La Rioja
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Tranquilos, esto no es la Audiencia Nacional
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Sergio Pérez | 14-11-2017 | 12:42| 0

Se ve que lo dijo el magistrado del Tribunal Supremo antes de recabar testimonio a Forcadell y compañía. Y es que el Estado, en su sentido más extenso, parece que ha jugado a poli bueno y poli malo… parece, porque lo realmente grave sería que detrás de la inarmonía jurídica hubiera una mente maquiavélica que repartiese papeles estratégicamente. No lo creo, claro, pero sí creo que el poder judicial no ha podido sacudirse la saturación política del asunto catalán. Por varios motivos.

La organización judicial en nuestro país, así como el extraño contorno competencial de la Audiencia Nacional, están marcados por el juego de fuerzas políticas. Sin duda que hay margen de reforma virtuosa en ese terreno; sin embargo, suele quedar en los márgenes de las críticas la persistencia en nuestro código penal de algunos preceptos bizarros. Delitos de eficacia simbólica que nunca o casi nunca se aplican, de tal modo que su función como norma punitiva se reduce a una suerte de amenaza latente, como un ejército quieto pero armado, como una estatua conmemorativa que no dice nada y recuerda mucho. El problema que se deriva de esta persistencia en el código es que cuando estos delitos, excepcionalmente, pueden aplicarse, el margen de interpretación es tal que los problemas de “politización de la justicia”, como solemos titularlos, se subliman. Porque sucede que esos artículos -colmados de semántica extraña a las rutinas sociales y huérfanos de debate doctrinal y jurisprudencial- solo pueden desencriptarse desde una posición política concreta; solo pueden cristalizar desde un esfuerzo epistemológico posicionado ideológicamente. Y así sucede que los jueces, involuntariamente, hacen política. Porque no es fácil perfilar bien a “rebeldes” y “sediciosos” a través de la polvareda mediática, o sea, una polvareda que lo mismo pide cárcel que, si se pasa de frenada, libertad. Veamos: no se puede ser sedicioso si el interfecto no se alza tumultuariamente. Lo del adverbio de modo ya tiene lo suyo, porque el tumulto tiene que incorporar cierto desorden intimidante (si no, estaríamos en un delito del art. 514.5CP, o sea, un delito que castiga a los promotores de una manifestación que pretenda subvertir el orden constitucional); pero ese cierto desorden que implica la sedición no puede equipararse con un ejercicio de violencia, ya que en tal caso estaríamos ante un delito de rebelión. Que haya habido violencia o intimidación en los hechos valorados solo podría determinarse bajo una interpretación extensiva que estirase la función de las masas hacia cierta amenaza soterrada. Y eso solo puede validarse de un modo muy especulativo (bendita violencia, podríamos decir en tal caso). Pero al margen de estas especificidades, los preceptos en cuestión exigen, como verbo nuclear, alzarse. Y es que alzarse es un verbo que, complejizando su mera concepción naif, solo puede tomar significado en el terreno político y, casi por definición, debe ejecutarse mediante una infraestructura armada (España, un país de alzamientos, puede ser una buena base de datos históricos para significar el término); alzarse incorporaría la necesidad del uso de la fuerza para obtener el poder de manera inmediata, para tomar el control de centros políticos neurálgicos materialmente (el Congreso, el Consejo de Ministros…). Pretender que la actuación de los Mossos el 1-O sea un indicio de esta infraestructura militar preparada para respaldar el alzamiento es una ensoñación distópica. Y alguno la ha tenido. Incluso podría invadirse violentamente el Congreso sin que mediase el alzamiento (así lo prevén los arts. 493 y 495CP), por lo que parece evidente que alzarse implica algo más. Todo muy novelesco, sí.

La lejanía conceptual de estos preceptos los hace tan maleables como para hacer argumentable su aplicación. Y es que estamos ante tipos penales que, al quedar redactados en clave decimonónica, en su traslación a la actualidad -que es una actualidad de manifestaciones y Twitter, no de coroneles y sables- dejan un margen de interpretación intolerable a tenor del mandato de taxatividad que el legislador penal no atendió en su momento (a pesar de las enmiendas que modificaron restrictivamente el proyecto original).

Lo más perturbador de esta historia no es que se encarcele a políticos. Al contrario, ese es un síntoma de poder del demos sobre los excesos representativos (los atenienses tenían la figura del ostracismo, aunque en Cataluña, paradójicamente, los políticos damnificados van a pasar a un primer plano). Lo más perturbador es que las valoraciones jurídicas de estos preceptos no pueden aislarse, por su propia redacción, del ruido mediático y político.

