La Rioja

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Categoría: cronica concierto
Loco, no era un concierto más

Loquillo, 24 de septiembre del 2016, plaza de Las Ventas de Madrid

A las dos de la tarde, los curiosos que recorrían el museo taurino de la plaza de Las Ventas podían pisar también su coso. Ahí, hierático, elegante, dispuesto para una noche histórica, aguardaba un imponente escenario vestido de negro. En las puertas de Las Ventas, varias decenas de personas ya hacían fila. Unas horas y unas cañas después, los bares palpitaban con cientos de camisetas con Loquillo como protagonista y la cola abrazaba por completo la plaza. La llamada a armas había atraído a la militancia fiel de todo el país. Todos sabemos, incluso los que llevamos varios del Loco a las espaldas, que el de este 24 de septiembre en Madrid no era un concierto más.

Después de catar una selección de Bowie a Cash, el pasodoble ‘Suspiros de España’ suena cuando el reloj toca las 10 de la noche. Es la hora del rock en la arena. Las 15.000 personas que agotaron hace tres meses las entradas rompen los nervios y las gargantas. La banda estalla, toma posiciones y el Loco mira a su público. ‘Salud y rock n’ roll’. El deseo se hace realidad y todo palpita. Desde el primer momento, fusión total. Conexión. ‘Línea clara’ pone sobre la mesa los compromisos de todos y ‘El mundo necesita hombres objeto’ descarna la noche a guitarrazos.

“Madrid, ¡aquí me tienes!”, saluda José María Sanz exultante. El público de la ciudad que tanto le aupó en los inicios vibra, enloquece. ‘A tono bravo’ pone la poesía y la contundencia.  Disidencia, discrepancia, conciencia en uno de los brillantes temas de su último trabajo. Tras un inicio a quemarropa, llegan temas recuperados felizmente en esta gira como ‘Territorios libres’, ‘Arte y ensayo’ o ‘Por Amor’, que se intercalan con el ya clásico ‘Planeta rock’ u otros que sustentan su último trabajo, como la diatriba ‘El mundo que conocimos’, en la que el Loco canta con extremada rabia enfureciendo al público por la Europa y el país que otros erosionan, o la versión ‘Viaje al norte’, en la que sube a la guitarra a Robert Grima, de Los Negativos.

La banda suena espectacular, quizá con menos distorsión que en la anterior gira y más sabor sixties por la firma de Manuel Cobo. Así, ‘El hombre de negro’ suena más Cash que en otras giras mientras pienso en lo feliz que es Laurent Castagnet al marcar las frases a la batería y sus platos Meinl de la intensa ‘Cruzando el paraíso’, en la que el Loco contó con su admirado Johnny Halliday. Después, sopla los inspirados versos de ‘Viento del este’.

Tras sentirlo, otro viento azota y definitivamente pone en pie a toda la grada con ‘El rompeolas’. El alarido con el que es recibida es digno del clásico y las 15.000 gargantas casi tapan a la banda. Felizmente, ‘Memoria de jóvenes airados’ sigue en el repertorio –quizá, mi favorita de su carrera por su guiño baloncestístico- antes de enfurecer a guitarrazos la plaza con dos clásicos. Es tiempo de boas de colores y de que el Loco baje al foso para cantar ‘Carne para Lisa’ con las primeras filas antes de que el éxtasis ya sea continuo con ‘La mataré’ y ‘El ritmo del garaje’.

Como en todos los conciertos del Loco, el público está feliz. Sudoroso. Con las gargantas dándolo todo. Pero no es un concierto más. Pasan unos minutos a oscuras. Y la banda se transforma, reaparece enfundada en chaquetas y chupas de colores con lentejuelas brillantes y nos regala un set propio de discoteque. Regresamos varias décadas atrás y el rockabilly reina. ‘Eres un rocker’ suena poderosa, ‘Channel, cocaína y don Perignon’ pone a bailar a todos antes de recuperar ‘Piratas’. El ritmo se oscurece con ‘El crujir de tus rodillas’, versión de los Nu Niles de Cobo que suena de maravilla. ‘Tatuados’ marca señal antes de que nos dejemos llevar por ‘Quiero un camión’ y el frenesí primigenio de ‘Esto no es Hawai (qué guay)’. No es un concierto más y nos sentimos privilegiados por este set que regresa a las raíces del sonido del Loco, que tanto ha madurado y mutado a lo largo de su carrera, siempre desde la coherencia y la elegancia.

‘Rusty’ eleva el ritmo de baile con un Loco que se desata sobre escena. Nunca le he visto bailar como en este tema. Todos disfrutamos antes de elevar el puño y comprometernos con ‘Rock n’ roll actitud’. Y el compromiso se extiende a quienes no están, y la banda se suelta con ‘Jim Dinamita’, de los Burning para recordar a Pepe Risi. La noche ha adquirido una emoción que trasciende, palpita. Algo especial nos sobrevuela a todos. ‘Feo, fuerte y formal’ muestra la fusión entre banda y público en un mensaje de coherencia vital antes de regresar a su último disco con la deliciosa ‘El final de los días’.

Hasta entonces, como es habitual, el Loco ha hablado con su público a través de las canciones. Pero ésta no es una noche más. “No soy un tipo que hable mucho en los conciertos, siempre me ha parecido un coñazo. Pero… muchos decís que vuestra vida es mejor gracias a nuestras canciones. Hoy, nuestra vida es mejor gracias a vosotros”. El Loco sonrió. Su público sonrió. Y como guiño, recuperó el clásico ‘En las calles de Madrid’, con la que Las Ventas tembló. La energía se desbordaba.

Llegó la presentación de una banda de rock n’ roll con variedad de procedencias y que suena fina, elegante, contundente, contagiosa, vibrante… Y a esa frase ya clásica en las presentaciones de “En esta banda sumamos, no restamos”, el Loco saluda como “un barcelonés del Clot que ama profundamente Madrid”. El delirio es absoluto y estremece. ‘Rock n’ roll star’ lo continúa y todo se tambalea con una épica ‘Cadillac solitario’, con el Loco fuera de sí, con la banda acuchillando, con el público ardiendo. Tras casi tres horas, no era un concierto más. Era el concierto más grande del Loco, en el que celebraba 35 años de carrera, que quedará plasmado en un disco en directo para la historia.  Y fue maravilloso, Loco.

