AMARGURA Y DESESPERACIÓN DEL PARADO

La ley del mercado 1

Así como en semanas anteriores el tono de mi escrito era animoso y casi festivo, celebrando por todo lo alto la llegada a las pantallas riojanas de un puñado de títulos de muy variado signo capaces por su argumento y temática de suscitar los deseos y pasiones más impacientes, no ocurre lo mismo con el capazo de largometrajes previsto para su estreno que llenarán a partir de mañana la cartelera comercial.
También es verdad que el entusiasmo encendido y sulfuroso estaba justificado porque las películas programadas eran conocidas, es decir, que ya las había visto en los preestrenos y, por lo tanto, tenía opinión propia para subrayar sus virtudes y mencionar una serie de recomendaciones que siempre viene bien detallarlas para que el lector y posible espectador las conozca y luego pueda contrastarlas o analizarlas de otra manera.
Aún así, siempre gotean largometrajes suficientemente publicitados con bastante antelación que bien elegida su propaganda acompañada de unas imágenes certeras y expectantes, provocan, cuando menos, un aviso muy bien estudiado y estratégicamente convalidado por expertos en la materia, sobre el posible potencial de una película. Puede ser el caso, por ejemplo, de “La verdad duele”, dirigida por Peter Landesman e interpretada en su papel principal por el carismático y arrollador actor norteamericano, Will Smith. Este intérprete, de quien no hace mucho vimos el thriller, “Focus”, estuvo no hace mucho en un conocido programa de entretenimiento de una cadena de TV privada en horario de máxima audiencia, despertando, entre otras cosas, las filias posibles para generar el ánimo de querer ver la película. Además, su argumento, típico yanki, está inspirado en hechos reales relacionados con la neurología deportivo y en concreto con los casos de suicidio entre jugadores ya retirados de fútbol americano. Pues bueno, esa es una de las historias que mañana entrarán en la cartelera.
Otra de la cintas de nacionalidad norteamericana y muy bien difundida e incluso en el mismo programa de entretenimiento que la anterior es “Zoolander 2″, escrita y dirigida por el comediante, Ben Stiller, tipo al que respeto y que me parece muy bien lo que hace. En este filme, de comedia local y extravagante, que gira alrededor de la moda en su vertiente más friki y cachonda, cuenta con un reparto lujoso y atractivo, de eficacia comprobada, encabezado por el propio autor de la descacharrante idea, y acompañado por Will Farrell, Owen Wilson y nuestra actriz más internacional, Penélope Cruz. La primera entrega de esta franquicia no tuve el placer de concederle mi curiosidad. No me llamó la atención y nada de lo que querían ofrecerme en imágenes me parecía digno de robarme dos horas de mi tiempo. No sé, pasado el tiempo, si me arrepentí. Lo único cierto que sabiendo de una continuación no quise enterarme del “asunto” que trataba la primera y, casi seguro, que pasaré también de “Zoolander 2″, a no ser que alguna voz de reputada solvencia y que cuente con todas mis garantías escriba o diga que se trata de un disparate de visión obligada.
Otro de los títulos previstos para mañana es, “Mejor…solteras”, otra comedia, esta vez dirigida por Christian Ditter. He visto secuencias de esta farsa, con humor escatológico incluído, que se apunta al carro de qué bien se está y cómo se lo montan los solteros y solteras, que viven en juergas continuas y cuando quieren sexo siempre hay peña dispuesta a entregarse a la causa sin rechistar. Dakota Johson, la muchachita virgina de “50 sombras de Grey” y la potente, Rebel Wilson (“Dando la nota”), son sus estandartes provocativos, encarnando la primera a una joven algo deprimida por una relación rota y la segunda una tipa sin prejuicios que la cobijará y le dará fortaleza para entregarse a causas más atrevidas y sugerentes. En fin, como muy visto ¿no?
EL NO ESTRENO
De las películas que, por ahora, no llegará a ningún cine de La Rioja está, “La ley del mercado”, una producción francesa de Stéphane Brizé, que estuvo en el festival de Cannes y que su actor principal, el galo, Vincent Lindon, obtuvo el máximo reconocimiento con el premio al mejor actor. Y no me extraña, porque este formidable actor está colosal y se sale en un papel de gran complejidad y tormento moral. Precisamente esta película sí que he tenido ocasión de ver y me disgusta bastante que nadie haya reparado en ella para ofrecérsela a los espectadores y cinéfilos riojanos. Además es una cinta que golpea en una línea de flotación como es la pérdida del trabajo habitual y la suerte de encontrar otro que más que una bendición es una tortura por su condición de vigilante de las actividades laborales de empleados de un gran súper mercado.
Lindon, como digo, fenomenal, y me quedo corto, encarna a Thierry, un parado, amargado, deprimido, hundido. Su careto lo dice todo. Su forma de andar, de hablar, de vestir resume su estado de ánimo y angustia vital. Está casado y tiene un hijo discapacitado. Ha realizado todos los cursos obligatorios aunque infructuosos porque su especialidad es otra completamente distinta. Necesita dinero. El director de su sucursal bancaria le solicita contrato de trabajo y justificantes de nóminas para concederle un préstamo. Desea desprenderse de una caravana para conseguir pasta. El trabajo es necesario, es como el maná, y cuando lo consigue, por las características del mismo, supervisor y sherif para que nadie robe ni haga chanchullos con los clientes del súper mercado, resulta que su situación de desamparo no amaina por las contradicciones morales que le supone su puesto.
Esta película, “La ley del mercado”, que tiene un componente social afilado, es otro ejemplo de ese cine “neorealista” que de vez en cuando llega a las pantallas, que no mira para otro lado, si no que a través de su vertiente de denuncia no sólo explora la situación de desprotección total del obrero, del empleado, sobre todo cuando tiene más de 50 años, sino que viene a recalcar la cantidad de trabajo basura, de contratos de mierda, mal pagados, con los que tiene que conformarse un padre de familia que verlo en la pantalla, como una ruina física y moral, llega a calar en el espectador. Y si cala es porque todo cuanto acontece en la pantalla tiene la inconfundible pátina de la verdad. Y la verdad, duele, como la película que he mencionado más arriba.

DOS PELÍCULAS QUE DEBEN VERSE

Este fin de semana se entregarán los premios Goya de la Academia del cine. “La novia”, de Paula Ortiz y “Truman”, de Ces Gay, parten como las favoritas para alzarse con los galardones más codiciados. Son a mi juicio, las películas grandes, aunque de presupuestos muy nuestros, de andar por casa. Pero con el dinero que se ha invertido se ha conseguido armar dos historias poderosas, la primera partiendo de un célebre texto teatro de Federico García Lorca, rodada con estilo llamativo y rompiendo ideas preconcebidas y prejuiciosas sobre lo que se podía esperar de una adaptación, y, la segunda es un guión original que habla de varios temas pero el principal asunto que aborda es el de la amistad duradera.
Hay más películas, por supuesto, como “Techo y comida” y “B” (ésta me ha gustado más de lo que en un principio podía esperar de ella), filmadas ajustándose al tipo de producción habitual en nuestro país, es decir, con presupuestos de andar por casa. Pero con resultados finales solventes y de gran eficacia. Lástima que a pesar de las inquietudes, siempre renovadas, de los cineastas españoles, el público, salvo honrosas excepciones, se muestre reacio o refractario hacia los productos que se realizan en nuestro territorio. Aún así, los espectadores que en su momento eligieron estas cintas para adentrarse en su argumentos, seguro que no salieron defraudados.
No insisto más en las obras candidatas a premios Goya porque en sus fechas de llegada a las carteleras comerciales ya tuve ocasión de escribir algún comentario sobre ellas.
Ahora lo que me pide el cuerpo es celebrar el estreno de dos grandes e importantes títulos del cine norteamericano. A partir de mañana el espectador de La Rioja tendrá la ocasión de disfrutar y apasionarse por dos producciones de diferente signo que a buen seguro colmarán las exigencias tanto cinéfilas como de entretenimiento de los espectadores. Además creo que son títulos esperados con cierta impaciencia que la gente quiere ver lo antes posible. Y que ambos están como candidatos a los Oscars de Hollywood en diferentes categorías.

