¿Cuál es el misterio de la música?
¿De dónde viene, quién arranca el aullido de las notas
que son como una película tejida de emociones?
Habría querido tener oído, entender
esas matemáticas del alma, saber acariciar
la trompeta o el oboe, habría querido
abrazar el cuerpo de seda de una viola
y pulsar el temblor de agua de sus cuerdas,
su languidez atusada de brisas y espumas.
Todas las mañanas oía la letanía de un instrumento
mientras leía el periódico y paseaba a mi perra Noa.
Era Carlos, un río de música al que llaman Carlos.
Era Carlos, el director de la banda. Un día me dijo:
«La música no se aprende nunca. Es como el amor:
se mejora con la práctica. A fuerza de deseo».