 

REPERTORIO:

Salud y rock & roll

Línea clara

El mundo necesita hombres objeto

A tono bravo

Territorios libres

Arte y ensayo

Planeta rock

El mundo que conocimos

Viaje al norte, con Roberto Grima de Los Negativos

El hombre de negro

Cruzando el paraíso

Por amor

Viento del este

Rompeolas

Memoria de jóvenes airados

Carne para Lisa

La mataré

El ritmo del garaje

Eres un rocker

Channel, cocaína y don Perignon

Piratas

El crujir de tus rodillas

Tatuados

Quiero un camión

Esto no es Hawai

Rusty

Rock n roll actitud

Jim Dinamita (burning)

Feo fuerte y formal

El final de los días

Las calles de Madrid

Rock & roll star

Cadillac solitario

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Bunbury, el aragonés mutante

3 de septiembre del 2016. Zaragoza, Palacio Príncipe Felipe. 8.000 personas

En este planeta cada vez más lleno de zombies ser un mutante desde hace años es una ventaja evolutiva. En este mundo de discurso monocorde, ser un bicho raro permite escudriñar el camino con algo más de claridad.

Enrique Bunbury nació mutante. Lo hizo sentir con los cuatro discos con personalidad propia con Héroes del Silencio. Y lo ha elevado como bandera en su carrera acompañado primero por El Huracán Ambulante y de unos años a acá con Los Santo Inocentes. Esa inquietud inacabable y capacidad y ansias constantes por reinventar son un aliciente maravilloso para su público, sabedor que en cada gira puede descubrir viejas nuevas canciones.

El genio zaragozano cumple 30 años sobre escenarios. Y lo celebra con la gira mundial ‘Mutaciones’, donde reúne nuevas variantes de temas fundamentales de su carrera. El 3 de septiembre arribaba a una fecha especial: su Zaragoza. Y 8.000 devotos (no se me ocurre mejor acepción) llenaron el Palacio Príncipe Felipe llegados de todo el país e incluso de México.

Quise acudir al concierto sin escuchar ‘El libro de las mutaciones’ y sin conocer el repertorio, dispuesto a sorprenderme con cada tema. Eso sí, me había llegado que la selección de temas era imbatible, con viaje a Héroes incluido. Sabía que el concierto podía ser único. Y esa sensación rondaba en todos los que poblaban el Palacio.

Puntual, a las 22.00 horas, se apagan las luces, suena la intro de ‘Lawrence de Arabia’ y los Santos Inocentes ocupan sus puestos. Comienzan a sonar. ¡A sonar! ¡Qué rollazo desprende la banda! Y un acorde sixtie nos hace escudriñar ‘Iberia sumergida’. Irrumpe Bunbury en escena, la gente enloquece y todos cerramos los puños para cantar con rabia el clásico de Héroes. Las voces de los 8.000 retumban en el Palacio, forman un coro único con la de Bunbury y la caldera estalla. La banda enlaza con ‘El club de los imposibles’ y la bienvenida se ha convertido en locura, entrega, pasión. Y sudor. Los que estamos en pista nos miramos, enganchados, nos preparamos para una noche apoteósica.

Bunbury saluda, confiesa que es un gusto estar en casa y da la bienvenida a una noche de celebración por sus tres décadas de carrera. Todos preparados. Lo siguiente es una rareza, ‘Dos clavos a mis alas’, que compuso para Raphael. Da igual, el público la corea con la misma pasión. Este público es especial… propio de una noche única.

Comienzan las transmutaciones y ‘Sirena varada’ desgañita gargantas con calmado sonido 60’s antes de una fiel y rotunda ‘Porque las cosas cambian’, ya un clásico. Como regalos sorpresas, llegan las reinvenciones llenas de matices de los clásicos de Héroes ‘El camino del exceso’ y ‘Avalancha’. Convierten el pabellón en un karaoke sudoroso, a una voz. Y con síntomas de felicidad: amigos que se abrazan, desconocidos que estrechan sus manos para cantar un verso emocional, sonrisas permanentes… La banda también sonríe, siempre contenida, manejando el torbellino de sonidos y sensaciones. Y despliega un sonido nítido, que distingue cada instrumento y se mete en los cuerpos para vibrar.

Continúa Bunbury por un viaje a su carrera, que ha recorrido por todos los continentes y culturas, absorbiendo de todas y haciéndolas suyas. Y presumiendo de ellas. La colorida ‘Que tengas suertecita’, el recuerdo al disco con Nacho Vegas en ‘Puta desagradecida’, el himno ‘El extranjero’ que hace botar a todo el pabellón –con el ritual del grito en casa cuando dicta “aunque la quiero de verdad”- y la emocional ‘Infinito’. Y suena una nueva reinvención de ‘El hombre delgado que no flaqueará jamás’. Desde la gira del ‘Hellville de Luxe’, la he oído en todos los géneros, desde la rockera original a la country que sonó en la de ‘Las consecuencias’. Los guiños con los nuevos arreglos son surf y 60’s. El público se desgañita con ella.

Y sobre escena, Bunbury es maestro. Se mueve llevándose todas las miradas, lanza sus icónicos gestos de ring, saluda… Y canta. Y mucho. Y deja protagonismo a la banda en cada tema. Y mucho. Todo es bello en el sonido de Bunbury y los Santos Inocentes. Y arropado por un lenguaje de luces que da más cuerpo a cada canción.

Invita a viajar a uno de sus primeros temas y suena una estupenda versión de ‘Mar adentro’, con riffs acústicos muy bien marcados y Jorge Rebenaque luciéndose al piano. Y llega uno de los momentos más arrebatadores de la noche. Amanece ‘Maldito duende’, Bunbury se encarama a la barrera y canta sumergido con el público una versión estremecedora, con todos los brazos hacia el maestro, con todas las voces rompiéndose con un himno absoluto. Bunbury presenta a la banda y viaja con ‘Lady blue’, otro himno absoluto de su carrera que atrapa a todos como el huracán.

Se despide por primera vez. Nos embarga la sensación de que, al fin, Bunbury ha acabado con ese debate innecesario entre quienes prefieren a Héroes o entre quienes les prefieren en solitario. Con esta gira, todo queda hermanado, unido. Y demuestra que ha parido una carrera orgánica, capaz de abrirse en canal y volver a nacer.

Regresa entre la ovación del palacio, vestido de rojo como el dragón asiático que adorna el escenario. La emoción alcanza ‘Más alto que nosotros sólo el cielo’ y retumba la trepidante y reivindicativa ‘Despierta’, con todo el público en un coro ensordecedor. Tintinea el piano en el inicio de ‘Si’ y el palacio se convierte en una pista de baile rock n’ roll. Con la energía arriba, la rebaja con ‘La chispa adecuada’, que a mi gusto queda huérfana de la fuerza original.

Nueva retirada a camerinos y nueva llamada del público. Suenan dos delicias de ‘Las consecuencias’, ‘Los habitantes’ y el intenso crescendo de ‘De todo el mundo’, con todos compartiendo unos versos magistrales. El concierto salta las dos horas y la banda se despide con dulzura, con el vals delicado ‘Y al final’. Bunbury se despide y deja el protagonismo final a la banda, que se lleva la gran ovación de un público feliz por haber vivido una noche única. “Muchas gracias. Un inmenso placer cantar para ustedes, cantar con ustedes”, sonreía entre una ovación que no acaba.

