La Rioja

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Categoría: cronica concierto
Al mal tiempo, un gran Azkena

Al igual que nos puede regalar sin ningún complejo en el mismo espacio desde blues añejo a metal oscuro, el Azkena Rock Festival puede ofrecer ediciones de calor asfixiante o de frío acongojante en pleno junio –aunque era más habitual cuando llegaba en septiembre-. En su decimoquinta edición nos tocó lluvia, nubes y fresquito. Nos dio igual: al mal tiempo, buen ánimo y un cartel de alto nivel. No íbamos a faltar a nuestro festival favorito, a nuestro ritual, una cita que ya se ha convertido en algo más que música: es el encuentro con gente querida y un ambiente único que te da fuerzas para seguir.

Jueves 16 de junio, Osteguna Rock

La vecina Vitoria palpita rock alrededor del Azkena. Y muchos llegamos ya el jueves 16 de junio para disfrutar de una edición más del gratuito Osteguna Rock. Recordando su sudoroso concierto en Pradejón el 7 de septiembre del 2002, nos reencontramos en la plaza de la Virgen Blanca con los suecos Sewergrooves más maduros, más melódicos pero igualmente entregados a ese rock garajero con guiños Thin Lizzy que te recorre el cuerpo y llena de energía.

De ahí, adentrarnos por la amurallada Vitoria hasta el jardín de Falerina para continuar con el rock clásico y contagioso de los jóvenes barceloneses Imperial Jade. Desplegaron los frescos temas de su ‘Please welcome’, regando la carpa con un sonido clásico setentero rejuvenecido,  y destacando la voz de Arnau Ventura, convencieron a todos exhibiendo que tienen un enorme futuro al que hay que estar atentos.

La velada la cerraba el trío Daze of Dawn, liderados por el canadiense Claude’Klyde’ Robillard. Con el público muy receptivo, manejaron una enorme coctelera rock, desde sonidos setentas a metaleros, con sorprendentes versiones de Metallica o Sabbath. Con cinco discos a sus espaldas, mostraron muchas tablas en el escenario y pusieron un contundente broche al anticipo del Azkena.

 

Viernes 17 de junio del 2016, recinto de Mendizabala.

Sí, lamentablemente, las predicciones acertaron. El viernes llovió. Nos las veíamos muy felices cuando, a mediodía, cesaba y Julián Maeso y su banda comenzaban a eso de las 13.45 su actuación en la plaza de la Virgen Blanca. Con un sonido envolvente, sólo lo permitió tres canciones. Comenzó a llover y tardaría mucho en parar -la organización les reubicó por la tarde en el recinto-. Todos a casa bajo el aguacero.

Si nos habíamos planificado el Azkena conforme a los horarios en los tres escenarios y grupos más apetecibles, esta vez hubo que introducir el elemento lluvia. Y sacrificamos las primeras bandas para estrenar el Azkena con Vintage Trouble. El incombustible Ty Taylor decidió que la lluvia no iba a estropear la fiesta y ofreció toda su energía soul, blues y rock a la par que invitaba a imaginarnos bajo el sol en una playa de sus Los Ángeles. Era difícil pero se ganaron al público con trucos escénicos que, no por manidos, son eficaces. Eso sí, alargar el coro o los juegos con el público en cada canción resultó excesivo. Con el suave coro de ‘Not alright by me’ nos atrapaba y la electricidad de ‘Run like the river’, con Tyler nadando sobre el público, enloquecieron a todos. Disfrutamos el primer gran concierto del Azkena.

Ante las predicciones, la organización pobló con varias carpas los distintos escenarios. Para lo demás, chubasquero. A cubierto no nos llenó la dama del country Lucinda Williams en el primer escenario (dedicado a Lemmy Kilmister) y sorprendieron los bilbaínos Los Brazos con su energía en el tercero (a Scott Weiland). Así, el Azkena en esta decimoquinta edición ha mostrado una mayor y más entretenida infraestructura, desde su colorida entrada, a la capilla de las bodas rockeras, la zona motera, la carpa para los pinchadiscos nocturnos, más bancos y baños –harían falta de nuevo los portátiles en las zonas de césped-, decoración vintage con frases rockeras, más puestos de música, ropa, comida, cerveza… Ciertamente, el reciento estaba espectacular. Lástima que la lluvia y los atractivos musicales no permitieran disfrutar de todos ellos. Y puestos a mejorar, una rebaja en los precios de la ‘cerveza’ se agradecería.

Al escenario segundo (por Bowie) llegaba uno de los grandes atractivos, la nueva hornada del rock sureño de Blackberry Smoke. Escucharles es regresar a Black Crowes, a Lynyrd Skynyrd o a los Allman Brothers. Aunque les faltó sonido en los primeros veinte minutos, se repusieron y crearon esa atmósfera envolvente y feliz que provoca el rock de raíz bien hecho. Además, ¡dejó de llover! ‘Six ways to Sunday’, ‘Testify’, ‘Rock n’ roll again’, ‘One horse town’, ‘Ain’t much left of me’ o un guiño a Marley fueron algunos de los temas que brillaron en, para quien suscribe, el mejor concierto de esta edición. Los de Atlanta nos dejaron con ganas de verles con el repertorio completo en una sala.

Media vuelta y al primer escenario hacia el ‘regalo’ de esta edición. Ante la baja de Primal Scream por lesión de su cantante, la organización dio un golpe en la mesa al conseguir que Hellacopters se unieran al Azkena 2016. Los suecos únicamente iban a dar un concierto en su Sweden Rock. Tenerlos en el Azkena para celebrar el veinte aniversario de su primer disco con la formación original fue un regalo inesperado. Por ello, irritó tanto que tardaran media hora en sonar como deben, con potencia enrabietada. Pero cuando empezó a sonar como debía (al parecer, en las primeras filas nunca fue así), Hellacopters fueron Hellacopters. Con una presencia macarra, una puesta en escena enérgica y cómplice y ese sonido de guitarras dobladas de Nike Anderson y Dregen sobre el piano de Boba Fett tan característico nos regalaron un conciertazo para la memoria. Se les veía disfrutar como a nosotros. Y ofrecieron el momento hilarante al dar las gracias a Primal Scream por hacerles un sitio en el Azkena y recordaron a Kike Turmix, quien les lanzó en España.

