La Rioja
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Fecha: abril, 2016
Batman contra Rajoy
Sergio Pérez 22-04-2016 | 4:16 | 0

Que Rajoy es Superman no se discute: fue el elegido para poner en práctica la última mayoría absoluta de nuestra democracia y, ya se sabe, nuestra democracia arrastra algunas inercias del viejo régimen en las que la separación de poderes queda bajo sospecha. Porque en nuestro país la interdependencia entre poder judicial, legislativo y ejecutivo es, en ocasiones, demasiado ininterrumpida. Y así es que en aquel Elegido, en Rajoy, confluyeron todos los poderes, que es el modo en el que el Presidente se hizo superpoderoso; sin dejarse ver, se quitaba las gafas, se enfundaba la capa y arreglaba las cosas a su manera (una Ley por aquí, un nombramiento judicial por allá). Él creía que no le reconocíamos.

Los superhéroes representan de modo palomitero algunas tensiones sociales y políticas propias de nuestras rutinas, sustanciando en perfiles apolíneos e interacciones maniqueas asuntos complejos. En su última superproducción (Batman V Superman: El amanecer de la justicia) la Warner recupera un argumento ya guionizado en cómics anteriores, según el cual Batman –que tiene que ganarse el poder con mucho trabajo previo– pretende poner a raya a Superman, que llegó a la Tierra con poderes de serie. En realidad, el kryptoniano tiene muchos enemigos, ya que su “mayoría absoluta” irrita en la película incluso a los propios representantes democráticos, que exigen al superhéroe que se presente en el Capitolio para dar cuenta de sus modos. Y es que no se puede ir por ahí haciendo el bien a discreción, sin contar con el personal.

Ahora la trama ha dado un giro de guion magistral. Batman puso a punto todo su arsenal tecnológico para contrarrestar el superpoder de Superman, le arrebató la mayoría absoluta a fuerza de kryptonita, Gürtel e incumplimiento del déficit, y, cuando ya está a punto de lanzarle el mandoble final, sucede que el Congreso se atora hasta diluirse: no hay nuevo gobierno y ni siquiera puede controlarse al actual, en funciones.

Lo cierto es que parecemos estar lejos de cualquiera de los dos finales que acabarían con el poder desorbitado de Clark Rajoy Kent. En la película, solo otro superpoder kriptoniano, otra mayoría absoluta, acaba con Superman (un monstruo feísimo muy poco identificable con las armoniosas fachas de Rivera y Sánchez). La otra alternativa puede parecer aún más fantasiosa, pero es la única que posibilitaría que nuestra democracia deje de ser un tebeo: en una viñeta histórica, es el propio Superman quien le confía a Batman un anillo de kryptonita para que lo utilice contra él cuando use indebidamente sus superpoderes… Sí, ¡¡Superman pone a disposición la única arma con la que se le puede controlar!! A ver para cuándo una Ley Orgánica basada en esa viñeta; la Ley Orgánica de la Kryptonita sería un buen nombre.

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Manos impías
Sergio Pérez 19-04-2016 | 9:45 | 2

Podíamos sospechar de qué pie cojeaban las manos limpias, pero lo relevante en todo este asunto tiene más que ver con el Derecho penal –con los modos y sentidos que le pretendemos– que con un grupo de supuestos extorsionadores inmaculados. Porque este tipo de noticias destapan, sobre todo, que aquella diferencia irrebatible entre Derecho Público y Privado que se enseña en las facultades, es hoy apenas una inercia teórica que la práctica diluye en una realidad jurídica tan líquida como funcional. Cuentan en la Facultad que el Derecho privado es aquel que dispone posibilidades de relación entre sujetos particulares; y dice la leyenda que el Derecho Público es ese otro en el que el Estado, la Sociedad –o la idea en la que queramos sintetizar nuestra colectividad– impone normatividades por encima de intereses localizados de sujetos concretos.

