TIEMPO DE SILENCIO

 

         Vivimos tiempos obscenos, tiempos de silencio culpable, ese silencio íntimo que genera la escasez, tiempos propicios para escribir los versos más tristes esta noche, como Pablo Neruda, tiempos de cambio, pero con mudanza obligada, tiempos de crisis. Todo comenzó en los días de exceso, cuando gobernantes incompetentes descubrieron la erótica del gasto y el endeudamiento y Madrid era una fiesta; los banqueros perdieron su rumbo y alentaron al ciudadano a entrar en una espiral de créditos en la que sólo podía seguir hacia delante, olvidando la usura; el país se lleno de casas, los ediles vieron en la especulación del suelo una forma de cuadrar los presupuestos municipales; los constructores se olvidaron del diez por ciento de beneficio empresarial y aprendieron a multiplicar, poniendo el límite en la luna; y la nación se lleno de infraestructuras ostentosas y, a veces, innecesarias, de aeropuertos sin aviones, de AVES sin pasajeros, de teatros sin actores, de polideportivos con telarañas, de rotondas faraónicas en cualquier cruce de caminos… de castillos en el aire. Todos éramos ricos y Alicia dirigía el país de las maravillas.   Hasta que despertamos del sueño. Alicia se fue y llegaron damas de hierro y estrictas gobernantas, que nos recordaron qué somos y nos hicieron entregar nuestras escasas monedas para salvar a sus bancos, mientras cambiábamos el antiguo bingo por los juegos del hambre.

         Sí, son tiempos ásperos, tiempos sombríos con una obscenidad de parados y su tragedia a cuestas, sin nadie que nos diga cuántos empleos se crearían si consumiésemos productos españoles; y con la desunión europea silbando a la luna de papel, o dictando leyes que acaban con sectores de producción –la mayoría de las granjas han cerrado por la crisis y por las nuevas leyes de bienestar animal, porque los ineptos de Bruselas les hacen gastar un dineral en medidas de bienestar animal, pero permiten la competencia de países que no se preocupan por ese bienestar animal, ni siquiera del racional. Es pura ineptitud o hemos de pensar mal-.

         Son tiempos de zozobra y desánimo, propicios para pensar en el espíritu y en la trascendencia, pero los creyentes tienen difícil volver su mirada a la Iglesia, empeñada en dar una de cal y otra de arena. Así, mientras Cáritas está llenando un hueco importante y lleva a la práctica el mandato evangélico del bienaventurado sermón de la montaña, algún monseñor quiere dar licencia para construir una iglesia al grupúsculo de las apariciones de El Escorial, esos que veneran una virgen que amenaza con violencia a España, se aparece a la vidente, entre grotescos sonidos guturales y enfada a las víctimas de las apariciones, que hablan en la red del engaño organizado que produce pingües beneficios. Todo muy confuso y sospechoso como para que la Iglesia católica se mezcle en ello. A los que no renunciamos a nuestra tradición cristiana, nos molesta ver a un obispo dando pábulo a la superchería y nos imaginamos, otra vez, a Cristo con el látigo en el templo. ¡Qué difícil nos ponen marcar la casilla de la Iglesia católica en la declaración de Hacienda!

         No cabe duda, son tiempos obscenos, tiempos de aires difíciles para alcanzar la moradas, dejada ya la casa sosegada. Es tiempo de silencio.

                                                     “ALONSO CHÁVARRI”

 

VIENEN MAL DADAS

 

         Que las cosas vienen mal dadas es una evidencia. Éramos pocos y parió la abuela y al perro flaco todo se le vuelven pulgas. Y, si no, que se lo pregunten a la casa real: aún no se habían repuesto de los coletazos del “caso Urdangarín”, que parece ir para largo y con complicaciones, cuando la imprudencia de Marichalar permite que Froilán se pegue un tiro en el pie y, por si fuera poco, el escalón invisible de Bostwana fractura la cadera del monarca y deja visible la extraña y oculta cacería de elefantes africanos, permitiendo a la prensa sacar a relucir ciertas “amistades peligrosas”.

