La Rioja

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Categoría: cronica concierto
Azkena Rock Festival 2014, lo fresco frente a lo caducado

Azkena Rock Festival, el lugar al que hay que acudir cada año, las fechas marcadas a fuego en el calendario rockero. A las campas de Mendizabala, el mejor recinto y ambiente festivalero del país, acudimos a una nueva edición de un festival fundamental, que volvió a conjugar la fórmula de viejas glorias y bandas de presente y futuro dentro de todo el abanico de sonidos que se bifurcan alrededor del rock.

Si en otras ediciones las viejas glorias nos regalaron conciertos memorables –ejemplo, Lynyrd Skynyrd-, ésta 2014 nos ha demostrado que no todas valen, que Blondie, Scorpions o Violent Femmes tuvieron su momento, lo disfrutaron e hicieron disfrutar, pero que ya es hora de que den un paso hacia la jubilación y dejen los escenarios a otros. Porque éste es el momento de Monster Truck, de Kadavar o de los arrolladores adolescentes The Strypes. Ellos fueron los triunfadores de esta decimotercera edición junto a nombres ya consagrados como Wolfmother, Unida, Joe Bonamassa o el rudo bluesman Seasick Steve.

 

Viernes 20 de junio, primera jornada: el rock contra la tormenta
Hicimos la entrada anual al querido recinto de Mendizabala con la mirada en el gris, encapotado y amenazante cielo que se cernía sobre el Azkena. En el escenario grande abrían esta edición 13 Left to Die, finalistas del XXV Concurso Villa de Bilbao y que inyectaron un metal core aceleradísimo y bruto a dos voces casi inusual por este festi. El público, siempre respetuoso y abierto a todos los sonidos, llenó la campa y ovacionó su entrega.

En esta primera hora la carpa se estrenaba con uno de los grandes alicientes de esta edición, los canadienses Monster Truck, que con su ‘Furiosity’ han firmado uno de los grandes discos de hard rock de los últimos años. ‘The lion’ abría su descarga y, pese al opaco sonido inicial, mostraron toda su riqueza: la extraordinaria voz del bajista Jon Harvey, la locura setentera de Steve Kiely y el enorme rollazo que imprime a su sonido el Hammond de Brandon Bliss. El sabor setentero de ‘Old train’ y ‘The giant’, la épica rock de ‘Sweet mountain river’, el bluesazo ‘For the sun’, el nuevo tema que están estrenando ‘Shell’ o el guiño al primer ep ‘Space nebula’ atrapaban al público en una brillante actuación que finalizaron con ‘Seven seas blues’ de su segundo ep, con la que acabaron con todo el público enganchado a su coro. De hecho, mientras la tormenta tronaba, ese coro protagonizó uno de esos momentos mágicos del Azkena: mientras los cuatro músicos recogían su equipo, todo el público continuó el coro durante unos minutos… la emoción en los rostros de los de Ontario arrancó una enorme ovación. ¡Son el futuro!

Mientras ovacionábamos a Monster Truck, la tormenta arreció de mala manera sobre Mendizabala. La fuerte tormenta eléctrica obligó a suspender a los suecos Bombus, llamados a endurecer la tarde. Pacientemente esperamos al cambio de equipo para que los irlandeses Hudson Taylor desplegaran su folk autóctono con guiños americana y country que invitó a bailar y que no decayera el ánimo pese al tormentón.

La amenaza aún acechaba cuando volvimos al escenario grande para disfrutar de una de las joyas de esta edición, el bluesman Seasick Steve y su colección de guitarras artesanales junto al batería Dan Magnusson. Cuando degustábamos su segundo tema, el tormentón volvió y nos caló a todos. Pronto pasó y pudimos volver para disfrutar y bailar con temazos como ‘Bring it on’, ‘Walkin’ man’ o el clásico ‘Thunderbird’. Únicamente con la batería y esa retahíla de guitarras que parece reciclar de un punto limpio, el dúo consiguió un aluvión de música adictiva que enganchó a todos, en una de esas actuaciones de ambiente Azkena 100%.

Como The Stranglers no nos llamaban nada por muy mitos pop de los 80 que sean nos asomamos al tercer escenario, que abrió su programa con The Midnight Travellers después de que Bourbon tuvieran que suspender por la tormenta. Rock clásico para dar camino a la cena antes de adentrarnos en la noche.

La presencia de Scorpions trajo al Azkena a un público más amplio del habitual, desde heavys de toda la vida a los que venían a escuchar sus hits radiofónicos. Aunque el sonido de los alemanes no es esencia ARF, su casi medio siglo de carrera les convierte en legendarios y había ganas de verles, más tras las buenas referencias de sus recientes shows en Madrid. La campa del escenario grande estaba a rebosar con las 14.102 personas reunidas en la primera jornada. Tras la intro, ‘Sting in the tail’ de su última obra abría con fuerza con ese ‘Bang bang!!’. Pero algo fallaba. Sí, la enorme pantalla de fondo con los efectos era espectacular, pero el sonido era pobre y el tema no llevaba el tempo que precisaba.

