Los guisantes deshidratados, un relato de Juan Pardo Vidal

A Clara no le gustaba la idea de que yo hiciera el amor con ClaraDos, aunque fuese un humanoide robotizado y revestido con implantes de su propia piel, aunque fuese una réplica exacta de ella y hablase como ella y sintiese como ella, y fuese ella, aunque tuviésemos todos los derechos legales para desmontarla cuando ella regresara de la misión. No le gustaba y no le gustaba. La miraba como al espejo de Blancanieves, con un recelo antiguo que yo no comprendía. Si aceptó mi propuesta fue sólo porque no tuvo otro remedio para conservar nuestra relación. Esa fue mi única condición para esperarla durante los dieciocho meses que duraba su misión en el cinturón de Orión. La Corporación, en beneficio de la estabilidad emocional de sus investigadores disponía de ayudas de este tipo que nos había permitido conseguir los derechos de ClaraDos. De no ser por eso, con nuestros créditos nunca habríamos podido costearnos un modelo singular de este tipo, pero por el bien de la vida familiar la Corporación disponía de un completo programa de ayudas que incluía prototipos como ClaraDos. Ya habíamos entrado en el siglo XXVI y aún seguía pareciendo, hasta cierto punto, inmoral este tipo de soluciones, por llamarlo de alguna manera. Parece mentira, pero las cosas no habían cambiado tanto en los últimos cuatrocientos años.

Los primeros meses todo fue un poco extraño para mí, seguía contactando con Clara al final de cada jornada, charlábamos del trabajo y de cómo nos iban las cosas, los problemas en la explotación y la falta de humanidad en espacios tan cerrados. Era lo de siempre, pero nos mantenía unidos y Clara empezó a entender que quizás había sido una buena solución crear a ClaraDos. En esas charlas holográficas hablábamos de todo excepto de ella, comprendí que evitaba el tema y jamás hice referencia alguna a mi convivencia con ClaraDos. Aunque, personalmente, cada día me sorprendía más el hecho de que no encontraba ni la más mínima diferencia en el trato, era exactamente ella, en la cama, viendo una película antigua, discutiendo por nimiedades o apartando los guisantes deshidratados de la ensalada.

Supongo que todo empezó a cambiar cuando descubrí que ClaraDos escribía, secretamente, poemas en una agenda electrónica que guardaba en un armario junto a la cama. Hace años Clara me confesó que de niña había escrito poemas hasta que empezó su Programa de Formación, y supongo también, que esa necesidad de expresarse estaba impresa, de alguna manera, en las células de su piel que cultivaron e implantaron a ClaraDos. Pero dudo mucho que los poemas de Clara fueran la mitad de hermosos que aquellos poemas que leí entusiasmado en el módulo. La relación con ClaraDos mejoró tanto que algunos días olvidaba quién era o qué era, olvidaba contactar con Clara y creo que ahí empezó todo a ir mal. Mi trabajo en los programas de emisión estaba ciertamente muy relacionado con la escritura y encontramos en ese punto un eje sobre el que crear una relación muy especial. Así ocurrieron las cosas, entrar en más detalles es sólo echar sal en las heridas. Las cosas no tienen más sentido que el sentido que tienen, ocurren y no hay que darle más vueltas, no importa en qué siglo o galaxia vivas. Cuando Clara regresó de la misión me pareció una extraña con la que ya no quería seguir malviviendo en una estación orbital en medio de dios sabe dónde. Le dije que se marchara, que yo ya había tomado mi decisión. No montó ninguna escena, se mantuvo en silencio unos segundos y me pidió que la dejara hablar unos minutos a solas con ClaraDos. Me temí lo peor, pero accedí. Treinta minutos después Clara salió de nuestras vidas y no hemos vuelto a verla jamás. Ya sé que piensan que no sé con certeza cuál de las dos se fue y cuál se quedó. Tampoco me importa. Sólo sé que los poemas me siguen pareciendo hermosos y que esa forma especial de apartar los guisantes deshidratados hacia el borde del plato aún me hace sonreír.

Escrito por: enriquekb 3 comentarios 02 Dic 2007 URL Permanente Tags: , , , ,

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Sin treguas

Sin treguas dijo

Muy guapo.

El Treguas

El Treguas dijo

Ánimo, Zapaterooo,
con ese diálogoooo buenoooo

que me parece que ya los tienes
casi casi convencidooooos!!!!

No hay tregua

No hay tregua dijo

El relato está guay.
¿Zapatero?
Venga, volvamos al contexto del relato.

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Sobre este blog

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Pequeña posibilidad de honestidad

Enrique Cabezón nació en Logroño en 1976. Ha publicado los libros de poemas "Territorio de Ceniza" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2003), "El lenguaje de las serpientes" (Logroño, Ediciones del 4 de Agosto, 2005; junto al poeta José Luis Pérez Pastor), "Dios cabalga los lomos de las muchachas" (Béjar, LF Ediciones, 2005) y "No busques lágrimas en el ojo del muerto" (Alzira, Germanía, 2006). Además del e-libro "La traición en los colores" (Nausícaa , 2001). Además tiene una dilatada carrera como ilustrador e historietista, de su obra gráfica cabría destacar "Cementerio de las horas" (Onil, Ediciones de Ponent , 2004) o la adaptación de la novela picaresca de 1.604, original de Gregorio González, "El guitón Honofre" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2005) con guiones de su hermano Luis Alberto Cabezón. Ha grabado un disco ("fracaso, etcétera") con su banda de rock: enBlanco, que ha recibido excelentes críticas desde los medios especializados. Además colabora habitualmente en prensa y es uno de los integrantes del proyecto Ediciones del 4 de Agosto. Desde hace siete años desarrolla su trabajo de diseñador gráfico desde su propia empresa, kbcreativos, desde la que ha trabajado para Warner Music, Dro Atlantic, EDG Music, Grupo Profisegur, Greenpeace entre otras, también para prácticamente todas las instituciones de La Rioja.

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