         Es el corolario de la ley de Murphy: “Si las cosas van mal, siempre pueden acabar yendo peor.” Eso es lo que está pasando en la piel de toro: que vienen mal dadas. Y, cuando las cosas vienen mal dadas, no hay quien las enderece, ni siquiera el primo de Zumosol, que es algo así como la prima de riesgo, pero en anuncio de televisión. Estábamos intentando calmar a los mercados, aunque sabemos que no se calmarán, mientras nos quede un euro con el que puedan hacerse, cuando aparecela Kirchneramargando la vida de Repsol, que es como amargarnos un poco la vida a  todos –recordemos el dicho: “Lo que es bueno parala GeneralMotorses bueno para América”-. A mí no me ha extrañado, ni me extraña nada de lo que ocurre en Argentina, porque, aunque el ministro Soria diga que las empresas españolas en Argentina están trabajando con normalidad, conozco a una empresa española, allá por el Paraná argentino, que lleva varios años esperando un permiso para comenzar su producción. ¡Y lo que te rondaré, morena! ¡Qué puede esperarse de un país que funciona así! ¡Qué puede esperarse de unos políticos de opereta que anteponen el populismo a las inversiones extranjeras! Si en la opinión pública española, según las encuestas del C.I.S., los políticos son el tercer o cuarto problema del país, en Argentina deben de estar a la cabeza de esa dudosa clasificación.

         Sí, vienen mal dadas. Es lo mismo que el asunto de los recortes, se sabe dónde empiezan, pero nadie sabe dónde ni cuándo van a acabar; tan pronto nos dicen que hay que profundizar en ellos y recortar todo lo recortable, como que están siendo excesivos y están lastrando la recuperación del país. La impresión que nos transmite todo esto es que se están dando palos de ciego y nadie tiene claro cual es el camino para salir de la crisis. Lo único que está cada vez más claro es quela UniónEuropeatiene poco de europea y menos de unión; y que cada país defiende sus intereses particulares, de sus bancos, de sus empresas, no importándole nada de lo que ocurre tras sus provincianas fronteras. Llama la atención la escasa sensibilidad de Europa para con un país de los suyos, con cinco millones de parados y con visos de seguir aumentando el número. En fin, eso, que vienen mal dadas.

                                                           “ALONSO CHÁVARRI”

SEMANA SANTA

La Semana Santasiempre me ha resultado un tiempo de sentimientos encontrados, como suele ser la propia vida. Ya, desde niño, sentía esa contradicción entre la alegría de las vacaciones y la tristeza que envolvía aquella semana de dolor, de ayunos, abstinencias, colores morados y silencio obligado. Entonces, llegaba al pueblo un padre predicador, experto en adornar sus sermones con un aura de culpabilidad, que se extendía por los bancos de la iglesia y llenaba de miedo las conciencias infantiles. Eran tiempos oscuros, dominio de las sombras, con los papeles diarios enfermos, en cuarentena obligada, en los que la palabra libertad era indicio de subversión, el cura del pueblo mandaba mucho y conseguía cerrar los bares, las funciones litúrgicas, procesiones y horas santas llenaban los tres días de pasión, sólo aliviados por el recitado de algún poema, como “La pedrada”, al paso del “Ciomo”, las saetas que cantaban las cuadrillas de mozos, durante la procesión nocturna, y la costumbre de beber vino “apañado” en casas y bodegas, ese vino con limón, canela y azúcar que muchos llamaban hipocrás y que era exclusivo dela Semana Santa; y, como no se podían tocar las campanas, durante esos tres días, los niños, armados con matracas de madera, recorríamos las calles, golpeando los martillos contra las tablas de las matracas y gritando “a los pasos toooocan…” o “a misa toooocan…”. Mas volvieron a girar los calendarios, el tiempo inclemente corrió veloz, arrastrando en su tic-tac el lubricán de acero y llevándose consigo costumbres, tradiciones y personas, hasta transformar las certezas inmutables de la niñez en recuerdos lejanos, en apenas rastros, marcados en los viejos termómetros de infancia. Los eternos dictadores murieron de vejez; llegaron los nuevos servidores de la patria, con ligeros equipajes de mano y con nuevas ideas; y todo cambió. Desaparecieron el color morado de las iglesias, los ayunos y el silencio. El padre predicador, su verbo iracundo, sus frases latinas y su mensaje de miedo se perdió en el camino. La antes impronunciable palabra “libertad” comenzó a perder su real significado, como consecuencia del exceso de uso; los bares no volvieron a cerrarse y las procesiones quedaron como fenómenos televisivos y reclamos para turistas; y los amigos dejaron de venir al pueblo enla Semana Santa, embarcados en esos viajes vacacionales de obligada felicidad. Es ahora, sin embargo, cuando empiezo a encontrar atractivala Semana Santa.La crisis que nos ahoga ha hecho olvidar sus viajes y regresar al pueblo a los fieles amigos de la infancia. Incluso me gusta ver alguna de las películas de romanos y cristianos que, en estas fechas, ponen en televisión; y sentir, sin obligación, el extraño y hondo sentimiento de alguna procesión. Hasta he vuelto a hacer vino “apañado” y a compartirlo con los amigos. Y añoro el recitado de “La pedrada”, al paso del Ciomo (Ecce Homo), las saetas que cantaban las cuadrillas de mozos, al paso dela Dolorosa, y el ruido inconfundible de las matracas de martillos antes de gritar “a los pasos toooocan…”. Eso sí, hay una cosa que no añoro: aquel miedo de los tiempos oscuros.