Con ‘Make it real’, ‘Loving you Sunday morning’ y el clasicazo ‘The Zoo’ pasó lo mismo, apenas había volumen y los temas sonaban demasiado ralentizado, como si Klaus Meine precisara lentitud para llegar a las notas. Tristemente, ‘The zoo’ fue el zarpazo que es. Ni siquiera el instrumental ‘Coast to coast’ retomó la velocidad que requiere el tema y el medio tiempo baladístico ‘The best is yet to come’ ratificó que algo fallaba. Mucha postura, muchas sonrisas y guiños al público, un repertorio lleno de clásicos… pero la música no tenía la fuerza y la magia con la que los Scorpions nos han atronado siempre.

Quien suscribe esto adora a Scorpions, es de mis bandas favoritas… si alguien me llega a decir que me hubiera ido de un concierto suyo le hubiera tachado de loco. Pero sí. Aunque me parecía imposible, nos fuimos mientras sonaban los acordes de ‘Send me and angel’ y volvía a comenzar a llover, eso sí, con gran parte del público entregado a los alemanes. Desde la carpa oímos que en las baladas sonaron como son, aunque Meine daba más el coro al público que cantar él. Con tristeza, ‘Blackout’ y ‘Big city nights’ perdían frescura… y, de repente, en la carpa nos encontramos con más fans de los alemanes que también se vieron obligados a abandonar la actuación. La decepción y tristeza ya fue absoluta cuando, entre los interminables y cansinos solos, oímos un solo de conga… ¡sí, de conga! Con ritmos caribeños en un concierto de Scorpions… una pena enorme. Sólo el bis con ‘Still loving you’, ‘Winds of change’ y ‘Rock you like a hurricane’ sonaron como debían. Probablemente haya sido la mayor decepción en directo de mi vida… Por favor, que dejen al fin los escenarios grandes y, si quieren seguir, se refugien en acústicos en teatros.

Y a la carpa salieron los británicos Turbowolf para dar lo que justo necesitábamos en ese momento: una arrolladora descarga de histeria rockera, de punk metalizado y enloquecido sin ninguna base ni descripción establecida. Que su cantante Chris Georgiadis saliera enfundado en una camiseta de Faith No More y que se presentaran ácidamente como “We are the motherfuckin real winds of change” fue la mejor referencia para el caos sonoro a todo volumen que lanzaron los de Bristol. Mientras repasaban los temas de su álbum homónimo y diversos singles, el público unió su adrenalina montando el pogo más bestia del festival. Había ganas de energía y nos despertaron a todos desde ‘Ancient snake’ a ‘Read&write’.

En este Azkena de contrastes, Marah volvían al que Dave Bielanko calificó en varias ocasiones como el mejor festival del mundo. En esta ocasión, su formato era para presentar ‘Mountain Minstrelsy of Pennsylvania’, la recuperación de canciones del country-folk estadounidense del XIX y XX. Para ello contó con un invitado que encandiló a todos, Gus Tritsch, un rubiales de 8 años que deslumbró a todos al violín y al banjo. La banda sonó perfecta, conectó con el público al bajar a cantar entre el foso y se llevaron una ovación llena de cariño.

Volvimos a la carpa para acaba la noche a lo grande, con Unida, uno de los proyectos de un nombre icónico del rock, John Garcia, la voz de Kyuss. Sin alejarse del stoner, Unida suenan más rockeros y la voz de Garcia viaja a terrenos más agudos. Una enorme presencia en el escenario con el magnetismo de Garcia y la poderosa imagen del barbudo Arthur Seay atrapó a todo el público –debían haber tocado en el grande-. Con la carpa llena abrían con la cadencia de ‘Wet pussycat’, cabeceamos con ‘Thorn’ y ‘Puppet man’, nos ponían a dar botes con ‘Human tornado’ y, pese al cansancio, les exigimos un bis que ellos remataron con toda la fuerza a la velocidad de ‘Black woman’. Probablemente, el mejor concierto de la jornada.

 
Sábado 21 de junio, segunda jornada: el triunfo de los nuevos viejos aires
El sol nos recibía en Mendizabala y la amenaza de lluvia no se cumplía mientras Niña Coyote eta Chico Tornado desplegaban en el escenario grande una de las propuestas más interesantes del día: Ursula Strong –Culebras, Zuloak- a la batería y Koldo Soret a la guitarra –Surfin Kaos o Chico Boom entre otros- desplegaban un metal moderno, pesado, grueso, profundo, cantado en euskera que encandiló al público inicial de esta segunda jornada.

Propuesta similar era la de las británicas Deap Vally en la carpa, a la batería y guitarra, sin más. Pero quizá compararlas con White Stripes es excesivo y todavía tienen mucho que pulir. Eso sí, contagiaron el baile a muchos en el día de cumpleaños de su cantante Lindsey Troy a través de los temas de su ‘Sistrionix’, aunque se les acabó el tiempo antes de tocar ‘End of the world’.