Los parámetros de análisis de la crisis catalana han cambiado. Porque los poderes políticos han decidido afrontar la cuestión catalana exclusivamente desde el derecho. Es una decisión legítima la de no hacer uso de la persuasión política para reconducir las conductas exorbitadas, pero esa decisión implica un altísimo nivel de responsabilidad. El problema pasa a ser ahora que un magistrado tenga que tranquilizar a los investigados advirtiéndoles de que no están en la Audiencia Nacional. El problema es el de los patinazos jurídicos de quienes están en posición de poder, que serían los patinazos del Estado mismo. El problema ya no son solo los rebeldes, sino los modos en que se les perfila -a estos o a los que vengan-. Porque de eso va a depender que ser rebelde sea motivo para el escarnio o el entusiasmo, para la gloria o el ostracismo.

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Turismo por las entendederas
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Sergio Pérez | 16-08-2017 | 20:17| 0

El presidente Rajoy dijo el otro día que no entiende las entendederas de los que pretenden acabar con el turismo (sic). Que si disparate por aquí y sinsentido por allá… Y es que estos días en los que unos individuos se dedican a pintar yates, poner pegatinas en coches no gratos o pinchar ruedas de bicicletas para guiris, el Estado, en boca de Rajoy, se ha puesto firme y ha reprobado las afrentas al interés de la nación. El Soberano (es una licencia politológica) ha denunciado con rotundidad la violencia y las conductas delictivas. Porque el Soberano, cuando la cosa se complica, lo piensa todo en clave penal, que es la forma más elemental y rotunda de pensamiento jurídico. Hay dos tipos de personas: los delincuentes y los demás, y estos interfectos han delinquido, supongo. Punto, supongo. El asunto penal, me temo, no tiene más alcance.

Hay vida, sin embargo, más allá del derecho penal; lo que sucede es que esa vida es compleja, tan compleja como para que el Soberano se tenga que quitar el disfraz de Leviatán (ya saben, el monstruo bíblico sobre el que Hobbes hizo un remake) y, en lugar de pedir orden a bastonazos, se ponga a administrar con más entendederas, que diría el jefe del Ejecutivo.

Porque esto del turismo lo mueven una serie de inercias e intereses que, por enmarañados, son invisibles a ojos del legislador penal. Y es que tal vez el tipo de turismo que tenemos en España tenga que ver con las sucesivas leyes sobre el suelo que, del viejo régimen a los años noventa, cementó las costas patrias. Es posible también que el mercado laboral español –desde aquellos años sesenta, huérfanos de sindicatos horizontales, hasta la última reforma laboral– sea propicio para generar trabajo flexible estacional, tan preciado en el sector del servicio. Y, claro, las políticas municipales, aupadas a la estrategia de la ciudad como producto, sacan lustre al casco histórico consumible, levantan museos icónicos que nunca visitan los vecinos y dejan los barrios un poco peor, para que el centro luzca más. Y así es que cuando el holandés de turno introduce sus parámetros de optimización vacacional en su app preferida, elige España. Y así es que el vecino de toda la vida nota que el café, la compra, la caña y el alquiler alcanzan precios que solo están al alcance de un holandés en su semana de vacaciones. Pero como nuestro paisano no tiene un salario holandés ni está en su semana de vacaciones, tiene que irse, errante, al extrarradio, en busca del café, la caña, la compra y el alquiler a precio de paisano. Eso sí, lo hace en beneficio de la nación, supongo.

Estas inercias e intereses no tienen nada que ver con el derecho penal (o sí, pero con implicados rutilantes y esquivos). Sin embargo, el Leviatán se amarra a su bastón punitivo para que toda esta historia revirada de causalidades se reduzca a una banda de delincuentes en los que reverbera la kale borroka. En realidad, los activistas turismófobos tienen la batalla perdida, porque el turismo todo lo empaqueta para venderlo: apenas unos meses después de que eclosionaran las primaveras árabes, una agencia de viajes promocionaba los viajes a Egipto relatando la emoción de poder pisar la plaza Tahrir, “donde se inició una Revolución”… El otro día, cuando pararon un tren turístico en San Sebastián, los turistas fotografiaban a sus antagonistas… la duda es si lo hacían para denunciar o como recuerdo de su experiencia…

Rajoy decía que resulta inaudito tener que defender el turismo a estas alturas y las columnas de opinión se llenan de turismófilos, porque nuestro bienestar como ciudadanos pasa, necesariamente, por alquilar nuestro sol. Tal vez es que no quieren saber que podría no ser así, que hay palancas jurídicas para tratar el turismo de otro modo, para modular su intensidad, su sentido, y atender intereses que no les interesan. Y es que, quizá, el Leviatán deba dejar a un lado el derecho penal para, de un modo más refinado y aburrido, interferir en este devenir “natural” del mercado turístico. Natural como nuestro sol y las leyes que lo gestionan, claro.

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El baile de la censura
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Sergio Pérez | 19-06-2017 | 07:56| 0

Dicen los antropólogos que una de las actividades más características del ser humano es la de ritualizar comportamientos que, a primera vista, parecen no servir para nada. Lavarse las manos antes de comer, ir a misa o bailar. Al fin y al cabo, los caminos de la razón –o sea, de cómo racionamos el deseo para que el futuro sea mejor– son inescrutables.

