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«Libélula», un poema de Juan Carlos Mestre



Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria
a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente
las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
extraños seres petrificados en la ternura como benignos nódulos
en la perfección de los huesos. En aquel tiempo
yo tenía el sueño de una libélula entre los juncos del corazón.
Cansadas como paraguas cerrados recogía las maderas auditivas
de un mar inexistente y con ellas construía algo parecido a una casa.
En aquellos días algo parecido a una casa eran las conversaciones,
palabras relacionadas con la pestaña premonitoria, gatos en los cerezos.
Yo desconocía los vínculos y toda oscuridad era para mí un obsequio,
un rumor de la eternidad que se prestaba como cuerpo desnudo a mi mano.
No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación
del amor como un sastre con pantalones verdes el día de la felicidad.
Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
la ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido
mas no es él el dueño de esa invención sino el ruido de un rumor prestado,
la cámara del que guarda su placer en ella.
Yo tenía la costura de una libélula en el corazón
pero las hojas cerebrales hacían crecer mis manos hacia dentro
en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.
Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos
que guían la gota gramática hacia una lengua extranjera.
Antes que me tomaran por un extraño ya que yo no era el dueño de esa invención
me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos
y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando en un espacio vacío.
Era como si el tiempo hubiera dejado de durar,
era como si todas las obras imaginadas por un ciego se derritiesen al tacto,
como si la langosta hubiera descendido sobre los campos del espíritu.
Yo solo tenía una libélula en el corazón como otros son hermanos del vértigo
y llevan la aorta de las constelaciones acogida en sus sienes.
Está bien, las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
es probable que la invisibilidad y estos hechos
solo guarden relación con una libélula.

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«Las novias de John Snake», un poema de Pedro Juan Gutiérrez

usan collares de perlas
y se emborrachan
desde las 10 de la mañana/pero pierden
la compostura definitivamente por las tardes.
Entonces gritan desaforadas
por encima de los boleros
y las rancheras
de Paquita La Del Barrio.
Las gentiles señoritas
no soportan los latigazos
y otros abusos (sicológicos/corporales/anales/
y hasta telepáticos)
de John Snake/que se cuida mucho
y jamás menciona estas trifulcas infames
en sus memorias.
Sus atildados poemas/en cambio/
parecen escritos por esos poetas del sistema/seductores/
que usan traje y corbata
y cultivan amistades en las altas esferas.
Sus atildados poemas, decía,
sólo hablan de amores insoportables
largos/tediosos/aburridos/Y de señoritas inmortales
que se extienden románticas en el crepúsculo/
Johnny cree que engaña al respetable público
con sus máscaras y escapes imposibles
al mejor estilo Houdini.
Pero la realidad es otra:
cultivar el arte de la fuga
es una reiteración de la inutilidad,
querido Johnny.
Todos saben que eres un hijo-de-puta-más-
en-este-mundo-lleno-de-grandes-y-famosos-hasta-
heroicos-y-admirados-hijos-de-puta.
Ahh, John Snake,
si supieras
cómo te engañan tus novias.
Aunque las obligues a usar
collares de perlas y gruesos ajustadores de loneta
para evitar que se marquen sus pezones
en las blusas.
Nada es suficiente.
Ni un cinturón de castidad electrónico.
Nada, querido John.
Son infieles
por el delicioso placer de ser infieles.
Y se ríen. A carcajadas.
Una simple burla/Rumberas de circo/Mulatas de fuego/
Y tú crees todo lo que te dicen
en el crepúsculo
cuando se emborrachan
y usan collares de perlas
y dan paseítos a lo largo de la casa
ansiosas y desesperadas/incapaces
de permanecer tranquilas
a tu lado
y escuchar esas monótonas
suites de Bach para cello
que tú oyes extasiado cada tarde
mientras deduces cómo
las habría escrito Mahler o Wagner
y tragas whisky como si fuera agua
y piensas que el mundo
es desastroso
pero sólido.
No, querido Johnny,
no te imaginas cómo todo se desmorona
y se hunde en mierda líquida.
Debajo del piso no hay solidez/Hay un pantano
de mierda
que hiede asquerosamente.
Las cucarachas
los gusanos apestosos
y tu Johnny
y tus novias infieles y sarcásticas
no tienen importancia.
Creo que te ahogarás en la mierda
y el pantano negro.
Ya no hay luz/y te hundirás
como un imbécil
perdido en esta isla
con crepúsculos dorados.
No tienes salvación.
Una vez más
te hundirás en la mierda del burdel
y las suites de Bach para cello
será el último ruido que irá contigo
hasta el fondo del pantano.
Adiós, Johnny,
querido Johnny.

