La Rioja
img
Autor: Sergio Pérez
Gerontocracia, a veces
img
Sergio Pérez | 10-07-2016 | 9:50| 0

Susanna Griso entrevistaba el otro día a Julio Anguita. Ella llevaba una camiseta verde de tirantes con una referencia postmoderna sin sentido, uno de esos significantes vacíos como “Arizona”, o cualquier otro sitio al que nunca se va. Él contestaba hierático, escoltado a sus espaldas por algunos volúmenes clásicos: exégesis marxistas entreveradas por poesías de Alberti. La entrevista fue la instantánea de un vórtice entre dos épocas: la rutilante periodista hiperactiva –con programa matinal pastiche y vespertino intimista– Vs. el viejo comunista, atado al mástil, que no se deja seducir por platós de neones excesivos.

En esa entrevista desajustada –que fue como ver a un japonés en una plaza de toros– hubo un momento de disenso sublime, que es el disenso entre el análisis científico anguitiano, decimonónico, y el pulular poli-discursivo de nuestros tiempos: la señora Griso (que así la llamaba don Julio), agarrada a una verdad de moda, le decía que las elecciones las había ganado el PP porque así lo habían decidido los españoles, y que en eso no había margen de análisis político. Y don Julio, con esa voz que parece salir directa de los libros que le escoltan, le contestaba que de eso nada, que el votante del PP está sometido a la crítica política, como todo cives de la polis, vaya. Porque los ciudadanos son también políticos e interesados.

Luhmann, un sociólogo con aristas –como un ladrillo– decía que al “Estado del bienestar” deberíamos llamarlo “Estado de las compensaciones entre sujetos”. Porque ya nadie piensa en un “bien común”, sino que, en la heterogeneidad laboral y de estatutos personales, cada ciudadano le pide cosas distintas al Estado. O sea, que en cada voto de cada elector (no digamos ya si pudieran votar todos los administrados, extranjeros incluidos) se encriptan demandas muy diversas. Los politólogos tienen dos opciones: legitimar políticamente todos esos intereses dispersos, como “intereses micro-soberanos”, o juzgar al votante tanto como al partido político. Y entonces cabría argumentar que, determinado resultado electoral, aun legal, es políticamente un desastre.

¿Recuerdan el Brexit? Esa hecatombe de hace un par de semanas a la que nos vamos acostumbrando…  Entonces los politólogos se lanzaron por la opción anguitiana y, así, el Brexit, por unanimidad, se destripó en platós, estudios y editoriales como un voto irracional, protagonizado no ya por el incólume individuo anónimo –ciudadano que no debe explicaciones a nadie– sino como el voto del viejo paleto gruñón que hipoteca con su ocurrencia a una juventud alegre con ganas de viajar a París… ¡gerontocracia despótica!

En las elecciones nacionales, sin embargo, los politólogos han replegado sus ambiciones y no critican los intereses personales que dan y quitan mayorías parlamentarias. Porque cada cual es dueño de su voto, y punto. Pero Anguita le pedía a la Griso un poco de mala leche materialista; si recogemos la petición del viejo comunista, podríamos decir, por ejemplo, que el partido más votado recibe el 40% de sus votos de ciudadanos mayores de 65 años, que votan en masa. Así que, estirando la metodología analítica del Brexit, también podríamos decir que España es una suerte de gerontocracia (¿recuerdan ese capítulo de los Simpsons en el que los jubilados ganan las elecciones e imponen prohibiciones a sus menores?). En realidad, los jubilados marcan el sentido de nuestros gobiernos desde hace lustros y, a medida que el país envejece, lo hacen con más contundencia. ¿Podemos, entonces, afirmar que nuestras elecciones devuelven resultados determinados por una franja poblacional muy cohesionada, cuyos intereses legitiman prácticas de gobierno un tanto dudosas? No, no podemos, a no ser que, democráticamente, los mayores de 65 decidan que nos vamos de la Unión Europea.

Ver Post >
Futbolistas
img
Sergio Pérez | 17-06-2016 | 10:39| 0

Que los futbolistas se construyen como modelos en materia de conducta social –haciendo regalos a niños hospitalizados o protagonizando spots contra el racismo– no es nuevo. Si a esto le añadimos un poquito de autosuperación, con el paladín de turno haciendo abdominales fuera de horario laboral, tenemos el producto perfecto. Lo que es más novedoso es que, estos años de crisis y bochorno, al producto le salgan algunas grietas; grietas que evidencian el peligro de un deporte que condiciona el juicio de los ministros: hace unos días, tras desvelarse la posible implicación de un futbolista en un delito de agresión sexual, el Ministro de Interior declaró que esperaba que el asunto no afectase a la selección española. Bandera con toro y olé.

