La Rioja
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Fecha: octubre, 2016
Izquierdas cinematográficas
Sergio Pérez 24-10-2016 | 8:49 | 0

El galimatías de las izquierdas españolas admite varios niveles de análisis, pero el más divertido, sin duda, es el análisis fílmico; en esa clave, la película sobre el Psoe ha cambiado bruscamente de género: era un metraje en el que Pedro necesitaba seguir siendo el líder apolíneo, el héroe, y, claro, toma la drástica decisión de explorar territorios prohibidos, territorios morados de los que sale amoratado, como antihéroe. Porque Susana sueña con ser princesa, o presidenta, que es menos estresante, y sucede que Pedro y Susana se cruzan y, lo que venía siendo una screwball comedy –con sus frases de doble filo y sus pequeños roces que duelen pero atraen– se ha transformado en un melodrama, repleto de rupturas y llantos. Pedro y Susana han pasado de La fiera de mi niña a una de esas adaptaciones de Tennessee Williams, tan sentidas que desgarran. Muy lejos, en todo caso, del tono que enfrenta a las facciones podemitas: en esos largometrajes la trama era la de unos adolescentes que quieren cambiar el mundo. Y entonces la cámara, como en aquel cine político de los setenta, transitaba los rostros afligidos y las ideas complejas: ya se sabe, la reivindicación del sentimiento en el marxismo científico, nada menos. Todo bien en esa clave, hasta que el partido se solidifica y debe tomar decisiones sobre la gobernabilidad. Entonces aquellos metrajes basados en diálogos universitarios –que todo lo abarcan– y abrazos fraternales tras haber sido aporreados en manifestaciones, se transforman en otras películas, más caras y condicionadas por el productor: películas bélicas. Y ahí ya no importan los rostros o las genialidades dialogadas, sino las posiciones en el terreno, la superviviencia y el avance. Ya no hay abrazos ni enamoramientos intelectuales. Ya solo hay victoria o derrota, épica.

La crisis en el Psoe es la tragicomedia inevitable que se les viene encima a unos personajes demasiado preocupados por sus biografías. La de Podemos, sin embargo, es una epopeya política (y lo de epopeya puede ser peyorativo, o no, veremos). Pedro y Susana son personajes intercambiables, porque ambos viven afligidos por los mismos miedos y vacíos, y ambos dicen lo mismo o lo contrario, depende. Pablo e Íñigo, sin embargo, están anclados a sus lecturas, a sus filiaciones doctrinales (porque se es de unos autores como se es de un equipo de fútbol) y, aunque enfrentaron los mismos enemigos en la calle, ahora se disputan la estrategia y –quizá– el concepto de socialismo en España. Lo curioso es que en esta batalla de los segundos se juega también el destino de los primeros: en torno a la forma final de Podemos deberá articularse un Psoe que le atice o le acaricie; depende. Pero esa será una tercera película que, como todas las terceras partes, desmerecerá a sus precedentes.

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Las tarjetas de Eliot Ness
Sergio Pérez 13-10-2016 | 9:55 | 0

Cuando condenaron a Al Capone por evadir impuestos, Eliot Ness dejó media mueca de satisfacción para el recuerdo (cinematográfico, en la piel de Kevin Costner dirigido por Brian de Palma). Los muertos que dejó por el camino se dieron por vengados en aquella estratagema legal del agente del Tesoro estadounidense. Vale que Rato, Blesa y compañía no han matado a nadie, pero el juicio popular –el de bar y ascensores– les viene sentenciando desde hace unos años por esas miserias que se nos han venido encima últimamente. Lo suyo, piensa el personal, sería que se les condenase por arruinarnos la vida; pero claro, el Derecho penal tiene sus límites, y esa sentencia tendría mal encaje en nuestro Código.

Ahora hacen fila en la Audiencia nacional, que para eso es un Tribunal de asuntos excepcionales (qué peliagudo es eso para un sistema judicial), y en esa procesión ya van encajando cierto castigo. Y es que estos estrategas del valor de cambio, estos que pilotaron capitales por el mundo como quien conduce un auto de choque en la feria, perpetraron otras fechorías menores pero más carnales, esas en las que el lector oblicuo de periódicos se detiene: que si compró champán por miles de euros, que si gastó en peluqueros otros tantos… y así todos les visualizamos como villanos en su regodeo festivo, bailando sobre la tumba de la sanidad y la educación y tal y cual…

Lo cierto es que el uso de las tarjetas black, desde una perspectiva penal, se reduce a los delitos de apropiación indebida y administración desleal (que, por cierto, se han convertido casi en lo mismo tras la reforma de 2015); o sea, que lo malo de su comportamiento se sustancia en que no está bien gastar dinero si sabías que no debías gastarlo. Y si lo haces en tiempos de crisis, se activa un protocolo oficioso de sensibilidad fiscal y acusaciones populares a discreción que apunta a la cabeza de todo títere mediático. El perjuicio económico total de las tarjetas de marras asciende a unos 15 millones de euros (entre los 86 directivos y consejeros implicados en 13 años, hagan la cuenta). El rescate de Bankia costó 23500 millones de un plumazo (o el doble, depende de la ideología), pero los gastos en champán y peluquería pueden llevar a la cárcel a nuestros enemigos populares.

Muchos esbozarán la media mueca de satisfacción que esbozó Eliot Ness, pero tal vez deberíamos empezar a pensar que el Derecho penal solo le pone broches peliculeros a los desmanes del sistema económico, y que si no cambian otras cosas, las crisis y el champán seguirán pagándose con dinero ajeno.

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