                                                         “ALONSO CHÁVARRI”

¿NOS LA ESTÁN DANDO CON QUESO?

Puede que yo no entienda mucho de Economía –ya se sabe que el tener aprobadas asignaturas o titulaciones no es garantía de nada-, pero, en ocasiones, tengo la sensación de que nos la están dando con queso. Hemos llegado a ese punto en que las ramas no dejan ver el bosque, la repetición abusiva de frases deja a las palabras desprovistas de significado y es muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso, lo importante de lo banal, el honrado del corrupto, el bien del mal; y la duda metódica es el único válido compañero de viaje.

         Reconozco que hay situaciones que tienen dos caras, y más en política, y uno puede dudar sobre qué camino es el correcto. Pongamos el ejemplo de la próxima huelga general: se puede entender la postura del huelguista, que no está de acuerdo con los recortes y está indignado porque siempre piden sacrificios a los mismos, pero también se puede comprender la postura contraria, la del que propone dejar al Gobierno que tome las medidas que otros no quisieron tomar, porque pueden ser la solución para salir de la crisis. De acuerdo, son opiniones; el problema comienza cuando la dialéctica se hace perversa y no se busca lo mejor para la colectividad, sino el interés partidario y todo se transforma en grupos de presión para conseguir fines sectarios. Y el exceso de propaganda, propio de toda campaña, sumerge al ciudadano en la ceremonia de la confusión. Sin embargo, hay cosas que no cambian, que persisten, a pesar de los giros de dirección, sean a la derecha o a la izquierda, y que nos hacen sospechar que nos la pueden estar dando con queso o, dicho con palabras conocidas, pretenden cambiar algo para que todo siga igual. Porque hay algo inmutable –y no pretendo ni quiero saber por qué, aunque la imaginación es libre-, y es que suele haber dinero público, y mucho, para grandes corporaciones, y escasea mucho más para el pequeño que tiene necesidad. Estamos hartos de oír que los autónomos no encuentran créditos por ningún sitio y que las hipotecas están dejando sin vivienda a muchas personas, pero, a la vez, se entregan ingentes cantidades de dinero a la banca, sin que nadie nos haya explicado cuánto se va a recuperar o si ha habido contrapartidas –tampoco se sabe mucho sobre la situación en que se hallan los créditos de los bancos a los partidos, si se les perdonan deudas o no-.

El otro día, nuestro diario daba la noticia de que el Gobierno se plantea emplear dinero en salvar a las autopistas porque no ganan lo suficiente, autopistas que están en manos de las mayores empresas del país. ¿Qué es esto? ¿No se han hartado de decirnos que el mercado se regula solo y que eso es la base del sistema económico? ¿O es que esto sólo vale para que quiebren pequeños autónomos o familias, pero no para grandes empresas? ¿No somos todos iguales? ¿Nos la están o no nos la están dando con queso?

                                                          “ALONSO CHÁVARRI”

¿ USTED QUIERE SER FELIZ?