Esas grietas en los productos futbolísticos están visibilizándose en forma de delitos. Son tiempos extraños para el derecho penal, porque cuando las crisis económicas aprietan a las sociedades, la función populista de la punición estatal se sublima. Y en esas que ni el balompié se libra. La cuestión toma importancia si tenemos en cuenta que los futbolistas se han convertido en un colectivo de riesgo penal; por citar solo lo más sonado: Messi y Mascherano pagaban impuestos de aquella manera (vía latitudes tropicales); Gabi, el primer capitán del Atlético que levantará una copa de Europa, anduvo en otros tiempos un poco atareado con el amaño de un partidillo para no sé qué…; a Rubén Castro le alababan el maltrato a su novia desde el fondo sur del Villamarín, qué gracejo; Benzema ha tocado varios preceptos del Código penal, porque como buen deportista se supera a sí mismo (desde sobornos hasta delitos contra la seguridad vial); y ahora, como estrellas invitadas para la función de verano, De Gea y Muniain rondan los delitos contra la libertad sexual…

Este sería un artículo tendencioso si no fuera porque, muchas veces, su función como futbolistas está íntimamente ligada a esas conductas irregulares. Supongo que si sacásemos la estadística delictiva del gremio de los fontaneros, podríamos construir otro opúsculo parecido. Pero lo que diferencia a los futbolistas es que lo que les coloca en esa posición de riesgo delictivo es su status como tales: millonarios, jóvenes y admirados. Y claro, una vez cometido el delito, la valoración social de la hinchada pasa por considerar anécdotas lo que en otras personas es el ultraje que les perfila de por vida. Cosas…

La admiración por estos personajes la labra el periodismo deportivo, que es hoy en España un subgénero hagiográfico dirigido a mentes dependientes. Pero no solo. El otro, el periodismo bueno, toma el deporte como una función de Estado, en cuya suerte radicaría un cierto porcentaje del PIB. Y en esas que han proyectado a los futbolistas como superhéroes que, al lanzarse por la ventana, no vuelan. Por eso no es casual que, cuando estos sujetos atraviesan ámbitos en los que los comportamientos están férreamente normativizados, su irrupción rutilante roce hasta la chispa con la estructura jurídica. Y en ese roce debemos calibrar toda esta impostura construida en laboratorios de imagen.

Dicen de Messi que tiene la facultad de ser muy veloz en pasos cortos, así que puede cambiar de dirección más veces que nadie; Benzema tiene la extraña habilidad de controlar un trozo de cuero hinchado mientras tipos de uno noventa le dan patadas; A De Gea no le ponen nervioso ni un millón de memes, y sigue parando balones como pompas de jabón… Hasta ahí sus méritos, que como cuestión de Estado son un tanto marginales. Puestos a elegir, me quedo con Maradona, que al menos tiene Iglesia propia y no involucra a otras instituciones.

Ver Post >
Pobreza y racord democrático
img
Sergio Pérez | 27-05-2016 | 12:38| 0

El espectáculo ha desbordado su quicio. Ver a una mujer rubia con acento caribeño gritar eso de “Albert Riveraaaa” ha sido un momento trascendente, como cuando Jeff Daniels atraviesa la pantalla en La rosa púrpura de El Cairo para mezclarse con los espectadores. Imagino al personal en el aeropuerto venezolano, entusiasmado por formar parte de lo que antes solo observaban desde la distancia, comiendo palomitas. O sin comer nada, que para eso ha ido allí Albert, para que puedan comer (libertad y alimentos puede ser una buena inscripción bajo la estatua ecuestre del líder ciudadano en Caracas). La cosa es que la estatua se la podrían levantar en algunos barrios de esta orilla atlántica, incluso en Logroño. Porque “El 7,1% de los hogares riojanos llega a fin de mes con mucha dificultad”,  el índice de pobreza en nuestra Comunidad (privilegiado frente al de España) ronda el 17% y hasta casi un 30% de las unidades familiares no puede irse de vacaciones.

Los datos gritan la gran impostura de nuestra política. Y es que mientras los argumentos se arremolinan, la tragedia sigue reproduciéndose, aunque representada por figurantes, al fondo. Cuando estos datos nos retratan como país, el político pragmático expone una fórmula compleja (una de pizarra, para mentes preclaras) en la que la pobreza solo se erradica si la balanza de pagos, multiplicada por el logaritmo del PIB menos la raíz cuadrada de la inflación entre la prima de riesgo, da positiva (perdonen la chanza los economistas). Sin embargo, cuando estos datos se dejan ver en algún país exótico pero con implicaciones electoralistas, la escena se trae al frente y se les hace a los figurantes un primer plano de rostro apesadumbrado, a lo Pasolini. Entonces la apelación a los derechos humanos salta como un resorte ético, más allá de contextualizaciones y posibilismos.

