tolero. Por ejemplo, el Comte Georges de Vogüé, Bonnes Mares Grand Cru 1993... Un mejunje raro y torpe de extracto de hinojo, caramelo y bombones de cereza. Se siente una nota compostada de fondo. El grupo entero  me instaba a tener paciencia, a llevarme lo que sobrট a casa y probarlo en dos o tres días. Pero no. Mi experiencia con vinos más viejos aún de esta casa me dice que sería inútil el ejercicio y mi nevera está llena de biberones.
 
Más: Un Chivite, "Colección 125" Reserva, Navarra 2001 se presentaba ligeramente reductivo, con olor a potaje de chícharos como precursor a otras peculares pestecillas. Cuando éstas se disipan, aparecen chocolate, café y crema de vainilla en abundancia quizás mayor a aquélla con la que puedo sentirme enteramente cómodo. Buena fruta (cereza, frambuesa, ciruela roja). Apretado en boca, tánico y muy primario. La cantidad de roble, aparentemente nuevo, me parece un poco molesta ahora mismo. No recuerdo tanta madera en ejemplares de años anteriores a la misma edad. Pero bueno, esperemos que integre. Posgusto moderadamente largo.
 
Muy poco rioja le habíamos puesto al joven aprendiz de gurú (perdón por tanto sabineo, pero es que es casi inevitable...). Pero apareció un Muga, "Prado Enea" Gran Reserva, Rioja 1998 para arreglar un poco la cosa. Lástima que resultara un gran desencanto. En un principio, pensábamos que el problema era un exceso de madera. Pero tras un poco de discusión, el consenso fue que al vino le faltaba fruta y estructura natural como para sostener la barrica. Una pena y, francamente, el segundo desengaño seguido para varios de nosotros con las más recientes añadas de Prado Enea, un vino que históricamente seguíamos con asiduidad.
 
Me quedaba una última botella de tinto en la bolsa. La saqué porque en realidad no me apetecía volver a casa con élla. Era el Val Llach, "Embruix", Priorat 2000. Este vino lo había probado hace tres años junto a Brad, Jay y otros enómanos amigos. La conclusión que sacamos fue que nos gustaría darle un par de años. Y aquí estaba, con el par de años... No me queda claro si éste es el segundo o tercer vino en la jerarquía de la bodega, pero recuerdo que fue el que más me agradó de los que probé de ellos, el menos emperifollado y más prometedor para una comida. Y creo que nos quedamos cortos en nuestro estimado de evolución, pues está igualito... Potente frutosidad negra con sobretonos de pizarra, anís y tomillo. Un vinazo completamente inapropiado para una noche de verano, pero bueno... Funciona. Poderoso y tánico, amplio y largo. Un vino que habla ronco y pisa fuerte, pero que a la vez muestra suficiente detalle como para mantenerme interesado.
 
Continuamos conversando en la mesa buen rato, disfrutando el único vino de postre que a alguien se le ocurrió traer, que fue el Huet, Clos de Bourg Moelleux "1ère Trie", Vouvray 1997. A sus diez años de vida, es un crimen abrir esta botella, pero lo hicimos. La nariz es brillantemente acaramelada, con notas de polen, albaricoque, minerales, mazapán, piedras trituradas y laurel. Un vino muy compacto en boca, apretadísimo. Ha dejado atrás ya su carnita de bebé y ahora es todo músculo y nervio, con un posgusto muy, muy "crujiente". Larguísimo. La próxima botella, para dentro de veinte años, por favor...
 
Transpiró algo sobre que Joe se regresaba a Boston esa misma noche, pues debía trabajar al día siguiente. Con razón no había estado bebiendo casi nada en toda la noche, limitándose a catar. ¡Juventud, divino tesoro! Porque a mí, si me pones una pistola en la cabeza para obligarme a viajar cuatro horas—en el vehículo que sea—después de una de éstas, probablemente... Pero bueno, será que los gurús tienen que practicar lo de la resistencia física. Ya podremos, los que hemos compartido con Joe estos momentos, decir en el futuro que le conocimos "en aquel entonces", antes de que saltara al estrellato guruístico...

Escrito por: manuel-camblor 22 comentarios 17 Jul 2007 URL Permanente

11 Jul 2007

"...Una tarde de sol" 5: Quintetos rosados y yo con mentalidad de spa

 
Como se habrán dado cuenta tras cuatro entregas de notas de cata de rosados recientes, me gustan mucho los rosados... Aprieta el calor y, la verdad, la rotundez de mis líneas requiere que cocine más "light" en casa, o sea que el momento es ideal. Tengo que adelgazar unos 20 kilos, por lo que podrán imaginarse que estoy muy cambiado de actitud, y eso va a reflejarse en el blog. Habrá mucho vino ligero y bonito, como los platos de la versión de "spa cuisine" que me propongo. El color lo pondré a verbazo limpio...
 
De compras por ahí en diversas tiendas de vinos de Manhattan, me he dado cuenta de algo curioso: Los rosados franceses e italianos dominan la selección por mucho. Es más, por muchísimo. Si vas buscando rosados españoles, te encuentras sólo unos pocos, y siempre de las marcas "seguras" de siempre. No que esto sea malo, pues en casos como los de Chivite, Muga y CVNE los vinos son sumamente consistentes año tras año y se mantienen a precios competitivísimos.
 
Pero escucho y leo muchísimo sobre rosados españoles "serios", que andan haciendo olas allá. Y debo decir que acá brillan por su ausencia. Quizás es que las producciones son minúsculas. Quizás es que lso importadores no quieren trabajar de más con vinos que conisderan "de temporada". No sé.
 
En fin, quinto capítulo, pues vamos de quintetos...
 
