Primer videoclip de Gold is the Metal
Poesía para bacterias
Sergi Puertas , excelente novelista y excelente poeta (hay quien dice que la poesía tiene menos que ver con la literatura que con la plástica o la música), ha realizado la selección de los poemas de los cincuenta y tres poetas que pueblan las páginas de esta antología. Su publicación supone el inicio de una nueva aventura editorial a la que sólo puedo desear toda la suerte del mundo. A los dos, antólogo y casa editorial les doy las gracias por su confianza en mis escritos. Os cuelgo la nota de prensa que están enviando. Yo creo que tiene muy buena pinta.
EL NUEVO SELLO EDITORIAL CUERDOS DE ATAR inicia su andadura reuniendo a cincuenta y tres poetas underground en una antología diferente para un mundo marciano
Estimados amigos (as), les remitimos una nota informativa con información sobre un interesante experimento editorial (Cuerdos de Atar) mediante el que pretendemos amplificar las voces de autores alternativos comprometidos con la literatura y la inteligencia creativa en medio de esta era del pensamiento único y de la vulgaridad kitsch del reality y el famoseo.
INICIAMOS nuestra andadura con varias obras (novela y poesía). En este caso, incluimos información sobre la antología de Sergi Puertas “Poesía para bacterias”. En ella hemos reunido a cincuenta y tres poetas del panorama “alternativo o underground”, las voces más interesantes de la nueva poesía española. Conviven en el volumen autores consagrados y premios nacionales de poesía (Juan Bonilla, Hernán Migoya, Javier Corcobado, Karmelo Iribarren, Enrique Falcón, Josep María Beà, Antonio Orihuela, Harkaitz Cano o Luis Felipe Comendador) con otros poetas de culto, igualmente interesantes.
Se trata de una obra diferente, singular y de notable calidad, que aparece en el mercado apadrinada y prologada por el grupo de rap Violadores del Verso. Estamos a su entera disposición para proporcionarles cualquier información adicional sobre la obra, la colección o el sello editorial que ha impulsado este proyecto literario.
El libro puede adquirirse en las mejores librerías españolas o a través de Internet (www.cuerdosdeatar.com ). Para cualquier información adicional sobre este nuevo sello editorial y sobre este trabajo, pueden dirigirse al responsable de la colección (Fernando, seiscoyotes@yahoo.com ). El email de contacto de la editorial es info@cuerdosdeatar.com
A través de los responsables de la editorial pueden acceder también a la base de datos fotográfica de nuestros autores o a imágenes JPG del autor de la antología, sus autores o de las propias cubiertas del libro.
Reciban un cordial saludo.
LA POESÍA TOMA LA CALLE: la rebelión de los poetas
Cincuenta y tres mártires de la inteligencia y doscientos píldorazos de belleza a bocajarro, contra el pensamiento único y la vulgaridad kitsch de la era del reality y el famoseo
Una antología poética coordinada por el escritor Sergi Puertas (Poesía para bacterias) inaugura junto a una novela de Ferran Barber (¿Quién nos cortará las uñas cuando hayamos muerto?) la andadura del nuevo sello editorial Cuerdos de Atar y de su primera colección, Bala Rasa. En ella se han reunido a algo más de medio centenar de francotiradores de la poesía underground española, las más destacadas voces críticas de nuestro nuevo horizonte poético (Hernán Migoya, Harkaitz Cano, Luis Felipe Comendador, Javier Corcobado, Juan Bonilla, Karmelo Iribarren, Enrique Falcón, David González, Josep María Beà y Antonio Orihuela, entre otros). El trabajo resultante es algo nuevo y diferente; es, además, literatura de la buena, sin capitulares de oro y con minúsculas, pero de la directa al corazón: cincuenta y tres balas rasas entre ceja y ceja de toda la basura industrial que produce este sistema; belleza pura y verdad a bocajarro en un formato nuevo para un mundo marciano.
“La poesía es el consuelo. La poesía es el camino. Es el producto de un alma que se encomienda a las palabras para resolver el papel en blanco que representa el misterio de la vida”, aseguran Violadores del Verso en la presentación de esta obra cuya lectura recomiendan. “En estos tiempos de saturación de estímulos, hay que zambullirse en ella y este libro ofrece todo un mar donde flotar”.