De vuelta al escenario grande, The Temperance Movement nos ofrecieron lo que muchos esperamos de las tardes del Azkena: una buena dosis de rock clásico, con acercamiento al sureño, mientras echamos unas birras al sol con los amigos. Con ese ambiente único del festival ya generado y la referencia a los Crowes más que evidente, los de Glasgow conectaron muy bien con el público para ganarse una sonora ovación.

Para muchos The Strypes era uno de los grandes alicientes del festival. Mucho se ha escrito sobre estos adolescentes entre 16 y 18 años. Su debut ‘Snapsot’ es un pelotazo de rock n’ roll de raíz. Y en escena lo descargaron como una absoluta avalancha garajera. Algunos se tenían que frotar los ojos para ver a unos jovenzuelos con cara de niños descargar con esa fuerza frenética rock n’ roll que se remonta a los años 60. Con la carpa llena a rebosar, temas acelerados como ‘She’s so fine’ u otros más bailables como ‘I can tell’ o ‘Blue collar Jane’ les encumbraron como uno de los triunfadores de esta edición. Viendo cómo se comportan en escena y lo que logran transmitir, sólo expresamos buenas esperanzas para este grupazo.

Media vuelta y encontrarnos en el grande con Violent Femmes. Comenzaron con ‘Blister in the sun’, su gran hit, el tema que todo el mundo quería escuchar. Lo escuchamos y sentimos que su folk con tintes pop que tanto triunfó en los 80 ya no emocionaba y fuimos a gozar del rock de The Soulbreaker Company en el tercer escenario. Y los vitorianos se marcaron un conciertazo con toda su campa llena.

La mayoría hubiéramos preferido ver a Joe Bonamassa en el escenario principal. Pero ante el lujo de verlo en la carpa, muchos cogimos sitio para ver al genio de las seis cuerdas en una de las actuaciones más intensas y brillantes de la jornada. Ya nos deleitó hace dos años con Black Country Communion, y en esta ocasión nos ofreció una descarga de blues-rock apabullante, liderando la escena tanto a la voz como recorriendo el mástil a toda velocidad y sentimiento. Desde ‘Oh beautiful’ a ‘The ballad of John Henry’, Bonamassa nos deleitó con su destreza y sentir. Pero no sólo él, sino toda la banda que le acompaña, en especial Carmine Rojas al bajo, uno de esos tipos que te quedarías horas viéndole tocar. Una descarga sobrenatural.

Tras esta lección, era el momento de la cena mientras oíamos de lejos a Blondie. Muchos lamentaron su mal sonido, que según la organización del Azkena fue responsabilidad de sus técnicos. Pero donde no hay mata no hay patata. Y quizá Blondie tuvieron su momento, pero no lo es en el 2014. Muchos sólo vimos a una señora mayor que no se movía en el escenario y que no llegaba a las notas. Su versión del ‘Fight for your right’ de Beastie Boys resultó esperpéntica, más cuando fue la que más animó al público. Por favor, Last Tour, de alguien que lleva diez años yendo al Azkena: el próximo año ‘llamar’ a alguien que merezca también por presente el horario estelar.

Y ellos son Wolfmother. Mientras recordábamos su exhibición del 2006, cuando se lo pusieron crudo a Pearl Jam, los australianos salieron a escena con toda la fuerza de ‘Dimension’ y ‘New moon rising’. Y el público les recibió con toda la complicidad y entrega, más cuando en los primeros compases acudían a esas maravillas que son ‘White unicorn’ o ‘Woman’ de su maravilloso debut, en el que nos sorprendieron mezclando en el mismo cóctel a Sabbath, Zeppelin y Purple.

En la parte central acudieron a la profundidad de su tercer disco, como ‘How many times’ o el propio ‘New crown’ además de a los inicios con ‘Mind’s eye’ y ‘Apple tree’. A pesar del escaso sonido que tuvieron al principio, el público estaba entregado con los australianos y Andrew Stockdale se mostró encantado, conectando mucho con la audiencia y recordando su anterior paso por el Azkena. Un incansable Ian Peres del bajo a los teclados y Hamish Rosser a la batería fueron sus perfectos acompañantes. La recta final con ‘Vagabond’ y la fuerza de ‘The joker and the thief’ y todo el público botando fue el colofón a una de las grandes actuaciones de este año. Dice mucho de Stockdale que después compartiera con el público charla, fotos y cerveza mientras disfrutábamos de Kadavar.

El cansancio ya era notable entre los 11.930 asistentes a la segunda jornada cuando Royal Thunder desplegaron en la carpa su rock progresivo de tintes setenteros. Convenciendo con cada tema de su ‘CVI’ al público, se llevaron una gran ovación.

Quien suscribe no va a negar que Kadavar era el grupo que más ganas tenía de ver y gozar en el Azkena. Sus dos primeros discos nos llevan al corazón de unos Sabbath primitivos y lisérgicos, marcados por un tempo machacón y puntual como buenos alemanes y con unos temas adictivos. Dispuestos los tres músicos al mismo nivel en el escenario, el barbudo y melenudo Christoph ‘Lupus’ Lindemann compartió el peso del show con el batería Cristoph ‘Tiger’ Bartelt, cuya manera de aporrear su kit y los platos hipnotizó al público. Al otro lado, Simon ‘Dragon’ Bouteloup engordaba el sonido de los alemanes mientras se fumaba un puro.