El quinteto del Loira:
 
Christian Lauverjat, "Moulin des Vrillères" Rosé, Sancerre 2006: En lo que llegan los rosados importantes de Sancerre (los de los primos Cotat y Lucien Crochet), uno nuevo en nuestro mercado... Color fresa medio-profundo con destellos naranja y lila. Es un vino que pasa por varias metamorfosis en la copa, a nivel de los aromas. En un principio, es tan exuberante que me hace pensar en maracuyá y toronja rosa. Luego va experimentando una contracción aromática a
fresa con sobretonos de sandía y arándano, la misma toronja rosa, naranja y cereza. Pero esta contración no es algo negativo. Sencillamente, el vino pierde capas no esenciales. En boca hay cítricos potentes y fresas. Lo curioso es que
todas las transformaciones son frutales, literalmente, pues no encuentro mineralidad alguna. Puede que éste sea parte de una nueva ola de sancerres rosados que enfocan fruta más directa sobre las sutilezas especiadas y la potente mineralidad de los vinos a los que estoy acostumbrado. De por sí, esto no me desagrada, pues el Lauverjat mantiene una admirable pureza. Una escuela diferente de sancerre rosé a considerar.
 
Bernard Baudry, Rosé, Chinon 2006: Si hubiese catado este vino a ciegas, probablemente lo habría confundido con un buen rosado de pineau d'aunis por un potente perfume que no tarda en definirse como de un buen habano de los que alguna vez mis médicos me permitieran fumarme. Concretamente, huele como un Partagas "Serie D" No. 4, que era mi tabaco de diario antes. Nunca me había pasado que un vino generara en mí una memoria tan específica de una buena fuma, pero éste lo hace. Por debajo del tabaco la fruta es muy pura y en cuanto el vino respira un rato, te das cuenta de que es cabernet franc. Firme en boca, hasta un poco austero. Perfectamente seco. Pero tiene mucho encanto, particularmente por las sutiles notas salinas que emergen en un posgusto largo y etéreo, con bonitos hilvanes de fresones y naranja.
 
Château Soucherie-P.Y. Tijou, Rosé de Loire 2006: De uno de mis productores favoritos de Savennières, un rosado de precioso color fresa con destellos cobrizos que se comporta muy como esos savennières que me chiflan. Probablemente el rosado más austero que conozco en la región, esto es angular hasta más no poder. Hay mucha fruta (fresa, arándano, toronja), pero se muestra completa y absolutamente seco y mayormente mineral en nariz y boca. Salino, apretado y, para mí, francamente delicioso. Un rosado que, si a uno le diera por ésas (o sea, propuestas de maridaje medio surrealistas), podría beberse con ostras.
 
Domaine de la Petite Mairie, Rosé, Bourgueil 2006: Un rosadito color salmón claro, con una nariz muy peculiar de cemento mojado, azahar, ciruela roja, nuez moscada, fresa, té de manzanilla y canela. Interesante. Todo se manifiesta en susurros y sin particular orden. En boca entra con una nota dulce de fruta de hueso (mirabeau, quizás), que luego pasa a manzana, para desembocar en cítricos y una nota salina de fondo. Buen largo. Suculento. Fresco. Me dejo llevar del gusto y, antes de darme cuenta, ya me he tomado media botella con unas almendritas españolas que compré en la bodega de la esquina.
 
François Cotat, Rosé, Chavignol, Sancerre 2005: Predeciblemente, este gran rosado de color entre piel de cebolla y salmón está cerrado a cal y canto. Le toma casi dos horas (la duración de The Last King of Scotland, dicho sea de paso) comenzar a soltar algo. Huele a cáscara de ciruela, cereza, fresa, aspirina triturada, cardamomo y membrillo. Un vino serio de principio a fin. Te habla de "usted" y "tenga" todo el camino. No coquetea. No entiende de jarana. No nada. Te mra a los ojos y te hace sentir como porquería porque lo abriste antes de tiempo. En boca hay naranja, fresa, membrillo y una potente vena calcárea y acídica. Un vino primario, hermético, que sacrifiqué en vano. Largo, pero demasiado apretado. Necesita tiempo.
 
El sexteto del sur de Francia
 
 
Domaine Lafond, Roc-Epine, Tavel 2005: Un recordatorio de por que nunca me han convencido los rosados de Tavel, y por que, cuando alguien me dice que es "la apelación emblemática del rosado francés" tiendo a ponerme bastante pesado. El color es entre fresa y ketchup, con un brillo cobrizo. La nariz comienza agradablemente, con bonitos aromas de lirios, violetas y claveles que, re repente, meten un extraño viraje y comienzan a oler a espárragos al vapor. Además hay grosella, granada y frambuesa. En boca es de cuerpo medio, con fruta golosa y lo que menos me gusta en los tavel que he probado a lo largo de mi vida, que no falla y te ataca a medio paladar, un golpe alcohólico en el que, muy rápidamente, se acaba todo. 
 
Guibert de la Vaissière, Brut Rosé Frizant, Mas de Daumas Gassac NV: Conocen a Aimé Guibert, de Mas de Daumas Gassac, por el film Mondovino. Si mal no recuerdo, es el señor que dijo aquello de que "el vino ha muerto". La verdad es que la gente, ante las cámaras, dice cada vaina... En fin, que éste es un espumantito rosado del sur de Francia, sencillo, afrutado y sin más pretensión que la que acompaña a su nombre patronímico. Huele a fresas, frambuesas, ciruelas y melocotones, con sutiles notas de especias. Sabe a lo mismo. En boca, la burbuja es gruesa, pero el vino es cremoso y suculento. Bonita acidez de toronja en un posgusto medio. Simple. Olvidable. De hecho, no he probado nunca, a decir verdad, un vino de Mas de Daumas Gassac que me haya resultado extraordinario y memorable. En realidad, estamos hablando de una reputación cuyas bases no puedo realmente reconocer.
 
