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Especie en vías de extinción

Me preparo para presentarles, en una próxima entrega de este blog (sorry, en mi proceso de redacción se interpuso un importante evento para el cual tendré que reportar aquí antes de colgar el remanifiesto), la prometida revisita a aquel "Manifiesto cambloriano de la vida y el vino" que alguna vez publicase en otro medio y que creara no poco follón. La neuva versión trae sus sorpresas de distintos tipos y seguro que ofenderá a muchso de los fácilmente ofendibles. Por lo pronto, dedico unas líneas preliminares a un tema que me preocupa hasta el punto de resultarme deprimente. Digamos que así vamos afilando dientes y depurando el ideario...


Burdeos fue una de las regiones vinícolas con las que aprendí, de adolescente, lo que era un gran vino. La otra fue Rioja. La primera vez que probé un Château Lafite o un Marqués de Riscal supe, sin lugar a dudas, que estaba ante vinos con carácter y nobleza. Era jovencito y, alegarán algunos, también era fácilmente impresionable, pero en mi memoria ese tipo de vinos me hacía partícipe de un aspecto especial de la vida, me iluminaba las herramientas del arte de vivir.

Cruel jump-cut al presente. Un buen amigo me dice: “Disfruta de lo que te queda en la bodega, pero despídete del Burdeos de hoy. Eso no tiene nada que ver con lo que tú consideras gran vino”.

Razón tiene de sobra. En este mundo de puntos y puteo, de megacorporativismo y “consultores” rampantes, de peso sin sustancia, de facilismo, de ostentación, lujismo y marquismo, ya aquellos vinos de sublime elegancia respaldada por verdadera estructura, de múltiples niveles sutiles de aroma y sabor que te provocaban los sentidos y el intelecto por igual, que podías dejar como herencia a una generación futura para que se maravillara de lo que eran capaces de lograr juntos la naturaleza y el hombre, ya son una especie en vías de extinción.

Los escasos ejemplares jóvenes que te encuentras por la vida (porque, seamos claros, quedan unos pocos productores aún en Burdeos haciendo vinos de verdad), en vez de alegrarte, te recuerdan que su tipo se ha quedado en un puñadito. Se requiere una cierta disposición para, del descorazonamiento, sacar aliento para proteger lo que queda, para protestar, para tratar de parar el movimiento hacia la mediocridad que proclama incesantemente ser no solamente “excelencia”, sino la única “excelencia” posible.

Se me ocurrió una modificación de aquella tonadita de la época disco de Queen: Another one bites the... Points? Es que me encontré una noticia en decanter.com que corría riesgo de perderse entre la seudocrontroversia creada en torno a un comentario de Hugh Johnson sobre la poca importancia que tiene la añada en el mundo tecnovinista actual. La noticia hablaba de la compra del Château Poujeaux por parte de la familia Cuvelier a través de Clos Fourtet, una de las bodegas de los Cuvelier.

Château Poujeaux queda en Moulis, en el Médoc. Este cru bourgeois ha sido propiedad de la familia Theil desde los años veinte del s. XX. Sus vinos me gustaron desde que los conocí con añadas de principios de los setentas: Son robustos, con mucho músculo tánico y aspectos térreos que podían hacer pensar en una cierta rusticidad, pero que se pulen muy bonito. Poujeaux se toma su tiempo para evolucionar y llegar al punto óptimo de consumo, pero cuando lo hace es delicioso y, sobre todo, muy auténtico.

Mi temor ante la adquisición por parte de los Cuvelier creo que es justificado. Después de todo, ésta es la misma gente que contrató a Michel Rolland para “modernizar” una de mis direcciones favoritas--y uno de los terroirs más privilegiados--de Saint-Julien, Château Léoville-Poyferré. La pérdida de Léoville-Poyferré al lado oscuro del puntismo me dolió, por eso la menciono mucho (como bien saben mis lectores regulares; por cierto, la última aparición del nombre “Cuvelier” en este blog fue con el horrible “Cuvelier de los Andes” que probé en la penú;tima entrega de Iberoamérica en Cata—el que no le gustó ni a mi suegra…).

Ya veremops lo que pasa con Poujeaux. ¿Será otro antiguo vino de confianza del que tendré que olvidarme? Veremos...