«El adolescente», un poema de Juan Ramón Jiménez

El alba me sorprende
buscando entre los lirios
la huella de tu paso.

¡Imajen del naciente,
que yerras en los hilos
del renacer temprano!

¿En dónde el blanco tenue
que luzca en el sol fino,
por el frescor morado?

De Canción (1936)

«Allegro», un relato de Juan Pardo Vidal

He de reconocer que tras el concierto, justo en el momento de estrecharle la mano amablemente mientras nos presentaban, supe por su indiscreta mirada hacia mi caritativo escote, que esa noche si dios o Chopin no lo remediaban, nada iba a impedir que yo coqueteara con aquel hombre. Aunque fuese tan sólo para imaginar que hacía realidad una de mis fantasías sexuales más inconfesables: hacer el amor con un pianista enjuto y narigudo, de manos suaves y oblongas como una pintura del Greco. La música es mi pasión.

Durante el cóctel, a la entrada del restaurante francés que la concejala de cultura había reservado para agasajar a aquel cenceño concertista, coincidimos gratamente en reconocer nuestra secreta debilidad por los Nocturnos de Chopin, y en especial por las Canciones para voz y piano que sobre poemas de Stefan Witwicki había escrito el músico polaco. Después de esa grata y elitista coincidencia sólo había que echar una ojeada a los invitados, o a mi escote, para comprender que seguiríamos juntos buena parte de la velada. Ya sentados a la mesa, y hacia la cuarta copa de vino, supongo que por los vapores del reserva y por el poco peligro que la actitud tímida de aquel hombrecito me transmitía, cometí la indiscreción de confesarle que no quería terminar mis días sin que alguien tocara sobre mi espalda desnuda las Valkirias de Wagner.

-El protocolo no creo que nos deje mucho tiempo para un movimiento tan complejo- me dijo apoyando su mano derecha sobre mi muslo- pero si usted me lo permite me gustaría regalarle algunas notas de las Trois Gymnospedies de Eric Satie, soy un romántico. No pude sobresaltarme porque el momento elegido fue especialmente inoportuno, la concejala de cultura, sentada justo a mi izquierda, se había girado hacia nosotros irrumpiendo súbitamente en la conversación mientras me miraba directamente a los ojos. No sé si me sacudió el miedo a que aquella señora tan repeinada pudiera haber visto la mano del pianista en mi muslo o fue el espasmo que me produjo el contacto de mi pierna con la piel aterciopelada y pajiza de su mano, pero lo cierto es que intenté reaccionar de manera natural, poco brusca, proseguir sonriente la conversación con la concejala y el pianista de los dedos y las manos largas, para más tarde detener ese exceso de confianza de una forma natural y madura pasados unos segundos. A fin de cuentas me sentía alagada, pero ese momento de duda debió de ser definitivo. Por debajo del mantel, mientras yo sonreía en exceso a la inoportuna señora, el pianista comenzó a interpretar sobre mi pubis, púdicamente cerrado, las primeras notas de las Gymnospedies de Satie. Reconocí las notas al instante, reconocí los espacios y la música sorda que las yemas de sus dedos imprimían. Supongo que eso provocó una involuntaria contracción en mis abdominales que me obligó a entreabrir las piernas y supe, en ese mismo instante, que como en aquel poema yo era un piano brillante e inmóvil. El pianista se inclinó ligeramente hacia la izquierda para responder los comentarios de la concejala acerca del ritmo en el concierto. Impasible hablaba con insultante naturalidad, con la mano izquierda se mesaba la barbilla mientras con la derecha, por debajo de la mesa había apartado, sin perder una nota, mis bragas hacia un lado y aumentaba el ritmo del segundo movimiento. Reconocía las notas sobre mis labios mayores, las cesuras de la negra sobre mi clítoris normalmente con el dedo índice, reservando el corazón y el anular para la melodía y para mis labios. Se descalzó y comenzó a pisarme suavemente los zapatos de tacón a modo de pedal de cordura o de sostenuto.