 

Que la principal obligación del ser humano es ser feliz es casi una obviedad, lo que no está tan claro es cómo se consigue ese deseado estado de felicidad. Es un hecho constatado que las buenas noticias nos producen una felicidad efímera, mientras que las malas inducen un persistente estado de infelicidad. Suele decirse que se puede ser muy feliz un instante o razonablemente feliz más tiempo, pero no se puede ser muy feliz siempre, porque la persistencia en un estado de felicidad va eliminando la sensación de satisfacción. El mayor error suele ser asociar felicidad con posesión; es cierto que uno es feliz cuando intenta alcanzar algo que no tiene y ve que lo va a conseguir, pero en el momento en que lo tiene suele darse cuenta de que no le proporciona la felicidad que esperaba. Decía Leopardi que la felicidad está en la ignorancia de la verdad, y puede que no estuviera descaminado, sobre todo si comprobamos que generalmente la verdad es un pozo de desdichas; viene a ser lo mismo que esa frase ácrata, que aparece pintada de vez en cuando en vallas o entradas de garajes, junto a dibujos de grafiteros, y que dice: “usted no es feliz, sólo está desinformado”. Hemos de convenir en que sería más fácil conseguir la felicidad si uno no se enterase de ciertas noticias que dicen muy poco a favor de la condición humana y que suelen llenar las páginas de los periódicos. Mi abuela solía decir: “no es más feliz el que más tiene, sino quien se conforma con lo que tiene”, y tenía parte de razón, porque la conformidad no da por sí misma la felicidad, pero elimina ese sentimiento de frustración, rencor e insatisfacción que domina al inconforme, aunque esta sociedad no se distingue precisamente por fomentar la conformidad, sino todo lo contrario, y llena los medios de comunicación de anuncios del tipo “no se conforme, usted puede aspirar a más”, que son una invitación y un camino hacia la infelicidad. Es cierto que la felicidad habita en las pequeñas cosas y en la ilusión de la infancia, pero también la tristeza es un habitual equipaje de mano, del que no es fácil deshacerse y además es contagioso; dice el refrán “dos no se pegan si uno no quiere”, pero en los grupos familiares nadie consigue ser feliz si uno no lo es.

Se ha pretendido, aunque ahora lo ha frenado la crisis, asociar felicidad y viajes, de forma que muchas personas no entienden las vacaciones sin viajes a lugares supuestamente maravillosos, donde se encuentra esa felicidad anhelada. Yo prefiero quedarme, ya lo he dicho en alguna ocasión, con aquellos versos del poeta Claudiano, que dicen: “Feliz aquel que pasa la vida en los campos propios, a él no lo zarandea la fortuna con incómodas aventuras ni le sacian la sed, siempre extranjero en sus viajes, aguas desconocidas”.

Que sean ustedes felices.

                                                   “ALONSO CHÁVARRI”

“LA CALLE ES MÍA”, LOS BANQUEROS Y EL MAYO DEL 68

 

La calle es mía”, esa frase atribuida a Manuel Fraga, pero que él nunca reconoció haber dicho, es una oración que bien podrían haber enunciado el Ministro del Interior o el Director General de Seguridad, como indicativo de que la calle debe estar bajo el imperio de la ley y no tomada por manifestantes violentos; también podría ser dicha por aquellos que, hartos de que sus peticiones no sean oídas, deciden hacerse oír saliendo a las calles en manifestación pacífica; incluso podrían haberla dicho agentes sociales, dispuestos a presionar en la calle para conseguir lo que no logran en las mesas de negociación; y también podría estar en boca de aquellos violentos que buscan el conflicto como fin de no se sabe qué reivindicaciones. Demasiados para una oración simple: “la calle es mía”.

         Esta frase ha vuelto a ponerse de moda en este 2012  que nos recuerda al mayo del 68, que nos hizo creer, ingenuamente a algunos, que el sistema estaba llegando a su fin. Algo parecido a lo que ocurre ahora. Entonces fueron los estudiantes de la Sorbona, con Daniel Cohn-Bendit al frente –Dani el Rojo, entonces estudiante y ahora diputado verde en Bruselas- quienes comenzaron el conflicto con manifestaciones y enfrentamientos con la policía; ahora, tras unas manifestaciones pacíficas de “indignados” –pacíficas quizá porque gobernaba la izquierda- toman el relevo los estudiantes en manifestaciones no tan pacíficas –quizás también porque ahora gobierna la derecha-, mezclándose en la calle jóvenes estudiantes, sindicalistas y personas de izquierda con ganas de desgastar al gobierno conservador, al que no le dan los cien días de cortesía.

