28 Ago 2008

Mi agosto, casi hecho (1)

Post #222 de La otra botella. No sé por qué me da con que son cifras así las que debiera celebrar…

El mes de agosto, tras el disco party que les dejé en mi penúltima intervención acá, transcurrió tranquilo.

La segunda semana comenzó bien. En una me ví comiendo y bebiendo feliz en una mesa donde yo era el único hombre, cosa rarísima en esto de la enochaladura y que me gustaría ver mucho más. No que en el pasado haya yo dejado de disfrutar en un montón de ocasiones libatorias bastante machocéntircas sencillamente porque la compaña fuera toda masculina, pero hay que decirlo, en esto de la vinomanía nos hacen falta más chicas bebiendo junto a nosotros y, sobre todo, opinando. Opinando mucho.

Pues estaba yo en Davy Crockett, mi steak house favorito en la capital dominicana, junto a Josie, Elizabeth Peña, la editora de la revista local de vinos El Enófilo y Carolina García Viadero, de Bodegas Valduero, quien estaba de visita en Santo Domingo. A Elizabeth le había parecido buena idea que yo conociese a Carolina y la agenda de esta última permitió, o sea que allí apareció Camblor con su bella esposa, la que siempre protesta porque las reuniones de vino son todo hombres y “demasiado tecnicistas”.

Aparte de lo simpatiquísima y ocurrente que es Carolina, ayuda mucho a las cosas que Valduero es una de las pocas bodegas de Ribera del Duero cuyos vinos este servidor de ustedes aún bebe con relativa regularidad. Esto, porque no son vinos dados a los excesos que dicta la moda puntillisto-billetera en esa región. Los crianzas y reservas de Valduero son, al menos para mí, buenos vinos para la hora de la comida, mesurados, muy bebibles y no están mal de precio—no debiera esto hacerlos “raros” de ningún modo, pero en Ribera del Duero hoy por hoy hay muy poco así.

Yo había traido un par de botellas conmigo al restaurante. Una era del François Cotat, “Les Monts Damnés”, Chavignol, Sancerre 2005, cuidadosamente doble-decantado un par de horas antes de la cena. La razón para ofrecer esta botella en un obvio acto de infanticidio era que había conocido a Elizabeth Peña tras leer en su revista una nota de cata en la que atribuía aromas de “sílex” a un sauvignon neozelandés. Yo, curioso, le mandé un e-mail a su revista pidiéndole que me contara más sobre esos aromas silíceos y sobre sus ideas acerca de los demás aromas que encontraba en ese sauvignon. Entablamos un animado intercambio de correo electrónico sobre un montón de temas vínicos locales e internacionales que continúa hasta el día de hoy. Quería yo mostrarle a Elizabeth lo que considero un sauvignon blanc de verdad, con concentración y estructura admirables, así como una mineralidad a la vez profunda y precisa. Hubiera preferido un ejemplar un poquito más viejo, pero cuando estuve en Nueva York el otro día éste fue el único que tuve a mano.

Sin duda, la jarreada lo ayuda, pero está apretadísimo ahora mismo. Bonitos aspectos florales y especiados sobre cítricos limpios. El cotatiano golpe sulfuroso. Mucha viveza, con un espinazo acídico firme y mucha piedra blanca. Pero lo que está dejando ver actualmente es una mera fracción de la realidad. Compacto y muy primario.

Mi otra botella fue de un vino recomendado por Lyle Fass en Chambers Street Wines. Iba a llevarlo a un jeebus en Manhattan, pero luego aparecieron otras cosas y tuve que echarlo en la maleta, o sea que a Santo Domingo vino a parar. Era el Rapet Père et Fils, Aloxe-Corton 2006 y estaba delicioso. Ligero de cuerpo y volador de nariz, con fruta negra muy compacta, jazmín, violetas y una banda salina muy interesante que, por momentos, me recordaba a sangre y quizás tenga que ver con contenido férrico en el suelo del viñedo, no sé. Muy sabroso en boca, con una suavidad de entrada un tanto engañosa, pues en el posgusto te salen unos taninos de cuidado. Además, las sutiles notas de roble que presenta aún podrían integrar mejor. Sospecho que esto va a estar muy bueno en cuatro o cinco años. Una cosa que me preocupa y que me hace estimar la longevidad de este vino tan modestamente es precisamente que los taninos se mostraran tan marcados. Eso lo digo porque la acidez, aunque suficiente, no es tampoco especialmente alta y esto puede hacer que los taninos parezcan más agresivos de lo que en realidad son.

Carolina manifestó su creencia de que no existen borgoñas buenos por debajo de los US$100, al mismo tiempo que declaraba lo encantada que estaba con éste de Rapet. Se sorprendió mucho cuando le dije que era un vino que se vende en Nueva York no sólo por debajo de los cien, sino por debajo de los cuarenta dólares. Es que me da tanto placer pulverizar estereotipos erróneos… Pronto tendré que mandarle una lista de por lo menos un centenar de borgoñas diversos que reunen los requerimientos de ser excepcionales y de precio módico, para que nunca vuelva a sentirse que Borgoña es un lujo inasequible.

Probamos un par de vinos de Valduero con los platos principales. El primero fue el Valduero, Reserva, Ribera del Duero 2004. Amplio, cálido y especiado, como era de esperarse, lleva su madera bastante por delante, pero sin excesos. Aterciopelado en boca, con bastante cuerpo. Creo que necesita algo de tiempo y se verá mejor con alguna canita de aroma secundario. Josie me dice que le gustó y que me da permiso para comprárselo en el futuro. A mí me hizo plantearle a Carolina la idea de utilizar receptáculos de roble de mayor volumen para un tratamiento maderero más gentil. Entendiendo las triunfales experiencias de cierto productor californiano con su Füder de zinfandel (ya saben de quien hablo…), pudiera imaginar tempranillo ribereño dando algo muy bonito con una madera menos obvia. Pero bueno, fue una sugerencia no más.

Siguió un Valduero, Reserva “6 Años”, Ribera del Duero 1998 bastante hermético. Fruta negra salina y seriota entre aspectos de peletería y roble. Potente y muy tánico. Esto necesitaba o varias horas de aire para consumirlo esa noche, o necesita unos cuantos años más de botella. Mucha estructura. Lo que digo siempre: Si la Ribera diese más vinos como estos de Valduero, mi opinión de la región sería muy, muy diferente.

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Andaba yo un poquito estresado en el trabajo y con algo de mal humor. Llegué un jueves a casa determinado a agarrar algo de la reserva que hice de vinos para reafirmarle a uno las ganas de vivir. Abrí el Alice et Olivier de Moor, “Rosette”, Chablis 2006 con una ensalada de pescado (estoy a dieta de nuevo; quiero botar treinta libras y es ya). Comienza un poquito raro, en términos de lo que esperaba: Todo crema, manzana dorada, jengibre y almendra. Parecería demasiado carnoso y opulento para un chablis “násico” y, encima, resulta de un tenor golosón que me perturba. Me lo encuentro regordete, saltarín y simpático, pero eso en un principio me molesta en vez de agradarme. Afortunadamente, con un par de horas de aire da un cambio radical. Sus carnes adquieren firmeza y la fruta va de manzana a naranja y limón, conservando la misma nota de jengibre del principio, que ahora aviva, sobre todo porque la acompañan aspectos florales. A todo esto hay que añadir una potente veta mineral que emerge y fluctúa entre tiza, talco y marinidad. Escribo en mi libretita: “Un planetoide mineral sólido rodeado por una nube perfumada”. Muy buena acidez lo amarra todo. Eso sí, no deja de ser un vino con una corpulencia de alucine. Lo que pasa es que hay cosas interesantes y no solamente cuerpo y por eso me gana. En el posgusto surge un toque de melón maduro y miel que resulta sumamente peculiar. Definitivamente hay que flexibilizar los estándares para apreciar esto si uno lo que busca en un chablis fuera de ciertos grands crus es elegancia austera o austeridad elegante. Por suerte yo me adapté y al final me dan ganas de tener más botellas para ver como evoluciona este peculiar vino.


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Una segunda botella del Pol Roger, Brut, Champagne 1998 me ha convencido de que es el primer vino de Pol Roger en muchos años que, francamente, no me gusta. Muy briochesco-cremoso-mermeládico y con una molesta falta de precisión, muestra unos tonos dulces casi clicquotescos que me empalagan bastante rápido. ¿Qué habrá pasado? ¿Un giro estilístico? Esperemos que sea cosa de una sola añada en esta casa que tanto he admirado a lo largo de las últimas dos décadas por la rectitud y elegancia de sus vinos.

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Creo que a la muchacha que me atendía en la tienda de uno de los distribuidores locales de vino le resulté curioso. Me pareció notarle una cierta superciliaridad cuando vió la botella de Marqués de Riscal, Rosado, Rioja 2006 que había colocado sobre el mostrador junto a media docena de otras variadas. Le dije: “Me imagino que no son muchos los hombres aquí que compran rosado”. Ella respondió: “No señor”. Vamos, que al ser esto y un par de cositas más lo que hay disponible en Santo Domingo en materia de rosados, no me extrañaría, si la gente es tan exigente para estas cosas como yo. Pero sé que detrás de la extrañeza de un hombre comprándose una botella de rosado en tiempos de calor lo que hay es el rampante tintocentrismo que no deja de maravillarme, considerando que vivo en una isla del Caribe.

En fin, que el rosadito de Riscal, de un color fresa-coral afucsiado y con destellos cobrizos… Aromas un tanto balbuciantes (o sea, no claros de expresión) de fresa, pasa dorada, mentol y nueces. En boca es de cuerpo medio, ciruelesco y simplón. Tiene buena acidez en un posgusto medio donde surge un agradable amargor naranjesco y un no sé qué de pimiento morrón asado. Como rosado seco, de dejarse beber, déjase. Sin embargo, no puedo imaginármelo como un vino que le cree a nadie mayor interés en las posibilidades del rosado como vino “serio”.