Algunos apuntes sobre el trabajo
Olvídense, para empezar, de aquello de que la poesía es algo críptico, algo muy excelso y culto, empalagoso, reservado para cuatro. Olvídense, si lo quieren de otro modo y como dice Sergi Puertas, del Cid cabalga de nuevo, y piensen en medio centenar de humanos, con sus brazos y cartílagos, con sus metacarpios y sus vísceras (sobre todo, con sus vísceras), hablando de la chica de la tienda de patatas fritas, del capullo de su jefe o de los tiros con ginebra que sirve el viejo Moe en la timba de la esquina. La verdad y la belleza han adoptado nuevas formas en manos de nuestros poetas.
Si pensaban que todo rastro de vida inteligente había sucumbido entre las ondas de nuestros móviles y televisores, se equivocaban. He aquí un jarro de agua fría sobre la hoguera donde los popes del show business homenajean y celebran en loor de multitudes la basura (el sancta sanctorum de los mentados fuegos fatuos es, cómo no, la tele).
Porque a la postre, eso es lo que viene a ser lo que hemos intentado hacer en este libro. Prescindir de las tendencias y corrientes y reunir a 53 autores en activo que siguen empeñados en que la poesía sigue teniendo vigencia y validez. He aquí cincuenta y tres francotiradores, cincuenta y tres mártires de la inteligencia, cincuenta y tres gurús de la belleza...
Cada uno desde su rincón de la Península, practican una poesía contemporánea y sin remilgos, una poesía enraízada en la tradición, por supuesto (hay entre ellos varios premios nacionales de poesía), pero muy diferente de aquella que nos endosaron durante nuestro desfilar por la escuela. Con que experimenten ustedes durante la lectura de este libro la mitad de lo que nosotros experimentamos durante su edición, estamos convencidos de que quedarán ustedes satisfechos con el producto. No se arrepentirán ni del tiempo ni del dinero que invirtieron en esta antología.
Presentación por Sergi Puertas (extracto del prologo de la antología)
Vivimos en tiempos de dispersión. O eso es lo que acostumbra a decirse. Que la última camada viene más despistada que nunca, que su foco de atención va de punta a punta del espectro sin que nadie consiga centrarse del todo en nada. Estamos sometidos a tal bombardeo de estímulos que no resulta fácil focalizar. Y pasa lo que pasa: si en otros tiempos rezábamos para que las novelas, las películas o las canciones que nos gustan no terminaran jamás, ahora suplicamos que acaben cuanto antes para dar paso a la siguiente. La tele del bar chilla a todo volumen y en casa, nuestro software peer to peer atiborra de cultura nuestros discos duros. Entonces es cuando alguno de nosotros sale con que dan ganas de echarse a la montaña y mandarlo todo a tomar por culo, un comentario que escuchamos cada vez con mayor frecuencia. A renglón seguido, pasamos a discutir qué tarjeta brinda un mayor rendimiento para nuestros vídeo-juegos. Estamos ya demasiados embrutecidos para jugar al anacoreta. Lo que ahora queremos es un producto que nos colme, algo que nos haga experimentar emoción verdadera, y tan aprisa como sea posible.
Viene esto a colación porque cuesta entender que la poesía no cuente con más lectores. No lo hemos entendido nunca y ahora menos todavía. Atiendan: un poema es el equivalente literario de un spot publicitario escrito por Charlie Kauffman y dirigido por Michel Gondry; de un vídeoclip de Lettfield realizado por Chris Cunningham. En un poema, cada palabra es la estrella, y todas y cada una de ellas están minuciosamente dispuestas para conseguir el efecto pretendido. Los tiempos muertos duran menos de un segundo; no hay transiciones tediosas. Hay una búsqueda de brío y vigor en cada término, en cada idea, en cada imagen. Un poema es una superproducción de metraje reducídisimo donde se mima hasta el más nimio detalle. Hay giros imprevistos, escenas inauditas, conclusiones que caen como una losa y finales abiertos que reverberan en la atmósfera, distorsionándola como la visión 2-3-74 de Philip K. Dick. Esta es la palabra clave para que el poema funcione: intensidad. El poeta sabe en consecuencia que tiene que currárselo. Horas puede tirarse articulando y perfilando esos paraffitos de nada que el lector ventilará en tres minutos de reloj. A veces, el poema sigue sin funcionar de todas maneras. Pero nuestro potencial de frustración como lector es proporcional al tiempo malgastado. Tres minutos, oigan. Ni uno más. No es como volver la última página de un volumen de cuatrocientas páginas con la sensación de haber sido estafados. Consumo rápido. Y ahora imagínense que encima es bueno. Menudo subidón.
O mejor todavía. Ahora imagínense que en un sólo volumen se reúnen a medio centenar de autores de bandera –llamémosles, por decir algo, alternativos o si quieren también, de tono y temas underground- con cuatro o cinco poemas por cabeza, igualmente de bandera. El resultado es una obra, la que pretendemos presentarles, como un disparo a la cabeza de su inteligencia creativa, cincuenta balas rasas dirigidas al entendimiento, a su capacidad de apasionarse y a la línea de flotación del pensamiento único.
