Y tú, Michaux, que no te considerabas un imbécil, ¿qué haces ahora entre las testas coronadas? Te repudio con la más exquisita ternura. Yo no sabía que tus poderes inferiores fueran tantos.
Recuerdo (recordamos) a tu querida Banjo, tu Banjebita, y el pequeño milagro que pedías para ella y para ti. Y el hato de holgazanes a quien se lo pedías, Henri de terciopelo, Henri de alma infinita.
Y recuerdo los vértigos de la lectura y, más aún, el vértigo punzante de las comprobaciones. No recuerdo a tus Bélgicas obtusas, en el vórtice oculto de tu oculto país de cauto y dulce invierno.
Recuerdo, no recuerdo, tu rostro iluminado de las fotografías, y las señales negras de tus grabados y acuarelas. No recuerdo, recuerdo, “esa ciudad con nombre de cuchillo”, la Quito andina de las iniciaciones.
No recuerdo tu voz ni el velo suave de tu voz, ni tus maneras sin escándalo. Te recuerdo, fragante, en el bosque sagrado de los libros.
Los mejores poetas tienen dos dimensiones, acaso tres, en el más alto de los casos. ¿Qué hacías tú con tus cuatro, y con la quinta que era tus visiones del tiempo? ¿Qué haces tú con tu puñal envenenado, con la droga en las venas?
A esas horas despiertas de Bangkok o Bruselas, o a las horas finales de París, ¿en qué desnivelado meridiano estaba el perro hambriento de tu viejo reloj de manecillas imantadas? ¿Dónde tu brújula engañosa?
He llamado a tu puerta y nadie acude. Un pájaro sin sombra custodia la débil claraboya. El llamador ha sido robado por los coleccionistas de tesoros. A la escalera de madera le faltan seis peldaños. Un gato merodea, pero ése no es tu gato.
Recuerdo, no recuerdo. Los dientes de la lepra se han comido las cartas que no nos escribimos. El silencio ha hecho el resto. Banjo tiene nefritis, u otra cosa cualquiera de esas enfermedades que acaban en la muerte, como la enfermedad de la memoria, que padezco en tu nombre o en mi maldita raza.
José Viñals, Alcoholes y otras substancias (Once, 2012)