Le Galantin, Rosé, Bandol 2006: un rosado de Bandol de un estilo más ligero. Color piel de cebolla con destellos frambuesa. Sencillo y muy fresco en boca. Fresas purísimas con notas de mineralidad arenosa y un susurro de lavanda. Muy buena acidez y persistencia. Un sabroso rosadito que, por añadidura, a $16 se vende más o menos a la mitad de lo que cuestan los bandols rosados más renombrados como Tempier y Pibarnon.
 
Domaine Gaujal de Saint-Bon, Rosé, Vin de Pays des Côtes de Thau 2006: Cuvée de 85% cinsault y 15% syrah de este domaine de Languedoc, casi famoso por sus deliciosos blancos de picpoul. Huele interesante, con ciruela roja, fresa, manzana, uva... Todo con leves dejes de pegamento, hojas secas y azahar. También algo de orégano seco. En boca es ligero, con los aromas convirtiéndose en sabores. Lo casi cómico es que hay una nota al final que hace el todo parecer como si hubiese sido endulzado con un poquito de sacarina. Tiene algo de pasas doradas, también. Posgusto corto. Un vinito muy fácil, para beber con una trucha a la brasa sobre ensalada de lentejas.
 
Domaine Tempier, Rosé, Bandol 2006: He aquí por qué nunca he acabado de estar satisfecho con el rosado de Domaine Tempier: Se vende entre los US$26 y los US$38, dependiendo de lo locos que estén en la tienda adonde vayas. Y, la verdad, es que nunca acaba de ser un vino lo suficientemente excitante como para justificar esos precios. Color entre rosa inglesa y salmón. Nariz térrea, con fresa y naranja en el medio y notitaa de cardamomo y azafrán en el fondo. Igual en boca. Redondo, suculento y sabroso. Buen largo, con acidez firme y taninos suaves. Pero, la verdad, el Galantin del otro día cuesta la mitad. Dejo la elección a la economía personal de cada quien.
 
 
El quinteto español
 
Chivite, "Gran Feudo" Rosado, Navarra 2006: Otro de los más tremendos valores en el vino español, el rosado de Chivite siempre es excelente y—¡sorprais!—se ha mantenido muy, muy módico de precio en los ya más de tres lustros que llevo conociéndolo y disfrutándolo. Pensar que se consigue un vino de esta calidad por menos de US$8 es lo que me hace rebelarme aún más virulentamente contra los ridículos precios que pagamos acá por el vino. El color es un cruce entre coral y frambuesa, brillante, muy atractivo. Recién descorchado, la nariz no es mucho. En boca hay sabrosa fresa, arándano y grosella en un marco de peso medio, con muy buena acidez y una agradable nota amarga al final, como cuando uno chupa una semilla de melocotón o ciruela—o sea, tánica. Sencillo y sin muchas pretensiones, este es un rosado que va de perlas con una ensalada de papas nuevas, rúcola, aceitunas negras, rayaduras de bulbo de anís y ventreca de atún. Abierto tres días en la nevera, la nariz se hace mucho más elocuente y atractiva y el vino no pierde absolutamente nada de frescura.
 
Verasol. Rosé, Campo de Borja 2006: Declara ser una "José Pastor Selection" importada por "Vinos & Gourmet, Inc.". Ambos nombres son 200% extraños para mí, pero bueno, así es Nueva York.... Siempre te aparece gente nueva, quizás con cosas interesantes... Aquí tenemos, para robarle una frase a mi amigo Joan Gomez Pallarés, n rosado muy en plan de clarete. El color es frambuesa orofundo. En nariz,, muy atractiva: Fruta con matices de cereza, frambuesa y zarzamora de aire ligeramente confitado. Sencillo en boca, con buena acidez. No requiere pensárselo mucho y va perfectamente con unos pinchitos morunos servidos junto a ensalada mediterránea de tomate, pepino, pimiento verde, aceituna, cebolla, garbanzos y menta con una simple vinagreta de limón verde y un tremendo aceite de oliva griego.
 
CVNE, Rosado, Rioja 2006: Otro valor superconsistente del Barrio de la Estación, el rosadito de CVNE nunca me ha decepcionado, pues no le pido mucho más que refrescarme cada verano. Color entre fresa y frambuesa, luminoso. Sencillo de aromas: Sandía, fresa y frambuesa con un aire dulce. Pero en boca es seco, aunque sí, muy afrutado. Jugoso, directo, con sabrosa acidez y muy buen largo.
 
Bodegas Nekeas, "Vega Sindoa" Rosado, Navarra 2006: Cuvée de mitad garnacha y mitad cabernet sauvignon. El color es coral-frambuesa, bastante profundo, pero con brillo. Huele y sabe a fresas, sandía y manzana, con una nota melosa y otra, más sutil, de hierbas secas. Sencillo, corpulento para rosado, con acidez decente y un amarguito final medio medicinal. No me desagrada, pero no es algo que buscaría activamente en el futuro si tengo opciones más ligeras yrefrescantes.
 
Juvé y Camps, Brut Rosé, Cava NV: Color fresa profundo. Nariz de masa de pan, frambuesa, cereza y crema de vainilla, con interesantes notas salinas. Promete. Lástima que en boca se queda bastante plano y corto. Cáscara de manzana, cereza... Pero los sabores dan un golpe y se quedan ahí. Bromeamos Josie y yo que la San Pellegrino que tenemos sobre la mesa tiene más o menos el mismo nivel de posgusto. Bueno, no, porque, a decir verdad, aquí se te queda una nota acídica que persiste un poquitín. Un vino que me recuerda aquel dicho que había ne Santo Domingo cuando yo crecí: "Cuerpo de tentación, cara de arrepentimiento". Pero en este caso no sé qué es el cuerpo y qué es la cara. Y además, el problema no arrepentimiento, sino aburrimiento.
 


