Mi cuerpo es agua y mi rostro arroyo. Soy cristalina corriente de vida; yo pertenezco a la vida y ella me pertenece. Soy manantial, arroyo, torrente, cascada… Soy mar. Soy oasis en tierra estéril. Allá donde voy la gente me bendice y da gracias a Dios por tenerme. Soy cielo y mis aguas símbolo de pureza.
Mi cuerpo corre veloz, retoza bullicioso entre los rápidos. Más allá es templanza, paz, sosiego… Mas yo no me muevo. Mi figura es siempre igual, quieto y paciente, ¿qué espero del mundo? Otras formas, tal vez, otros brazos nuevos, que un movimiento de tierra ha de concederme, o tal vez espere a un árido estío que ha de arrancarme mi último aliento. Quizá sienta miedo de un futuro desconocido y terrible, de un perdido océano que me hará suyo. Tal vez no espere nada.
Soy hogar de seres que habitan en mí. Alimento de humildes, para otros sólo deporte. Mi primer curso alegra la vista al espíritu más desesperado.
Ágil y libre, jugueteando entre las rocas, soy fuente de verdor, refresco el ambiente que, sin mí, sería desierto. En la cascada, altiva y majestuosa, caigo en osada cabriola, digna del mejor campeón.
Soy esbelta, grácil, mi cuerpo rebosa esplendor. Soy juego de niños y paisaje de adultos. Soy bravo, rebelde, mi dueño es Dios. Soy agua… Soy río. Soy símbolo de libertad.