Lo cierto es que hay espacios diversos de legitimidad política para ocuparse de la pobreza. Desde una tradición liberal, hay margen político para soportar una cierta tasa de pobreza estructural (los americanos –del norte– la asumen), como entropía inevitable sobre la que se deben articular políticas de activación económica que, en el futuro, salven a esos pobres (sin perjuicio de que su lugar lo puedan ocupar otros). Desde una tradición socialista, hay margen político para defender que, por encima de cualquier cálculo presupuestario, debe erradicarse la pobreza con financiación incondicionada y directa (rentas garantizadas como derecho subjetivo, por ejemplo), asumiendo solidariamente el riesgo económico implicado. Lo bochornoso, en cualquier caso, es ser un pragmático tecnócrata en España y un bienintencionado humanista en Venezuela (o al revés).

Hace unos años, tras el aumento de la comunicación cibernética –despiadada y bufa, como una discusión entre niños o una campaña electoral–, un tal Godwin proclamó una ley informal que lleva su nombre: y es que a medida que una conversación online se alarga, aumenta la probabilidad de que se acabe aludiendo a Hitler o a los nazis para ganar la diatriba. Los activistas godwinanos decidieron que, llegado ese momento, cerraban el chat. Creo que no vendría mal acatar otra norma para lo que nos viene: en el momento en el que Venezuela aparezca en el debate político nacional, debería activarse un ruido de bocinas y campanas, tipo tacañonas, para poner fin a la disputa –como en ese juego de mesa de no decir ciertas palabras–; porque entonces el show estará fuera de quicio. Vale que todos quieran mercancías en las tiendas venezolanas, vale que todos quieran libertad y progreso –así, en general– en ese país tan querido y tan cercano y tal y cual, pero intentemos que el espectáculo, por tragicómico que sea, permanezca en los márgenes previsibles de una comunicación racional y que así los personajes no cambien caprichosamente de continuidades narrativas, por eso de mantener el racord democrático.

Ver Post >
Elogio del no pactar
img
Sergio Pérez | 09-05-2016 | 3:56| 0

Uno de los soniquetes más recurrentes entre los politólogos contemporáneos es ese del final de las ideologías. Como si ya la política fuese un juego de encajes, de piezas útiles que deben ensamblarse para poner a funcionar el negocio. Y nada más. Esto, claro está, lo dicen a modo de crítica, porque, cuando no hay ideologías, sucede que en la toma de decisiones no hay referencias estables (económicas, sociales o aun éticas). Lo que hay es mera adaptación o, como dice el eufemismo al uso, cesiones en el programa por responsabilidad de Estado, por desbloquear, por compromiso con la gobernabilidad y blablabla. Y así es que todos los partidos se reducen a una misma persistencia: que la cosa funcione.

Es cierto que, en este no pactar en el que estamos inmersos, los desmadres y recomposiciones internas de los partidos se acicalan con falsa ideología. Es cierto que unos quieren el sorpasso y echan cuentas para nuevas coaliciones; es cierto que otros quieren evitar ser engullidos por Andalucía y se anaranjan ma non troppo; es cierto que algunos fueron financiados para apuntalar gobiernos, para desbloquear, en general; es cierto que otros o son gobierno o no son… Pero más allá de estas verdades de bar –que son las más auténticas– no es menos cierto que sus discursos formales han debido afianzarse en la ideología para amparar estos requiebros interesados. Impostada o no, pero ideología. Y la ideología recoloca a los partidos según unos perfiles fijos, de tal modo que de esta sesión continua de interacciones teatrales ha quedado el poso de sus extracciones ideológicas: el deambular funambulesco ha dejado rastros de izquierdas y derechas o, como dirían los clásicos, rastros de conservadores, reformistas, revisionistas o aun revolucionarios (con permiso de los verdaderos revolucionarios, a quienes todo esto les parece una superproducción lampedusiana).

Si esto del cambio iba a consistir en un acuerdo por responsabilidad de Estado, el cambio no dejaría de ser el mismo ensamblaje de siempre con piezas distintas. En esta tourné electoral concurre –aleluya– la ideología, y esto es algo absolutamente novedoso que irrumpe en la mimetización progresiva que habían sufrido los dos grandes partidos en busca del centro. Los nuevos partidos prueban la misma táctica, pero en esta charlotada de novatos, la máscara se les ha caído cada dos por tres, para regocijo del público.