“Carol”, de Todd Haynes (“Lejos del cielo”) es, ante todo, un filme intimista y delicado, de soberbia realización, rodado con tacto y elegancia, con una fotografía sublime, que un tono clásico, depurado y reposado, en la que la duración de los planos, gracias a un puntilloso montaje sereno y maestro, permite la total observación de emociones y sentimientos, en muchos momentos contradictorios, de dos mujeres que en la pacata y árida sociedad norteamericana de los años 50 se enamoran y viven una furtiva pero intensa historia de amor.
Se vive como se siente, y Carol (una Cate Blanchett a la altura o más de sus últimas y grandes interpretaciones) y Therese (muy apropiada Rooney Mara), son dos mujeres que luchan por encontrar su sitio en este mundo y de manera velada deciden apartarse de los patrones que una sociedad mojigata y cobarde tiene reservada al sexo femenino y rompiendo moldes deciden convertirse en amantes, no sin sortear los consabidos prejuicios y buscando la clandestinidad por culpa de una moralidad de rústica severidad.
La cinta de Todd Haynes, también guionista, tiene la fuerza y determinación que tenía en su tiempo las inmarchitables cintas del siempre recordado, Douglas Sirk, figura mayúscula del melodrama más arrebatado y detallista. Viendo “Carol” se acerca uno a la estructura y dramaturgia escalonada del autor “Tiempo de amar, tiempo de morir”, de belleza esplendorosa y personajes en conflictos internos y dudas existenciales. Es un cine de miradas, gestos, detalles y expresiones que afirman o reafirman deseos y aceptaciones. Todo ello equilibrado y perfectamente coreografiado, completando una dimensión emocional que rebasa lo anecdótico para convertirse en una inaprensinble poema de amor. Sin duda, una de las grandes películas de la temporada.
No hace mucho el actor, Leonardo DiCaprio, conseguía el Globo de Oro a la mejor interpretación masculina por “El renacido”, de Alejandro González Iñárritu. Cuando se vea esta colosal y espectacular cinta de aventuras se comprenderá, con juicio imperativo, por qué el actor de “El lobo de Wall Street” es merecedor, con el permiso de Michael Fassbernder y su rol de Steve Jobs, del Oscar por su papel del cazador y explorador, Glass.
Se ha escrito mucho de las condiciones metereológicas del rodaje. Muy duras, extremas, casi insoportables y calamitosas. Filmación en escenario naturales con temperaturas bajo cero. Toda esta hazaña y riesgo queda perfectamente recogido por la cámara manejada por el operador habitual de Iñárritu, Emmanuel Luzbezki. Si añado una producción costosa pero aplicada hasta la exageración en dotar de credibilidad a este relato inspirado en eventos reales, se consigue, sin la muletilla de los efectos digitales, una película de gran envergadura que te engancha desde el arranque, con una secuencia magistral y violenta, muy elaborada, que presenta a los personajes principales, y que luego, a partir de aquí, con la tensión en alza, hacia una historia de supervivencia y venganza, elementos tradicionales del western, en este caso muy inhóspito, que te hechiza por sus latigazos y sacudidas, poniéndote al lado del atribulado Hugh Glass.
Entre los momentos más impactantes del filme, destaca el feroz ataque de un oso grizzly que sufre Glass, siendo zarandeando, mordido y arañado con un dosis de verosimilitud que seguro no será grato a la vista de todos. Hacia tiempo que no veía en una pantalla grande semejante realismo. Resulta estremecedor. Entre el ruido, la fiereza del animal, su agresividad natural, los dientes mordisqueando la carne humana y las afiladas uñas del iracundo bicho rasgando la espalda del guiñapo, porque así se ve en la pantalla Leonardo DiCaprio, zarandeado como un trapo. Seguro que cuando los espectadores vean esta escena, no la olvidaran con facilidad.

EL MEJOR PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

Parece que fue ayer cuando veía por primera vez “Todos los hombres del presidente”, de Alan J. Pakula y un libreto del fenomenal guionista, William Goldman, una magnífica y arrolladora película que detallaba con precisión muy puntillosa el exhaustivo y entregado trabajo de dos periodistas del Whashington Post, Carl Berstein y Bob Woodward, que destaparon las más feas cloacas de la Casa Blanca en lo que se conoció como el caso “Watergate”. Los artículos, escritos no sin problemas y obstáculos, derivó, dos años más tarde del inicio de la pormenorizada y obsesiva investigación de los dos redactores, en la dimisión como Presidente de los EE.UU, Richard Nixon.
Aquella odisea significó no sólo la importancia de un medio de comunicación sino también el apoyo recibido tanto por la editora y propietaria del rotativo, la señora Graham, como el incondicional refrendo del director del periódico, el emblemático y toda una institución, Ben Bradle. Además ayudó a no pocos jóvenes a decidir qué querían ser de mayores: periodistas.

THE BOSTON GLOBE

A lo largo de la historia del cine la pantalla grande se ha interesado a veces con entusiasmo inusitado por las heroicidades de los informadores. Antes de “Todos los hombres del Presidente”, hubo títulos memorables que abordaban casos de hazañas de reporteros que bien servían para destacar su labor como para criticar y censurar comportamientos que ofendían a la ética del periodismo. También después de la célebre película interpretada por Robert Redford y Dustin Hoffman se han rodado argumentos en la que el periodismo era objeto de honra o agravio. No voy a extenderme en citar títulos porque a buen seguro cada lector y espectador tendrá sus preferidos.
Ahora, y tras su aplaudido pase por la sección a concurso del último festival de cine de Venecia, llega a las pantallas riojanas un largometraje, de tema periodístico, que les voy a recomendar de manera encarecida. Es decir, me gustaría que no se la perdieran y disfrutaran, otra vez, con la misma intensidad y fervor que lo hicieron a mediados de la década de los 70 con “Todos los hombres del Presidente”.
Se trata de “Spotlight”, escrita y dirigida por el cineasta, Tom McCarthy. De este realizador se han estrenado en nuestro país toda su filmografía. Se dio a conocer con la estupenda, “Vías cruzadas”. Nos robó el corazón con “The visitor”. Dejó constancia de su buen oficio en “Win,win” (“Ganamos todos”). Algo de perplejidad me causó, “Con la magia en los zapatos”, un vehículo comercial para que Ben Stiler rebajara su penosa faceta cómica. Y vuelve a engrandecer su figura con, “Spotlihgt”.
Esta cinta recrea de manera concienzuda el ardoroso e infatigable trabajo de un equipo de redactores del diario The Boston Globe que formaban una oficina cuyo principal cometido era realizar periodismo de investigación. Su habitáculo estaba colocado en las catacumbas, es decir, en el sótano de la redacción. Allí, sin luz exterior y sin ninguna ventana que perturbe su concentración, leían y analizaban infinidad de informes hasta localizar un hecho noticiable que albergara la posibilidad de destapar algún asunto de trascendencia. El grupo, en la película, está orientado por el actor, Michael Keaton, que ya sabía lo que era ser redactor jefe puesto que bajo las órdenes de Ron Howard había intervenido en el filme, “The paper”.
La llegada desde Miami de un nuevo redactor jefe, papel que interpreta el actor, Liev Schreiber, proporciona, entre un montón de casos, enmarcado en una columna de opinión, un tema, el de un caso de abusos sexuales por parte de un sacerdote adscrito a la diócesis de Boston, que bien pudiera ser un caso aislado o un detalle no investigado lo suficiente que mereciera una mejor atención por si fuera redundante en otros curas.
Tom McCarthy, partiendo de un guión robusto, inteligente, metódico, fiable, con buenos diálogos y situaciones tensas, que despiertan las emociones más rabiosas e indignantes, construye, siguiendo modelos clásicos, de elegante y funcional puesta en escena, el ardoroso seguimiento de los periodistas, con los que no cuesta nada identificarse, porque uno de los mejores pilares del filme es su reparto, con intérpretes que hacen creíbles sus roles, como el extraordinario y siempre genial, Mark Ruffalo, en el papel de Mike, uno de los redactores más entregados y valientes; la guapa Rachel McAdams, que encarna a Sacha, la única dama del grupo. Por cierto, esta actriz es la tercera vez que ejerce de periodista en la pantalla grande. Estos actores, junto a John Slattery, Stanley Tucci y Billy Crudup, forman un elenco actoral de gran pegada y total credibilidad.
En la película, que además es amena y entretenida, aparte del encomiable esfuerzo y derroche de perspicacia de sabuesos de los redactores, resistiendo encontronazos y algunos insultos, cuya hazaña queda muy bien detallada, la cinta, como no podía ser de otra manera, no sólo denuncia, sino que informa, privilegiando la verdad, y subrayando la importancia de una prensa libre y ajena a los intereses políticos, en un país, dichosos por la democracia, pero en el que muchas veces la prensa ha sido prisionera de cierta casta para airear y vocear sus discursos.
Aquí, todo el largometraje está contado desde el punto de vista de los periodistas, que anteponen el rigor y la veracidad, y, sobre todo, el compromiso consigo mismo y con los lectores, aunque alguno de estos les cause estupor e incomodidad la lectura de una primicia que saca a la luz los trapos sucios de pederasta y pedofilia de más de 100 sacerdotes, a los que cambiaban de parroquia o los ocultaban para evitar el escándalo.
Pues de todo esto trata, “Spotlight”, que como he escrito más arriba, me parece una de las grandes películas que se van a estrenar esta semana y que llega a la cartelera en bastantes cines de nuestra comunidad. Recomendación: a ver.

EL PASO DEL TIEMPO

EL ELIXIR DE LA ETERNA JUVENTUD

Otra formidable semana repleta de muchos y buenos estrenos que se van a añadir a los ya existentes en la cartelera comercial que abrirán nuevos frentes y otras miradas para cumplir con la expectativas más o menos exigentes de los espectadores riojanos.
Desde mi modesto punto de vista, ahora mismo, y salvo alguna ausencia significativa, hay un buen puñado de películas, algunas de ellas firmadas por realizadores que pueden gustar más o menos pero cuyas producciones establecen la etiqueta de “visión obligada”, que ofrecen un atractivo panorama tanto desde la perspectiva cómoda y fácil del más simple entretenimiento a otras propuestas barnizadas incluso con la pegatina, para lo bueno como para lo menos bueno, de “autor”, suficiente como para mantener un entusiasmo óptimo y satisfactorio.
Siempre hay tiempo para reprochar y molestarse porque determinados títulos, quizás, a mi juicio, y no por casualidad, los más interesantes, no estén disponibles en las mismas condiciones para un espectador, por ejemplo, de Madrid, Barcelona o Valencia. Si obvio este berrinche que por suerte no me afecta porque muchas de las cintas las he visto con antelación, sostengo que casi todos los largometrajes en exhibición merecen atención por un motivo u otro, aun sabiendo que las películas más publicitadas tienden ser más superficiales o entusiasmar y enganchar menos que otras de planteamiento más osado.