Escrito por: manuel-camblor 15 comentarios 11 Jul 2007 URL Permanente

05 Jul 2007

Iberoamérica en cata #3: El día del blog

¡Tremenda comunidad que somos para montar un buen guateque, señoras y señores! ¡Y pensar que ya vamos para el tercer capítulo! Iberoamérica en cata: El día del blog ha sido todo un éxito ya en dos ocasiones, y espero que continuemos como vamos... La segunda convocatoria, presentada por SobreVino, tuvo como tema algo muy amplio: Vinos de países no iberoamericanos. Por ser el primer bloguerillo de entre el contingente americano en colgar mi reportaje para el evento, cae sobre mí llamar al próximo festejo.
 
Allá vamos.
 
La fecha: ¿IEC #3? ¿Pues por qué no agosto 3? Eso cae viernes, queridos amigos.
 
La hora: Como siempre, comenzaremos a las 00:00 horas de Madrid y nos extenderemos hasta las 24:00 horas.
 
Los participantes: Todo el que escriba un blog en español con el vino como tema, sin importar que sea tema principal u ocasional. Además, me permito yo también extender la invitación a todos nuestros amigos franceses, italianos, portugueses, brasileños, británicos y norteamericanos con cierta inclinación a comunicarse en español de vez en cuando.
 
Y el tema: Aquí es donde he de ponerme imaginativo. Ayer introduje aquí en mi blog un ensayo sobre terroir (ver debajo, artículo anterior y subsecuente discusión). Para quienes han vivido aislados de los debates sobre vino en los pasados 100 años, terroir es una noción francesa que en nuestro idioma traduciríamos literalmente como "terruño"—pero que pretende significar mucho más que nuestro vocablo—y  que se refiere a la tipicidad de un vino proveniente de un lugar específico. Se dice de un vino que tiene "terroir" cuando expresa claramente su origen en la medida en que muestra la incidencia de un clima, un suelo, una exposición y una tradición vitivinícola particulares. Es un tema harto controvertido. Hay quien—como yo—cree que la expresión de terroir es parte elemental de todo buen vino. Hay también quien considera el terroir una patraña romántica, o una burda estrategia de mercadeo..
 
Mi idea para esta IEC #3 es probar vinos que entendamos como muestras claras de terroir. O vinos que nos hayan sido vendidos en base a terroir. O vinos que creamos excelentes, pero que prescinden completamente de cualquier reclamo de terroir y, por ende, demuestren la irrelevancia del término en la definición de un gran vino. Como creo que los vinos de terroir no se limitan a Francia, ni a ninguno de los otros países europeos que hasta ahora han monopolizado el concepto, les propongo elección libre alrededor de la idea de terroir, para lograr una cata de "Terroir (o anti-terroir) en todo el mundo". Podemos verla como una extensión de aquel primer tema de IEC propuesto por Joan Gómez Pallares, cuando exploramos carácter varietal. Ahora, ¡pa' la tierra!
 
No estableceré límite de precio para los vinos a catar. Lo dejo al mejor jucio de todos ustedes, pero sugiero no alejarnos mucho de los 15-25€.
 
¿Quién será el próximo? Pues no sé. Ya veremos. Lo someto a generoso voluntariado.

Escrito por: manuel-camblor 20 comentarios 05 Jul 2007 URL Permanente

04 Jul 2007

Mis ideas sobre el terroir...

 
En el último mes perdí la cuenta de las páginas que leí sobre el tema del terroir. Sé que escibí 17 justas. Me parecieron demasiado para leer en un blog y, además, bastante torturadas en cuanto a exposición. Sin pensármelo dos veces, las descarté. Así mismo: Les dí "DELETE" sin piedad.
 
Mejor comenzar otra vez.
 
 Un nuevo eslogan de Starbucks, al que llama nuestra atención Mark Lipton en Wine Therapy (el hilo se titula "Terroir Goes Corporate"), resulta en iguales medidas hilarante y alarmante: "Geography is a Flavor™". Mark señala, muy acertadamente, que lo más curioso es el simbolito de "™" después de la frase, indicando que ésta es una marca registrada. Starbucks, un megagigante corporativo que ha logrado colocar sus tiendas de bebidas a base de café mediocre en casi todas las esquinas de todo el mundo civilizado, está intentando posesionarse de una versión de "terroir".
 
Antes de ir más lejos, y por lo de la full disclosure, como se dice aquí, debo anunciarles que yo creo en el terroir. Lo he sentido en algunos vinos. Y he notado su ausencia en otros. Creo poder reconocer la diferencia cuando tengo uno u otro vino delante. Para mí el terroir es, para utilizar una analogía medio rara, como el funk. O lo tienes, o no lo tienes. La frasecita "abogado del diablo" me jode infinitamente, pues implica una especie de falsa imparcialidad, o el más absoluto cinismo. Yo sé donde están mis lealtades y lo declaro abiertamente. Que una megacorporación multinacional como Starbucks pretenda impregnar de "legitimidad" sus productos en base a terroir me motiva a pensar en muchas cosas. De bogados y de diablos, aquí, nadita de nada.
 
La motivación para escribir y reescribir estas páginas me vino de un comentario de nuestro amigo chileno Felipe Méndez, que me pidió mi opinión sobre ensayos publicados en el New York Times, uno por Harold McGee y Daniel Patterson y el otro por Eric Asimov en su blog "The Pour".
 
McGee y Patterson, en un artículo considerado por muchos como bastante provocador (pueden encontrarlo, si no lo han hecho aún, en http://www.nytimes.com/2007/05/06/style/tmagazine/06tdirt.html?ex=1183694400&en=8585e487fe35c22a&ei=5070), descartan el enlace estricto de la idea de terroir con el suelo. Parecerían, como bien dice Asimov en su entrada de blog, abogar por un concepto más complejo de terroir, que incorpora al hombre como elemento igual de crucial que la geología, el clima, etc.
 