La plasmación real de esta preformación académica está hoy en cuarentena, porque ahora resulta que el Derecho penal ya no es un Derecho tan público como se proyectase. Es cierto que, por norma general, para que se ponga en marcha la maquinaria punitiva basta con que el Estado, a través de sus funcionarios, note la posible conducta delictiva (independientemente de las querencias particulares, el asunto es de todos; es asunto público: un asesinato, un robo, un secuestro…). Sin embargo, sucede en los últimos tiempos que una línea expansiva del Derecho penal se ocupa de delitos un tanto difusos, en los que el daño a la sociedad no se concreta en víctimas individuales (alterar los precios, defraudar al fisco, prevaricar…). Se trata de delitos que nos afectan directamente y por igual a todos, sin notarse un perjuicio específico en el cuerpo de nadie (o, si acaso, en el cuerpo difuso de un colectivo). Es en este nuevo contexto en el que Policía y Fiscalía deben seleccionar los contextos de riesgo, los escenarios sospechosos, en tanto que la pista no la da el grito de socorro de un individuo. Y así las querellas adquieren una relevancia inusitada, porque ya no es el agraviado directo o el testigo quien denuncia, sino que los casos se construyen desde fuera, a la americana, y se participa en ellos a través de la incierta figura de la acusación popular, que es una puerta procesal abierta al interés tangencial de extraños.

No se trata aquí de valorar la pertinencia de las querellas de Manos Limpias, sino de calibrar el sentido de un Derecho penal que se aplica según el empeño de sujetos privados, sujetos que no tienen más interés en el asunto que cualquier otro ciudadano. La cuestión que se deriva de estos casos pasa por dilucidar si pretendemos un Derecho penal que apueste su dinamismo a un cuerpo de funcionarios imparcial e informado –capaz de fiscalizar los daños colectivos– o si, por el contrario, pretendemos un Derecho penal hipotecado a la iniciativa privada, un Derecho penal a disposición de manos impías, que redefinen la Justicia en función de lo que les pagan por retirar la querella. Un negocio como cualquier otro.

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El derecho a no pagar impuestos
Sergio Pérez 17-04-2016 | 10:36 | 0

Ese zigzag de Messi por la frontal del área, esquivando patadas delictivas hasta que se perfila de zurda y zasca, el balón en la red y el grito en el cielo; la prosa de Vargas, sus historias de personajes descorazonados y acciones corajosas; el colorido espiritual de un metraje almodovariano, que le sumerge a uno en el lado ridículo de la vida, ese tan gozoso… Razones para preguntarnos si los susodichos no se han ganado el derecho a no pagar impuestos. Su talento, su trabajo y su expresión, que es el resultado de exprimirse, animan nuestras rutinas de peones y burócratas…

La exaltación de estos sujetos evoca, en cierto modo, aquellas reivindicaciones tan americanas que, en los inicios de la Modernidad, colocaban al individuo en el centro de la vida, por encima del Estado, por encima de soberanos. Aquellos colonos le enviaron una carta y una ramita de olivo al Rey de Inglaterra para pedirle que suprimiera ciertos impuestos. Jorge III les respondió advirtiendo que ya estaba preparando la soga para ahorcarles, así que Jefferson se puso a escribir aquello de que el pequeño agricultor propietario de un pedazo de tierra es dueño también de sí mismo. La sublimación del individuo autónomo, la puesta en valor de sus capacidades y talentos, se apuntaló aún más en las primeras enmiendas a la Constitución norteamericana, sobre todo en esa que faculta a llevar armas, no sea que cualquier día le dé por volver a la Reina de Inglaterra. Y en esas que EEUU se convirtió en la nación de referencia, tierra de libertad, de soberano contenido y de impuestos bajos, tanto como para no poder construir un entramado de cobertura social a la europea.

