CONCLUYE LA SECCIÓN OFICIAL CON LAS PELÍCULAS ESPAÑOLAS EN BUENA POSICIÓN

64 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

ANDANZAS DE UN “BUSCAVIDAS”

JORNADA 8ª.-

Las coincidencias absolutamente casuales entre algunas de las películas que he visto durante los ocho días de estancia en San Sebastián disfrutando de su prestigioso certamen y de la exuberante belleza de la ciudad, se amplía, como digo, por mera alusión al hecho, con una de las últimas y esperadas cintas proyectadas dentro de la SO, “American Pastoral”, debut detrás de la cámara de hasta ahora intérprete, Ewan MacGregor. Su zona argumental más quisquillosa y controvertida, aquella que hace alusión al combativo e insurgente carácter antisistema de Merry (Dakota Fanning) que la conduce a desobedecer y hacer oídos sordos a las advertencias de sus padres, Seymour Levov (Ewan MacGregor) y Dawn (Jennifer Connelly), para que deponga su beligerante actitud exaltada y revolucionaria y abandone los ideales extremistas, no son aceptadas por las convicciones idealistas de Merry y ésta se dedica a poner bombas, causando muertes humanas, como protesta por la deriva reaccionaria de un país sumido en el descontento por la guerra del Vietnam y los problemas sociales y raciales. Pues bien, esta airada aptitud se encadenaría con los jóvenes chavales de la película, “Nocturama”, cuya misión, sin unos postulados evidentes y expuestos en la pantalla, se concentra en la rigurosa planificación de colocar artefactos explosivos por varios lugares de París.
“American Pastoral” está inspirada en una novela de Phil Roth. No la he leído. Después de ver el trabajo y tratamiento realizado por MacGregor, me entran ganas de sumergirme en las fauces de un libro nada complaciente y amable con el pedazo de historia o el período de tiempo en el que transcurre la acción.
Me da la sensación que Ewan MacGregor, por el resultado del largometraje, se ha metido, no sé si ingenuamente, en un asunto de muchos kilates, de extraordinaria envergadura y de exigente contenido. Su manifiesta bisoñez, creo, queda patente en el fallido intento de dibujar una especie de caída del imperio americano o el descenso a los infiernos del modelo de vida propagado por el mismo Estado del confort y bienestar con el que los asociamos. MacGregor tiene en sus manos un drama poderoso, con muchas aristas y lecturas que, resumiendo, sería retratar el ocaso o la pantomima del sueño americano. El sueño, la grandeza, la oportunidad de conquista está reflejada en el personaje de Seymour, apodado, “El sueco”, hijo de un industrial de Newark que ha hecho dinero con una fábrica de guantes, y que tras ganarlo todo como deportista, coge la riendas del negocio paterno y se convierte en el estandarte del éxito de la clase media. Casado con una mujer conservadora y católica, Dawn, tienen una hija, Merry, que será la causante de su futura desdicha y agotador tormento. La chica, que de pequeña tartamudeaba, cuando cumple los 16 años se convierte en una agitadora y activista de los derechos civiles y sociales. Su trayectoria como manifestante es el primer paso para participar en acciones brutales. Y ese es el calvario y camino a la perdición de Seymour, el rechazo de su hija y la inestabilidad de su mujer, muy afectada también por el repentino y salvaje desapego de la hija.
“Yourself and Yours” es el último ejercicio de minimalismo del cineasta coreano, Hong Sang-soo, que película tras película parece repetir el mismo esquema que tan buenos rendimientos le ha aportado en su carrera. Muy similar al planteamiento y esquema visto en ejemplos peculiares y que se ajustan como anillo al dedo por su querencia y formulismo hacia el mundo de las parejas en títulos tan representativos de su filmografía como, “En otro país” y “Ahora sí, antes no”. Todas estas obras estrenadas en nuestro país y quien haya tenido ocasión de verlas y recuerdan más o menos sus maniobras y quiebros argumentales y cierta, digo cierta, simplicidad de sus diálogos, se podrá hacer una idea bastante aproximada de las cualidades y situaciones socorridas de su universo.
La que ahora comento, variación aquí, modificación allí, presenta a una pareja que tras una acalorada discusión, pero bastante jocosa, entra en crisis porque por culpa de una grosera maledicencia la chica es acusada de borracha y de haberse metido en una gresca con un extraño. Y este percance no es del agrado de su novio, que se cabrea bastante. Ante semejante bronca, la chica desaparece y tiempo más tarde, su amigo, artista, se lanza a buscarla.
Esta peripecia, normal y corriente en el mundo de la pareja, le da pie a Hong Sang-soo, para hilvanar, a su típico estilo de enredos sentimentales y situaciones surrealistas, un entretenido juego de flirteos y romances fallidos de Min-jung (Lee You-young), cuya forma de tratar a los hombres es irreverente e irónica, mientras el lelo de Young-soo (Kim Joo-hyuck), desesperado por su ausencia, se lanza a su búsqueda recapacitando de su error y echándola de menos.
La última película exhibida a concurso, vista hace apenas una hora, ha sido, “Rage” (“Cólera”), del cineasta japonés, Lee Sang-il, una especie de thriller y drama que arranca con una fuerza digna de “Seven”, de David Fincher, con la policía llegando a un lugar donde se ha cometido un asesinato despiadado. Esta primera secuencia da la impresión que nos vamos a sumergir en una elaborada investigación policial. Pues no. Aunque la cinta conserva en todo momento la subtrama de la intriga criminal, el foco de atención está puesto en dos personajes masculinos, de dudosa procedencia, que en su ánimo de pasar inadvertidos, se mezclan con la gente de una población costera surgiendo relaciones sentimentales en las que poco a poco va floreciendo una pasado turbio y oscuro, cuya distinta magnitud (uno es un asesino y el otro escapa de la mafia de Tokio), les impide, en su deseo de permanecer ocultos y esconder su verdadera identidad, mantener, ser personas normales y corrientes.
La película tiene su intríngulis. Su propuesta puede ser, cuanto menos, misteriosa, porque el cineasta estructura el guión de tal manera que las dos tramas cabalgan a la vez para no enseñar las cartas y lograr que el espectador, en algún momento de la proyección, y con los antecedentes y pistas que se van acumulando, inicia la recomposición del cubo de Rubik y vaya atando cabos. Por lo tanto, estoy delante de un filme enrevesado y algo retorcido, que te obliga a permanecer alerta y mirando sin despistarte la pantalla para ir formando el nudo de un meollo de asesinatos, culpa, remordimiento, conciencia, huida de gángsters, romance, relaciones paterno/filiales, ambigüedad sexual, todo ello contado de forma convincente y con un delicado y trabajado tratamiento visual. Aún así, creo que un pulido del guión y la reducción de metraje, hubiera beneficiado a la película. Sin resultarme muy interesante, se agradece, a mi juicio, el esquema boscoso con el que el director construye su filme, sobre todo, teniendo en cuenta el parecido físico de algunos actores nipones que muchas veces no ayudaban a tener las pesquisas bien colocadas en su funcionamiento.

“EL INVIERNO” SE CUELA ENTRE LAS FAVORITAS

64 EDICÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

ANDANZAS DE UN “BUSCAVIDAS”

6ª. Y 7ª. JORNDA.-

Imposible, pese a que intenté, mantener el ritmo de las crónicas diarias del festival de cine de San Sebastián de forma rigurosa y puntual. Ayer miércoles, una vez atravesado el meridiano del certamen, y con una agenda y plan del día con seis títulos apuntados y de cumplimiento personal obligado, incluso con un título, “Sieranevada”, del rumano, Cristi, Puiu,cuya duración se acercaba a las tres horas, me fue inviable encontrar un hueco para poder escribir, aunque fuera unas pocas líneas, reseña y comentarios de la impresión que me habían causado el voluminoso botín de películas visionadas.
Creo recordar, que el salva páginas lo había dejado en el instante de ir a ver la súper producción dirigida por el realizador español, Juan Antonio Bayona, “El monstruo que viene a verte”, exhibida en la SO fuera de concurso, y con la participación en el reparto del premio donostia a su trayectoria cinematográfica, la actriz, Siourney Weaver. Decir, que en este espectáculo visual de un sentimentalismo (para mi, rancio) de toda la vida, de esos que enganchan y enternecen con mucha facilidad a los espectadores de lágrima fácil, la voz del monstruo, que nace de un árbol con propiedades curativas, es la de, Liam Neeson, en su versión original.
Debo confesar, aunque bastante gente que me conoce, que me lee en facebook o en este diario/blog de cine para DIARIO LA RIOJA, sabe de sobra mi escasa disposición a este tipo de relatos de fantasía fabuladora y con moraleja de mesa camilla, y con un tono excesivamente marcado por un infantilismo académico que no me termina de convencer. Pero estos prejuicios no me imponen trabas ni dificultan mi intento de objetividad, que muchas veces queda lastrada o amortiguada por el factor determinante del gusto propio, esa fuerza interna que en ocasiones, no de deja que los árboles te brinden la visión de un hermoso y esplendoroso bosque.
Me cuesta entrar en la historia, No es culpa de Juan Antonio Bayona, si no mía. Porque si me tengo que ceñir al trabajo del autor de, Lo imposible, afirmo rotundamente que es colosal, muy bien narrado, que llena la pantalla con elementos propios del drama personal de un niño de doce años con apariciones de cortos relatos de animación, contados por el monstruo, que unidos la impecable factura industrial de la producción, dan como resultado un filme atractivo y de indudable encanto, sobre un mozalbete, Conor, muy bien el joven actor, Lewis MacDonald, atrapado en una áspera encrucijada y dilema acerca de la enfermedad grave de su madre cuya manera alegórica de definirla es gracias a la ayuda de un monstruo, para nada amilbarado y blandengue, como el de Spielberg, que ayudará a Conor a exorcizar todos los demonios y peleonas contradicciones que le atormentan en forma de pesadilla.
Filme comercial, eso está claro. Pero Bayona sabe con mucho juicio e inteligencia manejar e ilustrar los sentimientos tópicos y manoseados para ofrecer, hoy en día, una película que se ajusta a los dictados de un público enamorado por cintas de gran solvencia técnica que además te ofrecen dosis de caramelo envuelto en papel de lujo.
Lejos, muy lejos, demasiado lejos, casi…”en una lejana galaxia”…se sitúa una mirada y reflexión de corte radical de la juventud cafre y odiosa que pulula en Santiago de Chile en el filme, “Jesús”, de Fernando Guzzoni, una crónica cruel y desesperanzada que a modo, aunque salvando las distancias, del estilo de cine que suele manejar el realizador norteamericano, Larry Clark (“Ken Park”, “Kids”, entre otras), un retrato de una pandilla de golfos y gandules, entre los que se encuentra, Jesús (Nicolás Durán), que en su parrandeo etílico durante una noche por un parque, encuentran a un homoxesual tirado en el suelo, borracho perdido, y la banda lo agarran y lo someten a todo tipo de humillaciones, vejaciones y paliza brutal. La película es como un crudo docudrama, cargado de tensión y ponzoña, en la que observamos a los muchachos en sus rutinas gamberras y en su agresivo nihilismo. El tratamiento visual es correoso y áspero, sin apenas iluminación artificial, creando una atmósfera ruin y un clima emocional espeluznante, que consigue provocar la reacción del espectador, sumergido en una jungla urbana asquerosa y denigrante, mientras, en este caso sólo el padre de Jesús, intenta encauzar a su hijo, sin lograrlo por el propio asilvestrado comportamiento de la cuadrilla, pérdida y sin esperanza de futuro.
“Snowden”, de Oliver Stone, que se proyectó en la SO fuera de concurso, es un relampageante y casi vertigionoso thriller cibernético made in Stone acerca de los motivos que condujeron al intrépido contratista de la NSA a revelar a los periodistas del rotativo inglés, The Guardian, una información peligrosa, casi letal, muy comprometedora y de una trascendencia mayúscula en la que se decía que esta agencia estatal había creado un programa informático con el cual espiaba a todo el mundo. En aras de la seguridad, para proteger a los EE.UU, y con la garantía de hacer un mundo mejor, la NSA se inmiscuyó en la vida privada de los ciudadanos de tal manera que cualquier funcionario relacionado con el sistema de espionaje podía conocer cualquier intimidad de quien fuera.
Daniel Snowden, brillante informático, un tipo conservador, tímido y retraído, se percató de la mezquina e inmoral ilegalidad del asunto y decidió dar un paso adelante de gran valor y responsabilidad, que es difundir los tejemanejes del gobierno, desatar un escándalo de proporciones inimaginables y convertirse en un prófugo exiliado en Rusia.
Ya habrá ocasión de retomar este interesante filme, su avalancha de datos e información, estructurado con la eficacia y fiabilidad del cine de Oliver Stone, atrevido para todo lo bueno que tiene su cine como débil para los asuntos más prosaicos en los que a veces incurre en sus cintas, y que está planteado como una película de denuncia, que alerta de las maniobras de las agencias de inteligencia, que en su cruzada de proporcionarnos seguridad, cruzan fronteras y límites intolerables, que incluso deberían sacudir la conciencia de los más patriotas, por el abuso de la tecnología para meterse literalmente en nuestras camas y disfrutar de los espectáculos que nos montamos con nuestras novias, mujeres o con quién prefiera la peña.
Lo mejor de la jornada la puso, a mi entender, Argentina. De este país es, “El invierno”, de Emiliano Torres, hasta hoy, jueves, una de las mejores películas de la SO. Me gustó un montón. Me agradó de una manera tan convincente y rotunda, que viendo el cometido del personaje central, Jara (Cristián Salgero), que durante el crudo y solitario invierno en una granja de la Patagonia profunda, en medio de paisaje nevado y helado, debe cuidar y mantener una inmensa hacienda hasta la llegada de la primavera, que salvando las distancias, me recordaba a, “El resplandor”, de Stanley Kubrick.
Por méritos propios, esta película tiene que estar en el palmarés, por su mirada natural hacia un trabajo solitario e ingrato, por la fuerza en la que está contado el drama del vigilante saliente y el entrante, por captar un paisaje desolador y aterrador, que se convierte en una personaje más y la extraordinaria fuerza de sus actores, mezcla de profesional y amateurismo. Síntomas que aparte de las reflexiones etnográficas, “El invierno”, te habla de seres de carne y hueso, indisociables de una geografía y de un modo de entender la vida; de una sociedad cambiante y transformadora, de la entrada de nuevos propietarios del terruño más atentos en convertir una zona de pastoreo en una gigantesca urbanización para nuevos ricos. De estas cosas y otros asuntos va la memorable cinta de Emiliano Torres, que se ha colado entre mis preferidas casi sin hacer ruido pero con una fuerza innegable y rotunda.
Gracias a este largometraje, y casi en la recta final, la SO a concurso ha visto elevado su nivel. Ojalá se mantenga de aquí hasta la bajada de telón. Por los menos disfrutar con ilusión y expectativas las jornadas que restan para la clausura.

EL CACHONDEO DE NACHO VIGALONDO SE AGRANDA CON “COLOSSAL”

64 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

ANDANZAS DE UN “BUSCAVIDAS”

5ª. JORNADA.-

Siempre hay gente pululando por las calles de San Sebastián. A cualquier hora. Por dónde sea. Aunque el amontonamiento se produce en la parte vieja, atestada de garitos y, por lo tanto, de humanos, de toda condición. Da igual.
Por la noche, cuando sales del cine, de la última sesión, la más agotadora, por eso casi siempre suelo elegir una película cuya duración no sea exagerada, para no agotarme y respirar un poco; lo mismo, tropiezas con personas, que van y vienen, que se expresan en varios idiomas. Esta ciudad, aparte de bella y bonita, tiene vida, mucha vida; bulliciosa y ajetreada.
Lo de la vida viene a cuento porque ayer noche, buscando algo de relax y tranquilidad, elegí como colofón a la jornada un curioso documental realizado por el desaparecido cineasta catalán, Bigas Luna, titulado, “Bigas X Bigas”, estaba englobado en la SO pero dentro de la programación de proyecciones especiales. Es un trabajo, la mayoría rodado en vídeo, que describe distintas etapas creativas y de la vida personal y ociosa del autor de, “Son de mar”. Y una de las cosas en las que más insiste Bigas es su amor por la vida. Gracias a la vida, se repite constantemente. Su triángulo de prioridades son, la comida, el sexo y la espiritualidad. Sobre esta base ha creado todo su universo y su vivencia. Me lo he pasado bien, sabiendo de antemano lo que iba a ver y conociendo el tono amateur de la imagen.
Pero la gran estrella de la jornada, el título que ha despertado revuelo y altas expectativas ha sido, como no podía ser de otra manera, Nacho Vigalondo, un tipo hecho así mismo en el mundo del cine, capaz de amontonar enaltecidos admiradores como acumular socarrones detractores. Sus películas, “Los cronocrímenes”, “Open Windows”, entre otras, se definen por sus argumentos rocambolescos y tratamiento friki y gamberro. Como no deja indiferente a nadie, su última película, “Colosal”, inscrita en la SO, pero fuera de concurso, ha llenado hasta la última butaca el pase de prensa en el Teatro Principal.
Tampoco soy muy amigo de su cine. Lo veo todo. Pero me cuesta disfrutarlo. Como todo se decanta por gustos, y el mío, respecto a la filmografía de Vigalondo no tiene una empatía inquebrantable, tampoco es cuestión de hacer juicios anticipados sin ver antes el largometraje. Y debo anticipar, porque “Colosal” se va estrenar, eso seguro, que he disfrutado de la locura o dislate de guión a medias. Entregado con cariño y simpatía a ratos y, otras veces, desgraciadamente, bastantes, aburrido porque determinadas secuencias me parecían sosas y repetitivas, como alargadas, a mi modo de ver, innecesariamente.
Rodada en inglés, se trata de una gran producción. Tiene actores norteamericanos muy conocidos y de prestigio. Porque considero que Anne Hathaway, que es una nena muy mona, tiene pedigrí y encanto. Y su compañero de reparto, Jason Sudeikis, tiene talento y ese punto cañero muy conveniente (y convincente) para dejarse arrastrar hasta el infinito en las parrandas visuales (empanadas mentales, en las redes sociales) de Nacho Vigalondo.
La película es una atracción de feria. Un divertimento tronado. Casi todas las obras de Vigalondo tienen un punto de cachondeo, de pasatiempos gracioso. A mí me apetece ver más una cinta de guasa que no una asfixiante trama maquiávelica con tintes “negros” como, “Open Windows”, que a mi parecer, se pasó de frenada. De “Colosal” me quedo con su chispa y su planteamiento arriesgado. Se puede acertar o errar, pero Nacho los tiene bien puestos y no se arruga ante nada. Le gustan los riesgos y si al rodarlos da la impresión de estar “fumado”, pues mejor, igual sales más marchosa y jocosa la “marcianada”. Utilizo muchos adjetivos como si estuviera “colocado” porque la manera de reírse con “Colosal” es no tomársela en serio. Aceptar la broma y su carga metalinguista, su intertextualidad (que los tiene), porque es una filme repleto de referenciase y lenguajes, que Vigalondo los absorbe y los inserta en su obra, y asumirla con simpatía y jolgorio, sin perder de vista sus inquietudes y un elegante pulso detrás de la cámara.
Claro, y ahora viene lo mejor. Estoy escribiendo como si “Colosal” fuera un filme ciencia-ficción o de marciano. Pues casi. De monstruos. Tipo Godzila y robots como Mazinger Z.
La historia es una comedia romántica en clave de chiste fantasioso. Una chica tiene una crisis con su pareja y decide marcharse al pueblo, a recapacitar de su vida e intentar mejorar. Se encuentra con un antiguo compañero de colegio que le propone trabajar de camarera en su bar. Mientras esto pasa, en Seúl (Corea del Sur), un gigantesco lagarto, como Godzila, aparece destruyendo parte de la ciudad. La chica se da cuenta que tiene una conexión con el bicho y monta un increíble pifostio al que se uno su amigo que resulta que tiene conexión con un robot que también surge en Seúl. Y hasta aquí puedo leer.
Sí, lo han leído correctamente, he escrito, un monstruo y un robot, en Seúl y se reparten mamporros. Así es Nacho Vigalando, muy “rarito para sus cosas”, pero te diviertes.
Cruzar el ecuador del festival significa que llevas la mitad del material visionado y que me encuentro en una óptima posición para hacer una declaración acerca del interés y nivel de la sección oficial a concurso. Aunque todavía queda un buen trecho, y no descarto (espero que sea pronto) la aparición de algún título que te ayude a sacudirte de encima el muero y la sensación de un aparto oficial pesaroso y de marcado acepto decepcionante. Sí, veo películas, pero ninguna me llega con rotundidad, ésa que llegados a este punto la coloques en primera posición para ganar la Concha de Oro. Y no es por nada, la mejor colocada en mi apreciación, qué duda cabe, que es y sigue siendo, “El hombre de las mil caras”, la cinta de Alberto Rodríguez.
Y de esa posición privilegiada, a mi juicio, no la va a descabalgar la obra que acabo de ver hace unos minutos. “As you are”, es una producción norteamericana de un jovencísimo director, Miles Joris-Peyrafitte. Este largometraje también estuvo presente en el bloque competitivo del importante y llamativo festival de Sundance, apadrinado, como la mayoría sabe, por Robert Redford.
No salgo de los dramas más o menos intensos y profundos. El común denominador es el desagarro y la aspereza. En “As you are” me invita a ser testigo, una vez más, a los muchos problemas que afectan a los adolescentes que tienen que lidiar con sus insatisfacciones y con las frustraciones heredadas por ambientes domésticos caracterizados por la ausencia de uno de los padres. La película es de las que arrancan de cuajo con una secuencia de tono trágico. Se oye un disparo en off y a partir de aquí la narración retrocede para conocer, con pausa y cierta delectación, los datos exactos que nos van a conducir a ese hecho. Los personajes principales son dos chavales en edad de ir al instituto, Mark y Jack. El padre del primero y la madre del segundo se lían y ellos entablan una estrecha amistad, que les lleva a una relación satisfactoria, casi de hermanos, pero ambigüa en algunos comportamientos. Son chavales en busca de su destino y de su identidad sexual. La aparición de Sarah, una compañera del instituto, añade giros nuevos, formando un triángulo que por ciertas características que intuyo en el tono del filme me recuerda, salvando las distancias, a la magistral, “jules et Jim”, de François Truffaut. La linealidad de la película es cortada para incluir en el montaje, en formato vídeo, el interrogatorio que una persona somete a todos los personaje. Mientras se despeja la duda, el prometedor realizador, en plan “grunge” (vestimenta de los críos y referencias a Nirvana y Kurt Corbain) regala a los espectadores, como he escrito más arriba, el tópica corolario muy yanki de familias desestructuradas, coqueteo con las pistolas, sexo, violencia casera, una juventud sin sentido…que todo junto, y con estilo elegíaco, da la impresión que miles Joris-Peyrafitte ha vertido en imágenes una canción de tintes amargos del grupo Nirvana.

EL CINE POLACO ANIMA LA SECCIÓN OFICIAL

64 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

ANDANZAS DE UN “BUSCAVIDAS”

4ª. JORNADA.-

Sumergirte en la vorágine muy ajetreada de un festival de cine de la categoría y magnitud de San Sebastián, que, recuerdo, es de primera división A, y cabalgar a tropel en una sucesión de películas, te percatas, cuando llegas más o menos al cuarto día, que hay una serie de coincidencias, no sé si buscadas, en la temática o tratamiento visual de las mismas que parecen establecer una especie de hilo conductor o cordón umbilical.
Me explico. A estas alturas de certamen, con más de quince títulos visionados, me he fijado que repasándolas, no con mucho detenimiento, porque no da tiempo literal, pillo una serie de similitudes entre ellas que me resultan curiosas. Por ejemplo. Desde el viernes día 16, y con la primera película, la de inaguración, “La fille de Brest”, que trata sobre una denuncia y que se desarrolla en el terreno de la medicina, que la puedo enlazar con la cinta islandensa, “The Oath”, en la que el protagonista es un eminente cardiólogo y en ambos filmes asisto, casi como si fuera un licenciado en medicina y en situación de residente, a varias intervenciones quirúrgicas, muy detallistas y escrupulosas con la exactitud, que sales de la sala, si eres muy receptor, con algo de conocimiento. Otro eslabón de la cadena, según lo visionado, es la querencia estilísticas de algunos realizadores por experimentar con varios formatos. La película china, “I am not Madame Bovary”, presente en la SO, su cineasta, Xiaogang Feng, utiliza tres formatos de pantalla para contar su historia. El nuevo realizador, Gabe Klinger, en su ópera prima, “Porto”, en la que se ve uno de los últimos trabajos interpretativos del actor de origen ruso, Anton Yelchin, recientemente fallecido, se lanza también, al riesgo, con el manejo de dos formatos, el cuadrado y panorámico, para recoger una historia de amor que se desarrolla en la ciudad portuguesa de Oporto y que tiene alguna que otra influencia con, “Antes del amanecer”. Esta misma mañana, en el pase de prensa de las 12.00, el director polaco, Bartosz M. Kowalski, en su bofetada impactante, “Playground” estructura su filme en episodios que los enumera y nomina según el personaje que va a presentar en el entramado argumental, recurso que también se puede ver en la antes mencionada, “Porto”. O que un mismo día y en apenas unas horas vea dos filmes interpretados por la misma y magnífica actriz, Isabelle Huppert, en “Elle”, de Paul Verhooven y, “El porvenir”, de Mia Hansen Love. Y rizando el rizo, que el animal doméstico más utilizado por los guionistas para buscar compañía a sus personajes es el gato, bicho al que se le saca bastante partido.
En fin, me he entretenido un poco, someramente, en esta pequeña “boutade” que me he permitido con la sana intención de buscar matices menos manoseados en las crónicas diarias de un festival y que se producen, lógicamente, porque ver cinco o seis películas al día te invita a reflexionar en estas cuestiones más campechanas y disolventes al margen de intentar analizar filmes que el lector, casi con toda seguridad, no ha tenido todavía la oportunidad de ver.
El día, como también es habitual, ha amanecido plumbeo, triste y lluvioso. La verdad que la pertinaz y suave lluvia molesta, sobre todo en el caminar a buen paso de un cine a otro. “Lady Macbeth” ha sido la primera de la jornada. Dirigida por, William Oldroy. Qué decir o escribir de este correcto trabajo? Pues eso. Su visión no molesta. Es la típica cinta muy bien trabajada desde el punto de vista de la cámara, con un tratamiento visual encomiable y hermoso, de corte clásico, con pocos movimientos de cámara y elegante producción. La acción se sitúa a mediados del siglo XIX, en la Inglaterra rural. Katherine, muy brillante y sobria, Florence Pugh, se ha casado, contra su voluntad, con un rico hacendando bastante gañan, bruto y tirano. Él la desprecia y ella prefiere aliviarse con un mozo de la granja. Las circunstancias pintan de tal manera, como si las hubiera escrito el novelista black hard, Jim Thompson, que planea una conspiración al rebufo de sus intereses y con una mezquindad, hipocresía, cinismo y maldad, de tal calibre, que se convierte en una auténtica villana. Melodrama muy británico. Podía decantarse por el arrebato, lujuria y pasión desaforado, lo intenta, pero se mantiene en una postura serena y contemplativa, dejando que los acontecimientos, más o menos previsibles, fluyan con la envolvente naturalidad y eficacia de los realizadores británicos, pero sin traspasar los límites de una maldad torva y ruin.
Continuando con la maldad retorcida y enervante, el filme polaco, “Playground”, de Bartosz M. Kowalski, que a mi juicio, apunta muy buenas maneras y lo puedo considerar como un grato descubrimiento, describe, con una frialdad seca y cortante, la rutina doméstica y ociosa de tres preadolescentes el último día de clase. La película, desde el inicio, y estructurada en capítulos según el protagonista y el escenario en el que transcurre la acción, sitúa al espectador ante la encrucijada (muy interesante, por cierto) de ir adivinando la deriva o intenciones del realizador. Según el tono, la fortaleza de los planos, la potencia de los jóvenes rostros de los actores, la entrada de una música inquietante y perturbadora, crees que el relato puede ser como una cinta de los hermanos Dardene, con la cámara situada en el cogote de los personajes o de Michael Haneke, por el irrespirable y tenso clima que logra generar. El guión, muy solvente y férreo, va dando pistas o puntadas, en una dirección o en un sentido, siempre cambiante y, por lo tanto, con renovadas expectativas en todo momento, hasta que casi al final, un pequeño detalle, muy significativo, te ubica en una atroz realidad, que sucedió hace, por lo menos más de diez años, en Inglaterra, y es entonces cuando la dimensión y, sobre todo, la crueldad más feroz e inadmisible, entra de forma contundente, llevándote a la incuestionable tesitura de la reflexión más profunda que cabe de los hechos que van a suceder. Las imágenes, en plano fijo y a una distancia considerable del “suceso” son espeluznantes y generan todo tipo de emociones y sentimientos. Sientes estupor y asco. Pero ante todo, y por la edad de los muchachos, lo que intentas es buscar razones del porqué, tanto desde el lado cinematográfico como moral. Y las disquisiciones, como las que hemos tenido después de su proyección, han sido sesudas y conducidas en varias direcciones. Es lo bueno que tiene el cine, que te lleva a expresarte moralmente sin atender, a veces, al rigor de la teoría y crítica cinematográfica.

