TERROR DE ALCANTARILLA

Cartel de It

Cartel de It

Cuando las expectativas depositadas en una película se convierten en su principal requisito por encima de cualquier otro tipo de consideración cinematográfica las posibilidades del producto como obra de mayores propósitos queda aniquilada si el filme fracasa, mínima o estrepitosamente, como objeto de provocar tremendas emociones. Desde hace unos meses la campaña de publicidad del largometraje “It” y la opacidad de la misma muy celosa de airear determinadas parcelas parecía avivar la sensación de estar delante de una mercancía audiovisual fuera de lo común. Como si por fin, el espectador fuera a asistir al espectáculo más grande jamás contado en el ámbito del terreno fantástico. Y había razones, creo yo, para apuntar en esa dirección. No en el grado de concederle a la película una categoría apriorística de rango elevado pero sí al menos una confianza generosa e impaciente en el sentido de ser una producción que reunía una serie de elementos artísticos en los que merecía la pena creer.

La densa y voluminosa novela homónima de Stephen King era un acicate mayúsculo. Un relato inmenso, muy bien estructurado, de literatura fácil y asequible, con rasgos de terror sabiamente dosificados, un indisimulado ejercicio de tono hadiposo hacia la célula familiar y un enemigo, el payaso Penywise, convertido en un ser despreciable, espantoso e insensible a la infancia y extensión de las putrefactas miserias y desperfectos de los seres humanos. El libro, a mi juicio, excesivamente vasto en su extensión, desplegaba una serie de temas, sobre todo la trama principal, muy armada y extraordinaria desde el punto vista del horror, para conformar, como ya se hizo en una mini serie filmada por Tommy Lee Walace, una historia acerca de los miedos y fantasmas de cada uno (el miedo es libre) a la vez que una decadente mirada hacia una sociedad amorfa y viciosa.

Imagen promocional de It

Imagen promocional de It

Un presupuesto holgado y la dirección del argentino Andy Muscheiti, autor de “Mamá”, parecía encaminar el filme hacia una apuesta más loable y de fuerte impacto superior a lo que se acostumbra a ver en la gran pantalla relacionado con las premisas del fantástico. La opera prima de Muscheiti, que sin ser, a mi parecer, nada del otro mundo y tampoco relevante e imaginativa dentro del género en el que se inscribe, sí, por otra parte, jugaba alguna baza de escapar de los cauces más trillados y socorridos de los filmes de suspense y horror. Por lo tanto, tenía la persuasión que el cineasta argentino podía ser el realizador si no el más listo de la clase sí la persona en el que se podía depositar la esperanza de asombrar al aficionado con una inquietante y definitiva relectura del texto original para adaptarla desde el lado más escabroso y retorcido del argumento. Porque entre las mil páginas de la novela, recuerdo, a pesar de los años transcurridos, que algunos de los párrafos escritor por King no sólo eran soberbios y bien escritos, sino que eran tremendamente afilados y teñidos de una variedad de perturbaciones malsanas, que supuraban una turbiedad de cloaca, que ponían en tela de juicio la responsabilidad de una comunidad enferma y pestilente incapaz de proteger a sus habitantes.

La banda de los perdedores

La banda de los perdedores

Pero, sin duda, la zona que más llama la atención y que más recursos visuales es capaz de sugerir no es otra que la parte concerniente a una cuadrilla de adolescentes atribulados por un hecho misterioso e inexplicable, la extraña e inexplicable desaparición del hermano pequeño de uno de los componentes de la banda, y su relación con las oscuridades del subconsciente y la lucha de locura y pesadilla contra el monstruo imaginario en forma de payaso macabro cuya presencia, bastante aterradora, es la llave de su pérdida de inocencia y la victoria sobre la traumática adolescencia. Para ello hay que recorrer un enigmático sendero plagado de obstáculos gobernados por un ser maligno que siembra pruebas de autosuperación, cuyos efectos más grotescos y decrépitos no están en la fascinación del sueño, en la zona dominada por el miedo o la sin razón, o en la capa sobrenatural que hay debajo de la realidad, cuando se abandona la luz para entrar en las tinieblas, sino en el ocaso satírico de unos entornos familiares zafios, grimosos y ridículos. Este es el verdadero pavor, el que aterroriza sin piedad y clemencia. El que produce náuseas y zarpullidos. No es de extrañar que la chavalería huya de casa, se refugie en cualquier entorno y que se busquen unas distracciones que en el caso de “It” te ubican en una tesitura bárbara y espectral, porque a veces el infierno, a pesar de su maldad y que roba niños, no es tan nefando como el castigo de tener unos progenitores que si bien no visten como el payaso Penywise distorsionan y atemorizan más si cabe.