La botella del rosado de Riscal cayó la misma noche en la que, rezagado, me enteré de las terribles granizadas que han devastado gran parte del Mâconnais y el Beaujolais. Según algunos comentaristas, las implicaciones de esta catástrofe van mucho más allá de la añada en curso y probablemente se verá afectada la cosecha del 2009 también, tan severos son los daños al viñedo. Porque sé que hay mucha gente muy buena haciendo vinos verdaderamente valiosos, de los que animan la mente y alegran el alma, este desastre me apena muchísimo. Justo ahora me apetece un “L’Ancien” de Jean-Paul Brun, o un morgon de Lapierre…

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Llegué yo a casa tras otra de mis tardes estresantes, de viernes bajo la torrencial lluvia que virtiera sobre Santo Domingo la tormenta tropical Fay (o como se llamara). No había podido ir a comprar vituallas, o sea que dependía de lo que apareciese en la despensa para la cocina de la noche. Acabé preparando rigatoni en salsa de tomate con crema, pancetta y rúcola. Es que me conformo casi que con nada últimamente, les digo…

En fin, que echando mano a lo que había en la neverilla de vinos del apartamento y sin querer hacer ningún desarreglo, me topé con un Achaval Ferrer, Malbec, Mendoza, Argentina 2005. Achaval Ferrer hizo alguna vez una cuvée de malbec llamada Quimera que no me desagradó, cosa rara cuando de tintos argentinos actuales se trata. Incluso hasta apunté que podía repetirlo. El problema es que ese Quimera anda casi por US$50 aquí (no deja de sorprenderme lo poco que vale el dinero del consumidor para la industria contemporánea del vino; ya cualquier cosa anda tan fresca por la media centuria…), lo que lo pone a uno a pensarse dos veces eso de las repeticiones. Este otro malbec es, aparentemente, el tercer o cuarto vino de la bodega, no sé (entiendo que hacen uno ultrapremium por encima del “Quimera”), el “básico”. Por US$25 no es ningún pellizco de ñoco tampoco, que quede claro, pero le entré.

Lo primero que le dije a Josie al servir el vino en la mesa fue una perversión de la letra de una bellísima canción irlandesa del s. XVIII: “Black is the colour of my true love’s hair, carajo, not my wine”. El vino es de capa bastante cerrada. Púrpura negruzco en el centro, con destellos—si así puede llamárseles—de granate oscuro en los bordes y alguna que otra lucecilla de rubí. Como me he vuelto un ávido lector de las simpáticas contraetiquetas que ponen muchas bodegas hoy día, decidí echarle una ojeada a la de este malbec: “Potente, fresco, aterciopelado…” Bueeeeeeeeeeeeeeeeeeeeenooooooooooo, okey.

De nariz es bastante recatado, considerando lo que suele hacer el promedio de los tecnotintos argentinos de lujo hoy día. Mermelada de cereza y frambuesa negra, yerbabuena, canela y borra de café. Huele sobremaduro, pero hay una peculiar armonía entre los componentes. Nada se hace exagerado ni se sale de lugar. En boca entra con un aire ketchupesco. Sí, “potente” y “aterciopelado” lo es. Dulzor de mermelada de frutas negras con toquecitos de amargor agradable. Muy cálido de primera impresión, aunque lo sirvo más bien fresquito, por este clima en que vivo ahora y porque es verano. La relación de este vino con la acidez que se le nota es un tanto incómoda. La acidez anda por una banda del posgusto, murmurando de forma no particularmente coherente. El resto es fruta y especias que persisten bastante.

Nos bebemos la botella sin particular protesta. Lo único viene cuando le digo a Josie lo que costó. Ahí ella dicta sentencia: “Mullidez genérica; demasiado caro para lo que es”.

Yo concurro. ¿En qué quedaremos, si, como lo hacen, cada día más bodegas ambicionan ver el rango de los US$20-30 como el “de entrada”?

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Les mencioné el otro día a Bengodi, el “deli market” cerca de mis oficinas donde encontré los vinos de Cantina Terlan, Abbazia di Novacella y Foradori. Pues tienen un restaurante al lado de la tienda y Josie y yo nos aventuramos a ir, viendo que había pasado la tormenta tropical Fay sin mayores consecuencias que el aburrimiento de los bebés, quienes hacía días habían tenido que limitar su área de juegos a nuestro apartamento.

Pues bien, nos sentaron en “la cava:, un área del restaurante con paredes cubiertas por estanterías de botellas de vino. La comida, bastante competente, si bien no particularmente impresionante. Platos de trattoria decentemente ejecutados. La lista de vinos era una expansión de lo que Bengodi tiene en la tienda, cosa que me place. Pedimos el Cantina Terlan, Sauvignon “Quarz”, Alto Adige 2005 para combinar con ensalada de rúcola con bresaola y filete de atún a la plancha (Josie) y carpaccio de pulpo y gambas a la plancha con tocineta y vegetales (yo, que sigo a dieta de poco carbohidrato por la noche). El vinbo estaba sabroso, amplio, con bonitos cítricos y notas de manzana y pera (además de alguillo tropical entre piña y maracuyá) sobre fondo arenoso. Buena estructura y persistencia. El problema fue que para apreciar aquello hubo que obviar durante buen rato un tufillo sulfuroso bastante necio. Tomó tiempo en irse, tanto así que al final sentí que me había robado demasiado placer.

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Experiencia extraña. Abro una botella del Mastroberardino, Aglianico, Campania IGT 2005 para acompañar una ensalada asiática con churrasco marinado en hoisin, ajo y un toquecito leve de chipotle. No porque esperara un maridaje especialmente feliz, sino porque fue la primera botella que me miró desde la neverita y no estaba en las de ponerme a buscar más. Por suerte, funcionó.

Ciruela fresca, cuero, lavanda y notas térreas en nariz y boca, con un deje de fresas y otro de violetas en la retronasalidad que resultan sumamente interesantes. Vamos, que levantan aún más un vino de por sí jugoso y fresco. Pos eso, jugoso y fresco al entrar en boca, pero con unos taninos de cuidado en el paladar medio. El posgusto es larguete y especiado, con un toque de punta de lápiz. El plato hace resaltar la jugosidad del vino. Y el vino juega bastante bien con el sutil pique ahumado del chipotle en la marinada del churrasco.

Lo extraño de la experiencia es que cuando iba a vertir la última copa, de repente y sin provocación alguna la cabeza de la botella se desprendió del cuello, cayendo al piso y haciéndose añicos. En ningún momento recibió esta botella golpe alguno. La extracción del corcho ocurrió sin contratiempos, suavemente con mi habitual Laguiole. Si hubiese sido responsabilidad mía, la hubiese asumido de todas todas. Pero no puedo encontrar como echarme la culpa. Analizando lo que quedó de la cabeza noto que se trata de un anillo grueso de como una pulgada de ancho. La botella es muy recta, especie de estilización de bordelesa, más espigadilla y geométrica, casi bauháusica. El vidrio en el anillo en cuestión es obviamente más grueso y pesado que en el resto de la botella. Quizás el “descocote” ocurriese por una debilidad en la juntura entre el cuello y esa cabeza pesada. No sé. Pero fue un sustillo. Y, obviamente, esa última copita tuvo que irse por el fregadero, pues no íbamos a arriesgarnos a beberla con la posibilidad de que contuviera alguna astilla de vidrio.


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Dos canciones que he estado oyendo mucho en mi computadora, en el carro, o cantadas por mí con el reverb de losetas de la ducha. La primera es de un músico al que admiro muchísimo y que sigo desde los primeros ochentas, cuando lidereaba a The Jam. Paul Weller sigue haciendo soul y magia. Su más reciente disco, 22 Dreams ha sido una de las alegrías de mi verano. “Have You Made Up Your Mind?” me recuerda algo setentero entre Detroit y California, dulce, pero con garra. En los comentarios a este video alguien cita a Jools Holland sobre Paul Weller en este nuevo álbum. Holland dijo que Weller “es como un buen vino; mejora con la edad”. Concurro plenamente.

La otra canción es “The Dynamo of Volition”, una irresistible tonadita de Jason Mraz. A Jason lo oí por primera vez a causa de mis hijos. Como algunos ya saben, los bebos Camblor tienen iPod desde antes de nacer. Ya cuando llevaban siete meses de gestación, yo me dediqué a recopilar música que creía que les sería útil, divertida, reconfortante, o lo que necesitasen dos bebés en su primer año y pico.

Pues en una de ésas me encontré en una tienda con dos CDs titulados For the Kids y For the Kids Too. Eran de excelentes artistas alternativos haciendo sus versiones de canciones infantiles. Instantáneamente me enamoré de lo que hizo este Jason Mraz con “The Rainbow Connection”, aquella canción que cantaba la rana René en la secuencia inicial de la primera película de los Muppets (yo la ví en el cine…). La letra sigue siendo preciosa y la melodía, pues igual. Desde entonces he seguido lo que hace este muchacho y sus discos me gustan por lo naturales y divertidos. No se anda con jodiendas. Hace pop orgánico que a veces peca de tener excelentes letras, muy irónicas y mordaces en un contexto implacablemente pegajoso. Pues, aquí, gracias a la televisión australiana, una versión acústica de la canción más tarareada por Camblor en agosto, de un álbum cuyo título me fascina: We Sing, We Dance, We Steal Things

(Continuará)

Escrito por: manuel-camblor 3 comentarios 28 Ago 2008 URL Permanente

23 Ago 2008

Je, je, je...

Entrada cortita, mientras continúo mi meditación acerca de si vale la pena seguir blogueando aquí—veo a lomejordelvinoderioja un tanto abandonado, el foro aún lleno de ofertas fatulas de viagra todavía e historias supergastadas en portada y me pregunto en qué anda la gente (irónico que el único suministrando contenido fresco y al filo de las cosas aquí sea un bloguero no remunerado; se pregunta uno donde andará todo el staff pagado de este medio poderoso…), porque el mundo entero no está de vacaciones y la vida y el texto siguen su fluir… Pero bueno, nada, vainas que me cruzan por la cabeza y debo manifestarlas antes de aquello a lo que venía.

Resulta que pasan cosas a la vez muy raras y muy cómicas en este mundo del vino que nos ha tocado vivir. Hay algunas que son tan fantásticas que me hubiese gustado ser yo su autor.