MICHAEL CAINE Y HARVEY KEITEL

Estos dos grandísimos actores, de talla mayúscula, de los que no hay que perderse sus trabajos, independientemente de la naturaleza del filme en el que intervengan (son valor añadido, seguro), son las dos estrellas que encabezan el cartel de “Youth” (“La juventud”), a mi modo de ver, el gran estreno de la semana. Está escrita y dirigida por Paolo Sorrentino, el mismo realizador de “La gran belleza”, título que dio que hablar, y mucho. Su cine tiene un encanto inaprensible. Es bello y poético. No escatima en detalles irónicos y mordaces. Y, entre otros asuntos, habla y reflexiona sobre el arte, en un sentido amplio, la cultura, el paso del tiempo, lo perdurable y lo efímero. De todo un poco y subrayando una voz propia y sugerente. Por lo tanto, ¿es un autor?. Va camino de ello o, por lo menos, se propone, sin disimulo manierista y narcisista, dejar constancia, en estilo y puesta en escena, que detrás de la cámara y sobre un guión sobrio y lleno de matices, hay un director de cine, alguien que se interesa y preocupa por envolver sus ideas bajo el paraguas del sello propio e intransferible, rozando y coqueteando con la pretenciosidad, su mayor enemigo.
“La juventud” es un poema irónico. Como una comedia dramática. Ocurren cosas que producen risa, pero no es hilarante; más bien doliente. Pocos personajes son felices. En su tiempo lo fueron. Pero ahora no. Y como los más importantes están en una etapa de su vida profesional que o te jubilas o te conceden premios por si acaso te mueres pronto.
La acción se desarrolla en un balneario ubicado en un paraje idílico de los Alpes. El sitio es una maravilla. Es un spa 5 estrellas cuya tarifa por los servicios prestados sólo se lo pueden permitir unos pocos. Entre estos están Michael Caine, soberbio y espectacular, que encarna a un prestigioso director de orquesta talludito que es contrario a recibir una distinción por parte de su majestad la Reina de Inglaterra. El otro es Harvey Keitel, un excéntrico y atormentado guionista de cine que se está en ese paraíso ultimando los retoques de su siguiente trabajo. Estos dos personajes constituyen el alma y centro neurálgico de la historia. Y los dos, metidos en una piscina, tipo jacuzzi, protagonizan el momento más sublime de la película y cuya trascendencia, por la jeta de ambos, es rescatada para el cartel publicitario de “La juventud”. Esa escena es testimonio y justificación más que colosal de por qué la obra de Sorrentino se titula “La juventud”. Como digo, los dos tipos, maduritos y en una edad difícil y perjudicada por el deterioro de la salud, ven entrar en el agua, completamente desnuda, a una cliente, que no es otra que un bellezón, una joven mulata, miss universo, aunque con una cabeza muy bien amueblada, que despide una conexión erótico/sensual irreprimible que los dos personajes lo dicen todo con sus insuperables rictus y mohines. Sencillamente, fantástico.
Además por el balneario pululan otros personajes. Hay uno que es un sosias de Maradona, con un parecido físico perfecto, intentando perder kilos. La bella Rachel Weisz, hace de hija de Michael Caine, pasa por apuros sentimentales y luego está otro actor que encarna a un actor joven de Hollywood cansado de repetir siempre papeles de robot.
En fin, un filme que hay que ver obligatoriamente que además tiene también en el reparto una breve aparición de la actriz, Vanesa Redgrave. Y en el apartado musical subrayar la utilización en dos momentos muy delicados de la historia de una conocida y bonita balada del grupo británico de rock progresivo, Yes.

EL CINE QUE NO LLEGA

Ojeando la cartelera comercial de mañana observo la creciente dificultad para encontrar en los locales de exhibición cinematográfica de la comunidad ese título destellante que un servidor ha tenido ocasión de apreciar en los festivales de cine que visita y que permanece ausente, una semana más, de nuestras pantallas.
En esta ocasión me estoy refiriendo al curioso, sorprendente y simpático filme, “El extraordinario viaje de T.S. Spivet”, escrito entre Jean-Pierre Jeunet y Guillaume Laurant, y dirigido por el primero.
El autor de “Delicatessen”, fiel a su proverbial y polivalente estilo visual, pleno de recursos narrativos y de cuidada estética visual, propone, una vez más, una imaginativa fantasía, mezcla de aventura y road movie, en el que un despierto chaval de 12 años, que vive con sus padres en una granja de Montana, emprende en solitario un viaje hasta Chicago para recoger un premio otorgado por una prestigiosa institución científica.
La película, rodada con mucho gusto y poseedora de una fotografía muy elaborada, está dividida en capítulos. La primera hora es fascinante y rica en matices y descripciones. Dibuja con gracia e ironía a la familia de granjeros, en el que vemos al padre perfilado como un genuino y tosco cowboy y una madre obsesionada con meticulosidad por los insectos. En este ambiente y con una educación en la que se juntan dos ADN poco ortodoxos, el inteligente chaval logra despertar un interés por materias de variada índole, mostrándose en la pantalla a modo de gráficos y fórmulas sus extraordinarias dotes para los cálculos y su capacidad creativa para la investigación y los experimentos.
Con este alucinante bajage, de indudable precocidad, y sin el consentimiento de sus extrovertidos padres, el inquieto e intrépido muchacho se lanza a recorrer de Oeste a Este una larga travesía, entre emocional y sentimental, utilizando varios medios de transporte, para llegar a un foro de sesudos científicos en los que impartirá una conferencia sentando las bases de sus razonadas teorías.
El filme, pese a su extravagante naturaleza, tiene toque y aroma muy americana, de aventura iniciática, algo disparatada y rocambolesca, pero subrayando los elementos icónicos, ambientes, postulados desde hace años por el cine norteamericano, entre la idealización y la desmitificación. Inclusive, en su tramo final, el bautizado como “el Este”, Jean Pierre Jeunet aprovecha la ironía y la mala leche que le caracteriza para criticar y denunciar a personajes como el interpretado por Judy Davis, una oportunista que quiere aprovecharse de T.S. Spivet y lanzarlo a la fama a través de un apestoso programa de televisión.
Confío que el día de mañana este apreciable título pueda verse en la obligada VO en el Teatro Bretón o en la Filmoteca Rafael Azcona.

–————————————————-CASINO JACK————————————————-

De los estrenos de la semana pasada, de esos que pasan sin dejar huella y como una exhalación, me llamó la atención la cinta, “Corrupción en el poder”, dirigida por, George Hickenlooper. Se trata de una producción del año 2010, estrenada ahora de tapadillo, sin apenas publicidad e inspirada en hechor reales. Curiosamente, tras finalizar el rodaje, su director falleció con apenas 47 años.
La película, intepretada con un cinismo galopante por el actor, Kevin Spacey, es una furibunda diatriba contra los aledaños del poder, es decir, los famosos y corruptos, lobbys. Al inicio del filme te explican el significado de la palabra, bastante utilizada hoy en día por los picajosos medios de comunicación. Al escuchar su definición, sientes miedo y asco a la vez. Se trata de grupos poderosos que con una maestría marrullera influyen en personas con mucha pasta para favorecer determinados intereses y obtener pingües beneficios.
Kevin Spacey encarna al lobbista, Jack Abramoff, un tipo inmoral y sin escrúpulos, cercano a la administración republicana (son los años de George Bush Jr como Presidente) que maneja un sucio e ilegal tinglado supuestamente para favorecer a una minoría india ante el Congreso que esconde y oculta una torticera maniobra para hacer negocio en Florida con unos barcos convertidos en casinos flotantes.
Entre los temas que aborda el largometraje hay uno que me atrae bastante. Y es la forma en la que actúa la justicia en los EE.UU. No hay esos aforamientos que rompen el equilibrio de igualdades y que si cometes delito te juzgan y te meten en la cárcel. Conviene ver la cinta hasta los títulos de créditos finales porque se ven imágenes del verdadero Jack Abramoff en actos políticos republicanos hablando bondades de sus líderes.

CANTA A LA VIDA

Aunque no lo parece, estamos en verano, y como es costumbre en estas fechas, las distribuidoras de cine reservan para la canícula sus lotes de películas de saldo. Es decir, un puñado de títulos que salvo honrosas excepciones carecen de atractivo hechizante y fulminante.
Aún así siempre es menester estar alerta y detectar oportunidades. No bajar la guardia y pese a la temporada vacacional es preferible seguir coqueteando con la afición al séptimo arte por si entre tanto descarte se cuela alguna obra que merezca la pena repasar.

