06 Jul 2008

Reynaldo Arenas: «El mundo alucinante (fragmento)»

El verano. Los pájaros derretidos en pleno vuelo, caen, como plomo hirviente, sobre las cabezas de los arriesgados transeúntes, matándolos al momento.
El verano. La isla, como un pez de metal alargado, centellea y lanza destellos y vapores ígneos que fulminan.
El verano. El mar ha comenzado a evaporarse, y una nube azulosa y candente cubre toda la ciudad.
El verano. La gente, dando voces estentóreas, corre hasta la laguna central, zambulléndose entre sus aguas caldeadas y empastándose con fango toda la piel, para que no se le desprenda el cuerpo.
El verano. Las mujeres, en el centro de la calle, empiezan a desnudarse, y echan a correr sobre los adoquines que sueltan chispas y espejean.
El verano. Yo, dentro del morro, brinco de un lado a otro. Me asomo entre la reja y miro al puerto hirviendo. Y me pongo a gritar que me lancen de cabeza al mar.
El verano. La fiebre del calor ha puesto de mala sangre a los carceleros que, molestos por mis gritos, entran a mi celda y me muelen a golpes. Pido a Dios que me conceda una prueba de su existencia mandándome la muerte. Pero dudo que me oiga. De estar Dios aquí se hubiera vuelto loco.
El verano. Las paredes de mi celda van cambiando de color, y de rosado pasan a rojo, y de rojo al rojo vino, y de rojo vino a negro brillante... el suelo empieza también a brillar como un espejo, y del techo se desprenden las primeras chispas. Solo dándole brincos me puedo sostener, pero en cuanto vuelvo a apoyar los pies siento que se me achicharran. Doy brincos. Doy brincos. Doy brincos.
El verano. Al fin el calor derrite los barrotes de mi celda, y salgo de este horno al rojo, dejando parte de mi cuerpo chamuscado entre los bordes de la ventana, donde el aceite derretido aun reverbera.
(…)
Pero las revoluciones no se hacen en las cárceles, si bien es cierto que generalmente allí es donde se engendran. Se necesita tanta acumulación de odio, tantos golpes de cimitarra y redobles de bofetadas, para al fin iniciar este interminable y ascendente proceso de derrumbe.
(…)
Las manos son lo mejor que indica el avance del tiempo.
Las manos, que antes de los veinte años empiezan a envejecer.
Las manos, que no se cansan de investigar ni darse por vencidas.
Las manos, que se alzan triunfantes y luego descienden derrotadas.
Las manos, que tocan las transparencias de la tierra.
Que se posan tímidas y breves.
Que no saben y presienten que no saben.
Que indican el límite del sueño.
Que planean la dimensión del futuro.
Estas manos, que conozco y sin embargo me confunden.
Estas manos, que me dijeron una vez: -tienta y escapa-.
Estas manos, que ya vuelven presurosas a la infancia.
Estas manos, que no se cansan de abofetear a las tinieblas.
Estas manos, que solamente han palpado cosas reales.
Estas manos, que ya casi no puedo dominar.
Estas manos, que la vejez ha vuelto de colores.
Estas manos, que marcan los límites del tiempo.
Que se levantan y de nuevo buscan el sitio.
Que señalan y quedan temblorosas.
Que saben que hay música aun entre sus dedos.
Estas manos, que ayudan ahora a sujetarse.
Estas manos, que se alargan y tocan el encuentro.
Estas manos, que me piden, cansadas, que ya muera.

Escrito por: enriquekb 3 comentarios 06 Jul 2008 URL Permanente Tags: , , , ,

05 Jul 2008

Dawn of Darkness

http://www.myspace.com/thedawnofdarkness

04 Jul 2008

Sin palabras

03 Jul 2008

«Chévere...», un poema de Nicolás Guillén

Chévere del navajazo,
se vuelve él mismo navaja:
Pica tajadas de luna,
mas la luna se le acaba;
pica tajadas de canto,
mas el canto se le acaba;
pica tajadas de sombra,
mas la sombra se le acaba,
y entonces pica que pica
carne de su negra mala.