Desde el inicio con ‘Liquid dream’, su segundo disco fue el eje de su actuación, con temazos como ‘Eye of the storm’o ‘Black snake’, además de viajar al primero con ‘All out thoughts’. Pese al cansancio, el público se entregó a su ceremonia de martillo pilón, de ritmos envolventes y aplastacabezas. Cuando se despedían con ‘Creatures of the demon’, quien suscribe tenía la sensación de haber disfrutado de un conciertazo, de quizá el mejor del festival. Las opiniones alrededor me lo ratificaron mientras iniciábamos la cuenta atrás hacia el Azkena Rock Festival 2015… ¡ahí estaremos! ¡Larga vida al Azkena!

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Buckcherry y Skid Row, la fiesta rock de este a oeste

Jueves 19 de Junio del 2014: Buckcherry, Skid Row y Buffalo Summer, sala Santana de Bilbao


En el camino hacia la cita fundamental del Azkena Rock Festival, la bilbaína Santana acogía un día antes un cartel que parecía propio del festival vitoriano: la oportunidad de ver en sala a Buckcherry con su nuevo disco se nos hizo irresistible y de recordar a los grandísimos Skid Row. La tarde la abrieron los galeses Buffalo Summer, un magnífico aperitivo cuyas referencias inevitables son una conexión entre Led Zeppelin y los Thunder de inicios de los 90 acentuando el sabor sureño. Media hora de concierto con sonido y actitud auténticos perfectos  para abrir el fin de semana.

Como hacen en su gira, Skid Row y Buckcherry se alternan el cierre cada velada. En Bilbao, los angelinos tomaron el relevo en escena para ofrecer una descarga sin contemplativos, directa, bofetada tras bofetada, con una actitud festiva y agresiva a la par y un Josh Todd que se adueñó de todas las miradas con un magnetismo y un carisma que sólo tienen unos pocos llamados.

Abrieron acudiendo directamente a un clásico, ‘Lit up’ y su conexión con el público fue inmediata. Sonido perfecto, trallazo rockero tras trallazo rockero, Buckcherry recorrieron todos sus discos alternando bombazos como ‘Dead’ o ‘Porno star’ con delicias como ‘Everything’ o ‘Sorry’. ‘Gluttony’ o ‘Wrath’ eran las referencias de su última obra, mientras todos sudábamos brindando los coros con un Todd soberbio, magnético y una voz rota que imprimía aún más fuerza al directo. Tras el clasicazo de ‘Crazy bitch’, el vacile festivo absoluto fue la despedida con su macarra versión del ‘I love it’ de Icana Pop, que desconcertó a los más puristas y puso a bailar a los que entendían su cóctel de rock y fiesta. Buckcherry nos dejaron con la sensación de que difícilmente veríamos un puñetazo tan directo de rock en todo el fin de semana que nos esperaba.

Uno de los dilemas de la historia del rock es hasta dónde hubieran llegado Skid Row si Sebastian Bach hubiera continuado. Tras firmar dos primeros discos que son pura ley del rock, los caminos se separaron. Asimilado y finiquitado el debate de que no son lo mismo sin Bach, nos dispusimos a disfrutarlos sabiendo que nos venía una descarga de temazo tras temazo. Y así fue tras la entrada con ‘Let’s go’, de su último EP. Desde ‘Big guns’, todo fueron joyas como ‘Makin’ a mess’, ‘Piece of me’, la durísima ‘Riot act’, las deliciosas’18 and life’ e ‘In a darkened room’, el trallazo ramoniano ‘Psycotherapy’ con Bolan a la voz… ‘Thickskin’ y ‘Kings of the evolution’, con sabor puro Row fueron las únicas concesiones a las obras de este milenio.

Era un repertorio brutal, con la mayor parte del público gozándolo, pero con un pero: la voz de Johnny Solinger. El cantante lo dio todo, puso todas las ganas, una actitud irreprochable, igual que el resto de la banda con Dave Sabo y Scottie Hill a las guitarras… pero Solinger ni se asomó a los tonos más altos que dejó grabados Bach en los primeros discos… Como quizá hoy tampoco podría alcanzarlos el propio Seb, nos dedicamos a disfrutar un conciertazo cuya recta final nos dejó a todos sudorosos y afónicos con cuatro himnos absolutos: ‘I remember you’, ‘Monkey business’, ‘Slave to the grind’ y ‘Youth gone wild’… ay, si los hubiéramos visto en los primeros 90…

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Iron Maiden, el séptimo regalo

Iron Maiden y Anthrax, 29 de mayo del 2014 en el BEC de Barakaldo

Las 15.000 entradas agotadas desde semanas antes, un ambientazo en negro como el de las grandes ocasiones y el mítico Eddie por cada rincón. De nuevo, la Doncella de Hierro mostró este jueves en Barakaldo que sigue reinando… y que la profecía del séptimo hijo de un séptimo hijo es una de las obras cumbre de la música.

