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Un poema sin título de Antonio Gamoneda

  Las uñas de animales inexistentes arrancan nuestros ojos en los sueños. Así es la noche.   Antonio Gamoneda, Arden las pérdidas (Tusquets, 2003).  

«[Ha venido tu lengua; está en mi boca]», un poema de Antonio Gamoneda

  Ha venido tu lengua; está en mi boca como una fruta en la melancolía. Ten piedad en mi boca: liba, lame, amor mío, la sombra.   Antonio Gamoneda, Libro del frío (Siruela, 1992).

«Me gustaría para mí», un poema de Luis Buñuel

  Lágrimas o sauces sobre la tierra de dientes de oro de dientes de polen como la boca de una muchacha de cuyos cabellos brotaba el río en cada gota un pececillo en cada pececillo un diente de oro en cada diente de oro una sonrisa de quince años, para que se reproduzcan las libélulas

«¿Dónde estás?», un poema de Javier Lostalé

¿Dónde estás, criatura sin amor de mi vida? Como un planeta silencioso me envuelve tu luz que tú no sabes y yo no alcanzo. Quieta caminas hacia mí dentro de tu ángel dormido que con su halo de sueño me despierta a tu lado, bella criatura sin nombre ni cuerpo a cuya sombra me entrego

Otro poema sin título de Carlos Pujol

Se llama Sitting Bull y está en un circo haciendo pantomimas de gran jefe de los guerreros sioux. Que es lo que era. En su espaciosa soledad ya sólo ha puesto la esperanza en el pasado. Su patria es el olvido y la memoria.   De Carlos Pujol, Los aventureros (Pamiela, 1996).

Un poema sin título de Carlos Pujol

Para ver lo que nunca había visto, lo que dudaba que pudiese ser algo más que poesía, dejé de ser un hombre de provecho, de pensar en el día de mañana —que nunca llegará— y en la vejez, que es sólo un espantajo. Fue como un gesto inmemorial de búsqueda, el temerario rito de la

«Cosas del tiempo perdido», un poema de Manuel M. Forega

A Filín, siempre en la memoria. Tarde, has llegado tarde, como siempre. Tarde a todo, como he llegado yo: estamos condenados a encontrarnos. De Manuel M. Forega, Ademenos. 2000-2006 (Olifante, 2008).

Un soneto de Carlos Pujol

Solía ser invierno, y el abrigo pesaba como el plomo, la ciudad era inhóspita y gris, el ir contigo duplicaba la idea de orfandad. Casas muertas y voces espectrales, feas caras que el tiempo cinceló, los parientes sin fin, todos iguales en su desprecio porque exista yo. Y el penoso deber de ser un niño

«Memoria», un poema de José Emilio Pacheco

No tomes muy en serio lo que te dice la memoria. A lo mejor no hubo esa tarde. Quizá todo fue autoengaño. La gran pasión sólo existió en tu deseo. Quién te dice que no te está contando ficciones para alargar la prórroga del fin y sugerir que todo esto tuvo al menos algún sentido.

La Rioja

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