Aprovechando la conversación que ambos mantenían intentaba reírme en exceso para participar de ella, mantenerme así un poco al margen y aliviar la enorme tensión que sentía en las piernas estiradas con fuerza para facilitar su interpretación. La señora dijo que a pesar de que me conocía desde hacía años aquella noche me encontraba radiante y que jamás había visto ese brillo en mis ojos, y es que la música tiene ese efecto en mí, le respondí escuetamente mientras él daba comienzo al último movimiento. Aceleró el tercer movimiento de las Trois Gymnospedies utilizando sólo cuatro dedos y reservando el pulgar para mantener presionado mi clítoris, incliné ligeramente los hombros hacia delante para evitar, en la medida de lo posible, que los pezones se me salieran por la blusa de seda como dos falanges. Con una sonrisa estúpida contemplaba como ellos dos, uno a cada lado, hablaban en silencio, moviendo la boca, pero yo sólo escuchaba las notas de la música de Satie resonando en mi oídos, y me imaginaba que la sala, misteriosamente, se vaciaba de invitados y que aquel hombrecito diminuto me empujaba de bruces sobre los platos de la mesa, y que mientras yo inútilmente me resistía él me levantaba la falda arrancándome la ropa interior e introducía sin piedad su discreto pene por mi culo a la vez que me metía una enorme batuta en el coño agitándola para dirigir una extraña orquesta de sensaciones. Mientras tanto la conversación entre ellos dos se volvía cada vez más animada, algunas contracciones en mi espalda debieron avisar al experimentado músico de que había llegado el momento de terminar el concierto.

–Está siendo una velada inolvidable – le dijo la señora. Él sonrió e introdujo a un tiempo su dedo índice y corazón en mi vagina buscando no sé qué nota perdida, el pulgar presionaba mi clítoris con violencia, y fue justo entonces cuando comenzaron los espasmos, empecé a dar carcajadas nerviosas aprovechando un afortunado y oportuno comentario de la señora concejala mientras él deslizaba, no contento con los aplausos del auditorio, su dedo meñique dentro de mi culo. La ovación duró más de lo previsto, segundos, minutos después, no sé, toda mi piel se puso en pié. Luego me quedé muy quieta, convulsionada, inspiré disimuladamente todo el aire de la sala para terminar de superar las contracciones abdominales cuando aún sus dedos, ya inmóviles, permanecían dentro de mí. Intentaba con todas mis fuerzas mantener levantados los párpados mientras él hábilmente colocaba cada cosa en su sitio, las partituras, las bragas, la falda, el mantel. Suavemente, desde debajo de la mesa, sacó lentamente su mano y como en aquel cuadro de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, levantando el dedo índice, educadamente llamó la atención del camarero para preguntarle: -¿no sé si la señora tomará postre?- refiriéndose a mí.

–No, no -dije precipitadamente-. Por ahora estoy más que satisfecha -añadí pellizcándole la batuta. Quizá más tarde.

Más información sobre el autor: aquí .

«Agua en el agua», un poema de Juan Ramón Jiménez

Quisiera que mi vida
se cayera en la muerte,
como este chorro alto de agua bella
en el agua tendida matinal;
ondulado, brillante, sensual, alegre,
con todo el mundo diluido en él,
en gracia nítida y feliz.