De Sóngoro cosongo. Poemas mulatos (1931)

Escrito por: enriquekb 29 comentarios 03 Jul 2008 URL Permanente Tags: , , , ,

02 Jul 2008

El fondo de la patria

Lunes, jet lag en Madrid, celebraciones deportivas en pleno éxtasis, nunca hemos visto algo así en la provincia, de alguna manera nos convencemos para acercarnos hasta allí. Recuerdo vagamente un poema de Blas de Otero mientras alrededor se exalta la hispanidad que nos hace grandes (ay) y yo pienso en la sucesión de accidentes —puede que, tal vez, también alguna decisión consciente de algún familiar— que ha hecho que nazcamos aquí y no en cualquier otra parte del mundo (echo de menos a Ángel González, alguien al que vi de lejos y nunca conocí en persona). Ajeno y extraño miro alrededor y trato de recitar en voz baja —y sin descalabrarlo demasiado— el poema de Blas, estoy con dos grandes poetas no debería cagarla confiando en una memoria como la mía, así que me callo y, al regresar al hogar, busco entre los libros viejos las anotaciones correspondientes. Anchas sílabas, se llama. Anchas han de ser si debo estar en paz entre los exaltados que pretenden copar políticamente lo que debiera ser, simplemente, una celebración deportiva. Un espejo, pienso, un espejo en el que se miran cada uno de los bandos. A nuestro lado hablan de la Falange, jódete y baila, el cielo se tiñe de los colores de la bandera. Tenemos urgencia de salir de ahí pero aguantamos un poco más y bebemos cerveza a escondidas. Miramos con la expectación y crueldad de quien visita un zoo, aunque puede que estemos observando desde la jaula. ¿Hay crisis? ¿Están inquietos los fascista de uno u otro lado? Somos españoles y hoy, por lo que se ve y por ello, invencibles e invulnerables. Bendito fútbol, bendito eres entre todos los alucinógenos. Que mi pie te despierte, sombra a sombra / he bajado hasta el fondo de la patria. / Hoja a hoja, hasta dar con la raíz / amarga de mi patria. // Que mi fe te levante, sima a sima / he salido a la luz de la esperanza. / Hombro a hombro, hasta ver un pueblo en pie / de paz, izando un alba. / Que mi voz brille libre, letra a letra / restregué contra el aire las palabras. / Ah, las palabras. Alguien heló / los labios —bajo el sol— de España.

16 Jun 2008

«Las novias de John Snake», un poema de Pedro Juan Gutiérrez

usan collares de perlas
y se emborrachan
desde las 10 de la mañana/pero pierden
la compostura definitivamente por las tardes.
Entonces gritan desaforadas
por encima de los boleros
y las rancheras
de Paquita La Del Barrio.
Las gentiles señoritas
no soportan los latigazos
y otros abusos (sicológicos/corporales/anales/
y hasta telepáticos)
de John Snake/que se cuida mucho
y jamás menciona estas trifulcas infames
en sus memorias.
Sus atildados poemas/en cambio/
parecen escritos por esos poetas del sistema/seductores/
que usan traje y corbata
y cultivan amistades en las altas esferas.
Sus atildados poemas, decía,
sólo hablan de amores insoportables
largos/tediosos/aburridos/Y de señoritas inmortales
que se extienden románticas en el crepúsculo/
Johnny cree que engaña al respetable público
con sus máscaras y escapes imposibles
al mejor estilo Houdini.
Pero la realidad es otra:
cultivar el arte de la fuga
es una reiteración de la inutilidad,
querido Johnny.
Todos saben que eres un hijo-de-puta-más-
en-este-mundo-lleno-de-grandes-y-famosos-hasta-
heroicos-y-admirados-hijos-de-puta.
Ahh, John Snake,
si supieras
cómo te engañan tus novias.
Aunque las obligues a usar
collares de perlas y gruesos ajustadores de loneta
para evitar que se marquen sus pezones
en las blusas.
Nada es suficiente.
Ni un cinturón de castidad electrónico.
Nada, querido John.
Son infieles
por el delicioso placer de ser infieles.
Y se ríen. A carcajadas.
Una simple burla/Rumberas de circo/Mulatas de fuego/
Y tú crees todo lo que te dicen
en el crepúsculo
cuando se emborrachan
y usan collares de perlas
y dan paseítos a lo largo de la casa
ansiosas y desesperadas/incapaces
de permanecer tranquilas
a tu lado
y escuchar esas monótonas
suites de Bach para cello
que tú oyes extasiado cada tarde
mientras deduces cómo
las habría escrito Mahler o Wagner
y tragas whisky como si fuera agua
y piensas que el mundo
es desastroso
pero sólido.
No, querido Johnny,
no te imaginas cómo todo se desmorona
y se hunde en mierda líquida.
Debajo del piso no hay solidez/Hay un pantano
de mierda
que hiede asquerosamente.
Las cucarachas
los gusanos apestosos
y tu Johnny
y tus novias infieles y sarcásticas
no tienen importancia.
Creo que te ahogarás en la mierda
y el pantano negro.
Ya no hay luz/y te hundirás
como un imbécil
perdido en esta isla
con crepúsculos dorados.
No tienes salvación.
Una vez más
te hundirás en la mierda del burdel
y las suites de Bach para cello
será el último ruido que irá contigo
hasta el fondo del pantano.
Adiós, Johnny,
querido Johnny.