EL CINE ESPAÑOL ENTRE LO MEJOR DE LA SECCIÓN OFICIAL

64 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

ANDANZAS DE UN “BUSCAVIDAS”

3ª. JORNADA.-

Bien, no me puedo quejar. Esto va viento en popa. Se suceden los títulos sin desmayo pero sin que a estas alturas del festival, que todavía está empezando a madurar, puedo escribir, sin temor a equivocarme o meter la pata, que todavía falta mucha chicha y enjundia para poner nota a este certamen. Con rotundidad, puedo afirmar que el título que más me ha gustado hasta ahora, ha sido la película española de, Alberto Rodríguez, “El hombre de las mil caras”, que no hace envidiar a ningún corajudo y muy industrial producto de idénticas raíces, thriller de acción, norteamericano.
Aunque, justo es reconocerlo, la raigambre americana, su sello, y algo de su esencia, en su postura cañera y vengadora, ha repercutido con tanta devoción, que su religión, la de los mamporros y ciertas tendencias de autoprotección (por culpa de leyes laxas), ha calado en otras cinematografías, que intentan imitar, en lo que pueden, pero imponiendo su geografía e identidad, modelos cuyas posturas morales son controvertidas y animan al debate y a la polémica.
De esa guisa parte, a mi juicio, el filme de la sección oficial a concurso, “The Oath”, del realizador finlandés, Baltasar Kormákur. Aquí en España, cuando se estrene, porque tiene distribuidora, se conocerá con el título, “Medidas extremas”, que encaja como anillo al dedo con lo que ocurre en la pantalla.
Salvando las distancias, esta película, muy bien dirigida, me recuerda viejos esquemas del cine americano de los años 70 y 80. Aquellas historias que nacidas o surgidas por una irrepetible colección de malestares sociales y políticos se postulaban, algunas, ante la enorme y salvaje aumento de la violencia urbana, en colocar como defensor, airado por circunstancias hirientes, a un tipo, para nada brutal, que de buenas a primeras escogía la opción unilateral de atajar el problema tomando medidas drásticas como “encargarse” él mismo de administrar una justicia en plan cafre.
La cintas que me vienen a la memoria son los duros argumentos protagonizados por Charles Bronson. Ese es el parecido que encuentro en, “The Oath”, por aquí, un excelente y reputado cardiólogo de un hospital de Helsinki debe tomar decisiones muy comprometedoras, que pueden lesionar su trayectoria profesional y erosionar la estabilidad con su segunda esposa e hija, cuando su hija mayor, fruto de su primer matrimonio, coquetea con un traficante de drogas llevándola al camino de la perdición. Como el gángster es un tipo rocoso y está acostumbrado a pelear, además, que le va la gresca, el especialista del corazón se colocará a su misma altura, en términos muy reprobables, y actuará, para defender a su hija, en un villano, viviendo experiencias inauditas y peligrosas. Todo este asunto, el realizador finlandés, lo lleva al terreno moral, en una imbricación de tramas, algunas muy arbitrarias, que funcionan desde el lado de la intriga y el suspense, aunque note que se juega con cartas marcadas y algunos reveses o giros de la trama los anticipas con mucha prontitud.
En cualquier caso, tiene ritmo, paisajes que se integran en la historia, actores solventes, encabezados por el propio, Baltasar, que interpreta al científico y con una dirección que a veces pensaba que estaba en el festival de cine de Sitges.
Y de violencia hay que seguir escribiendo porque esa pincelada, ya sea fina o gruesa, está muy presente, asimismo, en otra cinta de la SO, “Nocturama”, escrita y dirigida por Bertrand Bonello. Un filme, cuanto menos, controvertido y que cobra cierta dosis de coyuntura u oportunismo al planear sobre su argumento el tema del terrorismo en territorio Francés. La acción se ubica en París. Un puñado de jóvenes, de distintas razas y condición, sin un motivo aparente y cadena que los pueda fusionar en sus criterios y principios, se lanzan a colocar una serie de artefactos explosivos en distintos sitios. Una vez explosionados, se refugian en unos grandes almacenes, para esconderse y a la espera que puedan salir tranquilamente a la mañana siguiente. Durante su estancia, se dedican a disfrutar ociosamente de las ventajas que les proporcionan los objetos de valor que tienen a la venta en el comercio ajenos, hasta que conectan un aparato de TV, del alcance de su salvaje fechoría.
La tesis, discurso o lo que pretenda contar el largometraje queda, a mi modo de ver, confuso y ambigüo, sin entender con claridad los motivos y razones de la pandilla para ejecutar tan iracundo destrozo. Sí, por otra parte, en el terreno técnico y artístico, “Nocturama” deviene un filme curioso, con diferentes puntos de vista y coqueteando con las claves de thriller, con una estructura con sobreimpresiones en la pantalla de la hora en la que la banda va realizando sus actos. Detalles, muy bien trabajados, con buena dirección de actores y elegante fotografía pero que en conjunto me parece que los árboles no dejan ver el bosque. No me ha entusiasmado. Me gusta su carácter controvertido, pero deja lagunas y soluciones de guión muy cuestionables.
La tercera película de la SO si debía conmoverme y afligirme, no lo ha conseguido. Es más, “Jätten” (“El gigante”), coproducida entre Suecia y Dinamarca, y escrita y dirigida por, Johannes Nyholm, me ha dejado bastante inane e indiferente, pese al tono lastimero y elegíaco de su propuesta. El personaje principal, Rikard, es un discapacitado de nacimiento con una deformidad ósea en la frente que le hace parecerse al hombre elefante. Su grave minusvalía no le acompleja para ser un forofo e incondicional jugador de petanca. Pertenece a un club que practican esta disciplina y con su formidable habilidad consigue, junto a sus compañeros, clasificarse para el campeonato nórdico de petanca.
Viendo el filme me estaba acordando a lo largo de mi experiencia como espectador de la cantidad de títulos relacionados con el mundo del deporte, bien inspirados en hechos reales o de ficción, en el que un conjunto o un jugador limitado o con evidentes problemas de cualquier signo termina aupando a su formación a conquistar trofeos o a convertirse en inesperados héroes. Pues bien, cualquiera de las características de este filme, incluido la condición de friki del personaje y su tormento interior que padece porque su madre al dar luz degeneró en un trauma postparto y su posterior psicopatía, no han logrado robarme el corazón, que no sé si lo pretendían. Lo que sí me han dejado es una película de la que no me llevaré un buen recuerdo, ni tan siquiera por los elementos fantasiosos añadidos a la narración cuando Rikard sueña que se convierte en un gigante.
Y para terminar la tercera jornada en la SO, que como se puede leer, ha sido bastante intensa y apretada, una obra española, “Que Dios nos perdone”, de Rodrigo Sorogoyen, un agitado y compulsivo thriller policíaco interpretado por, Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Luis Zahera y Raúl Prieto, entre otros. El planteamiento va de boddy movie, es decir, de pareja de “maderos”, perfilados con sus tics. Javier Alfaro (Roberto Álamo) es un inspector bruto y cafre y Velarde (Antonio de la Torre) es tartamudo. El meollo es fácil, descubrir al asesino de ancianas. Una trama más o menos compleja, bien armada e interesante, que a mi parecer, le hubiera venido muy bien pulir algo el guión para no recurrir a algunas soluciones forzadas e ingenuos. Por lo demás, impecable, como viene siendo habitual en el cine español que estamos disfrutando en la #64SSIFF .

MAGISTRAL “EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS”

64 EDICIÓN DEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE SAN SEBASTIÁN

DIARIO DE UN “BUSCAVIDAS”

JORNADA 2.-

El día no ha podido empezar mejor. A primera hora de la mañana, con mucha gente pululando por las inmediaciones de los centros neurálgicos del festival, con público e informadores haciendo eternas y paciente filas, y con las altas expectativas reflejadas en sus rostros, y no era para menos, la jornada ha arrancado, nada más y nada menos, con, “El hombre de las mil caras”, la historia que ha filmado el realizador, Alberto Rodríguez, sobre los complicados y enrevesados entresijos que condujeron a la entrega o detención del prófugo español más buscado de la justicia española e internacional, Luis Roldán.
El material y hechos para trasladar a la pantalla, en clave de misterio, es una auténtica bomba de relojería. El guión, a modo de ficción inspirada en eventos reales conocidos por casi todos, reúne una cantidad de información de tal magnitud y trascendencia, que la visión de la película se me antoja indispensable. No sólo por amalgamar una serie de temas y asuntos cuantos menos espectaculares y bochornosos que afean, en grado superlativo, la imagen, ya de por sí bastante deteriorada y ninguneada, del gobierno socialista de Felipe González y, sobre todo, de su ministerio de Interior y Justicia, con el ministro Benlloc al frente, sino por que su disposición o diseminación en un guión muy elaborado y trabajado desde un planteamiento de cine de género, el de espías de traje corbata, de los resortes de una trama que funcionan al servicio del espectáculo y al servicio de un cineasta, Alberto Rodríguez, seducido por las herramientas y modelo de cine que está rodando.
“El hombre de las mil caras” es thriller en su sentido amplio del término. Cuya hechura, a mi modo de ver, formidable y contagiosa, sitúa a la película del autor de, “La isla mínima”, en una posición inmejorable e indiscutible para comenzar a escribir sobre la necesidad que tiene el cine español y, por añadidura, el espectador de aquí, que los cineastas empienzen a mira y observar con afán airado, crítico y denuncia, nuestra realidad social y política más inmediata y cercana y enfocarla en la pantalla, da igual en el formato que se eliga, y manosear chanchullos u otras realidades desde un punto de vista ácido, penetrante y controvertido, si se quiere, para buscar la complicidad, quizás, de la gente de a pie, que tan mal trata al cine español
No escribo estos párrafos desde el ánimo y la emoción encendida y catapultado por la calidad del largometraje disfrutado, sino lo hago no ya en defensa de las producciones más comerciales, industriales y respaldadas por empresas audiovisuales tan potentes como, Atresmedia o Mediaset, sino que reivindico, también (faltaría más), aquel cine más radical, minoritario, de autor, esquinado, clandestino, casi furtivo, que igualmente se filma en nuestro país y tiene más dificultades para llegar a las pantallas de las ciudades.
En cualquier caso, y volviendo a la cinta que me ocupa, escribo que, “El hombre de las mil caras”, es un intenso, sugestivo, entretenido y afilado filme de intriga. Sí, puede ser una intriga o suspense amortiguado porque desde que te sientas en la butaca sabes perfectamente el desenlace del argumento. Pero lo que ignora el enviado especial e informador, es el impecable, sinuoso e inteligente esfuerzo (bien recompensado) de, Alberto Rodríguez, por contar, y el de las , “7 Vírgenes” es un narrador, sobre todo, feroz y mayúsculo, todas las picarescas maniobras ideadas y organizadas por, Francisco Paesa (Eduard Fernández), ayudado, entre otros, por el “piloto” (José Coronado), para, colaborando con el Gobierno Español por aquel entonces, traer de vuelta al hombre que burló a sus jefes y se hizo con un botín, de los fondos reservados, de 1.500 millones de las antiguas pesetas.
Viendo y analizando la película, estructurada en acciones temporales punteadas por sobreimpresiones que anuncian la fecha de la situación, es imposible (casi te conduce a ello) valorar y vilipendiar aquellas actuaciones en las mismas proporciones que hoy escupimos sobre los tejemanejes del Gobierno de Marino Rajoy. Y si te olvidas de todos los fraudes y estafas cometidas, y sólo cinematográficamente, “El hombre de las mil caras”, te ofrece una rigurosa y disfrutable, siempre desde la lectura libre de los hechos relatados, concatenación de turbiedades emprendidas por una serie de facinerosos y avariciosos hombres inmorales y desvergonzados que sabiendo que tenían la gallina de los huevos de oro propusieron, según fuera el encargo, un tinglado cuyo único fin era el negocio lucrativo, indenpendientemente si era tráfico de armas o una misión tan compleja y “pelotuda” como regresar ante la justicia española al exdirector de la Guardia Civil, Luis Roldán.
El mecanismo narrativo es brillante. Muy bien urdido y de altos vuelos. Recibes una información que vas procesando en función del grado de conocimiento que posees del tema. Todo ello es ligero, con un ritmo que no decae, y cualquier duda que tienes al respecto, no te preocupes, que más adelante, con la inclusión de los necesarios flash backs, te enteras de los giros y recovecos que terminan de apuntalar tan sofisticado y meticuloso entramado.
Mención aparte están los actores, todos ellos soberbios y magníficos. Dando todo lo que tienen y más, sobre todo, Eduard Fernández, como Paco Paesa, que está que se sale y es muy difícil que este intérprete no se venga arriba con exultante dominio. Su papel es la de un tipo que se maneja con soltura y desfachatez en cualquier situación. Su etiqueta de embajador, le abrió muchas puertas para cualquier operación, de la índole que fuera, y ganando una pasta brutal. Tanto él, como Carlos Santos, que encarna a Luis Roldán, se les dibuja de manera natural, haciéndolos humanos, sin demonizarlos pero tampoco colocándolos en una órbita estelar.
Una gran película que me imagino que cuando se estrene tendrá una larga vida en la cartelera y creo que moverá a la polémica y provocación. A mi me ha gustado y he salido encantado del Teatro Victoria Eugenia.

A las 12.00 del mediodía me ha tocado ver, “I am not Madame Bovary”, una producción China de Xiaogang Feng, cuyo riesgo formal, utilización de tres formatos diferentes para ilustrar el drama algo bufonesco, es su reclamo más llamativo y sugestivo. Cuenta la historia de una mujer campesina muy tozuda que quiere aclarar ante cualquier autoridad, sea del rango o jerarquía que sea, le da igual, si su divorcio es legal o ilegal. Este compromiso y empeño, llevado hasta la asamblea del partido en la ciudad de Beijing, acarrea unas fidelidades por parte de las autoridades más elevadas que logra que algunos burócratas de la zona, insensibles a su petición, pierdan su puesto de trabajo por no haber solucionado la protesta de Liu Zhenyun (Fan Binbing).
Me ha parecido graciosa y en algunas fases un poco loca y kafkiana. El discurso de la película viene a decir que cualquier miembro de un gobierno local o de distrito debe escuchar a sus habitantes, por rudos o campestres que parezcan. En este caso, las intenciones de la valerosa y comprometida mujer tienen otras intenciones que se conocen al final, en un quiebro inesperado, que habla de otra realidad en la que está sumida la República China y sus costumbres. Como dice uno de los personajes, tal como está contada la cinta da la impresión que se quiera contar un chiste. Pues eso, que es un “pelín” graciosa porque es como una historieta muy rocambolesca y a ratos te ríes, pero poco más. Eso sí, dos horas y ocho minutos de duración.

PRIMERA JORNADA EN SAN SEBASTIÁN

ANDANZAS DE UN “BUSCAVIDAS” POR LA #64SSIFF

PRIMERA JORNADA.-

Llegado casi con 24 horas de antelación que se me antojan oportunas y fundamentales para lograr una rápida y cómoda aclimatación a la voracidad y vorágine del festival de cine de San Sebastián, pronto, desde primera hora de la mañana, la actividad se inicia con mucha celeridad y prontitud. Menos mal que las gestiones pertinentes como acreditación y organización personal para elaborar una apretada agenda donde quepan en el mayor número posible de películas es una tarea ya preparada, todo parece indicar que sólo falta el comienzo de las proyecciones para sentirte que ya estás dentro del sistema y esperando que el monstruo te dé la vitamina y sobredosis de material filmado que he ido a buscar.
Esta primera jornada, en cuanto a número de filmes visionados, ha sido exitosa. Quería ver seis películas, pero me he conformado con cinco. Sintiéndolo bastante, he tenido que descartar y sacrificar una cinta alemana, “Toni Erdmann”, de Maren Ade, precedida de estupendos y entusiastas elogios, que, además, ha sido galardonada con el premio FIPRESCI, que otorga la prensa especializada internacional, pero su pase era a las 00.00 de la noche y como su duración es de 169 minutos, pues la verdad que sumergirme en una obra, seguramente, exigente, en horario intempestivo y con suficientes títulos visionados, he creído conveniente retirarme a mis aposentos y mañana será otro día.
En la sección oficial dos filmes a concurso, los dos de nacionalidad francesa. El primero ha sido, “La fille de Brest”, una historia inspirada en hechos reales que ha firmado la también actriz, Emmanuelle Bercot. La película gustará al personal cuando tenga ocasión de disfrutarla. A mi me ha parecido la versión gala de la recordada y simpática cinta norteamericana de, Steve Sorderberg, “Eri Brockovich”, que le supuso un Oscar a la mejor interpretación femenina para, Julia Roberts. Aquí cuenta la historia, siguiendo un modelo bastante clásico de “investigación”, de una neumóloga que advierte la toxicidad en un fármaco diagnosticado a diabéticos y a pacientes que se han sometido a una reducción de estomago que después de las intervenciones quirúrgicas han fallecido.
El medicamento, de una importante empresa farmacéutica, ha sido aprobado por las autoridades sanitarias. Irene, encarnada por la actriz danesa, Sidse Babett Nundsen, emprende una lucha titánica, no exenta de obstáculos y problemas, para lograr que su tesis sea tenida en cuenta y evitar más muertes por errores en la prescripción de un fármaco nocivo.
Más elaborada y con un guión más trabajado, “Orphan”, de Arnaud des Pellières, es un drama áspero y desgarrador. Es una película curiosa. El realizador te hace entrar en un sinuoso y afilado juego en el que vemos las peripecias, avatares, experiencias, de una serie de chicas en momentos dados de su existencia. Lo que podría ser episodios aislados, en espera del nexo común o del planteamiento de vidas cruzadas, termina siendo un tratamiento excitante y sugerente, quedando el asunto en el particular corolario de vivencias de la misma chica relatado en momentos diferentes de su agitada vida, sin seguir una narración lineal, utilizando diferentes actrices y proponiendo vicisitudes siempre al límite.

COMPADREO ENTRE POLÍTICA Y MAFIA

COMIENZA UNA NUEVA EDICIÓN DE ZINEMALDIA

A título personal, el acto más importante y urgente durante los próximos diez días no es otro que una nueva edición del festival internacional de cine de San Sebastián. A partir del viernes 16 el imprescindible fulgor de las estrellas locales y el glamuroso encanto de los invitados foráneos, incluídos, Segourney Weaver y Ethan Hawke, los dos premios Donostia del certamen de este año, volcarán, contando con las más de 600 proyecciones organizadas, una larga semana de festejos de variada índole siendo el principal protagonista, el cine.
Un certamen más, pulularé por la Bella Easo, siempre con entusiasmo y devoción placentera intentando, como no podía ser de otra manera, ver el mayor número de películas sin olvidarme mi faceta de humano y persona con muchas y excelentes relaciones para volver a vislumbrar y charlar con los intrépidos y entrañables colegas con los que formamos una estupenda banda de amigos aficionados con locura y deleite por el séptimo arte.
Como en festivales anteriores, en la medida de mis posibilidades y disponibilidad de tiempo libre, me gustaría redactar ese variopinto y anárquico diario del enviado especial que bauticé, “El buscavidas” (en claro homenaje al Eddie Felton creado de forma insuperable por el añorado actor, Paul Newman) en cuyos escritos cupiese mis impresiones acerca de los títulos visionados cada día en sus diferentes sesiones, haciendo hincapié, por supuesto, en el apartado estrella, la sección oficial a concurso, que, como en ediciones anteriores, promete bastante, y con sólo que las expectativas se cumplan, se puede anticipar que la #64SSIFF tiene opciones de agradar y convencer al informador.
En breve, saldré de dudas.

CORRUPCIÓN IMPLCABLE

Llega a la cartelera riojana, y de manera sorpresiva, un valiente, audaz y áspero filme italiano, “Suburra”, escrito y dirigido por, Stefano Sollima, hijo del gran, Sergio Sollima, que tuve ocasión de visionar a principios de este año y me dejó un recuerdo imborrable. Entre otras razones porque me dio la impresión que el realizador, de manera muy comprometida, y utilizando un lenguaje feroz y metafórico, trazaba una amarga y desesperada visión de la Italia actual anidada en sus podridas y violentas entrañas por políticos de pacotilla pero muy corruptos y todo tipo de mafias o bandas criminales que ensucian un país convertido en un polvorín y en perpetúa crisis de identidad. Incluso, apurando mucho, y salvando las distancias, se podía buscar un paralelismo nada picajoso con la realidad política y social española, llena de pícaros vanidosos y avariciosos al abrigo del pesebre público y dispuestos a cazar cualquier mordida que les proporciones pingues beneficios.
Pero como digo, parece no es. Lo que sí es y tiene forma de inquietante y decadente relato, es “Suburra”, un filme que a mi juicio quien tenga interés en verlo no saldrá, ni mucho menos, decepcionado, sino más bien, todo lo contrario, zarandeando por una serie de vertiginosas situaciones de vinculaciones entre políticos, mafiosos y matones perfectamente identificable. Y sus fechorías o chanchullos para nada resultarán extraños o fantasiosos.
Todo el desmadre de la película de Steffano Sollima, que es para verlo, créanme, arranca a mediados de noviembre de 2011, en el Vaticano, en la estancia de descanso del Papa. Este buen hombre recibe un aviso. Se ignora el contenido. Una mensaje sobreimpresiondo en la pantalla sitúa la acción siete días antes. Antes, también, de que llegue el apocalipsis. Pero este advenimiento, con la ayuda de una inclemente tormenta, es una figura alegórica y retorcida que expresa el tono viciado y envilecido de una sociedad cruel y egoísta que sólo sabe ver sus crematísticos enjuages y negocios. De buenas a primeras, y a modo de batiburrillo, sin aparente nexo con todas las situaciones, aunque algunas sean vidas cruzadas más adelante, se instalan en la pantalla, acorde con el modelo del thriller europeo, una mezcolanza de personajes variopintos, para nada insólitos, que se mueven en sus propios territorios, pero a veces, traspasan sus fronteras para encarar todo un glosario de chanchullos, alguno de causa criminal, que describe un contexto decrépito y decadente, sin moralidad alguna, de una perversión abyecta.
Stefano Sollima tiene en sus manos una bomba de relojería que la maneja con intenciones provocadoras y, también, críticas, o de denuncia, como se quiera definir un clima indecente, casi a la altura de un apestoso estercolero, dando una imagen de Roma y, por extensión, el país, como si fuera un antro putrefacto y carcomido por el poder, donde no se salva nadie, ni la cúpula religiosa, apremiada por la mafia para desbloquear fondos destinados a los pelotazos urbanísticos de la zona costera.
No es de extrañar que con el ambiente malsano y violento el apocalipsis llegue en forma de renuncia del Papa, dimisión del primer ministro italiano, mientras las distintas facciones o grupos mafiosos ejecutan sus ajustes de cuentas.
“Suburra” es un filme insólito y tremendista; quizás plantee demasiadas vías de ficción conectadas con una cierta realidad áspera y caótica, pero a mí la película me ha gustado porque entre otras cosas recupera cierto cine de intenciones torvas muy de los años setenta que no ocultaba su contenido político para asomar al espectador al miserable desprestigio de instituciones y valores que se derrumban por el saqueo y la vanidad. Todo esto está contado de forma directa, a degüello, sin mordazas y cortapisas, con un estilo bravucón y enérgico.

CONTINUA LA RACHA DE ESTRENOS

El comienzo de temporada está siendo optimista y generoso con la llegada a las distintas pantallas de proyección diseminadas por La Rioja de un número bastante alto de estrenos. La avalancha, como siempre, y, por supuesto, habrá quejosos (no podían faltar; a veces me uno a este grupo cuando no encuentro nada interesante para descubrir), no significa y augura que los títulos sean rompedores y satisfagan sólo a los cinéfilos recalcitrantes y “eruditos” radicales. Bastante es, a mi juicio, hoy por hoy, y salvo honrosas excepciones, que los mismos largometrajes que llegan a las principales ciudades de nuestro país también lo hagan en Logroño y comarca en un número parecido al de las grandes plazas. Sí, está claro, que esas películas, de forma inequívoca, representan, salvo casos muy aislados, a una etiqueta tan ambigua y peligrosa como la de “cine comercial”. Digo ambigua porque el mismo adjetivo define tanto a la cinta menos ambiciosa como a una producción que aún sabiendo que su modelo está diseñado para el gran público no oculta en alguna zona de las que conforman el “método” para su realización detalles bien de guión o de punto de vista de su realizador que convendría tener en cuenta y no analizarlo o expresar el “gusto crítico” de manera precipitada e indiferente. Cuestión o ecuación que se despeja, obviamente, viendo, si se puede, todo o por lo menos, casi todo el material que entra en la cartelera, aún a riesgo de perder la confianza o la cinefilia más perseverante al toparte con algún pestiño inesperado que tambalee la fortaleza e integridad del comentarista más entregado y apasionado.
NO SIN MI HIJA
Como ocurriera la semana anterior, algunas de las obras que a partir de mañana viernes copan la programación de las diversas empresas de exhibición, he visto tres películas que por sus títulos, significado, publicidad, expectativa, etcétera, despiertan razones variopintas para recomendar su visión. Hace bastante tiempo que he dejado de manifestar desprecio por las cintas que no viéndolas con antelación y ajenas a mis criterios de “pensamiento y razón” para otorgarles la disponibilidad de mi tiempo teniéndolas a mi disposición, prefiero que sea el espectador en su libertad de elección el que le otorgue su visto bueno o la condene al más absoluto ostracismo.
Como muchos lectores saben, “No sin mi hija” es una película norteamericana, muy famosa en su tiempo, interpretada con sensibilidad y coraje por la actriz, Sally Field, que sufría lo indecible para huir de Teherán, en el comienzo de la revolución religiosa emprendida por el Ayatolá Jomeine, con la compañía de su joven hija, para alejarla de la ignominia cavernícola en la que se había convertido el país en manos de radicales clérigos de corte medieval. La cinta, bastante chusca en su forma y alegorías, destacaba, sin embargo, el esfuerzo de una mujer por apartar a la niña de las garras de su integrista marido, interpretado por Alfred Molina.
En los últimos tiempos, Mel Gibson, talludito y arrugado, aunque en plena forma, acepta papeles de camorrista y de padre. En los dos frentes se defiende bastante bien. Para propinar guantazos y collejas, el actor, todavía, consigue que cualquier disparate en el que se meta pueda garantizar solvencia y profesionalidad.
“Blood father” es una de sus últimas apariciones en un género trillado y confortable para sus características. El guión está adaptado a su edad y peculiaridades, tanto físicas como humor e ironía. Sólo por estos últimos detalles, como es de esperar, marrulleros y torticeros, merece la pena la visión del filme. Continúa dotando y perfilando al personaje, John Link, de una distancia fresca y parrandera, y aunque lo veas trabajando honradamente como tatuador (necesita una colocación laboral fiable porque está en régimen de libertad condicional), la gresca, aunque intente eludirla, le va cantidad. No quiere tener problemas con nadie. Pero si alguien aparece con malas intenciones o le provocan, no duda en repartir estopa sin miramientos.
Y si además reaparece su hija, Linda, desaparecida durante años, rogándole ayuda porque se ha metido en un asunto feo y violento (perseguida por sicarios de un cartel mejicano), no dudará ni un ápice en abandonar su roulotte que es casa, refugio y negocio, y emprender una aventura que en manos del realizador francés, Jean François Richet, se convierte en un filme de acción, tipo thriller, con elementos de neowestern, no exento de mala baba (veteranos del Vietnam convertidos por motivos crematísticos, entre otras cosas, en nostálgicos de la parafernalia nazi) y que aportan, como viene siendo costumbre en las películas de esta catadura, la visión de un espacio fronterizo en el que los siniestros carteles mejicanos de droga se han convertido en los genuinos malandrines de la función, encabezado por Diego Luna, un aspirante a mafioso que roba a los suyos y eso es imperdonable. A mi juicio, lástima que no esté detrás de la cámara un cineasta de las hechuras violentas como, Walter Hill, creo que le hubiera dado un tono más crepuscular y menos jocoso con el que a veces juega “Blood father”.

“MÍNIMA INTERVENCIÓN, MÁXIMA DESTRUCCIÓN”

He visto la versión internacional de, “Gernika”, escrita y dirigida por Koldo Serra. Qué he ganado con su pase? Muy sencillo. Autenticidad. El relato del bombardeo de la ciudad de Gernika por parte de la Legión Cóndor, fuerza aérea alemana aliada de Franco en su golpe de estado y que asestó un terrible golpe, una carnicería brutal, sobre la ciudad vizcaína. Escribo autenticidad porque la cinta está hablada en varios idiomas, preferentemente, inglés, y evitas, de esta manera, el casposo doblaje al castellano, oyendo como los alemanes carraspean la voz en su español gutural y los actores ingleses doblados al mismo idioma arrastrar el acento como si estuvieran de turistas por nuestro territorio.
La película tiene una producción notable. La ambientación muy correcta. Elementos que se hacen importantes en su deseo de generar veracidad, de situar la historia, en un contexto que salvo algún rasgo folclórico propio de la zona, consigue no palidecer y mostrar al espectador, sobre todo, en los lances de acción, incluido el bombardeo, una intensidad y fragor funcional que no le resta ningún mérito. Mención aparte merece elogio las escenas del ataque de la aviación a Gernika, resuelto digitalmente, consiguiendo un resultado espectacular, tanto por la eficacia de los efectos especiales como por la extrema crueldad y salvajismo de las bombas alemanas, cuya contenido químico era tan singular y dañino que si alguien quisiera apagar las llamas de un cuerpo humano atrapado por el fuego no lo lograría por su resistencia al agua o la arena.
La historia tiene varios puntos de vista y una localización/escenario dominante, la oficina de censura y propaganda a la que debían recurrir los periodistas para informar del avance de la Guerra Civil. Un periodista británico es uno de los soportes de la narración. Howel (James D’Arcy), escritor inglés, se enamora de Teresa (María Valverde), funcionaria que supervisa desde su oficina lo que se cuenta de la Guerra. Juntos viven su romance en medio de una situación insostenible por las purgas, recelos, traiciones y venganzas organizadas por los aliados comunistas mientras desde fuera se prepara el genocida ataque para diezmar la resistencia del bravo pueblo vasco. Melodrama bélico, bien intencionado que retrata el áspero ambiente en tiempos de guerra.