Entre las respuestas al blog de Asimov hay una con la que concurro plenamente. Su autor, que se firma como "Sommelier" define "terroir" de la siguiente forma: "El terroir es mucho más que la mera composición química del suelo, y mucho más que lo indicado por el término norteamericano 'microclima'. El terroir incluye todo lo que hace único a un lugar particular: La ocmposición del suelo, la pluviometría, el drenaje, la elevación, la pendiente, la orientación con respecto al sol, las horas de exposición solar, los grados de calor, la fuerza del viento y al humedad que acarrea, la distancia a un cuerpo acuático, la niebla... Cuando mis colegas y yo catamos borgoñas, la diferencia entre vinos, incluso de viñedos vecinos, es frecuentemente muy notable, hasta cuando lso vinos son productos de un mismo elaborador. Negar la diferencia entre esos vinos no es cuestión de opinión, sino señal de inexperiencia o de un paladar pobre" (Mi traducción, el original aparece en  http://thepour.blogs.nytimes.com/2007/05/10/terroir/).
 
A lo que digo yo: ¡Bravo! Chapeau, Mr. Sommelier, chapeau.
 
Otra cosa que admito libre y rápidamente es el tener muy poca paciencia para quienes pretenden descalificar la idea de terroir como (a) una patraña romántica de tradicionalistas y reaccionarios, o (b) sencillamente una perniciosa y singular estrategia de marketing. Si creer ciegamente es malo, igualmente lo es descreer. En ambos casos debe haber o alguna experiencia personal que respalde la creencia o su ausencia o, si posible, alguna prueba científica.
 
Hablando de pruebas científicas... Una actitud imperante entre los que tildan de patraña lo del terroir es descalificar la existencia de sabores y aromas minerales en el vino. "No hay manera de demostrar científicamente que los componentes minerales del suelo afecten el perfil de un vino", va el sonsonete.
 
Para mí, esto no solamente descarta la posibilidad de que un vino exhiba aromas y sabores minerales (como exhiben aromas de hierro algunos saint-émilions y pomerols, o como exhiben aromas de conchas trituradas algunos chablis, o pizarra algunos prioratos y rieslings del Nahe; fíjense que no quiero entrar en Borgoña para que no se me acuse de que los "terroiristas" todos nos acostamos del mismo lado), sino que también resulta medio irrespetuoso en cuanto a la capacidad de avance de las ciencias. El que no se haya descubierto científicamente la forma en que aparecen en ciertos vinos aromas minerales asociados a los suelos de origen de dichos vinos no quiere decir que un día de estos algún geólogo, botánico, microbiólogo u otro científico no diga "¡Eureka!"
 
¿Hay alguna hipótesis que me haga pensar así? Pues me leí esto en un artículo de David Schildknecht en The World of Fine Wine: "El terroir es inherentemente inclusionista, si no prosaico. El metabolismo de cualquier planta se ve influenciado por su entorno, lo que a su vez afecta el sabor de sus raíces, hojas y frutos. Cualquier persona con suficiente experiencia en cultivar vegetales o recoger bayas sabe esto. La influencia del terroir en el sabor del vino debe surgir de esos mecanismos—por mal comprendidos que sean—a través de los cuales el suelo y la exposición a los elementos influyen en el metabolismo de la vid, pues ningún sabor puede transmitirse a la uva salvo que sea por mediación metabólica" (David Schildknecht, "Terroir Is Where th Hearth Is", en The World of Fine Wine No. 14, p. 73; mi traducción).
 
 
También encontré algo en un artículo de Rupert Joy en Decanter titulado "Terroir: The Truth": "[Claude] Bourguignon (científico especializado en suelos y su microbiología) cree que microorganismos en el suelo, en particular los hongos llamados micorrizas [N.B. Para una explicación de lo que es una micorriza: http://es.wikipedia.org/wiki/Micorriza] son la clave de la expresión del terroir. (Declara Bourguignon): 'Son las bacterias las que permiten a las raices de la vid asimilar nutrientes, así que es imposible distinguir entre vinos de diferentes terroirs si ek suelo está biloógicamente muerto. Es por eso que el papel que juega el terroir divide a los científicos. Nunca consideran el nivel de actividad biológica en el suelo'" (Decanter, julio 2007, p. 45, mi traducción).
 
Claro, es especulación. Pero ¿no les da curiosidad? Pensemos en una cita de Lalou Bize-Leroy que aparece con el mismo artículo de Joy: "Felizmente, nadie ha mostrado aún que ciertos elementos en el suelo impartan particulares características al vino. Pero la ausencia de tal conocimiento no es razón para negar que cada vino posee su propia tipicidad" (Decanter, julio 2007, p. 51, mi traducción). No me explico lo que pueda querer decir Mme. Bize con que la falta de demostración es algo "feliz". Pero bueno, da en un clavo interesante: Menciona tipicidad, elemento crucial en la identificación de todo terroir.
 
Algo muy curioso es que, aunque aparezca tanta gente que pretende negar la existencia de terroir, hay hoy día una proliferación inmensa de vinos de pago. Entras en una tienda de vinos y no das tres pasos sin encontrarte con una etiqueta que ponga "Pago de esto" o "Aquello Vineyard" o "Vigneto dellotro". Incluso, como señala Eric Asimov, en California se dan muchos vinos elaborados de fruta proveniente de determinados bloques de un viñedo prestigioso. Al dar tal prominencia al nombre de un pedazo de tierra cultivado y utilizarlo como "marca de calidad", incluso en tiempos en que la noción de terroir es controversial, ¿qué hacemos si no validar que hay tierras y tierras, hay terroirs y terroirs? El vino proveniente de un viñedo tan señalado (tiene nombre y apellido, ¿no?) deberá ofrecer consistentemente características propias, una tipicidad que diferencie su provenencia de cualquier otra. ¿O no?
 