Sobre Sergi Puertas
El autor de esta antología, Sergi Puertas (Barcelona, 1971), ha escrito los poemarios Ángeles Cansados, Tira mis sueños a la calle y la lluvia los hará crecer y Sigue buscando, hay miles de premios. Es asimismo autor de las novelas Porque sí, Subnormal y Mindundi. Fue redactor-jefe de la extinta revista El Víbora y ha publicado infinidad de cuentos y poemas en antologías, revistas, diarios y publicaciones de la más diversa índole. Con Poesía para bacterias ve cumplido su sueño de reunir en un solo libro a los mejores poetas de nuestro tiempo.
Ficha técnica
Título: Poesía para bacterias
Autor de la antología: Sergi Puertas
Poetas incluidos en la obra: Abad, Nacho; Barragán, Eugenio; Beà, Josep María; Biguri, Iker; Blanco Carrillo, Antonio; Blasco, Anna; Bonilla, Juan; Cabezón, Enrique; Cano, Harkaitz; Casares Gurmendi, Pablo; Comendador, Luis Felipe; Corcobado, Javier; Dávila, Salva; De Ory, Camilo; Doce, Jordi; Egido Arteaga, Santiago; Escuín Borao, Ignacio; Espejo, José Daniel; Falcón, Enrique; Fernández, Mario; Franco, Sergio R.; Frau, Juan; Galán, Ceferino; García Casado, Pablo; García, José Daniel; González Vázquez, Alberto; González, David; Iribarren, Karmelo; Izquierdo, Fertxu; Laputta, Johnny; Lardín, Rubén; Migoya, Hernán; Mor, Dolan; Mora, Vicente Luis; Muñoz Álvarez, Vicente; Orihuela, Antonio; Paz, Begoña; Pielfort, David; Pons Mora, Lluís; Rabanaque, Daniel; Ramos, Pepe; Rangel, Violeta C.; Rodríguez Pérez, Javier; Sáfrika; Sandongui, Purranki; Selt, Enric; Serrano Larraz, Miguel; Stabile, Uberto; Tajahuerce, Nacho; Vázquez, Alber; Vilas, Manuel; Williams Contreras, Al.
Editorial: Cuerdos de Atar
Colección: Bala Rasa
Precio: 17,40 euros
De venta en librerías y a través de Internet (www.cuerdosdeatar.com)
Dirección de contacto de la editorial: info@cuerdosdeatar.com
El increíble hombre filtro, un texto de Sergi Puertas
El funcionamiento de una editorial, visto desde el punto de vista del lector, suele tener poco que ver con la realidad. Las empresas siempre intentarán exportar una imagen de seriedad y profesionalidad (y si fuere necesario de ordenada anarquía, que siempre queda cool) pero dentro de la máquina existe otra realidad.
El increíble hombre filtro es un texto extraído de la revista Interzona (coordinada por Borja Crespo y Rubén Lardín), y ha sido escrito por Sergi Puertas (Barcelona, 1971). Sergi también es autor de las novelas Porque sí (Verbigracia, 2004), Subnormal (El Cobre, 2005), Mindundi (Verbigracia, 2005) y Cómo destruir ángeles (Cahoba, de próxima aparición en 2008). Entre 2001 y 2006 ejerció de redactor jefe en Ediciones La Cúpula.
EL INCREÍBLE HOMBRE FILTRO
Confesiones de un evaluador de tebeos, por Sergi Puertas.
Cómic, ya saben. Lo de los muñecos y las viñetas. Un medio repleto de color donde todo es jauja, ¿verdad? Pues no señores. Les aseguro que el trecho que va desde la mesa de dibujo a la librería especializada está repleto de trampas y obstáculos. Que el camino está sembrado de damnificados. Que a pesar de todo, cada día hay tipos que se calzan las botas decididos a recorrerlo.
Ya saben ustedes que el editor de cómic es el señor que posee la editorial. El que afloja la molla y decide qué se publica y qué no.
Saben también que el artista de cómic es el señor que alumbra la obra. El que maneja el pincel a las órdenes de un guionista o de su propia psique. Por lo general, una vez tiene material suficiente que atestigüe cómo quedará el tebeo, se pone en contacto con el editor y le viene a decir: ¿Está usted interesado?