Hace un año, Iron Maiden nos regalaron la oportunidad de resarcirnos a los que éramos demasiado críos para disfrutar del que, probablemente, ha sido el mejor cartel de la historia del heavy metal: el Monsters of Rock de 1988 con Iron Maiden, Metallica, Anthrax, Helloween y Manzano. Y tras dos años de gira mundial, Barcelona y Bilbao abrían la pasada semana el último tramo del Maiden England, que finaliza el 5 de julio en Knebworth. Tan cerca de casa, fuimos muchos los riojanos que nos acercamos para volver a vibrar en el Bilbao Exhibition Center, donde disfrutamos el 27 de mayo del 2013 del inicio de su tramo europeo (aquí aquella crónica).

El aperitivo al regalazo eran Anthrax. Después de que la suya en el Sonisphere de Barcelona (aquí la crónica) fuera una de las actuaciones más poderosas del festival, esperaba mucho. Pero los californianos emularon prácticamente el repertorio de hace un año, sin ninguna sorpresa y sí con un sonido muy pobre, embarullado y para nada digno de su nombre. Eso sí, comenzar con el trallazo ‘Caught in a mosh’, el frenético ‘Got the time’ (primera versión de la noche) y seguir paseando por el mítico ‘Among the living’ con ‘Madhouse’ –con guiño inicial a ‘The ripper’ de los Judas- y el gran ‘Indians’ es tremendamente disfrutable, más con la enérgica y agradecida puesta en escena de cada músico a lo largo de todo el escenario.

‘Fight’em till you can’ es la única concesión a su última obra. Y vuelven a ofrecernos algo incomprensible: en 45 minutos de actuación, vuelven a marcarse ‘TNT’, de AC/DC, con guiño final a ‘Back in black’. Por mucho que Scott Ian se la dedique a Malcom Young alabándole como uno de los mejores guitarristas de la historia, por mucho que la peña la disfrute y cante, no tiene sentido que tres de los ocho temas que tocan sean versiones. Porque tras el alocado ‘I am the law’, el ‘Antisocial’ de los Trust cierra la actuación con todo el mundo volcado y Joey Belladona recordando a Dio en la despedida.

El descanso nos trasporta al apocalíptico mundo helado de la profecía de la séptima obra de Maiden. Cuando suena el ‘Doctor, doctor’ de UFO sabemos que la cuenta atrás ha comenzado. Tras el vídeo que muestra las catástrofes que acechan a un planeta maltratado, los versos “Seven deadly sins, seven ways to win” nos llevan hacia ‘Moonchild’ y la explosión de la banda en escena. Entran con todo el ímpetu pero, de nuevo, con un sonido deficiente. De las tres veces que quien suscribe ha visto esta gira, en ninguna ha sonado bien. El público enloquece al corear ‘Can I play with madness’ y el sonido al fin es digno con ‘The prisoner’, uno de los regalazos de esta gira, que pone a las 15.000 personas a cantar a todo pulmón junto al himno ‘Two minutes to midnight’.

Emociona ver a la banda en el mastodóntico escenario, en plena forma y mucho más rodados que hace un año, con los clásicos cayendo uno detrás de otro, a un ritmo eléctrico. Steve Harris ametralla las primeras filas mientras Murray, Gers y Smith se turnan los solos, McBrain apisona desde atrás y Dickinson es el perfecto director de escena, contactando con el público constantemente a base del emblema “Scream for me, Bilbao!”.

Dentro de lo cuadriculados que son los británicos con sus repertorios, habían anunciado algún cambio y el primero llega tras el saludo de Bruce Dickinson, que agradece que 15.000 fans llenemos el pabellón. Y, en el puesto que ocupaba ‘Afraid to shoot strangers’ anuncia ‘Revelations’, una joya que convulsiona la pista. Comprendiendo que la puesta en escena de luces y efectos es una maquinaria que debe estar perfectamente coordinada cada noche, la banda debería tomar nota de cómo los fans agradecemos temas diferentes.

Sin descanso, con una colección de himnos absolutos uno detrás de otro, ‘The trooper’ eleva aún más la temperatura’, ‘The number of the beast’ exhibe la espectacular pirotecnia y llega el trío triunfador del repertorio: ‘Phantom of the opera’, que resume la esencia de Maiden desde el primer disco, es el punto de inflexión que pone a sudar, cantar y saltar a todo el pabellón, seguidos de los coreadísimos himnos ‘Run to the hills’, con la aparición de Eddie, y ‘Wasted years’. Con uno de los repertorios más exquisitos de la historia de la Doncella, el colofón lo pone el mastodóntico himno ‘Seventh son of a seventh son’, tema central de la gira y que exhibe una escenografía espectacular, con el Eddie profético mandando en las diversas atmósferas del escenario.

La habitual inamovilidad del repertorio Maiden cambia de nuevo al sustituir el veloz ‘Wrathchild’ a ‘The clairvoyant’ antes de que el ritual de la comunión público-banda llegue a su máximo esplendor con ‘Fear of the dark’ antes de llegar a la recta final con ‘Iron Maiden’.