Nuestras normas sociales y jurídicas están plagadas de rituales y protocolos que, a ojos de muchos, resultan totalmente disfuncionales: desde procedimientos administrativos que nos permiten conocer a varios funcionarios en una mañana, a una moción de censura planteada como derrota. ¿Para qué?, se pregunta el personal. Para lo mismo que bailar, podríamos responder. Porque más allá de la razón jurídica (la de remover al Presidente), hay funciones veladas en una moción de censura, como las hay en un baile.

La danza social es un fenómeno sin origen, una práctica instintiva que solo el racionalismo sobrevenido supo desentrañar como un modo de comunicación, como una fórmula de cortejo, como un ejercicio liberador de endorfinas… y hasta ahora. En la política se reproducen estas lógicas de lo humano, y, así, liturgias que parecen no servir de nada puntean el futuro. Esto lo saben muy bien los filósofos y politólogos que le marcan el paso a Podemos: Mouffe, Laclau o, más acá, en versión castiza, Verstrynge o Fernández Liria, hablan en sus obras de una etapa política en la que el único modo de conformar tendencias electorales pasa por generar emocionalmente un sentido de pertenencia. Y es que nuestras rutinas vitales se han convertido en búsquedas tragicómicas de eficacia, tanto en el trabajo como en casa, así que eso de la cosa pública solo nos interesa en la medida en que nos erizan la piel, porque ya no tenemos cuerpo para más cálculo racional. O sea, la evocación, la poesía, el baile como estrategia de cortejo electoral…

Y esta semana han bailado en el Congreso. No ha habido una sola frase que no se hubiera dicho o insinuado en decenas de ocasiones. Pero bailadas al son de una previsión constitucional, enmarcadas en el aura de las maderas nobles, son otra cosa. La moción de censura ha sido un baile que ha servido para más de lo que parece, porque se quedan rondando estribillos que tintinearán, como ese ritmo insufrible que siempre regresa a la cabeza: hemos oído cientos de veces hablar a Irene Montero como quien oye llover, pero vista y oída ahí arriba, donde hablaba Clara Campoamor, citando a Clara Campoamor, veíamos a Clara Campoamor; la Presidenta del Congreso reclamaba la presencia de Iglesias en tanto que “candidato a Presidente”… ahí queda, Presidente-ente-ente; y Rajoy, cuyas dotes para ganar duelos sin moverse son ya legendarias, suma una muesca más al sortear una moción de censura asegurando que cuanto mejor, peor, o al revés, para mí, el suyo, beneficio político (aplausos). Un baile retransmitido en directo, recuperado en telediarios, comentado en prensa, caracterizado en redes sociales… El baile de la censura.

VAN HELSING, Richard Roxburgh, Kate Beckinsale, 2004 (c) Universal

VAN HELSING, Richard Roxburgh, Kate Beckinsale, 2004 (c) Universal

Podemos se gestó en esta clave, haciendo bailables las pretensiones de la izquierda que, antes de ser licuadas por la postmodernidad, eran un modo racional de lucha obrera. El PP ocupa con cierta desenvoltura su polo y esgrime lemas sentimentales con naturalidad, lemas aparentemente macizos que van de la nación al orden de corbata y tentetieso. Rajoy e Iglesias se han marcado el baile de la censura con los pasos marcados y, si hubieran colocado un espejo gigante frente al hemiciclo, les habría pasado lo que a los protagonistas de la película de Polanski: solo ellos se reflejaban entre tanta señoría, porque a Pedro Sánchez, esta semana, le ha tocado ser un vampiro secundario. Ya veremos si durante el fin de semana va cogiendo  ritmo. Y, sobre todo, qué ritmo.

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Cuando los presidentes visitan juzgados
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Sergio Pérez | 27-04-2017 | 20:51| 0

En 1992, cuando en España exponíamos olímpicamente nuestra joven democracia al mundo, la policía italiana detenía a Mario Chiesa, Director del Pio Albergo Trivulzio, un organismo de los servicios sociales del Ayuntamiento de Milán. L’ingegner Chiesa había aceptado siete millones de liras (unos 3500 euros) a cambio de otorgar el contrato de limpieza del Albergo a una pequeña empresa local. Esta viñeta de las rutinas de un país en ruinas (en todos los sentidos) fue el inicio de algo extraordinario. El proceso judicial conocido como «Mani pulite» resultó ser, sobre todo, la autopsia jurídica de una democracia madura, casi cincuentona, construida a golpe de favores, amenazas y asesinatos. «Tangentopoli» o la ciudad del soborno.