JUVENTUD EN ISLANDIA

En la sección oficial de los festivales de cine de San Sebastián y Valladolid, a los que asisto, coincidieron, por casualidad, películas provenientes del norte de Europa, de características bastante áridas y desasosegantes, cuyo acento era finlandés o islandés. De estos países, el más activo, cinematográficamente hablando, es Finlandia, de cuya importancia y fecundidad han dado muestra una serie de realizadores, sobre todo los hermanos Kaurismäki, que todavía hoy siguen poniendo a ese gélido país en el mapa. Islandia, más recogida e inhóspita, nos ha quedado un grato y emocionante recuerdo su paso por la Europca de fútbol organizada por Francia y cuya selección ha despertado una simpatía fuera de toda duda.
En la edición de 63 del festival de Zinemaldia triunfó el filme, “Sparrows”, traducida aquí como, “Gorriones”. La película de Rúnar Rúnarsson se alzó con la Concha de Oro a la mejor obra. Tuve ocasión de verla en ese certamen y desde que la vi me la apunté como una de las posibles ganadoras. Por qué? Quizás, aparte de una realización seca, se apodera de uno, además de la inhóspita intemperie de su clima, la impenetrable desolación de los personajes del filme, en este caso, la de un muchacho, adolescente, acostumbrado a convivir con su madre, en un estado de confort y cariño, y que de repente debe abandonar el “refugio” de la ciudad para desplazarse donde está su padre, una zona en el norte, en un pueblo pequeño y desagradable, retomar los lazos con el padre, tratar de recuperar viejas amistades de la infancia y todo ello bajo el caparazón de una entrañable y deliciosa abuela. Un padre bebedor, un ambiente decadente y cutre, y unos amigos ceñudos lo envuelven en una sensación de tristeza y horror, que tratará de sobrellevar en una búsqueda constante de identidades y su lugar en este mundo. La película merece la pena tenerla en cuenta porque te sumerge, gracias a una cámara naturalista y cercana, en un ámbito en permanente fricción, justo en el instante que el chico necesita madurar y aprender lejos de la protección de la madre y en medio de un lugar que parece alejado de cualquier porvenir, a no ser que quieras ser trabajador de una fábrica de pescado.

NO LO DUDES, HAY CINE

Estos días de atrás, a propuesta mía, entraba en un interesante debate compartido por otros cinéfilos recalcitrantes en el que uno de los principales focos de interés residía si el espectador habitual a las salas de cine de provincias disponía de la absoluta libertad para escoger entre las películas en cartel en ese momento cuando había títulos que no podía elegir porque habían sido ignorados de la programación. Es decir, el público, tras ojear la cartelera cinematográfica de la semana y en función de los locales que disponga la ciudad, tendrá la soberana decisión de preferir aquel título que por las razones que sea le atraiga ver por la tarde o la por la noche. El conflicto se planteaba si ese anónimo aficionado, independientemente de su perfil, hubiera señalado una película distinta (pongo por ejemplo, “cine de autor”) en el caso que hubiera tenido la oportunidad de reparar en ella de haber estado en la cartelera. Cuando lo más normal es que ese inquilino de las salas oscuras se hubiera decantado por las cintas más llamativas y publicitadas, comerciales, descartando de manera mecánica las alternativas por no responder a sus criterios o gustos como espectador. Toda esta breve introducción viene a colación por el estupendo éxito que está cosechando la bufonesca comedia española, “Cuerpo de élite”, de Joaquín Mazón, firme candidata si no arrasar en taquilla sí al menos a obtener unos buenos beneficios. Otro contertulio, que no andaba bastante bien encaminado, opinaba, con mucha perspicacia, que quizás uno de los mayores problemas que él detectaba entre el público en general era la falta de una educación cinematográfica que permitiera una indiscutida lealtad a determinadas producciones, menos glamurosas, pero más potentes desde planteamientos mucho más exigentes, sean narrativos, de estilo, de forma, de estética, etcétera.
Una pequeña reflexión que me viene muy bien para justificar que este comienzo de temporada, con la llegada de septiembre, y en marcha una de las citas festivaleras como es Venezia (73 edición) recién comenzada, para sugerir al posible lector de este blog cinematográfico, una serie de títulos que acceden a la cartelera de cine de La Rioja presentando un abanico de posibilidades para todo tipo de paladares. Algunas de ellas ya he tenido ocasión de visionarlas. Y las que no pude acceder al preestreno advierto que hay algún largometraje que no me gustaría perderme.
JULIETTE BINOCHE

Me ha sorprendido, y para bien, la presencia de la película de nacionalidad italiana, “La espera”, dirigida por Piero Messina. Está interpretada por la maravillosa, Juliette Binoche, que se sumerge en el papel de una madre muy atormentada y en estado depresivo por un infortunio trágico. Le acompaña en el reparto, Lou de Laâge, que encarna a la joven, Jeanne, una muchacha resplandeciente y jovial que llega a la casa solariega de Sicilia, en pleno verano, para reencontrarse con Guiseppe, su novio e hijo de Anne (Juliette Binoche).
“L’Atessa”, título original, tiene en sus primeras imágenes algo de tristeza y tono sombrío. La decisión de Anne de cerrar ventanas y tapar objetos, presagia desmoronamiento y fatalidad. El rigor serio e introvertido de Anne nos hace ver que algo inconsolable ha sucedido. El ambiente mortecino y algo decadente se trastoca con la llegada de la luminosa, Jeanne, que aprovechando, como le han anunicado, que Giuseppe no se encuentra por la zona, entabla una curiosa y exorcizante relación con Anne, donde la presencia, aunque no de cuerpo presente, del muchacho siempre es aludida y atrae todo tipo de suspicacias.
Es un drama íntimo y desgarrador. Una inmensa mansión; primero a oscuras, casi siniestra, luego bella y radiante, con sus cómodas y coquetas estancias animando y poniendo vitalidad para la apariencia y el fingimiento, con una actitud reprobable por parte de Anne, que es criticada por uno de los empleado de confianza. “La espera” es una película moral y de conciencia. Dolorosa. En la que Binoche se encuentra a sus anchas, en un personaje que le encanta y si siente a gusto, mostrando un carácter entre agresivo y dulce. Como una mujer que a través de las conversaciones y diálogos con la chica empieza a conocer mejor a su hijo.
Presente en la edición número 72 del festival de Venezia en la sección a concurso, “La espera” es de esos títulos sensibles y emotivos, que lo rifa todo al choque generacional, y una especie de misterio y suspense más bien poco efectivo y arrollador, que por el estilo e intensidad tiene ingredientes para atraer a un público dispuesto a ver un título curioso y bonito, de esos que no se acercan a la cartelera comercial con mucha asiduidad.

KEVIN COSTNER

Otro largometraje que he tenido ocasión de ver con antelación es, “Criminal”, dirigida por, Ariel Vromen. De este realizador, no hace mucho, tuve el gran placer de visionar una de sus producciones más inquietantes y fascinantes, “The iceman”, un filme impactante y terrible, interpretado por, Michael Shanon y Winona Ryder, y que me dejó maravillado y con deseos de investigar y acceder a la filmografía de este cineasta.
Sin embargo, con “Criminal” apenas reconozco al Ariel Vromen de “El hombre de hielo”. Si esta era una cinta pintiparada para crear un clima y atmósfera retorcida e implacable, en un ambiente de mafiosos y gángsters, en el que Shanon ejerce de un letal asesino en serie a las órdenes de un capo, “Criminal”, pese a su buena apariencia, y algunas ideas de guión que funcionan, al final me queda la sensación de haber asistido a un buen espectáculo, entretenido, con excelentes secuencias de tiroteos y persecuciones, pero todo muy plegado a los planteamientos convencionales de filmes que investidos de cierta carga “crítica” devienen en aparatosos y rocambolescos relatos un tanto decepcionantes.
Tampoco “Criminal” es un filme para apartarlo por pertenecer a un género, en clave de thriller, que busca caminos nuevos para incrustar historias que son mezclas de espionaje y tramas criminales. Otra vez, la CIA juega una de sus torticeras maniobras cuyos límites inmorales no conocen límites, de tal manera, que sus “fechorías”, encubiertas como misiones, generan descrédito y bochorno, aunque lo que vemos en la pantalla es trepidante y colosal, preguntando si el fin justifica los medios.
Como digo, la película de Ariel Vromen, es un producto impecable y bien construido. Maneja asuntos siniestros y perturbadores. Incluso el trasplante de células neuronales en el lóbulo frontal que le incrustan al personaje de Jericho (Kevin Costner), salvando las distancias, me recordaba, cuando veía la escena y el futuro propósito de la misma, una experiencia parecida a la planteada en “Viaje alucinante”, del maestro, Richard Fleischer, cuando a un científico le introducían en la corriente sanguínea de su organismo un diminuto chip (submarino) pilotado por eminentes científicos para restañar las heridas causadas en un atentado. Ahora, lo que le introducen en el cerebro a Jericho son parte de las células que transportan la memoria de un agente caído, Ryan Reynolds, para intentar que Jericho recupera una memoria ajena y pueda recuperar “el escudo vigilante”, un programa informático de importancia trascendental. Gary Oldman y Tommy Lee Jones le acompañan en el reparto.

EL CINE QUE NO LLEGA

Ojeando la cartelera comercial de mañana observo la creciente dificultad para encontrar en los locales de exhibición cinematográfica de la comunidad ese título destellante que un servidor ha tenido ocasión de apreciar en los festivales de cine que visita y que permanece ausente, una semana más, de nuestras pantallas.
En esta ocasión me estoy refiriendo al curioso, sorprendente y simpático filme, “El extraordinario viaje de T.S. Spivet”, escrito entre Jean-Pierre Jeunet y Guillaume Laurant, y dirigido por el primero.
El autor de “Delicatessen”, fiel a su proverbial y polivalente estilo visual, pleno de recursos narrativos y de cuidada estética visual, propone, una vez más, una imaginativa fantasía, mezcla de aventura y road movie, en el que un despierto chaval de 12 años, que vive con sus padres en una granja de Montana, emprende en solitario un viaje hasta Chicago para recoger un premio otorgado por una prestigiosa institución científica.
La película, rodada con mucho gusto y poseedora de una fotografía muy elaborada, está dividida en capítulos. La primera hora es fascinante y rica en matices y descripciones. Dibuja con gracia e ironía a la familia de granjeros, en el que vemos al padre perfilado como un genuino y tosco cowboy y una madre obsesionada con meticulosidad por los insectos. En este ambiente y con una educación en la que se juntan dos ADN poco ortodoxos, el inteligente chaval logra despertar un interés por materias de variada índole, mostrándose en la pantalla a modo de gráficos y fórmulas sus extraordinarias dotes para los cálculos y su capacidad creativa para la investigación y los experimentos.
Con este alucinante bajage, de indudable precocidad, y sin el consentimiento de sus extrovertidos padres, el inquieto e intrépido muchacho se lanza a recorrer de Oeste a Este una larga travesía, entre emocional y sentimental, utilizando varios medios de transporte, para llegar a un foro de sesudos científicos en los que impartirá una conferencia sentando las bases de sus razonadas teorías.
El filme, pese a su extravagante naturaleza, tiene toque y aroma muy americana, de aventura iniciática, algo disparatada y rocambolesca, pero subrayando los elementos icónicos, ambientes, postulados desde hace años por el cine norteamericano, entre la idealización y la desmitificación. Inclusive, en su tramo final, el bautizado como “el Este”, Jean Pierre Jeunet aprovecha la ironía y la mala leche que le caracteriza para criticar y denunciar a personajes como el interpretado por Judy Davis, una oportunista que quiere aprovecharse de T.S. Spivet y lanzarlo a la fama a través de un apestoso programa de televisión.
Confío que el día de mañana este apreciable título pueda verse en la obligada VO en el Teatro Bretón o en la Filmoteca Rafael Azcona.

–————————————————-CASINO JACK————————————————-

De los estrenos de la semana pasada, de esos que pasan sin dejar huella y como una exhalación, me llamó la atención la cinta, “Corrupción en el poder”, dirigida por, George Hickenlooper. Se trata de una producción del año 2010, estrenada ahora de tapadillo, sin apenas publicidad e inspirada en hechor reales. Curiosamente, tras finalizar el rodaje, su director falleció con apenas 47 años.
La película, intepretada con un cinismo galopante por el actor, Kevin Spacey, es una furibunda diatriba contra los aledaños del poder, es decir, los famosos y corruptos, lobbys. Al inicio del filme te explican el significado de la palabra, bastante utilizada hoy en día por los picajosos medios de comunicación. Al escuchar su definición, sientes miedo y asco a la vez. Se trata de grupos poderosos que con una maestría marrullera influyen en personas con mucha pasta para favorecer determinados intereses y obtener pingües beneficios.
Kevin Spacey encarna al lobbista, Jack Abramoff, un tipo inmoral y sin escrúpulos, cercano a la administración republicana (son los años de George Bush Jr como Presidente) que maneja un sucio e ilegal tinglado supuestamente para favorecer a una minoría india ante el Congreso que esconde y oculta una torticera maniobra para hacer negocio en Florida con unos barcos convertidos en casinos flotantes.
Entre los temas que aborda el largometraje hay uno que me atrae bastante. Y es la forma en la que actúa la justicia en los EE.UU. No hay esos aforamientos que rompen el equilibrio de igualdades y que si cometes delito te juzgan y te meten en la cárcel. Conviene ver la cinta hasta los títulos de créditos finales porque se ven imágenes del verdadero Jack Abramoff en actos políticos republicanos hablando bondades de sus líderes.

CANTA A LA VIDA

Aunque no lo parece, estamos en verano, y como es costumbre en estas fechas, las distribuidoras de cine reservan para la canícula sus lotes de películas de saldo. Es decir, un puñado de títulos que salvo honrosas excepciones carecen de atractivo hechizante y fulminante.
Aún así siempre es menester estar alerta y detectar oportunidades. No bajar la guardia y pese a la temporada vacacional es preferible seguir coqueteando con la afición al séptimo arte por si entre tanto descarte se cuela alguna obra que merezca la pena repasar.

TESTOSTERONA

Este no es el caso de, “Sabotaje”, título que ya he tenido la ocasión de ver y, a mi juicio, sólo recomendable para los tronados incondicionales de los filmes de persecuciones y mamporros. Está dirigida por el realizador norteamericano, David Ayer (1968), responsable, entre otros trabajos, de producciones como, “Sin tregua”, “Dueños de la calle y “Vidas al límite”.
Todas ellas relacionadas con el thriller, el cine policíaco y la trama criminal. Tienen un poso de amargura y tragedia. Están armadas con fiereza y componen miradas escépticas sobre el mundo de la ley. En sus discursos se pueden detectar denuncias y corrupciones de variado pelaje. Unido todo forman un relato áspero y vibrante.
De este perfil se descuelga, “Sabotaje”, simple e iracunda, con toques gore (cadáver atornillado al techo y cuerpos humanos despanzurrados que una cámara morbosa no duda en filmar tripas e intestinos), sobre un grupo especial de agentes de la DEA, encabezado por John Breacher (Arnold Schwarzenegger), que tras una misión desastrosa contra un cartel de narcotraficanes en la que asuntos internos sospecha que se quedaron con el botín, son apartados del trabajo y cuando se les vuelve a entregar las credenciales y armas, alguien, sólo o acompañado, está eliminando, de una forma salvaje y cruel, a los miembros del grupo.
Venganza y traición, lealtades y renuncias, son algunos de los temas que se cruzan por su agitada historia, algo previsible, que llama la atención porque los componentes son casi todo hombres y la única mujer, Lizzy, encarnada por la actriz, Mereille Enos, rezuma una ansiedad varonil que sus reuniones y ejercicios se convierte en un canto a la testosterona. El poco toque femenino lo pone, Olivia Williams, que interpreta a la agente federal, Caroline, encargada de investigar de cerca a los sospechosos de haberse apropiado 10 millones de dólares.

LAS CANCIONES COMO TERAPIA

Otra cinta que ya he tenido ocasión de disfrutar es, “Amanece en Edimburgo”, que entra mañana en la cartelera y además lo hace en su versión doblada al castellano y subtitulada. Ni que decir tiene que recomiendo encarecidamente la VO. Está dirigida por, Dexter Fletcher (“Wild Bill”) y se trata de un melodrama musical que toca varías vías aunque siempre se impone la sentimental.
Dos jóvenes soldados que han intervenido en una trágica operación en Afganistán, regresan a su ciudad, Edimburgo. Aquí, en medio de una ciudad preciosa y captada en tono festivo, se reencuentran con la familia, los amigos y las novias. Todos los conflictos se plantean, se desarrollan y se resuelven con la interpretación de las canciones del grupo, The Proclaimers.
El espectador asiste a una serie de situaciones cotidianas y universales. Los hogares, las calles escocesas y los pubs son los escenarios en los que acontece la acción. Entre lo más destacado del filme está la poderosa interpretación del actor, Peter Mullan. Sobre él y su mujer recae la diáspora más incisiva, aunque se corrige con un tono demasiado melindroso.
La película es agradable y muy agradecida. Disfrutas observando las veleidades de los sentimientos y las emociones de los jóvenes, su presente y su futuro, sus momentos dulces y sus insignificantes rifirrafes. Y, sobre todo, es la frescura que aporta un musical que aunque intrascendente y algo melifluo, logra contagiarte la pasión por la música y las soluciones a los problemas resueltos en medio de la calle con la solidaridad de los traseúntes que se unen al jolgorio interpretando los populares temas del repertorio de los The Proclaimers.

COLOSOS DEL SEXO

BUENA CARTELERA PARA LA SEMANA ENTRANTE
Nunca es tarde si la dicha es buena. Esta frase hecha viene a colación por la inesperada aunque satisfactoria entrada en la cartelera comercial riojana de un par de títulos fechados en meses anteriores y que ahora al calor del verano sofocante encuentran un hueco en la programación.
Siempre es refrescante y valioso tomar posición ante la llegada de material que sabes avalado por su paso por los festivales de cine o juzgado y recomendado con cariño por los profesionales de la información cinematográfica que han tenido la oportunidad de valorar sus imágenes anticipadamente.
En esa misma línea me sitio para llamar la atención del posible lector y espectador y subrayar la emoción que me produce que dos películas que ya he tenido ocasión de ver con antelación lleguen a las pantallas de Logroño. Me refiero a los largometrajes, “Las vidas de Grace”, que la vi en la prestigiosa Seminci vallisoletana; está dirigida por, Destin Daniel Cratton; y la otra es “Stockholm”, una producción española, de notable aceptación, realizada por Rodrigo Sorogoyen e interpretada por los actores, Javier Pereira y Aura Garrido. Si que es verdad que ésta última ya tuvo un pase en el Teatro Bretón a propósito de su elección para ilustrar el ciclo de proyecciones especiales los domingos a las 19.30. En cualquier caso, y a rebufo de las temperaturas calentitas de estos días, no está de más volver sobre ella para llenar cualquier hueco que en su momento no se llenó, recuperarla si nos dejó KO en su primer pase o acudir sin más a disfrutar de una cinta que ha cosechado encendidos entusiasmos.
Estas dos obras gozan, además, de estar enfocadas y planteadas con mimbres exigentes. Tocan temas de interés y sus propuestas son apetecibles y rigurosas. Te invitan a contemplar situaciones cotidianas y universales en la vida laboral y afectiva. Por lo tanto, sus puntos de vista, nada frágiles y baladís, apuntan, y es de destacar, hacia personajes y entornos de gente más o menos joven, con su problemas, alegrías y fracasos.
“Las dos vidas de Grace”, es un drama que resulta más lógico apuntarlo por su título original, “Short Term 12”, que hace referencia a un centro de acogida de adolescentes especiales en el que el foco principal se pone narrativamente desde los sentimientos y emociones que transforman a una de sus entregadas monitoras, Grace (Brie Larson) cuando se interesa por una nueva paciente que padece traumas afilados (abusos sexuales por parte de su padre) y que le arrebata la estabilidad.
Más evanescente resulta, “Stockholm”, otra prueba del aguerrido e intrépido cine español, rodada en un impecable blanco y negro, cuya acción transcurre durante una noche y la mañana siguiente, que comienza como una comedia típica y tópica de chico busca chica, chico encuentra chica, chico y chica se acuestan, y chico y chica…bueno aquí mejor no escribir nada más, dejar un poso de suspense (sí, ya sé, un suspense de escasa enjundia y originalidad; pero no sé hacerlo mejor) y que sea el espectador el que tropieze y se desconcierte con la parte final de la película, quizás uno de sus pilares más sólido, por lo menos, para mí. Por cierto, tanto Javier Pereria como Aura Garrido están maravillosos; con una gran química entre ellos y muy convincentes en sus respectivos roles. Gracias a su trabajo interpretativo consiguen meterse al público en el bolsillo. Pocas situaciones y diálogos muy elaborados y espontáneos refuerzan una comedia romántica con tintes trágicos que gana con el paso de su metraje.

–———————————-COLOSOS DEL SEXO——————————————————

Mañana llega a la cartelera, “Sex tape: algo pasa la nube”, de Jake Kasdan, con Cameron Diaz y Jason Segel, componiendo un matrimonio fogoso y al que le gusta divertirse fornicando. Sus ganas e ímpetus son irrefrenables y para poner a prueba su osadía y atrevimiento acuerdan darse un homenaje en su estabilidad sexual que organizan una orgía sin tapujos filmándose en sus circenses posturas coitales. Ni que decir tiene que la juerga es todo un éxito pero la grabación en vez de quedarse en el disco duro o ir a parar a la papelera como un desecho queda divulgado en el nuevo espacio virtual conocido como “la nube” al que tiene acceso todo el que esté interesado. Abochornados y desquiciados emprenden contra reloj la tarea de evitar que el lujurioso contenido llegue a los ojos de su entorno familiar y profesional. Sin más. Puede estar graciosa. Me la apunto para este fin de semana. Tiene algo de friki y tontorrona que es necesario descubrir. Ya veré.
“Vampire Academy”, de Mark Waters y “Llenar el vacío”, codirigida por Rama Burshtein y Yigal Bursztyn, amplían las posibilidades de ver cine diferente y de variado pelaje.

PELÍCULAS DE VERANO

OLEAJE CINEMATOGRÁFICO
El verano es la época del año que con bastante diferencia absorbo la menor cantidad de celuloide. Mis quince días de vacaciones son genuinamente playeros. De relax y descanso. La lectura ocupa un espacio importante. Todos los días el periódico y por las tardes, los libros. “Una verdad delicada”, de John Le Carre, que no me ha entusiasmado, y “Hasta el último aliento”, de José Giovanni, excelente y briosa novela, además de lecturas cinematográficas, han sido los libros elegidos para esta canícula.
Pero no me olvido de los estrenos. Me suelo escapar a Valencia, a veinte minutos del Mareyn de Barraquetes (Sueca), lugar que elijo para disfrutar del período vacacional, y tratar de encontrar, entre tanto programa comercial, alguna película que me satisfaga y que rompa con una cierta rutina de producto veraniego. Y qué duda cabe que entre tanto material de saldo siempre hay en la cartelera un par de obras que hagan que el desplazamiento valga la pena.

MÚSICA Y SENTIMIENTOS

No desaproveché la tarde viendo y disfrutando, “Begin again”, una estupenda, entretenida, emotiva y moralista fábula en clave musical dirigida por John Carney, el mismo cineasta de la apreciable, “Once”.
Muy bien interpretada en su elenco actoral por la estrella, Keira Knightley y el siempre resuelto e interesante, Mark Ruffalo. Ni que decir tiene que a éste último habría que empezar a tenerlo muy en cuenta porque a parte de elegir muy bien los proyectos es un hombre fascinante, completo, que se atreve con todo y rara vez desbarra.
La pinta que tiene, a mi juicio, la producción es de las que te enganchan desde los primeros fotogramas. Se trata de una cinta con todas las características, para lo bueno y lo regular, del cine independiente. Historia de medio perdedores (me encanta, me fascina, esa semblanza muy enraizada en la cultura norteamericana), de sueños, frustraciones, alegrías y pequeños triunfos. Sus diez minutos iniciales son bellísimos y colosales: un puñado de personajes, de linaje diverso, se reúnen en un garito de copas y el guión relata los pasos que cada uno ha dado hasta llegar al bar y conocerse gracias a la música. Los derroteros siguientes por lo que se desarrolla la historia tiene de todo un poco, desde su lado condescendiente en la observación de las dificultades para criar a los hijos adolescentes y conciliar esa lucha entre padres separados, con la visión, no sin ironía, del actual negocio discográfico, prefabricado y sin fantasía y riesgo.
A mi me parece que “Begin again” es un largometraje muy digno, que toca temas de interés, que retrata con gusto lugares de Nueva York y que no cae en la tentación del cuento baboso y melindroso. Salvando las distancias, se parece, se acerca o son de idéntica estirpe a “Francis Ha”, otro filme de patrones similares. Si todavía no han visto el último trabajo de John Carney, háganme caso, vayan a verla y disfruten de una velada romántica (en el mejor sentido de la palabra) y paladeen su frescura y entusiasmo.

FRITANGA CUBANA

Convencional y sosa anoté en mi inseparable libreta cuando salí de visionar, “Chef”, escrita, interpretada y dirigida por Jon Favreau. No me hizo falta más adjetivos. Tampoco me propuse calentarme la sesera para calificar esta película como predecible y aburrida. Si en un periódico tuviera que coronar mi reseña con una numeración o ristra de símbolos, como estrellas, no pasaría del 1. Más sería traicionarme y estafar al lector. Y la verdad es que la gente, es decir, el público, disfrutó bastante con las tribulaciones de un cocinero experimental que se larga del restaurante en el que trabaja porque su jefe, el siempre magnífico, Dustin Hoffman, le exige que se ciña al menú tradicional y se deje de experimentos. A parte de este conflicto, su enfrentamiento con un famoso e icónico crítico gastronómico le empuja a replantearse un nuevo giro en su cocina. Tanto es así que cambia el lujo por una camioneta donde sirve bocatas de origen cubano. El asunto se convierte en un éxito y además logra empatizar con su hijo y que su ex le tenga en cuenta por si existe la posibilidad de un arreglo. John Leguizano hace de pinche de confianza y Robert Downey Jr se gana con creces el cocido. Poca cosa.

HORROR A TRAVÉS DEL OBJETIVO

Me gustó bastante, “Mil veces buenas noches”, un duro y escalofriante relato dirigido por el noruego, Erik Poppe. Una obra, para nada cómoda, que abre un áspero y espinoso debate en torno a lo que capta el objetivo de una reportera gráfica en lugares conflictivos y arriesgados.
Cine moral a la hora de medir el horror de la guerra y la vida. Sus secuelas y consecuencias. Reflexión sobre periodismo y encrucijada del testigo que ve desfilar acontecimientos que te repelen pero tienes que fotografiarlos o contarlos.
El personaje central se llama Rebeca, interpretada por Juliett Binoche. Fotógrafa experta y con instinto. Veterana y aguerrida. Meticulosa y apasionada. No deja rescoldos por recoger con su herramienta. En Afganistán asiste a los preparativos de una mujer bomba. Su entereza, pulso y sangre fría no la conmueven. Pero cuando estalla el artefacto y su honda expansiva le alcanza, queda dañada. Entonces se replantea asuntos de calado humano y profesional. Porque es una deflagración que te indica que este mundo, de la que ella es testigo privilegiada, es una locura, una aterradora tragedia imparable. Ella observa que todo está dividido y podrido. Que entre todos nos estamos cargando la belleza de la vida. Y Rebeca tiene un marido, y dos hijas. Y esta gente también opina. Y tienen sus sentimientos y posicionamiento acerca de lo que hace y a lo que se dedica Rebeca. Cuando regresa a casa, es testigo de otro conflicto, en este caso, familiar; y muy grave. Tiene que saber vivir sin la cámara…pero cuesta tanto.
Todavía está en cartel este filme muy recomendable que no habría que perder de vista porque plantea y sugiere temas llamativos y que no dejan a nadie indiferentes.

EL PASO DEL TIEMPO

EL ELIXIR DE LA ETERNA JUVENTUD

Otra formidable semana repleta de muchos y buenos estrenos que se van a añadir a los ya existentes en la cartelera comercial que abrirán nuevos frentes y otras miradas para cumplir con la expectativas más o menos exigentes de los espectadores riojanos.
Desde mi modesto punto de vista, ahora mismo, y salvo alguna ausencia significativa, hay un buen puñado de películas, algunas de ellas firmadas por realizadores que pueden gustar más o menos pero cuyas producciones establecen la etiqueta de “visión obligada”, que ofrecen un atractivo panorama tanto desde la perspectiva cómoda y fácil del más simple entretenimiento a otras propuestas barnizadas incluso con la pegatina, para lo bueno como para lo menos bueno, de “autor”, suficiente como para mantener un entusiasmo óptimo y satisfactorio.
Siempre hay tiempo para reprochar y molestarse porque determinados títulos, quizás, a mi juicio, y no por casualidad, los más interesantes, no estén disponibles en las mismas condiciones para un espectador, por ejemplo, de Madrid, Barcelona o Valencia. Si obvio este berrinche que por suerte no me afecta porque muchas de las cintas las he visto con antelación, sostengo que casi todos los largometrajes en exhibición merecen atención por un motivo u otro, aun sabiendo que las películas más publicitadas tienden ser más superficiales o entusiasmar y enganchar menos que otras de planteamiento más osado.

MICHAEL CAINE Y HARVEY KEITEL

Estos dos grandísimos actores, de talla mayúscula, de los que no hay que perderse sus trabajos, independientemente de la naturaleza del filme en el que intervengan (son valor añadido, seguro), son las dos estrellas que encabezan el cartel de “Youth” (“La juventud”), a mi modo de ver, el gran estreno de la semana. Está escrita y dirigida por Paolo Sorrentino, el mismo realizador de “La gran belleza”, título que dio que hablar, y mucho. Su cine tiene un encanto inaprensible. Es bello y poético. No escatima en detalles irónicos y mordaces. Y, entre otros asuntos, habla y reflexiona sobre el arte, en un sentido amplio, la cultura, el paso del tiempo, lo perdurable y lo efímero. De todo un poco y subrayando una voz propia y sugerente. Por lo tanto, ¿es un autor?. Va camino de ello o, por lo menos, se propone, sin disimulo manierista y narcisista, dejar constancia, en estilo y puesta en escena, que detrás de la cámara y sobre un guión sobrio y lleno de matices, hay un director de cine, alguien que se interesa y preocupa por envolver sus ideas bajo el paraguas del sello propio e intransferible, rozando y coqueteando con la pretenciosidad, su mayor enemigo.
“La juventud” es un poema irónico. Como una comedia dramática. Ocurren cosas que producen risa, pero no es hilarante; más bien doliente. Pocos personajes son felices. En su tiempo lo fueron. Pero ahora no. Y como los más importantes están en una etapa de su vida profesional que o te jubilas o te conceden premios por si acaso te mueres pronto.
La acción se desarrolla en un balneario ubicado en un paraje idílico de los Alpes. El sitio es una maravilla. Es un spa 5 estrellas cuya tarifa por los servicios prestados sólo se lo pueden permitir unos pocos. Entre estos están Michael Caine, soberbio y espectacular, que encarna a un prestigioso director de orquesta talludito que es contrario a recibir una distinción por parte de su majestad la Reina de Inglaterra. El otro es Harvey Keitel, un excéntrico y atormentado guionista de cine que se está en ese paraíso ultimando los retoques de su siguiente trabajo. Estos dos personajes constituyen el alma y centro neurálgico de la historia. Y los dos, metidos en una piscina, tipo jacuzzi, protagonizan el momento más sublime de la película y cuya trascendencia, por la jeta de ambos, es rescatada para el cartel publicitario de “La juventud”. Esa escena es testimonio y justificación más que colosal de por qué la obra de Sorrentino se titula “La juventud”. Como digo, los dos tipos, maduritos y en una edad difícil y perjudicada por el deterioro de la salud, ven entrar en el agua, completamente desnuda, a una cliente, que no es otra que un bellezón, una joven mulata, miss universo, aunque con una cabeza muy bien amueblada, que despide una conexión erótico/sensual irreprimible que los dos personajes lo dicen todo con sus insuperables rictus y mohines. Sencillamente, fantástico.
Además por el balneario pululan otros personajes. Hay uno que es un sosias de Maradona, con un parecido físico perfecto, intentando perder kilos. La bella Rachel Weisz, hace de hija de Michael Caine, pasa por apuros sentimentales y luego está otro actor que encarna a un actor joven de Hollywood cansado de repetir siempre papeles de robot.
En fin, un filme que hay que ver obligatoriamente que además tiene también en el reparto una breve aparición de la actriz, Vanesa Redgrave. Y en el apartado musical subrayar la utilización en dos momentos muy delicados de la historia de una conocida y bonita balada del grupo británico de rock progresivo, Yes.

