La Rioja

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Categoría: grupo internacional
Buckcherry y Skid Row, la fiesta rock de este a oeste

Jueves 19 de Junio del 2014: Buckcherry, Skid Row y Buffalo Summer, sala Santana de Bilbao


En el camino hacia la cita fundamental del Azkena Rock Festival, la bilbaína Santana acogía un día antes un cartel que parecía propio del festival vitoriano: la oportunidad de ver en sala a Buckcherry con su nuevo disco se nos hizo irresistible y de recordar a los grandísimos Skid Row. La tarde la abrieron los galeses Buffalo Summer, un magnífico aperitivo cuyas referencias inevitables son una conexión entre Led Zeppelin y los Thunder de inicios de los 90 acentuando el sabor sureño. Media hora de concierto con sonido y actitud auténticos perfectos  para abrir el fin de semana.

Como hacen en su gira, Skid Row y Buckcherry se alternan el cierre cada velada. En Bilbao, los angelinos tomaron el relevo en escena para ofrecer una descarga sin contemplativos, directa, bofetada tras bofetada, con una actitud festiva y agresiva a la par y un Josh Todd que se adueñó de todas las miradas con un magnetismo y un carisma que sólo tienen unos pocos llamados.

Abrieron acudiendo directamente a un clásico, ‘Lit up’ y su conexión con el público fue inmediata. Sonido perfecto, trallazo rockero tras trallazo rockero, Buckcherry recorrieron todos sus discos alternando bombazos como ‘Dead’ o ‘Porno star’ con delicias como ‘Everything’ o ‘Sorry’. ‘Gluttony’ o ‘Wrath’ eran las referencias de su última obra, mientras todos sudábamos brindando los coros con un Todd soberbio, magnético y una voz rota que imprimía aún más fuerza al directo. Tras el clasicazo de ‘Crazy bitch’, el vacile festivo absoluto fue la despedida con su macarra versión del ‘I love it’ de Icana Pop, que desconcertó a los más puristas y puso a bailar a los que entendían su cóctel de rock y fiesta. Buckcherry nos dejaron con la sensación de que difícilmente veríamos un puñetazo tan directo de rock en todo el fin de semana que nos esperaba.

Uno de los dilemas de la historia del rock es hasta dónde hubieran llegado Skid Row si Sebastian Bach hubiera continuado. Tras firmar dos primeros discos que son pura ley del rock, los caminos se separaron. Asimilado y finiquitado el debate de que no son lo mismo sin Bach, nos dispusimos a disfrutarlos sabiendo que nos venía una descarga de temazo tras temazo. Y así fue tras la entrada con ‘Let’s go’, de su último EP. Desde ‘Big guns’, todo fueron joyas como ‘Makin’ a mess’, ‘Piece of me’, la durísima ‘Riot act’, las deliciosas’18 and life’ e ‘In a darkened room’, el trallazo ramoniano ‘Psycotherapy’ con Bolan a la voz… ‘Thickskin’ y ‘Kings of the evolution’, con sabor puro Row fueron las únicas concesiones a las obras de este milenio.

Era un repertorio brutal, con la mayor parte del público gozándolo, pero con un pero: la voz de Johnny Solinger. El cantante lo dio todo, puso todas las ganas, una actitud irreprochable, igual que el resto de la banda con Dave Sabo y Scottie Hill a las guitarras… pero Solinger ni se asomó a los tonos más altos que dejó grabados Bach en los primeros discos… Como quizá hoy tampoco podría alcanzarlos el propio Seb, nos dedicamos a disfrutar un conciertazo cuya recta final nos dejó a todos sudorosos y afónicos con cuatro himnos absolutos: ‘I remember you’, ‘Monkey business’, ‘Slave to the grind’ y ‘Youth gone wild’… ay, si los hubiéramos visto en los primeros 90…

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Iron Maiden, el séptimo regalo

Iron Maiden y Anthrax, 29 de mayo del 2014 en el BEC de Barakaldo

Las 15.000 entradas agotadas desde semanas antes, un ambientazo en negro como el de las grandes ocasiones y el mítico Eddie por cada rincón. De nuevo, la Doncella de Hierro mostró este jueves en Barakaldo que sigue reinando… y que la profecía del séptimo hijo de un séptimo hijo es una de las obras cumbre de la música.