         La diferencia entre una fecha y otra puede estar en los banqueros. No recuerdo que tuvieran en el 68 la “destacada” actuación que han tenido en el siglo XXI; parece que dejaron su productivo y conservador negocio del “presto dinero 2 ó 3 puntos por encima de lo que doy y me conformo con las pingües ganancias”, para embarcarse en créditos arriesgados, productos complicados de entender, y maniobras bancarias que han llevado a  muchos bancos a la ruina, sólo evitada por el rescate, que muchos no hemos entendido, de los gobiernos. No hemos entendido esta “salvación de los bancos” porque no se ajusta a las normas del libre mercado, tan alabado en otras ocasiones. Quizá es cierto que no hubiera sido conveniente dejar a la banca quebrar, pero tanto rescate con dinero público, o sea de todos los ciudadanos, merecía al menos que nos hubiéramos quedado con las acciones correspondientes, para venderlas luego, cuando la banca estuviera saneada. Hubiera tenido un saldo positivo para las arcas públicas, en vez de costarnos dinero a todos. ¿Por qué no se ha hecho? Eso quisiera saber yo. También quisiera saber por qué el Banco de España no vigiló –esa es su misión- a las entidades bancarias y por qué sigue su presidente tras no hacer lo que debía. Los políticos sabrán, pero no es fácil que el ciudadano piense bien. En esta crisis, que nos hunde, se echa en falta ver a algún banquero culpable en la cárcel, en vez de verlos con sueldos escandalosos, o indultados o con sus delitos prescritos, y dando lecciones de lo que hay que hacer. No me extraña que tantos se apunten a “la calle es mía”, aunque habrá quien intente pescar en río revuelto, pero no parece que esto lo puedan o lo quieran arreglar ni los del “arre” ni los del “soo…”.

                                                  “ALONSO CHÁVARRI”

LOS FRANCESES Y CONTADOR

Se está instalando en la opinión pública la idea de que los franceses nos miran mal y, como decía la canción, “salvo los ciegos, es natural”. Es natural arrastrar cierta mirada torcida entre vecinos, si tenemos en cuenta las luchas imperiales entre nuestro emperador Carlos y el rey francés Francisco I o, más recientes, los sucesos napoleónicos de la guerra de la Independencia, pero nada que sea más que rastros históricos, residuos que permanecen en los libros de texto. Estas pequeñas rencillas, o no tanto, siempre han dejado un poso cómico, que ha llevado a llamar aquí, “el mal francés” a cierta enfermedad venérea, de complicada cura en su momento, mientras allí la llamaban “el mal español”. Igualmente, en algún pasaje de la literatura francesa, hinchaba el pecho el personaje, diciendo cómo los militares franceses solían ganar a los españoles, en tanto que en el esperpento “Los cuernos de Don Friolera”, de nuestro gran don Ramón de las barbas de chivo, en la escena de los tres tenientes, uno de ellos se inflaba al decir “los españoles siempre les hemos zurrados a los gabachos”. Cosas de vecinos.
Ahora, los franceses parecen haberla tomado con nuestros deportistas. Después de que varios ex-deportistas de élite franceses hayan insinuado que los españoles se dopan, le toca el turno a los guiñoles, ese programa del canal plus francés en el que han hecho una parodia de Nadal, cargado de “gasolina extra”, y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, o sea que el TAS (Tribunal Superior de Arbitraje) castiga a Contador, a pesar de declararlo inocente de dopaje, arremeten contra el ciclista. Es curioso el caso Contador: el TAS dice que es culpable de no evitar una contaminación alimentaria, que creen causada por un suplemento alimenticio, pero no admiten que sea la carne la causante, como dice el ciclista, por la “evidencia” de que en la Unión Europea, y por lo tanto en España, no se puede vender ganado engordado fraudulentamente con clembuterol; como si la ley no pudiera llevar aparejada la trampa, o no pudieran existir delincuentes en la ganadería. ¡Qué cosas!
El deporte español siempre había estado en un plano inferior al francés y, en estos últimos años, los franceses no ganan ni al futbol ni al balonmano… ni a las canicas. Y, sobre todo, Contador les gana su Tour y Nadal su Roland Garrós; más de lo que el chauvinismo de alguno de nuestros vecinos puede soportar. Así que hay que buscar un gato encerrado que contrarreste el “Soy español, ¿a qué quieres que te gane?”
Como dice un refrán riojano: “No eches mucha paja al burrito, que está nevando menudito”. Si la envidia fuera tiña…
“ALONSO CHÁVARRI”