Pedimos más, claro, y llega uno de los momentos más salvajes de la noche. Tras el discurso de Churchill arengando a los británicos ante el azote nazi, ‘Aces high’ nos sacude con un Dickinson absolutamente fantástico, llegando entre fogonazos a unos agudos complejísimos a estas alturas del concierto y con una actitud arrasadora. De un modo inadmisible para una banda tan grande, el sonido empeora y empaña la recta final con otro himno, ‘The evil that men do’, y el primitivo ‘Sanctuary’, que sustituye a ‘Running free’ y deja demasiado frío al personal en una despedida en la que los fans echamos de menos de nuevo ‘Infinite dreams’ o ‘Hallowed be thy name’.

A pesar de la insistencia del público, las luces se encienden y suena el ‘Always look on the bright side of life’ de los Monty Python, la despedida definitiva, en la que sabemos que hemos gozado de lo lindo de uno de los repertorios más sabrosos de una de las bandas más grandes de la historia de la música.

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El reencuentro con Extremoduro, lo que nos espera en Logroño

16 de mayo del 2014 – Zaragoza, Pabellón Príncipe Felipe

Para cientos de riojanos, la fecha del 26 de septiembre está marcada en el calendario: será la noche en la que Extremoduro arriben en el Palacio de los Deportes de Logroño. Es una de las treinta y seis fechas en grandes recintos de la gira más gigante del rock de este año, en la que Robe Iniesta y los suyos presentan su último disco, ‘Para todos los públicos’.

La expectación en todo el país es máxima, como muestran las más de 125.000 entradas anticipadas que ya han vendido a pesar de rehuir de la promoción mediática. Y como evidenciaron en la primera noche de la gira los 9.200 entregados seguidores que llenaron el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza, primera cita tras dos años sin actuar que muchos riojanos no nos quisimos perder.

Pese al deseo de la banda de ser puntuales, la fila que rodeaba todavía el Palacio minutos antes de las 22.00 obligó a retrasar el inicio. Pero la espera se olvidó cuando comenzó a sonar ‘Al cantar’, el himno de los Platero que todo el público coreó con emoción. Se apagan las luces, el griterío de bienvenida es ensordecedor y un vigilante del puerto observa el puerto marítimo al que están a punto de llegar Extremoduro. Es entonces cuando podemos admirar el espectacular montaje de esta gira, lejos de su sobriedad habitual: el escenario emula a un muelle de carga con decenas de contenedores de mercancía apilados. Y ahí llega uno nuevo, a base de pesados riffs de guitarra y una base rítmica alrededor de ‘Extraterrestre’. Se abre el contenedor y el público estalla al reencontrarse con Extremoduro.

Por esas cosas de la primera noche, en la que todo está a prueba y los nervios afloran, la guitarra de Robe falla. Iñaki ‘Uhoho’ solea a las seis cuerdas y Colino y Cantera improvisan una base hasta que se solucionan los problemas, Robe se asoma al frente del enorme escenario y saluda con un grito a su público. “Me juego el tipo mirándote a los ojos”… y todos recitan ‘Sol de invierno’ en el estallido inicial del concierto.

Entre el público, que trasciende más allá del rock, todas las edades: los más jóvenes apretándose en las primeras filas, sabiéndose cada verso, sobre todo de las últimas obras; a medida que avanza el Pabellón, los más curtidos, aquellos que se toparon con la banda en los primeros 90 o los que se vieron embrujados a finales de esa década, con las obras que los catapultaron. ‘Entre interiores’ del último disco y el emocionante himno ‘La vereda de la puerta de atrás’ crean la total simbiosis ya entre banda y público. Es una noche especial, de reencuentro, y también de aniversario: Robe sonríe cuando le cantan el ‘Cumpleaños feliz’.

Como es habitual en la banda, el concierto tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera, se sumergen sobre todo en sus tres últimos trabajos -recorriendo prácticamente completo el último- además de un tema inédito que Robe pidió que nadie grabara con el móvil para que sea un regalo cada noche, medios tiempos de mayores desarrollos instrumentales y guiños progresivos que arropan su cruda visión poética, temas recitados por todos y que tienen a su servicio un espectacular juego de luces, además del poderoso sonido y una banda comunicativa con su gente; en la segunda, tras el habitual descanso de 20 minutos, se suceden un puñado de clásicos que todos esperan –siempre se echa de menos alguno- y que provocan la absoluta algarabía entre pista y grada, convertidas en una absoluta fiesta.

En esa última parte, la voz desgarrada de Robe comulga con un público que le recita cada palabra con piel de gallina; admira la destreza y sentimiento de Iñaki ‘Uhoho’, que se recorre el escenario multiplicando la energía; Cantera y Colina marcan una base contundente y puntual; y Félix a la tercera guitarra y percusión y Aiert al teclado incorporan los matices que precisa cada tema.