“It” tiene un prólogo arrollador y eficaz. Comienza con mucha fuerza visual, estilo clásico y sin estridencias. Pronto marca el territorio del villano. Su cara recortada por el rectángulo de la alcantarilla es acertado y engancha. Su aparición deslumbra, provoca nerviosismo y genera turbación y sobresalto. El diálogo con el niño, resuelto en plano/contraplano, tiene garra y el suficiente matiz terrorífico. El ruido de la lluvia y el fondo musical acentúan una atmósfera natural a la vez hostil y cargada de malicia. El bocado y la amputación del brazo del muchachito son ingredientes gratuitos como elementos exigidos por el espectador. Al cine se ha ido y pagado una entrada para ver escenas de este tipo. El choque emocional es contundente y lo bueno que tiene es que la agresividad del payaso es feroz y te deja con la miel en los labios aguardando las nuevas fechorías de un ser que si actúa siempre que aparezca con la misma fiereza que la exhibida en el primer ataque la tensión de la película va a ser atosigante y brutal.

La figura terrorífica de Penywise

La figura terrorífica de Penywise

Sin embargo, a mi modo de ver, la película tiene una primera secuencia excelente, bien planificada, de muy correcta puesta en escena y de soberbio resultado, vamos, que estremece. No así el resto del filme, redundante en los típicos temas obsesivos muy propios de Stephen King, que aunque bien ilustrados y con un diseño de producción esmerado y consecuente con las peculiaridades del relato, no supera los tópicos parámetros utilizados para mecanizar el terror. Si antes he comentado que las parcelas referidas a la descripción de las caóticas y siniestras familias de los personajes me sugieren más inquietud que la propia odisea de los siete integrantes de la cuadrilla de los perderdores. Si acaso, del particular enfrentamiento de todos los adolescentes con el payaso Penywise, los que más me gustan y cautivan son el del chico gordito, su descenso a los sótanos de la biblioteca, su conocimiento del pasado turbio del pueblo de Derry y su angustiosa carrera por lo pasillos de estantes repletos de archivos perseguido por el ente del payaso. El otro, qué duda cabe, que es el del personaje femenino, encerrada en el cuarto de baño, cortándose el cabello en su deseo de ser menos femenina a ojos de su aceitoso padre y atrapada por los pelos que ella ha dejado en el desagüe en una escena desbordaba por el color rojo de la sangre y quien más o menos, versado en los títulos del autor de “El resplandor” puede imaginar un parentesco nada casual con uno de los filmes que mejor han adaptado una novela de Stephen King, “Carrie”, de Brian de Palma.

Inquietante aparición de Penywise

Inquietante aparición de Penywise

Son estos, a mi juicio, los mejores momentos de “It”, película, en definitiva, tibia, que no termina de potenciar todas las ideas de la novela y no logra contarte con las imágenes el escalofrío de su terrorífica figura. Una adaptación pulcra, elegante, muy vistosa, pero que carece de alma y vigor. Andy Muschietti no decepciona, pero tampoco deja una huella imborrable e imperecedera. Pese al esfuerzo estético de formular y dosificar la presencia de Pennywise entre su aspecto de payaso y el símbolo amenazador del globo rojo, sólo deja destellos de calidad, en la vertiente de terror, incluyendo una pieza estrambótica en la casa encantada, pero el conjunto se resiente de algo de monotonía y que los personajes del grupo de los perdedores tampoco son fascinantes. Así las cosas, “It” no me ha dejado noqueado como esperaba. Es una película correcta, que pretende ser el no va más, pero no. Será en otra ocasión y quizás en el segundo capítulo.

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