15 Jun 2008

«El puerto», un poema de José Lezama Lima

Como una giba que ha muerto envenenada
el mar quiere decirnos ¿cenará conmigo esta noche?
Sentado sobre ese mantel quiere rehusar,
su cabeza no declina el vaivén
de un oleaje que va plegando la orquesta
que sabe colocarse detrás de un árbol o del hombre despedido
por la misma pregunta entornada en la adolescencia.
Un cordel apretado en seguimiento de una roca que fija;
el cordel atensado como una espalda cuando alguien la pisa,
une el barco cambiado de colores con la orilla nocherniega:
un sapo pinchado en su centro, un escualo que se pega con una encina submarina.

La rata pasea por el cordel su oído con un recado.
Un fuego suena en parábola y un ave cae;
el adolescente une en punta el final del fuego
con su chaqueta carmesí, en reflejos dos puntos finales tragicómicos.
La presa cae en el mar o en la cubierta como un sombrero
caído con una piedra encubierta, con una piedra.
Su índice traza, un fuego pega en parábola.
La misma sonrisa ha caído como una medusa en su chaqueta carmesí.

El alción, el paje y el barco mastican su concéntrico.
El litoral y los dientes del marino ejecutan
una oblea paradisíaca para la blancura que puede
enemistarse con el papel traspasado por aquél a otro más cercano.
El barco borra el patio y el traspatio, el fanal es su máscara.
Se quita la máscara, y entonces el fanal.

Se apaga el fanal, pero la máscara explora con una profunda banalidad.
Entra el aceite muerto, los verdinegros alimentos de altamar,
a una bodega para alcanzar la mediada vivaz como un ojo paquidermo.
Como una pena seminal los hombres hispanos y los toros penosos
recuestan su peso en la bodega con los alimentos que alcanzan una medida.
Al atravesar ese hombre hispano y ese toro penoso revientan su concéntrico.
Un fuego pega en parábola y el halcón cae,
pero en la bodega del barco ha hundido lo concéntrico oscuro, penoso,
lo mesurable enmascarado que aleja con un hilo lo que recoge con un hilo.

Escrito por: enriquekb 0 comentarios 15 Jun 2008 URL Permanente Tags: , , , , ,

14 Jun 2008

«El adolescente», un poema de Juan Ramón Jiménez

El alba me sorprende
buscando entre los lirios
la huella de tu paso.

¡Imajen del naciente,
que yerras en los hilos
del renacer temprano!

¿En dónde el blanco tenue
que luzca en el sol fino,
por el frescor morado?

De Canción (1936)

13 Jun 2008

«Contigo», un poema de Luis Cernuda

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

[Accidents Polipoétics: «no se puede estar casado y tener razón a la vez».]

12 Jun 2008

«MCMLXIV», un poema de Jota Mario Arbeláez

En 1964 había un hombre que se llamaba Jotamario y usaba
sombrero de copa.
Las gentes le decían: Señor Jotamario, ¿qué hace uste con ese
sombrero de copa?
Y él les decía: Señoras Gentes, ¿qué hacen ustedes con esa pregunta?

Era 1964 y él no se había dado cuenta que los poetas que escribían
para el futuro estaban pasados de moda.
Era 1964 y él no se había dado cuenta
que los Estados Unidos los negros estaban matando a los blancos
con armas blancas
Era 1964 y él no se había dado cuenta
que si alguien le abría sus puertas era para que se estrellara más
fuerte.