El editor tiende a estar ocupado tomando cafés con individuos que abrirán nuevos canales de distribución, apalabrando presentaciones que catapultarán un nuevo manga al estrellato; flirteando por teléfono con el yanqui de turno que le facilitará esos materiales que todos en España están aguardando con impaciencia. No, el editor rara vez tiene tiempo para recibir personalmente a ese chaval que cada día, tras cumplir con sus obligaciones como camarero, se vuelca en el entintado de su space opera.
Cuando me contrataron como redactor, me advirtieron ya que lidiar con los aspirantes a artista iba a formar parte de mi trabajo. La editorial tenía por aquel entonces una colección en la que se daba salida intermitente a comic-books de autores noveles y autóctonos en un país en el que prácticamente ninguna editorial publicaba comic-books de autores noveles y autóctonos. Así pues, además de rellenar con texto todos y cada uno de los huecos que fueran apareciendo en nuestras publicaciones, tendría que entrevistar a los muchachos, leerme sus trabajos y, llegado el caso de que fueran lo suficientemente buenos, mostrárselos a mis compañeros y al Gran Jefe para que juntos decidiéramos qué hacer con ellos. En definitiva: por mucho que me gustara un proyecto, no tenía competencias para sacarlo adelante. Ni para descartarlo si me parecía horroroso pero lo juzgaba lo suficientemente profesional. Yo era sólo un fan al que habían reciclado en opinador técnico. Poco más que un portavoz de la gerencia.
Los artistas que llamaban a la redacción no lo sabían, claro. Podías percibirlo en los temblores de sus voces. Cuando se presentaban allí en persona lo primero que les explicaba era que yo no era nadie, pero no estoy seguro de que lo entendieran. Si meses después me topaba con ellos de nuevo en un salón del cómic, me daba cuenta de que habían retenido palabra por palabra todo cuanto les había apuntado. Eran como niños huérfanos que, pese a mis esfuerzos por descargarme de responsabilidades, me habían colocado de todos modos en el podio reservado a esa figura paternal que todos añoraban con el furor de lo que nunca se ha tenido. Para ellos yo era el editor.
No una pieza más del engranaje. No un hombre filtro.
Y si yo era uno, ellos eran millones.
Como millones eran las fotocopias que recibíamos en la redacción vía correo postal. Una pila perenne que descansaba a mi espalda, en un escritorio que no utilizaba nadie. Salamantinos de quince años se adocenaban con cacereños que nos hacían llegar un avance de su próximo proyecto. La línea clara de Cornellá y el euromanga de Iruña compartiendo lista de espera con los collages de un malagueño que escaneaba genitales y los montaba a modo de caleidoscopio. Mandanga suficiente como para sobrepasarme por completo. Especialmente si tenemos en cuenta que la Pila, así se me había dado a entender, era mi última prioridad.
Y mi trabajo de verdad no menguaba nunca. Y las llamadas telefónicas no dejaban de llover. Que a ver si puedo enseñarte unos dibujitos. Que mis amigos dicen que pinto de puta madre y tal.
Que sí, hombre, respondía yo. ¿El jueves por la tarde te viene bien?
Porque el jueves era el día que destinábamos en la redacción a recibir a guionistas y dibujantes. La mayor parte de ellos nativos de la ciudad, aunque había también quien aprovechaba un viaje a Barcelona con motivo de la hospitalización de un pariente para dejarse caer por allí. Y luego estaba el que se había desplazado expresamente desde algún oscuro lugar del país. Entre estos últimos había profesionales que llevaban tiempo en el negocio, pero estos eran los menos. El grueso del pelotón lo integraban universitarios que garabateaban en una mesa de dibujo durante sus ratos libres, melenudos cuyas camisetas de Manowar conjuntaban con los bocetos de bárbaros que me traían. Cuarentones que trabajaban en fábricas y que, pese a que nunca habían visto una sola página suya publicada, seguían dibujando adolescentes de tetas enormes. Padres de familia que ayudaban a sus mujeres a subir el carrito del bebé por las escaleras para, acto seguido, atender a mis consejos sobre el equilibrio de negros mientras el crío se desgañitaba a voz en cuello. Yayos que me pedían que les buscase dibujante para ilustrar sus desvaríos eróticos, sus sátiras sobre la derecha.
¿Quiénes eran aquellas gentes? ¿Qué demonios hacían allí? ¿Por qué no se quedaban en sus casas viendo la tele como todo el mundo?
No sabría decirles. Lo que sí es seguro es que cada uno de ellos, a su manera, estaba enamorado de la historieta. Y a lo mejor aquel amor se había ido transformando con el tiempo en algo parecido a la manía, pero todos ellos se habían sometido a la disciplina. Habían concebido una obra y habían reunido el coraje preciso para mostrársela al mundo.