Caigo, con esta pregunta, sobre los que condenan el terroir como "estrategia de marketing". Se habla de que es un invento de ciertos elementos franceses para aumentar el valor de sus tierras, ensalzando cualidades inefables de los vinos que producen y señalando que "eso solamente se da en mi parcela". Lo que tiene mucho de verdad. Incluso, podíamos dedicarle otra tarde enterita a hablar de las leyes que rigen las designaciones de terroir en Francia, y como algunos viñedos borgoñones de nivel grand cru que quizás no merecen—tomando como evidencia los vinos que dan—tal designación, mientras que hay premiers crus que merecerían de sobra un ascenso O podríamos dedicarnos a explorar las diferentes interpretaciones de "terroir" que hay de una región francesa a la otra, por ejemplo, de Borgoña a Burdeos, de Burdeos a Alsacia, de Alsacia a Champagne...
 
Lo extraño—o, ocmo se verá, no tan extraño—es que la mayor oposición al uso del concepto de terroir viene de sectores que tienen algo que ganar por esa oposición. De un lado tienes a productores tradicionales de vinos franceses o italianos que alegan que sus vinos poseen terroir y que dicho terroir es lo que hace especiales a los vinos. Por otro lado hay productores en regiones emergentes que quizás poseen excelentes  terroirs, pero donde nadie ha podido figurarse aún como se expresa dicho terroir... Unmodo de competir al mismo nivel que los franceses e italianos, con sus terroirs de rancio abolengo, es negar que exista privilegio concedido por el terroir. Hasta ahora el terroir no es científicamente demostrable, ergo, cualquier lugar del mundo, dado talento de viticultores y enólogos, puede dar producto vínico de alta calidad, digno de ganarse todos los puntos y venderse al precio más alto.
 
Por si no es obvio, déjenme recordarles la bottom line: El vino es un negocio. Todo en un negocio tiende hacia vender. Cualquier reclamo que ayude a vender es una estrategia de marketing. Ufanarse del terroir o negar su existencia resultan igualmente cuestionables si alguien te los menciona y te dice que no está tratando de venderte algo. Por mi parte, que me hable de terroir, o que me hablen de que el terroir no existe. Yo solamente creo en lo que perciben mis sentidos, y compro acorde.
 
Sin quererlo vuelvo a extenderme demasiado. Esto que escribo no pretende dar conclusiones, sino más bien invitar a pensar y discutir inteligentemente la utilidad de un concepto en que creo. Antes de cerrar, habiendo salido con eso de "lo que perciben mis sentidos", creo que debo tocar otro puntito importante: La particular visión del terroir que se traen algunos elaboradores, muy notoriamente Randall Grahm, de Bonny Doon Vineyards en California.
 
Grahm ha escrito recientemente  varios artículos (el primero está en http://wine.appellationamerica.com/wine-review/136/Randall-Grahm-on-Terroir.html, luego ha publicado "continuaciones en The World of Fine Wine). De plano, estoy de acuerdo con él en considerar el terroir un fenómeno complejo, que va mucho más allá de la mera mineralidad. También estoy de acuerdo en que la tipicidad—los razgos que identifican un vino como de un lugar específico (la tan citadísima "somewhereness", como la llamara Matt Kramer en su libro Making Sense of Wine)—está "inextricablemente ligada a la belleza" en un buen vino. Donde Grahm me pierde es en establecer que hay que "buscar" el terroir como si fuese una especie de grial, o esa virgen más milagrosa, que siempre vive más lejos de donde uno está.
 
Les cité ya parte de un brillante ensayo de David Schildknecht que es, a un nivel básico, una refutación de la "búsqueda" del terroir foráneo. Schildknecht propone de forma muy lúcida que el terroir existe donde estamos, en cualquier lugar donde alguien cultiva la vid y hace vino. Dice Schildknecht: "Es mi conceptualmente austera convicción que [gente como Randall Grahm] debe aceptar como terroir cualquier viñedo que tengan bajo sus pies, no preguntando '¿podemos alcanzar el terroir?', sino '¿cómo podemos lograr vinos que sean deliciosos de una forma distintiva de su lugar de origen?'" (The World of Fine Wine No. 14, p. 73).
 
Creo que hay una lección muy importante para cualquier joven elaborador de vinos hoy día, particularmente si no se ha dejado endoctrinar acadmicamente por los Sam Harrops de este mundo y mantiene una mente verdaderamente abierta. Si, para adoptar y adaptar una frase de David Schildknecht, "el terroir comienza por casa", es necesario enterarse precisamente de lo que es "casa". Hay que ver la viña y su vino al desnudo, añada tras añada, hasta identificar qué es lo inherentemente típico en el producto. Esa constante es el terroir.
 
Claro, hoy día tal actitud, por loable que nos parezca, tiene poquísimas oportunidades de florecer en lugares donde la mentalidad del terroir no es tradición. En muchas partes de España, igual que en este llamado "Nuevo Mundo", inmensas cantidades de jóvenes salen educaditos de "enología", una disciplina que a veces me parecería equivaler a "maquillismo vínico". Se aprenden métodos para crear productos homogéneos cosecha tras cosecha, que respondan exactamente a supuestas "demandas" del mercado determinadas a nivel corporativo. Saben todos los trucos de cirgugía estética, "maquillaje" y "vestimenta" del vino. Vienen también preparadísimos para el marketing, para jugar el juego de los medios. Pero, desafortunadamente, son poquísimos los que también vienen con la capacidad de escuchar e interpretar lo que dicen la tierra, el clima y la vid. Cooncluyo pensando en el componente humano de la idea de terroir. Se habla de que la expresión del terroir depende de cadenas de decisiones humanas. Para mí el primer eslabón de esas cadenas, sin el cual no hay nada, es el hombre como buen entendedor.
 