Unas horas después, Bunbury se confesaría en sus redes sociales: “”Posiblemente en 30 años de conciertos en Zaragoza, éste ha sido el mejor público que he tenido. Los que estuvimos ahí anoche y nos involucramos lo sabemos, lo vivimos y lo recordaremos. 3 de septiembre de 2016. Mítico!!”. Fuimos afortunados por ser parte.

Foto de público: José Girl. Redes sociales de Bunbury

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Al mal tiempo, un gran Azkena

Al igual que nos puede regalar sin ningún complejo en el mismo espacio desde blues añejo a metal oscuro, el Azkena Rock Festival puede ofrecer ediciones de calor asfixiante o de frío acongojante en pleno junio –aunque era más habitual cuando llegaba en septiembre-. En su decimoquinta edición nos tocó lluvia, nubes y fresquito. Nos dio igual: al mal tiempo, buen ánimo y un cartel de alto nivel. No íbamos a faltar a nuestro festival favorito, a nuestro ritual, una cita que ya se ha convertido en algo más que música: es el encuentro con gente querida y un ambiente único que te da fuerzas para seguir.

Jueves 16 de junio, Osteguna Rock

La vecina Vitoria palpita rock alrededor del Azkena. Y muchos llegamos ya el jueves 16 de junio para disfrutar de una edición más del gratuito Osteguna Rock. Recordando su sudoroso concierto en Pradejón el 7 de septiembre del 2002, nos reencontramos en la plaza de la Virgen Blanca con los suecos Sewergrooves más maduros, más melódicos pero igualmente entregados a ese rock garajero con guiños Thin Lizzy que te recorre el cuerpo y llena de energía.

De ahí, adentrarnos por la amurallada Vitoria hasta el jardín de Falerina para continuar con el rock clásico y contagioso de los jóvenes barceloneses Imperial Jade. Desplegaron los frescos temas de su ‘Please welcome’, regando la carpa con un sonido clásico setentero rejuvenecido,  y destacando la voz de Arnau Ventura, convencieron a todos exhibiendo que tienen un enorme futuro al que hay que estar atentos.

La velada la cerraba el trío Daze of Dawn, liderados por el canadiense Claude’Klyde’ Robillard. Con el público muy receptivo, manejaron una enorme coctelera rock, desde sonidos setentas a metaleros, con sorprendentes versiones de Metallica o Sabbath. Con cinco discos a sus espaldas, mostraron muchas tablas en el escenario y pusieron un contundente broche al anticipo del Azkena.

 

Viernes 17 de junio del 2016, recinto de Mendizabala.

Sí, lamentablemente, las predicciones acertaron. El viernes llovió. Nos las veíamos muy felices cuando, a mediodía, cesaba y Julián Maeso y su banda comenzaban a eso de las 13.45 su actuación en la plaza de la Virgen Blanca. Con un sonido envolvente, sólo lo permitió tres canciones. Comenzó a llover y tardaría mucho en parar -la organización les reubicó por la tarde en el recinto-. Todos a casa bajo el aguacero.

Si nos habíamos planificado el Azkena conforme a los horarios en los tres escenarios y grupos más apetecibles, esta vez hubo que introducir el elemento lluvia. Y sacrificamos las primeras bandas para estrenar el Azkena con Vintage Trouble. El incombustible Ty Taylor decidió que la lluvia no iba a estropear la fiesta y ofreció toda su energía soul, blues y rock a la par que invitaba a imaginarnos bajo el sol en una playa de sus Los Ángeles. Era difícil pero se ganaron al público con trucos escénicos que, no por manidos, son eficaces. Eso sí, alargar el coro o los juegos con el público en cada canción resultó excesivo. Con el suave coro de ‘Not alright by me’ nos atrapaba y la electricidad de ‘Run like the river’, con Tyler nadando sobre el público, enloquecieron a todos. Disfrutamos el primer gran concierto del Azkena.

Ante las predicciones, la organización pobló con varias carpas los distintos escenarios. Para lo demás, chubasquero. A cubierto no nos llenó la dama del country Lucinda Williams en el primer escenario (dedicado a Lemmy Kilmister) y sorprendieron los bilbaínos Los Brazos con su energía en el tercero (a Scott Weiland). Así, el Azkena en esta decimoquinta edición ha mostrado una mayor y más entretenida infraestructura, desde su colorida entrada, a la capilla de las bodas rockeras, la zona motera, la carpa para los pinchadiscos nocturnos, más bancos y baños –harían falta de nuevo los portátiles en las zonas de césped-, decoración vintage con frases rockeras, más puestos de música, ropa, comida, cerveza… Ciertamente, el reciento estaba espectacular. Lástima que la lluvia y los atractivos musicales no permitieran disfrutar de todos ellos. Y puestos a mejorar, una rebaja en los precios de la ‘cerveza’ se agradecería.

Al escenario segundo (por Bowie) llegaba uno de los grandes atractivos, la nueva hornada del rock sureño de Blackberry Smoke. Escucharles es regresar a Black Crowes, a Lynyrd Skynyrd o a los Allman Brothers. Aunque les faltó sonido en los primeros veinte minutos, se repusieron y crearon esa atmósfera envolvente y feliz que provoca el rock de raíz bien hecho. Además, ¡dejó de llover! ‘Six ways to Sunday’, ‘Testify’, ‘Rock n’ roll again’, ‘One horse town’, ‘Ain’t much left of me’ o un guiño a Marley fueron algunos de los temas que brillaron en, para quien suscribe, el mejor concierto de esta edición. Los de Atlanta nos dejaron con ganas de verles con el repertorio completo en una sala.

Media vuelta y al primer escenario hacia el ‘regalo’ de esta edición. Ante la baja de Primal Scream por lesión de su cantante, la organización dio un golpe en la mesa al conseguir que Hellacopters se unieran al Azkena 2016. Los suecos únicamente iban a dar un concierto en su Sweden Rock. Tenerlos en el Azkena para celebrar el veinte aniversario de su primer disco con la formación original fue un regalo inesperado. Por ello, irritó tanto que tardaran media hora en sonar como deben, con potencia enrabietada. Pero cuando empezó a sonar como debía (al parecer, en las primeras filas nunca fue así), Hellacopters fueron Hellacopters. Con una presencia macarra, una puesta en escena enérgica y cómplice y ese sonido de guitarras dobladas de Nike Anderson y Dregen sobre el piano de Boba Fett tan característico nos regalaron un conciertazo para la memoria. Se les veía disfrutar como a nosotros. Y ofrecieron el momento hilarante al dar las gracias a Primal Scream por hacerles un sitio en el Azkena y recordaron a Kike Turmix, quien les lanzó en España.

Con 12.242 espectadores en esa primera jornada, recorrieron ‘Supershitty to the max’ desde ‘Born broke’ en orden aleatorio y recuperaron caras ‘b’ como ‘Ghoul school’ o la celebrada ‘1995’. ‘Didn’t stop us’, ‘Random riot’, ’24h hell’ y la despedida con toda la campa bailando de ‘(Gotta get some action) Now!’ nos hicieron felices.