Con 12.242 espectadores en esa primera jornada, recorrieron ‘Supershitty to the max’ desde ‘Born broke’ en orden aleatorio y recuperaron caras ‘b’ como ‘Ghoul school’ o la celebrada ‘1995’. ‘Didn’t stop us’, ‘Random riot’, ’24h hell’ y la despedida con toda la campa bailando de ‘(Gotta get some action) Now!’ nos hicieron felices.

Con ese gran sabor de boca, volvimos al escenario Bowie para la única actuación en Europa de Danzig, icono ex Misfits y referencia del metal siniestro. Y fue un desastre absoluto. Dado que conciertos anteriores habían tardado en sonar bien, esperamos pacientemente a que el desastre sonoro se corrigiera. Tommy Victor (de Prong) sonaba a guitarra regalada en una tómbola y ampli encontrado en cualquier esquina, la batería parecía un montón de latas tiradas al suelo y el bajo saturaba de graves amartillados. Y Glenn Danzig… Aunque su actitud violenta y furiosa gustó al principio, después resultó excesiva y hasta paródica, más al mostrar que no tenía nada de voz, no entonaba y sus gritos desmesurados hacían daño en los oídos. ‘Am I demon’ parecía mejorar las cosas, pero no… Aunque muchos abandonaron tras destrozar el ‘N.I.B.’ de Sabbath, otros nos quedamos para escuchar ‘Twist of Cain’ y ‘Mother’ en ‘voz’ de su creador. Una de las mayores decepciones de la historia del Azkena. Miedo me da la reunión de Misfits…

Con ese disgusto y los pies húmedos y agotados, abandonamos la propuesta ‘Gutterdammerung’, la película proyectada sobre pantalla y representada por Henry Rollins. Nos dijeron que fue muy interesante.

 

Sábado 18 de junio.

Aunque nuestro plan era degustar el clasicismo de Luke Winslow-King en la plaza de la Virgen Blanca, una buena recomendación nos guió a mediodía al jardín de Farelina, al Txuleta Rock, donde descargaron Arenna. Los vitorianos nos regalaron un embriagador viaje de dessert rock, stoner y psicodelia metalizada que llenó la carpa y se llevó una ovación enorme.

En la tarde, llegamos al recinto de Mendizabala para ver que no conectamos con RavenEye y coger buen lugar para los islandeses Vintage Caravan, una de las bandas más atractivas de los últimos años. Y aunque competían con Radio Birdman, ofrecieron uno de los mejores conciertos del festival y llenaron el escenario Weiland con un sonido espectacular. Desde ‘Last day of light’, pasearon por temas emblemáticos de sus tres discos con una puesta en escena arrolladora, llena de proteínas y una maestría musical sorprendente para su juventud. A la voz y guitarra, Óskar Logi Ágústsson viajaba desde Sabbath y Zeppelin a Maiden batiéndolo con la base stoner y blues rock de un Alexander Örn Númason que llenaba todo con su bajo. ‘Babylon’ o ‘Expand your minds’ fueron varios de los mejores momentos de este Azkena. Sus humildes sonrisas al final de la actuación y la ovación larga incluso cuando recogían los cables mostraban que ellos habían conquistado una importante plaza y que nosotros habíamos confirmado una banda de presente y mucho futuro en un Azkena con extra de leyendas.

La jornada del sábado encontró a 18.064 espectadores en Mendizabala. El aumento de público se ratificó en el escenario Lemmy para disfrutar con Imelda May. Para los muchos que esperábamos su concierto, lo primero que nos sorprendió fue el cambio de imagen radical que la irlandesa ha adoptado. Y qué bien le ha sentado liberarse pues, manteniendo su esencia rockabilly y de raíz, dio un paso más en su sonido arropada por una banda fantástica –aunque tardó en sonar como debía también medio concierto-. Con esa voz rota que eriza la piel, nos atrapó a todos con temazos como ‘Tribal’, ‘Wild woman’, la versión de Willie Dixon de ‘Spoonful’, la coreadísima ‘It’s good to be alive’ o el final explosivo con ‘Mayhem’ y ‘Johnny got a boom boom’. Bailamos, nos emocionamos, brindamos… fue un concierto precioso.

Había que reponer fuerzas y, con mucho dolor, sacrificamos la oscuridad de Fields of the Nephilim. Aunque no son un grupo que siga, queríamos ver a una leyenda viva, a The Who. Albricias, ellos estaban ahí casi casi cuando se inventó el rock n’roll. He de reconocerlo, mi conocimiento de The Who es en blanco y negro. Por ello, me impactó encontrarme con dos señores muy mayores sobre el escenario tocando canciones pop de quinceañeros. Me costó varios temas sobreponerme al ver al Pete Townshend de 71 años… Eso sí, ellos encontraron un público entregado que disfrutó de un repertorio que caminó de clásico en clásico (hasta dieciocho). Con luna llena, ‘Can’t explain’, ‘Substitute’ y la explosiva ‘Who are you’ metían a todos de lleno en el concierto. Fue un recorrido por su historia y su evolución, de los temas primitivos y directos a los más desarrollados de los inventores de la ópera rock, como el tramo dedicado a ‘Quadrophenia’ y ‘Tommy’, donde más llenaron.

The Who son una de esas bandas grandes que hoy suenan grandes por el sonido y por el enorme montaje que les arropa, con una mastodóntica pantalla que despista, aparta la mirada del escenario, del instrumento, te lleva a una representación visual y resta poder a las canciones interpretadas en directo. Tampoco me convenció que los focos y planos sólo fueran para Daltrey y Townshend. De acuerdo, son los únicos miembros originales, desde 1964, pero es que salieron más por las pantallas Moon y Entwistle que los músicos que estaban tocando en directo, que permanecieron todo el tiempo a oscuras. Y eso que tienen a su servicio al enorme Paul Palladino al bajo, a Simon Townshend a la guitarra –hermano de Pete- y a Zak Starkey a la batería–éste salió más por ser quien es, hijo de Ringo Starr-.

Superados los peros, The Who convencieron. A los que estaban convencidos y a los que, como es mi caso, no les seguimos. Y lo hicieron con lo que tiene que ser un concierto de rock: actitud. Y Daltrey y Townshend dieron todo lo que pueden dar, armados de un repertorio ganador que termina con ‘Pinball’, ‘Babba o’Riley’ y ‘Won’t get fooled again’ y un grito desgarrador de Daltrey. Y se mostraron emocionados y agradecidos en la despedida, que llegó a ser un momento íntimo entre 18.000 personas. Dejaron a todos felices.

