Las cuerdas afinadas oscilan
en un pentatónico deseo de renacer
sobre el escenario de la vida,
pero los acordes suenan para el exterior
como los fingidos cánticos de una monja atea,
y es que el ambiente no acompaña,
no acompaña el hombre,
no acompaña el mundo,
la melodía externa es anticadencia
de los movimientos de su corazón,
así que para Martín Orfeo sólo existe
una melodía interior, que es el contrapunto
que necesita para mirar para adelante
y no mirar nunca más hacia atrás.
Joaquín Piqueras, Los infiernos de Orfeo (Instituto Leonés de Cultura, 2010).