Como ejemplo, les refiero a esto en el magistral blog de Tyler Colman, “Dr. Vino”:

http://www.drvino.com/2008/08/19/fictitious-restaurant-wins-wine-spectator-award-of-excellence/

Para los no angloleyentes, resumo: Robin Goldstein, autor del libro The Wine Trials (no, no lo he leido, o sea que no puedo comentar), presentó la lista de vinos y el menú ficticios de un restaurante inexistente como candidata a los “Premios a la Excelencia” otorgados anualmente por la revista Wine Spectator a restaurantes con programas de vino supuestamente superlativos, etc., etc. Junto con sus menús, Goldstein sometió la cuota de entrada a concurso, US$250. Su restaurante inexistente, llamado Osteria L’Intrepido y definitivamente no ubicado en Milán, recibió el Wine Spectator Award of Excellence, egún se anunció en el número de agosto 2008 de la revista. Según Goldstein, parece que lo único que hace falta para ostentar ese premio es los dos y medio del ala y Microsoft Word.

Les recomiendo, a partir de “Dr. Vino” seguir los enlaces a la web de Robin Goldstein, donde se explica con lujo de detalles la bromita a costa de esa tan reconocida revista de vinos que tantos puntos da y tanta influencia dizque tiene. Esto es de pelarse de la risa. La mejor parte es lo de la lista privilegiada de la Osteria, que contenía una buena tajada de los vinos italianos peor puntuados por el Wine Spectator en las últimas décadas.

A todos los que creen en las revistas, los puntos, los galardones… Pues nada, sírvanse una copita de algo que sepan que es decente. Les hará falta. Y ahora, a los que queden vivos, commentez et discutez.

Escrito por: manuel-camblor 27 comentarios 23 Ago 2008 URL Permanente

10 Ago 2008

De jóvenes, rock alternativo con merlot, vino en la maleta y el verano que hay

Andaba yo ya un poquito desesperado, entre tienda y tienda, distribuidor y distribuidor de vinos… Encontraba en la oferta una gran mayoría de chilenitos, españoles y californianos industrialones, y alguno que otro argentino de consultoría y comenzaba a desesperarme. Cierto es que tenía de vez en cuando uno que otro consuelo del que ya habré contado aquí (el delicioso “Charm” 2005 de Georg Breuer, o lo de Mastroberardino, o lo de La Rioja Alta S.A.), pero, siendo como soy, tenía mono de la absoluta promiscuidad vínica que me permitía Nueva York. No estoy listo para la monogamia vínica, digámoslo así.

Pues, en un momento de frustración me dije que era hora de echar mano a alguna de aquellas botellas que trajera de Nueva York conmigo, específicamente para casos así. Se trataba del Thierry Puzelat, “Pouillé”, Touraine 2006, un gamay bio, puro donde los haya. Bella nariz, ligeramente medicinal, con acentos de jazmín, higo, frambuesa y fresa sobre concreto recién vertido. Hay también la más sutil nota fecal, pero no molesta en lo absoluto. En boca es de cuerpo ligero-intermedio—el peso perfecto, según Josie, para buen gamay. La fruta es fresca y limpia, vibrante, de una fenomenal transparencia a mineralidad. Sabroso amargor en un posgusto rebosante de frescura, con frambuesa negra, fresa, anís y piedras. Largo y R-E-A-L.

Eso último tengo que añadirlo porque, a decir verdad, este humilde tinto de Puzelat hace parecer cadáveres momificados a muchísimos de los enoproductos que he tenido que zumbarme últimamente. Hasta incluso algunos vinos más decentes que he encontrado, bendecidos por supestamente por vitivinicultura natural, o al menos por una intervención enológica mucho menor, como que se perjudican de la comparación con algo tan natural y vivaz.

Pero bueno, no es que estén tan mal, estos de “menor intervención” de los que hablo. Me siento que, en realidad, últimamente no he estado bebiendo taaaaaaaaaaaaan mal gracias a Bengodi Deli Market, una tienda italiana cerca de mi oficina en la cual descubrí varias cositas del noreste italiano.

Tuve—y creo que ya lo mencioné aquí—la sorpresa de encontrar en Bengodi varios vinos de Cantina Terlan. Esta casa de Alto Adige, si mal no recuerdo, es la cooperativa de su zona , con una centena de miembros, y produce un montón de vinos distintos, entre los cuales en el pasado habré encontrado alguno que me ha gustado. También si mal no recuerdo, tienden a agricultura natural y producción sostenible.

Lo primero que abrí en esta ronda fue el Cantina Terlan, Chardonnay “Kreuth”, Alto Adige 2006. Huele a natillas de naranja con jengibre. Regordete y facilón de entrada, anda un poquito bajo de acidez para mi gusto, pero se deja beber y hasta te suelta una cosita mineral interesante entre la cremosidad final, para mantenerte despierto.

También abrí un Cantina Terlan, Gewurztraminer, Alto Adige 2007 que fue todo un éxito con las señoras que esa noche nos acompañaban. Floral y graso, con un cierto deje tropical entre fruta melocotonesca. Bastante glicérico, pero si se sirve bien fresquito no se le siente.

Además, el Cantina Terlan, Müller-Thurgau, Alto Adige 2007, que se cayó de bruces nada más salir de la botella. Fofo y quemón, sin particular interés aromático más allá de compota de manzana y una floralidad un tanto artificial. Pero la reivindicación vino pronto con un Cantina Terlan, Sauvignon “Winkl”, Alto Adige 2007 consumido la noche siguiente. Esto no es un vino que consideraría yo cómodo para crearle a alguien una afición a la variedad sauvignon. Pero a mí me gusta. Mucho nervio, incluso al punto del exceso. Aroma potente de furta de la pasión verdosa y grosella espinosa, luego manzana Granny Smith y piedras de río. Aún luego, un golpe de melón según el vino va agarrando temperatura. Un tanto angular en boca, pero fresco y muy mineral. Buen largo, con la angularidad pasándosele bastante al final y dejándote una bonita y persistente nota cítrica. Uno que demanda comida, vamos.

También, como son muchas mis noches y hay que ocuparlas con variedad, probé un par de tintos de Terlan. El Cantina Terlan, Pinot Noir, Alto Adige 2006 puede que ya se los haya mencionado en estas páginas. Seis botellas más, abiertas en diversas cenas con familia y amistades, se mostraron bastante variables. No que saliera laguna mala, pero sorprendía que de una te saliera un vino redondito, morado, carnoso y juguetón y de otra te saliera algo mucho más austero, con fruta de un carácter mucho más rojo y elementos de hojarasca. Otra botella más te dejaba una cierta impresión de rusticidad y aspectos cárnicos que no encontrabas en las anteriores. No se me había ocurrido que sería difícil de juzgar, así, con una botella tras la otra tras la otra, este vino. Incluso, esta variabilidad me lleva a cuestionar por qué espero tanta consistencia, yo que abogo por un cierto azar natural. ¿Debo estar extrañado ante estas botellas?

El último de Terlan que probé fue el Cantina Terlan, Merlot Riserva “Siebeneich”, Alto Adige 2004. Ya, ya, merlot… Pero es que el señor de la tienda se entusiasmó cuando me vió llevándome todo lo que me llevaba y me lo recomendó, aconsejándome un rato de aire para que se exhibiese mejor el vino. Yo acepté la recomendación y, a decir verdad, no tengo por que arrepentirme. Un sabroso merlotico que me hace pensar en un buen cru bourgeois nidernito, pero sin pretensiones de puntos y no avergonzado por sus pirazinas. Se dejó beber notablemente bien con farfalle al pesto de porcini y nueces. El tratamiento de roble aquí es, por suerte, moderado. Aporta un toque bizcochesco que nunca se sale de control. Notas de pimiento morrón, goma de borrar, arbusto sobre una base de ciruela roja, cereza y rocas trituradas. En boca es jugoso, primario y sabrosón de entrada. En el paladar medio se unen a la fruta roja aspectos térreos y ahumados. Buen largo, con taninos bastante pulidos y admirable frescura. Me da curiosidad como esto se comportaría con unos añitos de botella… Sé que, si quiero ilustrarle a alguien aquí en Santo Domingo a qué sabe un merlot decente, tengo a que acudir.

En la misma tienda de Bengodi aparecieron vinos blancos de otro productor de Alto Adige que conocía de antes y que recordaba como bueno, Abbazia di Novacella. En efecto, es una abadía y tiene la peculiaridad de ser también la bodega más septentrional de Italia. Igual que la Cantina Terlan, trabajan una buena cantidad de variedades y yo, ni corto ni perezoso, me compré todo lo que tenían en Bengodi, para probar. Primero le entré al Abbazia di Novacella, Sauvignon, Alto Adige 2007, un ejemplar mucho más amigable para paladares tiquis-miquis que el “Winkl” de Terlan en la misma añada. Que sea más ligero de cuerpo y menos cítrica y mineralmente agresivo que el Terlan no quiere decir que no sea un vino de nervio y vivacidad a montones. La mineralidad la trae muy de frente y es algo entre arena y flúor (quien haya ido recientemente al dentista sabrá del olor de que hablo), bajo la cual hay cítricos muy despiertos, algo que me recuerda a claveles frescos y una notita de jalapeño. En boca es ligero y preciso, con excelente acidez y un amargor agradable como de cáscara de naranja en conserva. Largo y mineral.

También le entré al Abbazia di Novacella, Müller-Thurgau, Alto Adige 2007 y la diferencia con el de Terlan fue muy marcada. Tengo que hacer la salvedad de que a Josie éste tampoco le gustó, o sea que esta apreciación la doy en solitario absoluto. Muy bonita floralidad aquí, y una fruta que, aunque tiene una cierta carnosidad pera-melonesca, mantiene buena ligereza y enfoque. Jugoso y con un aspecto de madreselva muy agradable, a la vez que algo que me recuerda a nísperos en un posgusto medio, con un suave amargor mineral. Va muy bien con una fritatta de espárragos, pancetta stessa y queso de cabra. Con el Abbazia di Novacella, Gewurztraminer, Alto Adige 2007 me queda claro que la principal diferencia entre los blancos de Terlan y los de la abadía radica en la ligereza de estos últimos. Aqu, aunque se sienten los usuales aspectos dulzones y de lanilool típicos de la variedad, la carga glicérica es menor y el vino se beneficia bastante. La ligereza se traduce en una sensación táctil delicada y en unos aromas menos obvios, que sugieren mayor profundidad. Buena acidez y persistencia.