Ahora tocaba otro viaje en el tiempo. Al grito de ‘One, two, three, four!’, nos sumergimos en el  escenario Weiland en el 40 aniversario de Marky Ramone en el punk. Desde ‘Rockaway beach’ hasta ‘Blitzkrieg bop’ –con Dregen de invitado-, más de una hora sin concesiones de cañonazos-himnos de Ramones. ¿Alguien puede resistirse a eso? Con Ken Stringfellow (de los Posies) emulando con gran actitud a Joey y una banda eficaz, nos sumergimos en un viaje feliz a canciones que nos han marcado. Incluso la lluvia le dio un toque especial al pogo en temazos como ‘I wanna be sedated’, ‘Surfin bird’, ‘Sheena is a punk rocker’… bueno, ¡en todos! Además, hubo emoción al recordar a Joey Ramone con su versión de ‘What a wonderful world’ y a Lemmy con la versión del guiño ‘R.A.M.O.N.E.S.’ de Motorhead. Un homenaje rápido y furioso que nos hizo felices. También felices salían los que vieron en el escenario Bowie a la leyenda del hardcore Refused.

Con las fuerzas flojeando, despedimos el Azkena con Supersuckers, que desplegaron su faceta county-rcok que abrieron con ‘Must’ve been high’ en el 97, de la que sonaron varias. Eddie Spaghetti nos llevaba de la mano, pero la ‘banda más grande del mundo’ resultó muy estática para las horas que eran (pasando las 2 de la mañana y con la suave lluvia persistiendo), incluso en ‘I want drugs’ o los trallazos finales ‘Born with a tail’ o ‘Pretty fucked up’. A pesar del cansancio, una despedida digna para un grandísimo Azkena. Y a esperar el siguiente, para el que ya sabemos fechas: 23 y 24 de junio del 2017.

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El último zarpazo suave en La Rioja

Los Suaves, Leize y Harolica en la plaza de toros de Haro, 4 de junio del 2016. 1.100 personas

Atravesar el umbral que conduce a un concierto de Los Suaves siempre ha sido un ritual, desde que suena ‘Les Preludes’ hasta la despedida emocionada bajo ‘Dios es suave’. Pero desde que se conoce una fecha, ese ritual produce congoja y un choque de emociones difícil de manejar: el 17 de diciembre Los Suaves pondrán punto final en su Ourense a 35 años de rock, de poesía, de energía vital.

Nájera y Logroño ya acogieron noches de despedida en el primer tramo de la gira ‘La música termina’. Y los gallegos dieron su adiós a La Rioja este 4 de junio en Haro, ante unos 1.100 seguidores en su plaza de toros.

La tan especial noche comenzó con Harolica, un grupo de veteranos músicos jarreros, que recorrieron parte de la carrera de Metallica por temas tan reconocidos como ‘Creeping death’, ‘Enter sandman’, ‘Hit the lights’ o ‘Seek and destroy’.

El ritual Suaves ha adquirido en esta gira un especial y feliz acompañamiento: en varias noches les acompañan los guipuzcoanos Leize, con quienes comparten autenticidad, complicidad con su público y, también, más de tres décadas de rock. Quizá por el parón que tuvieron de 1997 a 2007, quizá por bloqueos interesados anteriores, pero Leize no han tenido el reconocimiento masivo que merece una banda con la verdad siempre por delante, sin artificios. Como un legado más que nos dejan los gallegos, esta gira con Los Suaves les está dando a conocer ante miles de seguidores que descubren un grupo veterano que lo da todo en cada noche como los quinceañeros que comenzaban allá por 1982 en Zestoa.

Y Leize están aprovechando esta amistad y coincidencia emocional con Los Suaves dando auténticas exhibiciones de rock en cada noche. Como lo han hecho siempre. Presentando su fantástico ‘Cuando te muerden’, abrieron la descarga con ‘Dónde está’ para dar paso a los himnos ‘Futuro para mí’, ‘Caminando’ y ‘Volveré a salir’. Y el ritual Leize se desplegaba con toda su intensidad: puños en alto, gargantas dando cada coro, sonrisas del escenario al público y viceversa… ¡complicidad! Porque los cuatro Leize tocan con la felicidad en el rostro, disfrutan tanto o más que el público de cada noche y esa verdad que no se puede disfrazar hace que contagien al público, al suyo y al que ganan en cada descarga.

Ese hacerse uno en una canción que sólo consiguen unos pocos Leize lo logran con los viejos y nuevos temas, como las presentaciones de ‘Hundiéndome en la noche’, la de sabor ochentero ‘Sospechoso’ o la agradecida ‘Cuando te veo’ o el viaje en el tiempo de la bailada ‘Noche de ronda’, la furiosa ‘Sin sitio’, llegando a himnos generacionales como ‘A tu lado’ y ‘Buscando, mirando’, con los que el coso jarrero era una fiesta rock. La catártica ‘Otra noche más’ y el himno ‘Devorando las calles’ culminaban otra rotunda actuación. Y lo hacían con un gracias a Los Suaves, despidiéndose con Félix Lasa enfundado en la camiseta del gato y el riff del ‘Dolores se llamaba Lola’ en el colofón. ¡Qué bueno ver juntos a Leize y Los Suaves, al rock de verdad en el escenario!

Como Félix Lasa, cientos de gatos en las camisetas de los que poblaban el coso jarrero, desde niños a veteranos curtidos. Y acentos llegados de todo el norte, desde Barcelona a Vigo. Los miles de seguidores de Los Suaves sabemos que cada noche es única, que cada concierto queda uno menos y muchos procuramos acudir a cuantos podamos. Porque en medio año ya no habrá más oportunidades.

La luz se apaga. Suena ‘Les Preludes’, la banda coge posiciones y estallan las guitarras. ‘Preparados para el rock n’ roll’ encuentra a un público que lo da todo desde el primer acorde, a una banda feliz y un sonido aplastante, que reinará toda la noche (gran trabajo siempre de los najerinos AGT). ‘Palabras para Julia’ enloquece a todos y ‘Maldita sea mi suerte’ endurece la velada con cientos de puños en alto y gargantas que lo dan todo. Como la de Yosi, que pese a estar gastada por sus 68 años, es ese flautista de Hamelin que conduce al público de la mano al disfrute. En su arropo, una banda de maestros que apisona en cada canción.