Nota marginal a propósito del poema:

El poeta busca al sediento para mostrarle el culo opaco de su vaso vacío.
El lector es un yo sediento.
Los licores brillan como la riqueza hasta que se secan.
La sequedad es un yo turbado.]

Escrito por: enriquekb 4 comentarios 26 May 2008 URL Permanente Tags: , , , , ,

«Oración de un desocupado», un poema de Juan Gelman

Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello
por que no puedo más, tengo riñones
y soy un hombre,
bájate, qué han hecho
de tu criatura, Padre?
un animal furioso
que mastica la piedra de la calle?

Violadores del Verso conspiran junto a 52 poetas

Poesía para bacterias.

Poesía para bacterias

Sergi Puertas , excelente novelista y excelente poeta (hay quien dice que la poesía tiene menos que ver con la literatura que con la plástica o la música), ha realizado la selección de los poemas de los cincuenta y tres poetas que pueblan las páginas de esta antología. Su publicación supone el inicio de una nueva aventura editorial a la que sólo puedo desear toda la suerte del mundo. A los dos, antólogo y casa editorial les doy las gracias por su confianza en mis escritos. Os cuelgo la nota de prensa que están enviando. Yo creo que tiene muy buena pinta.

EL NUEVO SELLO EDITORIAL CUERDOS DE ATAR inicia su andadura reuniendo a cincuenta y tres poetas underground en una antología diferente para un mundo marciano

Estimados amigos (as), les remitimos una nota informativa con información sobre un interesante experimento editorial (Cuerdos de Atar) mediante el que pretendemos amplificar las voces de autores alternativos comprometidos con la literatura y la inteligencia creativa en medio de esta era del pensamiento único y de la vulgaridad kitsch del reality y el famoseo.
INICIAMOS nuestra andadura con varias obras (novela y poesía). En este caso, incluimos información sobre la antología de Sergi Puertas “Poesía para bacterias”. En ella hemos reunido a cincuenta y tres poetas del panorama “alternativo o underground”, las voces más interesantes de la nueva poesía española. Conviven en el volumen autores consagrados y premios nacionales de poesía (Juan Bonilla, Hernán Migoya, Javier Corcobado, Karmelo Iribarren, Enrique Falcón, Josep María Beà, Antonio Orihuela, Harkaitz Cano o Luis Felipe Comendador) con otros poetas de culto, igualmente interesantes.
Se trata de una obra diferente, singular y de notable calidad, que aparece en el mercado apadrinada y prologada por el grupo de rap Violadores del Verso. Estamos a su entera disposición para proporcionarles cualquier información adicional sobre la obra, la colección o el sello editorial que ha impulsado este proyecto literario.
El libro puede adquirirse en las mejores librerías españolas o a través de Internet (www.cuerdosdeatar.com ). Para cualquier información adicional sobre este nuevo sello editorial y sobre este trabajo, pueden dirigirse al responsable de la colección (Fernando, seiscoyotes@yahoo.com ). El email de contacto de la editorial es info@cuerdosdeatar.com
A través de los responsables de la editorial pueden acceder también a la base de datos fotográfica de nuestros autores o a imágenes JPG del autor de la antología, sus autores o de las propias cubiertas del libro.
Reciban un cordial saludo.

LA POESÍA TOMA LA CALLE: la rebelión de los poetas
Cincuenta y tres mártires de la inteligencia y doscientos píldorazos de belleza a bocajarro, contra el pensamiento único y la vulgaridad kitsch de la era del reality y el famoseo

