aburrido de esperar el fin
llega
por fin
¿Qué misterioso afán, cuál aliciente
éstos encerrarán, que tal atraen
al humano, y asi continuamente
á ellos su memoria retrotraen?
¿Por qué este golpe de lucida gente
de los caseros goces se distrae
y dándose á la vela, desde el puerto
se dejan lo seguro por lo incierto?
Es el afán de libertad bendita
que dentro el pecho el corazón esconde;
la sed de un más allá que necesita
saciar el alma, sin mirar adonde;
es la extensión del piélago infinito
que á nuestro anhelo racional responde,
ávido de explorar, veces sin cuento,
la tierra, el mar, el alto firmamento.
Que si algunos por móvil egoísta
al capricho se entregan del destino,
sirviéndoles de cebo la conquista
de algún rico, dorado vellocino;
otros en cambio piérdense de vista
por el opuesto, diametral camino,
persiguiendo incansables su tesoro,
de más valía que un placer de oro.
Que lo digan si no los castellanos
que estas sencillas carabas equipan;
que lo digan Colón y los hermanos
Pinzón que de su anhelo participan;
ellos pasan los límites lejanos,
de mercantil logranza se emancipan,
ansiando sólo cosechar laureles
con que cambiar el lastre á los bajeles.
A nadie se le ocurre que á medida
avanzamos en épica jornada,
más difícil y larga la venida
luego será en viaje de tornada.
¡Qué fácil siempre ha sido la salida!
¿Qué penosa después la retirada
del campo de batalla ó de los mares,
iguales en obstáculos y azares!
Mas lo mismo el marino que el guerrero
del miedo no hacen caso ni memoria,
cuando á la lid ó al piélago altanero
se lanzan por la patria ó por la gloria;
seguir siempre adelante es lo primero
para lograr en todo la victoria,
¡La fortuna sonríe al atrevido:
quien no espera vencer, ya está vencido!
Ciro Bayo, La Colombiada (Librería General de Victoriano Suárez, 1912).
Destruir la escritura de este espacio opresivo y perderse escribiéndolo
para la indivisión en el fuego contra el letargo de las fuentes
las migas del festín están de pie sobre el mantel irreprochable
mimando lo que vuelve ejemplar su execración, el “yo” hostigador y plural, diezmado
se mezcla con el agua legamosa de las incorruptibles parcelas
en el cuarto contiguo su sacrificio o su sueño, y el refugio
los bloques aparejados a su comitiva, y sustraídos a la interpretación
***
Jacques Dupin, El sendero frugal. Antología poética 1963-2000 (Secretaría de Cultura
del Estado de Puebla, 2012. Edición de Iván Salinas).
Mi tiempo, padre:
Himnos de guerra y tableteo de metralletas.
Lo estoy viviendo apenas pero lo estoy viviendo.
Soy el aire del arquero y su brazo.
Te veo escribiendo tus poemas,
como éste, padre, como éste.
¿Para qué, para quiénes?
¿Para quiénes abres tu cartapacio,
tu horrenda máquina de escribir
como dentadura postiza?
A veces te leo en los periódicos
llenos de mosquitos proditorios.
Hace cincuenta largos años
que estás sobre la tierra.
Yo, padre, soy yo-padre desde que tú naciste.
El beso que pongo en tu mejilla
es el bien común,
el orden que rodea nuestra cisterna.
Por este lento avanzar del poemario,
del poema-río de tu consagración,
te despega la muerte de la vida
con paciencia de coleccionista.
Las uñas de animales inexistentes arrancan nuestros ojos en los sueños.
Así es la noche.
Antonio Gamoneda, Arden las pérdidas (Tusquets, 2003).
No pienses jamás: la luz está roja,
no hables con nadie: la luz está roja,
no polemices sobre textos jurídicos
ni sobre gramática,
morfología,
poesía
o prosa:
el intelecto es maldito, repugnante, despreciable…
No abandones
tu gallinero lacrado: la luz está roja,
no ames a mujer ni a rata:
la luz del amor está roja,
no cohabites con pared, piedra o asiento:
la luz del sexo está roja.