Con ese gran sabor de boca, volvimos al escenario Bowie para la única actuación en Europa de Danzig, icono ex Misfits y referencia del metal siniestro. Y fue un desastre absoluto. Dado que conciertos anteriores habían tardado en sonar bien, esperamos pacientemente a que el desastre sonoro se corrigiera. Tommy Victor (de Prong) sonaba a guitarra regalada en una tómbola y ampli encontrado en cualquier esquina, la batería parecía un montón de latas tiradas al suelo y el bajo saturaba de graves amartillados. Y Glenn Danzig… Aunque su actitud violenta y furiosa gustó al principio, después resultó excesiva y hasta paródica, más al mostrar que no tenía nada de voz, no entonaba y sus gritos desmesurados hacían daño en los oídos. ‘Am I demon’ parecía mejorar las cosas, pero no… Aunque muchos abandonaron tras destrozar el ‘N.I.B.’ de Sabbath, otros nos quedamos para escuchar ‘Twist of Cain’ y ‘Mother’ en ‘voz’ de su creador. Una de las mayores decepciones de la historia del Azkena. Miedo me da la reunión de Misfits…

Con ese disgusto y los pies húmedos y agotados, abandonamos la propuesta ‘Gutterdammerung’, la película proyectada sobre pantalla y representada por Henry Rollins. Nos dijeron que fue muy interesante.

 

Sábado 18 de junio.

Aunque nuestro plan era degustar el clasicismo de Luke Winslow-King en la plaza de la Virgen Blanca, una buena recomendación nos guió a mediodía al jardín de Farelina, al Txuleta Rock, donde descargaron Arenna. Los vitorianos nos regalaron un embriagador viaje de dessert rock, stoner y psicodelia metalizada que llenó la carpa y se llevó una ovación enorme.

En la tarde, llegamos al recinto de Mendizabala para ver que no conectamos con RavenEye y coger buen lugar para los islandeses Vintage Caravan, una de las bandas más atractivas de los últimos años. Y aunque competían con Radio Birdman, ofrecieron uno de los mejores conciertos del festival y llenaron el escenario Weiland con un sonido espectacular. Desde ‘Last day of light’, pasearon por temas emblemáticos de sus tres discos con una puesta en escena arrolladora, llena de proteínas y una maestría musical sorprendente para su juventud. A la voz y guitarra, Óskar Logi Ágústsson viajaba desde Sabbath y Zeppelin a Maiden batiéndolo con la base stoner y blues rock de un Alexander Örn Númason que llenaba todo con su bajo. ‘Babylon’ o ‘Expand your minds’ fueron varios de los mejores momentos de este Azkena. Sus humildes sonrisas al final de la actuación y la ovación larga incluso cuando recogían los cables mostraban que ellos habían conquistado una importante plaza y que nosotros habíamos confirmado una banda de presente y mucho futuro en un Azkena con extra de leyendas.

La jornada del sábado encontró a 18.064 espectadores en Mendizabala. El aumento de público se ratificó en el escenario Lemmy para disfrutar con Imelda May. Para los muchos que esperábamos su concierto, lo primero que nos sorprendió fue el cambio de imagen radical que la irlandesa ha adoptado. Y qué bien le ha sentado liberarse pues, manteniendo su esencia rockabilly y de raíz, dio un paso más en su sonido arropada por una banda fantástica –aunque tardó en sonar como debía también medio concierto-. Con esa voz rota que eriza la piel, nos atrapó a todos con temazos como ‘Tribal’, ‘Wild woman’, la versión de Willie Dixon de ‘Spoonful’, la coreadísima ‘It’s good to be alive’ o el final explosivo con ‘Mayhem’ y ‘Johnny got a boom boom’. Bailamos, nos emocionamos, brindamos… fue un concierto precioso.

Había que reponer fuerzas y, con mucho dolor, sacrificamos la oscuridad de Fields of the Nephilim. Aunque no son un grupo que siga, queríamos ver a una leyenda viva, a The Who. Albricias, ellos estaban ahí casi casi cuando se inventó el rock n’roll. He de reconocerlo, mi conocimiento de The Who es en blanco y negro. Por ello, me impactó encontrarme con dos señores muy mayores sobre el escenario tocando canciones pop de quinceañeros. Me costó varios temas sobreponerme al ver al Pete Townshend de 71 años… Eso sí, ellos encontraron un público entregado que disfrutó de un repertorio que caminó de clásico en clásico (hasta dieciocho). Con luna llena, ‘Can’t explain’, ‘Substitute’ y la explosiva ‘Who are you’ metían a todos de lleno en el concierto. Fue un recorrido por su historia y su evolución, de los temas primitivos y directos a los más desarrollados de los inventores de la ópera rock, como el tramo dedicado a ‘Quadrophenia’ y ‘Tommy’, donde más llenaron.

The Who son una de esas bandas grandes que hoy suenan grandes por el sonido y por el enorme montaje que les arropa, con una mastodóntica pantalla que despista, aparta la mirada del escenario, del instrumento, te lleva a una representación visual y resta poder a las canciones interpretadas en directo. Tampoco me convenció que los focos y planos sólo fueran para Daltrey y Townshend. De acuerdo, son los únicos miembros originales, desde 1964, pero es que salieron más por las pantallas Moon y Entwistle que los músicos que estaban tocando en directo, que permanecieron todo el tiempo a oscuras. Y eso que tienen a su servicio al enorme Paul Palladino al bajo, a Simon Townshend a la guitarra –hermano de Pete- y a Zak Starkey a la batería–éste salió más por ser quien es, hijo de Ringo Starr-.

Superados los peros, The Who convencieron. A los que estaban convencidos y a los que, como es mi caso, no les seguimos. Y lo hicieron con lo que tiene que ser un concierto de rock: actitud. Y Daltrey y Townshend dieron todo lo que pueden dar, armados de un repertorio ganador que termina con ‘Pinball’, ‘Babba o’Riley’ y ‘Won’t get fooled again’ y un grito desgarrador de Daltrey. Y se mostraron emocionados y agradecidos en la despedida, que llegó a ser un momento íntimo entre 18.000 personas. Dejaron a todos felices.

Ahora tocaba otro viaje en el tiempo. Al grito de ‘One, two, three, four!’, nos sumergimos en el  escenario Weiland en el 40 aniversario de Marky Ramone en el punk. Desde ‘Rockaway beach’ hasta ‘Blitzkrieg bop’ –con Dregen de invitado-, más de una hora sin concesiones de cañonazos-himnos de Ramones. ¿Alguien puede resistirse a eso? Con Ken Stringfellow (de los Posies) emulando con gran actitud a Joey y una banda eficaz, nos sumergimos en un viaje feliz a canciones que nos han marcado. Incluso la lluvia le dio un toque especial al pogo en temazos como ‘I wanna be sedated’, ‘Surfin bird’, ‘Sheena is a punk rocker’… bueno, ¡en todos! Además, hubo emoción al recordar a Joey Ramone con su versión de ‘What a wonderful world’ y a Lemmy con la versión del guiño ‘R.A.M.O.N.E.S.’ de Motorhead. Un homenaje rápido y furioso que nos hizo felices. También felices salían los que vieron en el escenario Bowie a la leyenda del hardcore Refused.