O sea, para mostrársela al filtro.
Cada jueves llegaba para cada uno de ellos el momento de la verdad. Para mí, una sucesión de entrevistas de media hora que en ocasiones se extinguían a los diez minutos o se extendían hasta los tres cuartos. El interfono sonaba y yo me acercaba a la puerta a recibirles. Les chocaba la mano, hola qué tal. Asentían enérgicamente, sonreían incómodos, se presentaban por su nombre de pila. Un nombre indiferenciado que, si el trámite se completaba con éxito, figuraría con su consiguiente un apellido en la portada de uno de los tebeos de la casa. Tensos y desubicados, se internaban en la editorial sin dejar de mirar a su alrededor, como si trataran de atesorar la experiencia por si, una vez rechazados, no reunían de nuevo el coraje para regresar. Los atendía en el cuarto del fondo. Los dibujantes abrían sus carpetas de dibujo, sacaban de ellas los dinatreses y me los tendían. Yo hojeaba el material con atención. No menos que la que me dedicaban mis interlocutores. Aquel silencio, aquellas miradas clavadas sobre mí, me hacían sentir terriblemente incómodo. Probablemente a ellos también, porque llegado cierto punto se arrancaban a documentarme de viva voz sobre lo que estaba viendo. Sinopsis confusas y sincopadas de las epopeyas que vivían sus caballeros, las calenturientas andanzas de sus heroínas y putas, las desventuras de antihéroes catapultados a existencias tan perras como las nuestras. Hablaban como si acabaran de recalar en un escenario y cayera sobre ellos el foco. Hablaban para espantar su miedo.
Yo el mío me lo comía con mi pan. Asentía en silencio, concentrado en los originales, la sonrisa calzada como máscara mientras ponderaba cuáles eran los pros y los contras de su obra. El impulso de arrancarme a largar sin ton ni son era poderoso, pero no podía permitirme ser un bocazas. Cualquier despropósito que saliera de mi boca podía aniquilar para siempre a aquellos tipos. Y yo no quería que renunciaran a sus esfuerzos, que se concentraran en su otra carrera. Yo quería que los tebeos siguieran siendo una cosa viva y guay. En consecuencia mi discurso tenía que ser constructivo, tanto daba que el material fuera espantoso.
Y les juro que a veces lo era. A veces se trataba de garabatos a boli en libretas cuadriculadas. Dinacuatros con bocetos que de tanto guarrear con el lápiz y la goma se habían convertido en rectángulos grises y que más de una vez me llevaron a preguntarme si no la estaría cagando un poquitín al alentarles a perseverar. Si eran jovencitos, pues como aquel. Pero qué me dicen de aquellos treintañeros, de aquellos cuarentones, de aquellos cincuentones que seguían viviendo en los mundos de yupi y cuya fe se sustentaba en una publicación esporádica en un fanzine de Palencia. ¿No estaban de algún modo suplicando que les cantaran un par de verdades?
No lo hice nunca y me alegro de no haberlo hecho. Respeto demasiado los sueños y siento demasiada simpatía por las causas perdidas como para ponerme a incitar al personal a aterrizajes forzosos en una realidad que da ganas de vomitar. Pero había otra razón de corte puramente egoísta: no quería que nadie me recordara durante el resto de su vida como el tipo de La Cúpula que le había dado a entender que se concentrara en el supermercado y se dejara de pamplinas. No quería que me odiaran.
Naturalmente todo era mucho más sencillo cuando daba con alguien bueno de veras. Por fin podía deshacerme en elogios sentidos. Podía entusiasmarme y transmitirle mi entusiasmo al autor. Podía decir:
–¿Te importa si me quedo tu material unos días?
Más aún: durante los días venideros, podía acercarme al Gran Jefe y a los compañeros y mostrarles la obra de aquel nuevo talento que acaba de descubrir.
–Guapo, ¿no? –les asaltaba aprovechando algún momento de despiste. Porque para ellos la obra de los autores noveles también era la última prioridad.
–Tiene su qué –me decía uno.
–Interesante, pero le falta –opinaba otro. Y pulsaba una combinación de teclas del Quark y una página de manga saltaba a primer término.
Las reacciones de mis compañeros tendían a ser tan templadas como los discursos que yo reservaba para los dibujantes sin talento. Mí entusiasmo también se fue templando. Pronto aprendí a no cargar las tintas con los elogios para preservar a los autores de caídas dolorosas. Y de paso, facilitarme el epílogo que tenía lugar cada vez que sus obras eran desestimadas.