PROMETER HASTA METER

Mentir, según el D.R.A.E., es “decir o manifestar lo contrario de lo que se cree, sabe o piensa”. Si uno escucha las intervenciones parlamentarias, o a los políticos en los medios, verá que abundan las acusaciones de mentir: la oposición acusa al Gobierno de mentir en su campaña electoral, en la que aseguró no subir los impuestos para inmediatamente subir el IRPF; en el Gobierno acusan a los socialistas de haber estado varios años mintiendo sobre el déficit; y los demás suelen acusar a los dos de ambas cosas. De esta controversia, uno saca en limpio que sale muy barato mentir, en las alturas políticas, y que engañar al electorado se ha transformado en una costumbre sin castigo.
Si los dirigentes que mienten hubieran ido al colegio en épocas recientes, paraísos de la relatividad, en las que , para los muchachos, los conceptos del bien y del mal suelen tener perfiles difuminados, podríamos entender su afición por el engaño, pero es que la mayoría se educaron en unos tiempos en los que, aunque se hubo de sufrir un penoso adoctrinamiento, se dejaba muy claro qué estaba bien y qué estaba mal, y en los colegios de entonces –también en los Pilaristas- la mentira era algo horrible y muy castigado, que hacía buenas las palabras de Lulio: “Ten miedo cada vez que no digas la verdad”; por eso extraña esta afición a la mentira.
Todos sabemos que la calumnia produce réditos y que el “calumnia, calumnia, que algo queda”, se utiliza –y más en estos tiempos de Internet- para intentar acabar con adversarios, pero queda señalado el calumniador y se suele volver en su contra, por la aceptada maldad intrínseca de la calumnia; sin embargo, la mentira goza de una extraña benevolencia y no suele volverse en contra del que la practica, a pesar de que en nuestra niñez era un estigma y marcaba al mentiroso con palabras, como embustero, trolero, bolero, mena…, que lo hacían inaceptable para el grupo.
A las personas de conciencia escrupulosa, a las que tanto nos costó aprender a mentir, aunque sólo fuera piadosamente, nos embarga la tristeza ante tantas acusaciones de mentir como se oyen en la vida política. Seguramente, en política, son más prácticas las palabras de Voltaire: “Soy muy amante de la verdad, pero de ningún modo del martirio”. Y, desgraciadamente, se sigue poniendo en práctica el chusco dicho popular: “Prometer hasta meter y, después de haber metido, olvidar lo prometido”
“ALONSO CHÁVARRI”