EL MEJOR PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

Parece que fue ayer cuando veía por primera vez “Todos los hombres del presidente”, de Alan J. Pakula y un libreto del fenomenal guionista, William Goldman, una magnífica y arrolladora película que detallaba con precisión muy puntillosa el exhaustivo y entregado trabajo de dos periodistas del Whashington Post, Carl Berstein y Bob Woodward, que destaparon las más feas cloacas de la Casa Blanca en lo que se conoció como el caso “Watergate”. Los artículos, escritos no sin problemas y obstáculos, derivó, dos años más tarde del inicio de la pormenorizada y obsesiva investigación de los dos redactores, en la dimisión como Presidente de los EE.UU, Richard Nixon.
Aquella odisea significó no sólo la importancia de un medio de comunicación sino también el apoyo recibido tanto por la editora y propietaria del rotativo, la señora Graham, como el incondicional refrendo del director del periódico, el emblemático y toda una institución, Ben Bradle. Además ayudó a no pocos jóvenes a decidir qué querían ser de mayores: periodistas.

THE BOSTON GLOBE

A lo largo de la historia del cine la pantalla grande se ha interesado a veces con entusiasmo inusitado por las heroicidades de los informadores. Antes de “Todos los hombres del Presidente”, hubo títulos memorables que abordaban casos de hazañas de reporteros que bien servían para destacar su labor como para criticar y censurar comportamientos que ofendían a la ética del periodismo. También después de la célebre película interpretada por Robert Redford y Dustin Hoffman se han rodado argumentos en la que el periodismo era objeto de honra o agravio. No voy a extenderme en citar títulos porque a buen seguro cada lector y espectador tendrá sus preferidos.
Ahora, y tras su aplaudido pase por la sección a concurso del último festival de cine de Venecia, llega a las pantallas riojanas un largometraje, de tema periodístico, que les voy a recomendar de manera encarecida. Es decir, me gustaría que no se la perdieran y disfrutaran, otra vez, con la misma intensidad y fervor que lo hicieron a mediados de la década de los 70 con “Todos los hombres del Presidente”.
Se trata de “Spotlight”, escrita y dirigida por el cineasta, Tom McCarthy. De este realizador se han estrenado en nuestro país toda su filmografía. Se dio a conocer con la estupenda, “Vías cruzadas”. Nos robó el corazón con “The visitor”. Dejó constancia de su buen oficio en “Win,win” (“Ganamos todos”). Algo de perplejidad me causó, “Con la magia en los zapatos”, un vehículo comercial para que Ben Stiler rebajara su penosa faceta cómica. Y vuelve a engrandecer su figura con, “Spotlihgt”.
Esta cinta recrea de manera concienzuda el ardoroso e infatigable trabajo de un equipo de redactores del diario The Boston Globe que formaban una oficina cuyo principal cometido era realizar periodismo de investigación. Su habitáculo estaba colocado en las catacumbas, es decir, en el sótano de la redacción. Allí, sin luz exterior y sin ninguna ventana que perturbe su concentración, leían y analizaban infinidad de informes hasta localizar un hecho noticiable que albergara la posibilidad de destapar algún asunto de trascendencia. El grupo, en la película, está orientado por el actor, Michael Keaton, que ya sabía lo que era ser redactor jefe puesto que bajo las órdenes de Ron Howard había intervenido en el filme, “The paper”.
La llegada desde Miami de un nuevo redactor jefe, papel que interpreta el actor, Liev Schreiber, proporciona, entre un montón de casos, enmarcado en una columna de opinión, un tema, el de un caso de abusos sexuales por parte de un sacerdote adscrito a la diócesis de Boston, que bien pudiera ser un caso aislado o un detalle no investigado lo suficiente que mereciera una mejor atención por si fuera redundante en otros curas.
Tom McCarthy, partiendo de un guión robusto, inteligente, metódico, fiable, con buenos diálogos y situaciones tensas, que despiertan las emociones más rabiosas e indignantes, construye, siguiendo modelos clásicos, de elegante y funcional puesta en escena, el ardoroso seguimiento de los periodistas, con los que no cuesta nada identificarse, porque uno de los mejores pilares del filme es su reparto, con intérpretes que hacen creíbles sus roles, como el extraordinario y siempre genial, Mark Ruffalo, en el papel de Mike, uno de los redactores más entregados y valientes; la guapa Rachel McAdams, que encarna a Sacha, la única dama del grupo. Por cierto, esta actriz es la tercera vez que ejerce de periodista en la pantalla grande. Estos actores, junto a John Slattery, Stanley Tucci y Billy Crudup, forman un elenco actoral de gran pegada y total credibilidad.
En la película, que además es amena y entretenida, aparte del encomiable esfuerzo y derroche de perspicacia de sabuesos de los redactores, resistiendo encontronazos y algunos insultos, cuya hazaña queda muy bien detallada, la cinta, como no podía ser de otra manera, no sólo denuncia, sino que informa, privilegiando la verdad, y subrayando la importancia de una prensa libre y ajena a los intereses políticos, en un país, dichosos por la democracia, pero en el que muchas veces la prensa ha sido prisionera de cierta casta para airear y vocear sus discursos.
Aquí, todo el largometraje está contado desde el punto de vista de los periodistas, que anteponen el rigor y la veracidad, y, sobre todo, el compromiso consigo mismo y con los lectores, aunque alguno de estos les cause estupor e incomodidad la lectura de una primicia que saca a la luz los trapos sucios de pederasta y pedofilia de más de 100 sacerdotes, a los que cambiaban de parroquia o los ocultaban para evitar el escándalo.
Pues de todo esto trata, “Spotlight”, que como he escrito más arriba, me parece una de las grandes películas que se van a estrenar esta semana y que llega a la cartelera en bastantes cines de nuestra comunidad. Recomendación: a ver.

DOS PELÍCULAS QUE DEBEN VERSE

Este fin de semana se entregarán los premios Goya de la Academia del cine. “La novia”, de Paula Ortiz y “Truman”, de Ces Gay, parten como las favoritas para alzarse con los galardones más codiciados. Son a mi juicio, las películas grandes, aunque de presupuestos muy nuestros, de andar por casa. Pero con el dinero que se ha invertido se ha conseguido armar dos historias poderosas, la primera partiendo de un célebre texto teatro de Federico García Lorca, rodada con estilo llamativo y rompiendo ideas preconcebidas y prejuiciosas sobre lo que se podía esperar de una adaptación, y, la segunda es un guión original que habla de varios temas pero el principal asunto que aborda es el de la amistad duradera.
Hay más películas, por supuesto, como “Techo y comida” y “B” (ésta me ha gustado más de lo que en un principio podía esperar de ella), filmadas ajustándose al tipo de producción habitual en nuestro país, es decir, con presupuestos de andar por casa. Pero con resultados finales solventes y de gran eficacia. Lástima que a pesar de las inquietudes, siempre renovadas, de los cineastas españoles, el público, salvo honrosas excepciones, se muestre reacio o refractario hacia los productos que se realizan en nuestro territorio. Aún así, los espectadores que en su momento eligieron estas cintas para adentrarse en su argumentos, seguro que no salieron defraudados.
No insisto más en las obras candidatas a premios Goya porque en sus fechas de llegada a las carteleras comerciales ya tuve ocasión de escribir algún comentario sobre ellas.
Ahora lo que me pide el cuerpo es celebrar el estreno de dos grandes e importantes títulos del cine norteamericano. A partir de mañana el espectador de La Rioja tendrá la ocasión de disfrutar y apasionarse por dos producciones de diferente signo que a buen seguro colmarán las exigencias tanto cinéfilas como de entretenimiento de los espectadores. Además creo que son títulos esperados con cierta impaciencia que la gente quiere ver lo antes posible. Y que ambos están como candidatos a los Oscars de Hollywood en diferentes categorías.

“Carol”, de Todd Haynes (“Lejos del cielo”) es, ante todo, un filme intimista y delicado, de soberbia realización, rodado con tacto y elegancia, con una fotografía sublime, que un tono clásico, depurado y reposado, en la que la duración de los planos, gracias a un puntilloso montaje sereno y maestro, permite la total observación de emociones y sentimientos, en muchos momentos contradictorios, de dos mujeres que en la pacata y árida sociedad norteamericana de los años 50 se enamoran y viven una furtiva pero intensa historia de amor.
Se vive como se siente, y Carol (una Cate Blanchett a la altura o más de sus últimas y grandes interpretaciones) y Therese (muy apropiada Rooney Mara), son dos mujeres que luchan por encontrar su sitio en este mundo y de manera velada deciden apartarse de los patrones que una sociedad mojigata y cobarde tiene reservada al sexo femenino y rompiendo moldes deciden convertirse en amantes, no sin sortear los consabidos prejuicios y buscando la clandestinidad por culpa de una moralidad de rústica severidad.
La cinta de Todd Haynes, también guionista, tiene la fuerza y determinación que tenía en su tiempo las inmarchitables cintas del siempre recordado, Douglas Sirk, figura mayúscula del melodrama más arrebatado y detallista. Viendo “Carol” se acerca uno a la estructura y dramaturgia escalonada del autor “Tiempo de amar, tiempo de morir”, de belleza esplendorosa y personajes en conflictos internos y dudas existenciales. Es un cine de miradas, gestos, detalles y expresiones que afirman o reafirman deseos y aceptaciones. Todo ello equilibrado y perfectamente coreografiado, completando una dimensión emocional que rebasa lo anecdótico para convertirse en una inaprensinble poema de amor. Sin duda, una de las grandes películas de la temporada.
No hace mucho el actor, Leonardo DiCaprio, conseguía el Globo de Oro a la mejor interpretación masculina por “El renacido”, de Alejandro González Iñárritu. Cuando se vea esta colosal y espectacular cinta de aventuras se comprenderá, con juicio imperativo, por qué el actor de “El lobo de Wall Street” es merecedor, con el permiso de Michael Fassbernder y su rol de Steve Jobs, del Oscar por su papel del cazador y explorador, Glass.
Se ha escrito mucho de las condiciones metereológicas del rodaje. Muy duras, extremas, casi insoportables y calamitosas. Filmación en escenario naturales con temperaturas bajo cero. Toda esta hazaña y riesgo queda perfectamente recogido por la cámara manejada por el operador habitual de Iñárritu, Emmanuel Luzbezki. Si añado una producción costosa pero aplicada hasta la exageración en dotar de credibilidad a este relato inspirado en eventos reales, se consigue, sin la muletilla de los efectos digitales, una película de gran envergadura que te engancha desde el arranque, con una secuencia magistral y violenta, muy elaborada, que presenta a los personajes principales, y que luego, a partir de aquí, con la tensión en alza, hacia una historia de supervivencia y venganza, elementos tradicionales del western, en este caso muy inhóspito, que te hechiza por sus latigazos y sacudidas, poniéndote al lado del atribulado Hugh Glass.
Entre los momentos más impactantes del filme, destaca el feroz ataque de un oso grizzly que sufre Glass, siendo zarandeando, mordido y arañado con un dosis de verosimilitud que seguro no será grato a la vista de todos. Hacia tiempo que no veía en una pantalla grande semejante realismo. Resulta estremecedor. Entre el ruido, la fiereza del animal, su agresividad natural, los dientes mordisqueando la carne humana y las afiladas uñas del iracundo bicho rasgando la espalda del guiñapo, porque así se ve en la pantalla Leonardo DiCaprio, zarandeado como un trapo. Seguro que cuando los espectadores vean esta escena, no la olvidaran con facilidad.

AMARGURA Y DESESPERACIÓN DEL PARADO

La ley del mercado 1

Así como en semanas anteriores el tono de mi escrito era animoso y casi festivo, celebrando por todo lo alto la llegada a las pantallas riojanas de un puñado de títulos de muy variado signo capaces por su argumento y temática de suscitar los deseos y pasiones más impacientes, no ocurre lo mismo con el capazo de largometrajes previsto para su estreno que llenarán a partir de mañana la cartelera comercial.
También es verdad que el entusiasmo encendido y sulfuroso estaba justificado porque las películas programadas eran conocidas, es decir, que ya las había visto en los preestrenos y, por lo tanto, tenía opinión propia para subrayar sus virtudes y mencionar una serie de recomendaciones que siempre viene bien detallarlas para que el lector y posible espectador las conozca y luego pueda contrastarlas o analizarlas de otra manera.
Aún así, siempre gotean largometrajes suficientemente publicitados con bastante antelación que bien elegida su propaganda acompañada de unas imágenes certeras y expectantes, provocan, cuando menos, un aviso muy bien estudiado y estratégicamente convalidado por expertos en la materia, sobre el posible potencial de una película. Puede ser el caso, por ejemplo, de “La verdad duele”, dirigida por Peter Landesman e interpretada en su papel principal por el carismático y arrollador actor norteamericano, Will Smith. Este intérprete, de quien no hace mucho vimos el thriller, “Focus”, estuvo no hace mucho en un conocido programa de entretenimiento de una cadena de TV privada en horario de máxima audiencia, despertando, entre otras cosas, las filias posibles para generar el ánimo de querer ver la película. Además, su argumento, típico yanki, está inspirado en hechos reales relacionados con la neurología deportivo y en concreto con los casos de suicidio entre jugadores ya retirados de fútbol americano. Pues bueno, esa es una de las historias que mañana entrarán en la cartelera.
Otra de la cintas de nacionalidad norteamericana y muy bien difundida e incluso en el mismo programa de entretenimiento que la anterior es “Zoolander 2″, escrita y dirigida por el comediante, Ben Stiller, tipo al que respeto y que me parece muy bien lo que hace. En este filme, de comedia local y extravagante, que gira alrededor de la moda en su vertiente más friki y cachonda, cuenta con un reparto lujoso y atractivo, de eficacia comprobada, encabezado por el propio autor de la descacharrante idea, y acompañado por Will Farrell, Owen Wilson y nuestra actriz más internacional, Penélope Cruz. La primera entrega de esta franquicia no tuve el placer de concederle mi curiosidad. No me llamó la atención y nada de lo que querían ofrecerme en imágenes me parecía digno de robarme dos horas de mi tiempo. No sé, pasado el tiempo, si me arrepentí. Lo único cierto que sabiendo de una continuación no quise enterarme del “asunto” que trataba la primera y, casi seguro, que pasaré también de “Zoolander 2″, a no ser que alguna voz de reputada solvencia y que cuente con todas mis garantías escriba o diga que se trata de un disparate de visión obligada.
Otro de los títulos previstos para mañana es, “Mejor…solteras”, otra comedia, esta vez dirigida por Christian Ditter. He visto secuencias de esta farsa, con humor escatológico incluído, que se apunta al carro de qué bien se está y cómo se lo montan los solteros y solteras, que viven en juergas continuas y cuando quieren sexo siempre hay peña dispuesta a entregarse a la causa sin rechistar. Dakota Johson, la muchachita virgina de “50 sombras de Grey” y la potente, Rebel Wilson (“Dando la nota”), son sus estandartes provocativos, encarnando la primera a una joven algo deprimida por una relación rota y la segunda una tipa sin prejuicios que la cobijará y le dará fortaleza para entregarse a causas más atrevidas y sugerentes. En fin, como muy visto ¿no?
EL NO ESTRENO
De las películas que, por ahora, no llegará a ningún cine de La Rioja está, “La ley del mercado”, una producción francesa de Stéphane Brizé, que estuvo en el festival de Cannes y que su actor principal, el galo, Vincent Lindon, obtuvo el máximo reconocimiento con el premio al mejor actor. Y no me extraña, porque este formidable actor está colosal y se sale en un papel de gran complejidad y tormento moral. Precisamente esta película sí que he tenido ocasión de ver y me disgusta bastante que nadie haya reparado en ella para ofrecérsela a los espectadores y cinéfilos riojanos. Además es una cinta que golpea en una línea de flotación como es la pérdida del trabajo habitual y la suerte de encontrar otro que más que una bendición es una tortura por su condición de vigilante de las actividades laborales de empleados de un gran súper mercado.
Lindon, como digo, fenomenal, y me quedo corto, encarna a Thierry, un parado, amargado, deprimido, hundido. Su careto lo dice todo. Su forma de andar, de hablar, de vestir resume su estado de ánimo y angustia vital. Está casado y tiene un hijo discapacitado. Ha realizado todos los cursos obligatorios aunque infructuosos porque su especialidad es otra completamente distinta. Necesita dinero. El director de su sucursal bancaria le solicita contrato de trabajo y justificantes de nóminas para concederle un préstamo. Desea desprenderse de una caravana para conseguir pasta. El trabajo es necesario, es como el maná, y cuando lo consigue, por las características del mismo, supervisor y sherif para que nadie robe ni haga chanchullos con los clientes del súper mercado, resulta que su situación de desamparo no amaina por las contradicciones morales que le supone su puesto.
Esta película, “La ley del mercado”, que tiene un componente social afilado, es otro ejemplo de ese cine “neorealista” que de vez en cuando llega a las pantallas, que no mira para otro lado, si no que a través de su vertiente de denuncia no sólo explora la situación de desprotección total del obrero, del empleado, sobre todo cuando tiene más de 50 años, sino que viene a recalcar la cantidad de trabajo basura, de contratos de mierda, mal pagados, con los que tiene que conformarse un padre de familia que verlo en la pantalla, como una ruina física y moral, llega a calar en el espectador. Y si cala es porque todo cuanto acontece en la pantalla tiene la inconfundible pátina de la verdad. Y la verdad, duele, como la película que he mencionado más arriba.

UNA DE ROMANOS, COMO LAS DE ANTES

Ave césar

Los miércoles, invariablemente, recibo de manera puntual los correos de las diferentes empresas de exhibición cinematográfica que me informan de las películas que van a estrenar y los horarios de las mismas. Al mismo tiempo, por curiosidad, comparo esa oferta, que unas veces es generosa y otras desalentadora, con el número de largometrajes que, por ejemplo, entran en la cartelera comercial de Madrid o Barcelona, las principales ciudades a nivel cuantitativo de proyecciones. Aunque es una rivalidad odiosa en todos los términos, me atrapa saber la apasionante versatilidad de las diferentes propuestas; y sobre todo conocer qué películas, si no las he visto con antelación, me perderé momentáneamente o dejaré pasar por desinterés. Sí, por desinterés. También los comentaristas de cine tenemos esa función o tecla. Además es fácil configurarla. Hay filmes, a mi juicio, que me despiertan poco o nada entusiasmo. Sin ir más lejos. La semana pasada desistí de ver, “Zoolander 2″, de Ben Stiller. Aduje mi nulo conocimiento de la franquicia, puesto que en su día, hace ya por los menos dos lustros, pasé, creo que acertadamente, de entrometerme en la vida y caprichos del diseñador de moda, Zoolander. Su tono friqui, tontorrón y bufo no logró seducirme ni tan siquiera con la tarjeta de presentación, el trailer. Decía, retomando el hilo de la narración, que este fin de semana es otro de esos que entra mogollón de material a la cartelera. Más o menos la mitad, quizás un poco menos, viene a La Rioja, sobre todo el más fuerte, “Ave, César”, de los hermanos Coen, con un reparto de lujo.
LOS HERMANOS COEN NUNCA FALLAN
Tras hacer un nostálgico inciso en los años 60 con “A propósito de LLewyn Davis”, la odisea algo indómita de un cantante folk por alcanzar su cima interpretando temas en en escenario emblemático, que fue una apuesta visualmente arriesgada, rodada en blanco y negro, pero fortalecida con un reparto robusto y a prueba de inclemencias temerarias, los siempre interesantes hermanos Coen, tras participar en el guión de “El puente de los espías”, de Steven Spielberg, se embarcan en una odisea atrevida y jocosa mirando con humor y socarronería al Hollywood de los años 50, que quería renacer con grandes y espectaculares súperproducciones y atacado en su línea de flotación intelectual por la tristemente famosa caza de brujas del senador McCarthy emprendida contra los simpatizantes liberales.
En esa época, dichosa para algunos y ofensiva para otros, los autores de “No es país para viejos” sitúan las curiosas y extravagantes andanzas de sus personajes. Hollywood era una máquina muy bien engrasada preocupada por surtir de entretenimiento a una horda de espectadores que comenzaban a mirar un aparato doméstico, la televisión, con ojos curiosos y entregados. Los estudios principales animaron a sus guionistas a escribir historias grandiosas y dramas monumentales para atraer hacia las salas a una masa que disfrutaba sólo de las citas colosales y grandiosas o de títulos tocados con la varita mágica que constituían, bien por su elenco actoral y por los arrebatadores perfiles de su argumento, éxitos de incuestionable valor. Uno de los géneros frecuentados con buen ritmo y a gusto del consumidor, era el Peplum o película de romanos.
Pues, “Ave, César”, va de eso, de romanos. Del rodaje de una producción enclavada en la antigua Roma. Y cómo el secuestro de su gran estrella, interpretada por George Clooney, por una banda organizada de “comunistas” pone en serio peligro la continuación de la filmación.
No he tenido ocasión de ver todavía la película. Me remito al chispeante trailer de promoción, por cierto, bastante divertido, y a las declaraciones tanto de los autores de la película, los hermanos Coen, como de algunos intérpretes que aparecen, para imaginar, sobre todo al tratarse de una cinta que aborda el tema del cine dentro del cine, con homenajes a “Cantando bajo la lluvia” o las coreografías acuáticas de Esther Williams, que puede ser, y no creo que me equivoque, un largometraje fresco e irónico, de humor y comedia ácida y socarrona, sobre argucias y más de una marrullería, de los estresantes momentos y chocantes peripecias que una inesperada e insólita situación de esta magnitud puede generar en un estudio de cine cuando la principal figura del reparto de una mega producción que mueve dinero a espuertas e intereses de todo tipo es raptada por un grupo paralizando todas las gestiones que la rodean.
Desde luego es un punto de partida que sólo describirlo te empuja a la risa y la carcajada. Si esta historia, además, tiene fuerza, engancha, seduce, te arrastra por derroteros sobre la ilusión de los que hicieron posible las películas, te emociona y quedas postrado por la fascinación de su relato, pues es posible que se vuelva a disfrutar, otra vez, de una película de los hermanos Coen, esa pareja de autores que nunca fallan. O, por lo menos, me lo parece a mí.
OTRAS PELÍCULAS
También se podrá ver a partir de mañana, “El mal que hacen los hombres”, de Ramón Térmens. De la misma nacionalidad, “La corona partida”, de Jordi Frades. Para los amantes de la ciencia-ficción, “Deadpool”.

EL CINE QUE NOS LLEGA



Esta semana va a estar condicionada, en parte, por las películas recompensadas, en opinión y criterio de los académicos norteamericanos, con las valiosas y valoradas, sobre todo, de cara al rico comercio de su distribución, estatuillas Oscar, ese premio exquisito que tanto gusta, se adora y se persigue. Aquellos títulos, sobre todo los más recientes, que han conseguido alguno del amplio ramillete de posibilidades, se reafirman en la cartelera y ven como los diseños promocionales de sus carteles se modifican añadiendo en sitio destacado la famosa y célebre estauilla. Si alguno de los largometrajes que han recibido esta significativa distinción se ha retirado de la programación porque su tiempo de exhibición se ha agotado, vuelve, otra vez, a los cines, resaltando su flamante y llamativo logotipo, para dar oportunidad a los espectadores que por un motivo u otro no la consideraron en sus preferencias.
En Logroño se mantienen firmes, “El renacido”, de Alejandro González Iñárritu, que ha significado, a nivel histórico, el primer galardón de esta consideración para su actor principal, Leonardo DiCaprio, y para el realizador, el mejicano, Alejandro, el logro, nada baladí, de obtener por segundo año consecutivo el Oscar al mejor director. Entró la semana pasada, “La habitación”, de Lenny Abrahmson, y es momento, por lo tanto, de ir a verla y, especialmente, para descubrir a su intérprete, Brie Larson, hasta la fecha una actriz semi desconocida, tapada en papeles secundarios, que por este filme, de cierta intensidad dramática, ha obtenido el Oscar por su rol de madre secuestrada y con un niño de cinco años al que trata de educar con los elementos a su alcance, su fantasía, su amor y cariño, sin que estos recursos avisen al muchachito que está retenido, para no complicarle la existencia. Regresa a las pantallas riojanas, “Spotlight”, de Tom McCarthy, la triunfadora en la modalidad de mejor guión original y mejor película. Dos broches dorados relevantes que acentúan, desde el punto de vista del libreto, extraordinario y muy matizado, el barniz o pose intelectual con el que está enfocada la película, que la dota de una fortaleza indiscutible como afilado instrumento de denuncia y, a la vez, magistral lección de periodismo, con unos reporteros, no sin contradicciones, que tienen tanto como profesionales de la noticia y conciencias un asunto de extrema gravedad que tratan de dar a conocer como iconos de la libertad de expresión y adalides de la libertad de prensa.
CINE ESPAÑOL
De las mucha películas que se estrenan a partir de mañana viernes, me gustaría hacer hincapié, aunque no la he visto, en la producción española, “Cien años de perdón”, dirigida por Daniel Calparsoro (“Salto al vacío”), una cinta de acción, por lo que sé, trepidante y colosal, que pone en el debate o reflexión de su intención, además, por supuesto, de entretener, de señalar, como sucedía en, “El desconocido”, a los bancos o sus empleados ejecutivos como responsables, por sus políticas facinerosas, de contribuir a la crisis económica de este país. La cinta, que tiene unas pintas estupendas y espectaculares, por lo que he podido ver en los trailers y avances, atesora un reparto, creo, que muy ajustado e interesante, encabezado, nada más y nada menos, que por Luis Tosar, Raúl Arévalo, Rodrigo de la Serna, José Coronado y Beatriz Vico. El asalto a una entidad bancaria con el propósito de llevarse un cuantioso botín es el arranque que sirve de pretexto para en el desarrollo de los acontecimientos y siempre desde la idea que nada sale según lo planeado, para proponer giros inesperados encaminados a sorprender al espectador.
EL NAZISMO TRATADO DESDE DOS ÉPOCAS DIFERENTES
Dos títulos que llegan a la cartelera comercial y que he tenido ocasión de ver coinciden en el tema del nazismo. Uno de ellos, “13 minutos para matar a Hitler”, de Oliver Hirschiegel, tiene base histórica porque está inspirado en hechos reales. Se trata de una cuidada y puntillosa producción alemana realizada por el autor de “El hundimiento”, que recrea la acción en solitario que emprendió un simpatizante comunista para atentar y matar a Hitler. Apresado apenas unas horas después del estallido de la bomba, la película, estructurada con contínuos flash-backs, es un relato que indaga en la curiosa personalidad de un tipo que en solitario, sin la ayuda de nadie y de forma muy artesanal construyó un artefacto de gran potencia que los oficiales alemanes que lo interrogaron pensaron de forma tozuda que el hombrecillo que tenían delante jamás hubiera podido elaborar semejante arma de destrucción sin la colaboración de otros indidividuos. La cinta se centra en su vida, amores, amigos, etcétera, alternado con las secuencias de torturas y humillaciones. Me parece un filme correcto, entretenido, con buena producción, pero que no aporta nada a esta corriente temática de cintas que giran alrededor de los intentos de asesinato que sufrió Adolf Hitler. Evidentemente, “13 minutos”, título original, es también a la vez un intento de acercarnos a la época previa al comienzo de la II Guerra Mundial y el brutal escarnio que empezaba a sufrir tanto la población judía como los afiliados a partidos de izquierda.
“Remember” es un filme canadiense dirigido por el prestigioso cineasta, Atom Egoyan (“El liquidador”, “Exótica”, “Dulce porvenir”, entre otras), hasta la fecha, una figura clave de su país y también un realizador habitual de los festivales de cine, y cuyas películas siempre han destacado además de obtener importantes galardones. Para esta ocasión se sirve de un texto ajeno y cuenta la historia de Zev, un anciano judío inquilino en una residencia para mayores que está interpretado por Christopher Plumer que junto a su amigo y compañero, Max (Martin Landau) planean ejecutar a los nazis supervivientes y que fueron oficiales en el campo de concentración de Auschwitz, ordenaron la muerte de multitud de judíos y que ahora viven bajo otra personalidad y de manera honorable.
Por supuesto le concedo a casi toda la filmografía de Atom Egoyam una personalidad, estilo y capacidad visual muy rotundas que sin embargo y pese a sus buenas intenciones no están presentes en este casi telefilme. Está bien rodada y estupendamente interpretada. Se sigue con interés las andanzas del anciano Zev, que además está enfermo y tiene problemas de memoria, pero da la impresión que es un asunto menor e inferior para las cualidades temáticas que siempre han desarrollado las obras de Egoyam.