Con las fuerzas flojeando, despedimos el Azkena con Supersuckers, que desplegaron su faceta county-rcok que abrieron con ‘Must’ve been high’ en el 97, de la que sonaron varias. Eddie Spaghetti nos llevaba de la mano, pero la ‘banda más grande del mundo’ resultó muy estática para las horas que eran (pasando las 2 de la mañana y con la suave lluvia persistiendo), incluso en ‘I want drugs’ o los trallazos finales ‘Born with a tail’ o ‘Pretty fucked up’. A pesar del cansancio, una despedida digna para un grandísimo Azkena. Y a esperar el siguiente, para el que ya sabemos fechas: 23 y 24 de junio del 2017.

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El último zarpazo suave en La Rioja

Los Suaves, Leize y Harolica en la plaza de toros de Haro, 4 de junio del 2016. 1.100 personas

Atravesar el umbral que conduce a un concierto de Los Suaves siempre ha sido un ritual, desde que suena ‘Les Preludes’ hasta la despedida emocionada bajo ‘Dios es suave’. Pero desde que se conoce una fecha, ese ritual produce congoja y un choque de emociones difícil de manejar: el 17 de diciembre Los Suaves pondrán punto final en su Ourense a 35 años de rock, de poesía, de energía vital.

Nájera y Logroño ya acogieron noches de despedida en el primer tramo de la gira ‘La música termina’. Y los gallegos dieron su adiós a La Rioja este 4 de junio en Haro, ante unos 1.100 seguidores en su plaza de toros.

La tan especial noche comenzó con Harolica, un grupo de veteranos músicos jarreros, que recorrieron parte de la carrera de Metallica por temas tan reconocidos como ‘Creeping death’, ‘Enter sandman’, ‘Hit the lights’ o ‘Seek and destroy’.

El ritual Suaves ha adquirido en esta gira un especial y feliz acompañamiento: en varias noches les acompañan los guipuzcoanos Leize, con quienes comparten autenticidad, complicidad con su público y, también, más de tres décadas de rock. Quizá por el parón que tuvieron de 1997 a 2007, quizá por bloqueos interesados anteriores, pero Leize no han tenido el reconocimiento masivo que merece una banda con la verdad siempre por delante, sin artificios. Como un legado más que nos dejan los gallegos, esta gira con Los Suaves les está dando a conocer ante miles de seguidores que descubren un grupo veterano que lo da todo en cada noche como los quinceañeros que comenzaban allá por 1982 en Zestoa.

Y Leize están aprovechando esta amistad y coincidencia emocional con Los Suaves dando auténticas exhibiciones de rock en cada noche. Como lo han hecho siempre. Presentando su fantástico ‘Cuando te muerden’, abrieron la descarga con ‘Dónde está’ para dar paso a los himnos ‘Futuro para mí’, ‘Caminando’ y ‘Volveré a salir’. Y el ritual Leize se desplegaba con toda su intensidad: puños en alto, gargantas dando cada coro, sonrisas del escenario al público y viceversa… ¡complicidad! Porque los cuatro Leize tocan con la felicidad en el rostro, disfrutan tanto o más que el público de cada noche y esa verdad que no se puede disfrazar hace que contagien al público, al suyo y al que ganan en cada descarga.

Ese hacerse uno en una canción que sólo consiguen unos pocos Leize lo logran con los viejos y nuevos temas, como las presentaciones de ‘Hundiéndome en la noche’, la de sabor ochentero ‘Sospechoso’ o la agradecida ‘Cuando te veo’ o el viaje en el tiempo de la bailada ‘Noche de ronda’, la furiosa ‘Sin sitio’, llegando a himnos generacionales como ‘A tu lado’ y ‘Buscando, mirando’, con los que el coso jarrero era una fiesta rock. La catártica ‘Otra noche más’ y el himno ‘Devorando las calles’ culminaban otra rotunda actuación. Y lo hacían con un gracias a Los Suaves, despidiéndose con Félix Lasa enfundado en la camiseta del gato y el riff del ‘Dolores se llamaba Lola’ en el colofón. ¡Qué bueno ver juntos a Leize y Los Suaves, al rock de verdad en el escenario!

Como Félix Lasa, cientos de gatos en las camisetas de los que poblaban el coso jarrero, desde niños a veteranos curtidos. Y acentos llegados de todo el norte, desde Barcelona a Vigo. Los miles de seguidores de Los Suaves sabemos que cada noche es única, que cada concierto queda uno menos y muchos procuramos acudir a cuantos podamos. Porque en medio año ya no habrá más oportunidades.

La luz se apaga. Suena ‘Les Preludes’, la banda coge posiciones y estallan las guitarras. ‘Preparados para el rock n’ roll’ encuentra a un público que lo da todo desde el primer acorde, a una banda feliz y un sonido aplastante, que reinará toda la noche (gran trabajo siempre de los najerinos AGT). ‘Palabras para Julia’ enloquece a todos y ‘Maldita sea mi suerte’ endurece la velada con cientos de puños en alto y gargantas que lo dan todo. Como la de Yosi, que pese a estar gastada por sus 68 años, es ese flautista de Hamelin que conduce al público de la mano al disfrute. En su arropo, una banda de maestros que apisona en cada canción.

La banda recupera ‘Adiós, adiós’ en esta segunda parte de la gira de despedida. Tiene más sentido que nunca, al igual que ‘Cuando los sueños se van’, ambas de su último disco de estudio. Y desde ahí, la noche se llena de himnos, uno detrás de otro. Y Yosi y el público se dejan la vida en cada verso de ‘Pardao’, en ‘Sabes, ¡Phil Lynott murió’, ‘Por una vez en la vida’ y el gran himno que alborota todo, ‘No puedo dejar el rock’.

Los Suaves han dibujado la vida en cada verso, nos han explicado la razón de la felicidad y la tristeza y, con la genial mirada de Yosi, nos han hecho mejores. Por eso, en esta hora del adiós, se ven lágrimas, abrazos, rostros compungidos. Agradecimiento a una banda que también se emociona. ‘Si pudiera’ lo dice todo… Ay, si pudiéramos…  ‘Malas noticias’ atrapa todas las voces hacia la recta final con ‘Mi casa’, el himno gallego ‘El afilador’ y la archi-popular ‘Dolores se llamaba Lola’, con lluvia de confeti y Yosi blandiendo la bandera riojana, con una sonrisa agradecida y una pancarta desde el público que daba ‘Gracias por 35 años de rock’.