DE HUMORISTAS Y CORRUPTOS

Sí, debo de estar haciéndome viejo. No me refiero a la vejez física, que de esa no escapa nadie, sino a la vejez mental, esa edad que se calcula por la manera de afrontar la vida. Empiezo a percibir detalles que lo corroboran y hacen que esté dejando de ser lo que se llama “un hombre de mi tiempo”. El primer síntoma es que no soporto a los humoristas de televisión; si, de acuerdo, algún “gag” puede hacerme gracia, pero no los resisto diez minutos. Antes no me ocurría. Me lo pasaba bien con Gila, Tip y Coll e, incluso, con Eugenio, pero los de ahora no me gustan nada; y, si me quieren torturar, no tienen más que obligarme a ver “El club de la comedia”: esos espantosos monólogos que se me aparecen hechos por guionistas sado-masoquistas. Al principio, pensaba que simplemente eran malos, pero enseguida deduje que no podían ser todos malos, que el raro debía de ser yo, porque el público los ve a gusto y no iban a perder, todos los espectadores, su inteligencia humorística de repente. Así que tenía que ser eso, que me estoy haciendo viejo. Luego, observé que me pasaba lo mismo con los programas de variedades, con los concursos, con los “reality” –aunque esto es más comprensible- y con la mayoría de las series. Supongo que es la vejez mental, porque tanta gente no puede equivocarse.
Otro síntoma es que recibo las noticias con un cierto distanciamiento, por ejemplo, esta mañana no me ha dado ningún soponcio, al escuchar que la fiscalía estaba investigando más de setecientos casos de corrupción –creo que eran 264 casos en el PSOE, 200 en el PP, etc., etc., no sé si se salvaba alguna sigla-; primero pensé que había oído mal o que se habían equivocado, pero, al comprobar en Internet que el dato era correcto, lo único que sentí fue extrañeza y una ligera sensación de desamparo; y me puse a pensar en cuántos casos habría en realidad, porque es de suponer que la mayoría de los corruptos no se dejan sorprender en sus corruptelas. ¿Habrá dos mil? ¿Tal vez cinco mil? ¿Quizá diez mil? Y no me dio un soponcio, como les habrá dado a los de mente joven y abierta. Claro que, bien pensado, tampoco he visto a los jóvenes demasiado revolucionados ni corriendo a gorrazos a los sospechosos, como sería su merecer. Igual no soy tan viejo mental como creía, porque en las Cortes ha habido varios discursos alabando la general probidad de la clase política; será que setecientos casos investigados no son muchos y mi reacción, mejor mi ausencia de reacción, es normal. Quizá no esté todo perdido y yo siga siendo “un hombre de mi tiempo”. La próxima semana prometo que intentaré ver “La hora de José Mota”. Hasta procuraré reír, cuando diga eso de “Tíooooo de la vaaaaraaaaaa…”. Porque la mayoría no puede estar equivocada. Los setecientos, sí.
“ALONSO CHÁVARRI”

LA NAVIDAD DE LA CRISIS

Se acerca la Navidad de la crisis, que no hay que confundir con la crisis de la Navidad, ese sentimiento angustioso que afecta a muchas personas cuando llegan estas fechas y que tiene diversos motivos: unos temen los fastos y gastos familiares propios de las festividades y de las costumbres foráneas, que intentan aumentar, no sé si con mucho éxito, las multinacionales del regalo; otros se deprimen por el paso del tiempo, pues en estos días es inevitable recordar la infancia, cuando todo era azul, la vida era un juego divertido y la Navidad –de musgo, belenes, Magos y turrones- una fiesta muy larga y esperada; y hay quien reniega de viajes, familia política y conversaciones de sobremesa, que acaban en discusiones desagradables. Pero a la crisis navideña ya estamos acostumbrados y es algo consustancial a las fechas, como los villancicos o el sorteo de la lotería; es mucho peor lo otro, la Navidad de la crisis, aunque mucho nos tememos que el singular empleado sea sólo deseo y esta situación dure varios años. Y es peor porque afecta a muchos millones de españoles, quienes, además de soportar las penurias, propias del paro y la falta de ingresos, han de aguantar la llamada navideña a gastar, consumir y buscar esa felicidad imposible que se nos promete entre luces de neón, lentejuelas, trineos, renos y bellísimas muchachas inexistentes.
Cuando uno escucha que las ventas navideñas van a bajar un dieciocho por ciento, que el empleo temporal navideño se desploma, que el gasto ocioso de fin de año se reduce a la mitad, que los Reyes van a traer menos regalos a los niños y, sobre todo, que un veinte por ciento de los españoles sobreviven con cuatrocientos euros mensuales y que a los comedores y albergues sociales, cáritas, roperos parroquiales y demás asistentes a la pobreza se les amontona el trabajo, no puede dejar de recordar aquellas Navidades de Dickens, en que los pobres eran muy pobres y hambrientos, los ricos muy ricos y avariciosos, los fantasmas muy reales, la nieve muy fría y los niños muy tristes y solitarios. Claro que Dickens, al final, hacía solidario al avaricioso, feliz al triste, saciado al hambriento y daba calor al que tenía frío, como sólo pasa en la ficción novelesca y en los cuentos de peseta. Desgraciadamente es más real el villancico que cantaba mi abuela:
“Madre en la puerta hay un niño
más hermoso que el sol bello,
el pobrecito está en cueros
y dice que tiene frío.
Anda, dile que entre,
se calentará,
porque en este mundo ya no hay caridad,
y el que la tiene no la quiere dar”.

FELICES NAVIDADES A TODOS
“ALONSO CHÁVARRI”

La Rioja

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