Hace un año, Iron Maiden nos regalaron la oportunidad de resarcirnos a los que éramos demasiado críos para disfrutar del que, probablemente, ha sido el mejor cartel de la historia del heavy metal: el Monsters of Rock de 1988 con Iron Maiden, Metallica, Anthrax, Helloween y Manzano. Y tras dos años de gira mundial, Barcelona y Bilbao abrían la pasada semana el último tramo del Maiden England, que finaliza el 5 de julio en Knebworth. Tan cerca de casa, fuimos muchos los riojanos que nos acercamos para volver a vibrar en el Bilbao Exhibition Center, donde disfrutamos el 27 de mayo del 2013 del inicio de su tramo europeo (aquí aquella crónica).

El aperitivo al regalazo eran Anthrax. Después de que la suya en el Sonisphere de Barcelona (aquí la crónica) fuera una de las actuaciones más poderosas del festival, esperaba mucho. Pero los californianos emularon prácticamente el repertorio de hace un año, sin ninguna sorpresa y sí con un sonido muy pobre, embarullado y para nada digno de su nombre. Eso sí, comenzar con el trallazo ‘Caught in a mosh’, el frenético ‘Got the time’ (primera versión de la noche) y seguir paseando por el mítico ‘Among the living’ con ‘Madhouse’ –con guiño inicial a ‘The ripper’ de los Judas- y el gran ‘Indians’ es tremendamente disfrutable, más con la enérgica y agradecida puesta en escena de cada músico a lo largo de todo el escenario.

‘Fight’em till you can’ es la única concesión a su última obra. Y vuelven a ofrecernos algo incomprensible: en 45 minutos de actuación, vuelven a marcarse ‘TNT’, de AC/DC, con guiño final a ‘Back in black’. Por mucho que Scott Ian se la dedique a Malcom Young alabándole como uno de los mejores guitarristas de la historia, por mucho que la peña la disfrute y cante, no tiene sentido que tres de los ocho temas que tocan sean versiones. Porque tras el alocado ‘I am the law’, el ‘Antisocial’ de los Trust cierra la actuación con todo el mundo volcado y Joey Belladona recordando a Dio en la despedida.

El descanso nos trasporta al apocalíptico mundo helado de la profecía de la séptima obra de Maiden. Cuando suena el ‘Doctor, doctor’ de UFO sabemos que la cuenta atrás ha comenzado. Tras el vídeo que muestra las catástrofes que acechan a un planeta maltratado, los versos “Seven deadly sins, seven ways to win” nos llevan hacia ‘Moonchild’ y la explosión de la banda en escena. Entran con todo el ímpetu pero, de nuevo, con un sonido deficiente. De las tres veces que quien suscribe ha visto esta gira, en ninguna ha sonado bien. El público enloquece al corear ‘Can I play with madness’ y el sonido al fin es digno con ‘The prisoner’, uno de los regalazos de esta gira, que pone a las 15.000 personas a cantar a todo pulmón junto al himno ‘Two minutes to midnight’.

Emociona ver a la banda en el mastodóntico escenario, en plena forma y mucho más rodados que hace un año, con los clásicos cayendo uno detrás de otro, a un ritmo eléctrico. Steve Harris ametralla las primeras filas mientras Murray, Gers y Smith se turnan los solos, McBrain apisona desde atrás y Dickinson es el perfecto director de escena, contactando con el público constantemente a base del emblema “Scream for me, Bilbao!”.

Dentro de lo cuadriculados que son los británicos con sus repertorios, habían anunciado algún cambio y el primero llega tras el saludo de Bruce Dickinson, que agradece que 15.000 fans llenemos el pabellón. Y, en el puesto que ocupaba ‘Afraid to shoot strangers’ anuncia ‘Revelations’, una joya que convulsiona la pista. Comprendiendo que la puesta en escena de luces y efectos es una maquinaria que debe estar perfectamente coordinada cada noche, la banda debería tomar nota de cómo los fans agradecemos temas diferentes.

Sin descanso, con una colección de himnos absolutos uno detrás de otro, ‘The trooper’ eleva aún más la temperatura’, ‘The number of the beast’ exhibe la espectacular pirotecnia y llega el trío triunfador del repertorio: ‘Phantom of the opera’, que resume la esencia de Maiden desde el primer disco, es el punto de inflexión que pone a sudar, cantar y saltar a todo el pabellón, seguidos de los coreadísimos himnos ‘Run to the hills’, con la aparición de Eddie, y ‘Wasted years’. Con uno de los repertorios más exquisitos de la historia de la Doncella, el colofón lo pone el mastodóntico himno ‘Seventh son of a seventh son’, tema central de la gira y que exhibe una escenografía espectacular, con el Eddie profético mandando en las diversas atmósferas del escenario.

