Ha venido tu lengua; está en mi boca como una fruta en la melancolía. Ten piedad en mi boca: liba, lame, amor mío, la sombra. Antonio Gamoneda, Libro del frío (Siruela, 1992).
Tag ‘ reina’
Un fragmento de «Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno» de Jenna Jameson y Neil Strauss
Nikki solía decir que yo era su gitana. Yo me reía cuando ella decía eso, pues sé que no se refería sólo a mis viajes. El mío es un corazón de gitana buscando continuamente un hogar, luchando consigo mismo, preguntándose si no es una muestra de debilidad o incluso un error el mero hecho
«Otro mayo», un poema de Juan Gelman
cuando pasabas con tu otoño a cuestas mayo por mi ventana y hacías señales con la luz de las hojas finales ¿qué me querías decir mayo? ¿porqué eras triste o dulce en tu tristeza? nunca lo supe pero siempre había un hombre solo entre los oros de la calle pero yo era ese niño
«El fornicio», un poema de Gonzalo Rojas
Te besaré en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara, mi vergonzosa, en esos muslos de individua blanca, tacara esos pies para otro vuelo más aire que ese aire felino de tu fragancia, te dijera española mía, francesa mía, inglesa, ragazza, nórdica boreal, espuma de la diáspora del Génesis… ¿Qué
«La aurora», un poema de Octavio Gómez Milián
Tú y yo estaremos solos siempre. Ángel Gracia, Libro de los Ibones. No mentías, el invierno sigue hambriento ahí fuera. Sé que en la palma de mi mano se aloja el último recuerdo de esta despedida de caballeros. Somos hombres torpes que no saben abandonarse. De Octavio Gómez Milián, Lugares comunes (Olifante. Ediciones de Poesía,
«A quien pueda interesar», un poema de José Emilio Pacheco
Que otros hagan aún el gran poema los libros unitarios las rotundas obras que sean espejo de armonía. A mí sólo me importa el testimonio del momento que pasa las palabras que dicta en su fluir el tiempo en vuelo. La poesía que busco es como un diario en donde no hay proyecto ni medida.
Napule nel occhi: Virgilio
La Eneida (fragmento) Enmudecieron todos, conteniendo el habla, ansiosos de escuchar. Eneas empieza entonces desde su alto estrado: «Espantable dolor es el que mandas, oh reina, renovar con esta historia del ocaso de Ilión, de cómo el reino, que es imposible recordar sin llanto, el Griego derribó: ruina misérrima que vi y en que arrostré
«Los hombres atrapados por sus huchas», un poema de Sergio Algora
Aquí, esta idea de beso que jamás resucita en mi boca, mientras cae la ceniza del cerebro consumido en la quemada de mis labios, por el beso que llevo dentro goteando sus dudas como alcohólicas de esta vida, que dicen dejarla y una y otra y una y otra vez vuelven reptando a probarla. Cada

