La Rioja
img
Dos ruedas, siete valles. Cruzando La Rioja en bicicleta de montaña (3ª etapa)
img
Javier Ezquerro | 11-04-2016 | 22:04

La noche de fiestas en Enciso y el cansancio acumulado después de dos etapas de pedaleo hicieron mella en nuestros ánimos de manera que nuestra última jornada de la vuelta a La Rioja empezó tardía, pasado ya el mediodía. Algo renqueantes por el cansancio y el calor, afrontamos las primeras pendientes del día nada más salir de Enciso con la idea de cubrir una etapa tranquila, que discurrió enteramente por carretera y cuyos principales hitos fueron el solitario puerto de Vallaroso, la localidad de Cornago y un rapídisimo descenso hasta Arnedo desde los altos de Villarroya. Fueron en total 48,3 kilómetros con un desnivel de 853 metros que supimos llevar con mucha templanza e intentamos disfrutar al máximo desde nuestras monturas, insignificantes ante unos paisajes que nos hicieron enmudecer mientras descendíamos hacia Cornago. Aunque de cumbres menos elevadas y relieves más suaves que otras sierras de La Rioja, la comarca resulta tremendamente cruda por la escasez de vegetación y una geología desnuda de barrancos y pliegues geológicos que retuercen las montañas. En este escenario, mientras se desciende el mentado puerto de Vallaroso, uno enmudece y se deja llevar contemplando un extenso horizonte que se pierde más allá de donde acaba La Rioja. Peña Isasa y las cumbres de Yerga plantadas de molinos de viento descuellan en estos confines de la provincia. Algo más lejos, hacia el sureste, la imponente silueta del Moncayo, vertice entre tierras aragonesas, castellanas y navarras.

 

Enciso, nuestro punto de partida de esta tercera etapa, es también el epicentro del turismo de dinosaurios en la región. Los alrededores atesoran buenos yacimientos de huellas y fósiles diversos que la Administración ha sabido explotar creando una infraestructura cuyo principal referente es el Barranco Perdido, una instalación de ocio y aventura con ambientación prehistórica en la que uno se puede sentir Pedro Picapiedra. El complejo destaca en la salida del municipio, poco antes de tomar las primeras pendientes que nos llevaron primero al Villar de Enciso y luego a Navalsaz, antes de coronar las alturas de Vallaroso. Como ha ocurrido en otras aldeas y pueblos de la sierra riojana, tanto uno como el otro gozan hoy de una aceptable salud después de décadas de abandono que casi les borran del mapa. A la altura de Navalsaz, sin llegar a entrar en su casco urbano, hay una buena fuente al pie de la carretera que aprovechamos los cuatro para refrescarnos tras haber completado casi en la totalidad la ascensión al puerto desde Enciso. Las ultimas rampas se completan enseguida y ante el ciclista se abre un amplio panorama de montañas, valles y barrancos que conforman las cuencas del Linares y el Alhama. Se divisa el caserío de Muro de Aguas en una empinada ladera de las muchas que se precipitan desde Peña Isasa y su cordal oriental. Se ven también bosquetes de carrascas, encinas y pinos pero el paisaje es predominantemente áspero, terroso, limpio, inmenso… El descenso del puerto se convirtió así en un ejercicio casi espiritual en el que nos dejamos llevar embobados por la fuerza y la soledad del paisaje.

Fueron una decena de kilómetros sin casi pedalear hasta que la cercanía de Cornago y las ganas de comer nos devolvieron al mundo terrenal. No tardamos mucho en adentrarnos en el apretado casco urbano de la localidad, repleto de empinadas callejuelas y divertidos vericuetos coronados por su afamado castillo. Tras un breve trabajo de investigación e interrogatorio a algún vecino, dimos por fin con el restaurante La Reyes, a quien rendimos un buen homenaje en su concurrido comedor. Colmó nuestra sed y nuestro apetito, y las piscinas municipales acabaron de sanarnos con una cura de sueño y un buen baño mientras la canícula de agosto se iba retirando a medida que discurría la tarde. Y, como no, hubo también visita al castillo poco antes de retomar la ruta con dirección a Arnedo, un suplicio en sus primeros kilómetros por la despiadada pendiente que despega al poco de abandonar Cornago. Impagable la imagen de José en posición de yoga esperando bajo un olivo en una rotonda. Para enmarcar.

 

Con las piernas ya calientes tras el subidón, el recorrido siguió por la LR-283 entre rampa y rampa y algún demarraje que pronto nos situó en el cruce de Villarroya, antiguo poblado minero felizmente recuperado de su ruina y conocido hoy por ser el pueblo de España donde antes votan sus habitantes en las elecciones. Será porque tienen prisa para aprovechar los domingos. Desde los altos de Villarroya, con un paisaje dominado al norte por afiladas rocas verticales que parecen enormes fauces, iniciamos el descenso hacia Arnedo, punto final de la etapa y de nuestra vuelta a La Rioja en BTT. Los últimos 15 kilómetros discurrieron a gran velocidad, sin nada reseñable y con más prisa que otra cosa por llegar mientras se iba poniendo el sol. Aún nos dio tiempo de recargar las pilas nuevamente mientras llegaba Andoni a recogernos para devolvernos nuevamente al Rasillo, ya denoche y cansados, pero repletos de imágenes y experiencias recopilados a lo largo de tres días de pedaleo por las serranías riojanas.

 

 

    MAPA Y DATOS DE LA RUTA

LONGITUD: 48,32 kilómetros.

DESNIVEL ACUMULADO: 853 metros.

CARACTERÍSTICAS: Etapa que discurre enteramente por carretera. Desde Enciso se asciende al puerto de Vallaroso, que no presenta grandes dificultades. Su pendiente es suave durante casi toda la subida y la bajada resulta igualmente tranquila, sin grandes peligros. Tras llegar a Cornago se toma la carretera LR-283, con una gran pendiente al inicio y luego ya más sosegada hasta llegar al cruce con la LR-123, en Villarroya. Desde aquí se inicia el descenso hacia Arnedo. La carretera es amplia y está en buen estado de conservación.