La banda recupera ‘Adiós, adiós’ en esta segunda parte de la gira de despedida. Tiene más sentido que nunca, al igual que ‘Cuando los sueños se van’, ambas de su último disco de estudio. Y desde ahí, la noche se llena de himnos, uno detrás de otro. Y Yosi y el público se dejan la vida en cada verso de ‘Pardao’, en ‘Sabes, ¡Phil Lynott murió’, ‘Por una vez en la vida’ y el gran himno que alborota todo, ‘No puedo dejar el rock’.

Los Suaves han dibujado la vida en cada verso, nos han explicado la razón de la felicidad y la tristeza y, con la genial mirada de Yosi, nos han hecho mejores. Por eso, en esta hora del adiós, se ven lágrimas, abrazos, rostros compungidos. Agradecimiento a una banda que también se emociona. ‘Si pudiera’ lo dice todo… Ay, si pudiéramos…  ‘Malas noticias’ atrapa todas las voces hacia la recta final con ‘Mi casa’, el himno gallego ‘El afilador’ y la archi-popular ‘Dolores se llamaba Lola’, con lluvia de confeti y Yosi blandiendo la bandera riojana, con una sonrisa agradecida y una pancarta desde el público que daba ‘Gracias por 35 años de rock’.

Todos necesitábamos más y en la noche suena la locomotora heavy de ‘San Francisco Express’ antes de entonar la antagónicamente alegre ‘Ya nos vamos’. La banda hace un amago de retirada pero regresan con la locura de ‘Dulce castigo’, combulsionando la arena. La última era otro zarpazo, ‘La noche se muere’, con una enorme exhibición de Alberto Cereijo y Fernando Calvo a las guitarras sobre una base rotunda de Charli Domínguez y Tino Mojón.

La ovación, larga, feliz a la vez que triste. Y volvía a rondar el mismo interrogante sin respuesta a quienes les hemos visto varias veces en esta gira: Los Suaves probablemente están en su mejor momento desde 1998, ¿por qué retirarse? No hay respuesta conforme. Eso sí, la última vida del gato está siendo como a todos nos gustaría que fuese nuestro final: digno. ¡Siempre Suaves!

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Azkena Rock Festival 2014, lo fresco frente a lo caducado

Azkena Rock Festival, el lugar al que hay que acudir cada año, las fechas marcadas a fuego en el calendario rockero. A las campas de Mendizabala, el mejor recinto y ambiente festivalero del país, acudimos a una nueva edición de un festival fundamental, que volvió a conjugar la fórmula de viejas glorias y bandas de presente y futuro dentro de todo el abanico de sonidos que se bifurcan alrededor del rock.

Si en otras ediciones las viejas glorias nos regalaron conciertos memorables –ejemplo, Lynyrd Skynyrd-, ésta 2014 nos ha demostrado que no todas valen, que Blondie, Scorpions o Violent Femmes tuvieron su momento, lo disfrutaron e hicieron disfrutar, pero que ya es hora de que den un paso hacia la jubilación y dejen los escenarios a otros. Porque éste es el momento de Monster Truck, de Kadavar o de los arrolladores adolescentes The Strypes. Ellos fueron los triunfadores de esta decimotercera edición junto a nombres ya consagrados como Wolfmother, Unida, Joe Bonamassa o el rudo bluesman Seasick Steve.

 

Viernes 20 de junio, primera jornada: el rock contra la tormenta
Hicimos la entrada anual al querido recinto de Mendizabala con la mirada en el gris, encapotado y amenazante cielo que se cernía sobre el Azkena. En el escenario grande abrían esta edición 13 Left to Die, finalistas del XXV Concurso Villa de Bilbao y que inyectaron un metal core aceleradísimo y bruto a dos voces casi inusual por este festi. El público, siempre respetuoso y abierto a todos los sonidos, llenó la campa y ovacionó su entrega.

En esta primera hora la carpa se estrenaba con uno de los grandes alicientes de esta edición, los canadienses Monster Truck, que con su ‘Furiosity’ han firmado uno de los grandes discos de hard rock de los últimos años. ‘The lion’ abría su descarga y, pese al opaco sonido inicial, mostraron toda su riqueza: la extraordinaria voz del bajista Jon Harvey, la locura setentera de Steve Kiely y el enorme rollazo que imprime a su sonido el Hammond de Brandon Bliss. El sabor setentero de ‘Old train’ y ‘The giant’, la épica rock de ‘Sweet mountain river’, el bluesazo ‘For the sun’, el nuevo tema que están estrenando ‘Shell’ o el guiño al primer ep ‘Space nebula’ atrapaban al público en una brillante actuación que finalizaron con ‘Seven seas blues’ de su segundo ep, con la que acabaron con todo el público enganchado a su coro. De hecho, mientras la tormenta tronaba, ese coro protagonizó uno de esos momentos mágicos del Azkena: mientras los cuatro músicos recogían su equipo, todo el público continuó el coro durante unos minutos… la emoción en los rostros de los de Ontario arrancó una enorme ovación. ¡Son el futuro!

Mientras ovacionábamos a Monster Truck, la tormenta arreció de mala manera sobre Mendizabala. La fuerte tormenta eléctrica obligó a suspender a los suecos Bombus, llamados a endurecer la tarde. Pacientemente esperamos al cambio de equipo para que los irlandeses Hudson Taylor desplegaran su folk autóctono con guiños americana y country que invitó a bailar y que no decayera el ánimo pese al tormentón.

La amenaza aún acechaba cuando volvimos al escenario grande para disfrutar de una de las joyas de esta edición, el bluesman Seasick Steve y su colección de guitarras artesanales junto al batería Dan Magnusson. Cuando degustábamos su segundo tema, el tormentón volvió y nos caló a todos. Pronto pasó y pudimos volver para disfrutar y bailar con temazos como ‘Bring it on’, ‘Walkin’ man’ o el clásico ‘Thunderbird’. Únicamente con la batería y esa retahíla de guitarras que parece reciclar de un punto limpio, el dúo consiguió un aluvión de música adictiva que enganchó a todos, en una de esas actuaciones de ambiente Azkena 100%.

Como The Stranglers no nos llamaban nada por muy mitos pop de los 80 que sean nos asomamos al tercer escenario, que abrió su programa con The Midnight Travellers después de que Bourbon tuvieran que suspender por la tormenta. Rock clásico para dar camino a la cena antes de adentrarnos en la noche.