La habitual inamovilidad del repertorio Maiden cambia de nuevo al sustituir el veloz ‘Wrathchild’ a ‘The clairvoyant’ antes de que el ritual de la comunión público-banda llegue a su máximo esplendor con ‘Fear of the dark’ antes de llegar a la recta final con ‘Iron Maiden’.

Pedimos más, claro, y llega uno de los momentos más salvajes de la noche. Tras el discurso de Churchill arengando a los británicos ante el azote nazi, ‘Aces high’ nos sacude con un Dickinson absolutamente fantástico, llegando entre fogonazos a unos agudos complejísimos a estas alturas del concierto y con una actitud arrasadora. De un modo inadmisible para una banda tan grande, el sonido empeora y empaña la recta final con otro himno, ‘The evil that men do’, y el primitivo ‘Sanctuary’, que sustituye a ‘Running free’ y deja demasiado frío al personal en una despedida en la que los fans echamos de menos de nuevo ‘Infinite dreams’ o ‘Hallowed be thy name’.

A pesar de la insistencia del público, las luces se encienden y suena el ‘Always look on the bright side of life’ de los Monty Python, la despedida definitiva, en la que sabemos que hemos gozado de lo lindo de uno de los repertorios más sabrosos de una de las bandas más grandes de la historia de la música.

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Letz Zep, el intenso viaje al corazón del Zeppelin

Cuando les premiamos con una estruendosa ovación en el final del ‘Inmigrant song’ que sacudió nuestras cabezas tras dos horas de exhibición y sentimiento, a muchos de los que llenamos el Biribay en la noche de este domingo nos vino una pregunta a la cabeza: si lo de Letz Zep fue una barbaridad musical, ¿cómo fue vivir aquellos conciertos abrasadores de los 70 con los verdaderos Led Zeppelin, con su maestría y esa colección de maravillas musicales que son fundamentales en el legado de la historia de la música?

En la proliferación de bandas tributo de los últimos años –un síntoma más de la grave crisis musical-, pocas tienen sentido. Una de ellas es la británica Letz Zep, considerada la mejor banda tributo a los Zeppelin y de quienes el propio Robert Plant ha dicho que “viéndoles me veo a mí mismo en escena”.

Los riojanos tuvimos la fortuna de que una de las diecisiete fechas de su gira nacional recalara este 2 de febrero en el Biribay Jazz Club de la mano de la promotora Boogy Music. Tras varias visitas a nuestro país, cada vez con más éxito, Letz Zep anunciaron que en ésta honrarían los 45 años de los dos primeros e históricos álbumes de los Zeppelin, publicados el 12 de enero de 1969 y el 22 de octubre de ese año respectivamente alumbrando el sonido heavy desde el blues y pasando a la historia como dos de los álbumes más influyentes.

Con esa premisa, y el Biribay abarrotado de un público de todas las edades, desde jóvenes a curtidos veteranos, la descarga de Letz Zep arrancó como lo hace la discografía de los Zeppelin, con la enérgica ‘Good times, bad times’ (I). Y desde el principio, el sonido fue perfecto y contundente y la banda se mostró en imagen, gestos y, sobre todo, interpretación como una fiel revisión de los originales. De hecho, Andy Gray vestía la misma imagen que el Jimmy Page del mil veces visionado ‘The song remains the same’.

‘Heartbreaker’ (II), ‘Living loving maid (she’s just a woman)’ (II) y ‘Ramble on’ (II) enlazaban un inicio rockero en el que Billy Kulke alcanzaba los registros de Robert Plant y jugaba con desparpajo con el público, chapurreando castellano; Benjy Reid ‘el Vikingo’ se mostraba como un enloquecido batería totalmente embriagado del legado de John Bonham; y Steve Turner, como el mismo John Paul Jones, fortalecía sin excesos la retaguardia con su bajo y teclado.

Tras el poderoso inicio, el concierto entró en zona intensa y desgarradora, con unos arrebatadores ‘Babe, I’m gonna leave you’ (I), ‘Dazed and confused’ (I) con el solo con arco de violín de Gray incluido emulando al del extenso de Page, y ‘What is and what should never be’ (II) con un feliz viaje al riff embriagador de ‘Hoy many more times’ (I), temas de extensas exhibiciones instrumentales, mucho sentimiento y público absolutamente atrapado. Una absoluta salvajada musical con parte del mejor legado de la historia musical.

Turner se sentaba al teclado para rubricar ‘Thank you’ (II), en la que la intensidad mágica de la noche siguió en ascenso. La exhibición continuó con la instrumental ‘Moby dick’ (II), en la que Reid se marcó un bestial solo de batería. Como comentó un amigo, para versionar a Led Zeppelin tienes que tener a un grandísimo batería, porque Bonham fue el mejor. Y Reid estuvo a la altura con su larga melena rubia y su contundencia y velocidad.

