«Amen», un poema de Luciana Reif

 

En Cali
conocí a una mujer
que tenía la habilidad de rezar
con una sola mano.

Para sentirse más cerca de
dios
le bastaba con hundir sus dedos
bien profundo debajo de su falda

Rezaba de día
rezaba de noche
en el nombre del padre
del hijo y del espíritu santo.
Amén

 

«Marzo», un poema de Eloy Sánchez Rosillo

 

PENSANDO EN MARZO

En su momento, marzo volverá,
según los calendarios nos indican.
Y no es que piense yo que no sea cierto
que ha de ocurrir su vuelta. Sin embargo,
cuánto lo echo de menos esta tarde
de mediados de enero. Se diría
fábula en la memoria e ilusión
de todo el bien posible. Uno no ignora
que existe el sol, que hay pájaros, abejas,
tardes que paulatinas van creciendo,
rosas, cielos azules y muchachas
de ojos irresistibles y de andares
muy peligrosos para los que miran
sin tomar precauciones. Pero es
misterio que confluya todo eso
-y tan intensamente, y tan de golpe-
en un punto del año, que se junte
y se funda en seguida en una cosa
que es más que cada cosa y es milagro
hecho ante nuestro asombro. Sí, parece
que marzo ha de volver, y así lo dicen
los almanaques, la experiencia y quienes
saben del mundo y de sus movimientos,
de estaciones, de ciclos. Aunque yo,
desde este exilio que es su ausencia, desde
el corazón del intratable invierno,
lo echo de menos mucho, y lo recuerda
con desconsuelo mi penuria de hoy
como leyenda y como paraíso,
sueño hermoso que tuve igual que un don
perdido para siempre, para siempre.

 

ENTRA MARZO

No me cabe en el cuerpo la alegría
De que por fin haya llegado marzo.
No sé qué hacer con ella; sobra tanta
que hay para dar y repartir. Acaso
la desmenuce en migas de pan tierno
y se la eche a los pájaros.

 

Eloy Sánchez Rosillo, Sueño del origen (Tusquets, 2011).

«La poesía, mi válvula de escape», un poema de Antonio Pérez Morte

 

Para Antonio Huerta Orihuela

La poesía es mi válvula de escape.
Lo he venido diciendo desde niño,
en entrevistas, periódicos, en libros:

Asomado a la Ventana de mi Estudio,
Ricardo Arnó conversó conmigo
y llegó a la conclusión de que Antonio,
el poeta de Zuera, pensaba poemas
y vivía versos.

Quizá fuese verdad, quizá lo fuera,
como lo son estas noches despiertas
con los ojos y las hojas en blanco:
Mi atormentado, fatigado corazón
se niega a crear a cualquier hora.

Sólo consigo un par de arcadas
donde ayer una metáfora
y un pinchazo en medio del pecho
sustituye a aquel oxímoron
que justifique el dolor
y alimente el recuerdo.

La poesía, durmió con la hipertensión
para soñar con mi amigo,
tan testarudo como yo,
y con esa campechanía y bondad,
que un día hallará nuevo cauce,
como esta sangre desbocada
o esta hemorragia rectal
que hoy viene a salvarme la vida,
mientras yo busco palabras,
con las que cerrar las viejas heridas.

 

En aperezmorte.blogia.com

«Y, por otra parte, eso otro», un poema de Tere Irastortza

 

Y, por otra parte, eso otro
de lo que, hablando con las amistades del pasado y del futuro,
de lo que, ante el molino de Belauntza fui consciente:
Perdida la felicidad
o una vez de haber aprendido a sobrevivir sin felicidad,
ya no se es infeliz:
esa es la realidad.