LA IRA DEL FUNDAMENTALISMO

Mustang



Siempre es interesante y merece la pena prestar la debida atención a cinematografías aunque europeas no dejan de tener un barniz o poso exótico. La turca, a mi parecer, pertenece a esa raingambre u origen que sabemos que está ahí pero que sus producciones difícilmente se cuelan, salvo honrosas excepciones, en las carteleras comerciales. Cuando sucede el hecho, es decir, que determinado título de nacionalidad otomana accede a los cauces y flujos convencionales de la distribución y exhibición es por razones casi siempre de índole puntual. no por azar y casualidad, puesto que las circunstancias casuales no son motivo suficiente para apostar por ellas para apoyarlas en su difusión. Para que ocurra el “milagro” de su pase en los conservadores estándares comerciales, el título en cuestión ha de poseer unas características temáticas y narrativas consensuadas y acordes con el gusto “progre” de determinado espectador que si bien admite con cortesía amigable el cine más o menos trillado “normalizado” por un modelo de factura acostumbrada, a la vez, y sin que se produzca paradoja, admite y acepta con curiosidad determinadas películas etiquetadas como de “autor” o reconocidas por sus premios en los más prestigiosos festivales de cine internacionales.
Este es el caso de la cinta, “Mustrang”, una “atrevida” coproducción entre Francia y Turquía dirigida por la joven realizadora nacida en Ankara (Turquía) en 1978, Deniz Gamze Ergüven. La película ha recorrido varios e importantes festivales de cine. En casi todos ellos ha salido cargada de premios. De su extenso palmarés sólo voy a mencionar los galardones cosechados en la Seminci de Valladolid, certamen por el que pasé y marco de lujo donde tuve ocasión de ver y disfrutar de este singular y emocionante largometraje. En este veterano festival, “Mustang” fue reconocida con la Espiga de Plata a la mejor película; Premio “Pilar Miró” al mejor nuevo realizador (ex aequo); Premio del público; Premio Fipresci de la crítica; Premio Seminci Joven y Sociograph award 2015. Ahí es nada. Con tantos e insignes logotipos en su cartel promocional es muy inusual y raro que este fresco drama pase inadvertido para el público, atento, como casi siempre, al esplendor de sus reconocimientos como a los comentarios y críticas leídas o escuchadas en los medios de comunicación.
PREMIO DEL PÚBLICO EN LA SEMINCI
Sin duda, si existe en el lanzamiento de un filme un rótulo más sincero, honesto y de fácil aceptación, no es otro, “PREMIO DEL PÚBLICO”, que otorga sensación de “tranquilidad” y descarta el temor de enfrentar al espectador a experimentos o enjuages reservados, quizás, para la cinefilia de combate y apasionada por el riesgo formal. Ahora bien, si en el mismo saco te han adjuntado la recompensa bendecida por la exigente asociación de comentaristas de cine internacionales, FIPRESCI, es que la película en cuestión, en este caso, “Mustang”, o es una pieza rebosante de toda la energía capaz de transmitir un largometraje o, simplemente, es un caso absolutamente “genial” de obra que ha dejado flipado y enamorado a un conjunto muy amplio de una audiencia variopinta y preparada. De cualquier manera, la mejor manera de despejar la incógnita es verla por uno mismo y que cada cual saque sus propias conclusiones.
LAS VÍRGENES SUICIDAS TURCAS
No es mío el enunciado. Se lo oí a alguien a la salida del pase en el Teatro Calderón de Valladolid, sede de su longevo festival. Caminaba hacia la sala de prensa a escribir la crónica diaria para DIARIO LA RIOJA cuando comentando con otros informadores acreditados la opinión rápida y sagaz de la película, uno de ellos apuntó que le había parecido o le encontraba similitudes con la cinta de Sofia Coppola, “Las vírgenes suicidas”. Redactando mi texto, valorando los títulos que había vista e intentando encontrar la línea temática de la jornada festivalera, aprecié y di sentido al razonamiento del compañero, sin por ello desviarme de mi idea inicial de ponderar la película en el apresurado análisis a vuela pluma que conservaba de su proyección al finalizar la misma.
LA CÁRCEL DE LA VIDA
La temprana edad de la realizadora, por lo que vemos en la pantalla, ha ejercido de inspiración para volcar su atenta mirada, no exenta de acidez, hacia el grave problema que padecen las jóvenes turcas de zonas rurales sometidas a las tradiciones bárbaras y trogloditas de una sociedad inmóvil y caduca, apegada al castigo de una religión fundamentalista, que obliga a las chavalas, da igual se fecha de nacimiento, a ser simples objetos mercantiles para las casamenteras o celestinas del lugar que les buscarán maridos sin que las chicas puedan revelarse ante esa inclemente costumbre.
Los pesonajes principales son cinco hermanas huérfanas. Viven con su abuela y un tío. Los dos adultos son gente orgullosa y tradicionalista. La acción arranca al principio del verano y final del curso escolar. Las muchachas, como es lógico, para celebrar las buenas notas y la conclusión del ciclo académico, disfrutan en la playa jugando con sus compañeros y amigas. Los chicos suben a sus hombros a las chicas, y este gesto, tan inocente y natural, genera un escándalo de proporciones mayúsculas, de tal manera que la abuela y el tío de las hermanas piensan a pies juntillas que han sido avergonzados y humillados por la supuesta “erótica” que tenía la juerga.
LEVANTANDO UN MURO
Este breve prólogo, fotografiado con luz luminosa, festiva y alegre, es el preludio del descenso a los infiernos de las jóvenes. No han podido convencer a los “adultos” que sus intenciones eran buenas y saludables, para nada pretendían enojar y avergonzar a sus molestos e iracundos familiares. Pero como las rígidas normas no las ponen ellas, sino que vienen impuestas, y estas son como son, y no hay manera de modificarlas, ni adaptarlas, ni tan siquiera modernizarlas, sufrirán, por su bello, bonito, entrañable y juguetón acto, el más siniestro e injusto castigo. Y este castigo viene expresado en fases y escalonado en función del comportamiento de las chicas. Si una de ellas ve un amigo que merodea por la casa y esta visita cae en el conocimiento del ultraortodoxo tío, éste decide, por ejemplo, levantar un muro de tal manera que la vista se reduzca al patio de la mansión. Y así sucesivamente.
El colmo de la vejación y el rapto más innoble y traidor que sufren, por otra parte, muy unidas hermanas, radica en ese bárbaro y despreciable “invento” de los matrimonios apalabrados. Una manera casposa y torticera de desprenderse de las jóvenes (que inmediatamente dejan de serlo), entregarlas a tipos (los de la película, patéticos y patanes) que las observan con una miradas y gestos pánfilos que te dan ganas de detener la proyección y sacar de ahí a esas pobres “muchachitas” ante el futuro tan desolador a las que las van a arrojar la sumisa abuela y el abyecto tío (cochino y abusador).
Vestidas como serviles, desprovistas de su identidad, reciben clases de cocina y de tareas domésticas. La directora no pierde detalle ni momento en criticar esa obscena y antidiluviana costumbre. Aunque también es verdad que deja respirar a las hermanas, liberándolas del yugo y generando en la película momentos de calma y relax, incluso de humor, más o menos divertido. Que hacen que “Mustang” se vea como un drama, pero también tiene apuntes de comedia, incluso se podría advertir que el degüello no es tan salvaje gracias a las pinceladas “liberadoras” que tiñen de esperanza el relato, marcado también por la tragedia, en un cúmulo de situaciones, que aportan diferentes tonos a la película, mezcla de desgarro y coraje, que nunca debe faltar para plantar cara a estos desmanes e incongruencias que todavía “resisten” hoy en día en cualquier parte del mundo. Por este motivo, por su carga de denuncia, de la ignominia y el descalabro de prácticas pútridas, cobardes y mezquinas, puede estar el éxito de un título menor pero que sabe muy bien manejar sus elementos. Si es así, bravo por “Mustang”

RETORNO AL PASADO

El regalo 3


Vísperas de la tradicional Semana Santa, la cartelera de cine comercial riojana se anima de una manera rotunda y destacada. Casi todos los estrenos previstos para estos días entran ocupando muchas salas y apeando de la programación a títulos consolidados exprimidos hasta el último aliento.
De todos ellos, el único que he tenido ocasión de ver es, “El regalo” (“The gift”), una coproducción entre USA y Australia escrita y dirigida por, Joel Edgerton. Esta película estuvo presente en el último festival de cine de Sitges. Tiene raíces de terror psicológico, mezcladas con un drama familiar y humor negro, y derroteros sobre el rencor y la venganza. Ingredientes bien utilizados que derivan hacia una historia inquietante y sibilina, en la que a veces las apariencias engañan.
Su director, Joel Edgerton, debuta con este trabajo en el espacio del largometraje. Detrás de la cámara se le conoce por un par de cortometrajes. En cambio, como actor, es de sobra conocido. Una de sus últimas y grandes interpretaciones la hemos visto en el filme, “Black Mass”, junto a Johnny Deep, en la que encarnaba, con mucha sutileza y matices, a una oficial del FBI corrupto y torticero que apañaba tejemanejes con el mafioso y asesino que interpretaba Deep para que éste le mantuviera al tanto de las maniobras delictivas de los italianos para detenerles, evitar su expansión en Boston y sumar operaciones exitosas en su palmarés.
Si hubiera que atenerse y valorar su faceta como realizador partiendo de su ópera prima, “El regalo”, diría que para ser una primera puesta de largo me parece que acierta en la puesta en escena y que el montaje transmite ansiedad y misterio. El planteamiento no es novedoso. Y la idea de partida tampoco es brillante. Pero no le advierto grandes ambiciones de fabulador ni ejercicio pretencioso y epatante de narcisismo fallido. Sus pretensiones, me da la sensación, y por lo que he visto, encajan en la de construir una trama simple y sencilla sobre lo venenoso que puede ser nuestro presente cuando el pasado se asoma desde su postura más incómoda y desagradable.
Seguramente, viendo el desarrollo del metraje de “El regalo”, pronto se puede advertir las características de su material de partida y tener la sensación que cintas como ésta las hay a montones y cada temporada hay varias que toquitean asuntos de parecida índole. Es posible que se tenga ese juicio. Pero aún así, a pesar de los prejuicios y la solvencia más o menos artesanal y funcional que emplea Edgerton, tienes el ánimo de continuar observando la evolución de los personajes y las situaciones. Es como esperar una sorpresa o aguantar sentado en la butaca suponiendo, a veces con impaciencia, que algunos de los personajes se descubra, se borre su inocencia y acelere a pasos agigantados su transformación en retorcido y asqueroso villano.
EN BUSCA DEL PARAÍSO
Todo arranca desde una posición que no es un ejemplo de inventiva. Los primeros minutos es para presentar a la pareja protagonista. Simon (Jason Bateman) junto a su guapa esposa, Robyn (Rebecca Hall) se instalan en una lujosa, elegante, envidiable y hermosa casa ubicada en un paraje bonito y paradisíaco. Buscan tranquilidad y sosiego. Lo tienen todo. Son jóvenes, dichosos y social y económicamente potenciales. Sólo les falta formar una familia. Y creen que el lugar y el ambiente que les rodea es formidable e idóneo para que Robyn se quede embarazada. Los antecedentes han sido fallidos. Hasta aquí todo sigue una trayectoria de manual, previsible y monótona. No ha ocurrido nada destacable y la insustancialidad predomina en el discurrir de las secuencias.
El punto de inflexión lo pone la entrada, como no podía ser de otro modo, y fiel a las costumbres del modelo de relato que se maneja, de un extraño, Gordo, interpretado por el propio, Joel Edgerton. Aborda a Simon y a su mujer en una tienda. Simon quiere ignorarlo y pasar de él, pero la insistencia de Gordo y su cabezonería para que Simon lo recuerde (fueron compañeros de clase), motiva que el encuentro no tenga nada de casual.
Así las cosas, y con el giro del argumento hacia el foco de atención puesto en el trío, un simple “regalo” que Gordo hace al matrimonio que deja en la puerta de su casa, activa la función y pone en circulación la herramienta para generar turbiedad y suspense, a la vez que un nuevo árbitro irrumpe en la unidad familiar, tomando protagonismo, Robyn, psicológicamente más compleja, y devastada por las inesperadas irrupciones de Gordo, catalizador de los secretos más ignominiosos de Simon, el egocéntrico triunfador puesto en apuros.

CRIMINALIZAR EL PENSAMIENTO

DALTON TRUMBO, UN GUIONISTA DE HOLLYWOOD

Gracias a la película de Jay Roach, “Trumbo: la lista negra de Hollywood”, logre remover en la memoria colectiva la persona y figura de uno de los más grandes creativos en el terreno del guión que ha dado la industria clásica del entretenimiento norteamericano. Me estoy refiriendo al hombre y al guionista, Dalton Trumbo, para mi, un icono legendario de la libertad, honradez, tenacidad y orgullo de una profesión, muchas veces menospreciada e infravalorada, a la que sirvió con gran profesionalidad y brillantez, que significó, además, un incontestable ariete de la resistencia e independencia frente a una poderosa maquinaria orquestada desde un gobierno ultraconservador y cuya vanguardia más torticera y chapucera estaba dirigida por el tristemente célebre senador, Joseph McCarthy, y apoyada por una industria, la del cine, que prefirió mirar a otro lado y favorecer la artimaña patriótica del Comité de actividades antiamericanas que promover la emancipación de ideología y pensamiento de sus escritores.
Este largometraje reinvindica tanto el nombre de Dalton Trumbo en su faceta de persona afín a unas ideas y principios inviolables, curtidos al rebujo de jóvenes posturas provenientes de europa que parecían luchar a modo cainista con la tradición más inmovilista de los americanos. Y también, como no podía ser de otra manera, la cinta, como ya hiciera el fenomenal y estupendo libro escrito por el productor, director y actor, Kirk Douglas, “Yo soy espartaco”, recuperar la larga trayectoria como guionista de Trumbo, y no sólo por los libreto estelares y conocidos por todos, sino también de aquellos trabajos que escritos en la sombra de un seudónimo evitó que su familia, esposa y tres hijos, pudieran pasar estrecheces tras haber conocido no sólo el reconocimiento del mundo del cine sino también de haber ostentado una reputación tan sólida capaz de proporcionar a su entorno un confort y estabilidad económica envidiable.
Qué duda cabe que el filme de Jay Roach, sin ser una maravilla (se nota que no está escrito por Trumbo pero sí por un entusiasta admirador), y estar plegado más o menos a los convencionalismos más socorridos del tradicional biopic, resulta, mirándolo desde la perspectiva cinéfila, como el reciente documental escrito y dirigido por el crítico de cine, Kent Jones, “Hitchcock/Truffaut”, un interesante, primero, alegato de reconocimiento y honor por la entereza y fortaleza de Trumbo, y, segundo, un apasionado relato sobre la azarosa y dramática odisea de un escritor de izquierdas criminalizado por su pensamiento y dirección de sus doctrinas. En estos aspectos, quizás muy tenues y episódicos, la mirada de Jay Roach (peca un poco de telefílmica) consigue, a mi modo de ver, transmitir la grandeza y convencimiento de un hombre por mantenerse fiel a si mismo, como si fuera un valiente y lúcido, Don Quijote, enfrentado y luchando contra verdaderos molinos de viento, un grupúsculo de facinerosos mercaderes que protegiendo sus “piscinas” pusieron en riesgo la supervivencia y aguante de aquellos que se mantuvieron firmes a sus postulados.
Hacía tiempo que no sentía la emoción penetrar a través de los ojos e instalarse en la mente, en la memoria, trayéndome el recuerdo chispazos tan excitantes relacionados con los primeros libros que leí acerca de los “10 Holywood”, las listas negras y la caza de brujas, textos contextualizados en las maniobras aupadas por el senador McCarthy y encaminadas a frenar la propaganda roja en el seno de la industria del cine. En esos capítulos ya se hacía referencia a muchos nombres y, entre ellos, como muy destacado, el de Dalton Trumbo, que ya desde entonces lo coloqué en un pedestal, del cual, nunca lo bajé; y en la medida de las posibilidades de los años 70 y 80 intenté afanosamente ponerme al día con el legado del guionista, comenzando la comunión con una de sus obras más perseguidas por mí y que me costó largo tiempo encontrarla. Me refiero a su película, “Johny cogió su fusil”, una cinta escrita y dirigida por Trumbo, basada en su novela homónima, que viviendo en Valencia y con pases continuos en los diferentes cine-clubes que había en aquella época en la capital del Turia, no pude verla en aquellos garitos. Tuve que esperar, ya en Calahorra, a una proyección en 16 mm., en el salón de actos del Instituto Marco Fabio Quintiliano, dentro de unas jornadas de cine-club organizadas por el propio centro y que tenían como presentador del filme y moderador del posterior coloquio al profesor de Lengua Española y Literatura, Daniel Rubio Bretón. Pues bien. Maté la curiosidad fílmica, me apropié de su belleza y potencia, reafirmé la figura de Trumbo y a partir de ahí me empapé todo lo que pude de cuanto se escribiera o publicara del guionista. También conseguí otra obra suya, “La noche del Uro” y con el transcurrir del tiempo mantuve mitificado a Dalton Trumbo y la lectura de “Yo soy Espartaco” me mantuvo con mucha expectación para ver, “Trumbo: la lista negra de Hollywood”, película que tuve el placer de visionar hace seis meses y que ahora llega a la cartelera comercial.
La cinta arranca en 1947. El espectador asiste al rodaje de una secuencia de una producción interpretada por Edward G. Robinson, encarnado por el actor, Michael Stuhlbarg, amigo y colega de Dalton Trumbo. Es una escena de cine dentro del cine y se utiliza para enmarcar el ambiente que a partir de ahí se va a respirar. Además, en la calle y en la sociedad se palpa la agitación y desconfianza por la Guerra Fría, que vivía en su máximo auge. La paranoia anticomunista se extendió por Norteamérica desatando una injusta persecución que afectó a todos los sectores pero especialmente a intelectuales y cineastas. El comité de actividades antiamericanas del Congreso estaba decidido a exponer la infiltración comunista en Hollywood y citó en audiencia pública a actores, directores y guionistas. Algunos denunciaron a sus compañeros de izquierdas, otros se negaron a declarar y culpabilizar a amigos. A estos se les condenó por desacato y se les prohibió continuar con su trabajo fuera cual fuese su parcela o dominio. Dalton Trumbo fue uno de los proscritos.
La llamada Caza de Brujas fue una operación de limpieza. Una de las adalides e inclemente azote de los sospechosos de simpatizar con la corriente comunista, fue la pizpireta, locuaz y artera, Hedda Hooper, una periodista especialista en cotilleos sobre el mundo del cine cuya columna de opinión era muy leída y tenida en cuenta y cualquier nombre que apareciera en ella podía significar el aprecio o la ignominia. El papel lo interpreta con afortunado tono canallesco y barriobajero por una singular, Helen Mirren. Esta señora se fijó en Trumbo. Hizo todo lo posible por hundirlo, humillarlo y menospreciarlo. Sus cochambrosos y letales párrafos hicieron mucho daño y se cobraron bastantes víctimas. Trumbo no cayó por ella. Más bien, todo lo contrario. Hedda podía escribir barrabasadas mentirosas sobre él, inventándose reuniones y chanchullos despreciativos y furibundos, pero cuando se encontraban vis a vis en alguna fiesta, la altura intelectual de Trumbo echaba por tierra sus bobalicones y perversos chascarrillos, como bien demuestra en una escena la película.
La primera parte del filme, que siempre coge gallardía por el enorme talento de Brian Cranston, que se mete en el personaje de Trumbo, de tal manera que nos deja ver al ídolo caído en desgracia, recorre los momentos exitosos del autor de “The brave one” (por la que ganó un Oscar que no puedo recoger), al lado de su familia, con sus amigos liberales y en el cénit de su estimada reputación, llegando un productor a redactar un contrato en exclusiva por una cifra astronómica para aquella fecha y, sobre todo, para un guionista. Su conato en la vista del CAA del Congreso, su negativa a declarar y acusar a sus colegas, recogidas en secuencias de gran exactitud, buscando la verosimilitud, tanto física como personal, es decir, el ambiente tenso y policial con la desafiante actitud del personaje, merece el intento y esfuerzo de la parte artística y actoral del filme, que revela la degradación moral de un país custodiado por una puñado de guardianes que tenían más peligro que los afligidos intelectuales a los que se pretendía criminalizar por sus simpatías socialistas.
La segunda parte, más dramática, amarga, oscura y tenebrosa comienza con la encarcelación de Trumbo y su paso por prisión. Quizás los momentos que se desarrollan entre rejas no dejan el poso de fastidio, opresión y decadencia que a mi juicio debería ocasionar en un escritor de repente desposeído de su condición de hombre libre mientras alternativamente vemos como su familia soporta la lejanía de su “héroe” rebajando su estatus social por carecer de ingresos que aportaba el trabajo del guionista.
Pero este bache, trufado de anécdotas más bien cómodas y de nula enjundia, se sucenden con rapidez para encarar el último tercio del metraje enfocando la historia hacia uno de los episodios de la vida de Trumbo más logrado, aquellos que atañen a su recalcitrante y compulsivo tesón para aceptar la oferta de un productor de largometrajes de serie B o Z, magnífica y divertidamente interpretado por John Godman, que sin poner su nombre en los guiones es capaz de fabricar varios libretos pagados a 1.000 dólares a un ritmo frenético, describiendo argumentos sobre gorilas, marcianos, vaqueros, etcétera, impensable de un hombre de sus cualidades. Pero había que comer y alimentar a una familia.
El broche final lo pone la aparición de dos monstruos de las estrellas de Hollywood, dos titanes del tinglado, dos efigies respetables y de sólida notoriedad. Por un lado, Kirk Douglas, encarnado por Dean O’Gorman, que le propone escribir el guión de una gran súper producción, “Espartaco”, que va a dirigir, Anthony Man, y que sería sustituido a las tres semanas de rodaje por Stanley Kubrick. Ni que decir tiene que la importancia y trascendencia del ofrecimiento de Kirk Douglas para la revindicación de Dalton Trumbo es decisiva y de mucho coraje. Pero para su mejor información aconsejo la lectura del libro, “Yo soy Espartaco”, en el que Douglas explica muy bien por qué llamó a un represaliado de las listas negras. El otro as que intervino fue Otto Preminger, cineasta de origen austríaco que le encargó el libreto de “Éxodo”, inspirada en una novela de Leon Uris y que interpretaría, Paul Newman.
Si algo de esta película, “Trumbo”, verdaderamente me ha impactado, emocionado, arrebatado, me ha hecho sentir felicidad extrema y que me parece un momento estupendo y glorioso es cuando en el estreno de “Espartaco”, se suceden los títulos de crédito. La cámara hace un travelling por el pasillo que separa el patio de butacas por la mitad. Actores y productores están sentados mientras oímos la bonita partitura que Alex North escribió para el filme. Enseguida vemos a la gran estrella, Kirk Douglas, y, en seguida, la cámara se para en Trumbo, justo en el momento que en la pantalla aparece su nombre de verdad, DALTON TRUMBO, y que se refleja en los cristales de sus gafas. El gesto de satisfacción y victoria en Bryan Craston es insuperable. Por eso merecela pena ver la película. Y también por su manía de escribir metido en una bañera, para evitar o paliar los frecuentes dolores de espalda.

TRIPLE A, LO MEJOR DE LOS ESTRENOS

MUCHOS TÍTULOS PARA VER

Otra semana, y van unas cuantas seguidas, que las distribuidoras preparan su mejor material para llenar las pantallas, al menos, cuantitativamente de un puñado de títulos para satisfacer el variado gusto del espectador.
Como ya es costumbre, y salvo honrosas excepciones, no todo ese capazo de largometrajes llegan a los cines de La Rioja. Son pocas las ocasiones que se da el caso del pleno total. Y preferentemente las películas que se asoman a nuestras salas vienen definidas por parámetros comerciales o de cierto gusto más o menos atractivo que pueda entusiasmar a un nutrido grupo de espectadores para nada afines a las temáticas o tratamientos juveniles. Haberlos, haylos. Y para mí es una grata satisfacción encontrar gente en los locales de proyección que no son muchachitos/as y que se entregan con placer a descubrir determinadas cintas, por ejemplo, la francesa, “Los recuerdos”, que entran en la cartelera de tapadillo y luego, bien sea por la voz en oído o por buscar referencias del largometraje, registran cifras de asistencia nada desdeñables.
En un principio tres películas españolas se iban a estrenar en este fin de semana. Dos de ellas vienen firmadas por cineastas de prestigio con una carrera consolidada pero irregular. A última hora, la distribuidora de, “Lejos del mar”, la última obra escrita y dirigida por el veterano realizador vasco, Imanol Uribe, y que tuve ocasión de ver en la sección oficial del últimos festival internacional de cine de San Sebastián, la ha desplazado a otra fecha que considere más oportuna. La otra es, “El olivo”, que se podrá ver, afortunadamente, en Logroño. Está escrita por un guionista curtido es su profesión, Paul Laverty, vinculado desde hace bastantes lustros a la afilada filmografía del combativo, Ken Loach. Laverty, compañero sentimental de Iciar Bollaín, directora del filme, leyó una noticia en el periódico sobre el destino de árboles centenarios comprados a precios de obras de arte y trasladados a cualquier institución pública o privada. El tema le interesó de tal manera que ha escrito una historia conmovedora, ubicada en el norte de Castellón, sobre un anciano, muy apegado al “terruño”, que pierde las ganas de vivir cuando su olivo favorito es vendido por un organismo alemán. Su nieta y dos amigos de la zona emprenderán su cruzada (como no podía ser de otra manera tratándose de un libreto redactado por Paul Laverty) para volver a traer el árbol a su campo.
Otro largometraje español se podrá ver también. Este se titula, “Nacida para ganar”, un argumento irónico y cínico que ha dirigido, Vicente Villanueva y que cuenta con dos actrices muy distintas. Una, Victoria Abril, de sobra conocida, que no necesita presentación, y que está de vuelta y encarna a una ejecutiva sin escrúpulos. La otra es la simpática y pizpireta, Alexandra Jiménez (“Embarazados”, “Kiki, el amor se hace”, entre otras), una muchacha emergente, con buenas maneras para la comedia romántica, que se pone en la piel de Encarna, una joven de Móstoles que a falta de mejores oportunidades entra en una empresa de carácter pirameidal como comercial de productos y que termina envuelta en asuntos de corrupción y malversación. Palabras estas que no son nada desconocidas en el panorama político/social de nuestro país.
También entran en la cartelera, “Mayo 1940”, de Christian Carion, director francés de quien pudimos ver hace unos años una cinta muy aclamada, “Feliz Navidad”, inspirada en hechos reales que acaecieron en las trincheras de la I Guerra Mundial y cuando las tropas aliadas y alemanas hicieron una tregua la noche buena para cantar unos villancicos.
De Estados Unidos viene, “Freeheld, un amor incondicional”, dirigida por Peter Sollet, inspirada en eventos reales y que también tuve ocasión de ver en el Zinemaldia. Tiene un reparto más que atractivo y de mucho peso. Ellen Page y Julianne More interpretan a dos amantes lesbianas que ante la enfermedad terminal de la segunda, detective de policía, emprenderá una campaña para que a su muerte la pensión vaya a parar a su compañera sentimental. Un propósito que encontró la oposición de la asamblea ciudadana que representaba a la comunidad del condado y que se convirtió en un grito por la igualdad y honestidad. El gran y enorme, Michael Shannon completa el reparto.
Y otra que he tenido ocasión de ver con antelación y que recomiendo de manera encarecida es, “Triple A”, escrita por Matt Cook, ex oficial del ejército norteamericano que se estrena como guionista con su propuesta. La cinta está realizada por el cineasta de origen australiano, John Hillcoat, conocido sobre todo por su versión de “La carretera”, la historia apocalíptica basada en una novela de Corman McCarthy. No hace mucho visioné uno de sus primeros trabajos para la pantalla grande, “The proposition”, con Guy Pearce, un western australiano, formidable, árido, violento y algo salvaje, que enfrenta a bandidos y agentes de la ley sin que haya mucha diferencia en sus métodos brutales cuando tratan a rehenes y prisioneros respectivamente.
“Triple A” es un colosal thriller, que en algunos pasajes me recuerda, salvando las distancias, el cine de Michael Mann, y como referencia más inmediata, su poderosa y extraordinaria, “Heat” (Al Pacino y Robert de Niro), que sobre un tupido mosaico de delincuentes y policías, ofrece, con una mirada cargada de cinismo y mala baba, un complejo y turbio tejemaneje entre oficiales corruptos y la violenta mafia ruso-judía.
Es una cinta tremenda, rodada con mucha fuerza, en una siniestra Atlanta, que ofrece una geografía casi espectral, en el que se mueven bandas callejeras, gángsters y una variada ralea de servidores de la justicia de sucias maniobras.
El reparto es de auténtico lujo. Una casi desconocida, Kate Wislet, en el papel de capo de la mafia rusa, en una de sus mejores interpretaciones que yo haya visto y que ofrece, aún en un rol secundario, momentazos que dan cuenta de su altura como actriz. Cassey Afleck en el papel de joven policía llegado a un nuevo destino y encontrándose en una jungla urbana descontrolada y torticera, Woody Harrelson, en otr de sus grandes logros como actor, aquí como detective vestido con ropajes ridículos y extravagantes e intentando limpiar de mierda todo el asqueroso departamento en el que curra. Y Chiwetel Ejiofor, en otra más que precisa incursión en el género de acción encarnando a un ex agente que actúa como mercenario, que estuvo casado con Kate Wislet, que tienen un hijo en común, y que esa vinculación lo tiene atado para los golpes que los rusos preparan.
Sin duda, una película que recomiendo que no dejen de ver porque a buen seguro no les va a decepcionar.

ESTUPENDO FILME DE TERROR AVALADO POR STEPHEN KING

RECOMENDABLE FILME FANTÁSTICO

Todas las semanas, invariablemente, entra en la cartelera comercial un producto adscrito al género fantástico o de terror. La producción de este tipo de cine mantiene un ritmo imparable, nutriendo el mercado de infinidad de títulos, que se fabrican como churros, y explotando su variada temática desde tratamientos diversos y enfrentados, desde el clásico más correcto y aseado al proyecto más extremista con mixtura de influencias. Ejercicios estilísticos apreciables y dignos de verse frente a aberraciones sujetas a estereotipos juveniles que carecen de inventiva aunque no de impacto sobrecogedor.