Ahora me callaré y cederé el piso, pero no sin antes dejarles con nota de un vino
"terroirista":
 
Alain & Julien Guillot, "Clos des Vignes du Maynes""Manganite", Mâcon-Cruzille 2005: Aquí la designación de terroir es doble. Te lo dicen por el nombre del viñedo y por el nombre de un mineral. Aunque, a decir verdad, no sé a qué carajos puede saber u oler la manganita en cuestión... Aromas de cortina de ducha y cantera, algo volátil de tinte de pelo y las más puras frambuesas imaginables. En boca es frambuesas con corrientes paralelas de minerales y acidez. Taninos muy masticables. Puro, limpio y muy natural. El posgusto se rustifica algo y adquiere una nota de armario viejo. Un vino muy textural, con un final medio áspero, pero refrescante. Buen largo. Interesante. Me late que es 100% gamay.

Escrito por: manuel-camblor 30 comentarios 04 Jul 2007 URL Permanente

01 Jul 2007

Más apuntes varios, mientras esperamos por Godot

Todavía sigo sin poder terminar mi ensayo sobre lo del terroir. Es que se ha escrito y dicho tanto sobre el tema que no me apetece pecar de chapucero. Estoy releyendo mucho material y encontrando cositas interesantes, nuevos terrenos rocosos (pardon the pun) y ángulos atrevidos en el camino. Espérenlo un poquito más, que creo que el tiempo extra puede valer la pena.
 
Por el momento, a la preocupación de la pasada semana...
 
Granizadas se cargan buena parte del norte del Ródano. Luego buena parte de Alsacia (aunque, por fortuna, se salvaron muchos viñedos grand cru, entre ellos los de mi productor favorito, que es Trimbach). Mildiu en Rioja, exacerbado por un resto de junio más bien tormentoso. Y encima había quienes prometían otro verano de canícula. Porque para acabar de joderla, nada como otra dosis del 2003...
 
Este 2007, año en que nacieran mis hijos, por el momento no augura muy bien. No sé qué podré comprar para guardarles (uno que sueña con brindar por la adultez de estos hijos, con ellos y con algo comprado cuando eran bebés). Las razones son diferentes a las que hicieron a 1968, el año de mi nacimiento, un desastre total en casi todas partes (gracias a Rioja, a Vega Sicilia y a un par de otros por colaborar a que tenga yo algo que beber aún del año de mi natalicio). Pero si el tiempo no pone de su parte, mal andamos.
 
Ahora bien, quizás ya el discurrir del mundo del vino nos haya privado a mí y a tantos otros sentimentales como yo del placer de guardar vino del presente para generaciones futuras, seguros de que el vino cumplirá su promesa de esplendor a largo plazo. ¿Qué vamos a guardar? ¿Burdeos? ¿Borgoña? Digamos que en Burdeos poco parece ir quedando que me inspire, y encima, con los precios que se piden tanto ahí como en Borgoña por un buen grand cru, me entran ansiedades sobre guardar la plata para mandar a los gemelos a buenas universidades.
 
Esperemos que algún rioja nos salga estelar y "salve" la añada de los camblorcitos, como algún antepasado del 68 lo hizo con la de Camblor. A esos amigos, elaboradores en esas bodegas que se han sabido ganar mi admiración y respeto: A ver si hay suertecilla y se da algo bonito.
 
 
Media docenita de blancos bebidos en casa, en noches de calor...
 
 
Domaine Hatzimichalis, Ambelon Veriki, Valle de Atalantis, Grecia 2005: Inicialmente carga un pestacillo reductivo que, por suerte, se disipa. Aromas sutiles de ruibarbo, limón persa, piedras y levez notaz de musgo y anís. Ligero y muy cítrico en boca, de hecho, algo áspero. El fuerte golpe acídico se queda, en este caso, necesitando algo de cuerpo que establezca equilibrio. Se deja beber, pero no es algo que vaya yo a repetir de motu propio.
 
Ladera Sagrada, S.A., "Castelo do Papa" Godello, Valdeorras 2005: La nariz es mal que bien común: Piña verdosa, limón, cáscara de manzana y una nota arenosa. En boca es suculento, pero no especialmente interesante. Al final le falta nervio, por lo que se siente menos que fresco. Pero tiene buen largo. Se deja beber. Mi queja es sobre vidrio barato. Utilizando uno de mis sacacorchos Château Laguiole (lso prefiero a casi cualquier cosa), la boca de la botella se dewsmoronó malamente. Bueno, y otra quejita, ya que estamos en eso: Está bueno de etiquetitas anaranjadas con dibujos infantilistas pasando por "diseño gráfico". Las veo continuamente en vinos de Ordóñez y Solomon y, francamente, ya está bueno.
 
Clos Floridienne, Blanc, Graves 2005: Una bonita nariz. Tiene roble, que se manifiesta en vainlla, mantequilla y almendra tostada, pero lo hace sutilmente, por debajo de aromas de limón, toronja blanca y menta. Fresco y amplio en boca. Lo mismo que en la nariz, más o menos. Largo, con brillante acidez en
un posgusto cremoso. Muy bueno. Me da anas de ver lo que hace con
unos añitos encima, cuando los elementos comiencen a interactuar de
otras formas.
 
François Pinon. "Cuvée Tradition", Vouvray 2006: Acabado de cruzar el charco, o sea que probablemente está algo turulato. Pero mi vouvray tendre favorito y una de las mejores compras en el mercado en los últimos diez años batea de jonrón de nuevo. La nariz abre con piedras trituradas y luego pasa a una nota de menta, seguida por melocotón balnco y una panboplia de cítricos. En boca es un vino vivísimo, abocado, con un potente golpe de toronja que se abre, mostrando compartimientos de fresas silvestres, limón e increíble mineralidad. De cuerpo es un poquito menos que el 2005, pero en intensidad y persistencia no tiene nada que envidiarle. Un vino que llevo comprando por medias-cajas desde el 97. Y agradece la guarda...
 