Con el pabellón enloquecido en ‘Ama y ensancha el alma’, ‘El camino de las utopías (el pájaro azul)’ es la sentida despedida. Con la ovación del pabellón, Robe descuelga su guitarra, recorre las primeras filas y saluda a todo el pabellón con la mano en el corazón, de verdad. Dos años después, el regreso de Extremoduro deja una noche de emoción, de locura, de fiesta… tenemos por delante una gira de las que no se olvidan.

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Uzzhuaïa, los otros héroes de Zaragoza

Sala López de Zaragoza, 11 de abril del 2014


La historia del rock está plagada de ‘héroes’ de estadio, de aquellos idolatrados por las masas aupados por el marketing. Pero los verdaderos héroes del rock se forjan en los escenarios, cara a cara. Y en la noche de este viernes vimos en Zaragoza a uno de verdad, a pesar de que la banda a la que pone voz, los enormes Uzzhuaïa, no llenen pabellones (todavía, esperemos).

Obra tras obra, los valencianos están firmando los mejores discos de rock en estado puro de este país. Gira tras gira, son auténtico vendaval sobre las tablas, regalando y contagiando noches de sudor, electricidad y mucha energía. Tras cinco meses de gira, la sala López de Zaragoza les recibía este viernes. Pero, como sabríamos después, su celebración estuvo en peligro: Pau Montenegro, su cantante, acusaba una semana de fiebre y no se encontraba al 100%. Sólo en Burgos en el 2006 habían suspendido un concierto. Y no lo iban a hacer en una Zaragoza a la que la banda tiene especial cariño por el trato que recibe del público, sobre todo para Pau, que ofreció su primer bolo con Uzzhuaïa en la sala Arrebato.

Con 120 personas en la López, Kyuss sonaban antes de que saltara la intro que recibiría a la banda en escena con ‘Una historia que contar’, el trallazo 100% Uzzhuaïa que abre su última obra, que financiaron vía crowdfunding con el apoyo espectacular de sus seguidores. Tras éste, otro puñetazo, el ’13 veces por minuto’ que titulaba su anterior disco y con la que el sonido de la noche comenzaba a mejorar hasta ser perfecto.

La banda se presentaba como acostumbra, como la hace grande: enérgica, entregada, con una actitud absolutamente rockera y contagiando al público en los coros… Pero en ‘Directo al mar’, uno de los temas favoritos del último disco, Pau no lanzaba los aullidos que engrandecen su poderoso estribillo. Al final de ‘Baja California’, el clásico en el que hablan de los defectos de su tierra naranja, Pau pedía disculpas, comentaba al público que no se encontraba bien. Alguno sospechábamos que igual sufría alergia. ¡Para nada imaginábamos que actuaba con fiebre, como nos enteraríamos después!

‘La mala suerte’ ponía a bailar y corear a todos, antes de que nos dejáramos la garganta con ‘La chispa adecuada’, su eléctrico homenaje a Héroes del Silencio, emblema zaragozano. El concierto iba en crescendo y, como han hecho en cada gira, daban rienda a su último disco, mostrando su fe total en la enorme calidad que atesora y las numerosas referencias década tras década a las que acuden, desde el hard rock de The Cult, Guns n’ Roses, Skid Row hasta Black Sabbath pasando por las intensidades Monster Magnet o el puro rock n’ roll. Así, caían ‘Bailaras en el infierno’ –el tema más metálico que han firmado-, el veloz ‘El solitario’, ‘A un millón de años luz’, la balada ‘En ciernes’ y ‘1975’ con el guiño a Axl Rose en el directazo en Ritz. Entre ellos, clasicazos como ‘Destino Perdición’ con Pau desenfundando la acústica y un ‘No quiero verte caer’ que se unía a la nueva ‘Látidos’ para honrar a todos los himnos del rock que nos erizan la piel.

En ‘La cuenta atrás’ el viaje era al punk que endurece la base de Uzzhuaïa, pues en su interludio se lanzaban a sus ya habituales medleys para dar un más que merecido descanso a Pau. En esta ocasión, Izzra ponía voz a la intro de ‘Making believe’ de Social Distortion, Álvaro a la deliciosa ‘Pet cemetery’ de Ramones y Álex a la furiosa ‘Attitude’ de los Misfits. Pau regresaba a escena para brindar un whisky con las primeras filas y volver a pedir disculpas por sus problemas, agradeciendo a los que habíamos apoyado a la banda esa noche. Consciente, el público respondió con ánimos y una gran ovación reconociendo su enorme esfuerzo, dedicación y profesionalidad. Hasta entonces, su actitud en escena no se había visto resentida en lo más mínimo por la fiebre.

El público pidió más y cayó la furiosa ‘Desde septiembre’, agitando por completo la sala antes de que ‘Blanco y negro’ probara de nuevo nuestras gargantas en este emocionante homenaje. Tras la ovación, pedimos más a lo que la banda volvió a salir a escena. Pau con la acústica dio rienda al himno ‘Magnífico fracasado’ antes de que ‘Santos y diablos’, como un clásico más, pusiera a saltar, bailar y cantar a toda la sala en un final apoteósico.