Con un suspiro, descolgaba el teléfono y, de la mejor que sabía, comunicaba de viva voz la nota de rechazo. Y aquel adolescente que llevaba semana y media viviendo con el alma en vilo, aquel treintañero que paladeaba ya la fama y la gloria desde su rincón en la panificadora, escuchaba mis disculpas y se venía abajo en silencio. A continuación acordábamos qué día se pasarían a recoger sus originales. Interaccionábamos como si esto fuera efectivamente una civilización, pero tras la pátina de cordialidad bullía la frustración y un asco generalizado hacia todo. Créanme que sé bien de qué hablo.
Días más tarde, tenía lugar la triste ceremonia. Yo les insistía en la excelencia de sus trabajos, pero para entonces ellos estaban ya devolviendo los dinatreses a sus carpetas y la derrota espesaba la atmósfera. Todo cuanto querían era largarse de allí. Yo mismo quería que se marcharan.
Si lo que habían dejado en la redacción eran fotocopias, a veces no se molestaban en pasar a recogerlas pese a haber mostrado en su momento gran interés en recuperarlas. Supongo que unas impresiones en color no representan un precio tan alto a cambio de ahorrarse una humillación.
Gracias a dios, de vez en cuando sucedía: entre el aluvión semanal de mandanga, aparecía algo que no sólo me gustaba a mí, sino que encima gustaba les gustaba a mis compañeros y le gustaba al Gran Jefe. Durante un rato era como si todos volviéramos a ser chavales de quince años echando unas risas alrededor de un tebeo. De pronto parecía que estuviéramos allí por el cómic, no para facturar los dineros que seguirían haciendo de aquello una empresa rentable, ni porque nuestros contratos nos obligaban a permanecer en la oficina. Todo quedaba en suspenso durante unos minutos para que conviniéramos que aquel muchacho vería su sueño cumplido. Que aquel muchacho tendría su propio tebeo.
Aquello era lo que hacía que todo mereciera la pena: descolgar el teléfono y poder decir:
–¿Cuándo te pasas a firmar contrato?
Según fueron pasando los meses, aprendí que los elegidos eran infrecuentes y aprendí que había que afinar mucho. No bastaba con ser bueno. Había que ser muy bueno. Lo suficiente como para que el comprador potencial aflojase los dos euros que costaba cada cuadernito de la colección.
¿Saben qué? Se ve que no estábamos afinando lo suficiente. Un buen día llegaron las cifras que documentaban el impacto en el mercado de nuestros autores noveles y autóctonos, y resultó que ninguno estaba vendiendo una mierda. Nuestra apuesta por el tebeo nacional había sido un fracaso.
Una de las conclusiones que se extrajo de la catástrofe fue la de que nadie quería tebeos de españolitos no consagrados. Dicho en otras palabras: que puestos en la tesitura de tener que elegir entre un cómic de Johnny Jones y uno de Carlos Contreras y sin tener ni puta idea de quién es el uno y quién es el otro, el personal se decanta por el de Johnny.
De dicha moraleja se derivó otra conclusión: era hora de dejar de apostar ciegamente por los Carlos Contreras de toda España. Había llegado el momento de cerrar el grifo.
Pero no por completo.
Verán, comenzó a circular por la redacción una leyenda que afirmaba que ahí fuera, en algún rincón, existía un tío que iba a partir la pana. Un superventas en potencia, un fuera de serie. Quizás había más de uno, aquello estaba por determinar. Lo importante era que, a lo mejor, a aquel autor le daba por llamar a nuestra puerta para mostrarnos su obra. No podíamos dejar de abrir, ¿no? Sólo por si acaso era él.
En consecuencia, se convino que permaneceríamos abiertos a las entrevistas y a la recepción de nuevos trabajos.
De modo que las entrevistas prosiguieron, y el hombre filtro fue volviéndose más y más implacable. Su discurso sonaba igual de afable, pero ahora escrutaba la página con más detenimiento. Si la historieta le parecía floja en general, el hombre filtro buscaba errores concretos que justificaran el rechazo. En ocasiones los trabajos eran lo suficientemente profesionales como para que aquello no resultara sencillo. El hombre filtro se volvía loco.
Mi entusiasmo inicial andaba sepultado por los centenares de negativas que llevaba ya transmitidas, por aquellas cifras de ventas que casi nos matan a todos del susto. Aun así, muy de uvas a peras, me traían algo que me hacía saltar de la silla.
–¿Te importa si me quedo tu material unos días? –preguntaba circunspectamente.
Los artistas respondían invariablemente que no.