Donabaum, Riesling Bergterrassen Federspiel, Wachau, Austria 2005: Atractiva nariz, floral, con toronja, guarapo, pino y una mineralidad intensa. Ligero en boca, pero preciso, con cítricos y minerales muy vivos. Firme y agradable de beber y con muy buena persistencia. La acidez te hace la boca agua. Excelente compañero para un tartare de vieiras con puerro chino, nori y ajonjolí.
 
Sirch, Tocai, Colli Orientali del Friuli, Italia 2005: La etiqueta, no sé por qué, merecuerda algún momento menos inspirado de la obra gráfica de Hans Schleger. Dorado pálido de color—el vino, digo—con destellos verdes. Sorprendentemente mineral de nariz, granítico, quizás. Detrás de eso hay limón amarillo y piña verde. Ligero en boca, jugosito y sencillo. La mineralidad está ahí, pero no de forma tan protagonística como en la nariz. Fresco, limpio y muy bebible. Un blanquito más o menos económico (aproximadamente US$13), con buena acidez y posgusto bastante persistente.
 
 
Me encanta ir a restaurantes griegos. Es algo que hago, si puedo, varias veces cada mes. En Manhattan, dos de mis favoritos tienen listas de vino muy generosas. Claro, debo confesar que el tema de los vinos de Grecia es una de las grandes lagunas en mi educación vínica. En restaurantes como Molyvos o Trata Estiatorio, me dejo llevar por recomendaciones de sumilleres, mayormente. Hay mucha etiqueta en griego, mucha variedad de uva que no es para nada familiar... En muchas ocasiones he preguntado a los mismos sumilleres si existe algún libro que pueda leer para tener una base teórica mientras me educo sobre vinos griegos bebiendo. Nunca me han dado ningún título.
 
Por suerte, encontré algo hace poco: The Wines of Greece, de Konstantinos Lazarakis (Mitchell Beazley, Londres 2005), el primer Master of Wine griego. Aún no lo leo. De hecho, acaba de llegarme la cajuta con él de Amazon.com, pero puedo dar una reseña preliminar. Tiene muchísimo mérito por ser el pionero en su campo.
 
 
Ya contaré.
 
 
Una para mi amigo SobreVino, que con motivo de Iberoamérica en Cata #2 probó un dolcetto d'Alba...
 
Me encuentro con una de esas botellas olvidadas en mi bodega. No debía estar ahí, pero está. Es el Giuseppe Mascarello e Figlio, "Santo Stefani do Perno", Dolcetto d'Alba 2001 y es algo sobre lo que mucha gente se pregunta: Un dolcetto con "cierta edad". Granate violáceo oscuro, opaco de centro. Aromas de carne a la brasa, salvia, frambuesa negra, mora, tierra negra, aceitunas con comino, regaliz y tinta china. No huele ni siqueira remotamente a decadencia. De hecho, está vivito. Un vino rusticón, térreo, masticable, con sabroes de frutas negras, carne, laurel y un deje amargo al final. Taninos muy levemente granulosos y acidez adecuada en un posgusto medio.
 
Yo había preparado unos linguini con salsa picantilla de tomate, pancetta y salvia. Iba a servir el plato con algo más ligero y acídico, más veraniego. Pero de camino a buscarlo se me apareció este dolcetto y el plan cambió. El maridaje resulta particularmente feliz por lo inesperado, pues hay salvia en una parte y la otra. Además, las notas cárnicas en la salsa realzan esos mismos aspectos en el vino. Y de la acidez del plato elvino parece contagiarse un poco, haciéndose más ligero y con "mordida".
 
 
La celebración retrasada de mi 39 cumpleaños, en coordinación con mi primer Día del Padre, trajeron regalos que me hacen sentir muy, pero que muy suertudo.
 
Estoy enamorado.
 
No, nada que ver con mi mujer o mis hijos. Hay una nueva pasión en mi vida. Y culpa de Josie, que fue quien me la trajo.
 
El regalo para el Día del Padre fue un maravilloso nuevo bloque de bambú con seis cuchillos Shun. Estos cuchillos los conocía de los interesantes programas de Alton Brown en el Food Network (lo único que aún sirve en ese vergonzoso canal), Brown profesaba su propio amor por estas tremendas herramientas y yo había tomado nota, pero nunca me había preocupado por probarlos. Eso cambió cuando fuí a comprarle un regalo de cumpleaños a mi buen amigo Brad Kane. Le compré un cuchillito utilitario Shun que probé antes en la tienda. Me maravillé no solamente por el equilibrio de la pieza, el impresionante filo, la obvia calidad del acero de la navaja y la madera de la empuñadura, sino por la belleza del cuchillo en sí.
 
En http://www.altonbrown.com/shun/shun_edge.html pueden ver un video de lo más interesante de Alton Brown ilustrando las virtudes de los Shun.
 
Días después de haberle regalado a Brad el cuchillo, no dejaba yo de hablar de lo impresionado que estaba, y de como, en algún momento, sacaría el tiempo y el dinero para comprarme un buen juego de Shuns con los que reemplazar mis siempre confiables Globals.
 
 
Ahora, el trabajo preparatorio y el picotillo se me han convertido en la fase favorita de mi proceso culinario cada noche. Es que soy un tipo con suerte. Y las herramientas perfectas.



Escrito por: manuel-camblor 9 comentarios 01 Jul 2007 URL Permanente

27 Jun 2007

Calidad: Una meditación