Un fragmento de «La nave de Baco», de Miguel Sánchez-Ostiz

 

Lo mismo había allí gente que se creía roja, que diputados de la extrema derecha aznarista, católicona y borde, los eternos aprovechados, para quienes el teatro servía de escapada a su vida ramplonaza y a su política aldeana. Escrivá en público y el nabo inhiesto en privado, como un ariete del alma con el que poner orden, una verdadera porra: los eternos impostores, los tartufos, la gente de orden, los puritanos, la madre que los parió. Pero no sólo ellos, a los que habían descubierto la vida, pero ya de mayores también les iba la marcha del teatro, para follar y ampliar su experiencia de la vida.
Antes la gente se apuntaba a la cerámica, al taichi o al senchui, que es todavía más raro, más extravagante, a la encuadernación, a la cocina oriental o a la hípica, ahora la terapia ocupacional de la banda de locos o locoides que andan sueltos por la capital de España es la de apuntarse al teatro. Los psiquiatras y psicólogos los envían a la escena para poder cogerse una merecidas (en algún caso) vacaciones, como antes los mandaban a los talleres de escritura creativa para lo mismo.

 

De Miguel Sánchez-Ostiz, La nave de Baco (Espasa, 2004).

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La Rioja

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