TESTOSTERONA

Este no es el caso de, “Sabotaje”, título que ya he tenido la ocasión de ver y, a mi juicio, sólo recomendable para los tronados incondicionales de los filmes de persecuciones y mamporros. Está dirigida por el realizador norteamericano, David Ayer (1968), responsable, entre otros trabajos, de producciones como, “Sin tregua”, “Dueños de la calle y “Vidas al límite”.
Todas ellas relacionadas con el thriller, el cine policíaco y la trama criminal. Tienen un poso de amargura y tragedia. Están armadas con fiereza y componen miradas escépticas sobre el mundo de la ley. En sus discursos se pueden detectar denuncias y corrupciones de variado pelaje. Unido todo forman un relato áspero y vibrante.
De este perfil se descuelga, “Sabotaje”, simple e iracunda, con toques gore (cadáver atornillado al techo y cuerpos humanos despanzurrados que una cámara morbosa no duda en filmar tripas e intestinos), sobre un grupo especial de agentes de la DEA, encabezado por John Breacher (Arnold Schwarzenegger), que tras una misión desastrosa contra un cartel de narcotraficanes en la que asuntos internos sospecha que se quedaron con el botín, son apartados del trabajo y cuando se les vuelve a entregar las credenciales y armas, alguien, sólo o acompañado, está eliminando, de una forma salvaje y cruel, a los miembros del grupo.
Venganza y traición, lealtades y renuncias, son algunos de los temas que se cruzan por su agitada historia, algo previsible, que llama la atención porque los componentes son casi todo hombres y la única mujer, Lizzy, encarnada por la actriz, Mereille Enos, rezuma una ansiedad varonil que sus reuniones y ejercicios se convierte en un canto a la testosterona. El poco toque femenino lo pone, Olivia Williams, que interpreta a la agente federal, Caroline, encargada de investigar de cerca a los sospechosos de haberse apropiado 10 millones de dólares.

LAS CANCIONES COMO TERAPIA

Otra cinta que ya he tenido ocasión de disfrutar es, “Amanece en Edimburgo”, que entra mañana en la cartelera y además lo hace en su versión doblada al castellano y subtitulada. Ni que decir tiene que recomiendo encarecidamente la VO. Está dirigida por, Dexter Fletcher (“Wild Bill”) y se trata de un melodrama musical que toca varías vías aunque siempre se impone la sentimental.
Dos jóvenes soldados que han intervenido en una trágica operación en Afganistán, regresan a su ciudad, Edimburgo. Aquí, en medio de una ciudad preciosa y captada en tono festivo, se reencuentran con la familia, los amigos y las novias. Todos los conflictos se plantean, se desarrollan y se resuelven con la interpretación de las canciones del grupo, The Proclaimers.
El espectador asiste a una serie de situaciones cotidianas y universales. Los hogares, las calles escocesas y los pubs son los escenarios en los que acontece la acción. Entre lo más destacado del filme está la poderosa interpretación del actor, Peter Mullan. Sobre él y su mujer recae la diáspora más incisiva, aunque se corrige con un tono demasiado melindroso.
La película es agradable y muy agradecida. Disfrutas observando las veleidades de los sentimientos y las emociones de los jóvenes, su presente y su futuro, sus momentos dulces y sus insignificantes rifirrafes. Y, sobre todo, es la frescura que aporta un musical que aunque intrascendente y algo melifluo, logra contagiarte la pasión por la música y las soluciones a los problemas resueltos en medio de la calle con la solidaridad de los traseúntes que se unen al jolgorio interpretando los populares temas del repertorio de los The Proclaimers.

COLOSOS DEL SEXO

BUENA CARTELERA PARA LA SEMANA ENTRANTE
Nunca es tarde si la dicha es buena. Esta frase hecha viene a colación por la inesperada aunque satisfactoria entrada en la cartelera comercial riojana de un par de títulos fechados en meses anteriores y que ahora al calor del verano sofocante encuentran un hueco en la programación.
Siempre es refrescante y valioso tomar posición ante la llegada de material que sabes avalado por su paso por los festivales de cine o juzgado y recomendado con cariño por los profesionales de la información cinematográfica que han tenido la oportunidad de valorar sus imágenes anticipadamente.
En esa misma línea me sitio para llamar la atención del posible lector y espectador y subrayar la emoción que me produce que dos películas que ya he tenido ocasión de ver con antelación lleguen a las pantallas de Logroño. Me refiero a los largometrajes, “Las vidas de Grace”, que la vi en la prestigiosa Seminci vallisoletana; está dirigida por, Destin Daniel Cratton; y la otra es “Stockholm”, una producción española, de notable aceptación, realizada por Rodrigo Sorogoyen e interpretada por los actores, Javier Pereira y Aura Garrido. Si que es verdad que ésta última ya tuvo un pase en el Teatro Bretón a propósito de su elección para ilustrar el ciclo de proyecciones especiales los domingos a las 19.30. En cualquier caso, y a rebufo de las temperaturas calentitas de estos días, no está de más volver sobre ella para llenar cualquier hueco que en su momento no se llenó, recuperarla si nos dejó KO en su primer pase o acudir sin más a disfrutar de una cinta que ha cosechado encendidos entusiasmos.
Estas dos obras gozan, además, de estar enfocadas y planteadas con mimbres exigentes. Tocan temas de interés y sus propuestas son apetecibles y rigurosas. Te invitan a contemplar situaciones cotidianas y universales en la vida laboral y afectiva. Por lo tanto, sus puntos de vista, nada frágiles y baladís, apuntan, y es de destacar, hacia personajes y entornos de gente más o menos joven, con su problemas, alegrías y fracasos.
“Las dos vidas de Grace”, es un drama que resulta más lógico apuntarlo por su título original, “Short Term 12”, que hace referencia a un centro de acogida de adolescentes especiales en el que el foco principal se pone narrativamente desde los sentimientos y emociones que transforman a una de sus entregadas monitoras, Grace (Brie Larson) cuando se interesa por una nueva paciente que padece traumas afilados (abusos sexuales por parte de su padre) y que le arrebata la estabilidad.
Más evanescente resulta, “Stockholm”, otra prueba del aguerrido e intrépido cine español, rodada en un impecable blanco y negro, cuya acción transcurre durante una noche y la mañana siguiente, que comienza como una comedia típica y tópica de chico busca chica, chico encuentra chica, chico y chica se acuestan, y chico y chica…bueno aquí mejor no escribir nada más, dejar un poso de suspense (sí, ya sé, un suspense de escasa enjundia y originalidad; pero no sé hacerlo mejor) y que sea el espectador el que tropieze y se desconcierte con la parte final de la película, quizás uno de sus pilares más sólido, por lo menos, para mí. Por cierto, tanto Javier Pereria como Aura Garrido están maravillosos; con una gran química entre ellos y muy convincentes en sus respectivos roles. Gracias a su trabajo interpretativo consiguen meterse al público en el bolsillo. Pocas situaciones y diálogos muy elaborados y espontáneos refuerzan una comedia romántica con tintes trágicos que gana con el paso de su metraje.

–———————————-COLOSOS DEL SEXO——————————————————

Mañana llega a la cartelera, “Sex tape: algo pasa la nube”, de Jake Kasdan, con Cameron Diaz y Jason Segel, componiendo un matrimonio fogoso y al que le gusta divertirse fornicando. Sus ganas e ímpetus son irrefrenables y para poner a prueba su osadía y atrevimiento acuerdan darse un homenaje en su estabilidad sexual que organizan una orgía sin tapujos filmándose en sus circenses posturas coitales. Ni que decir tiene que la juerga es todo un éxito pero la grabación en vez de quedarse en el disco duro o ir a parar a la papelera como un desecho queda divulgado en el nuevo espacio virtual conocido como “la nube” al que tiene acceso todo el que esté interesado. Abochornados y desquiciados emprenden contra reloj la tarea de evitar que el lujurioso contenido llegue a los ojos de su entorno familiar y profesional. Sin más. Puede estar graciosa. Me la apunto para este fin de semana. Tiene algo de friki y tontorrona que es necesario descubrir. Ya veré.
“Vampire Academy”, de Mark Waters y “Llenar el vacío”, codirigida por Rama Burshtein y Yigal Bursztyn, amplían las posibilidades de ver cine diferente y de variado pelaje.

PELÍCULAS DE VERANO

OLEAJE CINEMATOGRÁFICO
El verano es la época del año que con bastante diferencia absorbo la menor cantidad de celuloide. Mis quince días de vacaciones son genuinamente playeros. De relax y descanso. La lectura ocupa un espacio importante. Todos los días el periódico y por las tardes, los libros. “Una verdad delicada”, de John Le Carre, que no me ha entusiasmado, y “Hasta el último aliento”, de José Giovanni, excelente y briosa novela, además de lecturas cinematográficas, han sido los libros elegidos para esta canícula.
Pero no me olvido de los estrenos. Me suelo escapar a Valencia, a veinte minutos del Mareyn de Barraquetes (Sueca), lugar que elijo para disfrutar del período vacacional, y tratar de encontrar, entre tanto programa comercial, alguna película que me satisfaga y que rompa con una cierta rutina de producto veraniego. Y qué duda cabe que entre tanto material de saldo siempre hay en la cartelera un par de obras que hagan que el desplazamiento valga la pena.