Pero de este conjunto de vinos, el que me atrapó de verdad fue el Abbazia di Novacella, Kerner, Alto Adige 2007. Cuando digo “me atrapó” es que en realidad me siento un poquito raro, pues es un blanco de un viñedo alto a 14% de alcohol que, sin embargo, me engaña y me hace pensar que carga muchísimo menos. La kerner es una variedad híbrida de riesling y trollinger creada para climas extremos, que, aparentemente, es la especialidad de Abbazia di Novacella. Aquí los aromas son florales y uvosos en primer plano, pasando inmediatamente a pera, banano verde, manzana, talco y caliche, con un deje goloso que por momentos me recuerda a algodón de azúcar. Lo dicho, 14%... Pero en boca es un vino elegante, fresco y de paso suave, completamente equilibrado y sin nada que indique su nivel alcohólico. El posgusto es largo y vaporoso, con un interesante amargor entre toronja y kiwi, además de una mineralidad fina. Sigo yo alucinando por como esto se proyecta tan grácil y elegante. Un vino que me rompe ciertos esquemas y me deja pensando. Compré seis botellas, por lo de ver si es cosa de una noche o tengo experiencias consistentes luego.

En la misma tienda encontré unos días después algo que, si es el vino de que tan bien hablase hace un tiempo Joan Gómez Pallarès, tenía como asignatura pendiente por no haberlo encontrado en Manhattan. ¡Figúrense ustedes, en Bengodi apareció! Era el Foradori, Teroldego Rotaliano DOC 2006. Lindo color granate-rubí, con excelente brillo. Inicialmente la nariz resulta bastante reticente, pero con una horita de aire el vino se va abriendo y dejando oler agua de rosas, fresa silvestre, frambuesa, arándano negro, anís, tierra negra y piedras calientes. De cuerpo medio en boca, es un vino de tensión, con musculatura muy visible. Fruta roja y negra muy primaria. Esto es un joven bailarín, practicando el ballet con el que algún día aspira a consagrarse. Muy buena persistencia, con taninos masticables y mucha mineralidad. Me da mucha curiosidad enterarme adonde irá esto con unos añitos de botella.

Bueno, y otro blanco de por esos lados en Italia que cayó, casualmente, el Ronco dei Tassi, Pinot Grigio, Collio 2007. Interesante color dorado intermedio con unos destellos cobrizos muy atractivos. ¿Contacto con el hollejo? Posiblemente… En la nariz es interesante, aunque en realidad lo siento como que un poquito demasiado sanitario. Los aromas de pera, cera, almendra, mirabelle y madreselva aparecen ahí, sin exactamente dar mucho juego. Falta algo. ¿Profundidad? Me parecería que esto lleva levaduras inoculadas. Quizás eso es. No que esté mal. De hecho, me gusta, si no me pongo a pensarlo mucho. Especiado, con peso medio en boca, aunque se le siente un tanto graso. Es largo y el posgusto, junto a significativa mineralidad, presenta un aspecto de frutas rojas que me parece muy atractivo. Sentimientos encontradillos, aquí. Pero puedo decir que es el mejor pinot grigio disponible en Santo Domingo, y por mucho.

Okey, okey. No, no ha caído nada de Rioja últimamente. Hasta me siento mal por eso, pero no es mi culpa, si no se me planta nada interesante delante. Como “premio de consolación, les digo que en una recepción a la que fuí me sirvieron un blanquito que me provocó a tomar una breve nota de cata en una servilleta. Era el Señorío de Nava, Verdejo, Rueda 2007 y la nota que tomé decía: “Agua de piscina aromatizada con fruta de la pasión; ya no saben que inventar…”

Pero un momento, que tnego algo que me hala las partes privadas…

Este fin de semana se celebra un aniversario que probablemente pasará desapercibido por muchos. Bueno, pasará desapercibido, al menos, por aquellos que tengan la desventura de no ser amantes del vino, que a la vez tienen la cuestionable suerte de no montarse en un avión frecuentemente.

El aniversario en cuestión es el segundo de esa necia prohibición de llevar líquidos en el equipaje de mano que va en la cabina de pasajeros de los aviones, instaurada por la Administración de Transporte Aéreo el 10 de agosto del 2006, otro de tantos días que vivirá en la infamia (que parece que hay tantos últimamente, dígameujté…) Aquellos terroristas de pacotilla que montaron aquella idiotez en Heathrow lo peor que lograron fue obligarnos a mí y a muchos como yo a tener que pasar de traer vino a algún lugar cuando viajamos o, si nos aventuramos a cargar con algo, tener que facturarlo con el equipaje grande.

Hay que joderse. A mí que tanto me gustaba viajar ligero con mi micromaletica negra que cabía en cualquier parte y mi mochila, igualmente negra, donde iba la electrónica que siemnpre me acompaña, casi siempre por dos o tres botellucas selectas.

Ahora me veo condenado al maletón facturado y a toda una serie de chismes diversos para proteger las botellas que mando a la panza de los aviones que frecuentemente he de utilizar.

Dos años de esto. Es que la barbarie tiene una peculiar manera de instalarse y hacerse permanente…

En otro orden de ideas, el artículo sobre las estrategias de mercadeo para “captar nuevos paladares” me dejó pensando simultáneamente en el futuro y en el pasado. Temo por que mis hijos—si los marketingones estos se salen con la suya—pierdan la oportunidad de desarrollar un amor profundo por el vino, esa pasión que a mí me mueve tanto y que tanto me enriquece culturalmente. A la vez no puedo evitar extrapolar estas estrategias de los argentinos del artículo (ojo, quien se crea que el resto de la Industria Grande del tecnovino no anda en las mismas y no abarca todo el globo va a tener un infeliz despertar un día de estos…) y pensar en como le hubieran sentado al joven principiante en el vino que una vez fuí.

Ya sé; me dirán que esa parte de los ochentas queda muy lejos y hoy “la juventud” es distinta. Pero yo pienso y pensaré siemrpe que en cada generación nace gente inteligente, de espíritu independiente, voraz curiosidad intelectual y una cierta proclividad tanto hacia los principios como el apasionamiento. El grupo de esta generación será, con suerte, no solamente inmune a esos ardides burdos de marketing, sino que sentirá una repulsión visceral ante quienes los tratan como meras cifras y estereotipos. El grupo de esta generación buscará las alternativas, no tendrá miedo a pedir vino de verdad, reconocerá que la “perfección técnica” obtenida artificialmente es algo estéril.

O bueno, ¿y si quizás no son así? ¿Y si los del marketing tienen razón viendo cero individuos libres y millones de borreguillos?

Porque entiendo que la posibilidad está, para un lado y para otro. Miren ustedes, por ejemplo, en http://www.decanter.com/news/265097.html. No se escape a nadie la ironía, grasienta y sudorosa, de “vino” de un gigante multinacional de; tecnoenoproducto corporativo en un festival de música supuestamente “alternativo”.


Recuerdo a Manuel Camblor, de diecinueve años y sumamente interesado por el tema del vino mientras la mayoría de sus amigos andaban aún consumiendo cerveza norteamericana mirando mucho más a la cantidad que la calidad. En aquellos tiempos yo me creía muchas cosas y, por sorprendente que les parezca a ustedes, leía el Wine Spectator (Robert Parker, sin embargo, nunca me atrajo; no sé, desde un principio como que no hubo conexión…) Me dejaba aconsejar por la gente de las tiendas y, si podía, compraba. Tenía muchos deseos de probar cosas nuevas y distintas. Todavía no había en mí una conciencia de “vinos truco” y vino de verdad. Todo me entraba y andaba yo tranquilito, absorbiendo información. Aquella versión de mí hubiera, probablemente, asistido a un festival de música alternativa.

Eran otros tiempos, la verdad. Podías darte un gran Burdeos aún por cincuenta dólares. Es más, muchos que en aquellos tiempos descubrí y reconocí inmediatamente como buenísimos, pero que después se han desvirtuado a manos de consultores enológicos y se han encarecido tremendamente te los aplicabas por menos de veinte dólares. Si querías ir en plan anti-establishment, de California salían maravillas a excelentes precios. Nadie estaba sondeándote. Los vinos los elegía el encargado de esos menesteres en la tienda, estaban ahí y tú curioseabas. Así ibas haciéndote ideas y creando nexos afectivos con regiones y bodegas.

En mi caso, ir a comprar vinos era, más o menos, como ir a comprar música (los discos y los instrumentos musicales, junto a los libros, son mis otras grandes debilidades aparte del vino). Si tus gustos se iban más bien a lo polimórficamente perverso y eras aventurero, podías crearte un montón de nociones distintas de lo que constituía “calidad” y respetar las idiosincrasias de cada terruño expresadas en sus vinos. Los cabernets de Napa cargaban tremendos aromas de eucalipto y aprendías que tenían que ver, quizás, con los árboles de eucalipto que había alrededor de ciertos buenos viñedos. Ciertos pomerols te daban un olor a sangre, o a hierro, y podías averiguar que en algunos viñedos, pues, ese elemento estaba presente en el suelo. Escuchabas las historias en torno a los diversos vinos y sus lugares de origen y te fascinaban tanto como, digamos, los excesos alcohólicos de The Replacements, o de dónde venía tal elemento de una letra en una canción de The Clash, o tal o cual referencia cinematográfica en una canción de Lloyd Cole, o el tipo de caja de ritmos que usaba Afrika Bambataa. O hasta la cantidad de spray de pelo que usara semanalmente el miembro X de Duran Duran.

Descubrir bandas interesantes… Descubrir vinos interesantes… Ahondar en lo que los hacía interesantes… Eso era su propia recompensa. La gente miraba raro el entusiasmo que algunos amigos y yo adjudicábamos a estas cosas. Eramos “alternativos” a nuestra manera.

