No recuerdo bien el año, estábamos en la Universidad, así que sería 1999 o quizás ya el año 2000. Entonces éramos más jóvenes, más audaces, más curiosos, y entre los amigos a menudo nos recomendábamos grupos de música, libros, autores o películas imprescindibles. Una mañana en clase Arkaitz -que me conocía bien- vino con una cinta de casete y me dijo “toma, te va a gustar”.
Aquella cinta tenía escrito un nombre que yo no había oído nunca. Ponía:
Mi amigo tenía razón; escuché la cinta y me gustó mucho ese tal
Facundo Cabral. Cantaba a la vida, al amor, al humor, a la muerte, a la familia, a la religión, al vino… Aquel argentino cantor me parecía una bonita mezcla entre La Mandrágora y Les Luthiers pero más libre, más sincero y feliz. Me acuerdo de que al final de la cara B -como sobraba sitio- me grabó también alguna canción de
Frank Delgado cuya melodía desde entonces suena en mi cabeza muchos días.
Durante un tiempo la escuché bastante, luego llegaron los cds y mp3 y las cintas de casete se mudaron a unas cajas de cartón donde siguen amontonadas unas sobre otras. A pesar de la invasión digital, siempre recordé con cariño aquella cinta y aquel cantor al que había perdido la pista hasta que lo volví a ver hace unos años en televisión
entrevistado por Jesús Quintero.
Y hasta ayer.
Cuando me enteré de
la noticia de su asesinato busqué en la agenda de teléfonos el número de mi amigo Arkaitz y le escribí un mensaje:
Han matado a Facundo Cabral en Guatemala
al rato él me respondió
Ahora sí que somos pobres
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