Pero había oído hablar de la bomba de californio
en los bailes de pascua de las embajadas;
pero había donado medio litro de sangre
para la anemia de los hospitales del trópico:
pero había leído en la revista Playboy
que Malcolm X sostenía que Jesucristo era negro;
pero había mirado hacia atrás por el espejo de su bicicleta
medio millón de muertos diseminados en una siesta horrible.

A veces caminaba por las calles bajo su canicular sombrero de copa,
paladeaba helados que eran un polo de ricura y su mayor deseo era
orinar desde la punta de la torre Eiffel.
No tenía escritorio
pero las gentes le decían que tenía madera de escritor;
no tenía máquina de escribir
pero cuando le daba la gana escribía como una máquina,
escribía maquinalmente lo que le daba la gana,
y la gente al escucharlo le aplaudía como con guantes,
como con una sola mano.

En el colegio le enseñaron de memoria los pensamientos de Pascal
y estuvo enamorado con la amargura del filósofo.
Cambió luego a Pascal por Pascale Petite
y la amargura por la mariguana.

Nunca tenía ideales.
Los ideales le parecían ideales de la idea.
Tenía en cambio ideas geniales.
Como ésa.

Comía rositas de maíz
que eran las únicas que le gustaban
y chiflaba si las películas
no satisfacían sus caprichos.

Sólo los domingos no se miraba al espejo sino
al periódico donde publicaban su foto
y no es porque fueran de él pero le parecía
que sus poemas eran dignos de él.

Tenía una pasado judicial impecable
como un crimen perfecto.

Afortunadamente su padre
vestía la misma talla de él;
afortunadamente su amante
deseba lo mismo que él;
afortunadamente la gente
pensaba diferente de él.

Sus padres se rasgaban las vestiduras
mirándolo por las calles recibir el caldo del cielo;
sus amigos le daban la mano dos o tres veces por semana;
apóstoles de zapatos de caucho nunca escasearon en su mesa
y en las terrazas de la ciudad pedían su plato de meteoros.

Era rebelde contras las paredes de moda
y su lecho era su único cuadrilátero para luchar.
Su lecho de patas de bailarina,
de sábanas de ordenamiento de vacas.
Su lecho de blandura de corteza terrestre
cuando la tierra era como una naranja.
Su lecho de fauna de microscopio
donde devoraba los bizcochos de la mañana.

Su mujer gemía bajo su peso pluma como una balanza,
bajo su peso y su presencia de lanzallamas en la noche de
muslos hospitalarios
y se reía colocando sobre su nuca su anillo de oro negro con piedras
de diferentes colores
y su risa quebraba los cristales anaranjados de la luz.
Es un poeta inútil y se llamaba Jotamario,
como Buda.

De El profeta en su casa (Ediciones Triángulo, Medellin, 1966).

Sobre este blog

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Pequeña posibilidad de honestidad

Enrique Cabezón nació en Logroño en 1976. Ha publicado los libros de poemas "Territorio de Ceniza" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2003), "El lenguaje de las serpientes" (Logroño, Ediciones del 4 de Agosto, 2005; junto al poeta José Luis Pérez Pastor), "Dios cabalga los lomos de las muchachas" (Béjar, LF Ediciones, 2005) y "No busques lágrimas en el ojo del muerto" (Alzira, Germanía, 2006). Además del e-libro "La traición en los colores" (Nausícaa , 2001). Además tiene una dilatada carrera como ilustrador e historietista, de su obra gráfica cabría destacar "Cementerio de las horas" (Onil, Ediciones de Ponent , 2004) o la adaptación de la novela picaresca de 1.604, original de Gregorio González, "El guitón Honofre" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2005) con guiones de su hermano Luis Alberto Cabezón. Ha grabado un disco ("fracaso, etcétera") con su banda de rock: enBlanco, que ha recibido excelentes críticas desde los medios especializados. Además colabora habitualmente en prensa y es uno de los integrantes del proyecto Ediciones del 4 de Agosto. Desde hace siete años desarrolla su trabajo de diseñador gráfico desde su propia empresa, kbcreativos, desde la que ha trabajado para Warner Music, Dro Atlantic, EDG Music, Grupo Profisegur, Greenpeace entre otras, también para prácticamente todas las instituciones de La Rioja.

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