¿Les he contado alguna vez lo mucho que me identifico con los personajes (todos los personajes) de aquella novela sentimentalona de Nick Hornby, High Fidelity? Si están hastiados de tanto leer aquí, pues también se pueden alquilar o bajar la película, comiquísima, con John Cusack y Jack Black. Esos personajes vivían la música intensamente, sin casarse con ningún movimiento o estilo en particular. Eran capaces, a la hora de juzgas, de reconocer la calidad en buen punk, funk, soul, gótico, alterno, jazz, pop, o lo que fuera. Omnívoros, obsesivos coleccionistas de experiencias y memorias. Cierro los ojos y me aceurdo de tardes enteras explorando tiendas de discos de segunda mano, buscando rarezas, o metido en tiendas de vino de Miami, hablando con los empleados, decidiendo lo que el presupuesto daba para probar esa noche. A veces me iba a la casa con algo terrible. Otras tenía suerte. Pero en ambos casos sentía que había profundizado mi entendimiento al ampliar mi registro experiencial.

No es esto, en realidad, muy diferente de como soy hoy, dos décadas más tarde. El problema es que si estuviera en los zapatos de aquel chico de pelo rizado y sonrisita burlona que leía ávidamente a Camus, ahora me sentiría muy molesto. Todos mis placeres estarían regulados y me sentiría constantemente encasillado en tal o cual “segmento del mercado”. Descubrir una banda prometedora ser7a un ejercicio en ansiedad y frustración, pues tendr7a que estar pensando constantemente en que la “descubriría” también algún morlaco de un conglomerado multimedia que pondría su música en tal o cual seriecilla de televisión gringa y hasta ahí—pronto verías a los integrantes de la banda haciendo alfombra roja en los Grammys, etc., etc. y dónde queda el inodoro que tengo náuseas…

El vino, pues, lo mismo. ¿Un vinito de un terroir magnífico, elaborado artesanalmente por alguien que no sabe la pinta que tienen los taninos en polvo, mucho menos lo que tiene que ver un grupo de enfoque con su vino, o para qué sirve un punto Parker? Pues ojalá el vigneron en cuestión tenga descendencia de mentalidad afín, porque si no, a la hora de jubilarse va y viene el gigante multinacional X y le ofrece una millonada por su tierrita, y adiós vino, hello enoproducto elaborado bajo el más estricto control de los consultores que de seguro traerá la supercorporación de fuera. Claro, y los vecinos, viendo que el ex-vigneron, ahora jubilado y acomodado, comienzan a vender también, a la misma corproación o a cualquier superinversionista que venga pretendiendo hacerse de viñedos trofeo. Y uno aquí, ya no amante del vino, sino puro target.

Bueno, ya. Resulta que es agosto y como que va siendo hora de dar unas pequeñas vacaciones a La otra botella. No teman, que es un hiato breve, un descansito para recargar pilas y dejar fermentar ciertos temas que podremos discutir con nuevo brío a la vuelta, en dos o tres semanas. Claro, y este hiato es solamente en cuanto a entregas nuevas. Seguiremos comentando los contertulios que aquí quedemos y que estemos en ánimo de conversar sobre los temas que ya están.

Mientras tanto, DJ Camblor NO ha levantado su cabeza y quiere dejarles un regalito. Como no sabe en realidad quien lo oirá o no en estos días, no es que pueda ponerse a enviar discos por correo. Además, el tipo se ha puesto nostálgico y quiere ofrecerles un set de inmediato, todo de música de la que oía el chico de los rizos que, aún obsesionado con La chute, no perdía su sensibilidad “pop”. El set es de videos, perdonen ustedes, pero ¿qué le vamos a hacer? Imagínense impecables transiciones entre estilos musicales compatibles o radiclamente incompatibles. El ex-joven Camblor les dedica…

Now that’s entertainment!

Escrito por: manuel-camblor 13 comentarios 10 Ago 2008 URL Permanente

06 Ago 2008

"Captar nuevos paladares"

Muchísimas veces, lo mejor de este blog sale con las contribuciones de sus lectores. Así, ayer mi estimadísimo Jose lanzísimo Jose lanzó el siguiente enlace, a propósito de mis dos últimas meditaciones fatalistas:

http://www.verema.com/articulos/509256-consumidores-no-tradicionales-como-captar-nuevos-paladares

Este artículo de Gabriela Malizia, titulado “Consumidores no tradicionales: ¿Cómo captar nuevos paladares?” y publicado en Verema, me dejó erizado y me llevó a sacar un par de conclusiones, a la vez que me motivaba unas cuantas interrogantes.

La más importante conclusión: Jamás podré tomarme en serio ningún producto vínico de ninguna bodega que emplee un “director de marketing” (o cualuqiera de las infinitas variantes de dicho cargo) y que base su estrategia en “estudios de mercado”.

Lo siento por aquellas bodegas a las cuales he manifestado respeto y admiración en el pasado y que empleaban “expertos” de ese orden sin que yo me hubiese enterado. En el momento que me entere, se acabó lo que se daba.

No que tenga yo nada contra los mercadólogos, en principio, pero en el momento en que se convierten en motores de la creación de “vino”, la verdad es que no es bonita la reevaluación que hago de las cosas. El vino de verdad, al menos para mí, es un producto agrícola que debe obedecer primero y por encima de todo, a la naturaleza. Elaborarlo a base de reverse engineering desde el consumidor hasta el viñedo es algo que lo desvirtúa completa e imperdonablemente, lo hace dejar de ser vino para convertirlo en otra cosa.

Los “nuevos paladares” de los que trata el artículo de la Sra. Malizia son los de “jóvenes” y los de “mujeres” a los que la industria argentina (con entrevistas a directores de marketing y propietarios de bodegas argentinas es que se sustenta el julepe) pretende hacer atractivo el vino como bebida social.

Claro, desde un principio se nota una de las más terribles enfermedades del mercadeo a grupos de consumidores: Mientras más agresivo el plan, más reduccionista es del grupo a quien va dirigido, estudiándolo en base a unas cualidades que, necesariamente, fluctúan de individuo a individuo. Este marketing se basa en juicios que, desgraciadamente para el mercadólogo, aplican a una manada, pero no a los individuos altamente diferenciados, con gustos y fobias propias, que componen un grupo humano. Vamos, si tomamos a un grupo de individuos postadolescentes, encontraremos en él diversos perfiles gustatorios en cuanto a la bebida X de cola, pongamos. A alguno le gustará la Cola X “clásica”, con azúcar y efervescencia de la fórmula original. A otros dos quizás les guste la “Cola X Light”, pero a uno porque se siente gordito y no puede darse el lujo de las calorías adicionales y al otro porque sencillamente le empalaga el azúcar. A otro más va y le gusta un chorrito de limón en su Cola X. Y al de más arriba hasta le gusta sin la efervescencia… Claro, tratándose de un producto industrial, la Cola X puede ser modificada a base de aditivos nuevos según vayan surgiendo nuevos nichos de consumo. ¿Pero puede obrarse así con el vino?

Y otra cosa muy importante en esto de “captar nuevos paladares…” Considerando que el vino es un producto agrícola con ciertas limitaciones en cuanto a la cantidad producible, hasta por los más grandes productores, ¿No resulta un poquito raro eso de andar buscando seducir a segmentos enteros de la población, digamos, robándolos del consumo de cerveza? ¿Qué hacen si de repente ganan la batalla y tienen millones de nuevos consumidores cuyo gusto se creó en base a un producto que va etiquetado con añada? ¿Fabricar más vino de esa añada ad infinitum? ¿O deja la cronología de importar en la producción, pasándose sencillamente a “Lote A”, “Lote B”, etc.?

Pero nos complicamos demasiado… Sólo quería sugerir una ruta de objeción a nivel del carácter del producto mismo. Volvamos al perfil de los potenciales clientes a “capturar”. Una cita harto irónica del artículo:

”Jean Pierre Thibaud, dueño de la bodega Ruca Malén subraya que, en especial los jóvenes no se sienten cómodos con los vinos tranquilos. ‘Los chicos, casi sin excepción, rechazan los vinos. Les parecen demasiado amargos, duros, ácidos o astringentes, con un alcohol que les quema la boca. Las burbujas, a las que los acostumbraron las tan populares gaseosas, y el bajo tenor alcohólico de la cerveza hacen que esa bebida les parezca más amigable. Entonces empiezan con ella.”

Cómica me resulta, con respecto al estado actual de la industria tecnovínica, la objeción “casi sin excepción” de estos jóvenes a productos “amargos” o “astringentes”, particularmente porque esa misma objeción la tengo yo a los “vinos” tan dependientes del roble que circulan hoy por hoy. Vamos, que no hay nada como una dosis abundante de roble nuevo (y debemos recordar que otro representante de bodega declara boca de jarro que “el roble es vainilla”, y claro, eso les encanta a los chicos) para impartir una sensación astringente-secante en la boca y, si por desgracia el roble es verdón por lo mozo (como los potenciales bebedores), el amargo no te lo quita ni Zeus. Pero más jocoso aún es lo del alcohol: Considerando la intolerancia de estos “jóvenes” teóricos a la acidez, la materia prima para el producto a crear será más bien de pH alto y un cierto contenido de azúcar. ¿En qué se traduce eso en una vasta mayoría de los casos? ¿Pues en el “alcohol que quema la boca”. Yo objeto severamente a esa quemazón. Vociferantemente, es más. Será que soy “joven” y se me ha olvidado.

Luego los ejecutivos vinícolas citados entran al tema de “las mujeres”, ese otro grupo tan homogéneo. Ahí me resulta curioso que las declaran parcialesa vinos más ligeros (peferiblemente blancos afrutados) por naturaleza, pero que en los últimos años se ha visto entre un segmento de éllas una proclividad a los mismos tintos “estructurados” que antes fuesen la provincia exclusiva de los machos. ¿Les resulta a ustedes tan rara como a mí la dicotomía de “vino ligero versus vino estructurado”? ¿No se confunde ahí un poco la gimnasia con la magnesia? ¿Acaso la ligereza de cuerpo en un vino precluye estrictamente la estructura?

Otra que les dejo ahí, para comentar y discutir…

Hay alguno que otro entre todos estos ejecutivos que ven el enoproducto en plan “big business” que habla de rechazar la producción de vinos a la medida de tal o cual segmento del mercado. Sin embargo, en el mismo trago te sirven lo de que el mercado pide un producto con tal perfil, a tal precio y siempre consistente. ¿Les eludirá la ironía?