En 2017, cuando en Italia ya llevan 25 años de segunda República –porque el asunto judicial le cambió el nombre al país, como nosotros le cambiamos el nombre al Rey–, la policía española ya ha detenido a muchos «chiesas». Esta misma semana, el detenido ha sido el expresidente madrileño Ignacio González; además, la expresidenta Aguirre ha declarado en el juicio del caso Gürtel y, ojo, la Audiencia ha citado como testigo al Presidente Rajoy. Los italianos añadirían un poco de plomo y mafiosos roncos para montar el guion de una de gángsters. Aquí lo aderezamos con cuatro espías, le llamamos trama y nos sale otro autobús cutre. Cosas. Pero hay cosas que vienen más al caso: yo no sé cuál será la viñeta histórica que ilustre el inicio, pero parece evidente que también España, como Italia hace 25 años, está expiando penalmente sus excesos; aunque ya se sabe que el propósito de enmienda no depende de la penitencia o, por decirlo con laicidad y tecnicismo jurídico, la función retributiva de la pena no puede garantizar la prevención del delito.

Los italianos lo saben bien: en aquellos años de «Tangentopoli» se dictaron más de 1200 sentencias condenatorias. Bettino Craxi, expresidente del Gobierno italiano, fue finalmente condenado por corrupción y financiación ilegal. Para evitar las molestias de la mudanza a prisión, Don Bettino se marchó de vacaciones a Túnez y ya nunca volvió: había sido condenado a diez años de prisión, que podrían haber sido más de veinte si hubiera vuelto de Túnez… ¡al Presidente del Gobierno! ¡Más de veinte años! Sin embargo, mientras la gran purga intentaba limpiarle las manos al país, Berlusconi ganaba las elecciones y, discontinuamente, gobernaría durante ocho años. Sí, la purga trajo a Berlusconi. Como decía Bernardo Schuster cuando no tenía ganas de explicar en las ruedas de prensa lo que todo el mundo sabía: no hace falta decir nada más.

Sería frívolo insinuar que Rajoy es nuestro Craxi (de hecho, tendríamos varios candidatos). Sería frívolo incluso valorar si merece reprobación penal (y si, en su caso, emigraría a Túnez o a Gibraltar, que para entonces estará mucho más lejos), pero del proceso penal se derivan una serie de indicios de responsabilidad política evidentes: los testigos quedan al margen de toda sospecha, pero sabemos por la figura procesal que el Presidente algo pudo ver, oír o palpar, y eso tiene muchas implicaciones políticas. Tampoco sé si Esperanza Aguirre (o los presidentes de la Junta de Andalucía y de la Generalitat), a la luz del artículo 28 del Código penal, debe ser considerada autora de algún delito que pudieran haber cometido materialmente consejeros a su cargo, pero parece evidente que del proceso penal se desprenden algunas fragilidades en el diseño de su arquitectura organizativa, y eso tiene muchas implicaciones políticas. Y es que no ser responsable penal no significa dejar de serlo en otros ámbitos; políticos o aun personales, ámbitos en los que uno no puede ir por la vida esgrimiendo la ausencia de sentencia firme para salir airoso.

El derecho penal no puede funcionar como sistema de control político y la prevención del delito no puede depender de la retribución penal. Atajar la corrupción con la cárcel sirve para purgar un país cada cuatro o cinco décadas –cuando le maduran los adolescentes y se hacen jueces, altos funcionarios o periodistas con el renglón ético incólume–; pero esto no deja de ser un placer televisado, como animarse con una película en época de angustias; y es que el derecho penal no tiene –y no debe tener– la capacidad de ordenar las rutinas políticas y económicas de un país. Para que estas rutinas se ajusten a un determinado patrón de sostenibilidad, deben aplicarse medidas muy diferentes: medidas de corte administrativo que marquen la pauta interna de los partidos políticos y que los desestructuren como cajas negras en las que se prefigura la gestión de lo público.

Al rebufo de la purga penal, surgieron en Italia diversas iniciativas políticas que intentaron cambiar el país conforme a sus respectivas ideologías, en ocasiones radicales: la Rete, Forza Italia, la Lega Nord, Alleanza Nazionale, L’Italia dei Valori… además de las recombinaciones factoriales de comunistas y socialistas, que fueron de la eterna Rifondazione a un Olivo muy verde… En España también tenemos lo nuestro, pero, al margen de revoluciones cromáticas, lo que debe quedar es una protocolización jurídica eficaz que le marque mínimos de solvencia democrática al juego político. Porque las purgas penales solo sirven, políticamente, para renovar la corrupción, para cambiarle las caras a las películas de gángsters o a los autobuses… Y ya se sabe que siempre hay un Cavaliere esperando su momento.