A pesar de que echamos de menos ‘Nuestra revoluzzión’ o temas de ‘Diablo Blvd’, una vez más, Uzzhuaïa habían facturado un enorme directo, una trepidante y sudorosa descarga de rock, la mejor que se puede ver en este país. Después, hablando con la banda conocimos la fiebre de Pau y no dimos crédito. La suspensión de San Sebastián anunciada en la mañana del sábado dio forma a la heroicidad de la noche maña, en la que la banda demostró una absoluta profesionalidad y un total respeto a su público, dándolo todo. ¡Nos volverán a encontrar cuando vuelvan a pasar por aquí! ¡Enormezz Uzz!

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Letz Zep, el intenso viaje al corazón del Zeppelin

Cuando les premiamos con una estruendosa ovación en el final del ‘Inmigrant song’ que sacudió nuestras cabezas tras dos horas de exhibición y sentimiento, a muchos de los que llenamos el Biribay en la noche de este domingo nos vino una pregunta a la cabeza: si lo de Letz Zep fue una barbaridad musical, ¿cómo fue vivir aquellos conciertos abrasadores de los 70 con los verdaderos Led Zeppelin, con su maestría y esa colección de maravillas musicales que son fundamentales en el legado de la historia de la música?

En la proliferación de bandas tributo de los últimos años –un síntoma más de la grave crisis musical-, pocas tienen sentido. Una de ellas es la británica Letz Zep, considerada la mejor banda tributo a los Zeppelin y de quienes el propio Robert Plant ha dicho que “viéndoles me veo a mí mismo en escena”.

Los riojanos tuvimos la fortuna de que una de las diecisiete fechas de su gira nacional recalara este 2 de febrero en el Biribay Jazz Club de la mano de la promotora Boogy Music. Tras varias visitas a nuestro país, cada vez con más éxito, Letz Zep anunciaron que en ésta honrarían los 45 años de los dos primeros e históricos álbumes de los Zeppelin, publicados el 12 de enero de 1969 y el 22 de octubre de ese año respectivamente alumbrando el sonido heavy desde el blues y pasando a la historia como dos de los álbumes más influyentes.

Con esa premisa, y el Biribay abarrotado de un público de todas las edades, desde jóvenes a curtidos veteranos, la descarga de Letz Zep arrancó como lo hace la discografía de los Zeppelin, con la enérgica ‘Good times, bad times’ (I). Y desde el principio, el sonido fue perfecto y contundente y la banda se mostró en imagen, gestos y, sobre todo, interpretación como una fiel revisión de los originales. De hecho, Andy Gray vestía la misma imagen que el Jimmy Page del mil veces visionado ‘The song remains the same’.

‘Heartbreaker’ (II), ‘Living loving maid (she’s just a woman)’ (II) y ‘Ramble on’ (II) enlazaban un inicio rockero en el que Billy Kulke alcanzaba los registros de Robert Plant y jugaba con desparpajo con el público, chapurreando castellano; Benjy Reid ‘el Vikingo’ se mostraba como un enloquecido batería totalmente embriagado del legado de John Bonham; y Steve Turner, como el mismo John Paul Jones, fortalecía sin excesos la retaguardia con su bajo y teclado.

Tras el poderoso inicio, el concierto entró en zona intensa y desgarradora, con unos arrebatadores ‘Babe, I’m gonna leave you’ (I), ‘Dazed and confused’ (I) con el solo con arco de violín de Gray incluido emulando al del extenso de Page, y ‘What is and what should never be’ (II) con un feliz viaje al riff embriagador de ‘Hoy many more times’ (I), temas de extensas exhibiciones instrumentales, mucho sentimiento y público absolutamente atrapado. Una absoluta salvajada musical con parte del mejor legado de la historia musical.

Turner se sentaba al teclado para rubricar ‘Thank you’ (II), en la que la intensidad mágica de la noche siguió en ascenso. La exhibición continuó con la instrumental ‘Moby dick’ (II), en la que Reid se marcó un bestial solo de batería. Como comentó un amigo, para versionar a Led Zeppelin tienes que tener a un grandísimo batería, porque Bonham fue el mejor. Y Reid estuvo a la altura con su larga melena rubia y su contundencia y velocidad.

La calentísima ‘Whole lotta love’ (II) ponía el final a la actuación, pero el público reclamó con fervor más. El bis alcanzó a las dos siguientes obras maestras de Zeppelin, gozando todos de tres himnos monumentales: la coreadísima ‘Black dog’ (IV), la emocionante ‘Stairways to heaven’ (IV) con Gray empuñando la Gibson Les Paul de doble mástil y la frenética ‘Rock n’ roll’ (IV). Con la sala rendida a Letz Zep, Kulke preguntó qué queríamos. ‘Kashmir’, ‘Achiles last stand’, ‘In my time of dying’… pedimos de todo, pero esa noche no se iban a salir de los álbumes numéricos, Turner dio un paso adelante y atacó el riff icónico de ‘Inmigrant song’, volviendo loco al público. Un final apoteósico para un concierto inolvidable, que nos hizo viajar por algo más de dos horas al corazón de la historia de la música, al corazón del Zeppelin.

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