La Rioja
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Fecha: noviembre, 2016
Calígula
Sergio Pérez 11-11-2016 | 12:01 | 0

Y Trump ganó. Como ganó el Brexit y la negativa a la paz colombiana… Las empresas demoscópicas deberían contratar a antropólogos o psicoanalistas, y añadir un ingrediente nuevo a su cocina de inducción (que no deduce nada), algo que codificasen como “voto libidinal”, “voto del inconsciente” o “voto que me pide el cuerpo pero no te cuento”. Votar a Trump es como cometer esa pequeña ilegalidad que da placer. Puede apetecer a menudo, se hace muy de vez en cuando, pero no se cuenta nunca. Las encuestas a pie de urna, esas que se realizan cuando el interfecto ha votado y ya no cabe la indecisión, ratificaban una racionalidad ideal: Hillary era la candidata más preparada, sin duda. Hillary era el orden democrático. Un orden, sin embargo, que no cubre las expectativas, así que sucede con cierta reiteración en los últimos años que el personal no vota lo que considera más racional según parámetros protocolarios de orden, sino que, cada vez más, se vota como se pide un deseo: susurrándolo, cruzando los dedos…

El análisis democrático ortodoxo le va a buscar las racionalidades al voto de Donald Trump: quizás su promesa de proteccionismo comercial o de estrangulamiento migratorio haya incentivado la movilización del proletariado blanco, que ya no cree en un liberalismo globalizado que empobrece a discreción. Pero lo cierto es que el marido de Melania no habría conseguido alcanzar la Presidencia si no le hubiese votado un alto porcentaje de la población hispana y afroamericana, un sector de la población al que no parecen convenirle sus promesas y que, a pesar de todo, enaltece las “caenas”. Trump no habría ganado sin el voto de quienes se sienten atraídos por ese punto de locura que amenaza con el apocalipsis; porque según cómo vaya la vida, un apocalipsis no es tan malo. Los votantes de Trump proyectan en las excentricidades de su líder la esperanza de un reseteo y, para muchos, el voto ha sido un ejercicio de fe, como sacar la imagen de la virgen para que llueva.

Tiberio designó a Calígula como su heredero porque consideraba que, en la comparación histórica, iba a salir ganando. La posteridad le reivindicaría como el Emperador virtuoso, aunque no lo hubiera sido. Sin embargo, ya pocos recuerdan a Tiberio, mientras que cualquier profano conoce las andanzas de Calígula: un buen día se presentó ante el Senado para comunicar que se había transformado en Dios. Nombró cónsul a Claudio –su tío tartamudo, supuestamente incapaz para los asuntos públicos–, pero como aquello le pareció poco escandaloso, lo sustituyó por su caballo (según fuentes inciertas, pero eso qué más da). Los americanos ya han elegido a su Calígula y quizás la historia desmerezca pronto a Obama…

Trump, como Calígula, no es un político. Hace unos años financiaba al partido demócrata con la misma naturalidad con la que se convirtió en el candidato de los republicanos. No es el resultado estratégico de una ideología, sino la espontaneidad de la extravagancia, que no tiene raíces ni obedece inercias. A Donald le dan igual los intereses de sus votantes o sus gobernados en tanto que agentes racionales. Él solo quiere aparecer un día en el Senado y, atusándose el pelo algodonado, comunicarle a su nobleza que se ha convertido en Dios.

La decisión de votar a Trump desborda cualquier análisis de racionalidad política. Es una apuesta por la demencia, por una renovación de las divinidades que dan esperanza. Sin embargo, las causas que impulsan esta espiritualidad pagana son perfectamente aprehensibles desde una perspectiva racional: ocho años con Obama –premio Nobel de la paz, defensor de la sanidad para todos y negro– han dejado un país que estira sus guerras, sus miserias y su racismo. Si con Obama este ha sido el resultado, ya solo queda probar con Calígula.

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