MÚSICA Y SENTIMIENTOS

No desaproveché la tarde viendo y disfrutando, “Begin again”, una estupenda, entretenida, emotiva y moralista fábula en clave musical dirigida por John Carney, el mismo cineasta de la apreciable, “Once”.
Muy bien interpretada en su elenco actoral por la estrella, Keira Knightley y el siempre resuelto e interesante, Mark Ruffalo. Ni que decir tiene que a éste último habría que empezar a tenerlo muy en cuenta porque a parte de elegir muy bien los proyectos es un hombre fascinante, completo, que se atreve con todo y rara vez desbarra.
La pinta que tiene, a mi juicio, la producción es de las que te enganchan desde los primeros fotogramas. Se trata de una cinta con todas las características, para lo bueno y lo regular, del cine independiente. Historia de medio perdedores (me encanta, me fascina, esa semblanza muy enraizada en la cultura norteamericana), de sueños, frustraciones, alegrías y pequeños triunfos. Sus diez minutos iniciales son bellísimos y colosales: un puñado de personajes, de linaje diverso, se reúnen en un garito de copas y el guión relata los pasos que cada uno ha dado hasta llegar al bar y conocerse gracias a la música. Los derroteros siguientes por lo que se desarrolla la historia tiene de todo un poco, desde su lado condescendiente en la observación de las dificultades para criar a los hijos adolescentes y conciliar esa lucha entre padres separados, con la visión, no sin ironía, del actual negocio discográfico, prefabricado y sin fantasía y riesgo.
A mi me parece que “Begin again” es un largometraje muy digno, que toca temas de interés, que retrata con gusto lugares de Nueva York y que no cae en la tentación del cuento baboso y melindroso. Salvando las distancias, se parece, se acerca o son de idéntica estirpe a “Francis Ha”, otro filme de patrones similares. Si todavía no han visto el último trabajo de John Carney, háganme caso, vayan a verla y disfruten de una velada romántica (en el mejor sentido de la palabra) y paladeen su frescura y entusiasmo.

FRITANGA CUBANA

Convencional y sosa anoté en mi inseparable libreta cuando salí de visionar, “Chef”, escrita, interpretada y dirigida por Jon Favreau. No me hizo falta más adjetivos. Tampoco me propuse calentarme la sesera para calificar esta película como predecible y aburrida. Si en un periódico tuviera que coronar mi reseña con una numeración o ristra de símbolos, como estrellas, no pasaría del 1. Más sería traicionarme y estafar al lector. Y la verdad es que la gente, es decir, el público, disfrutó bastante con las tribulaciones de un cocinero experimental que se larga del restaurante en el que trabaja porque su jefe, el siempre magnífico, Dustin Hoffman, le exige que se ciña al menú tradicional y se deje de experimentos. A parte de este conflicto, su enfrentamiento con un famoso e icónico crítico gastronómico le empuja a replantearse un nuevo giro en su cocina. Tanto es así que cambia el lujo por una camioneta donde sirve bocatas de origen cubano. El asunto se convierte en un éxito y además logra empatizar con su hijo y que su ex le tenga en cuenta por si existe la posibilidad de un arreglo. John Leguizano hace de pinche de confianza y Robert Downey Jr se gana con creces el cocido. Poca cosa.

HORROR A TRAVÉS DEL OBJETIVO

Me gustó bastante, “Mil veces buenas noches”, un duro y escalofriante relato dirigido por el noruego, Erik Poppe. Una obra, para nada cómoda, que abre un áspero y espinoso debate en torno a lo que capta el objetivo de una reportera gráfica en lugares conflictivos y arriesgados.
Cine moral a la hora de medir el horror de la guerra y la vida. Sus secuelas y consecuencias. Reflexión sobre periodismo y encrucijada del testigo que ve desfilar acontecimientos que te repelen pero tienes que fotografiarlos o contarlos.
El personaje central se llama Rebeca, interpretada por Juliett Binoche. Fotógrafa experta y con instinto. Veterana y aguerrida. Meticulosa y apasionada. No deja rescoldos por recoger con su herramienta. En Afganistán asiste a los preparativos de una mujer bomba. Su entereza, pulso y sangre fría no la conmueven. Pero cuando estalla el artefacto y su honda expansiva le alcanza, queda dañada. Entonces se replantea asuntos de calado humano y profesional. Porque es una deflagración que te indica que este mundo, de la que ella es testigo privilegiada, es una locura, una aterradora tragedia imparable. Ella observa que todo está dividido y podrido. Que entre todos nos estamos cargando la belleza de la vida. Y Rebeca tiene un marido, y dos hijas. Y esta gente también opina. Y tienen sus sentimientos y posicionamiento acerca de lo que hace y a lo que se dedica Rebeca. Cuando regresa a casa, es testigo de otro conflicto, en este caso, familiar; y muy grave. Tiene que saber vivir sin la cámara…pero cuesta tanto.
Todavía está en cartel este filme muy recomendable que no habría que perder de vista porque plantea y sugiere temas llamativos y que no dejan a nadie indiferentes.

SEMANA TRIUNFAL EN LA CARTELERA COMERCIAL

SEMANA MUY ILUSTRADA

Si me atengo a manoseadas frases publicitarias tipo SEMANA FANTÁSTICA pecaré de falta de inventiva para definir la gloriosa y memorable entrada de cine comercial que a partir del próximo viernes alumbrará uno de los mejores fines de semana que se recuerden.
Y no es para menos. Pocas veces ocurre un fenómeno de tal magnitud, sobre todo en las salas de provincia. Las ciudades grandes, con su variedad de complejos y posibilidad de encontrar en empresas de exhibición caracterizadas por una cinefilia recalcitrante encontrar el título (por ejemplo, “La academia de las musas”, de José Luis Guerín) más relevante aunque menos conocido, en ocasiones, filmes que han pasado por festivales de cine recibiendo los mejores elogios o premios del público.
Logroño, por fortuna, y suerte para los espectadores, en ese sentido, va a estar de enhorabuena. No tenía ninguna duda que los largometrajes más anunciados y esperados iban a tener su hueco preferente. De esta manera y en varias salas, el público va a tener la ocasión de apreciar la última virguería y quisquilloso enredo de Quetin Tarantino. Su western, “Los odiosos ocho”, con su espectacular formato 70 m.m., va a ser, a buen seguro, una de las cintas preferidas, me imagino, no sólo por los incondicionales del “gamberrete” realizador, sino también por los amantes del cine. Que verdad es, o, por lo menos a mí me lo parece, sentirse a gusto, sentado en tu butaca, con la pantalla cubierta por el impresionante foco panorámico de la cámara de proyección, disfrutando una vez más del aliento y pálpito que transmite el autor de “Reservoir dogs” cuando acomete un proyecto, casi siempre ambicioso, que echa raíces y busca su inspiración en géneros capitales de otras épocas de esplendor retrealimentándolos de toda su mítica parafernalia y reinterpretándolos a fin a su particular estilo de escribir sus historias.
Me da la sensación que desde los primeros minutos de “Hateful eight” sabes a ciencia cierta que el responsable de semejante inicio, con esa verborrea incesante, y la tipología de personajes, incluida una chica, son obra y propiedad de Tarantino, que será lo que es, pero es indudable que sus imágenes tienes fuerza, enganchan, sacuden, vibran por sí solas y poseen una violencia paródica.
Como en anteriores filmes del realizador norteamericano, la cinta está dividida en capítulos y su estructura recuerda, salvando las distancias, a “Reservoir dogs”, en la que un grupo de hombres, de muy distinto signo, se reúnen, atrapados por una inclemente tormenta de nieve, en una parada de diligencias en la que dos cazarecompensas, Kurt Russell y Samuel L. Jackson, deben manejar una situación en apariencia fácil con otros tipos también detenidos por la ventisca pero que un envenenamiento pone en alerta la sagacidad detectivesca de Jackson, desatándose una vendaval de ambiciones marca de la fábrica.

EL HOLOCAUSTO NAZI

Si “Los odiosos ocho” es un estreno fiable, recomendable, que cuentas con él, que sabes que se va a proyectar sí o sí, la gran sorpresa ha sido la aparición en la cartelera comercial de uno de los filmes más sorprendentes, arriesgados y fascinantes que he visto en los últimos tiempos.
Tomad buena nota, seguid mi consejo y en cuanto podáis precipitaros sin dilación a ver, “El hijo de Saúl”, cine húngaro dirigido por el joven, László Nemes. Brilló en el festival de Cannes. Allí consiguió el prestigioso reconocimiento que otorga la Asociación Internacional de escritores cinematográficos, FIPRESCI. Los que tuvieron la ocasión de verla en la ciudad francesa ya dejaron nota y constancia que se trataba de una obra impecable y furibunda, humana y terrorífica, de una pegada tremenda, que dejaba al crítico de cine extenuado y con las tripas revueltas. Las crónicas apuntaban a un relato que acongojaba y acojonaba. Te sumía en una depresión difícil de soportar.
Ante semejante avalancha de comentarios afilados y expectantes, en el Zinemaldia del año pasado, se pasaba en la sección de Perlas de otros festivales. La expectación que había levantado era de tal magnitud que el día de su proyección hice un hueco en la agenda para hacer todo lo posible para verla. Así, en el Teatro Victoria Eugenia, a las 11.30 de la noche y en la segunda fila, no me metí, sino que su realizador me trasladó, casi en volandas, al corazón mismo del holocausto, a seguir, y nunca mejor dicho, al lado de Sául, un atribulado sonderkommando, es decir, un prisionero de un campo de concentración escogido por los oficiales alemanes al mando para ayudarles al exterminio de los judios.
Su peripecia es de tal magnitud humana que conmueve su arrojo y obsesión. Resulta que entre los cadáveres de las cámaras de gas, Sául cree reconocer a su hijo. Aturdido pero empecinado también, se propone que un compañero de confianza le esconda el cuerpo mientras él se dedica a buscar un rabino para poder enterrarlo siguiendo el ritual de su religión.
La misión parece fácil. ¡Ja,Ja! Esta estructura es aprovechada por László Nemes para arrastrarnos, ¡qué digo! sumergirnos en el terror más despiadado y cruel del genocidio, con una cámara prácticamente en el cogote que no se separa de Sául y que lo sigue por los mataderos más escalofriantes (cámaras de gas, crematorios, fosas comunes) que utilizaban los nazis para deshacerse de los judíos. Entre el afligido rostro de Sául siempre hay un leve movimiento de cámara que nos permite ver, sin gratuidad alguna, las fases macabras y aniquilatorias de los alemanes, su salvajismo, su demencia, su locura, en imágenes impactantes, en primer plano o en off, de una dureza que te hunde y te apaga.
Sin duda, “El hijo de Sául” va a ser una de las grandes películas de esta temporada. Quien tenga la valentía y la afición por el buen cine de verla, a buen seguro, saldrá no sólo conmocionado, sino maravillado por el sensacional documento que acaba de visionar.