Yo, para finalizar aquí ya, que el tema me da picazón en los pies, les brindo otra cita del artículo de la Malizia, ésta de José Manuel Ortega, gerente de Bodegas O. Fournier, describiendo la clientela a la que va destinada la línea “introductoria” de enoproductos de su empresa: “Los ‘Urban’ son vinos muy frutados, con taninos suaves, con la fotografía como concepto de etiqueta y de imagen, con una marca que intenta servir de espejo a ese consumidor: urbano, cosmopolita, sofisticado. Todo está pensado para seducir a este consumidor con su primera experiencia en vino y que más adelante podrá adentrarse en otros estilos de vino más potentes”.

¡Es que tiene tanto materiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaal! Imagínense ustedes a cualquier postadolescente medianamente sofisticado cayendo en ésa… Porque la sofisticación y el cosmopolitanismo real creo que llevarían a cualquiera a huir de un producto tan obviamente calculado, especialmente en un joven adulto que opta por el vino en igual medida por gusto propio que por diferenciarse de la manada cervecero-gaseósica. Hmmmmmmmm… Bueno, y si potencia es el próximo escalafón en la cadena de deseabilidad para el joven consumidor de enoproducto, pues, les tengo un eslogan de lo más sabrosón: “¡Red Bull te da aaaaaaalaaaaas!”

¿Que ya está cogido? Qué pena.

Recuerdo yo mis primeros años universitarios cuando pienso en esos “jóvenes” que tienen todos estos mercadólogos en su mirilla. Estudiaba yo en Miami y uno de mis tintos preferidos en aquel entonces, yo con dieciocho años y utilizando todo tipo de trucos para esquivar la ley norteamericana, que no permite la venta de bebida alcohólica a menores de veintiuno, aunque estos lo que quieran sea un buen vino para acompañar la cena que van a compartir con su noviecita… Uno de mis favoritos era un tinto un tanto rusticón, pero sabroso y, sobre todo, barato. Tenía carácter por los dos pesos que te costaba la botella. Su único problema era su nombre. Se llamaba Gallo North Coast Zinfandel (¡Lo que hemos perdido!” canta un coro de tragedia griega en mi cabeza…) Tremendo vinito, se los juro, más o menos en la misma liga que los Borsaos de aquella época en términos de lo que daba por mi dinerito.

Ahora me pregunto si en Gallo había algún mercadólogo calculando friamente como convertirme en un consumidor asiduo de vinos. Y me pregunto lo que pensaría dicho mercadólogo si nos encontrásemos hoy.

Un videito. Clásico de The Replacements. Lo dedico a esos “jóvenes” del marketing…

Escrito por: manuel-camblor 6 comentarios 06 Ago 2008 URL Permanente

05 Ago 2008

Números rojos (El remix de la crueldad deliciosa)

Curioso. A veces mis entradas en este blog tienen mayor respuesta por vía privada que en la sección pública de “Comentarios”. Lo que escribí ayer ya me ha hecho el destinatario de varios mensajes de protesta, alguna muy bien pensada, otra mucho menos… Lástima que los que me los escribieron no quisieron iniciar un sano debate público, pues creo que sería sumamente fructífero discutir esos postulados que hice sobre algunas de las más “importantes” regiones vinícolas del mundo, que para mí han perdido casi enteramente el interés de un tiempo a esta parte.

Debo a Anya Amasova, una joven argentina (creo) que descubrió La otra botella por puro accidente de Google y gracias a mi polimorfa perversidad temática (me parece que buscaba algo sobre Duran Duran y fue a dar con un antiguo post mío), una interesante línea que acaba por demostrar todo lo que dije ayer: “[A]quí en Argentina hay vinos excelentes, nada que envidiarles a los europeos.” Digo “demostrar” estirando un tanto el término. Más bien me alimenta la vena discursiva. ¡Claro que una buena tajada de vinos argentinos no tienen nada que envidiar a los europeos! ¡Si es que hay tantos que son igualitos, vengan de donde vengan; no es sólo Europa a lo que no tienen nada que envidiarle, sino también California, y Australia!

Yo de lo que quisiera encontrar un poco más en esta vida es vinos que ni se molesten con envidias, o con aspiraciones comparativas tan siquiera. A mí, que me los den de los que comienzan y terminan en su propio lugar de origen, los que entienden su terruño, su clima y lo que la naturaleza da en una añada tal como única verdad.

Por casualidad, en mi foro de vinos favorito, que ha sido, es y seguirá siendo Wine Therapy, hay un hilo que es de los más inspiradamente entretenidos y provocadores que he leido en buen tiempo:

http://enemyvessel.com/forum/topic.asp?TOPIC_ID=10924&FORUM_ID=28&CAT_ID=1&Topic_Title=Shakes+head&Forum_Title=The+New+Exciting+Place+for+Wine+Discussions

Ya sé, hay que registrarse desde que aquel impresentable hackeara el sitio y destruyera su base de datos, de forma aparentemente irremediable, pero no me cansaré de repetirles que vale la pena. La comunidad es de la gente a la vez más erudita y divertida que conozco en materia de vinos.

La cuestión es que la discusión sobre las levaduras seleccionadas, las opciones del elaborador, la necesidad de control absoluto o el desprecio de dicho control, lo que quiere el consumidor, las analogías entre la música y la enología y todo lo demás que transpira en ese brillante hilo me han hecho repensar todo lo que dije ayer. Y reafirman mi opinión, pese a todas las protestas.

Decía Joan Gómez Pallarés en los comentarios a la entrega anterior--¡Gracias, amigo, por abrir el debate!—que:

” [L]eía anteayer una entrevista con Miguel Torres y comentaba cómo su Torres Milmanda, desde hace mucho uno de los grandes chardonnays españoles (tampoco es decir mucho eso, lo sé) había ido evolucionando al son que le dictaba el mercado, que si más madera, que si menos, que si más battonage, etc. No lo decía exacatemente con esas palabras, pero ahí estaba la filosofía de la bodega. A algunos, claro, nos desencuentra cuando da según qué pasos. Y eso es lo que pasa con tantas bodegas de algunas de las zonas más importantes del mundo que has mencionado: es una clara paradoja ésta de "morir de éxito", mueren muchas bodegas para nosotros, pero al "morir" llegan a un público mayor que pide otro tipo de sensaciones.”

Obviamente, la manipulación del vino para acomodarlo a los gustos de X o Y segmento del mercado no es nada nuevo. Nada más tenemos que remontarnos al burdeos de antes para ver como los négociants creaban todo tipo de cuvées a la medida para determinadas audiencias. De ahí lo del goût anglais, o cualquier otra idiosincrasia estética que requirieran las distintas naciones a las que exportaban los bordeleses. Incluso en mi adorada Borgoña, lugar donde tan importante es aquello del terroir, durante bastante tiempo se vieron trucos para adecuar los vinos al gusto de un tipo de cliente.

Lo que me preocupa hoy día no es necesariamente que se estén aplicando ciertas tecnologías o aditivos a ciertos vinos para satisfacer las necesidades de algún segmento del mercado. Para mí lo peor es que se están aplicando nociones bastante reduccionistas a la hora de considerar “el mercado”. De repente no parece haber ya tantos posibles perfiles de vino como nichos de mercado distintos. Una inmensa cantidad de bodegas están elaborando vino para una audiencia reducida al mínimo común denominador, ése cuyos apetitos pueden satisfacerse siempre con un producto formulaico, ergo, consistente a toda prueba.

Aparte de que eso implica una clientela demasiado homogénea y mansa, existe también el problema de lo que entienden por “vino” aquellos nuevos aficionados que vemos surgir todos los días.

Me acababa yo de mudar a Santo Domingo y estaba reorganizando la sección de mi biblioteca dedicada al tema del vino. Mucho libro ahí. Y, considerando lo que ocurre hoy día, la obsesión con la mercadología del vino por encima del vino mismo y su relación con la naturaleza, mucho libro ya inservible. Hojeo yo a cada rato los escritos de grandes cronistas del vino como André Simon o Harry Waugh—en volúmenes que heredara yo de mis maestros. Pienso, leyendo sobre el Burdeos o la California que describen, que, en efecto, ya eso no existe, o sea que esos textos, en el mejor de los casos, resultarían inútiles para aprender sobre lo que son esas regiones vinícolas hoy, pues los vinos poco tienen que ver con lo que fueran cuando fueron escritos esos libros. En el peor de los casos, leer a estos escritores de vinos resultaría confuso, conflictivo y hasta enajenante para alguien que pretenda interpretar a través de lo que dicen, el producto vínico que se mercadea hoy.

Esta mañana, en la ducha, me puse a pensar en lo triste que sería el que mis hijos, de adquirir amor por el vino, no encuentren utilidad alguna en esa biblioteca que he amasado en el último cuarto de siglo. Seguro que encontrarán, si mi influencia vale para algo, la ruta del vino natural y abundantes ejemplos de vino de verdad. Seguro que aprenderán que vale más la convivialidad lubricada por lo que viene dentro de la botella, y no por lo que trae pegado fuera.

Pero me entristece pensar en como será su experiencia de la “cultura del vino” si las cosas no cambian. Yo me enamoré del vino como me he enamorado siempre de las mujeres. Más que un culo o una cara bonita, buscaba ese brillo en los ojos que prometía alegría, o un espíritu romántico, o un intelecto refinado, o un potencial de goce como una fuerza de la naturaleza, o ternura, o deliciosa crueldad… Así, como las mujeres que marcaron mi vida, también los vinos que la marcaron.

Ojalá y mis hijos no se vean reducidos a la “apreciación” de vinos que son el equivalente enotecnológico de una “reina de belleza” infinitamente manipulada y repulida artificialmente. Este mundo de placeres cuantificables (“¡98 puntos!”, grita alguna por allá atrás, declarando, acto seguido, que vivimos el mejor momento para la calidad del vino y nunca antes hubo tanto vino de tan alta calidad…) parecería indicar que por ahí van los tiros y que se forzará al placer a caber dentro de una escala, or else

Cumplo con expresarles aquí mis preocupaciones. ¿Estaré demasiado fatalista? Probablemente. Va y lo que necesito es una inoculación de superlevadura genéticamente manipulada que no solamente me ayude a procesar mis azúcares, sino que me permita hacer la maloláctica simultáneamente con mi superfermentación alcohólica. Entonces podré creer que vivo en el mejor de todos los mundos posibles.