UNA HISTORIA DE BRUJERÍA EN NUEVA INGLATERRA

De los títulos que se estrenan y que ya he tenido oportunidad de ver quiero destacar la película, “La bruja” (“The witch”, 2015) una curiosa coproducción entre, USA-BRASIL-CANADÁ -REINO UNIDO. Escrita y dirigida por el joven realizador nacido en New Hampshire, Robert Eggers, siendo este su debut en el campo del largometraje.
La película tuvo un presupuesto muy reducido, apenas un millón de euros. Su taquilla, sólo en territorio norteamericano, ha sido, comparado con la inversión, muy satisfactorio, recaudando más de 25 millones de euros.
Este éxito puede que esté justificado, a mi modo de ver, por la rigurosa puesta en escena, de gran atractivo, y por abundar en un tema que aunque viejo y posiblemente manido y desgastado, le otorga un toque de poso realista, sobre todo en su descripción como relato costumbrista de una familia de granjeros que viven de las labores y cultivos del campo. Y me atrevo a afirmar que los rituales satánicos que aparecen en el filme adquieren una dimensión hiperrealista, huyendo de la imagen convencional y el estereotipo más manoseado y vulgar. En estos aspectos y sus recursos para configurar la imagen de la superchería, “La bruja” contempla su discurso desde la seriedad y la ausencia de golpes efectistas. Esta naturalidad, obedece, según informa los títulos de crédito finales, porque la historia o el argumento está inspirado en escritos, actas judiciales y diálogos escritos durante los juicios a personas inculpadas de venerar al diablo o estar poseídos. O ya se sabe, por lo que conocemos de lecturas u otros largometrajes centrados en la farsa de la brujería: quien osaba desviarse del camino recto y dogmático era considerado anatema y por lo tanto candidato a perecer abrasado en la pira redentora.
La película se abre con un primer plano de Thomasin, magnífica y sensacional la joven actriz, Anya Taylor-Joy. El realizador, Robert Eggers, no lo hace por su belleza, sino para marcar la trascendencia e importancia que su personaje va a tener a lo largo del metraje. Su familia es expulsada de una colonia por no respetar las obligaciones religiosas impuestas. Su adoctrinado fervor a los evangelios y su fanatismo cristiano los empuja a vivir aislados, en un sitio ideal para la agricultura y cercano a un espeso bosque.
Al comienzo, el relato se apunta al tono costumbrista y naturalista. Las imágenes no es que parezcan documentales, ni nada parecido, pero sí adquieren el sentido de un realismo elaborado y conseguido, para inquietarnos, para que desde el detalle más doméstico y corriente el cineasta introduzca el elemento perturbador y fantasía, introduciendo en un contexto normal el manejo del suspense que estando la acción rodeada de bosques es factible pensar que su manto maligno se ha adueñado de la serenidad de la familia de granjeros.
La desaparición de Samuel, el hijo recién nacido, en unas circunstancias lúdicas y sin detalles que anticipen la presencia de algo sobrenatural le confiere al momento una inquietud e impacto notable. Sin efectos ni adornos innecesarios. Un simple y bien utilizado, además de funcional, plano/contraplano, resuelve Eggers el cometido.
A partir de aquí, “La bruja” coge fuerza, salvo algún bajón en el ritmo, el guión, minucioso y bien escrito, se adentra en el melodrama familiar, la crisis matrimonial, su encomienda al fervor protector de la religión para arreglar un desaguisado que se cobra algunas víctimas (Caleb queda abducido por la maldad de la zona boscosa) para arrastrar al núcleo familiar a una tensión con agallas y potencia, enfrentándose entre ellos, midiendo sus aguantes y poniendo en entredicho sus versiones de los hechos que les están afectando. Pero el número final con un macho cabrío apodado El negro Phillip propondrá una conclusión imaginativa y brillante; una buena idea que tiene su correlativa resolución en la pantalla, consiguiendo uno de las escenas más recordadas y difíciles de olvidar. Buena película, “La bruja” que debería verse sin ponerle objeciones.

EL INMENSO AMOR DE UN INADAPTADO




EL IRRESISTIBLE ENCANTO DE UN BICHO RARO

La semana cinematográfica riojana viene marcada a sangre y fuego por el estreno de uno de los habituales bluckbusters de la temporada, “X Men apocalipsis”, otra cinta de superhéroes destinada a los incondicionales de siempre. Ni que decir tiene y a pesar de considerarme para la ocasión un comentarista cinematográfico (o crítico de cine, como prefieran los lectores), siento un total desafecto y desvinculación con este tipo de productos. ¿Por qué? Los últimos que he visto no me han interesado absolutamente nada y ahora mismo sería incapaz de recordar con detalle y precisión de qué van o qué quieren contar. En pocas palabras, y resumiendo, me aburren.
En cambio, sí que me proporciona una alegría inmensa y una satisfacción completa que se arrime a la programación logroñesa, en este caso, Cines Moderno, una de las películas que mejor huella me han dejado y título que voy a recomendar por considerarlo apropiado no sólo para el reducido ánimo e interés de cinéfilos, acostumbrados y atentos a largometrajes procedentes de latitudes lejanas y cinematografías poco conocidas, sino también para un público deseoso de ver trabajos de corte realista sobre la dureza y esfuerzo que hay que hacer para ser un “humano” marginado por la insolidaridad y crueldad de una sociedad encaprichada con la gente de “pasarela” y fashion. Me estoy refiriendo a “Fúsi”, película islandesa, escrita y dirigida por, Dagur Karí, y que se va a conocer en España por el título elegido por su distribuidora para nuestro mercado, “Corazón gigante”, que puede que guarde pequeñas adhesiones con la particular idiosincrasia del personaje principal pero resulta más transparente en su nombre original que además hace referencia en toda su grandeza a ese pedazo de tipo, cons sus contradicciones y claroscuros que es Fúsi.
Tuve ocasión de ver la película en el marco del festival internacional de cine de Valladolid. Con una sección oficial a concurso apañada y ajustada a un modelo de cine más bien timorata y de escaso riesgos, una serie de cintas comenzaron a destacarse por encima de sus competidoras. Curiosamente, las mejores, las que observaban lugares lejos de nuestro radar o se decantaban por la insumisión, bien desde la antropología o sociología, y afines a las peculiaridades de un contexto específico del norte de Europa, fueron las que mostraron signos evidentes de ceñirse a su entorno como una lapa pero ofreciendo perspectivas, cuanto menos, novedosas para el espectador siempre dispuesto a empaparse de tradiciones y costumbres no por exóticas menos recurrentes. Entre filandeses e islandeses estuvo el juego y sin duda fueron dos cinematografías que aportaron sus irrenunciables señas de identidad logrando que sus peculiaridades fueran recibidas con sorpresa y agrado.
COMPLEJO DE INFERIORIDAD
“Fúsi” es el nombre del personaje. Es un tiarrón, como un armario, enorme, deslabazado, con coleta, introvertido y dominado por su exigente y chirriante madre. No tiene atractivo físico y viste sin complejos con ropa rutinaria y de mercadillo. Trabaja como empleado del aeropuerto y su cometido es de una vulgaridad mecánica y aplastante: recoge las maletas. Sus compañeros se burlan de él. Su máxima ilusión es concentrarse en su afición favorita: replicar con miniaturas la batalla de El Alamein (Egipto) en la campaña del ejército de África Corps de Rommel durante la II Guerra Mundial. La amistad de una vecina de 8 años y la relación que entabla con una chica un tanto psicótica que ha conocido en una academia de baile conforman, junto con las visitas a un buen amigo suyo, los únicos asideros emocionales con otras personas que le permiten tener lazos de contacto con terrícolas. Digo esto porque cada uno se crea su mundo y la distancia que establece, por el motivo que sea, con el género humano es de alcance sideral. Quizás sea esta una de las parcelas mejor trabajadas del filme. El caparazón que Fúsi levanta metafóricamente como muralla es una actitud de disconformidad y rebeldía, puesto que su entorno más directo, el hegemónico, es de una banalidad y mediocridad apabullante.
La película, de corte intimista, naturalista y de estilo Capriano, es un cariñoso drama acerca de la bondad y solidaridad. Es una fábula enternecedora y emotiva, no exenta de crítica, que trata de penetrar en una mole de más de 140 kilos que se mantiene al margen de los requisitos normales exigidos por la sociedad para entrar en el canon del ciudadano de a pie. ¿Es un paria? No; un raro que tiene un valor añadido: su honradez y honestidad. No hace daño a nadie. Pero sí los prejuicios y la maledicencia ambiental conspiran contra él. Su aspecto está mal visto. Su presencia es objeto dee burla y cachondeo. Pero él no se mosquea y tal y como avanza el metraje su encomiable y medida interpretación desvela que detrás de un tipo de una corpulencia singular y un desprecio por la convivencia tradicional se esconde, debajo de una capa hosca y apesadumbrada, una persona intachable y magnífica.
Cuantas veces el cine ha llevado a cabo maniobras de este calado. Presentando gente sumida en su propio universo que incluso en su talla de adulto y un carácter esquivo guardan con inmensa humildad una anchura de respeto y cordialidad que a los ojos del espectador que en todo momento está avisado de sus circunstancias, problemas y adversidades no lo compadecen sino todo lo contrario, lo quieren, lo aman y comprenden. En cambio, ante aquellos con los que convive diariamente existe un rechazo fulminante, bien por su imagen de “bicho raro” o porque jugar con una amiguita de 8 años no significa que Fúsi sea un pederasta o pedófilo.
La aventura de Fúsi es interior. El actor que da vida a este inolvidable personaje, Gunnar Jóhsonn, que ganó el premio de interpretación en la Seminci de Valladolid, que contribuye a generar simpatía y antipatía según con los ojos con los que se le mire, es un ser “ausente” porque nada de lo que está a su alrededor merece la pena. Dos chicas cambian su vida y transforman su carácter. La mencionada vecina, con la que juega y a veces y de manera intelectual parecen estar al mismo nivel sin decir por ello que Fúsi es tonto, y Sjöfn, una empleada municipal que curra en el servicio de reciclaje de una planta de basura que pese al engaño y mentira de ésta ocultándole su verdadero oficio y su inestabilidad emocional, no le impedirán emprender una tarea de recuperación de Sjöfn, desplegando, como un tipo altruista y desinteresado, una relación que siempre está en el filo de la navaja pero como se suele decir en estos casos, “es lo que hay”.
Esta película se proyectó en VOSE en Actual 2016 y es una lástima que no se haya respetado esta versión porque la voz de Gunnar es modélica y emplea un tono y una cadencia al hablar y comunicarse que es primordial para entrar todavía mejor en la persona, a veces, indescifrable y hermética. Pero cuando accedemos a su alma y corazón, la resonancia magnética que hacemos es tajante: una buena persona con un corazón gigante.

EL DISCRETO ENCANTO DE LA CARTELERA

No sé si se barrunta la llegada del estío y que se avecina el final de temporada cinematográfica. El caso es que analizando las películas que van a entrar a partir de mañana en la cartelera comercial, echo en falta, que no podía ser de otra manera, los títulos que he tenido la oportunidad de visionar anticipadamente, entre ellos, el documental de, Michael Moore, “¿Qué invadimos ahora?”, otro discurso incisivo, aunque con menos sorna e inventiva, del autor de “Farenheit 9/11”, que, a mi modesto juicio, siempre resultan más destacados y se obtiene mejor impresión de ellos que la habitual y plana ración de cintas tachadas como populares.
Siempre defenderé cualquier producción. Todas ellas están realizadas para ser vistas. Ese es el gran propósito de todo cineasta y de la gente que promueve el proyecto. Sí que es verdad que hay material que propone, con mejor chispa y algo más de talento creativo, cuestiones tratadas y abordadas con una intencionalidad materializada con rasgos menos manoseados y tendentes a gestionar sus recursos desde planteamientos menos encorsetado. Cuando este tipo de filmaciones se presentan, qué duda cabe, son recibidas de manera elogiosa y satisfactoria, entre otras razones, porque dan oportunidad al público y espectador expectante la gran ocasión de conocerlas y poder admirarlas, si procede, desde sus gustos y observaciones cinéfilas. Si por cualquier motivo, al contrario, no acceden a las pantallas y esa horfandad apreciable no se puede solucionar con otras alternativas de igual atractivo, no hay más remedio que buscar en el banquillo el sustituto ideal para no caer en el desánimo y desgana.

LA CASA DISNEY VUELVE POR SUS FUEROS

La cartelera comercial entrante para esta semana no añade ningún filme rompedor que atraiga una atención significativa. Predominan dos cintas pequeñas, una de nacionalidad francesa y otra peruana, que a buen seguro, sin conocerlas a fondo, sólo sipnosis y trayectoria de sus realizadores, reúnen pequeñas pinceladas que las hacen sobrevolar por encima del gran estreno más rimbombante y publicitado de la semana, “Alicia a través del espejo”, dirigida por, James Bobin, un británico sin un palmarés muy reseñable.
En la producción de este blockbuster está nada más y nada menos que el gran Tim Burton, maestro de los ambientes de pesadilla y realizador que se mueve como pez en el agua con estos cuentos que le dan la oportunidad de adentrarse en sus mundos imaginarios para dar rienda suelta a su torrente imaginativo. “Alicia en el país de las maravillas” le permitió, sujeto a las señas de identidad del cuento, adueñarse de la fantasía de Lewis Carroll y adaptarla a su gusto, sobre todo en el diseño de personajes y decorados, y perfilar un discurso atento a sus constantes, muy evidentes.
Ahora se trata de llevar a la pantalla grande un texto que me parece que siempre ha sido eclipsado por el más difundido, “Alicia en el país de las maravillas”. En “Alicia a través del espejo” es una especie de continuación de las aventuras de la atrevida muchacha y que esta vez atravesada la puerta que de nuevo la introduce en un submundo poblado por criaturas como Sombrero Loco (Johnny Depp), Reina Blanca (Anne Hathaway),Tiempo (Sacha Baron Cohen) y Reina Roja (Helena Bonham Carter). A estos pintorescos seres, Alicia (Mia Wasikowska) pedirá ayuda para salvar la zozobra en la que está inmerso Sombrero Loco, un tipo torturado por eventos de un pasado que no quiere revelar.

CINE PEQUEÑO PERO INMENSO

Como he escrito más arriba, dos cintas pequeñas y casi anónimas aporrean la conciencia del aficionado al cine para advertirles de su presencia y que también existen. Una de ellas es la peruana, “Magallanes”, escrita y dirigida por el actor, Salvador del Solar. Está interpretada por el actor, Damián Alcázar, conocido tanto en el cine hispano como de secundario en algunas películas norteamericanas encarnando papeles pintiparados a su aspecto físico y procedencia sudamericana, de inmigrante, dejando huella, y buscando, pese a la negligencia y tontería de los guiones, sobresalir por el carisma y la fuerza con las que dota sus composiciones.
En esta película interpreta a Magallanes, un antiguo soldado que se desgastó y carcomió luchando contra Sendero Luminoso. Ahora se gana la vida como taxista. Un día entra en su vehículo una mujer, Celina (Magaly Solier -”La teta asustada”-), una chica a la que reconoce de su etapa como soldado. Se propone seguirla sin que se dé cuenta. Cuando descubre sus problemas económicos con una prestamisma, decide ayudarla. Mete la pata y se mete en un lío. Como la película no la he visto y aceptando que la sipnosis pinta bien, será uno de los títulos que elegiré mañana para comprobar sus cualidades, toda vez que no puede apreciarlas en el festival de San Sebastián del año pasado en la sección Horizontes Latinos.

LA IMPORTANCIA DEL MÉDICO RURAL

Thomas Liti, realizador galo, autor de “Hipócrates” es el responsable de la dirección de, “Un doctor en la campaña”, interpretada por FranÇois Cluzet y la guapa, Marianne Denicourt. El primero encarna a Jean-Pierre, el típico médico de campo que está disponible las 24 horas y se ha hecho amigo y colega de casi todo el vecindario. Pero problemas de salud hacen que sea sustituido por Nathalie, una doctora salida de una separación traumática que quiere aprovechar la bucólica estampa de la campiña francesa y la humildad de sus gentes para reconstruir su vida.
Bueno, el planteamiento no es muy original, pero el cine francés últimamente está muy fuerte y creo que merecerá la pena mañana ver este filme y disfrutar de sus intérpretes.

PASIÓN Y CINE

Aunque estrenada comercialmente en la cartelera riojana, “Eisenstein en Guanajuato”, escrita y dirigida por el ecléctico y versátil realizador británico, Peter Greenaway, se proyecta esta tarde en el marco de la Filmoteca Riojana, RAFAEL AZCONA, templo de la cinefilia y, por lo tanto, un lugar más que idóneo para albergar estas ocurrencias de “autor”, en este caso, de la desorbitada tendencia al barroquismo del autor de, “El vientre del arquitecto”.
Qué duda cabe, que hace años, allá por la década de los 80 y 90, cuando en la programación asomaba un título firmado por el “prestigioso” realizador Peter Greenaway, te lanzabas como un poseso a verlo. Su cine llevaba pedigrí. Sus películas se pasaban por los más importantes festivales de cine. Leías muchas valoraciones y observaciones de su “imaginario creativo”, para unos, alardes de gran artistas vanguardista, y, para otros, un tipo vacuo y pretencioso, una especie de encantador de serpientes con adornos y filigranas pero que no contaba absolutamente nada. En cualquier caso, como digo, su obra, para bien o para mal, te atrapaba, por lo menos, la primera parte de su filmografía, ambiciosa pero más transparente y asequible. Además, otra de las ventajas y virtudes de sus ocurrentes propuestas era la participación estelar del compositor de su banda sonora musical, el gran e inimitable, Michael Nyman. Atributos suficientes para confiar en su legado.
Ahora, recurriendo a eventos reales, y tomando como punto de partida la exuberante e iniciática experiencia del reputado y revolucionario cineasta ruso, Sergei Eisenstein, en México, Peter Greenaway, utiliza un material biográfico no para rodar una tradicional y convencional “biopic” al uso, sino más bien, todo lo contrario, un coqueto envoltorio para reafirmar, por si quedaba alguna duda, de la militante homosexualidad del autor de “El acorazado Potemkin” y su extravagante pérdida de la virginidad a través del particular y sutil filtro de Greenaway.
El largometraje estuvo presente en la 65 Berlinale, en su sección a competición. La acción arranca en 1931, cuando Sergie, acompañado de sus afamados ayudantes y colaboradores, llega a Guanajuato, una discreta población de México para rodar un documental, según su poderosos punto de vista, producido por gente de la progresía de Hollywood, entre ellos, Charles Chapilin y Upton Sinclair.
Las primeras imágenes, con la pantalla fragmentada en tres partes, supone una declaración de principios sobre el estilo a emplear en su formulación técnica. Un registro ampuloso, elaborado y, posiblemente, pretencioso, que se ajusta como anillo al dedo al desbordante juego visual que va a proponer. Esta tendencia va a marcar todo el filme, posibilitando, y cada uno lo puede apreciar como le plazca, ver la acción multiforme, de tal manera, que cuando el personaje central habla de personas conocidas o alude a hechos de su país o de sus películas, se vea en la pantalla fotografías de los mencionados o imágenes de sus filmes. Además de sacarle partido para otras cuestiones narrativas. Por lo tanto no se le puede reprochar a Greenaway que no elabore a conciencia sus “performances”, tan discutidas y arrogantes como aplaudidas y defendidas hasta la extenuación.
“Eisenstein en Guanajuato” evita el documental. No se trata de seguir los pasos y pormenores del ruso en tierras latinas filmando una barbaridad de metros de celuloide descomunal para aquella época. No es un making off. A Greenaway lo que le interesa y traslada al espectador, son las sensaciones y emociones que percibe Sergei en una zona calurosa de la que primero reniega (llena de moscas) y luego se empapa de todas las tradiciones, costumbres y folclores de la región, sobre todo el aspecto relacionado con la religión y la antropología vinculada a los muertos.
Pero el asunto más destacado y objeto del delirio de Greenaway es la estrecha amistad de Sergie con su guía y ayudante local, Palomino Cañedo. Un hombre fundamental en la vida del director soviético. Cañedo, casado y padre de dos hijos, entendió perfectamente los traumas íntimos e inalcanzables de su amigo. Comprendió que el invitado era un superdotado para captar la vida a través del objetivo de una cámara. Pero que también era un hombre de baja autoestima y prisionero de una sexualidad oculta como un tabú y que salía fuera de sí en alegóricos dibujos que eran una proyección de sus deseos más perentorios. Y como no podía ser de otra manera, tratándose de un filme de Greenaway, el británico organiza una envolvente bacanal, de elegante y suntuosa puesta en escena, para filmar la pérdida de la virginidad de Einsenstein con el consiguiente discurso político, quizás algo chusco, equiparando la revolución de 1917 con su adiós a la inocencia.
Bueno, aparte de esta curiosidad, el filme se ve con agrado y siempre es utilizable para colocar a Peter Greenaway en el panorama cinematográfico sin que el autor pierda su gran apetito visual para contar, quizás, banalidades.

UNA CARTELERA A DESCUBRIR

Cuando eres conocedor de las películas que van a entrar en la cartelera en su distribución comercial y opinas que una semana más nada nuevo llamativo y de gran interés despierta tu apetito cinéfilo no hago más que leer los largometrajes que por diversas razones no vienen a La Rioja por razones variopintas o injustificadas que no merece la pena insistir.
La que me apetecía ver mucho es una cinta francesa. Lleva por título, “Fatima”, está dirigida por el realizador, Philippe Faucon, e interpretada por, Soria Zeroual. Se basa en hechos reales y aborda un tema espinoso y de gran calado en la actualidad: ser musulmán en Francia. La cinta cuenta la historia de Fátima, una mujer árabe que lleva mucho tiempo viviendo en el país vecino. No habla ni escribe muy bien el francés. Lo entiende con un nivel suficiente para defenderse. Se ha quedado viuda y debe sacar adelante a sus dos hijas, una de quince y la otra de dieciocho años. Ésta última ha comenzado la carrera de medicina. Para costear los gravosos estudios, se mata a trabajar como limpiadora. Cuando llega a su casa en vez de encontrar calma y sosiego, y algo de comprensión, solidaridad y cariño, las hijas le echan en cara las privaciones que tienen. Fátima no puede discutir con ellas porque al no saber expresarse correctamente en el idioma que las muchachas dominan, no puede describir el dolor que le causa la situación. Un accidente doméstico la obliga a coger la baja laboral. Entonces aprovechará la ocasión para redactar una carta en árabe explicando lo mucho que las quiere y que ella se entrega en el curro para poder ganar dinero y que sus hijas puedan si no tener lo mejor sí al menos lo que les permita sus estrechas posibilidades.
En fin, un argumento, en clave de drama, como se aprecia en la narración, que hubiera estado muy bien conocerlo para empaparte de una realidad que es muy posible que se dé en estos tiempos y que vendría a aportar una mirada, no sé en qué tono, acerca de la controversia y polémica sobre los ciudadanos del norte de África que viven en Francia y su condición de árabes en un país maltratado por los atentados de París y Brusela y el auge de los nacionalismos populistas muy reacios a la mixtura de razas.
Tampoco la última producción de la realizadora, Helena Taberna, “Acantilado”, basada en una novela de la escritora vasca, Lucía Etxebarría, “El contenido del silencio”, llega, por el momento a nuestro territorio. Durante mi estancia en tierras navarras he leído mucho del filme y quería ver el nuevo trabajo de la autora de, “Yoyes”. Además, el cine de esta mujer, siempre ofrece asuntos afilados y contundentes, que no pasan inadvertidos, y que dejan, alguna vez, posos para la reflexión. Su querencia por la denuncia, por los temas sociales, con implicaciones políticas, le dan, casi siempre, una marcha agitadora y comprometida, a veces contado todo en clave de thriller, terreno en el que se mueve bien y con acierto.
Ahora le hincaba el diente al conflictivo asunto de las sectas, su paranoia y locura, a través del personaje de Gabriel (Daniel Grao), un muchacho que recibe la terrible noticia del suicidio colectivo de los integrantes de una secta que desarrollaba su actividad en Canarias. Él sabe que su hermana, de la que estaba algo distanciado, rondaba por allí y era afín a sus doctrinas. Pensando que pueda estar muerta, se desplaza hasta Tenerife a indaga in situ sobre el paradero de su familiar. Sus pesquisas e indagaciones le conducirán a conocer verdades lacerantes.
En cambio, el espectador riojano, sí podrá disfrutar (¿y por qué no?) del material (¿de derribo?) que llega sin ningún obstáculo y cortapisas de distribución.
Para empezar, una película española, “Nuestros amantes”, dirigida por Miguel Ángel Lamata, e interpretada por Eduardo Noriega y Michelle Jenner. Una pareja de jóvenes actores, conocidos, con tirón, que pueden brindar momentos grandiosos expresando sus variables temperamentos y estados de ánimo. No en balde, Noriega, encarna a un guionista de cine varado en su última creación. Michelle Jenner, de treinta año, muy vitalista y animada, aunque no tiene muy claro qué va a hacer con su vida. Estas dos criaturas, se juntan, conversan, un sentimiento nace en ellos y piensa Irene (Jenner) que Carlos (Noriega) debería escribir un libreto para la pantalla grande sobre sus curiosos y divertidos pormenores, reflejando sus contradicciones y filias. Lo que pasa que cada uno tiene su respectiva pareja, Amaia Salamanca y Gabino Diego, y esta gente, a la que quieren, pero ya no desean, les estorba. ¿Qué hacer? ¿Cómo enfocar el tema? Pues de eso y otras extravagancias va, “Nuestros amantes”, una de las apuestas del cine hispano que se pudo ver con antelación en Málaga, en el marco del festival de cine español. No acudí y no he visto la película. Por lo que apunto, tras leer las crónicas de los enviados especiales, la cinta, está muy claro, es una comedia romántica que buscará explotar el feeling entre Noriega y Jenner.
De Estados Unidos llegan dos producciones de muy diferente calado. Por una parte, una comedia, “Una madre imperfecta”, dirigida por, Lorena Scafaria. En las últimas semanas me he agotado viendo una y otra vez el trailer promocional de este filme cuyo mayor atractivo, pienso, recae en su dupla interpretativa, encabezada por la fenomenal y siempre efectiva (y, a veces, extraordinaria, no hay que decir más), Susan Sarandon, en el papel de madre meteentodo, cuya hija, interpretada por, Rose Byrne, vive sola en Los Ángeles. Sarandon, que en la ficción se ha quedado viuda y tiene una billetera repleta de mucha pasta, decide dejar Nueva York para convivir con su estresada hija. La actriz de “Thelma y Louise” entra como un ciclón o un elefante en una cacharrería y está dispuesta a servir de salvavidas y salvaguarda en todos los propósitos de su vástago. Hasta aquí, todo muy normal. Pero, como Sarandon todavía está de muy buen ver, le adjudican un novio, encarnado por el competente y admirable, J.K. Simmons, que también interpreta a un viudo. El planteamiento no es muy original y la directora no me suena de mucho. Y como tampoco he tenido ocasión de ver el filme, mejor, esperar a mañana a su visionado y opinar con justicia de este producto yanki.
Y la segunda, y no podía faltar a la cita, la gran superproducción de la semana, “Warcraft: el origen”, dirigida por, Duncan Jones (“Moon” y “Código fuente”), conocido, aparte de realizador, por ser hijo del malogrado, David Bowie. El largometraje está interpretado por, Travis Fimmel, Toby Kebbell y Paula Patton. La acción se sitúa en un mundo de fantasía en el que un planeta dominado casi por humanos, el reino de Azeroth, se ve amenazado por la invasión de hordas salvajes de horcos muy feos y malos, que provienen de una sitio muy lejano llamado, Draenor. Unos y otros liberarán infinidad de batallas y se enfrentarán a todas horas, dando la oportunidad, como no podía ser de otra manera, al colosal y espectacular repertorio de efectos especiales y digitales, para darle al filme una dimensión grandiosa, que se vea que se han gastado pasta para conseguir proezas que hechicen al espectador.