CAMBIO DE SEXO

Otra de las cintas que he visto y que también entran en la cartelera es, “The Danish girl”, de Tom Hooper, autor de obras como “Los miserables” y “El discurso del rey”. Título de gran belleza y elegancia formal pero que será recordado, principalmente, por la portentosa y conseguidísima interpretación del actor británico, Eddie Redmayen, que lleva hasta sus últimas consecuencias el accidente de haber nacido como Einar, es decir, como hombre, cuando su cuerpo, tal como se demuestra y con notable sensibilidad y tacto, era de mujer, hasta convertirse, con el apoyo de su mujer, Gerda (Alicia Vikander) en Lili; y más tarde, con un espíritu muy valiente, en una mujer, tras someterse casi a experimentales operaciones de transgénero en Dresde, en período de entreguerras.
De esta película me ha llamado la atención, como he escrito más arriba, el encanto y detalle de la puntillosa interpretación del ganador de un Oscar por “La teoría del todo”. Me ha parecido suprema, de una gran altura y perfección. Fina y soberana, sin mucha alharaca y gestos para la galería. Cuando y cómo descubre la delicadeza de los tejidos de la ropa íntima de mujer es fabulosa. Y el momento que previo a hacer el amor con su esposa ésta lo desnuda y va descubriendo que bajo la camisa y el pantalón masculino, Einar, empieza a utilizar la corsetería y los calzones (hoy braguitas o culottes) femeninos es un sublime y emotivo, entre otras razones porque a su vez, Gerda, va teniendo conciencia que su marido se le escapa mientras está encontrando a una amiga.

VUELVEN LOS ESPÍAS RUSOS

¡QUÉ VIENEN LOS RUSOS!

Que gran añoranza me produce recordar con cariño y nostalgia aquellos cachondos trabajos cinematográficos de la industria del entretenimiento estadounidense cuando en tono de mofa y befa ironizaba divertidamente con el asomo de las peligrosas y temibles huestes de rusos comunistas para invadir el país y practicarles un terrible navajazo en su mítica sociedad libre y próspera para someterles a la dañina y enemiga doctrina bolchevique.
El terror rojo deparó un sinfín de títulos, algunos muy buenos, casi todos propagandísticos, pero sin duda uno de los que dejó una huella imborrable ese fue una simpática y espontánea comedia realizada en 1966 por Norman Jewinson que se tituló, ¡Qué vienen los rusos!, una descafeinada y bienintencionada parábola que con el transcurrir del tiempo envejeció bien y propuso una almibarada distensión de los bloques que era de agradecer pese a lo impensable de su ocurrente trama. Por supuesto que en la memoria de todos se agolpan preferentemente las cintas de espías que se desarrollaban en clave de thriller o drama. Más oscuras, siniestras y perversas. Y, algunas, de mucho fuste y misterio. De esa hornada, por simplificar y generalizar el tema, me apasionó por su garra y negrura, “El mensajero del miedo”, dirigida por el olvidado y excelente cineasta, John Frankeheimer, un especialista del cine acción, en su concepción más amplia. De ese largometraje, interpretado, entre otros, por Frank Sinatra y Lawrence Harvey, he conseguido, gracias a internet, hacerme con la novela de Richard Condon en la que se inspiraron los guionistas.
Todo este pequeño prólogo viene a colación porque por fin entra en la cartelera comercial riojana la última producción dirigida por, Steven Spielberg, “El puente de los espías”, en la que vuelve a inspirarse en eventos reales, tal como hiciera con “Lincoln”. En esta ocasión parte de los hechos acaecidos en la década de los 50, quizás una de las más tensas y paranoicas acerca de la presencia de una cultura comunista en una sociedad tan refractaria a este modelo ideológico como la norteamericana.
Spielberg, un realizador todavía con prestigio y criterio, por lo menos en lo que a mí respecta, fiable y emocional, excelente narrador, cuenta, con la apreciable presencia de Tom Hanks como principal baluarte del concepto de actor como propuesta liberal de posibles tesis que pudieran suscitarse, la historia del abogado, James B. Donovan (Hanks), que tuvo que hacerse cargo de la defensa del pintor, Rudolf Abel, agente soviético infiltrado en los EE.UU., que tras ser detenido por el FBI se le formó juicio por espía. Ni que decir tiene que una detención de semejante calibre en un país que demonizaba a todo el que era o se hacía pasar por rojo significaba un triunfo patriótico de alcance estratosférico.
Por lo tanto se trata, creo, que una inmejorable oportunidad para volver a reencontrarse con las claves de un cine mayúsculo y singular, el de los años 50, servido por un hombre, Spielberg, honesto en estos cometidos, que cuando le ha tocado rodar thrillers, como, “Munich”, que me gustó bastante, lo hace desde una perspectiva que no anula para nada el contenido riguroso, quizás en su versión más acomodaticia, con el espectáculo que siempre auguran sus montajes.
Será porque me gusta el género, será porque la firma de Steven Spielberge, como la de Woody Allen, o cuando filmaba, Stanley Kubrick, me parecen de una fiabilidad rocosa y perdurable, suficiente para generarme, aparte de admiración, una ganas incontrolables de ver cuanto antes sus propuestas, sean del signo que sean, aunque prefiero, como no podía ser de otra manera, el cine de misterio y suspense, convertido en thrillers apasionantes y vibrantes. Eso lo que espero de “El puente de los espías”, aquí, por lo que he leído, en su vertiente psicológica, la de un tipo, Hanks como incómodo abogado defensor de un espía soviético, analizado con lupa por una sociedad tan pagada de sí misma que sólo la simpatía por el diablo (URSS) significaba el agravio más grave jamás perpetrado.

OTRO CINE

De igual manera, otros títulos, de muy diferente condición, van a llegar a la cartelera comercial riojana. Desde mi modesto punto de vista llama la atención, otra vez, el excelente y arriesgado pulso que mantiene el complejo de cines de Logroño, “Moderno”, al programar, casi de manera temeraria, la película, “Langosta”, firmada por uno de los autores más inquietantes a la vez que controvertidos del panorama europeo, el griego, Yorgos Lanthinos, responsable de algunos títulos impactantes y raros como, “Canino”, que se convirtió en un producto viral, y, “Alps”, también extraño y sorprendente. Estoy hablando de cine de autor con mayúsculas. Se podrá estar de acuerdo, o gustar o no gustar, pero qué duda cabe que las propuestas de Lanthinos no son precisamente cuentos de hadas que se despachan con facilidad y uno se desprenda de sus argumentos y discursos como quien se bebe un vaso de agua. Su retranca y malestar no dejan indiferentes a nadie y “Langosta”, con un cartel actoral ambicioso, encabezado por Collin Farrell y la guapísima, Rachel Weisz, entronca, al parecer, con un mundo tan provocativo y sorprendente que la palabra más utilizada por los comentaristas de cine que la vieron en el festival de cine de Cannes fue, distópico.
La película habría que adscribirla al género de la ciencia-ficción o de la fantasía futurista en la que los hombres no pueden permanecer solteros; y si sucede el caso, la autoridad competente, le da de margen 45 días para que arregle la situación.
No deja de ser un planteamiento original y temerario, y si hacemos memoria y traemos las perturbadoras imágenes de sus anteriores filmes me pongo en la función de “avisador” para advertir qué semejante idea tiene la garantía de su autor, para lo bueno y lo malo, y que es una gran oportunidad para seguir valorando y apreciando propuestas tan significativas y personales como la de Lanthinos, alguien que está al margen de modas y mercados.

El complejo de cines “7 Infantes”, antiguos Golem, tampoco se quedan atrás y proponen a su público y aficionados una película española de corte social, “Techo y comida”, de Juan Miguel del Castillo en la dirección y la actriz, Natalia de Molina encabezando el reparto. Tiene buena pinta y voy a ver cómo cuadro los horarios para poder visionar al menos 3 de los 4 largometrajes que se estrenan esta semana, dejando en “El corazón del mar” para mejor ocasión, o quizás, para entre semana.