Todos necesitábamos más y en la noche suena la locomotora heavy de ‘San Francisco Express’ antes de entonar la antagónicamente alegre ‘Ya nos vamos’. La banda hace un amago de retirada pero regresan con la locura de ‘Dulce castigo’, combulsionando la arena. La última era otro zarpazo, ‘La noche se muere’, con una enorme exhibición de Alberto Cereijo y Fernando Calvo a las guitarras sobre una base rotunda de Charli Domínguez y Tino Mojón.

La ovación, larga, feliz a la vez que triste. Y volvía a rondar el mismo interrogante sin respuesta a quienes les hemos visto varias veces en esta gira: Los Suaves probablemente están en su mejor momento desde 1998, ¿por qué retirarse? No hay respuesta conforme. Eso sí, la última vida del gato está siendo como a todos nos gustaría que fuese nuestro final: digno. ¡Siempre Suaves!

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Azkena Rock Festival 2014, lo fresco frente a lo caducado

Azkena Rock Festival, el lugar al que hay que acudir cada año, las fechas marcadas a fuego en el calendario rockero. A las campas de Mendizabala, el mejor recinto y ambiente festivalero del país, acudimos a una nueva edición de un festival fundamental, que volvió a conjugar la fórmula de viejas glorias y bandas de presente y futuro dentro de todo el abanico de sonidos que se bifurcan alrededor del rock.

Si en otras ediciones las viejas glorias nos regalaron conciertos memorables –ejemplo, Lynyrd Skynyrd-, ésta 2014 nos ha demostrado que no todas valen, que Blondie, Scorpions o Violent Femmes tuvieron su momento, lo disfrutaron e hicieron disfrutar, pero que ya es hora de que den un paso hacia la jubilación y dejen los escenarios a otros. Porque éste es el momento de Monster Truck, de Kadavar o de los arrolladores adolescentes The Strypes. Ellos fueron los triunfadores de esta decimotercera edición junto a nombres ya consagrados como Wolfmother, Unida, Joe Bonamassa o el rudo bluesman Seasick Steve.

 

Viernes 20 de junio, primera jornada: el rock contra la tormenta
Hicimos la entrada anual al querido recinto de Mendizabala con la mirada en el gris, encapotado y amenazante cielo que se cernía sobre el Azkena. En el escenario grande abrían esta edición 13 Left to Die, finalistas del XXV Concurso Villa de Bilbao y que inyectaron un metal core aceleradísimo y bruto a dos voces casi inusual por este festi. El público, siempre respetuoso y abierto a todos los sonidos, llenó la campa y ovacionó su entrega.

En esta primera hora la carpa se estrenaba con uno de los grandes alicientes de esta edición, los canadienses Monster Truck, que con su ‘Furiosity’ han firmado uno de los grandes discos de hard rock de los últimos años. ‘The lion’ abría su descarga y, pese al opaco sonido inicial, mostraron toda su riqueza: la extraordinaria voz del bajista Jon Harvey, la locura setentera de Steve Kiely y el enorme rollazo que imprime a su sonido el Hammond de Brandon Bliss. El sabor setentero de ‘Old train’ y ‘The giant’, la épica rock de ‘Sweet mountain river’, el bluesazo ‘For the sun’, el nuevo tema que están estrenando ‘Shell’ o el guiño al primer ep ‘Space nebula’ atrapaban al público en una brillante actuación que finalizaron con ‘Seven seas blues’ de su segundo ep, con la que acabaron con todo el público enganchado a su coro. De hecho, mientras la tormenta tronaba, ese coro protagonizó uno de esos momentos mágicos del Azkena: mientras los cuatro músicos recogían su equipo, todo el público continuó el coro durante unos minutos… la emoción en los rostros de los de Ontario arrancó una enorme ovación. ¡Son el futuro!

Mientras ovacionábamos a Monster Truck, la tormenta arreció de mala manera sobre Mendizabala. La fuerte tormenta eléctrica obligó a suspender a los suecos Bombus, llamados a endurecer la tarde. Pacientemente esperamos al cambio de equipo para que los irlandeses Hudson Taylor desplegaran su folk autóctono con guiños americana y country que invitó a bailar y que no decayera el ánimo pese al tormentón.

La amenaza aún acechaba cuando volvimos al escenario grande para disfrutar de una de las joyas de esta edición, el bluesman Seasick Steve y su colección de guitarras artesanales junto al batería Dan Magnusson. Cuando degustábamos su segundo tema, el tormentón volvió y nos caló a todos. Pronto pasó y pudimos volver para disfrutar y bailar con temazos como ‘Bring it on’, ‘Walkin’ man’ o el clásico ‘Thunderbird’. Únicamente con la batería y esa retahíla de guitarras que parece reciclar de un punto limpio, el dúo consiguió un aluvión de música adictiva que enganchó a todos, en una de esas actuaciones de ambiente Azkena 100%.

Como The Stranglers no nos llamaban nada por muy mitos pop de los 80 que sean nos asomamos al tercer escenario, que abrió su programa con The Midnight Travellers después de que Bourbon tuvieran que suspender por la tormenta. Rock clásico para dar camino a la cena antes de adentrarnos en la noche.

La presencia de Scorpions trajo al Azkena a un público más amplio del habitual, desde heavys de toda la vida a los que venían a escuchar sus hits radiofónicos. Aunque el sonido de los alemanes no es esencia ARF, su casi medio siglo de carrera les convierte en legendarios y había ganas de verles, más tras las buenas referencias de sus recientes shows en Madrid. La campa del escenario grande estaba a rebosar con las 14.102 personas reunidas en la primera jornada. Tras la intro, ‘Sting in the tail’ de su última obra abría con fuerza con ese ‘Bang bang!!’. Pero algo fallaba. Sí, la enorme pantalla de fondo con los efectos era espectacular, pero el sonido era pobre y el tema no llevaba el tempo que precisaba.

Con ‘Make it real’, ‘Loving you Sunday morning’ y el clasicazo ‘The Zoo’ pasó lo mismo, apenas había volumen y los temas sonaban demasiado ralentizado, como si Klaus Meine precisara lentitud para llegar a las notas. Tristemente, ‘The zoo’ fue el zarpazo que es. Ni siquiera el instrumental ‘Coast to coast’ retomó la velocidad que requiere el tema y el medio tiempo baladístico ‘The best is yet to come’ ratificó que algo fallaba. Mucha postura, muchas sonrisas y guiños al público, un repertorio lleno de clásicos… pero la música no tenía la fuerza y la magia con la que los Scorpions nos han atronado siempre.