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Superproducciones penales
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Sergio Pérez | 01-03-2017 | 09:58| 0

El derecho penal vuelve a marcarle el tempo a las rutinas informativas, como un metrónomo sordo que suena insoportable en la cabeza de algunos periodistas y políticos. Y es que ponerse ante un micrófono para valorar la sentencia de Urdangarín o la posición de la Fiscalía en relación con un señor de Murcia (o de La Rioja) es ya casi un acto reflejo mediático. No sería mala cosa si las ondas y los diarios se llenasen de sesudos alegatos técnico-jurídicos; pero suele suceder que las claves de valoración resbalan por pendientes morales o aun estéticas. Visto y oído: qué pensarán de nosotros en, no sé, Dinamarca, cuando vean que hemos dejado libre a la Infanta por esa sangre azul suya;  o mal debe de estar España cuando el cuñadísimo aún no ha pisado la cárcel; o qué pasaría conmigo si fuera yo el acusado…

Y es que el derecho penal es un producto demasiado valioso como para dejárselo a los juristas. En el derecho penal, en el castigo al antihéroe, parecen enjuagarse nuestras miserias y rabias; como pasa cuando nos sumergimos en una película y nos emocionamos -como se emocionan los protagonistas- para luego sonreír de satisfacción en los créditos. El espectáculo de héroes y villanos llevan al derecho penal a la tele, y da buenas audiencias y le deja moralejas al personal, como el cine. Así es que algunas sentencias penales intentan condicionarse, como se condiciona una superproducción, para que el espectador pueda colmar sus anhelos en la historia: imaginemos a un fiscal o a un juez subsumiendo hechos en previsiones legales, determinando penas… imaginémosles en sus despachos, luego yéndose a descansar, con los expedientes en la mesilla de noche… imaginémosles conectando la radio, el televisor… Unas voces de ultratumba –o quizás las de Susana Griso y Ana Rosa Quintana– les advierten, susurrantes, de las necesidades de la gente, de lo que el Pueblo espera que suceda en el juicio. Los jueces y los fiscales se quedan traspuestos, pero el Ministro de Justicia se les aparece en sueños diciendo que la prisión provisional no, que cuidado que te quito y pongo a otro, y entonces el portavoz de la oposición –sea quien sea– exige una condena ejemplar. Y el juez, o el fiscal, se despierta repentinamente empapado en sudor, con el expediente desparramado sobre la cama.

El derecho penal, como el cine, se nos mete en el inconsciente y nos comunica subrepticiamente cómo le va a nuestro mundo. Es el relato de nosotros mismos a través de nuestras infamias. Por eso hay mucha gente interesada en que las sentencias reflejen su imagen del mundo. Eso es lo que hacen con las películas el productor o, en su caso, el censor que, conscientes del poder performativo del cine, les susurran a gritos a los realizadores el margen de maniobra con el que cuentan para contar. Y si se salen de quicio, se les enquicia: Cuando Hawks finalizó el rodaje de Scarface, la Universal le dijo que ni hablar, que con esa estampa del sindicato del crimen en las pantallas, el personal se iba a meter a mafioso, así que le incrustaron unos créditos iniciales en los que se anunciaba que la película era una denuncia contra el gangsterismo. En The Big Sleep, algunos años después, le mataron al malo en una escena final injertada, no fuera a ser que a los espectadores les diera por hacerse villanos. En versión castiza –que durante mucho tiempo fue una versión franquista– el censor le decía al director de turno lo que sí y lo que no, por aquello de que el espectador sintiera lo debido ante la pantalla. El padre Garau le decía a Berlanga que en Los jueves milagro no podía decirse esto y aquello. Berlanga, con ese gracejo levantino que hace de la necesidad virtud, contaba que había que poner al cura en los títulos de crédito, que se lo había ganado, vaya. Y el padre Garau, para legitimar los cambios que exigía, dejaba caer que sí, que él era cura, pero un cura muy moderno, sensible a las gentes y a sus ansias de visionado. Mira si soy moderno, dicen que decía, que soy el primer cura en España que lleva reloj de pulsera.

Susana Griso y Ana Rosa, el Ministro y el líder de la oposición –sea quien sea–, llevan reloj de pulsera y son muy sensibles a lo que la gente quiere, así que tal vez los magistrados de turno deban plantearse, como Berlanga, anotar sus comentarios a modo de votos particulares en la sentencia. Otra alternativa es mandarles al cine de vez en cuando, para que critiquen a gusto esos otros relatos del mundo que nos toca y para que, así, el derecho penal sea sobre todo derecho, que no es poco.