La misma respuesta que obtenía de mis compañeros y del Gran Jefe cuando les mostraba las páginas días después.
Pasaron los meses y el Carlos Contreras que andábamos buscando no aparecía. Me fui volviendo frío y duro por dentro. Podía hacer como que no importaba, pero notaba cómo me iba desquiciando. Ya antes de que los dibujantes abrieran sus carpetas, me arrancaba despotricar sobre lo fatalmente que estaba el mercado, sobre lo muy difícil que resultaba publicar. Sobre lo chungo que está todo, ¿sabes?
–Y dime, ¿qué me traías? –les preguntaba entonces.
Perplejos y abatidos, me alcanzaban sus originales. Mi propia demagogia esquizoide, que por un lado animaba a seguir mejorando y por el otro no cesaba de hacer hincapié en la total falta de oportunidades, se me antojaba carente de sentido. Los muchachos no entendían para qué nos habíamos citado. Yo tampoco. Ya no me era preciso esperar a la ceremonia de recogida de originales para desear que se esfumaran. Quería que se fueran ya mismo, esfumarme yo también.
Entretanto, en el mundo real, el volumen de páginas de autores internacionales que publicábamos se había multiplicado por diez. Mis labores de redacción y corrección me absorbían por completo. A mi espalda, la gran Pila beige de material que recibíamos por correo, seguía creciendo y creciendo como una espada de Damocles con elefantiasis. Yo me refugiaba en recuerdos de cuando publicábamos a los vigilantes jurados, a los repartidores de pizzas. Pero aquello formaba parte del pasado.
Porque en aquellos precisos instantes, los ejemplares de sus tebeos que habían quedado sin vender estaban siendo saldados o destruidos. Las cartas habían quedado por fin boca arriba: ser dibujante de tebeos en España era una estafa de proporciones ciclópeas. El cómic nunca rescataría a nadie de su empleo cochambroso.
Si esto fuera una peli de guerra, ahora llegaría aquella frase: aquellos muchachos eran héroes.
Hace falta serlo para ansiar con tal ahínco dedicarse a esta profesión ninguneada, a una disciplina que para el grueso de la población empieza con el Tintín y termina con el Jordi Labanda. Lo que se pagaba al autor por aquellos cuadernillos no me atrevo ni a sugerirlo, pero abaratar el producto hasta lo ridículo tampoco había funcionado.
Y la Pila siempre detrás de mí, siempre creciendo.
Había estado ahí desde el principio, siempre idéntica a sí misma y siempre diferente, como el río de Heráclito. Representaba el fantasma en la sombra de todos aquellos que no disponían de los medios o de los arrestos para personarse en la editorial, pero que seguían trabajando incansables. Gracias a lejanía geográfica o a su timidez, permanecían inmunes a mis fúnebres cantatas sobre la defunción del cómic patrio. A veces era preciso que la Pila se desplomara para que me dignara a prestarle atención. No me llevaba más de tres cuartos de hora. Me limitaba a abrir los sobres y a leerme las fotocopias en diagonal. Si los artistas incluían un correo electrónico, en ocasiones les mandaba una nota de rechazo tipo, pero no podría jurar que lo hiciera siempre.
Una vez terminada la faena, amarraba todo el papelamen entre los brazos y, cargado como una mula, lo descargaba en el cuarto de los trastos, ¿ven qué fácil?
Tendrían que haber visto ustedes las pilas que se formaban allí. Centenares de sobres hacinándose como judíos en un tren. Cuando las estanterías se llenaban, agarrábamos y lo bajábamos todo a la basura.
Aquellos sobres estaban llenos de ilusiones, ¿entienden?
Durante mi primer año en la editorial me las había apañado para contestarlos según iban viniendo, pero para ello había tenido que quedarme horas de más, y yo ya estaba harto de quedarme horas de más. En consecuencia, me eduqué para completar el proceso sin que la conciencia me incordiara demasiado. Tenía mi propia vida, ¿saben? Tenía una novia. Tenían una planta de marihuana. Tenía cosas que hacer, yo qué sé. No eran más que putos tebeos, ¿vale?
Bastante tenía yo con mis putas novelas.
Por aquel entonces una de ellas circulaba ya por las librerías. Su repercusión en el mercado había sido comparable a la de cualquiera de aquellos cuadernillos firmados por noveles autóctonos. Al ver la Pila por las mañanas, no podía evitar pensar en las dos siguientes, que por aquel entonces acaba de enviar a varias editoriales de narrativa en forma de manuscrito. En el silencio que recibía siempre por toda respuesta. Cada vez que miraba la Pila, comenzaban a trabarse paralelismos terribles. Cada vez miraba la Pila, me sentía un hijo de puta.