La presencia de Scorpions trajo al Azkena a un público más amplio del habitual, desde heavys de toda la vida a los que venían a escuchar sus hits radiofónicos. Aunque el sonido de los alemanes no es esencia ARF, su casi medio siglo de carrera les convierte en legendarios y había ganas de verles, más tras las buenas referencias de sus recientes shows en Madrid. La campa del escenario grande estaba a rebosar con las 14.102 personas reunidas en la primera jornada. Tras la intro, ‘Sting in the tail’ de su última obra abría con fuerza con ese ‘Bang bang!!’. Pero algo fallaba. Sí, la enorme pantalla de fondo con los efectos era espectacular, pero el sonido era pobre y el tema no llevaba el tempo que precisaba.

Con ‘Make it real’, ‘Loving you Sunday morning’ y el clasicazo ‘The Zoo’ pasó lo mismo, apenas había volumen y los temas sonaban demasiado ralentizado, como si Klaus Meine precisara lentitud para llegar a las notas. Tristemente, ‘The zoo’ fue el zarpazo que es. Ni siquiera el instrumental ‘Coast to coast’ retomó la velocidad que requiere el tema y el medio tiempo baladístico ‘The best is yet to come’ ratificó que algo fallaba. Mucha postura, muchas sonrisas y guiños al público, un repertorio lleno de clásicos… pero la música no tenía la fuerza y la magia con la que los Scorpions nos han atronado siempre.

Quien suscribe esto adora a Scorpions, es de mis bandas favoritas… si alguien me llega a decir que me hubiera ido de un concierto suyo le hubiera tachado de loco. Pero sí. Aunque me parecía imposible, nos fuimos mientras sonaban los acordes de ‘Send me and angel’ y volvía a comenzar a llover, eso sí, con gran parte del público entregado a los alemanes. Desde la carpa oímos que en las baladas sonaron como son, aunque Meine daba más el coro al público que cantar él. Con tristeza, ‘Blackout’ y ‘Big city nights’ perdían frescura… y, de repente, en la carpa nos encontramos con más fans de los alemanes que también se vieron obligados a abandonar la actuación. La decepción y tristeza ya fue absoluta cuando, entre los interminables y cansinos solos, oímos un solo de conga… ¡sí, de conga! Con ritmos caribeños en un concierto de Scorpions… una pena enorme. Sólo el bis con ‘Still loving you’, ‘Winds of change’ y ‘Rock you like a hurricane’ sonaron como debían. Probablemente haya sido la mayor decepción en directo de mi vida… Por favor, que dejen al fin los escenarios grandes y, si quieren seguir, se refugien en acústicos en teatros.

Y a la carpa salieron los británicos Turbowolf para dar lo que justo necesitábamos en ese momento: una arrolladora descarga de histeria rockera, de punk metalizado y enloquecido sin ninguna base ni descripción establecida. Que su cantante Chris Georgiadis saliera enfundado en una camiseta de Faith No More y que se presentaran ácidamente como “We are the motherfuckin real winds of change” fue la mejor referencia para el caos sonoro a todo volumen que lanzaron los de Bristol. Mientras repasaban los temas de su álbum homónimo y diversos singles, el público unió su adrenalina montando el pogo más bestia del festival. Había ganas de energía y nos despertaron a todos desde ‘Ancient snake’ a ‘Read&write’.

En este Azkena de contrastes, Marah volvían al que Dave Bielanko calificó en varias ocasiones como el mejor festival del mundo. En esta ocasión, su formato era para presentar ‘Mountain Minstrelsy of Pennsylvania’, la recuperación de canciones del country-folk estadounidense del XIX y XX. Para ello contó con un invitado que encandiló a todos, Gus Tritsch, un rubiales de 8 años que deslumbró a todos al violín y al banjo. La banda sonó perfecta, conectó con el público al bajar a cantar entre el foso y se llevaron una ovación llena de cariño.

Volvimos a la carpa para acaba la noche a lo grande, con Unida, uno de los proyectos de un nombre icónico del rock, John Garcia, la voz de Kyuss. Sin alejarse del stoner, Unida suenan más rockeros y la voz de Garcia viaja a terrenos más agudos. Una enorme presencia en el escenario con el magnetismo de Garcia y la poderosa imagen del barbudo Arthur Seay atrapó a todo el público –debían haber tocado en el grande-. Con la carpa llena abrían con la cadencia de ‘Wet pussycat’, cabeceamos con ‘Thorn’ y ‘Puppet man’, nos ponían a dar botes con ‘Human tornado’ y, pese al cansancio, les exigimos un bis que ellos remataron con toda la fuerza a la velocidad de ‘Black woman’. Probablemente, el mejor concierto de la jornada.

 
Sábado 21 de junio, segunda jornada: el triunfo de los nuevos viejos aires
El sol nos recibía en Mendizabala y la amenaza de lluvia no se cumplía mientras Niña Coyote eta Chico Tornado desplegaban en el escenario grande una de las propuestas más interesantes del día: Ursula Strong –Culebras, Zuloak- a la batería y Koldo Soret a la guitarra –Surfin Kaos o Chico Boom entre otros- desplegaban un metal moderno, pesado, grueso, profundo, cantado en euskera que encandiló al público inicial de esta segunda jornada.

Propuesta similar era la de las británicas Deap Vally en la carpa, a la batería y guitarra, sin más. Pero quizá compararlas con White Stripes es excesivo y todavía tienen mucho que pulir. Eso sí, contagiaron el baile a muchos en el día de cumpleaños de su cantante Lindsey Troy a través de los temas de su ‘Sistrionix’, aunque se les acabó el tiempo antes de tocar ‘End of the world’.

De vuelta al escenario grande, The Temperance Movement nos ofrecieron lo que muchos esperamos de las tardes del Azkena: una buena dosis de rock clásico, con acercamiento al sureño, mientras echamos unas birras al sol con los amigos. Con ese ambiente único del festival ya generado y la referencia a los Crowes más que evidente, los de Glasgow conectaron muy bien con el público para ganarse una sonora ovación.

Para muchos The Strypes era uno de los grandes alicientes del festival. Mucho se ha escrito sobre estos adolescentes entre 16 y 18 años. Su debut ‘Snapsot’ es un pelotazo de rock n’ roll de raíz. Y en escena lo descargaron como una absoluta avalancha garajera. Algunos se tenían que frotar los ojos para ver a unos jovenzuelos con cara de niños descargar con esa fuerza frenética rock n’ roll que se remonta a los años 60. Con la carpa llena a rebosar, temas acelerados como ‘She’s so fine’ u otros más bailables como ‘I can tell’ o ‘Blue collar Jane’ les encumbraron como uno de los triunfadores de esta edición. Viendo cómo se comportan en escena y lo que logran transmitir, sólo expresamos buenas esperanzas para este grupazo.