La calentísima ‘Whole lotta love’ (II) ponía el final a la actuación, pero el público reclamó con fervor más. El bis alcanzó a las dos siguientes obras maestras de Zeppelin, gozando todos de tres himnos monumentales: la coreadísima ‘Black dog’ (IV), la emocionante ‘Stairways to heaven’ (IV) con Gray empuñando la Gibson Les Paul de doble mástil y la frenética ‘Rock n’ roll’ (IV). Con la sala rendida a Letz Zep, Kulke preguntó qué queríamos. ‘Kashmir’, ‘Achiles last stand’, ‘In my time of dying’… pedimos de todo, pero esa noche no se iban a salir de los álbumes numéricos, Turner dio un paso adelante y atacó el riff icónico de ‘Inmigrant song’, volviendo loco al público. Un final apoteósico para un concierto inolvidable, que nos hizo viajar por algo más de dos horas al corazón de la historia de la música, al corazón del Zeppelin.

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Azkena 2013, la esencia del rock

Azkena Rock Festival, Vitoria. 28 y 29 de junio del 2013


Avanzar por las campas vitorianas de Mendizabala y encontrarte con esos dos escenarios enfrentados es cada año un momento emocionante, irremediable y necesario. Sabes que, como un oasis, por delante te esperan dos jornadas pegado a la esencia del rock. Eso es el Azkena Rock Festival, un destino al que debe arribar cualquier seguidor de esta música que energiza la vida.

Su duodécima edición llegaba en el último fin de semana de junio con un agrio debate entre sus fieles seguidores. Con la propia organización de la todopoderosa promotora Last Tour International admitiendo que la crisis también les afecta, los azkeneros lamentábamos la ausencia de más nombres de relieve en el cartel y, sobre todo, un cabeza para el sábado. Eso sí, pese a esa queja, los fieles del ARF éramos conscientes de que íbamos a vivir una nueva edición para recordar porque el festival siempre te regala actuaciones poderosas y sorpresas con grupos que apenas se conocen y que recorren todos los estilos que enraízan el rock. Y así fue. Y pese a las fuertes críticas que recibió el cartel, el Azkena ha vuelto a contar con el apoyo de una hinchada que queremos mantener la fe y futuras ediciones. Así, la jornada del viernes contó con 13.684 asistentes y la del sábado con 11.722 –se resintió por la falta de un cabeza de cartel-.

VIERNES, 28 DE JUNIO
El metal con futuro de los jóvenes bilbaínos Quaoar y el rock setentero de los franceses The Socks abrieron el festival, que tuvo su primer gran momento de afluencia con Sex Museum en el escenario principal. Muy queridos por el público a un pasito de su tercera década, los madrileños volvieron a convencer en su tercera actuación en el festival con su sonido que funde los 70’s con la psicoledia garajera y su arenga para que acudamos a los conciertos en garitos y salas.

A media tarde, la carpa acogía una de las actuaciones más esperadas, los tejanos The Sword. Y arrojaron una descarga de rotundo, denso y pesado rock sabbathiano, con atmosféricas fases doom recorriendo sus tres magníficos álbumes. ‘Arrows in the dark’ y ‘The veil of Isis’ mostraban desde el inicio lo que nos esperaba: riffs machacantes, arrancados directamente de la roca, que te sumergen en su sobria espiral para llevarte de viaje a paisajes sonoros desérticos, desde la esencia de Sabbath a la rugosidad de Kyuss. Les seguiremos la pista muy de cerca.

El debate pre-festival también ha girado sobre la presencia de nombres que, inicialmente, no son ‘grupo Azkena’. Los más sacudidos fueron M-Clan por su pasado comercial. Ante la polémica, los murcianos salieron a ganarse el pan. Y lo lograron haciendo un concierto de rock, sí, un concierto Azkena. Despejaron todas las dudas hostiles con un repertorio de raíz, Carlos Tarque se mostró como un gran front-man y un gran vocalista, Ruipérez se lució a las seis cuerdas y se ganaron la ovación en el principal desde el inicio con ‘Maxi ha vuelto’ hasta la coreada ‘Pasos de equilibrista’ tras homenajear a The Who con ‘Baba O’Riley’. En cambio, para Alberta Cross todo fueron complicaciones: desplegaron sus sonidos indie-pop en una carpa con mal sonido, a la hora de cenar y justo antes del gran atractivo de la jornada, Black Crowes.