Sin embargo, a medida que el Estado cogía cuerpo, comenzaron a hacerse necesarios algunos impuestos, por aquello de mantenerlo en pie. En esa evolución, un buen día New Hampshire decidió tirar por los suelos las cargas impositivas y montar un refugio fiscal (tax haven) para atraer así a las empresas neoyorquinas (¿les suena eso del efecto frontera?). Luego el traductor francés confundió haven con heaven y el refugio se ha convertido en paradis. En esas escaramuzas impositivas, el soberano fue desarrollando otra función y así es que los Estados Unidos, la Unión Europea o las distintas federaciones u organizaciones supranacionales han ido reordenando el escenario avejentado de los Estados-nación hasta dejar sin efecto (en la medida de lo posible) las fronteras fiscales, porque no podemos permitir que el personal lleve su dinero al otro lado de la línea para pagar menos.

Los paraísos fueron desterrados y, desde entonces, se afincan en islas o países lejanos con nombre de sombrero. El efecto es que solo a quienes tienen mucho dinero (legal o ilegal, eso es anecdótico) les abren cuenta en esos sitios. Ya saben, individuos talentosos, presidentes de gobierno, tías de reyes, Jackie Chan… Llegados a este punto, lo que deberíamos preguntarnos es si realmente nuestro Soberano tiene interés en acabar con los paraísos fiscales o si, por el contrario, asume los motivos de su existencia hasta incluso relajar las cargas impositivas internas por razón del buen discurrir de capitales, que es el fundamento de todo. Y es que la lógica del paraíso recorre también algunas de las estrategias de nuestra política fiscal: si algunos no pueden ir al paraíso, que el paraíso vaya a ellos. De la conocida como “amnistía fiscal” a las exenciones y bonificaciones estratégicas para las grandes empresas, pasando por la cláusula de regularización de los delitos fiscales. Parecería que nuestro Soberano entiende que el impuesto, a veces, puede ser injusto, como aquellos que imponía el rey Jorge III a los colonos. Y se le olvida, sin embargo, que nuestro modelo de Estado se parece muy poco al norteamericano. Si estos individuos privilegiados quieren llevarse su dinero al paraíso, que se acojan a la segunda enmienda, que agarren un rifle y que se construyan una mansión fortificada con médico y maestro de serie. Los demás intentaremos sobrevivir sin los goles de Messi. Y con otro Ministro de Industria.

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Personajes
Sergio Pérez 14-04-2016 | 1:00 | 0

 

Según Twitter, Podemos es en realidad un grupo de bolivarianos que ha venido a reventar la partida. El Psoe es la casta de la progresía, o sea, que son los progresistas de sí mismos. El PP es un coletazo del viejo régimen que no cree en la comunicación democrática. Y Ciudadanos, claro, es su versión laica y ultraliberal. Lo cierto es que, estos días, se han sublimado los melodramas para superar estas definiciones descarnadas del anónimo internauta, estos exabruptos de red social: de los besos de Iglesias, como Burt Lancaster entre el oleaje pero sin eternidad, al enredo grouchiano de Girauta, que no quiere ser ministro (parece la letra de una canción punk), pasando por el tambaleante aplomo de Antonio Hernando, muy lejos de Bogart y cada día más cerca de convertirse en chico-Almodóvar. Rajoy hace sus esfuerzos, pero aún no le sale la palabra, como una suerte de Buster Keaton que calla, tropieza, mira triste y hace gracia. Personajes.

La película parece llegar a su fin, pero tal vez la representación, como contaba Nietzsche a propósito de la tragedia griega, haya sido aquí esa explosión dionisiaca que preforma la realidad. Así es que el actor, poseído, se convierte en su personaje. Y así es que nuestros protagonistas, quijotescos, proyectan los esquemas de su ficción al mundo real. A estos personajes les queda poco tiempo de fingimiento, pero a estas alturas ya han sido engullidos por sus propias imposturas: hasta fingen que es dolor el dolor que en verdad sienten, como decía aquel. Y esto, que en la pluma de filósofos y poetas permanece en los efluvios de sofismas sueltos, pasado por el tamiz de los teóricos del Derecho se transforma en eso que Habermas llamaba racionalidad comunicativa. O sea, que lo importante en la política no es lo que pretende el interesado, sino lo que dice que pretende. Porque en ese decir, que es el escuchar del público, se redefinen sus pretensiones.

