La Rioja
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Fecha: mayo, 2016
Pobreza y racord democrático
Sergio Pérez 27-05-2016 | 12:38 | 0

El espectáculo ha desbordado su quicio. Ver a una mujer rubia con acento caribeño gritar eso de “Albert Riveraaaa” ha sido un momento trascendente, como cuando Jeff Daniels atraviesa la pantalla en La rosa púrpura de El Cairo para mezclarse con los espectadores. Imagino al personal en el aeropuerto venezolano, entusiasmado por formar parte de lo que antes solo observaban desde la distancia, comiendo palomitas. O sin comer nada, que para eso ha ido allí Albert, para que puedan comer (libertad y alimentos puede ser una buena inscripción bajo la estatua ecuestre del líder ciudadano en Caracas). La cosa es que la estatua se la podrían levantar en algunos barrios de esta orilla atlántica, incluso en Logroño. Porque “El 7,1% de los hogares riojanos llega a fin de mes con mucha dificultad”,  el índice de pobreza en nuestra Comunidad (privilegiado frente al de España) ronda el 17% y hasta casi un 30% de las unidades familiares no puede irse de vacaciones.

Los datos gritan la gran impostura de nuestra política. Y es que mientras los argumentos se arremolinan, la tragedia sigue reproduciéndose, aunque representada por figurantes, al fondo. Cuando estos datos nos retratan como país, el político pragmático expone una fórmula compleja (una de pizarra, para mentes preclaras) en la que la pobreza solo se erradica si la balanza de pagos, multiplicada por el logaritmo del PIB menos la raíz cuadrada de la inflación entre la prima de riesgo, da positiva (perdonen la chanza los economistas). Sin embargo, cuando estos datos se dejan ver en algún país exótico pero con implicaciones electoralistas, la escena se trae al frente y se les hace a los figurantes un primer plano de rostro apesadumbrado, a lo Pasolini. Entonces la apelación a los derechos humanos salta como un resorte ético, más allá de contextualizaciones y posibilismos.

Lo cierto es que hay espacios diversos de legitimidad política para ocuparse de la pobreza. Desde una tradición liberal, hay margen político para soportar una cierta tasa de pobreza estructural (los americanos –del norte– la asumen), como entropía inevitable sobre la que se deben articular políticas de activación económica que, en el futuro, salven a esos pobres (sin perjuicio de que su lugar lo puedan ocupar otros). Desde una tradición socialista, hay margen político para defender que, por encima de cualquier cálculo presupuestario, debe erradicarse la pobreza con financiación incondicionada y directa (rentas garantizadas como derecho subjetivo, por ejemplo), asumiendo solidariamente el riesgo económico implicado. Lo bochornoso, en cualquier caso, es ser un pragmático tecnócrata en España y un bienintencionado humanista en Venezuela (o al revés).

Hace unos años, tras el aumento de la comunicación cibernética –despiadada y bufa, como una discusión entre niños o una campaña electoral–, un tal Godwin proclamó una ley informal que lleva su nombre: y es que a medida que una conversación online se alarga, aumenta la probabilidad de que se acabe aludiendo a Hitler o a los nazis para ganar la diatriba. Los activistas godwinanos decidieron que, llegado ese momento, cerraban el chat. Creo que no vendría mal acatar otra norma para lo que nos viene: en el momento en el que Venezuela aparezca en el debate político nacional, debería activarse un ruido de bocinas y campanas, tipo tacañonas, para poner fin a la disputa –como en ese juego de mesa de no decir ciertas palabras–; porque entonces el show estará fuera de quicio. Vale que todos quieran mercancías en las tiendas venezolanas, vale que todos quieran libertad y progreso –así, en general– en ese país tan querido y tan cercano y tal y cual, pero intentemos que el espectáculo, por tragicómico que sea, permanezca en los márgenes previsibles de una comunicación racional y que así los personajes no cambien caprichosamente de continuidades narrativas, por eso de mantener el racord democrático.