Arrancar un concierto con ‘Twice as a hard’ y ‘Sting me’ es ganarte al público desde el primer momento. Y los Cuervos se lo ganaron hasta el último, hasta ese medley que puso a bailar a todo el Azkena con las mágicas versiones ‘Hard to handle’ y ‘Hush’ que aún estamos coreando. Entre las casi dos horas que separaron a unas y otras, puro Black Crowes ante un público derretido y babeando. Los Crowes van y vienen, se separan y se reúnen… quizá ese vivir al límite del talento fraternal de los Robinson les permite tocar las estrellas sonoras más allá de los que simplemente pisan suelo terrenal. En su nueva aparición en el ARF desplegaron rock directo como ‘By your side’ o el envolvente desarrollo guitarrero de ‘Ballad in urgency’ y ‘Wiser time’, que se extendieron durante casi media hora, un regalo que sólo podría apreciar público como el del Azkena. Tras la dulce ‘She talks to angels’ y bailar con ‘Soul singing’, la recta final hizo sublime tocar rock con ‘Thorn in my pride’, el ritmo irresistible de ‘Jealous again’ y la joya ‘Remedy’. Y ese bis que no olvidará nadie…

A la inversa, muchos queremos olvidar la ‘actuación’ de Smashing Pumpkins, que seguro que a alguien gustaría, pero que a la gran mayoría resultó indigna. Tras su tedio rasgavenas, el público despertó gracias al enorme concierto de The Sheepdogs, quinteto canadiense que llegó a última hora para sustituir a Modest Mouse y que muchos apuntarán en su agenda para seguirlos. Los sonidos melódicos y casi Beatles de sus tres discos se endurecieron en directo para regalar un concierto en la carpa de los que agradece el público Azkena. Las melodías y fraseos guitarreros de ‘I need help’, ‘Feeling good’ o ‘Who’ fueron irresistibles para un público que le supo a gloria, al igual que ‘Ewan’s blues’, en el que cantante y teclista se cambiaron los puestos para hacer sonar el trombón. Fue la ovación más larga del Azkena.

El frío y el cansancio hicieron mella en buena parte del público, pero todavía quedaba uno de los platos más apetitosos del día, la sensación sueca Horisont, en el que muchos calificamos como el mejor concierto de la primera jornada. Anclado su sonido en los 70, con descontrolada potencia guitarrera y una peculiar voz aguda, repasaron sus dos grandes discos, en especial ‘Second assault’ con temazos como ‘Time warrior’, la mágica ‘On the run’ o ‘Road to Cairo’ para cerrar con su ‘Nightrider’. Fue una descarga adrenalítica que puso el mejor final.

SÁBADO 29 DE JUNIO
Como un puñetazo a la siesta, Heaven’s Basement arrollaron con su hard rock de nueva hornada en el inicio del sábado en la carpa. Sonido rotundo, directo y una actitud impecable merecieron una larga ovación. Volvimos al principal y a los rocosos sonidos de los 70 con los suecos Troubled Horse. Un bajista loco que agitó su cabeza hasta en las baladas, un guitar hero a los solos y un rítmico negro zurdo con la chupa de cuero atada pese a los 28 grados amparaban a un cantante de psiquiátrico para ganarse por completo al público. No lo hicieron en cambio Los Zigarros, otra que pocos consideraron ‘banda Azkena’. Por fortuna, el festival tiene una variada oferta de tiendas de ropa y discos, zonas verdes con sombras…

Quienes conquistaron a todo el público fueron JJ Grey & Mofro, que encarnaron a la perfección una de las razones por las que vamos cada año a Vitoria: descubrir a media tarde un grupo inolvidable. Soul y rock sureño a borbotones, sublimado con un sabroso rythm&blues con la base de un hammond aplastante y la privilegiada voz de JJ Grey pusieron a bailar y sentir a todo el público, que le regaló la ovación de la jornada en el principal.

Tras su colorido sonoro, los esperados Uncle Acid & The Deadbeats oscurecieron la tarde con sus densos y ácidos ritmos aprendidos directamente de los Sabbath –quienes les han elegido para llevárselos en su gira de reunión, ahí es nada-. Ritmos machacantes e insistentes, densidad hasta desquiciar repasando sus tres discos con una primera parte más directa y martilleante con ‘I’ll cut you down’ o ‘Crystal vipers’ para llegar a abrasar en la final con ‘Mt Abraxas’. Sin duda, los de Cambridge descargaron uno de los conciertos del Azkena.

