EL AMOR A LOS LIBROS EN LA LIBRERÍA

Cartel de La librería

Cartel de La librería

 Continúa Isabel Coixet con sus producciones internacionales. Manteniendo un estándar de calidad, de envoltorio, de resultado final, muy digno, fiel a los parámetros del cine comercial, para no contrariar a la taquilla ni a los productores. Su última película La librería es un reflejo de inquietudes académicas, de apuntalar un producto de manera cómoda, de corte clásico, con personajes pulcros, perfilados sin estridencias y conflictos de cariñoso empaque. Así las cosas y teniendo en cuenta que se aborda la adaptación de la novela homónima de Penelope Fitzgerald que se desarrolla durante los años 50 en Inglaterra, la película tiene un toque muy british, elegante y todo en su sitio. Es decir, una puesta en escena redonda, sin fisuras, acorde con el buen hacer de los británicos, solventes técnicos que saben hacer muy bien su trabajo.

Estas impresiones, captadas en su presentación como gala de inaguración en la 62 edición de la Seminci de Valladolid, defienden un modelo de cine seguro, que no asume riesgos formales ni temáticos. La condescendencia y amabilidad de sus intenciones, contar una hermosa historia de amor a la lectura, es criterio suficiente para desplegar un argumento válido, que se ciña a la más absoluta corrección sin que este propósito signifique un descrédito en la trayectoria de la cineasta catalana. Desde luego, su funcionalidad está al servicio del honesto compromiso de la heroína de la película. Florence Green, interpretada con la calma y dulzura que define el registro de esta actriz, es la artífice de una épica batalla por implantar un parnasillo de cultura a través del poder de seducción de los libros en un pueblo pequeño, costero y de pescadores. Su excentricidad y arrojo no está reñido con la determinación y brújula de sus aspiraciones. Lo que pretende inculcar en un sitio tan alejado del típico centro de cultura y merodeado por intelectuales y esnobs de todo pelaje entra en el terreno de la osadía y el orgullo.

Isabel Coixet en Valladolid

Isabel Coixet en Valladolid

Su irresistible encanto, don de gentes, pulcro conservadurismo (con permiso de Nabokov) y simpática mirada no está exenta, si miramos un poco mejor, con la valentía y aplomo de determinadas mujeres que solas o acompañadas por otras féminas pretenden instaurar cambios que modifiquen la sequedad de pensamiento en determinadas zonas rurales. Estoy proponiendo un planteamiento feminista? Es posible. El hecho, en este caso, Florence Green, se proponga, enfrentándose a todos los contratiempos, abrir una librería con la esperanza de dotar de una fuerza impresa que reside en la magia de las palabras en una área poco proclive para semejante misión me parece, cuanto menos, una empresa de mucha tenacidad y desafío. Sólo por eso, respeto me merece.

Isabel Coixet y Emily Mortimer

Isabel Coixet y Emily Mortimer

La película se abre con una voz over. Bellas palabras flotan y tienen la intensidad de homenajear a una persona. Que no es otra que Florence. Que llega a un sombrío pueblo de la costa después de enviudar y con la firmeza de un plan insólito: abrir una librería. No se lo pondrá fácil la gente. Autóctonos quisquillosos y de rústica ignorancia no conciben un negocio tan fino y esmerado. Pese a la oposición popular, Florence, inasequible al desaliento, logrará los permisos necesarios.

Otros actuantes van a tener peso en la historia. Primero, la arrogancia y severidad personificada en la figura de Violet Gamart, la rica, ricachona de la comunidad, encarnada con una chulería desatada por Patricia Clarkson, actriz que ya había coincidido con Isabel Coixet en Aprendiendo a conducir. Su altivez, vanidad y cinismo aporta el punto de amargura y contrapeso de Florence. Su filantropía es un mero postureo. Deseosa de habilitar el espacio ocupado por la librería para sus intereses personales no sólo colocará obstáculos sino que echará mano de su prepotencia y contactos con políticos para quebrar la suerte de la indómita Florence.

Fotograma de La Librería

Fotograma de La Librería

Segundo, la presencia de un tipo caballeroso como el señor Thornton, interpretado por Bill Naghy, solitario y atormentado por sus secretos, es revelador de la importancia intrínseca de la literatura. Thornton vive aislado en su casona. Las novedades literarias las recibe por una muchachita mensajera que además es la ayudante de Florence. La mañana que Thornton descubre la obra de Ray Bradbury, sobre todo sus Crónicas marcianas y destapa el tarro de las esencias admirando el erotismo de Vladimir Navokov en su Lolita, es de lo mejor de la película. Florence y Thornton se hacen muy amigos y compañeros en la búsqueda de nuevas e inquietas narraciones. Son tal para cual. Representan dos generaciones distintas. Les une el amor a los libros. Quizás esté aquí la esencia de La librería, en el compadreo de dos seres que se hacen íntimos por la misma pasión. Porque algo de pasión destilan las imágenes del filme de Isabel Coixet. En esos instantes en la que los personajes revive las páginas llenas de aventuras gracias a la inspiración de los autores se encuentre el tono verdadero de la película. Su carisma está por encima de la mezquindad canallesca de unos y otros que sólo les interesa poner trabas a un mundo interior que desconocen y no saben encontrarlo.

Emily Mortimer y Patricia Clarkson

Emily Mortimer y Patricia Clarkson

Menos mal que siempre queda la esperanza y la historia concluye con la voz superpuesta, esa voz narrativa que juzga todo el relato y asume una declaración de aprecio y consideración hacia Florence, sin la cual no habría entendido el magnetismo de las palabras que encierran los destellos de vida más inimaginables. No es fortuito que la niña ayudante de Florence en la librería la despida en el puerto sujetando en su manos un libro de piratas que la cámara revela su título y que no es otro que “Huracán en Jamaica” de Richard Hughes de cuya adaptación al cine se encargó el realizador norteamericano Alexander Mckendrick que dio origen a una de las películas más colosales de todos los tiempos Viento en las velas (1965).

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