A veces el río llevará poco caudal
y otras mucho,
pero los árboles de la ribera acompañan por igual
al agua
que corre y al agua que se demora

Con todo, queda eso otro
pues cuando en los montes la nieve hace crecer los ríos
y cuando
en los montes la nieve enfría el aire
y hace respirable la felicidad
sentimos, con certeza, amiga,

qué infelices hemos sido
qué vacío ha habitado nuestro vientre
endurecido
cómo el aliento que atravesaba la garganta
no tenía recorrido
sentimos, con certeza, amiga,
que no éramos infelices.
porque no éramos
sentimos, amiga, sin dudarlo
que no seremos felices
hasta, de nuevo, acertar a ser

 

«Oficio de la mortaja», un poema de Lêdo Ivo

 

Futuro, el vivo yace dentro del muerto
y su mano inmóvil no fustiga
las moscas circundantes, ni las flores
reales y metafóricas que lo rodean.
El hombre muerto desvive y forja la fábula
de una tumba cambiada en luz y altura.
Las moscas abren las alas para verlo
pasar en dirección a la eternidad.
¡Oh gloria de estar muerto y reclamar
el Reino prometido a todos los hombres
que en el muro de la vida buscaron
el portón del jardín del Paraíso!
Y el muerto siente el olor de las frituras
en el restaurante cercano de la capilla:
los vivos comen carne y beben lágrimas.
Y el sudor de los que se aman, y el estremecimiento
de las ortigas a los vientos funerarios
y las heces que, en el mar, hablan de los hombres,
a todo atento el lúcido finado,
y su oreja nota el anacoluto
de la pálida viuda en negro duelo;
y sus ojos contemplan, formidables,
el tránsito soberbio de la ciudad
cuando anochece, abeja gigantesca,
babilonia de luz, música y vidrio.
El antiguo transeúnte que hay entre los muertos
lo convida a tomar café de pie
a la puesta del sol que huele a sandwich
y a gasolina –adiós, oh vida inmensa
que se nutre de risa, polvo y plegaria,
adiós, oh papagayo que haces cabriolas,
adiós, rodillas amadas, brisa pura
de la playa, a todo adiós. No sólo de moscas
vive, crucificado y mudo, el muerto.
Guerrero de lo absoluto, mata a la muerte.
Ser de promesa, horizontal y póstumo,
el hombre vive de la espera. Y ni difunto
renuncia a su eternidad.

 

Lêdo Ivo, Estación final. Antología 1940-2011 (Valparaíso, 2012).

«[Ha venido tu lengua; está en mi boca]», un poema de Antonio Gamoneda

 

Ha venido tu lengua; está en mi boca
como una fruta en la melancolía.
Ten piedad en mi boca: liba, lame,
amor mío, la sombra.

 

Antonio Gamoneda, Libro del frío (Siruela, 1992).

«Cómo han de ser tus ojos», un poema de León Felipe

 

Mujer… no tendré un beso de niño para ti
ni de viejo, ni de sátiro…
Cuando vengas no besaré tus mejillas
ni tu frente, ni tus labios.
Pondré mi boca en los pliegues
recogidos de tus párpados
y beberé el agua clara
que suba a tus ojos claros.
Trae unos ojos azules, mujer,
trae unos ojos azules, de un azul tranquilo y claro
que tengo sed…
sed de peregrino cansado
de muchas jornadas duras
por caminos solitarios
y quiero
llevar mis labios
al agua clara y tranquila
de un remanso que refleje
un cielo tranquilo y claro.

 

«Atardecer de marzo», un poema de José Luis Hidalgo

 

Atardecer de marzo
en la mar cenicienta.
El crepúsculo, lejos.
ya no se ve, se sueña.

Atardecer de marzo,
tú estás aquí, tan cierta
como esta dicha de ahora
que me da tu presencia.