Con horario estelar, Los Enemigos llenaron de historia y nostalgia el escenario principal, recibiendo el cariño del público que coreó los clásicos de una banda que ha escrito muchos sentimientos en buena parte del rockerío patrio. En este regreso ya consolidado, Josele Santiago y los suyos descargaron uno tras otro sus temas básicos, coreados por gran parte del festival, que los vivió como uno de los atractivos del sábado.

Tras la descarga enemiga, otro gran atractivo eran Gov’t Mule, la banda del genial Warren Haynes, que lograron transformar el festival en un pequeño club para descargar una jam memorable, con fantásticos pasajes guitarreros propios de los sureños. Con momentos para temas más directos, como el ‘Broke on the brazos’ que abre su último disco de estudio, la mayor parte del espectáculo fue toda una exhibición eternos pasajes de blues y rock con la que el trío hizo las delicias del público. La despedida con un ‘Love me do’ reggae no se olvidará.

Otra incógnita a debate del ARF 2013 eran The Gaslight Anthem, la banda de New Jersey apadrinada por Springsteen y llamada por la crítica a renovar la escena. Pero para buena parte del público no tenían la talla para el principal en la noche del sábado. Ante las dudas, el quinteto saltó a descargar rock, puro rock, directo, con grandes estribillos de estadio. Y gustaron no sólo a quienes ya les conocían sino a quienes dudaban. A ello contribuyó su actitud. En sus primeros temas, su líder Brian Fallon saludó, recordó algunos riffs de Black Crowes o Gov’t Mule y confesó su honor por tocar en el mismo escenario. “Nosotros no tenemos temas tan buenos como ellos, hay que ser honesto, ¡pero son nuestros temas!”, lanzó entre la ovación del público, que desde ahí se entregó a su propuesta como las directas ‘Handwritten’, ‘The 59 sound’ o ‘45’ hasta acabar homenajeando a The Who, también con ‘Baba O’Riley’.

Tras tres conciertos en el principal, en el escenario de la carpa esperaba uno de los grupos más prometedores, The Walking Papers desde Seattle con su coctelera de rock y blues de amplio recorrido. Hicieron un gran concierto, sí, con los temas de su fantástico debut, pero les costó remontar la ausencia de Duff McKagan: en una banda en la que la base rítmica y el groove son básicos, que el bajo estuviera pre-grabado fue un lastre irremontable. Eso sí, lo dieron todo: Jeff Angel se entregó por completo e incluso cantó dos canciones entre el público, Barren Martin dio una exhibición a los parches y Benjamin Anderson quiso ser el heredero de Manzarek a los teclados, pero… pero faltaba una piedra angular.

El cansancio adivinaba el final del Azkena. Pero llegados directamente desde Marte, Rocket from the Crypt cumplieron la misión de estrujar las últimas energías del público. Aunque el saludo inicial de Speedo se convirtió en un desquiciante monólogo, cuando la banda comenzó a descargar su rockabilly punk-rock y metalizado a toda velocidad, el ritmo volvió a contagiar al público.

Fue el enérgico final a otro gran Azkena, que se volvió a caracterizar por el gran ambiente que le impregnan gentes de todo el país, el buen sonido, los cómodos servicios, la bebida excesivamente cara…  Sin duda, el año que viene volveremos a repetir el ritual de ir a Vitoria más allá del cartel… porque el Azkena ya es esencia por sí mismo. Algo necesario e imprescindible. ¡Viva el Azkena!

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Ratos de Porao, la autenticidad brutal

Biribay Jazz Club de Logroño, 27 de junio del 2013

Hay un ingrediente fundamental en la música que es la autenticidad. Es el requisito básico para convencer al público, aunque hay muchas bandas que una vez han conseguido el éxito prescinden de él para poner el piloto automático y seguir funcionando por la inercia del talonario gracias a un repertorio nacido de ese primer espíritu. Por fortuna, hay bandas que lo mantienen intacto pese al paso de los años, a la ausencia de éxito o cualquier revés que les llegue.

En el último jueves de junio, el Biribay Jazz Club se volvió a convertir en un refugio irreductible de esa sensación. Con 32 años de crudo underground a sus espaldas, los brasileiros Ratos de Porao pisaban La Rioja para regalarnos otro de esos conciertos que no se olvidan, una carnicería de rabiosos harcore-punk y grindcore que hizo las delicias de un público heterogéneo –desde punks a metaleros- que llenó la pista de un pogo bestial.

Abrieron la noche los logroñeses Matanza, una de las sorpresas de la temporada en la música extrema riojana. Death metal de la vieja escuela, crudo, sin concesiones y sin pulir, con ritmos aplastantes destrozacuellos guiados por una rotunda ejecución musical y la imponente presencia y voz gutural de Morbid. Tras disfrutarlos una vez más, ya tenemos ganas de una grabación que muestre la fuerza avasalladora de la banda.