Sigue clandestino,
y no descubras tus decisiones ni a las moscas,
sigue analfabeto,
y no formes parte del adulterio ni de la escritura:
en nuestra época, el adulterio
es menos grave que el delito de la escritura.
No pienses en los pájaros del país
ni en los árboles, ríos y noticias del país.
No pienses en los que usurpan el sol del país:
la espada de la opresión te alcanzará de mañana
en los titulares del periódico,
en los pies del poema
y en los posos de tu café.
No duermas en los brazos de tu esposa…
al alba, tus visitantes estarán bajo el sofá.
No leas libros de crítica ni de filosofía:
al alba, tus visitantes
estarán infiltrados, como carcoma, en todos los estantes de la biblioteca.
Sigue en tu barril lleno de hormigas, mosquitos y basura,
sigue ahorcado por los pies hasta el día del Juicio,
sigue ahorcado por la voz hasta el día del Juicio,
sigue ahorcado por el intelecto hasta el día del Juicio;
sigue en tu barril para no ver
el rostro de esta nación violada.
Si intentas ir a ver al sultán,
a su esposa,
a su suegro
o a su perro, responsable de la seguridad nacional,
que come pescado, manzanas, niños
y también carne humana,
encontrarás la luz roja.
Si un día intentas leer
el parte meteorológico, las esquelas de difuntos o la sección de sucesos,
encontrarás la luz roja.
Si intentas preguntar el precio del medicamento contra el asma,
de los zapatos de los niños
o de los tomates,
encontrarás la luz roja.
Si un día intentas leer
la página del zodíaco
para conocer tu suerte antes del petróleo
y después del petróleo,
o para conocer cuál es tu número en los batallones de las bestias,
encontrarás la luz roja.
Si intentas
buscar una casa de cartón que te albergue,
una señora -de los restos de la guerra- que quiera consolarte
o unos pechos rotos
y una vieja nevera,
encontrarás la luz roja.
Si intentas
preguntar a tu profesor de clase: ¿por qué
se distraen los árabes de ahora con las noticias de las derrotas?
¿Por qué los árabes de ahora son cristal que se rompe sobre cristal?
Encontrarás la luz roja.
No viajes con pasaporte árabe,
no viajes otra vez a Europa:
Europa, como sabes, rebosa de necios.
Rechazado,
sospechoso,
expulsado de todos los mapas,
gallo herido en su orgullo,
muerto sin combate,
degollado sin sangre…
No viajes por tierras de Dios:
a Dios no le agrada encontrarse con cobardes.
No viajes con pasaporte árabe,
espera, como una rata en todos los aeropuertos:
la luz está roja.
No digas en árabe clásico:
soy Marwán,
Adnán
o Sahbán
a la vendedora rubia de Harrods:
el nombre no significa nada para ella
y tu historia, señor mío, es una historia falsa.
No presumas de tus victorias en el Lido,
Susanne,
Janinne,
Colette
y miles de francesas jamás han leído
la historia de Zayr y Antara.
Amigo:
tu aspecto es cómico en la noche de París.
Vuelve inmediatamente al hotel:
la luz está roja.
No viajes
con pasaporte árabe por los barrios árabes:
te matarán por una piastr
y, hambrientos por la noche, te devorarán.
No seas huésped de Hatim Tai[1]:
es un embustero
y un estafador.
No te dejes engañar por miles de esclavas
y cofres de oro.
Amigo:
no vayas solo de noche
entre los colmillos de los árabes;
tu estancia se reduce a tu casa,
tu pueblo desconoce tu linaje.
Amigo:
Dios se apiade de los árabes.
[1] Personaje célebre del folklore árabe, símbolo de la hospitalidad.
Traducción del árabe por: María Luisa Prieto. Más en: www.poesiaarabe.com
La vida es una goma de borrar
que hace gestos repetidos,
pequeñas invenciones.
David Mayor, 31 poemas (Pre-Textos, 2013).
Ya lo decía Arthur Rimbaud: La mano que maneja la pluma vale tanto como la que conduce el arado.

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