«Las muertes», un poema de Olga Orozco

 

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso
de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz
de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los
infames lechos vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida
gota de salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros
de nuestra vida.

«Bueyes en la ciudad», un poema de Francisco José Cruz

 

Atraviesan las calles remotos e inminentes como temblor de tierra.
Se tragaron el tiempo hace ya muchos tedios y son por eso montes,
montes que han aprendido a dejarse llevar como yunta de bueyes.
No se sabe si avanzan dormidos o despiertos porque están siempre a punto
de ser petrificados cada vez que se paran. Cada vez que se paran.

 

De Francisco José Cruz, Maneras de vivir (Renacimiento, 1998).

«6» de «En busca del lenguaje marabusino», un poema de Orlando Guillén

 

Se rayó el disco de la cita Un hola! quedó
apretado entre los labios mutuos
Te ibas diluyendo lentamente como el pol-
vo entre los rayos del sol
Ha pasado ya el último verano pero un
pliegue de su falda o un destello de su mú-
sica se pudre inútilmente entre mis versos
Ha crecido el pasto Un perro come el chan-
cro de mi vómito. Un ciclista torpe arrastra
el triste pedal de su locura Canta el gallo
parado en un solo pie Irrumpe una proce-
sión de adioses en el conflicto citadino
Estoy solo
Te saludo soledad muleta para suplirme
Te saludo y te canto Con mi gargajo vio-
láceo en tu cara purulenta oh soledad sitia-
da por dos ojos dos senos dos piernas dos
nalgas dos brazos es decir digo aquélla en
su cintura y en su tórax. Nadie se baña dos
veces en la misma agua de angustia Nadie
se sabe solo en medio de nosotros Te saludo
soledad lobo que somos Te saludo salvaje
aguerrida putita parada en cada esquina
Te saludo estúpida
Contéstame!

 

En Roberto Bolaño, Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (Extemporáneos, 1979).

«Campo de pomelos», un poema de Rocío Arana

 

En la muerte de un amigo

Para subir a los pomelos altos
tendrás que despertar al sol dormido
en aquella vereda que no vuelve.
Para tumbarte en la ladera fresca
con alguien que se ha ido,
tendrás que descalzarte y aprender
un rito muy cercano
como juego de niños, toboganes,
días oscuros en las noches lúcidas,
nudos terribles que se van soltando
y no sabes por qué, y estar en casa
con alguien que regresa de muy cerca.

Un fragmento de «Zona sagrada» de Carlos Fuentes

 

Es domingo y todo el pueblo está reunido en la playa, viendo a los muchachos jugar fútbol. Pero tú tienes mirada para otras cosas. Las islas están muy cerca: conoces su leyenda. Las señalas con la mano y me cuentas lo que no sé. Son las islas de las sirenas que vigilan la ruta a Capri. Dices que su canto puede escucharse, pero exige un riesgo. Y Ulises era el prudente. ¿Qué habrán sido esos rumores? No sé si en realidad te escucho. Los jóvenes de Positano, gamberros y estudiantes, cargadores y camareros (¿gigolós estivales?), juegan con esa fuerza nerviosa, esa rapidez muscular.

 

Fuente: epdlp.com

«Hasta el último», un poema de Abel Aparicio

 

 A la A.R.M.H.
Una vez más

Dijeron silencio,
dijeron silencio a las lagrimas,

dijeron amenazas en la oscuridad del miedo,

dijeron

mis balas en la alborada,
mis balas en tu soledad,

dijeron baile de acordes
en la melodía de la impotencia.

Dijisteis no,
que no,

verdad,
justicia,
reparación

hasta que sus espejos
dibujen vergüenza,

hasta que la transición
sea digna de mirarse a la cara,

hasta que la mentira
enarbole la bandera del fracaso.

y sé,

jamás estuve tan seguro de algo,
que la cadena perpetua
impuesta en los libros de historia,
esa que escribe cada familia con arrugas de dolor,
verá como se doblegan los pilares de la injusticia
gracias a la fuerza que produce
el redoblar de vuestros corazones
y la paz recolectada en cada cuneta,

para que el descanso,
por fin,
se siente en la misma mesa
de aquellos que lucharon
por la libertad.

«Tapas de cloaca», un poema de Karl Shapiro

 

la belleza de las tapas de pozos —¿qué es eso?—
como las golpeadas medallas del salvaje Gran Khan
como piedras del calendario Maya, incopiable, indescifrable,
no como el viejo electrón, cazado y anotado
consignado y esculturado para hacerlo girar
pero marcándolo y caracoleándolo y embolsándolo y destrozándolo
con el nombre de las grande compañías
(dulce Belén, sonriente Estados Unidos)
este artefacto inoxidable de mi calle
estará después derretido a lo largo de los caminos donde yacerá
hacia un lado en la tumba del viejo mundo de hierro
mordiendo hasta el abismo
con su fuerte misterio americano con
su obsoleta belleza.