Dame tu mano, inclina
sobre mí tu cabeza
y calla, no me rompas
este paisaje y esta
ternura que se alza
desde ti y se me adentra
por el cuerpo y el alma…
Mírame, piensa y deja
todo así como está
sin besarme siquiera:
el cielo alto y sereno
que sobre el mar se espeja,
en el aire parado
la gaviota que vuela,
y bajo nuestros pies
éste poco de tierra…

Dame tu mano, inclina
sobre mí tu cabeza.
Todo así como está
sin besarme siquiera…

 

«Labios ausentes», una canción de Georges Brassens

 

Quiero dedicar este poema
a todas las mujeres que amamos
durante algunos instantes secretos,
a las que apenas conocemos,
a las que un destino distinto les arrastra
y ya no volvemos a ver más.

A la que vemos aparecer
un segundo en su ventana
y rápidamente se desvanece
pero cuya esbelta silueta
es tan graciosa y delicada
que nos quedamos maravillados.

A la compañera de viaje
cuyos ojos, encantador paisaje,
hacen parecer corto el camino.
Que somos los únicos en comprenderla
y a la que sin embargo dejamos bajar
sin haber rozado su mano.

A las que ya están comprometidas,
y que, viviendo horas grises
cerca de un ser demasiado diferente,
nos han dejado, inútil locura,
ver la melancolía
de un futuro desesperante.

Queridas imágenes vistas,
esperanzas frustradas de un día,
mañana estaréis en el olvido.
Con solo un poco de felicidad que tengamos
es raro que nos acordemos
de los episodios del camino.

Pero si hemos fracasado en la vida,
pensamos con un poco de ganas
en todas esas felicidades entrevistas,
en los besos que no osamos coger,
en los corazones que debían esperarnos,
en los ojos que no hemos vuelto a ver.

Entonces, en las noches de hastío,
poblando nuestra soledad
con los fantasmas del recuerdo,
lloramos los labios ausentes
de todas las bellas fugaces
que no supimos retener.

 

«Cumpleaños», un poema de Fernando Pessoa

 

En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños,
yo era feliz y nadie estaba muerto.
En mi antigua casa, hasta cumplir años era una tradición de hace siglos,
y la alegría de todos, y la mía, armonizaba con una religión cualquiera.
En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños
yo tenía la gran salud de no percibir ninguna cosa,
de ser inteligente entre la familia,
y de no tener las esperanzas que los otros tenían en mí.
Cuando llegué a tener esperanzas, ya no sabía tener esperanzas.
Cuando llegué a tener la vida, perdí el sentido de la vida.
Si lo que fui de supuesto en mí mismo,
lo que fui de corazón y parentesco,
lo que fui de fiestas de media provincia,
lo que fui de ámenme y soy niño,
lo que fui -¡ay, Dios mío! Lo que sólo hoy sé que fui…
A qué distancia…
(ni lo encuentro)
¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños!
Lo que ahora soy es como la humedad en el corredor final de la casa,
poniendo espigas en las paredes…
Lo que ahora soy (y la casa de los que me amaron tiembla a través de mis lágrimas),
lo que ahora soy es haber vendido la casa,
es haber muerto todos,
es sobrevivir a mí mismo como un fósforo frío…
En el tiempo en que festejaban mi cumpleaños…
¡Qué mi amor, como una persona, ese tiempo!
Deseo físico del alma de encontrarse allí otra vez,
por un viaje metafísico y carnal,
como una dualidad de yo para mí…
¡Comer el pasado con pan de hambre, sin tiempo de mantequilla en los dientes!
Veo todo otra vez con una nitidez que me ciega para lo que hay aquí…
La mesa puesta con más lugares, con mejores diseños en la loza, con más vasos,
la alacena con muchas cosas -dulces, frutas, el resto en la sombra debajo del alzado-,
las tías viejas, los primos diferentes, y todo era por mi causa,
en el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños…
¡Deténte, corazón!
¡No pienses! ¡Deja el pensar en la cabeza!
¡Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío!
Hoy ya no cumplo años.
Duro.
Se me suman los días.
Seré viejo cuando lo sea.
Nada más.
¡Rabia de no haber traído el pasado guardado en el bolsillo!
¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños…!

 

La Rioja

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