Entre los que gozaron de Matanza estuvo el Gordo, el cantante de Ratos. Pese a ser una banda con nombre en la escena musical, se mostraron muy cercanos al público, antes, durante y después del concierto. Esos detalles de mostrarse como uno más del público engrandecen.

Tras el cambio de instrumentos, llegaba el turno de los brasileiros. ‘Contando os mortes’ iniciaba una descarga rabiosa, acelerada, que salía de las tripas cabreadas de quien no cree en el sistema establecido. La imagen la mostró el Gordo cuando al ver una bandera brasileira entre el público dejó claro que ellos no creen en ningún nacionalismo sino en la gente. Y a su gente se entregaron sin control. Y el público respondió de una manera alocada, montando un pogo constante sobre la pista del Biribay.

Rabia adrenalítica arriba y abajo del escenario regalaban una estampa que remontaba a lustros pasados. Y es que el underground es así, se mantiene intacto y puro. Con 32 años de caña a sus espaldas, como recordó el Gordo, daba gusto ver a la banda sonreír y pasarlo en grande mientras lanzaba un repertorio hiriente, ácido y veloz. ¡Todo era de verdad! Repasaron sus diversas etapas y lograron los momentos de mayor desquicio con clasicazos como ‘Crucificados pelo sistema’, ‘Morrer’ o ‘Beber até morrer’ (tema que Gordo se toma muy en serio). Tras echar 24 temas en cincuenta y pocos minutos, la peña pidió más y se lo dieron… Y tras el bis, en un guiño que nos dejó sorprendidos, Gordo se fue a la barra a pedir y dejó a la banda haciendo una jam de blues-rock que quedó a las antípodas de la velocidad brutal que reinó una gran y auténtica noche.

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Iron Maiden, el regalo de la séptima joya

Lunes 27 de mayo del 2013, Barakaldo – Bilbao Exhibition Center

Llevábamos 25 años esperando lo que sucedió en la noche de este lunes en el Bilbao Exhibition Center (BEC) de Bilbao. Muchos de los que nos acunamos en el rock a finales de los 80 seguimos mirando con añoranza aquel cartel irrepetible del Monsters of Rock del 88 con Maiden, Metallica, Anthrax y Helloween. Con el lamento de que por la edad no pudimos estar en la plaza de toros de Pamplona, repasamos mil y una veces el mastodóntico y energético vídeo del ‘Maiden England’ soñando con haber estado en esa gira.

Y gracias a la revisión de sus giras míticas y la reedición en DVD de sus vídeos y documentales, la Doncella de Hierro ha cumplido nuestro sueño. Tras la desilusión del tormentón que arruinó su actuación en Zaragoza hace cinco años recordando el glorioso ‘Live after death’, la recuperación de la gira del ‘Seventh son of a seventh son’ es un regalo que ningún seguidor de la música debería perderse.

El anuncio de su presencia en los festivales Sonisphere en Madrid este viernes y Barcelona el sábado materializó el anhelo. Pero la sorpresa llegó cuando Maiden anunciaron que iniciarían la gira europea en un concierto íntimo en Bilbao a modo de ensayo general. Las 4.000 entradas volaron en pocas horas. Los que teníamos sabíamos que éramos unos privilegiados: y este lunes vivimos uno de esos conciertos únicos, irrepetibles, mágicos.

Abrieron la noche Voodoo Six con un hard rock que quiere pisar otros terrenos y no termina de estar en ninguno. El público los acogió con educación y aplaudió su actuación, pero no se involucró. La expectación entre gentes llegadas desde Francia, Bélgica, Alemania, entre otros países, y por supuesto toda España –con notable presencia riojana- iba en aumento a medida que se acercaba la hora. Íbamos a ver a una de las bandas fundamentales de la historia con su mayor montaje pero en un espacio reducido, como en un pequeño pabellón.

Como puntuales que son, a falta de 9 minutos del inicio de la actuación (20.45) sonó ‘Iron Man’ de los Sabbath, seguido del ‘Doctor doctor’ de UFO, señales de que la descarga está a punto de estallar. El delirio se desató cuando comenzó la intro con el vídeo que abre también el vídeo de ‘Maiden England’, alertando de las catástrofes naturales que advierten de la profecía del séptimo hijo del séptimo hijo. Y la locura se desató con ‘Moonchild’, el inicio soñado de un concierto. Y todo el público se puso a botar con ‘Can I play with madness’. Y el delirio estalló con una de esas perlas que sólo se recuperan en este tipo de giras conmemorativas, ‘The prisoner’. Con ‘Two minutes to midnight’ todos nos dejamos las gargantas.

