Todas las precauciones son pocas en estos tiempos que corren, sobre todo desde que los falsificadores de monedas se han establecido en este país.
El sitio de Berg-Op-Zoom
Se sienta Johan Blazius en su sillón de terciopelo de Utrecht, mientras el reloj de San Pablo da las doce
campanadas sobre los tejados carcomidos y caliginosos del barrio.
Se sienta el lombardo gotoso en su banco de madera de Irlanda para cambiarme este ducado de oro que saco de mis calzones, y que aún guarda el calor de un pedo.
¡Uno de los dos mil que una sangrienta carambola de la fortuna y de la guerra arrojó desde la escarcela
de un prior de benedictinos hasta la bolsa de un capitán de lansquenetes!
¡Dios me perdone, el cicatero lo examina con su lupa y lo pesa en su balanza, como si mi espada hubiese acuñado falsa moneda sobre el cráneo del monje!
Ea, abreviemos, maese cornudo. No estoy de humor ni tengo tiempo para amedrentar a esos rufianes a los que tu mujer acaba de lanzar un ramo de flores por aquel agujero.
Y necesito echarme al coleto alguna que otra jarra, ocioso y melancólico como estoy desde que la paz de Munster me tiene encerrado en este castillo como una rata en un farol.
De Aloysius Bertrand, Gaspard de la nuit (Artemisa, 2009).