REENCUENTRO DE AMIGOS

REUNIÓN DE AMIGOS

Conocí a la directora norteamericana, Karym Kusama (1968) en Valladolid. Era el años 2000. Ella participaba en la tradicional Seminci en la sección oficial a concurso con su primera película, “Girlfight”, que recibió bastantes aplausos y elogiosos comentarios tras su proyección en el pase de prensa.
El ayuntamiento de Valladolid tenía por costumbre, dentro de sus actos protocolarios ligados a su veterano festival de cine, organizar los domingos una amistosa velada de puertas abiertas para invitados, prensa acreditada y personas destacadas de la sociedad de la ciudad y ofrecerle un exquisito aperitivo a base de embutido ibérico y caldos denominación origen Rueda.
Aquel año y en la recepción organizada por el alcalde de la villa, pululaba por el elegante salón de autoridades del consistorio vallisoletano, Karym Kusama, muy joven, tímida, parca en palabras pero muy entusiasmada por la excelente acogida que su ópera prima había despertado en su presentación. No se apartaba en ningún momento de la amistad del célebre director de cine británico, Mike Leight, de quién habíamos visto esa misma mañana su última producción, “Tupsy Turvy”. Siempre juntos (el idioma es fundamental), hacían una pareja extraña. Mike un realizador consagrado, respetado, importante y “autor” de un puñado de obras que comenzaban a conocerse en España y que generaban adhesiones robustas por la fortaleza de una mirada personal hacia temas cotidianos y de hondo calado social. Karym, lozana, de origen asiático, afiliada al cine independiente y encantada de recibir los sanos y expertos consejos del responsable de filmes tan potentes y seductores como, “Secretos y mentiras”. Hice las fotos de rigor y vete a saber dónde puñetas dejé aquellas instantáneas que tan feliz me harían ahora.
La trayectoria profesional de Karym se mantuvo a trompicones, rodando para la gran pantalla y para la televisión. Nada de lo que rodó y comercializó tras “Girlfight” me interesó. Dejé de ver sus filmes por estar adscritos a un género, la fantasía, que si no lo encuentro atractivo desde la sipnosis, no me atrae. En general, porque no me entusiasman las cintas de superhéroes o superheroínas. Táchese lo que no proceda.
Claro, todo esto hasta llegar a “La invitación”, su última y estupenda película, que obtuvo en el último certamen de Sitges el galardón a la mejor película. Había leído artículos y textos muy favorables sobre este filme. En cualquier caso, si hubiesen sido negativos o discretos, también habría visto el largometraje porque tengo la buena costumbre de ver sin excepción los filmes que han triunfado o recibido premios en sus pases por festivales de cine.
Esta temporada, y dentro del territorio del thriller, drama psicológico y suspense de horror, varias cintas me han gustado. “El regalo”, del debut como realizador de largos del actor, Joel Edgerton; y, sobre todo, “La invitación”. Además, ambos títulos tienen líneas narrativas y de estilo coincidentes; y las dos están interpretadas por actores más o menos jóvenes con problemas, fobias y filias que llegan con facilidad al espectador.
El planteamiento es muy sencillo. En un chalet de lujo ubicado en las faldas de los montes que rodean la ciudad de Los Ángeles, los anfitriones invitan a sus más íntimos amigos a celebrar un encuentro para charlar, reavivar los contactos y cenar a gusto.
Punto de partida, por lo tanto, generacional. Los personajes tienen alrededor de 40 años, más o menos. La identificación es fácil asumirla. Chicos y chicas que son pareja, matrimonio, están solteros e invariablemente todos tienen una buena posición social y confort económico.
Will es el personaje central. Acude a la cita con incertezas y resquemores. No lo ve claro. Le acompaña su novia, Claire. Dudan, están tensos, agitados y nerviosos. Y para colmo, camino de la mansión, atropellan a un coyote. El animal está todavía con vida. Will, desesperado y fastidiado, tiene que hacer una cosa que le desagrada: rematar al bicho para que no sufra. Agarra una herramienta del coche y le atiza en el cráneo. Estos planos no los vemos. La violencia existe y la sentimos. Además es desagradable porque sabemos que Will no es así y hace una tarea desagradable que le machaca la conciencia. El problema de este incidente (común y corriente) es que es un aviso serio de la que se le avecina.
El primer signo de inquietud ya está resgistrado. El resto del metraje se desarrolla en el interior y alrededores de la casa. Los primeros instantes es como una nueva versión de “Reencuentro”, de Lawrence Kasdan. La gente se presenta, se conoce, se preguntan ¿trabajas? ¿dónde?, etcétera. Todo muy trillado. Las conversaciones iniciales son banales e intrascendentes. Lo mejor: Will y Eden, la propietaria y anfitriona junto a su nueva pareja, habían sido matrimonio y perdieron un hijo. Este asunto todavía colea en la conciencia de Will, por eso está antipático y tocapelotas. Con estos datos, la película se viene arriba. La realizadora, muy hábil, y consciente del territorio que pisa, va diseminando a los personajes por separado y en varias estancias del chalet para que estos expresen temores, incertidumbres o manifiesten la acogedora idea que ha tenido Eden y su colega.
Este formalismo, el semi buen rollo, que majos somos todos y esta actividad habría que hacerla más a menudo va rompiendo su corsé, las razones se van descubriendo y teniendo a Will como el típico boicoteador de la velada, que nunca se sabe si es un paranoico o simplemente tiene razón. Un vídeo doméstico en la TV donde se ve a un gurú predicando la bondades de su teoría desata los demonios y va desenmascarando a los personajes y floreciendo los verdaderos motivos de la “jugada” de Eden, disparando el filme hacia el terror y la supervivencia, y nada es lo que parece, que es lo mejor que tiene “La invitación”, sobre todo su bucle final, digno colofón para una historia inquietante y llena de suspense.

SE ESTRENA FÁTIMA

SE PUEDE VER “FÁTIMA”

Me lamentaba, muy quejoso, del desaprovechamiento de material cinematográfico recibido con muchos elogios por su paso por destacados festivales de cine, incluso consiguiendo importantes galardones, y que era ignorado por las distintas empresas de exhibición ubicadas en nuestra comunidad.
Donde escribí Diego tengo que desdecirme y apuntar digo. Porque uno de los filmes por los que apostaba y deseaba que llegara a las pantallas riojana, “Fátima”, escrita y dirigida por, Philippe Faucon, por fin, encuentra un hueco en la cartelera del complejo de salas “7 infantes” y a partir de mañana se podrá ver y así, una vez vista, medir si su alcance y calidad, como modelo del buen cine francés que están realizando nuestros vecinos, responde tanto a las expectativas, muy buenas, como a los distinguidos premios obtenidos en el festival del Cannes del año pasado.
Si me atengo a los comentarios y críticas vertidas por periodistas cinematográficos y críticos de cine, todos ellos solventes y de consensuada reputación, “Fátima” es el típico ejemplo de producción minimalista y austera, bien rodada, que aborda una historia de hoy en día, las tribulaciones de una mujer árabe, casada de conveniencia (ya no vive con el esposo), que no domina el idioma, que trabaja de limpiadora de la mierda de los demás y con dos hijas que atender, es una mirada sencilla y directa de las dificultades de una grupo de personas extranjeras en un país que últimamente mira con recelo a este tipo de gente.
En cualquier caso, la mejor manera de saber su discurso es verlo en una sala de cine. Mañana saldré de dudas.

DE GUIONISTA A DIRECTOR: SHANE BLACK

Se dió a conocer como escritor del libreto de la serie interpretada por Mel Gibson y Danny Glover, “Arma letal”. Este trabajo, de guionista furibundo que cayó en gracia con las aventuras y desventuras de los dos policías, le granjeó fama y popularidad. Con el tiempo, se atrevió a ponerse detrás de la cámara. Su primer largo se tituló, “Kiss, Kiss, bang, bang”, una alocada y disparatada comedia negra, muy verbenera y algo extravagante, como “fumada”, se presentó in extremis, creo recordar, en una sesión especial dentro de la sección Punto de encuentro de la Seminci de Valladolid. Pululaba por allí y como no me perdía ninguna película de esa sección, fui testigo de su estreno, dejándome una sensación agridulce y rara. La primera impresión fue desconcertante. Me descolocó bastante. No sabía si había visto una astracanada con muy mala baba que pretendía (con pretensiones) desmitificar el género, el thriller urbano, con resultados bastante irregulares o una nueva mirada, con un planteamiento juguetón, que deseaba modernizar y insuflarle aires renovadores a su territorio. Sea lo que fuere, no gozó de mucha fortuna en su lanzamiento comercial y generó algún que otro debate para colocarla en algún escalafón.
Ahora, y tras su pase por Cannes, Shane Black, nos trae, “Dos buenos tipos”, otra intriga policíaca, con dos actores con mucho tirón de cara a la taquilla, encabezado por Russel Crowe y Ryan Gosling. Los dos encarnan a dos tipos duros y singulares. Uno policía y el otro un truhán. Lo que pasa es que el destino y el azar juega un papel destacado y por razones que es mejor descubrir en una sala de cine lo que antes era dos “tipos a su bola”, cada uno en su terreno, por circunstancias de la vida se convierten en “colegas” (y de esto Shane Black sabe bastante) y perseguidos con malas intenciones por un grupo de mafiosos. A ver.

NOCHE DE VERANO EN UNA GRAN CIUDAD

Una española, “Rumbos”, de Manuela Burló Moreno, un drama coral, con muchos personajes, muchos de ellos sin nada de relación entre ellos y cuya acción se desarrolla en una larga noche calurosa en una gran ciudad. Todo un repertorio de sentimientos y emociones de todo tipo, desde frustraciones, desengaños, soledades, incomunicación, trabajo, paro, miserias sociales, juventud sin horizonte, etcétera, servido por un plantes de intérpretes españoles muy solventes. Pilar López de Ayala, Karra Elejalde, Carmen Machi, Ernesto Alterio, Fernando Cayo, Nora Navas…en fin. Están casi todos. Y sobre ellos, la noche. Y alrededor de la nocturnidad, confidencias, programas de radio, compañeros, parejas, todo cabe en la caja de pandora. Será otros de los títulos que veré mañana.

SE DIÓ LA VUELTA

La única película que he visto con antelación, “Si Dios quiere”, un filme italiano dirigido por, Edoardo María Falcone. Comedia de costumbres, divertida, amena, graciosa y entretenida. No se pierde nada viéndola. Además, en su país, Italia, consiguió el premio Donatello a la mejor ópera prima. Representa a la nueva hornada de comedias que se están realizado en Italia y tiene la sensibilidad y delicadeza de rendir homenaje al pasado glorioso trayendo a la actualidad situaciones bufonescas y de farsa en la que los personajes deben ejecutar cometidos tontorrones y estrambóticos, generando la consiguiente carcajada. El humor está garantizado y parte de una premisa un tanto bobalicona pero que da mucho juego.
Tommaso, un genial Marco Giallini (este personaje no pasa inadvertido para el espectador) es un eminente cardiólogo librepensador y socialdemócrata. Además de ateo furibundo. Sin embargo, goza de los privilegios y conforts que le proporciona su estatus. Vamos, que vive como Dios. ¿Cuál es su grave conflicto? Un día, su hijo Andrea, por el que siente una debilidad indisimulable le va a confesar (él cree que es gay) que abandona la carrera de medicina y va a entrar en un seminario para ser sacerdote. Esta noticia le produce un cisma terrible. Un agravio, un insulto insuperable. Como no se lo esperaba, no reacciona. No reprocha. Calla como un bellaco. Pero no se está quieto. Piensa que las ideas católicas y conservadoras se las ha inculcado un cura joven, Pietro (Alexandro Gassman). Como intuye que tras la fachada clerical de Pietro se esconde un villano y traficante, decide desenmascararlo. Para ello recurre a la picaresca (los italianos la llevan en su ADN) y se hace pasar por un pobre desgraciado, en paro, con un hermano retrasado y con una mujer que le arrea guantazos.
Se monta un tinglado de tal manera que debe convencer a gente de su entorno para que fingan lo que le ha revelado al curo, dando pie a una serie de situaciones chocantes y atolondradas, pero con muy buen humor, que en definitiva más que alejarle de Pietro le va acercando, dándose cuenta de lo tirano que ha sido en casa al imponer sus teorías y jerarquías ideológicas sin dejar que su familia optara por lo que más le interesaba. Con una pátina moralista y conservadora, aún así, se deja ver y a ratos es divertida.

NUESTRA VECINA CATHERINE DENEUVE

Si la curiosidad está muy activa sólo con echar un vistazo al cine que están realizando nuestros vecinos los franceses uno se percata, no sin cierta envidia, el nivel de calidad tan alto que está alcanzando su cinematografía, tanto en el terreno comercial como en el apartado más selecto de cine de “autor”. En cualquier caso, ninguna de las dos etiquetas suele defraudar. Te pueden gustar más o menos, pero nunca fallan. Todas tienen “algo” que terminan por seducirte. Y, en especial, el thriller, un género en el que los franceses, en los últimos años, se han entregado con bastante ahínco y decisión, filmando ejemplos más que meritorios y con un acabado industrial imponente y vibrante.
De la última hornada de películas francesas estrenada en nuestro país y que no terminaron de recibir el público esperado, se encuentra, “Dans la cour”, una pequeña obra, sin muchas pretensiones, escrita y dirigida por, Pierre Salvadori, y que en España la conocimos por el título impuesto por la distribuidora, “En una patio de París”.
La filmoteca riojana, Rafael Azcona, la recupera para su fiel clientela, dentro de la sección “estreno no estrenado”, un sitio que viene hacer justicia en favor de algunos largometrajes que por misteriosas razones no acabadron de fascinar o hechizar al público cuando entraron en la cartelera comercial y tras su olvido, en muchas ocasiones, injusto, tienen la oportunidad de volver a una pantalla grande, pero esta vez desde un habitáculo ideado para dar cobijo (y una segunda oportunidad) a cintas que pasaron desapercibidas. Además, y como valor añadido, en proyección en VOSE.

A mi juicio, en ese maravilloso y pletórico panorama sobre el cine galo que he dibujado en un breve perfil, “Dans la cour” es un trabajo más humilde y sencillo. Para nada despreciable o desechable, ni mucho menos. Quizás menos rotundo. Pero de igual forma, te envuelve. Son contradicciones obvias en una cinta que tiene los suficientes elementos dramáticos y emocionales para que visionarlos con agrado y devoción. Respetando la funcional puesta en escena de su cineasta, Pierre Salvadori, sumisa a sus intérpretes, y el distinguido y sereno show de sus intérpretes, encabezado el elenco actoral por el reclamo de la presencia de la estimulante, Catherine Deneuve, en su papel de Mathilde, y del sorprendente actor, Gustave Kerven, encarnando a Antoine. En un papel secundario se puede ver al todo terreno, Fedor Atkine, figura mayúscula, casi siempre en pequeños roles (da igual la temática) pero dejando huella se su árido y temperalmental carácter. Interpreta a Serge, el marido de Mathilde.
En clave de comedia dramática, “Dans la cour” es una película de personajes. Son ellos el alma de este filme. Si el filme está bien y es correcto, es por ellos. El foco de la cámara se empapa de sus vidas, quehaceres y tránsito emocional. El director lo sabe y crea para ellos situaciones naturales y costumbristas, sin perder el objetivo de la risa, escribiendo secuencias, a veces, extravagantes, en función de la personalidad de los personajes, que al tratarse de una función coral y en un escenario, un edificio de París y su centro neurálgico, el patio, se cruzan y entran y salen una serie de tipos variopintos que ofrecen perspectivas chocantes y disparatadas.
En ese decorado, germen de la actividad común y rutinaria, doméstica, entrañable e irónica, es fundamental, Antoine, un hombre desgastado por sus acontecimientos personales, músico en horas bajas, derrotado por las circunstancias ambientales, huido del compromiso del matrimonio, consigue un trabajo como conserje en un edificio donde se convertirá, sin proponérselo, en un “ayudante” para todo, y polarizará amistades o desencuentros, pero sin cargar las tintas. Únicamente, un grieta en el edificio, por la presión que ejercen los pisos vecinos y el emplazamiento sobre un terreno arcilloso, no sólo será uno de los temas que aborda el largometraje, sino la metáfora en los sueños e ideales frustrados de alguno de sus moradores, empezando por el conserje, cuya desesperanza y tristeza se palpan, convirtiéndose en ese antihéroe deprimido y cansado, con falta de autoestima, acojonado por el estrujamiento de vivir, que si no está, no pasa nada, pero si está, independientemente de su forma de ser, lo aprecias y los echas de menos. Por esta razón, y, en mi modesta opinión, “Dans la cour” es un título menor, sólo por sus intérpretes, como suele ocurrir muchas veces, merece la pena verla y disfrutarla en la Filmoteca.

RICARDO DARÍN SE ESCONDE DE LA DICTADURA

VERANO AZUL

La llegada del estío ha querido alterar el habitual día de estreno de la semana anticipándose al viernes y queriendo que sea el miércoles como jornada para el pistoletazo de salida.
Además la cartelera llega plagada de títulos, todos ellos muy comerciales, apropiados para las fechas estivales, sin que nada altere la rutina acostumbrado salvo por la presencia de una película que a mi juicio se separa del grueso de la programación. Me estoy refiriendo al filme argentino y coproducido con España, “Capitán Kóblic”, una de la sensaciones del pasado festival de Málaga. La película está dirigida por, Sebastián Borenzstein, autor de la chiflada, “Un cuento chino”, con la que comparte intérprete principal, el magnífico, Ricardo Darín. Le acompañan en el cartel, Óscar Martínez, cuyo papel de policía local de un terruño perdido en medio de la nada, le ha granjeado muchos elogios. También está, Inma Cuesta, como la chica del pueblo, y que hace un esfuerzo tremendo por hablar con acento argentino. La historia, muy publicitada, cuenta, casi en clave de western, la llegada de un extraño y huidizo hombre a un pueblo anónimo con el firme propósito de pasar desapercibido. Este tipo, que encarna Darín, es un antiguo piloto encargado de maniobrar los aviones cargados de opositores al golpe de estado de Videla y lanzarlos anestesiados sobre el Mar de la Plata. El planteamiento, como digo, parece pintiparado para visionar un dramático thriller sobre el ocultamiento de la personalidad y cómo la perseverancia e intuición de un policía acostumbrando a naderías sin relieve pone en riesgo la tranquila estancia de aviador que se largó por cargo de conciencia.

CON USTEDES, EL GANADOR DE 7 TOURS

Otro de los largometrajes que se podrán ver a partir del miércoles 22 de junio y que ya he tenido ocasión de ver es, “The program”, uno de los últimos trabajos para la gran pantalla rodado por el ilustre cineasta británico, Stephen Frears, venerado desde los tiempos de la maravillosa, “Mi hermosa lavandería”. Desde entonces su filmografía ha crecido de manera firme pero irregular. Alternando cintas de hermosa calidad y delicada puesta en escena (“Las amistades peligrosas”) con otras producciones en las que su mirada severa y cínica acentuaba relatos sobrios y crueles (“Negocios ocultos”, uno de sus obras que más me han gustado).
Ahora se pasa al cine comercial, presumiblemente por encargo, para trazar, sin alardes y a mi modo de ver, monótona y previsible, el descenso a los infiernos de uno de los deportistas más admirados (hasta el descubrimiento de sus farsas ganadoras) del planeta tierra, el ciclista norteamericano, Lance Armstrong (Ben Foster).
“The program”, que respeta su título original inglés, es un filme sujeto al modelo de cine conocido por “biopic”, con todas las ventajas e inconvenientes que entraña la etiqueta y los eventos seleccionados por el guionista, John Hodge (“Trainspotting”), para construir el libreto. Sobre este último aspecto, la película se centra desde el momento que el ciclista supera un cáncer de testículos, su afán nada disimulado por ser el mejor y más grande y su convencimiento de la utilización de sustancia dopantes para poder rendir por encima de sus posibilidades.
Este asunto, qué duda cabe, que emerge como uno de los reclamos más atractivos para tratar de convencer al espectador a acomodarse en una sala de proyección y dejarse seducir por una noticia o suceso, creo, que conocido por casi todos. En cualquier caso, siempre es notorio y llamativo, por su efecto morboso, ver en imágenes el denigrante proceso de fraude provocado por transfusiones de sangre prohibidas por las autoridades sanitarias de la organización para estimular un cuerpo frágil y dotarlo de una potencia poderosa e irrefutable para la conquista de 7 tours consecutivos.
El actor francés, Guillaume Canet, encarna al médico, Michele Ferrari, el hombre del milagro. El médico que puso delante de Lance Armstrong las sustancias dopantes para fortalecer su organismo y aumentar la resistencia. Pero otra pieza clave en el descubrimiento del tinglado es la figura del periodista, David Walsh, interpretado por Chris O’Dowd, un avezado escritor y gran amante del ciclismo que escribía para el rotativo, “The sunday times”, y que era el enviado especial del periódico para cubrir las pruebas más importantes del circuito internacional. Él fue de los primeros en alertar de las trampas en las que incurría el corredor norteamericano, pero su falta de pruebas y el pleitear con una persona del deporte como Lance Armstrong considerado como un héroe, le ocasionó graves problemas profesionales y laborales, quedando poco menos que como un periodista canalla, envidioso, malidicente y fullero. El tiempo y la verdad lo puso en su sitio.
Al que dejan con el culo al aire es a Lance, un ser egocéntrico, desagradable, mentiroso compulsivo, tirano y maquiavélico. Lástima que la película tenga un recorrido tan corto de miras; aunque lo que narra, y teniendo en cuenta que detrás de la cámara está el autor de, “Ábrete de orejas”, hay que verlo para saber cómo es una filme realizado por un cineasta reconocido y admirado cuando el material en forma de guión no es de lo tuyos y admites su resultado como prueba irrefutable que a veces sin un buen libreto, aunque seas un genio, es muy difícil cuajar un largometraje digno de elogio.

LOS DIOSES DEBEN ESTAR LOCOS

La fantasía más disparatada y generosa en efectos especiales se da cita, por decir algo, en la entretenida, “Gods of Egypt”, una superproducción levantada por USA/Australia y dirigida por el realizador de origen egipcio, Alex Proyas. Otra cinta que ya he tenido ocasión de ver y que recurre a la mitología egipcia para marcarse un proyecto colosal en su forma y con un fondo repleto de mixturas o influencias que hacen del producto extravagante y apabullante.
Reparto de lujo encabezado por Gerard Butler, haciendo de hijo de rey pérfido, traidor y malvado, Nikolaj-Coster Waldau, como sobrino del primero y reverso de la moneda, Geoffrey Rush, Bryan Brown, Brenton Thawaites y Rachel Blake dan lustre al cartel.
Este género ha pasado de una trascendencia artesanal, de admirable sencillez y robusta imagineria maniquea para construir argumentos repletos de aventuras y misterios de funcional y entretenida puesta en escena. En cambio ahora, en un contexto hiperrmoderno, de agobiante presencia de efectos digitales y exuberante historia repleta de situaciones exageradas y cercanas a la ciencia-ficción, la envoltura es lujosa y el contenido se hace interesante cuando el conflicto, entre dioses y mortales, y pugna familiar, baja al suelo y se desprende del ornamento.
En cualquier caso, “Dioses de Egipto”, tiene los elementos necesarios para entusiasmar a un tipo de público ávido de aventuras que desde su inicio marca a fuego sus constantes formales para que el filme te atrape la mirada por su elaborada capacidad visual, muy trabajada desde el ordenador.

“1944″ LA II GUERRA MUNDIAL EN ESTONIA

Instalados en plena canícula, y con el pensamiento organizativo preparando la necesaria fuga vacacional, y todavía en marcha el ajetreo del fútbol, pese a la eliminación de una decepcionante y aburrida selección española, me gustaría, aunque no sé si lo voy a lograr, que la asistencias a las diversas salas de cine no pierdan fuelle de convocatoria pese a la contundencia legítima de la irresistible fuerza del verano.
En el otro lado del charco, es decir, en los EE.UU, los fabricantes por antonomasia del “espectáculo del entretenimiento audiovisual por excelencia” otorgan a estas fechas de calor y bochorno una importancia de gestión comercial incuestionable. Las grandes casas de producción dejan alguno estrenos estratégicos, los conocidos como “Blockbusters” (mega proyectos), para las fechas en las que una de las edades potenciales de asistir a las proyecciones está de vacaciones.
En nuestro país, este tipo de cine grandilocuente y apoyado por una campaña de márketing y promoción extenuante comienza a sentirse desde ya, sin preámbulos ni despistes innecesarios. A partir de mañana, la nueva quimera acerca de la invasión y destrucción del planeta Tierra, “Independence day”, en este caso, con el subtítulo de “Contraataque”, puesta en imágenes, otra vez, por el alemán, Roland Emerich, se podrá ver sin discusión alguna en todas las salas de la Comunidad Riojana.
Ni que decir tiene que este tipo de cine no logra seducirme, ni me atrae ni atrapa mi atención. Tampoco el trailer me ha parecido una maravilla para vencer mi resquemor y prejuicio a otra batalla más entre fuerzas alienígenas y el ejército y admirables héroes americanos. Cuando veo estos títulos, su cartel, colgados de las marquesinas de los locales de exhibición, situados siempre en los mejores y visibles lugares, es cuando me paro, pienso, recapacito y me digo a mí mismo (y para mís adentros) la injusticia tan grande que supone el sitio preferencial que se le otorga a este mediático y rimbombante largometraje cuya palmaria demostración de fuerza evita que otros estrenos con historias menos obvias no encuentren su oportunidad para ser atendidos por ojos que reclaman temáticas osadas y modernas.
Aún así, tampoco la cartelera comercial es denigrante y de escasa calidad. No entra, por ejemplo, un filme francés que vi hace ya un tiempo titulado, “La belle saison”, de Catherine Corsini que en España la conoceréis con el título de, “Un amor de verano”. No le han hecho un gran favor y el título puede inducir a error a algún espectador que si se deja arrastrar por el significado literal de “un amor de verano” y le echa un vistazo al cartel, con el rostro de dos jóvenes, va a suponer, equivocadamente, que se trata del típico y tópico filme de vigorosos amores adolescentes lanzados a aprovechar el tiempo de asueto y a fornicar en el rato que puedan. Pues no. Todo esto muy alejado de la realidad. Lo que cuenta, Catherine Corsini, en clave dramática, es una pasional historia de amor lésbico entre una muchacha granjera, interpretada con gran convicción y poderío por la actriz, Izïa Higelin, que decide escapar del marco rural y desilusionante de su pueblo y marcharse a París donde en una manifestación por los derechos de la mujer conoce a una envolvente y carismática amiga, Cécile De France, una beligerante activista de la que se enamora, viviendo experiencias y situaciones insospechadas para ella en la Francia de los setenta. Las escenas de amor son tórridas y sensuales, rodadas con gran naturalidad, sin llegar al exhibicionismo de “La vida d’Adele”, que viene a suponer los avances en materia de relaciones entre gente del mismo sexo en una sociedad, sobre todo la gente joven, que había salido disparada después del Mayo del 68 y que ahora buscaban verdaderamente su sitio. Aunque el paraíso estaba en la gran ciudad. Todavía, en las zonas profundas y de raingambre agrícola, cualquier gesto fuera de la “normalidad” es prontamente rechazado y censurado. Una película curiosa que a buen seguro la dejaremos para su pase inevitable en la Filmoteca Riojana, “Rafael Azcona”.
Tampoco se estrena, “Todos queremos algo”, lo último de Richard Linklater. El autor de la sorprendente, “Boyhod” y aupado a los altares por su trilogía de “Antes del amanecer” y sucedáneos, no termina de convencer por igual a todos los periodistas cinematográficos que se dedican a la crítica de cine. A mi tampoco me causa furor. Veo sus trabajos y a ratos me emocionan y por momentos me aburren. Valoro su osadía y afán por salirse de los trillados caminos de la creación, pero sus películas me dejan la sensación de cierta insuficiencia, como si le faltara un escalón más para cuajar más sus ocurrencias.

LAS TRAGEDIAS DE LA GUERRA

De las pocas películas que he logrado ver con antelación y que a partir de mañana se puede ver en Cines Moderno de Logroño, es la cinta de nacionalidad Estonia, “1944”, dirigida por Elmo Nuganen. Este filme representó a su país como candidata al Oscar a la mejor producción de habla no inglesa.
Ambientada durante la II Guerra Mundial, en el frente de Estonia, a mediados de 1944. Los horrores de la guerra, su inclemente y pavorosa circunstancia, se ha visto en infinidad de capítulos cinematográficos, atendidos desde las perspectivas más históricas como espectaculares. Es posible que el espectador haya visto demasiado metraje sobre batallas y sus espeluznantes consecuencias. Pero no es perder el tiempo ver “1944”, que nada tiene que ver con la mofa de Steve Spielberg. Aquí estamos en un drama contradictorio. Parte de las tropas del ejército estonio fueron anexionadas por los nazis en su invasión de Rusia. El resto lucharon con el ejercito rojo contra las tropas alemanas. La primera parte cuenta la situación de un regimiento de soldados formados por alemanes y estonios. Estos luchan conjuntamente contra el mismo enemigo. Pero este enemigo es en su totalidad ruso y estonio con lo cual hay momentos que casi es una pelea fratricida. Un oficial estonio al mando de un pelotón mixto, no ve claro el dominio de los alemanes y escribe una carta dirigida a una mujer. Sus ideas y pensamientos los escuchamos en voz en off. En una refriega contra compatriotas, muere en un tiroteo. El soldado que le mata queda consternado y azotado por la conciencia al haber matado a uno de los suyos. Como acto voluntario decide entregar la carta y descubre que la destinataria es su hermana y no su esposa, como él pensaba, y se enamora de la chica. Pero con el tiempo y en el triunfal avance del ejército rojo vivirá otra experiencia injusta y de conciencia con otros compatriotas que volverá a reflexionara acerca de los contrasentidos y odios que genera un conflicto en el que todos debieron luchar en un bando o en otro, se enfrentaron a muerte, defendiendo los intereses de los nazis unos y su propia casa otros. Y algunas veces, en el cuerpo a cuerpo, cuando se iban a destrozar, se veían los uniformes y saltaba la cruenta paradoja de la guerra en Estonia. Quizás por este toque, por esa visión, y porque todo el meollo de luchas está muy bien rodado y montado, merece la pena ver, “1944”, como he dicho más arriba, otro capítulo sobre la II Guerra Mundial.

OTRO CUENTO DE STEVEN SPIELBERG


El verano dicta sus normas y establece reglas inamovibles. Siempre ha sido una época de relax y asueto. De pasarlo bien y disfrutar. Las altas temperaturas favorecen un cierto tipo de jolgorio y juerga que no es cuestión de aparcarla por capricho o necedad. En estas tórridas fechas, contrariamente a lo que pudiera imaginarse, el calendario de estrenos cinematográficos en vez de contraerse y achatarse se expande y se multiplican los filmes con mucha munición comercial que invitan a los seguidores de los blockbusters a inmiscuirse en sus argumentos.
Leyendo con detenimiento los títulos que a partir de mañana se colgaran en la cartelera me llama la atención la presencia del mismísimo y todopoderoso Rey Midas de Holywood, Steven Spielberg, casi nada, un peso pesado, también, de la sección mercantil, que apuesta, esta vez, por un cine de raíces infantiles para presentarnos, “Mi amigo el gigante” (“The big BFG”), una historia que parte de un cuento del maravilloso y exquisito escritor, Roal Dahl.

Muchas películas inspiradas en la literatura del autor británico se han convertido en su trasvase a la pantalla grande en filmes cuya máxima expectativa se polarizaba en la ingeniosa esencia muy imaginativa de Roal Dahl. Su chispa, inteligencia y fascinante mundo creativo dio origen a un puñado de historias únicas e increíbles que era lógico que no pasaran desapercibidas para la industria del entretenimiento.
De su mágica producción, qué duda cabe, que la que más me hechiza es “Charlie y la fábrica de chocolate”. Un gran clásico del cuento infantil que con permiso del entregado y retorcido, Tim Barton, la versión primorosa, elegante y llena de vida fue la que rodó en 1971 Mel Stuart y que en España se conoció como “Un mundo de fantasía”. Sin duda, una de las grandes películas de mi infancia. Cuando la vi por primera vez, me pareció lo más precioso y encantador que había visto jamás. Además, con 12 años, me daba la impresión que trascendía el marco del llamado “cine infantil”. Cultivando un contenido alegre y optimista, risueño y contagioso, que nada tenía que ver con la blandenguería e insoportable moralina de la mayoría de cintas para esa franja de edad que se exhibían semana sí y la otra también. Incluso llegué a colocar a “Un mundo de fantasía” a la altura de otros títulos que en su momento me llegaron a gustar muchísimo. Por ejemplo, “Viento en las velas” y “Sammy, huida hacia el sur”, curiosamente, ambas realizadas por el mismo cineasta, el norteamericano, Alexander Mckendrick. Cintas de aventuras, de las buenas, muy artesanales y funcionales, que además todas ellas tenían a un niño o niños como protagonistas de desafíos de carácter intrépido y valiente.