Media vuelta y encontrarnos en el grande con Violent Femmes. Comenzaron con ‘Blister in the sun’, su gran hit, el tema que todo el mundo quería escuchar. Lo escuchamos y sentimos que su folk con tintes pop que tanto triunfó en los 80 ya no emocionaba y fuimos a gozar del rock de The Soulbreaker Company en el tercer escenario. Y los vitorianos se marcaron un conciertazo con toda su campa llena.

La mayoría hubiéramos preferido ver a Joe Bonamassa en el escenario principal. Pero ante el lujo de verlo en la carpa, muchos cogimos sitio para ver al genio de las seis cuerdas en una de las actuaciones más intensas y brillantes de la jornada. Ya nos deleitó hace dos años con Black Country Communion, y en esta ocasión nos ofreció una descarga de blues-rock apabullante, liderando la escena tanto a la voz como recorriendo el mástil a toda velocidad y sentimiento. Desde ‘Oh beautiful’ a ‘The ballad of John Henry’, Bonamassa nos deleitó con su destreza y sentir. Pero no sólo él, sino toda la banda que le acompaña, en especial Carmine Rojas al bajo, uno de esos tipos que te quedarías horas viéndole tocar. Una descarga sobrenatural.

Tras esta lección, era el momento de la cena mientras oíamos de lejos a Blondie. Muchos lamentaron su mal sonido, que según la organización del Azkena fue responsabilidad de sus técnicos. Pero donde no hay mata no hay patata. Y quizá Blondie tuvieron su momento, pero no lo es en el 2014. Muchos sólo vimos a una señora mayor que no se movía en el escenario y que no llegaba a las notas. Su versión del ‘Fight for your right’ de Beastie Boys resultó esperpéntica, más cuando fue la que más animó al público. Por favor, Last Tour, de alguien que lleva diez años yendo al Azkena: el próximo año ‘llamar’ a alguien que merezca también por presente el horario estelar.

Y ellos son Wolfmother. Mientras recordábamos su exhibición del 2006, cuando se lo pusieron crudo a Pearl Jam, los australianos salieron a escena con toda la fuerza de ‘Dimension’ y ‘New moon rising’. Y el público les recibió con toda la complicidad y entrega, más cuando en los primeros compases acudían a esas maravillas que son ‘White unicorn’ o ‘Woman’ de su maravilloso debut, en el que nos sorprendieron mezclando en el mismo cóctel a Sabbath, Zeppelin y Purple.

En la parte central acudieron a la profundidad de su tercer disco, como ‘How many times’ o el propio ‘New crown’ además de a los inicios con ‘Mind’s eye’ y ‘Apple tree’. A pesar del escaso sonido que tuvieron al principio, el público estaba entregado con los australianos y Andrew Stockdale se mostró encantado, conectando mucho con la audiencia y recordando su anterior paso por el Azkena. Un incansable Ian Peres del bajo a los teclados y Hamish Rosser a la batería fueron sus perfectos acompañantes. La recta final con ‘Vagabond’ y la fuerza de ‘The joker and the thief’ y todo el público botando fue el colofón a una de las grandes actuaciones de este año. Dice mucho de Stockdale que después compartiera con el público charla, fotos y cerveza mientras disfrutábamos de Kadavar.

El cansancio ya era notable entre los 11.930 asistentes a la segunda jornada cuando Royal Thunder desplegaron en la carpa su rock progresivo de tintes setenteros. Convenciendo con cada tema de su ‘CVI’ al público, se llevaron una gran ovación.

Quien suscribe no va a negar que Kadavar era el grupo que más ganas tenía de ver y gozar en el Azkena. Sus dos primeros discos nos llevan al corazón de unos Sabbath primitivos y lisérgicos, marcados por un tempo machacón y puntual como buenos alemanes y con unos temas adictivos. Dispuestos los tres músicos al mismo nivel en el escenario, el barbudo y melenudo Christoph ‘Lupus’ Lindemann compartió el peso del show con el batería Cristoph ‘Tiger’ Bartelt, cuya manera de aporrear su kit y los platos hipnotizó al público. Al otro lado, Simon ‘Dragon’ Bouteloup engordaba el sonido de los alemanes mientras se fumaba un puro.

Desde el inicio con ‘Liquid dream’, su segundo disco fue el eje de su actuación, con temazos como ‘Eye of the storm’o ‘Black snake’, además de viajar al primero con ‘All out thoughts’. Pese al cansancio, el público se entregó a su ceremonia de martillo pilón, de ritmos envolventes y aplastacabezas. Cuando se despedían con ‘Creatures of the demon’, quien suscribe tenía la sensación de haber disfrutado de un conciertazo, de quizá el mejor del festival. Las opiniones alrededor me lo ratificaron mientras iniciábamos la cuenta atrás hacia el Azkena Rock Festival 2015… ¡ahí estaremos! ¡Larga vida al Azkena!

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Buckcherry y Skid Row, la fiesta rock de este a oeste

Jueves 19 de Junio del 2014: Buckcherry, Skid Row y Buffalo Summer, sala Santana de Bilbao


En el camino hacia la cita fundamental del Azkena Rock Festival, la bilbaína Santana acogía un día antes un cartel que parecía propio del festival vitoriano: la oportunidad de ver en sala a Buckcherry con su nuevo disco se nos hizo irresistible y de recordar a los grandísimos Skid Row. La tarde la abrieron los galeses Buffalo Summer, un magnífico aperitivo cuyas referencias inevitables son una conexión entre Led Zeppelin y los Thunder de inicios de los 90 acentuando el sabor sureño. Media hora de concierto con sonido y actitud auténticos perfectos  para abrir el fin de semana.

Como hacen en su gira, Skid Row y Buckcherry se alternan el cierre cada velada. En Bilbao, los angelinos tomaron el relevo en escena para ofrecer una descarga sin contemplativos, directa, bofetada tras bofetada, con una actitud festiva y agresiva a la par y un Josh Todd que se adueñó de todas las miradas con un magnetismo y un carisma que sólo tienen unos pocos llamados.