LOS APELLIDOS CATALANES LLENAN LAS PANTALLAS RIOJANAS

LOS APELLIDOS OTRA VEZ AL ATAQUE

El foco de atención referente a los estrenos de la semana va a estar monopolizado, como no podía ser de otra manera, por la aparición en cartelera comercial de la nueva aventura irónico/humorista de Emilio Martínez Lázaro, “8 apellidos catalanes”.
Con el mismo equipo de guionistas, Cobeaga y San José, se busca, y a buen seguro lo logrará, atraer la atención del público, que ya se entregó con ganas en la primera entrega, la simpática, “8 apellidos vascos”.
La campaña de publicidad está siendo viral. Y su popularidad, y por razones de contexto dramático más inmediato, está rivalizando con las preocupantes noticias que llegan del país vecino, Francia, y la ola de terrorismo yijadista que se ha desatado y los daños trágicos en vidas humanas que se está cobrando.
El mismo elenco actoral, encabezado por Dani Rovira y Clara Lago, más secundarios integrados en los vaivenes y rifirafes de la pareja protagonsita, como Karra Elejalede y Carmen Machí, garantizan, por lo menos eso creo sin haber visto todavía la película, que el espectáculo gracioso y sardónico está asegurado. A todo lo que conocemos casi de memoria hay que añadir esta vez el toque catalán, con toda su idiosincrasia y personalidad, desde su lado más bufonesco y divertido, sin entrar (menos mal) en la surrealista situación soberanista que vive hoy en día la comunidad catalana. Es decir, el rollo nacionalista enfrentado a la España capital Madrid están presentes en su aspecto más chispeante y festivo, al estilo tronchante, tipo “voy a contar un chiste…hay un andaluz, un madrileño, un gallego y un catalán”. Pues más o menos así, sin olvidar la peripecia de una boda en Cataluña a la que acuden las huestes vascas y andaluzas para boicotearla y nazcan, siempre con humor espontáneo y fresco, muy agradecido y además solicitado por el espectador, enfrentamientos jocosos y colosales, en busca del entretenimiento y la carcajada más sencilla que son, a mi modo de ver, factores y valores muy bien expresados por un gran artesano veterano como es Emilio Martínez Lázaro.

EL OTRO CINE TAMBIÉN TIENE CABIDA

Vuelvo a reconocer el esfuerzo y mérito de la empresa Cines Moderno de Logroño por seguir arriesgando y trayendo si no todo sí por lo menos parte del material interesante y minoritario que habitualmente es desechado de las programaciones.
La semana pasada tuvo la osadía de estrenar todavía en medio del estruendo armado por “Spectre”, de San Mendes y “Sicario”, de Denis Villeneuve, películas tan minimalistas y de órdago como, “Un otoño sin Berlín”, de Lara Izaguirre, y “Flow”, de David Martínez. La primera, con Irene Escolar y Tamar Novas al frente del reparto, todavía se puede encontrar en la cartelera. La segunda, “Flow”, una experiencia visual tremendamente arriesgada, ha desaparecido de la marquesina. La sesión que elegí para verla sólo estábamos tres personas.
A lo que voy. Como escribo, en el mismo complejo de salas mencionado más arriba, el aficionado de la comarca va a tener la oportunidad de ver también dos filmes que se asoman a la pantalla blanca con credenciales y galones dispares. Una de ellas es “Life”, dirigida por el cineasta holandés afincado en la industria estadounidense, Anton Corbjin (“El americano”), que cuenta con un reparto más o menos atractivo, Robert Pattison, de la saga “Crepúsculo”, que encarna al fotógrafo que inmortalizó en una icónica instantánea al emergente actor, James Dean, interpretado por Dane Dehaan, en un paseo lluvioso por varias zonas de Manhattan. Cuando no existía internet, ni los buscadores electrónicos, y los que éramos aficionados al Séptimo Arte y buscábamos en las librerías la escasa bibliografía publicada sobre el tema, una de las imágenes que me encontraba cuando llegaba al capítulo del actor de “Rebelde sin causa”, era, además de fotos de las películas en las que había intervenido, esa impresionante y realista fotografía del actor andando encogido, con el cuello del abrigo subido, con un cigarrillo en la boca y manteniendo un lenguaje corporal atrevido, displicente y muy juvenil, de rebelde. Pues bien, la cinta recoge la amistad que entabló el fotógrafo y el artista, sin que el aura de uno y de otro tuviera todavía un peso de inmortalidad.
Otra película que puede tener algo de sustancia, entre otras razones, por su distinguido reparto, Lily Tomlin, Julia Garner y Jane Fonda, es, “Grandma”, una comedia agridulce dirigida por el sospechoso, Paul Weitz, responsable de excéntricidades como “America Pie”. Posiblemente esta historia sobre una joven necesitada de pasta para costearse un aborto se aleje de fórmulas chorras que le granjearon cierta popularidad. Ya veremos.
El complejo de cines “7 Infantes”, antiguos Golem, no sólo coinciden con el resto de programadores en apostar por los “8 apellidos catalanes”, sino que traen a Logroño una cinta que ya he tenido ocasión de ver y que recomiendo a todo cinéfilo y amante del cine independiente USA.
El título en cuestión es “Mistress América”, escrita por la pareja artística, Noah Baumbach y Greta Gerwig, y dirigida por el primero. Hace apenas unos meses tuvimos ocasión de disfrutar de forma muy agradable de la producción anterior de Baumbach, “Cuando éramos jóvenes”, con Naomi Wats y Ben Stiler. Ahora, sin renunciar al “pose” de toque independiente y contando con la presencia de su musa y pareja en la vida real, Greta Gerwig, el realizador de “Frances Ho” propone un ácido y algo desencantado retrato de un puñado de urbanitas más o menos simpáticos y curiosos que arrastran sus problemas y preocupaciones por localizaciones perfectamente reconocibles en cuyos espacios asistimos a la amistad y choque de dos chicas, separadas por unos doces años que pueden convertirse en hermanas y que cada una se encuentra en un momento decisivo de su formación estudiantil y en su labor profesional como empresaria. Una buena película a la que más de uno le encontrará analogías con el cine de Woody Allen. A ver. No se la pierdan.

“UNA PASTELERÍA DE TOKIO”, DE NAOMI KAWASE LLEGA A LOGROÑO

EL CINE DE NAOMI KAWASE LLEGA A LOGROÑO

Hay que agradecer de una forma muy especial el extraordinario esfuerzo de cara al público más exigente cinematográficamente hablando de la empresa de exhibición, Moderno, que todas las semanas apuesta en su programación por hacer llegar al espectador riojano una serie de títulos que no están adscritos a las conductas tradicionalmente conocidas como comerciales.
Este paso siempre adelante permite la posibilidad de visionar trabajos con “un toque de distinción” que no sólo amplía la oferta sino que la potencia acercando películas que de otra manera no sería posible observar con tanta prontitud.
No hace muchas semanas me alegraba al ver aparecer en su cartelera una cinta difícil y controvertida como, “El club”, del cineasta chileno, Pablo Larraín, que no había tenido ocasión de disfrutarla en San Sebastián por culpa de la típica apretura de horarios. Desde luego, quienes fueron a verla, opinarían en voz alta o para sus adentros que el filme en cuestión no era una historia y argumento convencionales, de los que se ven con bastante frecuencia. Si no que su asunto, de extrema gravedad, muy escandaloso, ponía el acento en una de las llagas que más corroe y perjudica a la Iglesia Católica, como son sus abundantes casos de abusos sexuales y pederastia.
Pues bien, en una línea parecida, aunque con registros diferentes, a partir de mañana el cinéfilo más recalcitrante va a tener a su disposición dos ejemplos de cine riguroso que acaban de pasar, con distinta suerte, por la recientemente terminada Seminci vallisoletana.
De los dos largometrajes que me llaman la atención y que por supuesto ya he tenido ocasión de ver, quiero hacer hincapié en la obra de nacionalidad japonesa, “Una pastelería de Tokio”, escrita y dirigida por la cineasta nipona, Naomi Kawase, autora, entre otras obras, de “El bosque del luto” y “Aguas tranquilas”.
La otra, también apreciable, es la francesa, “Dheepan”, realizada por el prestigioso director galo, Jacques Audiard, responsable de flamante títulos como, “Un profeta” o “De óxido y hueso”. Este filme, de gran factura y producción, cuenta una historia revoltosa, combativa y tono social y político. Un exguerrillero de Sri Lanka logra formar una familia postiza, con una mujer escogida al azar y una chica huérfana, que se hace pasar por hija, para con documentos falsos embarcarse rumbo a un país europeo de categoría especial, Francia. A las afuera de una gran ciudad encuentra trabajo como chapuzas para todo de unos edificios conflictivos y violentos. Si había huido de su país por culpa de la guerra, aquí, en una civilización “incivilizada” y caótica se encuentra en otro frente de batalla, muy agitado y demoledor, en el que tendrá que esforzarse para sobrevivir, a la vez que nacerá en él sentimientos hacia las personas que forman su familia postiza.

CINE LÍRICO Y SUBLIME

Pero el talento y el tacto lo pone, otra vez, y como no podía ser de otra manera, la gran cineasta, Naomi Kawase, para componer un bello y sentido poema acerca de la condición humana, las tradiciones legendarias y la estrecha relación entre el ser humano y la naturaleza.
Su cine brota de elementos cotidianos, a veces muy simples, para con delicadeza y un perfecto conocimiento del alma construir, con mucho encanto, relatos, en este caso costumbrista, sobre la decisiva importancia que tiene la presencia de un personaje veterano o maduro que aporta toda su rica experiencia en situaciones donde un joven sólo atiende a dictados preestablecidos y que se obceca en mantener hasta que comprueba que los rituales adquieren dimensiones reparadoras y salvadoras.
“Una pastelería de Tokio” bebe de las fuentes del clasicismo representado por Mizoguchi y Ozu. La modernidad frente a la tradición. Sentaro es un repostero que regenta una pequeña pastelería en un barrio de Tokio. Su especialidad es una especie de empanada dulce, doroyakis, rellenas de una pasta hecha con habitas. Mientras el envoltorio le sale a la perfección, el relleno deja algo que desear. Una mujer mayor, Tokue, se ofrece a trabajar. Él es reticente y se siente incómodo. Pero al contratarla, Tokue aporta toda su sabiduría en la cocción de las habas rojas, logrando un repentino éxito. Los dos alcanzan un equilibrio fenomenal. Son personas con pasados complicados y sus vidas anteriores surgen en un reducido espacio, logrando que la parte laboral y personal sea una prolongación de su cariño, honestidad y sinceridad.