 

Fuente: www.lexia.com.ar
Traducción: Raúl Racedo.

«Poema de ida y vuelta», de Enrique Andrés Ruiz

 

Voy siempre por la misma, la larga carretera
que me lleva en los viajes de ida o de regreso
rumbo siempre a las mismas, por ella separadas
o juntas pero siempre las mismas dos ciudades.

Voy y vengo por esta carretera de siempre
que atraviesa los páramos cruzando las anchuras
con el sol y el silencio de los llanos apenas
como solos testigos que acompañan la ruta.

(Solos… hoy: ya hace mucho —la carretera traía
los rumbos del espacio pero también del tiempo—
que sobre esta calzada se cerraban los oímos
y el mmor circulaba por un claustro de sombras).

Ahora nada se oculta porque en la luz no hay nada,
ni en el aire que mide lo profundo del cielo,
que detenga a los ojos cuando a lo lejos vuelan
por campos de matices de cambios infinitos.

Tanto es así que puedo, cuando los días crecen
y verdean los cerros con facetas moradas,
recontar, en las copas de los chopos, los nidos
que, puntuales, cada año, regresan la vida.

Y allí, junto a uno de esos escasos accidentes
—en invierno, una pértiga congelada y desnuda—
hay una casa en ruinas que busca mi costumbre
como si allí encontrara refugio mi mirada.

Como si…: Cuántas veces he pasado por ella;
cuántos días delgados, del otoño, cobrizos,
o de la primavera, restallantes y malvas;
cuántas tardes cualquiera me he fijado en su rostro

y enseguida he soñado con tejer una historia
hilvanada en las leyes del ayer y el mañana:
…En un día primero —como siempre pensamos—
los muros con firmeza derrotaban al viento. ..

Después, la lluvia, el peso de la nieve en las cámaras
filtrada por rendijas cada noche más hondas
las rendijas abiertas por el polvo de agosto…
Y luego —en ese sueño todo va hacia otra nada—

la llave que se oxida sobre el brocal del pozo,
la boca de la puerta, sin labios, las ventanas
como cuencas vacías que miran con fijeza
desde una calavera clavada sobre el páramo…

Como si…: Cuánta imagen ordenada en secuencias
prisioneras de un sueño, tan humano, y del hábito
del relato del tiempo con su efecto y sus causas.
Cuánta gris carretera para no darme cuenta

de que allí, en el recodo, sobre la áspera loma,
por entre los oteros que arrugan la meseta
y donde al fin espero ver hundida la casa,
todo allí, sin que nadie lo haya visto, regresa.

Todo ha estado volviendo, pero ahora sin tiempo:
los cimientos han ido fraguando en la argamasa
y el mortero ha trazado las paredes de nuevo
con el pobre aparejo de las piedras y el barro;

en el techo, los nudos de las vigas, dorados,
ya sin tiempo rezuman otra vez la resina,
y las tejas han dado trabazón a su urdimbre,
y de nuevo ha encajado, sobre el quicio, la puerta.

Cuánto viaje por esta carretera de siempre
sin pensar que aquí mismo, en el campo, a mi paso,
todo lo liso y llano, lo sucesivo acaba,
lo que tienen de tiempo mis palabras se acaba

pero entonces, vacías, en silencio, obedientes,
despertarán si escuchan decir a otra palabra
que la muerte se cierra como zarza entre ruinas
y una vida entreabre su camino al que espera.

(1998-2005)
Enrique Andrés Ruiz, Nueva revista #100 (2005).

«No te pongas bravo, poeta», un poema de Roque Dalton

 

La vida paga sus cuentas con tu sangre
y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.

Cógele el cuello de una vez, desnúdala,
túmbala y haz en ella tu pelea de fuego,
rellénale la tripa majestuosa, préñala,
ponla a parir cien años por el corazón.

Pero con lindo modo, hermano,
con un gesto
propicio para la melancolía.

«Madrigal a la ciudad de Santiago», un poema de Federico García Lorca

 

Llueve en Santiago,
mi dulce amor.
Camelia blanca del aire
brilla entenebrecida al sol.
Llueve en Santiago
en la noche oscura.
Hierbas de plata y de sueño
cubren la vacía luna.
Mira la lluvia por la calle,
lamento de piedra y cristal.
Mira el viento desvanecido,
sombra y ceniza de tu mar.
Sombra y ceniza de tu mar,
Santiago, lejos del sol:
agua de la mañana antigua
tiembla en mi corazón.

La Rioja

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