Una antología poética coordinada por el escritor Sergi Puertas (Poesía para bacterias) inaugura junto a una novela de Ferran Barber (¿Quién nos cortará las uñas cuando hayamos muerto?) la andadura del nuevo sello editorial Cuerdos de Atar y de su primera colección, Bala Rasa. En ella se han reunido a algo más de medio centenar de francotiradores de la poesía underground española, las más destacadas voces críticas de nuestro nuevo horizonte poético (Hernán Migoya, Harkaitz Cano, Luis Felipe Comendador, Javier Corcobado, Juan Bonilla, Karmelo Iribarren, Enrique Falcón, David González, Josep María Beà y Antonio Orihuela, entre otros). El trabajo resultante es algo nuevo y diferente; es, además, literatura de la buena, sin capitulares de oro y con minúsculas, pero de la directa al corazón: cincuenta y tres balas rasas entre ceja y ceja de toda la basura industrial que produce este sistema; belleza pura y verdad a bocajarro en un formato nuevo para un mundo marciano.
“La poesía es el consuelo. La poesía es el camino. Es el producto de un alma que se encomienda a las palabras para resolver el papel en blanco que representa el misterio de la vida”, aseguran Violadores del Verso en la presentación de esta obra cuya lectura recomiendan. “En estos tiempos de saturación de estímulos, hay que zambullirse en ella y este libro ofrece todo un mar donde flotar”.

Algunos apuntes sobre el trabajo

Olvídense, para empezar, de aquello de que la poesía es algo críptico, algo muy excelso y culto, empalagoso, reservado para cuatro. Olvídense, si lo quieren de otro modo y como dice Sergi Puertas, del Cid cabalga de nuevo, y piensen en medio centenar de humanos, con sus brazos y cartílagos, con sus metacarpios y sus vísceras (sobre todo, con sus vísceras), hablando de la chica de la tienda de patatas fritas, del capullo de su jefe o de los tiros con ginebra que sirve el viejo Moe en la timba de la esquina. La verdad y la belleza han adoptado nuevas formas en manos de nuestros poetas.
Si pensaban que todo rastro de vida inteligente había sucumbido entre las ondas de nuestros móviles y televisores, se equivocaban. He aquí un jarro de agua fría sobre la hoguera donde los popes del show business homenajean y celebran en loor de multitudes la basura (el sancta sanctorum de los mentados fuegos fatuos es, cómo no, la tele).
Porque a la postre, eso es lo que viene a ser lo que hemos intentado hacer en este libro. Prescindir de las tendencias y corrientes y reunir a 53 autores en activo que siguen empeñados en que la poesía sigue teniendo vigencia y validez. He aquí cincuenta y tres francotiradores, cincuenta y tres mártires de la inteligencia, cincuenta y tres gurús de la belleza...
Cada uno desde su rincón de la Península, practican una poesía contemporánea y sin remilgos, una poesía enraízada en la tradición, por supuesto (hay entre ellos varios premios nacionales de poesía), pero muy diferente de aquella que nos endosaron durante nuestro desfilar por la escuela. Con que experimenten ustedes durante la lectura de este libro la mitad de lo que nosotros experimentamos durante su edición, estamos convencidos de que quedarán ustedes satisfechos con el producto. No se arrepentirán ni del tiempo ni del dinero que invirtieron en esta antología.

Presentación por Sergi Puertas (extracto del prologo de la antología)