Abrieron acudiendo directamente a un clásico, ‘Lit up’ y su conexión con el público fue inmediata. Sonido perfecto, trallazo rockero tras trallazo rockero, Buckcherry recorrieron todos sus discos alternando bombazos como ‘Dead’ o ‘Porno star’ con delicias como ‘Everything’ o ‘Sorry’. ‘Gluttony’ o ‘Wrath’ eran las referencias de su última obra, mientras todos sudábamos brindando los coros con un Todd soberbio, magnético y una voz rota que imprimía aún más fuerza al directo. Tras el clasicazo de ‘Crazy bitch’, el vacile festivo absoluto fue la despedida con su macarra versión del ‘I love it’ de Icana Pop, que desconcertó a los más puristas y puso a bailar a los que entendían su cóctel de rock y fiesta. Buckcherry nos dejaron con la sensación de que difícilmente veríamos un puñetazo tan directo de rock en todo el fin de semana que nos esperaba.

Uno de los dilemas de la historia del rock es hasta dónde hubieran llegado Skid Row si Sebastian Bach hubiera continuado. Tras firmar dos primeros discos que son pura ley del rock, los caminos se separaron. Asimilado y finiquitado el debate de que no son lo mismo sin Bach, nos dispusimos a disfrutarlos sabiendo que nos venía una descarga de temazo tras temazo. Y así fue tras la entrada con ‘Let’s go’, de su último EP. Desde ‘Big guns’, todo fueron joyas como ‘Makin’ a mess’, ‘Piece of me’, la durísima ‘Riot act’, las deliciosas’18 and life’ e ‘In a darkened room’, el trallazo ramoniano ‘Psycotherapy’ con Bolan a la voz… ‘Thickskin’ y ‘Kings of the evolution’, con sabor puro Row fueron las únicas concesiones a las obras de este milenio.

Era un repertorio brutal, con la mayor parte del público gozándolo, pero con un pero: la voz de Johnny Solinger. El cantante lo dio todo, puso todas las ganas, una actitud irreprochable, igual que el resto de la banda con Dave Sabo y Scottie Hill a las guitarras… pero Solinger ni se asomó a los tonos más altos que dejó grabados Bach en los primeros discos… Como quizá hoy tampoco podría alcanzarlos el propio Seb, nos dedicamos a disfrutar un conciertazo cuya recta final nos dejó a todos sudorosos y afónicos con cuatro himnos absolutos: ‘I remember you’, ‘Monkey business’, ‘Slave to the grind’ y ‘Youth gone wild’… ay, si los hubiéramos visto en los primeros 90…

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Iron Maiden, el séptimo regalo

Iron Maiden y Anthrax, 29 de mayo del 2014 en el BEC de Barakaldo

Las 15.000 entradas agotadas desde semanas antes, un ambientazo en negro como el de las grandes ocasiones y el mítico Eddie por cada rincón. De nuevo, la Doncella de Hierro mostró este jueves en Barakaldo que sigue reinando… y que la profecía del séptimo hijo de un séptimo hijo es una de las obras cumbre de la música.

Hace un año, Iron Maiden nos regalaron la oportunidad de resarcirnos a los que éramos demasiado críos para disfrutar del que, probablemente, ha sido el mejor cartel de la historia del heavy metal: el Monsters of Rock de 1988 con Iron Maiden, Metallica, Anthrax, Helloween y Manzano. Y tras dos años de gira mundial, Barcelona y Bilbao abrían la pasada semana el último tramo del Maiden England, que finaliza el 5 de julio en Knebworth. Tan cerca de casa, fuimos muchos los riojanos que nos acercamos para volver a vibrar en el Bilbao Exhibition Center, donde disfrutamos el 27 de mayo del 2013 del inicio de su tramo europeo (aquí aquella crónica).

El aperitivo al regalazo eran Anthrax. Después de que la suya en el Sonisphere de Barcelona (aquí la crónica) fuera una de las actuaciones más poderosas del festival, esperaba mucho. Pero los californianos emularon prácticamente el repertorio de hace un año, sin ninguna sorpresa y sí con un sonido muy pobre, embarullado y para nada digno de su nombre. Eso sí, comenzar con el trallazo ‘Caught in a mosh’, el frenético ‘Got the time’ (primera versión de la noche) y seguir paseando por el mítico ‘Among the living’ con ‘Madhouse’ –con guiño inicial a ‘The ripper’ de los Judas- y el gran ‘Indians’ es tremendamente disfrutable, más con la enérgica y agradecida puesta en escena de cada músico a lo largo de todo el escenario.

‘Fight’em till you can’ es la única concesión a su última obra. Y vuelven a ofrecernos algo incomprensible: en 45 minutos de actuación, vuelven a marcarse ‘TNT’, de AC/DC, con guiño final a ‘Back in black’. Por mucho que Scott Ian se la dedique a Malcom Young alabándole como uno de los mejores guitarristas de la historia, por mucho que la peña la disfrute y cante, no tiene sentido que tres de los ocho temas que tocan sean versiones. Porque tras el alocado ‘I am the law’, el ‘Antisocial’ de los Trust cierra la actuación con todo el mundo volcado y Joey Belladona recordando a Dio en la despedida.

El descanso nos trasporta al apocalíptico mundo helado de la profecía de la séptima obra de Maiden. Cuando suena el ‘Doctor, doctor’ de UFO sabemos que la cuenta atrás ha comenzado. Tras el vídeo que muestra las catástrofes que acechan a un planeta maltratado, los versos “Seven deadly sins, seven ways to win” nos llevan hacia ‘Moonchild’ y la explosión de la banda en escena. Entran con todo el ímpetu pero, de nuevo, con un sonido deficiente. De las tres veces que quien suscribe ha visto esta gira, en ninguna ha sonado bien. El público enloquece al corear ‘Can I play with madness’ y el sonido al fin es digno con ‘The prisoner’, uno de los regalazos de esta gira, que pone a las 15.000 personas a cantar a todo pulmón junto al himno ‘Two minutes to midnight’.

Emociona ver a la banda en el mastodóntico escenario, en plena forma y mucho más rodados que hace un año, con los clásicos cayendo uno detrás de otro, a un ritmo eléctrico. Steve Harris ametralla las primeras filas mientras Murray, Gers y Smith se turnan los solos, McBrain apisona desde atrás y Dickinson es el perfecto director de escena, contactando con el público constantemente a base del emblema “Scream for me, Bilbao!”.

Dentro de lo cuadriculados que son los británicos con sus repertorios, habían anunciado algún cambio y el primero llega tras el saludo de Bruce Dickinson, que agradece que 15.000 fans llenemos el pabellón. Y, en el puesto que ocupaba ‘Afraid to shoot strangers’ anuncia ‘Revelations’, una joya que convulsiona la pista. Comprendiendo que la puesta en escena de luces y efectos es una maquinaria que debe estar perfectamente coordinada cada noche, la banda debería tomar nota de cómo los fans agradecemos temas diferentes.