“EL CLUB” DE LOS SACERDOTES PENITENTES

SE ARMÓ EL BELÉN
Esta vez la cartelera comercial apuesta fuerte y a un número ganador. Sola con su presencia sería motivo más que suficiente para alardear de la entrada de uno de los filmes más polémicos y dinamiteros de la temporada. Me estoy refiriendo al estreno de la película de Pablo Larraín, “El club”.
Ganadora, entre otros premios, del especial del jurado en el último festival de Berlín, la cinta, de humor muy corrosivo, se pudo ver en la sección Horizontes Latinos en el Zinemaldia 2015. Ha sido elegida por la Academia chilena para representar a su país en el apartado de Mejor película de habla no inglesa. Es decir, que una de sus competidoras será, “Loreak”. Y ahora, tras estrenarse la semana pasada en algunas ciudades españolas llega a Logroño precedida la controversia habitual en largometrajes que abordan de una manera muy sibilina y afilada el escandaloso asunto del abuso sexual practicado por clérigos reprimidos y la cortina de humo en forma de ocultación de “pecados” puesto en funcionamiento por la Iglesia Católica para no perjudicar su “santa” imagen.
Desde que visito festivales de cine tengo la gran oportunidad de rastrear los signos temáticos de determinados cineastas cuyas obras tienen muy difícil acceso a las pantallas comerciales entre otras razones porque carecen de distribución. La primera vez que tuve ocasión de visionar uno de los primero trabajos de Pablo Larraín fue en San Sebastián durante su distinguido certamen. En el Teatro Principal de la ciudad y en una sala en la que estábamos un puñado de curiosos atraídos, como fue mi caso, por el título de la cinta, “Tony Manero”, quedé absorto, destemplado y, a la vez, fascinado, por un relato negro no, negrísimo, sobre un esperpento de tipo que incondicional del filme, “Fiebre del sábado noche”, y hechizado por las cabriolas bailongas de su personaje, Tony Manero (sensacional, John Travolta), se dedicaba, en un ambiente enfermizo, desaliñado y cutre a perpetrar una serie de crímenes que sí, provocaban hilaridad, pero era tal el cúmulo de aberraciones psicópatas que te enganchaban con inusitada facilidad en la carrera criminal del mencionado individuo, un paria de la sociedad letal con sus víctimas. Generaba desasosiego y desesperanza, y el mundo que le rodeaba era malsano y siniestro. Posiblemente travestido todo de una parábola política de gran alcance cuya detonación a mí me llegó a alcanzar de tal manera que cuando salí de la sala lo primero de lo que me ocupé fue de avisar a los colegas que habían pasado de la proyección para advertirles que ahí se encontraba una auténtica bomba de relojería en formato celuloide.
Las siguientes obras que he contemplado de este singular cineasta, “Post morten” y “No”, siguen teniendo fuerza y por qué no escribirlo, discurso, de mala baba y mala leche, pero enjundia, al fin y al cabo. No pasan desapercibidos y sus historias, de muy diferentes tonalidades, vislumbran y dan señales de encontrarnos con un realizador que de alguna manera expía el funesto pasado de Chile bajo la terrible dictadura del sanguinario, Augusto Pinochet (cuanto me cuesta escribir estos nombres, de verdad, qué horror) y extrae un imaginario audiovisual de mucha caña y combate. Su cine no es complaciente y hurga con agallas en las propias tripas del Estado para socavar cuadros para nada complacientes.
La misma firmeza en sus propósitos de denuncia se encuentra en “El club”. Una historia subterránea llena de vileza y sarcasmo. En un remoto paraje costero se encuentra una villa habitada por unos individuos aparentemente sencillos que no llaman la atención. En la casa les acompaña una mujer que actúa como ama de llaves y les procura de confort doméstico. Estos “señores” son todos sacerdotes y viven en reclusión como castigo por sus funestos episodios de abusos sexuales. La alta jerarquía eclesiástica los ha ocultado de la sociedad. Son como apestados. Se entretienen, entre otros menesteres, en ver carreras de galgos. Pero esa paz monacal y el equilibrio silencioso que han conseguido se rompe con la llegada de un “forastero” que irrumpe con otros hábitos y logrará modificar la mentalidad de los “prisioneros”.
De baladí y prosaica no tiene la propuesta de Pablo Larraín que también escribe el guión y parece ser que en declaraciones a diversos medios de comunicación tras el éxito en Berlín de su película, con “El club” parece exorcizar alguna imagen retenida en su memoria a consecuencia de su paso y formación académica en distinguidos colegios católicos. No el balde, Pablo procede de una familia no sólo acaudalada sino también con contactos con el gobierno conservador y títere que surgió con la renuncia del genocida Pinochet (¡¡¡Jolines, cómo me cuesta escribir estos apellidos!!!) a presidir la nación de Chile.
Desde mi modesto punto de vista, se trata de una oportunidad inmejorable para disfrutar de una película que llega a la cartelera riojana con la etiqueta colocada por insignes periodistas cinematográficos, como IMPRESCINDIBLE. No se la pierdan.

HABANA PARA SUPERVIVIENTES

63 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

HABANA MISERABLE
Opinaba en otra entrada que el nivel de la sección oficial a concurso estaba siendo algo decepcionante. Inclusive me afirmo en la idea de cuestionar determinados títulos presentes en una programación a concurso. Sé que en la variedad está la oferta, pero la selección de esta edición me está dejando desilusionado y descontento. Es más, títulos con expectativas y dirigidos por realizadores de prestigio, de filmografía potente y personal, sus trabajos, aún discrepando, mejores o peores, están por debajo de lo que se esperaba de ellos.
Menos mal que en los apartados colaterales, como la imprescindible y obligada, “Perlas” de otros festivales, aparte de ser un lujo, te da la oportunidad de visionar producciones premiadas en los certámenes más prestigiosos.
Esta misma tarde, una de las cintas más solicitadas, “Taxi Teherán”, del inimitable y fantástico cineasta iraní, Jafar Panahi, me ha brindado 75 minutos de colosal fascinación, partiendo de una idea primorosa y filmando la idea con mimbres muy simples, con una pequeña cámara colocada en el salpicadero de un taxi, y acercándose en estilo al cinema verité, una de las cualidades del cine documental.
La película obtuvo el Oso de Oro en el festival de Berlín. El propio Panahi no pudo acudir a recoger el galardón. La autoridad islámica de Irán prohibió al famoso director rodar filmes. El rodaje de “Taxi Teherán” fue furtivo. La clandestinidad obligó a Panahi a forzar la imaginación, que no es corta, precisamente. E improvisó una historia tan sencilla como espontánea y viva. En ella, el propio Panahi, se hace pasar por taxista y va recogiendo a pasajeros. Cada trayecto, con viajantes diferentes, aprovecha para introducir, con un filo muy sutil y aguerrido, variedad de aspectos y tratamiento coyuntural, sin perder repaso a determinadas cuestiones sociopolíticas y culturales del país. La libertad creativa, la chispa ingeniosa y la voluntad de dejar constancia de la injusticias que padece la población iraní encuentra foro de protesta en un espacio tan reducido como el habitáculo de un vehículo.
Tal frescura dota al producto de un costumbrismo cercano y tangible. Panahi pone en boca de sus clientes las enormes cortapisas y limitaciones que padecen como ciudadanos, mostrando las deficiencias y arbitrariedades de un régimen tirano y absolutista, utilizando a la sobrina del propios cineasta, una chavala que estudia cine como materia educativa en su instituto, las reglas y fundamentos que todo artista audiovisual debe ceñirse para que que futura obra sea aceptada por el régimen y exportable fuera del país. Qué duda cabe que esta cinta me ha supuesto una apasionante experiencia como espectador además de una gozada de espectáculo, sobre todo, por su garra y contundencia a expresar con imágenes, entre otros cosas abordables, la injusta situación de Jafar Panahi.
En la sección oficial a concurso, el cine español ha sido, una vez más, el protagonista, para lo bueno o para lo menos bueno. Y esto viene a colación por la proyección de la película de Agustí Villaronga, “El rey de la Habana”, que adapta a Pedro Juan Gutiérrez para ilustrar, fiel a su negrura y tenebrismo, un desesperanzado relato sobre los avatares e infortunios de un joven, Reynaldo, que tras pasar por un correccional de menores, se embarca en aventuras con mujeres y homosexuales que recorren una Habana negra y miserable, llena de sexo y supervivencia, para trazar una imagen decadente y cutre, con personajes trágicos y amargados, que sólo su condición de pobres y pringados, en un ambiente de pobreza máxima, los convierte, por condición, en perdedores.
No me ha parecido un filme para recordar, tampoco para olvidar, pero sí debo subrayar que todos los conatos y rifirafes en los diálogos me parece que están muy ensayados y trabajados, dando naturalidad a las situaciones y verborreas.

La Rioja

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