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Calígula
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Sergio Pérez | 11-11-2016 | 11:01| 0

Y Trump ganó. Como ganó el Brexit y la negativa a la paz colombiana… Las empresas demoscópicas deberían contratar a antropólogos o psicoanalistas, y añadir un ingrediente nuevo a su cocina de inducción (que no deduce nada), algo que codificasen como “voto libidinal”, “voto del inconsciente” o “voto que me pide el cuerpo pero no te cuento”. Votar a Trump es como cometer esa pequeña ilegalidad que da placer. Puede apetecer a menudo, se hace muy de vez en cuando, pero no se cuenta nunca. Las encuestas a pie de urna, esas que se realizan cuando el interfecto ha votado y ya no cabe la indecisión, ratificaban una racionalidad ideal: Hillary era la candidata más preparada, sin duda. Hillary era el orden democrático. Un orden, sin embargo, que no cubre las expectativas, así que sucede con cierta reiteración en los últimos años que el personal no vota lo que considera más racional según parámetros protocolarios de orden, sino que, cada vez más, se vota como se pide un deseo: susurrándolo, cruzando los dedos…

El análisis democrático ortodoxo le va a buscar las racionalidades al voto de Donald Trump: quizás su promesa de proteccionismo comercial o de estrangulamiento migratorio haya incentivado la movilización del proletariado blanco, que ya no cree en un liberalismo globalizado que empobrece a discreción. Pero lo cierto es que el marido de Melania no habría conseguido alcanzar la Presidencia si no le hubiese votado un alto porcentaje de la población hispana y afroamericana, un sector de la población al que no parecen convenirle sus promesas y que, a pesar de todo, enaltece las “caenas”. Trump no habría ganado sin el voto de quienes se sienten atraídos por ese punto de locura que amenaza con el apocalipsis; porque según cómo vaya la vida, un apocalipsis no es tan malo. Los votantes de Trump proyectan en las excentricidades de su líder la esperanza de un reseteo y, para muchos, el voto ha sido un ejercicio de fe, como sacar la imagen de la virgen para que llueva.

Tiberio designó a Calígula como su heredero porque consideraba que, en la comparación histórica, iba a salir ganando. La posteridad le reivindicaría como el Emperador virtuoso, aunque no lo hubiera sido. Sin embargo, ya pocos recuerdan a Tiberio, mientras que cualquier profano conoce las andanzas de Calígula: un buen día se presentó ante el Senado para comunicar que se había transformado en Dios. Nombró cónsul a Claudio –su tío tartamudo, supuestamente incapaz para los asuntos públicos–, pero como aquello le pareció poco escandaloso, lo sustituyó por su caballo (según fuentes inciertas, pero eso qué más da). Los americanos ya han elegido a su Calígula y quizás la historia desmerezca pronto a Obama…

Trump, como Calígula, no es un político. Hace unos años financiaba al partido demócrata con la misma naturalidad con la que se convirtió en el candidato de los republicanos. No es el resultado estratégico de una ideología, sino la espontaneidad de la extravagancia, que no tiene raíces ni obedece inercias. A Donald le dan igual los intereses de sus votantes o sus gobernados en tanto que agentes racionales. Él solo quiere aparecer un día en el Senado y, atusándose el pelo algodonado, comunicarle a su nobleza que se ha convertido en Dios.

La decisión de votar a Trump desborda cualquier análisis de racionalidad política. Es una apuesta por la demencia, por una renovación de las divinidades que dan esperanza. Sin embargo, las causas que impulsan esta espiritualidad pagana son perfectamente aprehensibles desde una perspectiva racional: ocho años con Obama –premio Nobel de la paz, defensor de la sanidad para todos y negro– han dejado un país que estira sus guerras, sus miserias y su racismo. Si con Obama este ha sido el resultado, ya solo queda probar con Calígula.

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Izquierdas cinematográficas
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Sergio Pérez | 24-10-2016 | 18:49| 0

El galimatías de las izquierdas españolas admite varios niveles de análisis, pero el más divertido, sin duda, es el análisis fílmico; en esa clave, la película sobre el Psoe ha cambiado bruscamente de género: era un metraje en el que Pedro necesitaba seguir siendo el líder apolíneo, el héroe, y, claro, toma la drástica decisión de explorar territorios prohibidos, territorios morados de los que sale amoratado, como antihéroe. Porque Susana sueña con ser princesa, o presidenta, que es menos estresante, y sucede que Pedro y Susana se cruzan y, lo que venía siendo una screwball comedy –con sus frases de doble filo y sus pequeños roces que duelen pero atraen– se ha transformado en un melodrama, repleto de rupturas y llantos. Pedro y Susana han pasado de La fiera de mi niña a una de esas adaptaciones de Tennessee Williams, tan sentidas que desgarran. Muy lejos, en todo caso, del tono que enfrenta a las facciones podemitas: en esos largometrajes la trama era la de unos adolescentes que quieren cambiar el mundo. Y entonces la cámara, como en aquel cine político de los setenta, transitaba los rostros afligidos y las ideas complejas: ya se sabe, la reivindicación del sentimiento en el marxismo científico, nada menos. Todo bien en esa clave, hasta que el partido se solidifica y debe tomar decisiones sobre la gobernabilidad. Entonces aquellos metrajes basados en diálogos universitarios –que todo lo abarcan– y abrazos fraternales tras haber sido aporreados en manifestaciones, se transforman en otras películas, más caras y condicionadas por el productor: películas bélicas. Y ahí ya no importan los rostros o las genialidades dialogadas, sino las posiciones en el terreno, la superviviencia y el avance. Ya no hay abrazos ni enamoramientos intelectuales. Ya solo hay victoria o derrota, épica.