Quien suscribe esto adora a Scorpions, es de mis bandas favoritas… si alguien me llega a decir que me hubiera ido de un concierto suyo le hubiera tachado de loco. Pero sí. Aunque me parecía imposible, nos fuimos mientras sonaban los acordes de ‘Send me and angel’ y volvía a comenzar a llover, eso sí, con gran parte del público entregado a los alemanes. Desde la carpa oímos que en las baladas sonaron como son, aunque Meine daba más el coro al público que cantar él. Con tristeza, ‘Blackout’ y ‘Big city nights’ perdían frescura… y, de repente, en la carpa nos encontramos con más fans de los alemanes que también se vieron obligados a abandonar la actuación. La decepción y tristeza ya fue absoluta cuando, entre los interminables y cansinos solos, oímos un solo de conga… ¡sí, de conga! Con ritmos caribeños en un concierto de Scorpions… una pena enorme. Sólo el bis con ‘Still loving you’, ‘Winds of change’ y ‘Rock you like a hurricane’ sonaron como debían. Probablemente haya sido la mayor decepción en directo de mi vida… Por favor, que dejen al fin los escenarios grandes y, si quieren seguir, se refugien en acústicos en teatros.

Y a la carpa salieron los británicos Turbowolf para dar lo que justo necesitábamos en ese momento: una arrolladora descarga de histeria rockera, de punk metalizado y enloquecido sin ninguna base ni descripción establecida. Que su cantante Chris Georgiadis saliera enfundado en una camiseta de Faith No More y que se presentaran ácidamente como “We are the motherfuckin real winds of change” fue la mejor referencia para el caos sonoro a todo volumen que lanzaron los de Bristol. Mientras repasaban los temas de su álbum homónimo y diversos singles, el público unió su adrenalina montando el pogo más bestia del festival. Había ganas de energía y nos despertaron a todos desde ‘Ancient snake’ a ‘Read&write’.

En este Azkena de contrastes, Marah volvían al que Dave Bielanko calificó en varias ocasiones como el mejor festival del mundo. En esta ocasión, su formato era para presentar ‘Mountain Minstrelsy of Pennsylvania’, la recuperación de canciones del country-folk estadounidense del XIX y XX. Para ello contó con un invitado que encandiló a todos, Gus Tritsch, un rubiales de 8 años que deslumbró a todos al violín y al banjo. La banda sonó perfecta, conectó con el público al bajar a cantar entre el foso y se llevaron una ovación llena de cariño.

Volvimos a la carpa para acaba la noche a lo grande, con Unida, uno de los proyectos de un nombre icónico del rock, John Garcia, la voz de Kyuss. Sin alejarse del stoner, Unida suenan más rockeros y la voz de Garcia viaja a terrenos más agudos. Una enorme presencia en el escenario con el magnetismo de Garcia y la poderosa imagen del barbudo Arthur Seay atrapó a todo el público –debían haber tocado en el grande-. Con la carpa llena abrían con la cadencia de ‘Wet pussycat’, cabeceamos con ‘Thorn’ y ‘Puppet man’, nos ponían a dar botes con ‘Human tornado’ y, pese al cansancio, les exigimos un bis que ellos remataron con toda la fuerza a la velocidad de ‘Black woman’. Probablemente, el mejor concierto de la jornada.

 
Sábado 21 de junio, segunda jornada: el triunfo de los nuevos viejos aires
El sol nos recibía en Mendizabala y la amenaza de lluvia no se cumplía mientras Niña Coyote eta Chico Tornado desplegaban en el escenario grande una de las propuestas más interesantes del día: Ursula Strong –Culebras, Zuloak- a la batería y Koldo Soret a la guitarra –Surfin Kaos o Chico Boom entre otros- desplegaban un metal moderno, pesado, grueso, profundo, cantado en euskera que encandiló al público inicial de esta segunda jornada.

Propuesta similar era la de las británicas Deap Vally en la carpa, a la batería y guitarra, sin más. Pero quizá compararlas con White Stripes es excesivo y todavía tienen mucho que pulir. Eso sí, contagiaron el baile a muchos en el día de cumpleaños de su cantante Lindsey Troy a través de los temas de su ‘Sistrionix’, aunque se les acabó el tiempo antes de tocar ‘End of the world’.

De vuelta al escenario grande, The Temperance Movement nos ofrecieron lo que muchos esperamos de las tardes del Azkena: una buena dosis de rock clásico, con acercamiento al sureño, mientras echamos unas birras al sol con los amigos. Con ese ambiente único del festival ya generado y la referencia a los Crowes más que evidente, los de Glasgow conectaron muy bien con el público para ganarse una sonora ovación.

Para muchos The Strypes era uno de los grandes alicientes del festival. Mucho se ha escrito sobre estos adolescentes entre 16 y 18 años. Su debut ‘Snapsot’ es un pelotazo de rock n’ roll de raíz. Y en escena lo descargaron como una absoluta avalancha garajera. Algunos se tenían que frotar los ojos para ver a unos jovenzuelos con cara de niños descargar con esa fuerza frenética rock n’ roll que se remonta a los años 60. Con la carpa llena a rebosar, temas acelerados como ‘She’s so fine’ u otros más bailables como ‘I can tell’ o ‘Blue collar Jane’ les encumbraron como uno de los triunfadores de esta edición. Viendo cómo se comportan en escena y lo que logran transmitir, sólo expresamos buenas esperanzas para este grupazo.

Media vuelta y encontrarnos en el grande con Violent Femmes. Comenzaron con ‘Blister in the sun’, su gran hit, el tema que todo el mundo quería escuchar. Lo escuchamos y sentimos que su folk con tintes pop que tanto triunfó en los 80 ya no emocionaba y fuimos a gozar del rock de The Soulbreaker Company en el tercer escenario. Y los vitorianos se marcaron un conciertazo con toda su campa llena.

La mayoría hubiéramos preferido ver a Joe Bonamassa en el escenario principal. Pero ante el lujo de verlo en la carpa, muchos cogimos sitio para ver al genio de las seis cuerdas en una de las actuaciones más intensas y brillantes de la jornada. Ya nos deleitó hace dos años con Black Country Communion, y en esta ocasión nos ofreció una descarga de blues-rock apabullante, liderando la escena tanto a la voz como recorriendo el mástil a toda velocidad y sentimiento. Desde ‘Oh beautiful’ a ‘The ballad of John Henry’, Bonamassa nos deleitó con su destreza y sentir. Pero no sólo él, sino toda la banda que le acompaña, en especial Carmine Rojas al bajo, uno de esos tipos que te quedarías horas viéndole tocar. Una descarga sobrenatural.

Tras esta lección, era el momento de la cena mientras oíamos de lejos a Blondie. Muchos lamentaron su mal sonido, que según la organización del Azkena fue responsabilidad de sus técnicos. Pero donde no hay mata no hay patata. Y quizá Blondie tuvieron su momento, pero no lo es en el 2014. Muchos sólo vimos a una señora mayor que no se movía en el escenario y que no llegaba a las notas. Su versión del ‘Fight for your right’ de Beastie Boys resultó esperpéntica, más cuando fue la que más animó al público. Por favor, Last Tour, de alguien que lleva diez años yendo al Azkena: el próximo año ‘llamar’ a alguien que merezca también por presente el horario estelar.