Sin descanso, con una colección de himnos absolutos uno detrás de otro, ‘The trooper’ eleva aún más la temperatura’, ‘The number of the beast’ exhibe la espectacular pirotecnia y llega el trío triunfador del repertorio: ‘Phantom of the opera’, que resume la esencia de Maiden desde el primer disco, es el punto de inflexión que pone a sudar, cantar y saltar a todo el pabellón, seguidos de los coreadísimos himnos ‘Run to the hills’, con la aparición de Eddie, y ‘Wasted years’. Con uno de los repertorios más exquisitos de la historia de la Doncella, el colofón lo pone el mastodóntico himno ‘Seventh son of a seventh son’, tema central de la gira y que exhibe una escenografía espectacular, con el Eddie profético mandando en las diversas atmósferas del escenario.

La habitual inamovilidad del repertorio Maiden cambia de nuevo al sustituir el veloz ‘Wrathchild’ a ‘The clairvoyant’ antes de que el ritual de la comunión público-banda llegue a su máximo esplendor con ‘Fear of the dark’ antes de llegar a la recta final con ‘Iron Maiden’.

Pedimos más, claro, y llega uno de los momentos más salvajes de la noche. Tras el discurso de Churchill arengando a los británicos ante el azote nazi, ‘Aces high’ nos sacude con un Dickinson absolutamente fantástico, llegando entre fogonazos a unos agudos complejísimos a estas alturas del concierto y con una actitud arrasadora. De un modo inadmisible para una banda tan grande, el sonido empeora y empaña la recta final con otro himno, ‘The evil that men do’, y el primitivo ‘Sanctuary’, que sustituye a ‘Running free’ y deja demasiado frío al personal en una despedida en la que los fans echamos de menos de nuevo ‘Infinite dreams’ o ‘Hallowed be thy name’.

A pesar de la insistencia del público, las luces se encienden y suena el ‘Always look on the bright side of life’ de los Monty Python, la despedida definitiva, en la que sabemos que hemos gozado de lo lindo de uno de los repertorios más sabrosos de una de las bandas más grandes de la historia de la música.

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El reencuentro con Extremoduro, lo que nos espera en Logroño

16 de mayo del 2014 – Zaragoza, Pabellón Príncipe Felipe

Para cientos de riojanos, la fecha del 26 de septiembre está marcada en el calendario: será la noche en la que Extremoduro arriben en el Palacio de los Deportes de Logroño. Es una de las treinta y seis fechas en grandes recintos de la gira más gigante del rock de este año, en la que Robe Iniesta y los suyos presentan su último disco, ‘Para todos los públicos’.

La expectación en todo el país es máxima, como muestran las más de 125.000 entradas anticipadas que ya han vendido a pesar de rehuir de la promoción mediática. Y como evidenciaron en la primera noche de la gira los 9.200 entregados seguidores que llenaron el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza, primera cita tras dos años sin actuar que muchos riojanos no nos quisimos perder.

Pese al deseo de la banda de ser puntuales, la fila que rodeaba todavía el Palacio minutos antes de las 22.00 obligó a retrasar el inicio. Pero la espera se olvidó cuando comenzó a sonar ‘Al cantar’, el himno de los Platero que todo el público coreó con emoción. Se apagan las luces, el griterío de bienvenida es ensordecedor y un vigilante del puerto observa el puerto marítimo al que están a punto de llegar Extremoduro. Es entonces cuando podemos admirar el espectacular montaje de esta gira, lejos de su sobriedad habitual: el escenario emula a un muelle de carga con decenas de contenedores de mercancía apilados. Y ahí llega uno nuevo, a base de pesados riffs de guitarra y una base rítmica alrededor de ‘Extraterrestre’. Se abre el contenedor y el público estalla al reencontrarse con Extremoduro.

Por esas cosas de la primera noche, en la que todo está a prueba y los nervios afloran, la guitarra de Robe falla. Iñaki ‘Uhoho’ solea a las seis cuerdas y Colino y Cantera improvisan una base hasta que se solucionan los problemas, Robe se asoma al frente del enorme escenario y saluda con un grito a su público. “Me juego el tipo mirándote a los ojos”… y todos recitan ‘Sol de invierno’ en el estallido inicial del concierto.

Entre el público, que trasciende más allá del rock, todas las edades: los más jóvenes apretándose en las primeras filas, sabiéndose cada verso, sobre todo de las últimas obras; a medida que avanza el Pabellón, los más curtidos, aquellos que se toparon con la banda en los primeros 90 o los que se vieron embrujados a finales de esa década, con las obras que los catapultaron. ‘Entre interiores’ del último disco y el emocionante himno ‘La vereda de la puerta de atrás’ crean la total simbiosis ya entre banda y público. Es una noche especial, de reencuentro, y también de aniversario: Robe sonríe cuando le cantan el ‘Cumpleaños feliz’.

Como es habitual en la banda, el concierto tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera, se sumergen sobre todo en sus tres últimos trabajos -recorriendo prácticamente completo el último- además de un tema inédito que Robe pidió que nadie grabara con el móvil para que sea un regalo cada noche, medios tiempos de mayores desarrollos instrumentales y guiños progresivos que arropan su cruda visión poética, temas recitados por todos y que tienen a su servicio un espectacular juego de luces, además del poderoso sonido y una banda comunicativa con su gente; en la segunda, tras el habitual descanso de 20 minutos, se suceden un puñado de clásicos que todos esperan –siempre se echa de menos alguno- y que provocan la absoluta algarabía entre pista y grada, convertidas en una absoluta fiesta.

En esa última parte, la voz desgarrada de Robe comulga con un público que le recita cada palabra con piel de gallina; admira la destreza y sentimiento de Iñaki ‘Uhoho’, que se recorre el escenario multiplicando la energía; Cantera y Colina marcan una base contundente y puntual; y Félix a la tercera guitarra y percusión y Aiert al teclado incorporan los matices que precisa cada tema.

Con el pabellón enloquecido en ‘Ama y ensancha el alma’, ‘El camino de las utopías (el pájaro azul)’ es la sentida despedida. Con la ovación del pabellón, Robe descuelga su guitarra, recorre las primeras filas y saluda a todo el pabellón con la mano en el corazón, de verdad. Dos años después, el regreso de Extremoduro deja una noche de emoción, de locura, de fiesta… tenemos por delante una gira de las que no se olvidan.

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