La crisis en el Psoe es la tragicomedia inevitable que se les viene encima a unos personajes demasiado preocupados por sus biografías. La de Podemos, sin embargo, es una epopeya política (y lo de epopeya puede ser peyorativo, o no, veremos). Pedro y Susana son personajes intercambiables, porque ambos viven afligidos por los mismos miedos y vacíos, y ambos dicen lo mismo o lo contrario, depende. Pablo e Íñigo, sin embargo, están anclados a sus lecturas, a sus filiaciones doctrinales (porque se es de unos autores como se es de un equipo de fútbol) y, aunque enfrentaron los mismos enemigos en la calle, ahora se disputan la estrategia y –quizá– el concepto de socialismo en España. Lo curioso es que en esta batalla de los segundos se juega también el destino de los primeros: en torno a la forma final de Podemos deberá articularse un Psoe que le atice o le acaricie; depende. Pero esa será una tercera película que, como todas las terceras partes, desmerecerá a sus precedentes.

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Las tarjetas de Eliot Ness
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Sergio Pérez | 13-10-2016 | 07:55| 0

Cuando condenaron a Al Capone por evadir impuestos, Eliot Ness dejó media mueca de satisfacción para el recuerdo (cinematográfico, en la piel de Kevin Costner dirigido por Brian de Palma). Los muertos que dejó por el camino se dieron por vengados en aquella estratagema legal del agente del Tesoro estadounidense. Vale que Rato, Blesa y compañía no han matado a nadie, pero el juicio popular –el de bar y ascensores– les viene sentenciando desde hace unos años por esas miserias que se nos han venido encima últimamente. Lo suyo, piensa el personal, sería que se les condenase por arruinarnos la vida; pero claro, el Derecho penal tiene sus límites, y esa sentencia tendría mal encaje en nuestro Código.

Ahora hacen fila en la Audiencia nacional, que para eso es un Tribunal de asuntos excepcionales (qué peliagudo es eso para un sistema judicial), y en esa procesión ya van encajando cierto castigo. Y es que estos estrategas del valor de cambio, estos que pilotaron capitales por el mundo como quien conduce un auto de choque en la feria, perpetraron otras fechorías menores pero más carnales, esas en las que el lector oblicuo de periódicos se detiene: que si compró champán por miles de euros, que si gastó en peluqueros otros tantos… y así todos les visualizamos como villanos en su regodeo festivo, bailando sobre la tumba de la sanidad y la educación y tal y cual…

Lo cierto es que el uso de las tarjetas black, desde una perspectiva penal, se reduce a los delitos de apropiación indebida y administración desleal (que, por cierto, se han convertido casi en lo mismo tras la reforma de 2015); o sea, que lo malo de su comportamiento se sustancia en que no está bien gastar dinero si sabías que no debías gastarlo. Y si lo haces en tiempos de crisis, se activa un protocolo oficioso de sensibilidad fiscal y acusaciones populares a discreción que apunta a la cabeza de todo títere mediático. El perjuicio económico total de las tarjetas de marras asciende a unos 15 millones de euros (entre los 86 directivos y consejeros implicados en 13 años, hagan la cuenta). El rescate de Bankia costó 23500 millones de un plumazo (o el doble, depende de la ideología), pero los gastos en champán y peluquería pueden llevar a la cárcel a nuestros enemigos populares.

Muchos esbozarán la media mueca de satisfacción que esbozó Eliot Ness, pero tal vez deberíamos empezar a pensar que el Derecho penal solo le pone broches peliculeros a los desmanes del sistema económico, y que si no cambian otras cosas, las crisis y el champán seguirán pagándose con dinero ajeno.

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La muerte de un filósofo (materialista)
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Sergio Pérez | 17-08-2016 | 08:56| 0

Cuando le preguntaron por su propia muerte, Bueno respondió que, el día en que muriera, no pasaría nada. Solo era un modo de esquivar los riesgos que el idealismo proyecta sobre la hora fatal, un modo de espantar la tentación espiritualista que cree salvarnos de la degradación material. Porque, en realidad, han pasado cosas. Supongo que Severo Ochoa le diría que, con su muerte, lo único que pasa es que el oxígeno ya no regenerará sus células y blablablá, pero el filósofo materialista se daría la vuelta pensando que es idiota, como ya hizo alguna vez (hay que serlo, en su sentido etimológico, para mantener la tesis de que todo es química).