En el claroscuro emocional de los pocos burdeos decentes que quedan (piénsenlo: ¿Sería honesto de mi parte “recomendar” Burdeos hoy día como algo de lo que hay que aprender de forma positiva en cuanto a vino de verdad se refiere? ¿Importa realmente Burdeos para algo ya, no histórica, sino activamente, para los amantes del vino de verdad?) aparece lo que probamos Josie y yo anoche. Se los dejo como referencia, visto como un tigre de Bengala.

El Château Cantemerle, Haut-Médoc 2004, servido con un sirloin a las hierbas y pepperonata es una delicia, aún tan jovencito. Lo tengo aireándose en decantador hora y media antes de la cena y luego lo bebemos tranquilos, comiendo y viendo una peliculita posprandial. En el 2004 la cuvée de Cantemerle comprendió un poco común 68% de cabernet sauvignon (siendo lo habitual sólo 50%), con el resto de merlot, petit verdot y cabernet franc. Usan un 50% de roble nuevo en la crianza, lo que se nota...


Capa profunda, pero brillante y con borde púrpura. La nariz, a hora y media de abeirto, no se ha movido mucho desde que decanté la botella. Aromas vivos de fruta roja y negra, puros y perfectamente enfocados, dando especialmente claros tonos de cereza y frambuesa negra y fresa, seguidos por subtonos de comino, una mezcla de gravilla y ceniza, menta desecada, cocoa y algo de musgo. Pero aunque tantos descriptores pueden dar una impresión de complejidad evidente, debo indicar que esto todo aparece en una nariz sumamente primaria y jovencísima. La fruta domina y las demás cosas se dejan entrepercibir, pero todo es promesa. En boca es un tinto de cuerpo medio con ese bello centro como acuoso de los mejores “lunchtime clarets”, que le da gracia y ligereza de movimiento en el paladar. Vibrante fruta con acentillos de pimienta negra y chocolate, en un marco tánico firme y excelente acidez. Muy largo. Te hace la boca agua y te invita a servirte otra copa, pero también creo que no está ni cerca de su momento de gloria, que vendrá más o menos de aquí a doce o quince años.

Rioja, por su parte, a veces me da vinos que me hacen sentir así--que me deleitan, pero que me entristecen haciéndome recordar que su tipo puede estar en peligro de extinción si no cobra el mundo consciencia rápidamente. Me da un rico calorcito en el corazón el que existan bodegas coo La Rioja Alta o López de Heredia, que mantienen en alto el estilo que hizo grande a su región. Pero claro, donde están ellos están doscientos otros que se dejan llevar por la última moda, que la abrazan a perjuicio de todo lo demás como el non plus ultra de la excelencia vínica. Lo peor es que son muy pocos los que, aunque decidan sucumbir al canto de sirena del vino de puntos, deciden también mantener intactas algunas de sus marcas de estilo más tradicional. Ese es un epistema interesante, donde pueden coexistir vinos tradicionales para una buena mesa con vnos de cata y espectáculo. Claro, habrá que ver lamente del bodeguero y del crítico que pueda albergarlo y hacerlo progresar hoy por hoy.

Sobre este blog

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La otra botella

Educado y sobrediplomado en un montón de disciplinas que no le sirven para nada (o casi nada), hoy día Manuel Camblor se dedica a menesteres para los que nunca estudió formalmente. Tras un par de décadas perdidamente enamorado de la cultura del vino, Manuel se considera a sí mismo más apasionado que nunca y está suficientemente seguro de sus propios gustos vínicos como para poder hablar libre y honestamente de ellos, contando de paso alguna que otra historia que quizás pueda deleitar y edificar a los cuatro gatos que decidan leerle. La Otra Botella es un blog en que Manuel vierte sus opiniones personales sobre vino, vida y cultura. Aquí a veces crea controversias, a veces acuerdos. Aquí se divierte en los gentiles artes de hacer amigos y enemigos.

Actualmente Manuel reside con su esposa Josie y sus hijos Julián y Sabina en Santo Domingo, República Dominicana. En sus ratos libres está reaprendiendo a tocar la guitarra como debe ser y pretende, a sus cuarenta abriles matariles, formar una banda de salsa-punk-funk.

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