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Elogio del no pactar
Sergio Pérez 09-05-2016 | 3:56 | 0

Uno de los soniquetes más recurrentes entre los politólogos contemporáneos es ese del final de las ideologías. Como si ya la política fuese un juego de encajes, de piezas útiles que deben ensamblarse para poner a funcionar el negocio. Y nada más. Esto, claro está, lo dicen a modo de crítica, porque, cuando no hay ideologías, sucede que en la toma de decisiones no hay referencias estables (económicas, sociales o aun éticas). Lo que hay es mera adaptación o, como dice el eufemismo al uso, cesiones en el programa por responsabilidad de Estado, por desbloquear, por compromiso con la gobernabilidad y blablabla. Y así es que todos los partidos se reducen a una misma persistencia: que la cosa funcione.

Es cierto que, en este no pactar en el que estamos inmersos, los desmadres y recomposiciones internas de los partidos se acicalan con falsa ideología. Es cierto que unos quieren el sorpasso y echan cuentas para nuevas coaliciones; es cierto que otros quieren evitar ser engullidos por Andalucía y se anaranjan ma non troppo; es cierto que algunos fueron financiados para apuntalar gobiernos, para desbloquear, en general; es cierto que otros o son gobierno o no son… Pero más allá de estas verdades de bar –que son las más auténticas– no es menos cierto que sus discursos formales han debido afianzarse en la ideología para amparar estos requiebros interesados. Impostada o no, pero ideología. Y la ideología recoloca a los partidos según unos perfiles fijos, de tal modo que de esta sesión continua de interacciones teatrales ha quedado el poso de sus extracciones ideológicas: el deambular funambulesco ha dejado rastros de izquierdas y derechas o, como dirían los clásicos, rastros de conservadores, reformistas, revisionistas o aun revolucionarios (con permiso de los verdaderos revolucionarios, a quienes todo esto les parece una superproducción lampedusiana).

Si esto del cambio iba a consistir en un acuerdo por responsabilidad de Estado, el cambio no dejaría de ser el mismo ensamblaje de siempre con piezas distintas. En esta tourné electoral concurre –aleluya– la ideología, y esto es algo absolutamente novedoso que irrumpe en la mimetización progresiva que habían sufrido los dos grandes partidos en busca del centro. Los nuevos partidos prueban la misma táctica, pero en esta charlotada de novatos, la máscara se les ha caído cada dos por tres, para regocijo del público.

El cambio, en realidad, pasa por que los partidos no se hayan puesto de acuerdo. El cambio pasa por reconocer cada vez mejor a los contendientes no por sus programas y sus medidas estratégicas –como mercancías convenientemente enceradas– sino por cómo se ponen a raya entre sí, por ese forcejeo que deja notar sus tendencias de fondo, que serán sus políticas. El cambio pasa por valorar que, de cara a las próximas elecciones, ya sabemos algo mejor qué representan ideológicamente estos pésimos tramoyistas irredentos, que lo mismo se injurian que firman pactos efímeros con pretensión de posteridad.

En realidad, la desazón por estas nuevas elecciones no deja de ser la del consumidor que anhela un nuevo producto; la de un electorado haragán que exige novedades en el espectáculo. Nos cuentan eso de que sin pacto no hay estabilidad, no hay orden, no hay progreso (a todos se nos ocurren fórmulas políticas mucho más eficaces para conseguirlo, si ese es el objetivo); nos cuentan que vamos camino de la italianización, de un bucle de inestabilidad que hará desmoronarse al país. Se nos olvida, sin embargo, que este país ya se ha desmoronado a fuerza de estabilidad y pacto. Si el electorado quiere cambio, que asuma cierta cota de desorden por el camino y que las ideologías vayan reordenando el galimatías. Es una anomalía en la política contemporánea la posibilidad de escoger papeleta, con opciones de eficacia, entre un espectro ideológico relativamente variado. Ese es nuestro privilegio como electores. Y ese es nuestro infortunio como consumidores fugaces.

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