Si Dios me estaba poniendo a prueba, era obvio que yo no lo estaba haciendo demasiado bien.
Si entornaba los ojos, nuestra redacción se difuminaba y podía ser cualquier redacción del mundo. Nuestra Pila, cualquier pila del mundo. Tebeos, novelas, todo la misma mierda. Montones de papel que no sirven para nada. Que sólo esperan a que se presente alguien y los tire a la basura.
No quería que nadie se acordara de mi madre, pero yo me acordaba de las madres de todos los editores de narrativa del mundo. Y de las de todos los que ejercían de filtro para ellos.
De un tiempo a esta parte pienso mucho en lo cómicos que resultamos los chiflados que queremos alumbrar nuestra propia obra. Tarados que nos vamos haciendo más y más mayores sin conseguir quitarnos el gusanillo de entretener, pese a que a nosotros mismos nos resulta cada vez más difícil entretenernos. Es como un gran fractal de mierda donde no queda del todo claro dónde radica el mal, ni si está cerca o lejos, pero que luce marrón lo mires como lo mires. Terminaremos arruinados, porculizados, arrasados por la frustración. Parte de nosotros se reciclará trabajando para la industria, estableciéndose como némesis de otros como él. Pero ¿saben qué? Estadística obliga y tarde o temprano uno de nosotros lo consigue.
¿Y saben otra cosa? Durante los años que duró aquella búsqueda del Carlos Contreras definitivo, resultó que había dado con él en un par de ocasiones.
Sí, el consejo editorial decidió rechazarlo. Sin embargo, hoy figura como colaborador regular en publicaciones de amplia difusión. Y algo parecido ha sucedido con alguno de los autores de aquella colección por la que nadie daba dos euros. Hoy trabajan para el mercado internacional y han conseguido vivir de lo que les gusta. Que es más de lo que la mayoría podemos decir.
Somos como espermatozoides y el caudal no cesa. No queremos que nadie nos diga que no valemos para esto. Cuando se nos agoten las energías, seremos nosotros mismos quienes decidamos mandarlo todo a tomar por culo y aparcar la mirada en la tele, nunca antes.
Si por un casual resulta usted ser uno de los autores a los yo damnifiqué a mi paso por La Cúpula, si pasó usted por la Pila o por alguna de aquellas extrañas tardes de jueves, quisiera aprovechar para pedirle perdón. Rara vez consigo dárselo a las ratas con las que me voy viendo obligado a lidiar en el transcurso de mi propia gesta ridícula, así que no albergo demasiadas esperanzas de obtener el mío. Aun así lo diré una vez más: disculpadme, muchachos. Lo vuestro nunca fue basura por más que terminara reunido con ella. Basura son las leyes de mercado, las oficinas, los supermercados y todo lo demás. Basura son quienes arrojan la toalla. Vosotros firmes ahí que algún día lo conseguiremos.
Y si todo esto no es más que una paja y todo cuanto nos aguarda tras el gran estallido es el impacto contra la fría pared, bienvenida sea.
Extraído de aquí .
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Pequeña posibilidad de honestidad
enriquekbEnrique Cabezón nació en Logroño en 1976. Ha publicado los libros de poemas "Territorio de Ceniza" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2003), "El lenguaje de las serpientes" (Logroño, Ediciones del 4 de Agosto, 2005; junto al poeta José Luis Pérez Pastor), "Dios cabalga los lomos de las muchachas" (Béjar, LF Ediciones, 2005) y "No busques lágrimas en el ojo del muerto" (Alzira, Germanía, 2006). Además del e-libro "La traición en los colores" (Nausícaa , 2001). Además tiene una dilatada carrera como ilustrador e historietista, de su obra gráfica cabría destacar "Cementerio de las horas" (Onil, Ediciones de Ponent , 2004) o la adaptación de la novela picaresca de 1.604, original de Gregorio González, "El guitón Honofre" (Logroño, Kabemayor ediciones , 2005) con guiones de su hermano Luis Alberto Cabezón. Ha grabado un disco ("fracaso, etcétera") con su banda de rock: enBlanco, que ha recibido excelentes críticas desde los medios especializados. Además colabora habitualmente en prensa y es uno de los integrantes del proyecto Ediciones del 4 de Agosto. Desde hace siete años desarrolla su trabajo de diseñador gráfico desde su propia empresa, kbcreativos, desde la que ha trabajado para Warner Music, Dro Atlantic, EDG Music, Grupo Profisegur, Greenpeace entre otras, también para prácticamente todas las instituciones de La Rioja.
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