Tal vez todo este tiempo de retóricas tan impostadas como recurrentes haya servido para algo. Porque tal vez, por suerte o por desgracia, los actores empiezan a parecerse a sus personajes y quizá sus supuestas intenciones ocultas (que solo se desvelan en la escupidera de las redes sociales) estén cada vez más condicionadas por lo que verbalizan. Iglesias repite tanto eso de que ceden que, al final, resulta que ceden y ya son socialdemocracia de verdad, de la de siempre. El Psoe intenta aparentar tanta seguridad en su salto mortal sin red (en realidad sin trapecio y sin circo) que al final no va a caer, e incluso despertará de la pesadilla abrazado a la almohada, como si esta fuera el segundo puesto. Ciudadanos insiste tanto en eso de que hay que garantizar el buen funcionamiento de las instituciones que al final les recordaremos como mártires, y se contarán las andanzas de Rivera con la ayuda de un laúd. Y el PP, bueno, el PP está planteándose pasarse de una vez al sonoro. Cualquier día Rajoy sigue haciendo mutis, pero por el foro, y ponen en escena por sorpresa a una risueña guest star que endereza la tragicomedia según estándares hollywoodienses.

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Paraísos
Sergio Pérez 04-04-2016 | 10:19 | 0

Está escrito en unos papeles en Panamá que Messi no paga los impuestos que debe pagar. ¿Notición? Bueno, igual no. Decía Zizek, a propósito de Wikileaks, que la relevancia de aquellas filtraciones no pasaba por que nos dijeran algo que no sabíamos, sino que evitaban que los implicados fingieran que no hacían lo que todos sabíamos que hacían (¡uf!). Como cuando hay dos en un ascensor y de repente empieza a oler mal. Ahora, cuando los papeles de Panamá se encaraman a las primeras páginas, todos leemos la noticia con esa media sonrisa del cuñado que lo sabía. Que unos cuantos políticos, otros tantos futbolistas y la tía del Rey (muy almodovariano todo) guarden su dinero en cuentas de un país que no han pisado nunca debería ser, como mucho, un breve, entre cultura y deportes. En realidad, todos lo sabíamos. Lo que cambia es que ahora concretamos los detalles y ya podemos imaginar a estas extrañas gentes –que ganan dinero como si fueran empresas– bajo sombreros panameños, riéndose del mundo.

En el fondo, no nos escandalizamos. Porque lo que sucede es que la lógica del paraíso fiscal es, sublimada, la de la política fiscal del mundo desarrollado, o sea, la lógica de no entorpecer el flujo de capitales para no quedarnos en los márgenes del progreso (dicho de otro modo, para ser más daneses que venezolanos, que es el pais-ómetro de moda). Porque si les hacemos pagar impuestos a las grandes empresas en el mismo porcentaje que pagan los fulanos por sus salarios, se irían a un lugar más calentito, a un paraíso, vaya. O eso piensa Albert Rivera.

Tuitea el líder naranja esto: “La mejor política fiscal es que los que pagan impuestos tengan premio”. O sea, que el premio para los que pagan es que paguen menos y que, si no van al paraíso, el paraíso vaya a ellos. Y es que basamos nuestro sistema impositivo en estrategias de exención y bonificación que reducen la carga fiscal sobre las sociedades hasta ridiculizarla en comparación con la carga sobre las rentas del trabajo. Y claro, esos trabajadores que ganan mucho (legal o ilegalmente) se hacen panameños. Para apuntalar el desaguisado, el Código penal hace una contorsión final de fuegos artificiales con una cláusula rarísima según la cual, si se paga lo no tributado antes de que vayan a por uno, no se delinque. Imaginen ese mismo apéndice para otros delitos y los juzgados desatascados… Si nos indignan los papeles de Panamá, nos debería indignar, en el mismo sentido, nuestra propia política fiscal. Pero cuidado, que si tensamos la cuerda y exprimimos a Messi, lo mismo se va a jugar a otra liga y nos quedamos en los márgenes del progreso.

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