Vivimos en tiempos de dispersión. O eso es lo que acostumbra a decirse. Que la última camada viene más despistada que nunca, que su foco de atención va de punta a punta del espectro sin que nadie consiga centrarse del todo en nada. Estamos sometidos a tal bombardeo de estímulos que no resulta fácil focalizar. Y pasa lo que pasa: si en otros tiempos rezábamos para que las novelas, las películas o las canciones que nos gustan no terminaran jamás, ahora suplicamos que acaben cuanto antes para dar paso a la siguiente. La tele del bar chilla a todo volumen y en casa, nuestro software peer to peer atiborra de cultura nuestros discos duros. Entonces es cuando alguno de nosotros sale con que dan ganas de echarse a la montaña y mandarlo todo a tomar por culo, un comentario que escuchamos cada vez con mayor frecuencia. A renglón seguido, pasamos a discutir qué tarjeta brinda un mayor rendimiento para nuestros vídeo-juegos. Estamos ya demasiados embrutecidos para jugar al anacoreta. Lo que ahora queremos es un producto que nos colme, algo que nos haga experimentar emoción verdadera, y tan aprisa como sea posible.
Viene esto a colación porque cuesta entender que la poesía no cuente con más lectores. No lo hemos entendido nunca y ahora menos todavía. Atiendan: un poema es el equivalente literario de un spot publicitario escrito por Charlie Kauffman y dirigido por Michel Gondry; de un vídeoclip de Lettfield realizado por Chris Cunningham. En un poema, cada palabra es la estrella, y todas y cada una de ellas están minuciosamente dispuestas para conseguir el efecto pretendido. Los tiempos muertos duran menos de un segundo; no hay transiciones tediosas. Hay una búsqueda de brío y vigor en cada término, en cada idea, en cada imagen. Un poema es una superproducción de metraje reducídisimo donde se mima hasta el más nimio detalle. Hay giros imprevistos, escenas inauditas, conclusiones que caen como una losa y finales abiertos que reverberan en la atmósfera, distorsionándola como la visión 2-3-74 de Philip K. Dick. Esta es la palabra clave para que el poema funcione: intensidad. El poeta sabe en consecuencia que tiene que currárselo. Horas puede tirarse articulando y perfilando esos paraffitos de nada que el lector ventilará en tres minutos de reloj. A veces, el poema sigue sin funcionar de todas maneras. Pero nuestro potencial de frustración como lector es proporcional al tiempo malgastado. Tres minutos, oigan. Ni uno más. No es como volver la última página de un volumen de cuatrocientas páginas con la sensación de haber sido estafados. Consumo rápido. Y ahora imagínense que encima es bueno. Menudo subidón.
O mejor todavía. Ahora imagínense que en un sólo volumen se reúnen a medio centenar de autores de bandera –llamémosles, por decir algo, alternativos o si quieren también, de tono y temas underground- con cuatro o cinco poemas por cabeza, igualmente de bandera. El resultado es una obra, la que pretendemos presentarles, como un disparo a la cabeza de su inteligencia creativa, cincuenta balas rasas dirigidas al entendimiento, a su capacidad de apasionarse y a la línea de flotación del pensamiento único.

Sobre Sergi Puertas

El autor de esta antología, Sergi Puertas (Barcelona, 1971), ha escrito los poemarios Ángeles Cansados, Tira mis sueños a la calle y la lluvia los hará crecer y Sigue buscando, hay miles de premios. Es asimismo autor de las novelas Porque sí, Subnormal y Mindundi. Fue redactor-jefe de la extinta revista El Víbora y ha publicado infinidad de cuentos y poemas en antologías, revistas, diarios y publicaciones de la más diversa índole. Con Poesía para bacterias ve cumplido su sueño de reunir en un solo libro a los mejores poetas de nuestro tiempo.

Ficha técnica

Título: Poesía para bacterias
Autor de la antología: Sergi Puertas
Poetas incluidos en la obra: Abad, Nacho; Barragán, Eugenio; Beà, Josep María; Biguri, Iker; Blanco Carrillo, Antonio; Blasco, Anna; Bonilla, Juan; Cabezón, Enrique; Cano, Harkaitz; Casares Gurmendi, Pablo; Comendador, Luis Felipe; Corcobado, Javier; Dávila, Salva; De Ory, Camilo; Doce, Jordi; Egido Arteaga, Santiago; Escuín Borao, Ignacio; Espejo, José Daniel; Falcón, Enrique; Fernández, Mario; Franco, Sergio R.; Frau, Juan; Galán, Ceferino; García Casado, Pablo; García, José Daniel; González Vázquez, Alberto; González, David; Iribarren, Karmelo; Izquierdo, Fertxu; Laputta, Johnny; Lardín, Rubén; Migoya, Hernán; Mor, Dolan; Mora, Vicente Luis; Muñoz Álvarez, Vicente; Orihuela, Antonio; Paz, Begoña; Pielfort, David; Pons Mora, Lluís; Rabanaque, Daniel; Ramos, Pepe; Rangel, Violeta C.; Rodríguez Pérez, Javier; Sáfrika; Sandongui, Purranki; Selt, Enric; Serrano Larraz, Miguel; Stabile, Uberto; Tajahuerce, Nacho; Vázquez, Alber; Vilas, Manuel; Williams Contreras, Al.
Editorial: Cuerdos de Atar
Colección: Bala Rasa
Precio: 17,40 euros
De venta en librerías y a través de Internet (www.cuerdosdeatar.com)
Dirección de contacto de la editorial: info@cuerdosdeatar.com