Y ellos son Wolfmother. Mientras recordábamos su exhibición del 2006, cuando se lo pusieron crudo a Pearl Jam, los australianos salieron a escena con toda la fuerza de ‘Dimension’ y ‘New moon rising’. Y el público les recibió con toda la complicidad y entrega, más cuando en los primeros compases acudían a esas maravillas que son ‘White unicorn’ o ‘Woman’ de su maravilloso debut, en el que nos sorprendieron mezclando en el mismo cóctel a Sabbath, Zeppelin y Purple.

En la parte central acudieron a la profundidad de su tercer disco, como ‘How many times’ o el propio ‘New crown’ además de a los inicios con ‘Mind’s eye’ y ‘Apple tree’. A pesar del escaso sonido que tuvieron al principio, el público estaba entregado con los australianos y Andrew Stockdale se mostró encantado, conectando mucho con la audiencia y recordando su anterior paso por el Azkena. Un incansable Ian Peres del bajo a los teclados y Hamish Rosser a la batería fueron sus perfectos acompañantes. La recta final con ‘Vagabond’ y la fuerza de ‘The joker and the thief’ y todo el público botando fue el colofón a una de las grandes actuaciones de este año. Dice mucho de Stockdale que después compartiera con el público charla, fotos y cerveza mientras disfrutábamos de Kadavar.

El cansancio ya era notable entre los 11.930 asistentes a la segunda jornada cuando Royal Thunder desplegaron en la carpa su rock progresivo de tintes setenteros. Convenciendo con cada tema de su ‘CVI’ al público, se llevaron una gran ovación.

Quien suscribe no va a negar que Kadavar era el grupo que más ganas tenía de ver y gozar en el Azkena. Sus dos primeros discos nos llevan al corazón de unos Sabbath primitivos y lisérgicos, marcados por un tempo machacón y puntual como buenos alemanes y con unos temas adictivos. Dispuestos los tres músicos al mismo nivel en el escenario, el barbudo y melenudo Christoph ‘Lupus’ Lindemann compartió el peso del show con el batería Cristoph ‘Tiger’ Bartelt, cuya manera de aporrear su kit y los platos hipnotizó al público. Al otro lado, Simon ‘Dragon’ Bouteloup engordaba el sonido de los alemanes mientras se fumaba un puro.

Desde el inicio con ‘Liquid dream’, su segundo disco fue el eje de su actuación, con temazos como ‘Eye of the storm’o ‘Black snake’, además de viajar al primero con ‘All out thoughts’. Pese al cansancio, el público se entregó a su ceremonia de martillo pilón, de ritmos envolventes y aplastacabezas. Cuando se despedían con ‘Creatures of the demon’, quien suscribe tenía la sensación de haber disfrutado de un conciertazo, de quizá el mejor del festival. Las opiniones alrededor me lo ratificaron mientras iniciábamos la cuenta atrás hacia el Azkena Rock Festival 2015… ¡ahí estaremos! ¡Larga vida al Azkena!

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Buckcherry y Skid Row, la fiesta rock de este a oeste

Jueves 19 de Junio del 2014: Buckcherry, Skid Row y Buffalo Summer, sala Santana de Bilbao


En el camino hacia la cita fundamental del Azkena Rock Festival, la bilbaína Santana acogía un día antes un cartel que parecía propio del festival vitoriano: la oportunidad de ver en sala a Buckcherry con su nuevo disco se nos hizo irresistible y de recordar a los grandísimos Skid Row. La tarde la abrieron los galeses Buffalo Summer, un magnífico aperitivo cuyas referencias inevitables son una conexión entre Led Zeppelin y los Thunder de inicios de los 90 acentuando el sabor sureño. Media hora de concierto con sonido y actitud auténticos perfectos  para abrir el fin de semana.

Como hacen en su gira, Skid Row y Buckcherry se alternan el cierre cada velada. En Bilbao, los angelinos tomaron el relevo en escena para ofrecer una descarga sin contemplativos, directa, bofetada tras bofetada, con una actitud festiva y agresiva a la par y un Josh Todd que se adueñó de todas las miradas con un magnetismo y un carisma que sólo tienen unos pocos llamados.

Abrieron acudiendo directamente a un clásico, ‘Lit up’ y su conexión con el público fue inmediata. Sonido perfecto, trallazo rockero tras trallazo rockero, Buckcherry recorrieron todos sus discos alternando bombazos como ‘Dead’ o ‘Porno star’ con delicias como ‘Everything’ o ‘Sorry’. ‘Gluttony’ o ‘Wrath’ eran las referencias de su última obra, mientras todos sudábamos brindando los coros con un Todd soberbio, magnético y una voz rota que imprimía aún más fuerza al directo. Tras el clasicazo de ‘Crazy bitch’, el vacile festivo absoluto fue la despedida con su macarra versión del ‘I love it’ de Icana Pop, que desconcertó a los más puristas y puso a bailar a los que entendían su cóctel de rock y fiesta. Buckcherry nos dejaron con la sensación de que difícilmente veríamos un puñetazo tan directo de rock en todo el fin de semana que nos esperaba.

Uno de los dilemas de la historia del rock es hasta dónde hubieran llegado Skid Row si Sebastian Bach hubiera continuado. Tras firmar dos primeros discos que son pura ley del rock, los caminos se separaron. Asimilado y finiquitado el debate de que no son lo mismo sin Bach, nos dispusimos a disfrutarlos sabiendo que nos venía una descarga de temazo tras temazo. Y así fue tras la entrada con ‘Let’s go’, de su último EP. Desde ‘Big guns’, todo fueron joyas como ‘Makin’ a mess’, ‘Piece of me’, la durísima ‘Riot act’, las deliciosas’18 and life’ e ‘In a darkened room’, el trallazo ramoniano ‘Psycotherapy’ con Bolan a la voz… ‘Thickskin’ y ‘Kings of the evolution’, con sabor puro Row fueron las únicas concesiones a las obras de este milenio.

Era un repertorio brutal, con la mayor parte del público gozándolo, pero con un pero: la voz de Johnny Solinger. El cantante lo dio todo, puso todas las ganas, una actitud irreprochable, igual que el resto de la banda con Dave Sabo y Scottie Hill a las guitarras… pero Solinger ni se asomó a los tonos más altos que dejó grabados Bach en los primeros discos… Como quizá hoy tampoco podría alcanzarlos el propio Seb, nos dedicamos a disfrutar un conciertazo cuya recta final nos dejó a todos sudorosos y afónicos con cuatro himnos absolutos: ‘I remember you’, ‘Monkey business’, ‘Slave to the grind’ y ‘Youth gone wild’… ay, si los hubiéramos visto en los primeros 90…

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