Eme se ha quedado arriba, en la barra de la terraza, hablando con una pareja de homosexuales madrileños. Todos hemos empezado a desbarrar en la tercera ronda. Cuando les he preguntado, algo bebido, si eran bisexuales, Eme me ha lanzado una mirada de reproche, agria.
Aquí, en el lecho,
sin poder ahuyentar los malos pensamientos
que sobrevuelan mi cabeza
como oscuros cernícalos,
pienso en la frase de Pavese.
«No me gusta el olor del semen que no es mío».
Noche negra.
Noche negra que todo lo cubre.