Ah, y antes de que todo el contingente ibérico desaparezca con motivo de las vacaciones veraniegas ésas que se traen para estos tiempos he de regalarles una serie de notas de cata de vinos con levaduras seleccionadas que he disfrutado. Es que la vida es una cosa seria.

Mientras tanto, un videito de un par de artistas favoritos, muy a propósito de si mi actitud pueda o no tener consecuencias y levantar ronchas:

Escrito por: manuel-camblor 10 comentarios 05 Ago 2008 URL Permanente

04 Ago 2008

¿Números rojos?

Conté en mi última entrega de un par de vinos californianos que me pusieron nostálgico, pues la California de la que salieron ya no existe. Era una región de maravillosas promesas, allá por los ochentas, que daba vinos con verdadero carácter, estructura, vigor y, como pudimos constatar esa noche de los patos pekineses en Nueva York, muy buen potencial para mejorar con los años.

Pues no acababa yo de escribirles aquella última narración con el zinfandel de Caymus y el cabernet de Mondavi cuando comencé a pensar en la pregunta retórica que formulara un amigo no hace mucho: ¿Todavía hay quien, sabiendo más que lo elemental sobre vino, invierta seriamente en vinos de Napa o, para los efectos, de Burdeos?”

La pregunta me parece sumamente válida. La “moda del vino” ha generado hordas de nuevos “aficionados”. No pasa un día sin que oiga yo a alguien autodesignarse “enófilo” (perdón por las comillas semiirónicas; es que no me queda clara la naturaleza de muchas “aficiones” hoy por hoy y solamente retiro las comillas cuando puedo interactuar con la gente lo suficiente como para enterarme si lo de ellos es incipiente pasión real, o mero estar en la más nueva onda aspiracional). El vino está sumamente mediatizado y su mercadeo global alcanza niveles nunca antes soñados. Para una vastísima mayoría de estis nuevos aficionados, los puntos de referencia en cuanto a “grandes vinos” son, necesariamente, Burdeos y California, junto a tres o cuatro regiones más en el mundo que reciben la mayor atención y ganan la mayor hipérbole verbonumeraria de parte de las figuras que reinan en los medios dedicados al vino.

La otra botella, como órgano de expresión personal mía, disfruta especialmente cuando hay una confluencia fortuita de preguntas que me sugieren un tema. Digo “disfruta” porque en esos momentos es cuando el blog parece para mí cobrar vida, cuando ríe y me provoca a pensar y repensar nociones.

Por coincidencia, un conocido dominicano descubrió este espacio por puro accidente hace unas semanas. El otro día nos encontramos por la calle y entablamos una interesante conversación. Este señor no podríamos llamarlo un “enófilo”, ni tan siquiera un “entusiasta del vino”. Es un consumidor normal, que conoce cuatro o cinco regiones vinícolas y está al tanto de otras tantas marcas a las que es fiel cuando vino ha de pedir. Bebe vino en contextos sociales, pero no se siente inclinado a profundizar en su conocimiento más allá de “éste está bueno y bien de precio”.

O, mejor dicho, no se sentía inclinado a profundizar. Lo que me dijo, después de lo de haber descubierto el blog, es que leerme le ha hecho ver la afición por el vino de otra forma. Incluso, apuntó unas cuantas de las referencias que yo ponía en el blog, para ver si las conseguía y probaba. También me dijo que se había dado cuenta de que yo disfrutaba de forma polimórficamente perversa del vino (bueno, no usó esa expresión, pero el sentido era el mismo), bebiendo cosas por las que se pirraría cualquier snob junto con sencillos y sabrosos vinitos de pueblo. Lo mío no era cuestión de “dármelas de los vinos que bebo”, sino de vivir el vino como parte de mi vida, entendiendo que el vino es tan complejo como la vida misma.

El remate vino con una pregunta: “Pero ven acá, Manolo, ¿cómo es que a ti te aguantan que escribas sobre todo tipo de vino, pero casi nunca escribas sobre riojas, en una página llamada Lomejordelvinoderioja.com? Porque me puse a contar, y los riojas que tú pones son poquísimos…”

Ahí me agarró desprevenido.

Entré en la habitual explicación de que este blog lo hacía de gratis y que me habían dado tema libre. Podía contar lo que quisiera, dentro de lo razonable, y ejercer mi espíritu crítico, bla, bla, bla. Que si rioja no lo era todo y ayudaba, aún cuando los vinos de Rioja son el tema central del portal, que hubiera una especie de figura anárquica y trotamundesca que trajera a discusión cosas con que comparar lo que se hace en Rioja.

Mucha explicación tratando de… ¿De qué? Había un agujero negro de verdad tan cruel como ineludible en la pregunta que me había hecho este buen hombre. Alguna vez hubiera yo podido declarar que de Riojas, pues, entendía un poquito. Tengo muchas añadas bebidas de la mayor parte de las bodegas históricas y puedo dar juicios informados sobre sus trayectorias a través de, digamos, la mayor parte del s. XX. Incluso, hasta con ese—para mí—desafortunado momento de la “alta expresión” tengo mi buen cacho de experiencias en las que basar opiniones, pues, aunque siempre preferí los clásicos, en su momento dí oportunidades a los dizque “innovadores” que ganaban loas en las revistas internacionales.

Lo mismo hubiese podido decir de unas cuantas regiones más en España, algunas de las cuales ví surgir casi que de la nada (pienso, por ejemplo, en Ribera del Duero, que antes de los ochentas era Vega Sicilia y ya), o resurgir como aves fénix de una putativa “ruina”.

El problema es que tanto Rioja como Ribera del Duero y todas las otras regiones a las que estoy haciendo alusión, en la medida que han entrado en la pugna por convertirse en estelares participantes del mercado global, han ido perdiendo su encanto para mí. Como muchas veces he dicho, los vinos se han ido convirtiendo en aspiracionales tecnoproductos que poco tienen que ver con la tierra o con algún tipo de tradición que no sea la que conviene a los de marketing y los de contabilidad. “Mucho bijnes, poco duende”, como hubiese dicho un viejo amigo mío que tocaba muy bien la guitarra. Pero ya eso lo hemos trillado mucho aquí. La tecnología, la globalización y la hiperificación mediática del vino le han robado la esencia y la magia a mucho vino. Mi posición en cuanto a Rioja, o Ribera del Duero, o un montón de otras regiones de fama, es muy similar a mi posición con respecto a Napa o Burdeos: Compro tan poco ya que no represento. El producto vínico que sale de la vasta mayoría de sus bodegas en estos tiempos sencillamente no me llama. Mi interés por esas regiones que están hoy día tan pegadas en la conciencia de quienes llegan al vino, es inversamente proporcional a su actual popularidad.

Así mismo, un corolario: Las regiones que eran las importantes, los patrones a considerar cuando uno pensaba en grandes vinos cuando yo comencé a educarme en el tema han perdido para mí casi todo interés. Seguro, quedan unos cuantos productores en Rioja, en Toscana, en Burdeos y hasta en Napa a los que aún dedico atención si se me cruzan en el camino. O, en el caso de alguna u otra bodega riojana centenaria, recurro aún porque han sabido mantener mi atención a base de vino fascinante en tiempos de absoluta banalidad.

¿Quiere todo esto decir que he pasado, casi enteramente, a Rioja, Ribera del Duero y un montón de otras regiones vinícolas más en España, Francia, Italia, las Américas y Oceanía a la columna de las pérdidas en la que ya tenía al Burdeos parkerizado y a California?

Pues sí. Números rojos, etc. Tendrían que hacer algo mucho más puro, bello y honesto que lo que dicta el marketing globalista para reconseguir mi interés. Tendrían que ser los vinos (al menos los que salen al mundo mundial) más rioja, más ribera, más burdeos, más mendoza, o lo que sea, o sea, más autóctonos, reales e idiosincráticos que lo que dicta el buscapuntismo consultorial. Y como no creo que estén muy en ésas los productores, pues el nicho de mercado en el que estoy como que no vale mucho, pues… Mi entusiasmo es para otros lugares, menos mediatizados, donde los elaboradores están menos llenos de sí mismos por ser menos cacareados en la prensa del vino fácil. Lo que me hace vibrar últimamente tiende a provenir de lugares que provocan miradas escépticas de parte del mainstream enológico actual. ¿Tintos autóctonos de Rías Baixas? Pos sí. ¿Un tinto ligerito de una variedad olvidada en Trentino? Ya lo saben. ¿Un txakolí tinto de espectacular mineralidad? Pues es de esperarse. ¿Todo tipo de peculiares uvas locales del oeste del Valle del Loira, o del norte de Piamonte, o de Sicilia, o del Jura, o de una bella ladera en la Ribeira Sacra? Dedico a nuestra cobloguera Lorena Díaz una cita de aquel Mr. Big de Sex & the City, el que decía aquello de “Ab-so-fucking-lutely!” (al menos así lo dec7a en la VO; me da curiosidad sobre como le doblaron eso a Chris Noth). Siempre y cuando el vino sea elaborado naturalmente, me hable de su origen sin afeites ni aditamentos forzados y me invite a abrir otra botella, ahí estoy.

¿Hay esperanzas de que el grueso de esa gigantesca columna de números rojos vuelva a hablarme?

Pues quizás. Nunca digo “de este agua no beberé”, me limito a esperar que la corriente del arroyo traiga algo más limpio y fresco, es todo. Existen reductos de productores dedicados a hacer vinos de verdad, aún en las regiones vedette más corporativizadas y globalistas. Ellos pueden lograr algo grande aparte de los vinos que hacen, si logran despertar en sus vecinos el impulso hacia lo natural. Pero claro, eso sólo es posible si los demás abren los ojos.

Ta difícil, ¿veldá? Pero no es imposible. Y sigo siendo optimista, pese a todo.