Con Gustavo Bueno se va una complejidad comunicativa que trasciende todos los obituarios; se va su capacidad para observar el mundo, para conceptuarlo y para ordenar esos conceptos (quedan, eso sí, sus libros y gigas de argumentos en la nube, que es una suerte de trascendencia tecnológica). Esa ha sido la labor del filósofo que, como Platón, como Tomas de Aquino, dedicó su obra a combatir sofismas y ocurrencias, aunque desde la demostración de relaciones materiales y desde la estabilización de un sistema que las recogiese. Y ese no era buen negocio.

En estos tiempos de pensamiento fugaz y tweets, la supervivencia editorial la garantizan recorridos epidérmicos por ideas rutilantes, brochazos y poses. Por eso algunos reducen a Bueno a sentencias excéntricas, insoportables para las democracias homologadas. Pero el filósofo, que probablemente conectaba con el gran público a golpe de disputa (Bueno concedía beligerancia al más chiflado, como debe ser), no dedicó su obra a ello: Los ensayos materialistas, El animal divino, El mito de la cultura o El mito de la izquierda, son rocas conceptuales de una solidez y densidad que le blindan frente al mariposeo postmoderno, que, desprendido de todo sistema estable, habla de todo para no decir nada.

Y es que Bueno decía cosas concretas, porque cumplió a rajatabla la exigencia platónica para entrar en la Academia: “No entre aquí quien no sepa geometría”. Y así fue que el calceatense solo aupaba significados a su sistema filosófico tras leer a Aristóteles, Agustín de Hipona o Spinoza, pero también a los físicos, politólogos o sociólogos más autorizados, que le daban cierta pauta de conocimiento del mundo a través de las diversas disciplinas en las que se condensa su complejidad material. La filosofía no es la madre de todas las ciencias, decía, sino su hija. Solo hay filosofía cuando se saben cosas del mundo, y se proponen nuevas relaciones en el mundo cuando se filosofa con las trascendencias conceptuales de cada disciplina, de cada cierre categorial. Por eso Gustavo Bueno leía y hablaba sobre historia, religión, música, física o, claro, geometría: solo de la crítica de sus tecnicismos podía salir la filosofía.

Y así era que Bueno, tras sus intensos itinerarios bibliográficos, repartía estopa al más pintado, sobre todo a esos nombres institucionalizados sobre los que se construía el mito de turno (mitos que forjaban los fundamentalismos): le arreó a Einstein, a Hawking, a Sartre, a Obama o al Papa Francisco. Porque pensar, decía el filósofo, es pensar en contra; no hay otro modo de decir una palabra interesante.

Gustavo Bueno dedicó gran parte de su actividad intelectual a defender lo impopular; cada época tiene su fundamentalismo ideológico que asfixia alternativas, y en cada época el filósofo abogaba por la complejidad material que auspiciaba escapatorias intelectuales: explicó marxismo a los mineros durante el franquismo, se desgañitó en platós poniendo en su sitio a curanderos sacaperras, fue atacado por maoístas tras defender a la URSS en tiempos neoliberales, exigió la pena de muerte o aun la guerra de Irak frente a humanistas escandalizados… Supongo que, si se ha encontrado con Dios, le estará discutiendo su existencia con buenos argumentos.

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El testamento de Daesh
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Sergio Pérez | 19-07-2016 | 08:05| 0

El Dr. Mabuse es un perverso personaje de ficción diseñado por la pluma de Norbert Jacques. A Fritz Lang le debió de gustar la novela, así que la llevó a la pantalla en varias películas. En una de ellas –El testamento del Dr. Mabuse (1933)– Lang inventaría una historia muy sugerente con tan alevoso protagonista: Mabuse, encerrado en un manicomio, ya no delinque, pero ha dejado pululando su delirio en manuscritos con minuciosas explicaciones de planes criminales perfectos: un testamento envenenado. La tesitura jurídica es de primer orden, y es que los criminales comunes delinquen siguiendo las privilegiadas instrucciones del gran enemigo de la civilización, que ahora es solo un tipo postrado en una cama. Mutatis mutandis: Daesh ha lanzado instrucciones en abstracto para acabar con Occidente y, a golpe de perversidad, hay quien recoge el testamento y le da cuerpo. Y mata.

 

 

Hay, sobre todo, dos dimensiones de análisis: la primera, estrictamente jurídica, penal, según la cual al delincuente material se le conecta a bocajarro con el concepto de terrorismo. Mediáticamente la conexión terrorista se señala desde el primer momento, pero no podemos concluir con rotundidad jurídica que un delincuente común que lee el testamento de Daesh pertenezca a un grupo terrorista, por razones obvias: siguen instrucciones de mabuses que no les conocen, que no saben ni que existen (no hay plan unitario, no hay división de funciones…). Y claro, esto nos lleva a un segundo nivel de análisis, sociológico: ¿Se trata de esconder el testamento de Mabuse, o se trata de acabar con las razones que llevan a muchos a encontrar en él un sentido mortal a la vida? Goebbels, en 1933, eligió censurar la película y, unos años después, bombardear a discreción…

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