La plazuela

La plazuela donde vivía mi abuela centra la geografía de mi infancia. Allí, en el pueblo riojano, jugaba con redonchas de cubetas, veía pasar los carros cargados de comportas o tapados de mies, comía las rosquillas de San Blas y la tortilla de chorizo del ‘Jueves de Todos’, escuchaba las jotas en la ronda de los mozos, la mañana de Santa Agueda, y tiraba cantillos al gallo de mi tío Julián, un gallo crestudo y atrevido, siempre dispuesto a enseñar los espolones. Mi tío Julián era sordo, desde que la rueda del carro pasó sobre su cabeza, y apagó sus oídos para siempre. También vivía en la plazuela, donde dormitaba la siesta del verano, a la sombra de la parra, y cavilaba sus fecundas historias, que más tarde desgranaba al calor de la lumbre en las tardes largas y frías del invierno, o cantaba en la romería de San Vitores, el santo que llevaba su cabeza en la mano.
Aquella pequeña plazuela, en la que vistosas gallinas picamierdas escarbaban las camas humeantes de las mulas, las cerdas paridas de la corte hocicaban en el aguadojo y perros de lirones corrían tras el lomo erizado de gatos de nadie, cerraba el universo de mi primera infancia. Allí planeaba, con mis primos, inútiles trampas para los gorriones, mientras mi abuelo picaba remolachas y patatillas, preparando el caldero de los cochinos, y esperábamos que las vecinas acabasen las letanías del rosario, para que nos diesen la merienda: pan con vino y azúcar o una rebanada untada de manteca.
En la solana de aquella plazuela riojana jugábamos los niños a la tuta, a mandar a Roma los palos de las hinqueras o a formar un círculo, cogidos de la mano, y cantar: «Ya está el gato en la talega, qué brincos pega, qué saltos da…», a la vez que las comadres jugaban a la brisca y se decían: «Arrastra de triunfo, ha de ser un bisbís, solo tengo un perrillo, la polla de oros gana, yo pongo la puta de bastos…», mientras, ayudadas del moquero, gesticulaban con simulo.
Y el tiempo eterno de la niñez corrió inclemente, tornó veloz y desagradecido, voló deprisa, llevándose con él los rostros amigos de la solana, los juegos olvidados de la infancia, las costumbres lejanas de la tierra riojana; y todo pareció disolverse en la modernidad y en la distancia; mas siempre hay un eco que nos llama, que nos devuelve a la patria del hombre: la niñez, y nos recuerda que queda la memoria, las imágenes riojanas que acuden en los duermevelas de la noche, las caras que vuelven con mensajes de ausencia: la evocación cristalina de la plazuela perdida

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