En otro orden de ideas, esta canción de New Order salió inesperadamente en mi iPod esta mañana mientras levantaba pesas en el gimnasio. Me pareció muy à propos de todos estos pensamientos que ahora tan ineptamente he intentado escribir. La mando a los que, a pesar de todas las tentaciones y la venalidad del mundo actual, siguen aferrados a la verdad, al vino, y al vino de verdad. El clip no es “oficial”, pero como visual queda bonito…

Pero no me quedo ahí. O, mejor dicho, el espíritu burlón de mi iPod de ir al gimnasio (es un “Shuffle” chiquitito, de esos que te ponen las canciones a lo loco de entre lo que les has metido) no se quedó ahí, porque inmediatamente después de New Order me lanzó a The Notwist con esto:

”One with the Freaks…” Un buen título para mi acercamiento al vino en los últimos tiempos. Pero el DJ automático no se contentó con dos para una bella secuencia bromista. Allá zumbó una dedicatoria a Iñaki Gómez Legorburu con Hayseed Dixie interpretando uno de esos clásicos que tanto me gustan:

Pensé que disfrutarían de esta secuencia, real, aunque no me lo crean, con la que tanto se me animó la rutina matinal de ejercicios.



Escrito por: manuel-camblor 5 comentarios 04 Ago 2008 URL Permanente

02 Ago 2008

En torno a la historia del ojo (3): Una con pato pekinés

Calma de mañana de sábado. Puedo dedicarle un ratico a bloguear. Un lujo que hoy por hoy raras veces puedo darme.

Algunos preguntaron lo que había abierto yo para celebrar el cambio que dió mi vida con la nueva prótesis ocular que ahora llevo. La respuesta quizás sea un gran desencanto.

No abrí nada en particular.

¿Por qué? Pues sencillo. Aunque tengo bien claro que la ocasión lo ameritaba, esa noche de miércoles ninguno de mis amigos estaba disponible para compartir alguna botella importante conmigo. Encima, tras que me instalaran la cubierta escleroidal tenía yo toda una tarde por delante. Me entregué a pasear de una punta a la otra de Manhattan y acabé muy cansado, aunque sin perder ni una gotita de mi alegría al poder ver mi cara entera de nuevo.

Era tardecito ya cuando decidí que tenía hambre y debía cenar. Sin embargo, me dolían bastante los pies por las intensas caminatas del día. No quería alejarme mucho del hotel donde me hospedaba, el Park Central en la 57 y Séptima Avenida. Las opciones eran limitadas. Al final decidí que era mejor ir a lo seguro. Repetí en Molyvos, donde había estado la noche de mi llegada. Mucho vino por copa. Buena comida griega. Esta vez, todo de mar, pues quería dedicarme a los assyrtikos de Santorini que tanto me gustan.

Comencé con el mismo pulpo a la parrilla de siempre, entrante obligado en ese restaurante, y una copa del Gaia, Assyrtiko “Thalassitis”, Santorini 2007. Aquí la fruta es limpia, de hecho, casi demasiado limpia… Aromas y sabores de manzana y limón nítidamente expresados, pero que no pueden competir con el verdadero atractivo del vino, que es una mineralidad seria, salina y muy tangible. Se me antoja que aún el vino más manipulado e hipermodernista que haya, si tuviera una mineralidad así, mantendría mi interés por muy buen rato y se ganaría mi respeto. No que tal sea el caso con éste de Gaia. Sólo una imaginación mía. En boca cítricos muy vivos con notas anisadas y de cardamomo. Sorprendentemente voluptuoso de cuerpo. Largo posgusto que me hace pensar en pastis servido con cubitos de roca volcánica.

Quería seguir en esta onda con el filete de lubina que me trajeron. Pedí la más reciente versión de un viejo conocido, el Abelones Kotsoyanopoulos, Assyrtiko, Santorini 2007. Este tiene la mineralidad mucho más por delante que el Gaia y resulta más angular de primera impresión. Los tonos anisados también están ahí, pero menos dulces, más discretos. Firme, térreo y bien seco. Toronja y limón con volcán. Persistente. Mucho nervio. Al vaciarse la copa no dudé, pedí otra.

Pero bueno, no que viniera yo hoy a contarles de más griegos. Este breve interludio sirve únicamente para sacar de dudas a los curiosos. A veces el cuerpo no pide más celebración que una cenita en solitario con tres copitas, un libro, y a la cama.

Lo que sí venía a contarles es de la bebienda del jueves por la noche. Porque no podía yo quedarme en esa visitilla a la Gran Ciudad™ sin un buen jeebus freestyle. Buena anarquía vínica en un local agradable y con buenos amigos. ¡Cóme me gusta eso!

Las llamadas se sucedieron durante el día. El plan original era reunirnos en el Café Cortadito a comer cubano y beber de todas partes, como lo hicimos en mi última visita. Pero al final cambiamos de onda y nos fuimos a la Peking Duck House, allá cerca de mi ex-barrio.

”Nos” era Brad Kane, el hombre más retratado de mis últimas crónicas, Jorge Henríquez, Jeff Grossman, Greg del Piaz, el verdadero Jay Miller, SFJoe y un servidor. Pequeña peña, pero de armas tomar.

Les contaba yo a los amigos los pormenores de la instalación del nuevo ojo mientras comenzábamos a abrir botellas. Lo primero en caer fue el Druid Wines, “Le Limozin”, Meursault 1993. Druid Wines es la firma de négoce de Domaine Dujac. Inicialmente sospeché yo que había un ligero problema de oxidación prematura. Jay Miller, quien trajo la botella, es un hombre de mayor fe y sugirió esperar un poco, dejar el vino airearse a ver si cobraba vida. Y lo hizo, sobre todo con algunos de los aperitivos sinoamericanos en el pu pu platter que Kane ordenara.

El vino es de un dorado intermedio, con buen brillo. La nariz, después que se le pasa un poco la caramelez caldodepóllica que se traía, revela galletas de almendra, flan, jengibre, durazno desecado y limón. En boca es carnoso y sorprendentemente seco, considerando su amplitud. Buen enfoque cítrico-mineral en un posgusto donde surgen acentos de grano de café. Interesante meursault.

Seguimos con algo que aportara yo, más que nada porque tenía muchas ganas de probarlo, el Quinta do Feital, “Auratus” Alvarinho-Treijadura, Vinho Regional do Minho 2007. Extremadamente fresco y puro. Deliciosamente mineral. Te agarra la nariz con unos aromas muy high definition y te la despierta. Lo mismo la boca. Lo llamé “cafeina para la noche”. Uno que podr7a beber y beber.

No pude evitar reirme ante la casualidad. Ultimamente en Santo Domingo había estado bebiendo una buena cantidad de vinos de Cantina Terlan en el Alto Adige, ¿recuerdan? Pues Greg del Piaz había traido el vino más exclusivo de la casa, el Cantina Terlan, “Terlaner”, Alto Adige 1991. Este terlaner es una cuvée de pinot blanc, sauvignon y chardonnay que pasa diez años en depósito de acero inoxidable sobre sus lías. Fue embotellado en el 2001. No hay que decir que eso tiene forzosamente que dar una experiencia nasal interesante… Bonita pestecilla de guisantes frescos, trigo, grano de farro, pera, cera y piedras. Compacto en boca al principio, se expande gradualmente al airearse para soltar cítricos jugosos y notas florales. Largo. Fascinante. Toda una experiencia.

Otra botella traida por mí era del Movia, Ribolla Gialla, Brda, Gorincka, Eslovenia 2005. Obviamente, quería probar la añada más reciente después de que el 2004 se comportase tan espectacularmente como lo hizo en junio. Este 2005 es más carnoso y obvio que el 2004, aunque está tremendamente apretado ahora mismo. Cera, frutas amarillas, tierra y heno. Difícil de juzgar, pues va y con unos añitos en botella se pone igual de elegante que el 2004, aunque ahora mismo no parezca der del mismo nivel.

Comenzamos los tintos con un A. & P. de Villaine, Bourgogne “Bouzeron” 1987 que Jay nos ofreció encogiéndose de hombros. Poco esperábamos y poco obtuvimos de esto. Huele a salsa de soya y sabe a muerte. E.P.D.

¿Les he contado lo mucho que me encantan los vinos de California?

Tomen ustedes el caso del Caymus, Zinfandel, Napa Valley 1987: Una maravilla aromática, enérgica y elocuente. La nariz es de violetas, nuez moscada, cedro, malagueta, clavo dulce, sotobosque y frutas rojas frescas y desecadas en igual proporción. Una fragancia cautivadora por lo natural y honesta que se le siente. En boca el vino es de cuerpo medio, con abundante fruta y un atractivo aspecto rústico. Entra sin pretensiones y se queda buen rato. Todavía le queda chicha tánica y se va ampliando interesantemente con el aire. Largo. Verdaderamente bonito.


-Caymus, Zinfandel, Napa Valley 1987-

”Esto es lo que perdimos”, declaró Greg. Y todos asentimos, sabiendo que California, como gran región abundante en vinos de verdad, ya no existe. Me encantan los vinos de California. Los que he de sacar del pasado.

Caymus, dicho sea de paso, hace años que dejó de elaborar zinfandel. Hasta podría decirse que dejaron de elaborar vino, optando hoy día por abominables tisanas de roble nuevo que etiquetan como “cabernet sauvignon”.

Seguimos con un Franco Fiorina, Barolo Riserva 1978 que no comenzó nada bien. Caramelo, salsa de soya, caldo de carne, sirop de maple y rosas marchitas. En boca es de cuerpo medio y tiene bastante sustancia todavía. Lo curioso es que con el aire el aspecto de maple se hace cada vez más pronunciado. Otra experiencia interesante, pero nada como la que tuve a continuación con el Fontanafredda, “Vigna Lazzarita”, Barolo 1971. Fontanafredda es uno de esos productores que durante años he asociado con mediocridad industrial. Alguna vez, a finales de los noventas, tuve que catar toda la gama de esta bodega y lo único que pude concluir fue “¿Y qué?”

Pero este 71 fue toda una revelación. Preciosa nariz de barolo clásico. Tierra, rosas secas, arbusto, carne curada, canela y anís, con un