Muchas películas inspiradas en la literatura del autor británico se han convertido en su trasvase a la pantalla grande en filmes cuya máxima expectativa se polarizaba en la ingeniosa esencia muy imaginativa de Roal Dahl. Su chispa, inteligencia y fascinante mundo creativo dio origen a un puñado de historias únicas e increíbles que era lógico que no pasaran desapercibidas para la industria del entretenimiento.
De su mágica producción, qué duda cabe, que la que más me hechiza es “Charlie y la fábrica de chocolate”. Un gran clásico del cuento infantil que con permiso del entregado y retorcido, Tim Barton, la versión primorosa, elegante y llena de vida fue la que rodó en 1971 Mel Stuart y que en España se conoció como “Un mundo de fantasía”. Sin duda, una de las grandes películas de mi infancia. Cuando la vi por primera vez, me pareció lo más precioso y encantador que había visto jamás. Además, con 12 años, me daba la impresión que trascendía el marco del llamado “cine infantil”. Cultivando un contenido alegre y optimista, risueño y contagioso, que nada tenía que ver con la blandenguería e insoportable moralina de la mayoría de cintas para esa franja de edad que se exhibían semana sí y la otra también. Incluso llegué a colocar a “Un mundo de fantasía” a la altura de otros títulos que en su momento me llegaron a gustar muchísimo. Por ejemplo, “Viento en las velas” y “Sammy, huida hacia el sur”, curiosamente, ambas realizadas por el mismo cineasta, el norteamericano, Alexander Mckendrick. Cintas de aventuras, de las buenas, muy artesanales y funcionales, que además todas ellas tenían a un niño o niños como protagonistas de desafíos de carácter intrépido y valiente.

CARRETERA ASFALTADA EN DOS DIRECCIONES


CINE FRONTERIZO

Lo escribí la semana pasada y deseo ser reincidente con mi reflexión acerca de la nula idoneidad de estrenar determinados títulos que aparecen en la cartelera comercial durante la abrasiva temporada estival. Y escribo esta breve entrada haciendo referencia a dos películas que entran mañana, concretamente, en el complejo de cines Moderno de Logroño. Los dos largometrajes en cuestión, “600 millas”, de Gabriel Ripstein y “Mi hija, mi hermana”, de Thomas Bidegain, no son dos trabajos baladís, del montón, rutinarios, de usar y tirar, sino todo lo contrario, dos filmes intensos y emocionales que necesitan, por lo menos así lo siento, de una mayor atención e interés del que puedan recibir por parte de un público, que salvo honrosas excepciones, prefiere distraerse, en esta época del año, con cintas menos exigentes y frívolas, que para nada se asemejan con estos dos poderosos y vibrantes dramas cuyas historias, en sus zonas más profundas y oscuras, no por intuidas o conocidas por otros filmes del mismo talante y estirpe, son de anoréxica construcción. Más bien, en su rigor y fortaleza, aun en sus contradicciones internas, muestran, a mi entender, visiones y reflexiones, una en los EE.UU., y, otra, en Europa, cuyas tramas, bien vale adentrarse en ellas y descubrir o destapar la crudeza y mazazo de sus argumentos.
A pesar del tórrido y sofocante desierto de Arizona y el extenuante y machacante calor agobiante que se padece camino de la frontera de México, las “600 millas” que separan una zona de otra se recorren apenas sin apearse de un todoterreno, vehículo que por la recurrente orografía del Oeste americano nos sumerge, pretendidamente, no sé si a modo de homenaje, en el escenario y vasto territorio del western, donde el coche, como en otras ocasiones, sustituye al animal, para avanzar en un relato en clave de thriller o policíaco en el que se vertebra, sobre todo, una película de amistad, al dictado de las carismáticas bodymovies o cine de compinches, compañeros o camaradas.
He tenido el placer de visionar anticipadamente este brioso largometraje. Y me parece un filme recomendable que puede entusiasmar a un tipo de espectador dispuesto a conocer nuevas firmas que se suman al mundo del audiovisual y lo hacen coqueteando con uno de los géneros o subgéneros más reconocibles del legado cultural norteamericano, la road movie, el cine de carretera, que tantos y estupendos filmes ha proporcionado a su parcela. En esta ocasión, el producto viene avalado en la producción por su actor principal, Tim Roth. Y la dirección es de Gabriel Ripstein, hijo del tándem creativo formado por el prestigioso cineasta mejicano, Arturo Ripstein, y la no menos célebre e importante guionista, Alicia Garcíapelayo. El chaval, Gabriel, junto a Issa López firma también el guión.
“600 millas” es áspera y violenta. Como no podía ser de otra manera al tratarse de un relato fronterizo y cuya trama está atravesada por clichés y estereotipos, aunque nunca manidos ni vulgares, que responden a personajes que se mueven al margen de la ley y que trafican con armas compradas en suelo gringo y vendidas a la bandas organizadas de narcotraficantes al otro lado de río Grande. Entre estos habituales tejemanejes y chanchullos característicos de la zona de conflicto, se plantea una curiosa y sorprendente historia de amistad entre Hank Harris (Tim Roth), un agente de la ATF, una especie de delegación de la DEA (cuerpo de las fuerzas de seguridad que se encarga del narcotráfico), que es apresado por un adolescente mejicano, Arnulfo (Kristyan Ferrer), y esposado a la barra de seguridad del coche lo conduce hasta México, a casa de su tío, un mafioso y gángster, con la finalidad de hacer méritos suficientes y poder ingresar en la organización del cartel.
El recorrido, como tantas otras ocasiones, es un desplazamiento físico y moral. El trayecto es largo y da tiempo para que los dos personajes se conozcan y se tanteen. Peligros y obstáculos en el camino habrá, generando ratos de suspense, aunque el aspecto más elaborado y trabajado por Gabriel Ripstein no es la acción, que, por supuesto, la hay, y con fogonazos impactantes, sino que gran parte del metraje está ocupado, con una cámara que escruta los rostros y gestos de los personajes y que se sitúa muy cerca de sus caras, en potenciar los diálogos y la situación entre ellos, consiguiendo que el relato tenga una función íntima, de exploración, pautada por la sabiduría del policía, cuy propósito se desvela en un final, francamente, bueno y que deja huella.


CENTAUROS DE BÉLGICA

En España se ha titulado, “Mi hija, mi hermana”. El título original es rompedor y determinante, “Los cowboys”. Está dirigida por, Thomas Bidegain y supone su ópera prima. Hasta la fecha se le conocía por los fascinantes y crueles guiones de “Un profeta” y “De óxido y hueso”, ambas realizadas por el francés, Jacques Adudiard. Dos libretos, para quien los recuerde y haya visto su trasvase a la gran pantalla, no pasan desapercibidos para cualquier entendedor en la materia. Su afilada escritura y aguda observación dejan textos devastadores y tremendos. Afortunadamente hallaron en Jacques Audiard el realizador capaz de darles una vida sulfurosa y embravecida. Parte de esa esencia, con la ayuda en la escritura de, Noé Debré, se encuentra en, “Mi hija, mi hermana”, un filme que tuve ocasión de ver en la sección Punto de encuentro en el marco de la 60 edición de la Seminci de Valladolid. Después de visionarla, me pregunté qué hacía un largometraje de esta rabia y coraje casi escondido en el segundo apartado con más trascendencia del festival de Pucela. En cualquier caso, el motivo era verlo y la verdad que me llevé una gratísima impresión de sus controvertidas “entrañas”, unas tripas enfurruñadas el alertar, prevenir, en pocas palabras, de avisarnos de los tentáculos de las redes de captación yijadistas en su campañas de absorber a adolescentes para sus cruzadas religiosas.
La película ha sido castigada o penalizada por inspirarse en uno de los monumentos incontestables del Séptimo Arte, “Centauros del desierto”. En aquella, un fustigado por el racismo más inclemente interpretado con amargura por John Wayne se lanzaba con la compañía de su sobrino a penetrar en territorio enemigo para encontrar a su adorada sobrina, Natalie Wood, atrapada en una incursión guerrera por los indios.
En “Los Cowboys”, la acción se ubica en Bélgica. Una familia, compuesta por el matrimonio y dos hijos, chico y chica, enamorados de la cultura yanki y del lejano Oeste, acuden a una fiesta marcada por la vestimenta de vaqueros y amenizada por la música country. En un momento dado, la hija desaparece sin dejar pista. Las primeras búsquedas son infructuosas. A lo largo de algunos años comienzan a aparecer indicios de la gente con la que está y los sitios en los que puede encontrarse. Padre e hijo se lanzan, emocionalmente atónitos, tras de ella, yendo de un sitio a otro, viajando a lugares recónditos, preguntando en los tugurios más inesperados y cada vez que mueven una pieza surge una idea terrorífica, imposible de masticar, que les conducirá, con un cuerpo maltrecho y la moral apalizada, a verse las caras con una situación impensable que les destroza toda resistencia y les deja incrédulos y boquiabiertos. Sólo el muchacho, sagaz y perspicaz, sin dejarse malear por el resultado y aportando una visión amplía y plural parece estar más formado para comprender (a medias) una realidad indeseada y espinosa, fruto, quizás, de miserias, arrogancias, imposiciones o desilusionada por falta de lazos afectivos verdaderos u honestos.
Otra road movie en la cartelera que no deja indiferente a nadie y que propone reflexiones y debates contradictorios muy interesantes capaces de introducirte en un revoltoso avispero y provocarte sentimientos y emociones encontrados. A mí me pareció un buen filme que ojalá no sea devorado por cartelera que respira vacuidad y que estas dos películas comentadas son una grandísima bombona de oxígeno de visión obligada.

DENTELLADAS DIGITALES

He visto todas las películas del realizador catalán afincando en la poderosa industria hollywoodense, Jaume Collet-Serra. Un realizador que por su efectividad y sumisión al puro cine de entretenimiento especializándose, hasta el momento, en géneros o subgéneros tan populares y con fácil gancho para el público como el thriller de suspense y el género fantástico o de terror.
Su habilidad narrativa con una disciplinada sujeción a los resortes afines a intrigas criminales y la afilada utilización de los elementos más convencionales y tópicos de las películas de misterio y horror, sin perder nunca la compostura y ciñéndose a esquemas y tratamientos para nada estrafalarios y ridículos, hacen del responsable de “Sin identidad” un correcto (a veces, atrevido) amanuense dúctil y conveniente para productos de presupuestos holgados.
Hasta la fecha no se puede decir que haya filmado un bodrío de película. Su obra podrá gustar o no, reconocer sus buenos acabados, que sus largometrajes siempre dan lo que esperas de ello y que cada vez que te sumerges en sus juguetonas (y algo tramposas) tramas acabas por reconocer que Jaume Collet-Serra si no tiene talento se le parece. Los guiones con los que trabaja dan la sensación, o, por lo menos, a mí me lo indican, que surgen de los más modestos planteamientos de cara a la historia de la serie B, pero no desde una perspectiva sin exigencias, sino desde posiciones que abrigan un deseo de rodar con gusto y energía, ofreciéndole al montador planos suficientemente elaborados y llamativos, para nada vagos o perezosos, que bien editados transmiten en la lógica secuencial el ímpetu y las esencias de un realizador no sólo comprometido sino con aspiraciones de dejar su sello, huella e identidad. Aunque siempre trabaja con material ajeno, qué duda cabe que las ganas que imprime a su trabajo no pasa desapercibido.
Su última película, “Infierno azul”, rodada para la Paramount y distribuida por Sony, reúne, desde mi punto de vista, maneras y premisas que me hacen catalogar la cinta como una apasionante y entregada Serie B, que intenta ofrecer un producto distraído, de evasión, un tebeo sin grandes pretensiones y que tiene un acabado formal finalizado con los mismos y sencillos alardes que describen su filmografía.
Su tributo a “Tiburón” (1975) de Steven Spielberg no logrará, ni lo pretende, generar y provocar el mismo impacto e idéntico temor a meterse en el mar pensando que puede surgir de imprevisto un gran escualo pero logra crear la suficiente emoción e intensidad para enchufarte a la odisea y aventura trágica de una joven surfista, Nancy (Blake Lively), que en la playa paradisíaca que le mostró su madre es atacada por un voraz depredador que pondra en peligro su vida y tendrá que agudizar el ingenio para salir airosa de una situación terrible.
El punto de partida no tiene nada de original. Incluso si se me obliga a confesarlo diré que en comparación con sus anteriores títulos, “Infierno azul” es el que tiene el guión más pobre y escuálido. Lo cual tampoco es un impedimento para explotar al máximo las pocas ideas válidas del filme, centradas, a mi modo de ver, en las cortas distancias que debe nadar Nancy entre los pocos refugios que le ofrece la playa para poder protegerse de las espectaculares dentelladas del bicho.
Un suspense rutinario, de manual, con numerosos planos subjetivos de Nancy y las rocas o la boya alternados con los planos generales para situar correctamente las posiciones de defensa. Y tampoco la aparición de una gaviota varada en su misma guarida creando una especie de lazo de amistad como si el pájaro fuera Juan Sebastián Gaviota logra despertar algo más que sea una curiosidad, no sé si torpe, pero sí manida, de incluir un elemento con el cual la heroína pueda demostrar su futura utilidad como médico (está en la universidad cursando quinto de medicina).
Este detalle no queda como anécdota aislada. Se le obtiene botín. El guionista y Jaume Collet-Serra dramatizan en exceso las heridas que se causa Nancy por los atropellos del fiero animal y permite incluir en su narración la imagen del “cuerpo humano” como figura maltratada y zarandeanda y cuyas fisuras hay que restañar proponiendo planos en los que se ve como la protagonista se sutura un corte en diagonal desde el muslo al biceps femoral (según explica Nancy) con las coquetas joyas que lleva como adornos.
Como largometraje para jóvenes, creo que está pensada para este colectivo, la cinta, en sus recursos narrativos, recurre en sobreimpresión en la pantalla a elementos comunes y socorridos hoy en día en las comunicaciones sociales como los mensajes de texto o las imágenes que se obtienen de una grabación con una cámara GoPro que porta uno de los personajes secundarios en su casco cuando practica surf. Objeto que servirá, más tarde, para otros fines.
Así las cosas, lo mejor es todo cuanto sucede en la boya, me parece una secuencia pletórica y como punto chocante la presencia del actor español, Óscar Jaenada, interpretando al mejicano Carlos con las pintas habituales con las que se suele disfrazar este actor.

PASEO POR EL AMOR Y LA MUERTE


No voy a descubrir a estas alturas la talla como cineasta de Giuseppe Tornatore. Su nombre, indefectiblemente, se asocia, se quiera o no, a uno de los grandes hitos de la Historia del Cine, “Cinema Paradiso”, la entrañable y emotiva historia de fascinación y descubrimiento de un niño embelesado por el poder de las imágenes del cinematógrafo y seducido por la imperial y humana lección de sencillez y honestidad otorgada por un proyeccionista de cine. Philipe Noiret estaba inmenso. Pletórico. Se comía la pantalla y devoraba a su personaje. Lo que transmitía era pureza y espiritualidad, en tiempos complicados, rugosos y feos, que gracias a la magia del cine, sobre todo norteamericano, y la amistad (a modo de padre) entre el adulto y el chaval, conquistó, por qué no decirlo, el corazón de muchos espectadores. De la misma manera, y salvando las distancias, que en 1972, el añorado y tristemente desaparecido prematuramente, François Truffaut, nos regalara, pese a su propensión al nostálgico y edulcorado anecdotismo de un rodaje de un filme en la estupenda, “La noche americana”, “Cinema Paradiso”, fue, en un tono poético y gracioso, un vivaz y melancólico homenaje a la vida y a las películas, siendo las cintas las que ayudaban, y de qué manera, a soportar y trasegar los rigores impuestos por una vida canalla y amarga que Tornatore quiso verla y ofrecérnosla sin las negruras groseras de la tragedia y el desaliento.
Ahora, tras el grato y, a la vez, sibilino, recuerdo que me dejó su anterior producción, “La mejor oferta”, con un anticuario/tasador, talludito, interpretado por perspicaz tono decadente por ese pedazo de actor que es, Geoffrey Rush, que se enfrentaba, como en tantos otros filmes de Giuseppe Tornatore, a un venenoso encantamiento por parte de la misteriosa, Sylvia Hoeks, llega a la pantalla grande su último trabajo, “La correspondencia”, envuelto también, como no podía se de otra manera, no sólo por un halo de romanticismo a la vieja usanza, sino que vuvelve a dibujar a una pareja de amantes cuyas edades recuperan el eslogan “otoñal”.


Olga Kyrilenko, que, por cierto, está guapa, bella y sexy, además de atormentada, interpreta a Amy, una joven alegre y feliz, estudiante en la universidad, que en sus ratos libres actúa como especialista de escenas de acción en las filmaciones de películas. Está unida sentimentalmente a Ed, un fuera de serie, Jeremy Irons, profesor de astrofísica en la universidad, erudito, enamorado de las estrellas del firmamento y loco de amor por Amy. Forman una pareja atractiva y con mucho encanto. El carisma de Ed y su elevada cultura cautivan a una mujer deseosa de aprender y amar. Nada entre ellos se interpone. En la primera secuencia, que sucede en un hotel, les vemos arrullados, dichosos y ufanos. Se despiden con la promesa de volver a verse en cuanto Ed cumpla con sus compromisos de agendas.
Pero Ed fallece. Estaba enfermo. Amy se hunde y se muestra desconsolada y aturdida por el acontecimiento inesperado. Se queda, en un sentido figurado, muerta/matada. Podría pensarse que a los 10 minutos de inicio del metraje la película se ha terminado. Pues no. Todo lo contrario. Resucita, no el personaje de Ed,indudablemente, sino el misterio y la intriga. ¿Por qué? Muy sencillo. Ed, un tipo cabal, inteligente, ha organizado, aprovechándose de las nuevas tecnologías en mensajes y redes sociales y con la participación de otras personas (repartidores, abogados, albaceas, etcétera), una serie de avisos, comunicaciones, fraguadas de tal modo, que Amy, aparte de alarmada, a la vez que inquieta, comienza a recibir esos “recados” como si sintiera la presencia de Ed, como si no hubiera desaparecido.
Los mensajes, a los que alude el título del largometraje, “la correspondencia”, activan, como si de una gincana se tratara, o una especie de juego de pruebas que hay que completar sin fallo alguno para recibir el premio final, que mueven, con bastante emoción, al principio, contenida, luego, fascinada, a Amy, por varios lugares. Del corazón roto y el destrozo emocional, muy bien matizado por Olga Kyrilenko (vuelvo a repetir, está inconmensurable), se pasa a una curiosa y sorprendente “road movie” sentimental que va completando una especie de “testamento” o “últimas voluntades” de Ed (pese a estar fallecido, lo vemos a través de las pantallas del ordenador, sus memos en el móvil) que conducen a Amy a experimental sensaciones un tanto contradictorias (visita a su madre con la que no se lleva bien; se ve con la primera esposa de Ed y su hijo) que hacen que el filme, más allá de las alusiones a las estrellas y a la galaxia (el punto intelectual y científico de la película), tenga una propuesta de suspense. Que avanzamos y acompañamos a Amy de un lado a otro. Incluso se puede sufrir cuando Amy no acierta con el número de veces que debe pulsar determinada palabra en el Iphone. En fin; lo que pude parece una cursilada o ñoñería quiero que tiene mimbres más sólidos y bonitos para considerar “La correspondencia” como un filme curioso y elaborado, para nada baladí y efímero. Tiene algunos elementos o incursiones para descarrilar y convertirse en un paseo por el amor y la muerte artificioso. Pero no es así. Es una película que te enamora porque los personajes están verdaderamente enamorados.

UN ENCUENTRO INESPERADO

Cualquier anécdota relacionada con personas famosas e influyentes terminan convirtiéndose en película inspirada en hechos reales. Sobre todo si coloca en el mismo tablero, en esta caso, el despacho oval de la Casa Blanca, a dos figuras capaces de provocar opiniones y punto de vista contradictorios y enfrentados. Ver en la pantalla, en una ficción cachonda y juerguista, a Richard Nixon, presidente de los EE UU, en un momento de imagen devaluada por los feroces y violentos altercados sociales y raciales que asolaban el país, y al mismísimo rey del rock and roll, Elvis Aaron Presley, aterrado y cabreado por los terribles acontecimientos que ve en la pequeña pantalla, es, cuanto menos, digno de observarse y perder un poco de tiempo con la frívola y chocante reconstrucción de aquellos acontecimientos.
Además, “Elvis & Nixon”, dirigida por la realizadora, Liza Johnson, autora de la memorable, a mi juicio, “Hateship, Loveship”, permite una de las chaladuras y delirios de reparto más surrealista que quepa imaginar. La osadía y libertinaje de incrustar en las carnes y mentes de Richard Nixon y Elvis Presley los caretos y cuerpos de Kevin Spacey, a mi mode ver, está genial y fantástico, irónico, cínico y chuleta, encarnando al célebre “mentiroso” de La Casa Blanca, y el enorme y cara de palo, Michael Shannon, atreviéndose a interpretar, con desenfado y tono carnavalero, a Elvis Presley, entra, por derecho propio, en los desaguisados funambulescos más logrados y divertidos que he tenido ocasión de ver en los últimos tiempos.
Desde el comienzo, nada hace presagiar un filme jocoso y muy gracioso. Con semejantes tipos (grandes y exigentes actores) cargando con la rigurosa responsabilidad de interpretar dos personalidades tan subrayadas y conocidas, tanto por sus aciertos como defectos, es una tarea seria y aterradora, a la vez. Pero una vez que ves a Spacey y Shannon deambulando por la pantalla con un cometido que se lo toman a chufla, el filme, a pesar de su escada propuesta, se viene arriba, deleitando un espectáculo con bastante sentido del humor, traspasando la vulgar premisa para eregirse en una rocambolesca sátira repleta de curiosos detalles.
Si el comienzo es titubeante y de escaso interés, y sólo sirve como una especie de recetario o sumario de algunas de las paranoias más surrealistas de El Rey, y la consabida admiración que levanta en todos los sitios que visita, lo mejor de la función se guarda para la segunda parte del largometraje que se desarrolla en el interior de La Casa Blanca, en el despacho oval. En la reunión que mantienen el mandatario y sheriff del mundo libre, como se declara, Richard Nixon, y Elvis Presley. Ni decir tiene que Nixon no quería verse con Presley. Y una vez que acepta la visita exige que esta dure apenas cinco minutos. Lo que ocurre a continuación es una estrambótica reunión de dos tipos tan engreídos y fanáticos de su ego que el dislate se convierte en una bufonesco sainete que te anima a reirte y a pasarlo en grande.
Elvis Presley es dibujado como un hombre concienzado con los problemas y disturbios esparcidos por todo el país. Un hombre enterado, que se informa en los noticiarios y que se siente respaldado por el escalón que ocupa para tratar de ayudar al gobierno de su país. Michael Shannon aporta una glamur venenoso y un aire desbaratado y farsante, carcomido por una paranoia salvadora a rebufo de lo que él entiende una cruzada de ciudadanos antisistema que pretender destrozar el país. Presley está muy preocupado por la dirección que está tomando la sociedad de los EE UU, con la gente joven drogándose y quemando banderas. Eso es antiamericano, dice Presley. El concierto de Woodstock fue una excusa y cortina de humo para emborracharse, drogarse, desnudarse y arrastrarse por el barro. Todo esto se lo dice a Nixon, que asiente satisfecho de cómo una figura tan conocida se ajusta a su ideología e ideario que le conviene tener como aliado. Además le dice que The Beatles son comunistas y antiestadounidenses. Que Lenon actúa como una especie de profeta que sin ser comunista alienta y permite la revolución. Que lava el cerebro y adhiere a su causa a manifestantes izquierdistas. Y para evitar el caos del país, Preley le pide a Nixon una insignia (motivo de la visita) para ayudar al gobierno federal y pelear como agente independiente infiltrado en las cloacas comunistas (panteras negras y resto de grupos subversivos) para erradicar la anarquía que se les viene encima. ¿No me dirán ustedes que no es fantástico todo este enjambre? Lo mejor, como digo, es lo que ocurre en el interior de el despacho oval, con dos elementos en su salsa ajustando cuentas sin percatarse que en el entramado hay una burla descacharrante. Sin ser una gran película, la verdad es que me lo he pasado en grande.

TINTO DE VERANO

Lo mejor de la cartelera comercial cinematográfica en La Rioja siguen siendo los filmes que previamente se proyectan en los festivales de cine, casi siempre, en su sección oficial a concurso, que cuando encuentran una pantalla “amiga” para revelar su secreto y expectativas, éstas, salvo honrosas excepciones, suelen ser, y conforme al gusto y análisis del crítico de cine, interesantes y apreciables, y se sitúan, en un nivel formal y temático, en un escalafón mucho más alto que los títulos que inaguran semana.
Ahora mismo, la oferta de material es cuantiosa y voluminosa. Hay de todo y casi están representados los géneros o tendencias habituales. Este puñado no es sinónimo de calidad. Y sólo puedo comentar y responder por aquellos trabajos que he tenido ocasión de ver con antelación. Y éstos, que son muy pocos, me parecen, a mi juicio, que encierran más cine o prometen y sugieren argumentos menos convencionales que casi toda la artillería que entra mañana en las distintas salas.
De las películas que en su día tuve ocasión de visionar en un certamen cinematográfico, se mantiene todavía en cartel uno de los últimos trabajos realizados por el afamado y aclamado realizador chino, Zhang Yimou. “Regreso a casa” (“Gui lai”) es un encargo. No brota de un interés personal del autor de “La linterna roja”. Quizás este desapego por la historia original repercute en el tratamiento que Yimou se encarga de visualizar en un relato de corte melodramático inspirado en la novela de Yan Geling sobre las consecuencias inesperadas que un preso político, Lu Yanshi, se encuentra cuando es liberado al finalizar la Revolución Cultural. Al volver a su hogar, este hombre, destrozado pero dispuesto a recupera el tiempo perdido, descubre que su esposa, interpretada por Gong Li, padece de amnesia; no lo reconoce y encima continúa esperando el retorno de su esposo sin darse cuenta de que está a su lado. La sipnosis del filme hace presagiar, más o menos, el retrato de una República China camino de una transformación pero todavía esclava de los condicionantes políticos de antaño, cuya involución se convierten de la mano de Yimou en un devenir de alegorías más bien apañadas y eficaces pero devoradas por un tono que a ratos, y con perdón, me parecía relamido y cursi. Incluso la arrolladora y potente puesta en escena marca de la casa propia del responsable de, “Semilla de crisantemo”, se convierte, a mi modo de ver, en un clima forzado y postizo, incapaz de sustraerse a una mirada miserabilista de un período oscuro y cenizo que desgastó la resistencia de los ciudadanos reacios al régimen y que se toparon con la desilusión cuando quisieron, modesta y humildemente, recuperar su territorio, abatido por las consecuencias infames de una inclemente dictadura cuya simbología, aunque no muy sutil, se interpreta en la amnesia del personaje de Gong Li, víctima del calvario y la tozudez de la dirección del Partido. “Regreso a casa”, que no he vuelto a ver desde el festival de cine de Valladolid, en cuya Seminci vi crecer artística y creativamente a su autor, me dio la impresión, con perdón, de un cine, como apolillado, como si el contexto social y político careciera del protagonismo que suele tener las películas de Yimou. Aún así, como digo, y pese a sus nimiedades (igual no supe ver su grandeza), el largometraje es superior a cualquier otro motivo presente en la cartelera.
Otra cinta que vi hace bastante tiempo y que todavía conserva su sitio en el cine donde se proyecta es, “Pawn sacrifice”, bautizada por la distribuidora española para su comercialización en nuestro país como “El caso Fischer”, un filme dirigido por, Edward Zwick (“Leyendas de pasión”, entre otras), y escrito por, Steven Knight. Para los amantes del ajedrez y apasionados por este inteligente y sofisticado deporte (desconozco sus normas y, por supuesto, no sé jugar al ajedrez), la película es una gran oportunidad para asistir, desde la ficción y con la etiqueta de “basada en hechos reales”, al increíble y tenso duelo por conquistar el campeonato del mundo de ajedrez entre los ajedrecistas, Boris Spassky (Liev Schreiber), ruso, y Bobby Fischer (Tobey Maguire), un majareta y genial ajedrecista norteamericano. Este choque fue más que el enfrentamiento entre dos tipos que dirimen quién es el campeón sobre el tablero. Fue toda una batalla en el afilado marco de la Guerra Fría que mantenían las dos potencias mundiales. Se jugaba algo más que un conjunto de partidas. Los dos rivales estaban rodeados de su séquito. Más grandilocuente y extrovertido por parte soviética, con los comisarios políticos al frente, verdaderos manipuladores de todo cuanto acontencía en Rejkiavik (islandia). Desde ese punto de vista, es decir, sumergiendo al espectador en las triquiñuelas y escaramuzas políticas que cada bando orquestaba, “El caso Fischer”, retoma y recupera los laberínticos y siniestros momentos del cine de espías y contraespionaje. Sin ser la parte principal, sí al menos deja entrever que el simple campeonato no era más que una fachada publicitaria, y a gran escala, para expresar, sobre un tablero (las guerras, calientes o frías, siempre han sido como un tablero de piezas dispuestas para vencer al rival haciendo los movimientos más inesperados e impredecibles) su hegemonía y dominio. Quién es el amo del universo? Esta prosaica cuestión se puso de manifiesto entre la entereza y gélida disposición de Spassky y la atolondrada y extrovertida, neurótica obsesión, de Bobby Fischer, un tipo curioso y extraño, que aquí se rodea de un sacerdote (el chaval aprendió a jugar en los locales de las iglesias), por cuya cabeza fluían todo tipo de psicóticas observaciones fruto de una mente sobrada pero inconsciente.

La Rioja

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