Me acuerdo

Tan cierto como que Boris Vian murió después de ver la adaptación cinematográfica de su Escupiré sobre vuestra tumba.
Tan real como que Merda le partió la boca a Robespierre.
Perec se acuerda y me lo recuerda.
¿Se puede recordar algo que no se ha vivido?
Juan Bonilla dice que la literatura es —en esencia— eso: ofrecer memoria, invitar a hacer memoria, compartir recuerdo.
Domingo, resaca Jack, me quedo en la cama un poco más, las puertas hacen ruido, los cristales de los vasos tocan su música desordenada. La portada de Raúl es una preciosidad. Trataré de recordarlo, estuve con él en Logroño y en Angoulême, hablamos, acababa de publicar algo en Amok. Me acuerdo que, aunque siempre lo quería, no encontré excusa para charlar con él, y eso que, cuando quiero, soy un brasas de la hostia. Recuerdo a Ricard Castells subiendo la cuesta de la calle del museo de la BD. El dibujo precioso que le hizo a Óscar, también me viene a la cabeza la imagen de Roberto dibujando un tanque (a todo detalle) en el mantel de papel, mientras un solitario Alan Davis nos miraba desde la mesa de al lado. De que no nos atrevimos a pedirle un autógrafo y nos parecimos, nosotros a él, él a nosotros, unos putos frikis. Me acuerdo de Revelbeat, me los pongo.
Me mareo un poco.
Esta tarde tenemos reunión.

Apuntes para otra poética, un poema de Juan Antonio Bermúdez

Nadar contra corriente. Ese es el plan.
Cada uno lo sigue a su manera.
Hay quien se abraza a un árbol
y quien mide las nubes,
quien se arrodilla y quien se alza,
quien se persigna y quien abjura.

Sortear aduanas ortográficas,
recolectar parábolas, excitar
a los umbríos rumiantes del idioma.

Nadar contra la terca acometida,
desanudar la telaraña.
Nadar sin brújula
ni orillas a la vista.
No hundir al otro en nuestro nado.
No hundir al otro.

Más aquí .

Sobre este blog

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Pequeña posibilidad de honestidad

Enrique Cabezón nació en Logroño en 1976. Ha publicado los libros de poemas "Territorio de Ceniza" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2003), "El lenguaje de las serpientes" (Logroño, Ediciones del 4 de Agosto, 2005; junto al poeta José Luis Pérez Pastor), "Dios cabalga los lomos de las muchachas" (Béjar, LF Ediciones, 2005) y "No busques lágrimas en el ojo del muerto" (Alzira, Germanía, 2006). Además del e-libro "La traición en los colores" (Nausícaa , 2001). Además tiene una dilatada carrera como ilustrador e historietista, de su obra gráfica cabría destacar "Cementerio de las horas" (Onil, Ediciones de Ponent , 2004) o la adaptación de la novela picaresca de 1.604, original de Gregorio González, "El guitón Honofre" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2005) con guiones de su hermano Luis Alberto Cabezón. Ha grabado un disco ("fracaso, etcétera") con su banda de rock: enBlanco, que ha recibido excelentes críticas desde los medios especializados. Además colabora habitualmente en prensa y es uno de los integrantes del proyecto Ediciones del 4 de Agosto. Desde hace siete años desarrolla su trabajo de diseñador gráfico desde su propia empresa, kbcreativos, desde la que ha trabajado para Warner Music, Dro Atlantic, EDG Music, Grupo Profisegur, Greenpeace entre otras, también para prácticamente todas las instituciones de La Rioja.

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