Tras el primer bloque, Dickinson saludó al público llegado de toda España e introdujo el alegado antibelicista de ‘Afraid to shoot strangers’, tema del 92 que no debería estar en esta gira pero que se agradece por ser una rareza en sus últimos repertorios. Con todo, el sonido en la primera parte del concierto adoleció de fuerza y por momentos estuvo embarullado, no digno de una banda grande como Maiden. Por fortuna, con los temas mejoró hasta ser digno, aunque incomprensiblemente empeoró en el último tema.

Su inicio a medio tiempo y la dramática interpretación de Dickinson fueron la última parte tranquila del show. Desde ahí, cayeron clásicazo tras clásicazo sin apenas descanso, con la banda perfectamente engrasada, en un estado de forma excepcional, recorriéndose todos el enorme helado montaje para estar cerca de su público y sobresaliendo Dickinson, que lució un estado vocal inconmensurable. ‘The Trooper’ dio paso a ‘The number of the beast’, que mostró el gran montaje pirotécnico de esta gira, el mayor que han llevado nunca. Pese a que vimos muy pocos menores de 20 años y sí mucho veterano, la banda consiguió alborotar y hacer sudar a todos, montando la fiesta que sólo Maiden con su complicidad saben lograr.

El momento álgido del concierto llegó con el tema que, desde su primer disco, definió el sonido Maiden: ‘Phantom of the opera’. Y la respuesta fue la locura, el tema más cálido de toda la noche, con el público totalmente entregado. Y tras siete minutos mágicos, el coreadísimo ‘Run to the hills’ con el primer Eddie saliendo a escena. Y sin apenas descanso, otro regalo preciado, ‘Wasted years’ con Adrian Smith luciéndose en el coro y en el solo.

Con el público extasiado y absolutamente entregado, llegó el momento magno de la noche, la interpretación de ‘Seventh son of a seventh son’, la primera apuesta progresiva de la banda tras haber asentado a lo largo de los 80 el metal clásico. La interpretación fue fastuosa, teatral, inmensa, con el Eddie profético tras la enorme batería de Nicko McBrain reinando la escena y Dickinson mostrando su garganta privilegiada en los tonos finales.

Siguiendo con el disco homenajeado, ‘The clairvoyant’ continuó la fiesta que se convirtió en comunión absoluta en ‘Fear of the dark’. Sí, es un tema machacado, del 92, que no debería estar en esta gira, pero la complicidad que se da entre banda y público lo hace imprescindible. Y el colofón llegó con el himno ‘Iron Maiden’, en una nueva exhibición pirotécnica, entrega del público y el Eddie de la portada del ‘Seventh Son’ devolviéndonos un puñado de años.

La gente pidió más, claro. Y el sorpresón llegó al sonar ‘Churchill’s speech’, la arenga del líder británico que Maiden convirtieron en la intro de su gira del 85. Y sí, sonó el trallazo ‘Aces high’ para delirio de todo el público. Tema vocalmente muy exigente, con unos agudos estratosféricos, Dickinson sufrió pero lo defendió a la perfección. ‘The evil that men do’ fue otro agradecido regreso al ‘Seventh son’ antes de que la macarra ‘Running free’ pusiera el punto final, no sin antes Dickinson nos presentara a la banda.

Pese a que, como siempre, nos tuvieron tres minutos a oscuras pidiendo otro tema en una aclamación ensordecedora, no se salieron del guión y el ‘Always Look on the Bright Side of Life’ de los Monty Python nos indicó que el concierto había acabado. Es lo único que siempre los seguidores reprochamos a Maiden, que no se salgan del guión, que mantengan el mismo repertorio de la gira norteamericana, sin sorpresas, sin ‘Infinite dreams’ o ‘Hallowed be thy name’. Pero aun así, es de agradecer que nos regalen esta gira enorme, irrepetible, que repasa todas nuestras vidas alrededor del rock. Este fin de semana, no os los perdáis en Madrid y Barcelona, donde los veremos con nuestros Tierra Santa. Up the Irons!!

 

REPERTORIO:

Moonchild
Can I play with madness
The prisoner
2 minutes to midnight
Afraid to shoot strangers
The trooper
The number of the beast
Phantom of the opera
Run to the hills
Wasted years
Seventh son
The clairvoyant
Fear of the dark
Iron Maiden

Churchill’s speech – Aces high
The evil than men do
Running Free

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