El cambio, en realidad, pasa por que los partidos no se hayan puesto de acuerdo. El cambio pasa por reconocer cada vez mejor a los contendientes no por sus programas y sus medidas estratégicas –como mercancías convenientemente enceradas– sino por cómo se ponen a raya entre sí, por ese forcejeo que deja notar sus tendencias de fondo, que serán sus políticas. El cambio pasa por valorar que, de cara a las próximas elecciones, ya sabemos algo mejor qué representan ideológicamente estos pésimos tramoyistas irredentos, que lo mismo se injurian que firman pactos efímeros con pretensión de posteridad.

En realidad, la desazón por estas nuevas elecciones no deja de ser la del consumidor que anhela un nuevo producto; la de un electorado haragán que exige novedades en el espectáculo. Nos cuentan eso de que sin pacto no hay estabilidad, no hay orden, no hay progreso (a todos se nos ocurren fórmulas políticas mucho más eficaces para conseguirlo, si ese es el objetivo); nos cuentan que vamos camino de la italianización, de un bucle de inestabilidad que hará desmoronarse al país. Se nos olvida, sin embargo, que este país ya se ha desmoronado a fuerza de estabilidad y pacto. Si el electorado quiere cambio, que asuma cierta cota de desorden por el camino y que las ideologías vayan reordenando el galimatías. Es una anomalía en la política contemporánea la posibilidad de escoger papeleta, con opciones de eficacia, entre un espectro ideológico relativamente variado. Ese es nuestro privilegio como electores. Y ese es nuestro infortunio como consumidores fugaces.

Ver Post >
Batman contra Rajoy
img
Sergio Pérez | 22-04-2016 | 4:16| 0

Que Rajoy es Superman no se discute: fue el elegido para poner en práctica la última mayoría absoluta de nuestra democracia y, ya se sabe, nuestra democracia arrastra algunas inercias del viejo régimen en las que la separación de poderes queda bajo sospecha. Porque en nuestro país la interdependencia entre poder judicial, legislativo y ejecutivo es, en ocasiones, demasiado ininterrumpida. Y así es que en aquel Elegido, en Rajoy, confluyeron todos los poderes, que es el modo en el que el Presidente se hizo superpoderoso; sin dejarse ver, se quitaba las gafas, se enfundaba la capa y arreglaba las cosas a su manera (una Ley por aquí, un nombramiento judicial por allá). Él creía que no le reconocíamos.

Los superhéroes representan de modo palomitero algunas tensiones sociales y políticas propias de nuestras rutinas, sustanciando en perfiles apolíneos e interacciones maniqueas asuntos complejos. En su última superproducción (Batman V Superman: El amanecer de la justicia) la Warner recupera un argumento ya guionizado en cómics anteriores, según el cual Batman –que tiene que ganarse el poder con mucho trabajo previo– pretende poner a raya a Superman, que llegó a la Tierra con poderes de serie. En realidad, el kryptoniano tiene muchos enemigos, ya que su “mayoría absoluta” irrita en la película incluso a los propios representantes democráticos, que exigen al superhéroe que se presente en el Capitolio para dar cuenta de sus modos. Y es que no se puede ir por ahí haciendo el bien a discreción, sin contar con el personal.

Ahora la trama ha dado un giro de guion magistral. Batman puso a punto todo su arsenal tecnológico para contrarrestar el superpoder de Superman, le arrebató la mayoría absoluta a fuerza de kryptonita, Gürtel e incumplimiento del déficit, y, cuando ya está a punto de lanzarle el mandoble final, sucede que el Congreso se atora hasta diluirse: no hay nuevo gobierno y ni siquiera puede controlarse al actual, en funciones.

Lo cierto es que parecemos estar lejos de cualquiera de los dos finales que acabarían con el poder desorbitado de Clark Rajoy Kent. En la película, solo otro superpoder kriptoniano, otra mayoría absoluta, acaba con Superman (un monstruo feísimo muy poco identificable con las armoniosas fachas de Rivera y Sánchez). La otra alternativa puede parecer aún más fantasiosa, pero es la única que posibilitaría que nuestra democracia deje de ser un tebeo: en una viñeta histórica, es el propio Superman quien le confía a Batman un anillo de kryptonita para que lo utilice contra él cuando use indebidamente sus superpoderes… Sí, ¡¡Superman pone a disposición la única arma con la que se le puede controlar!! A ver para cuándo una Ley Orgánica basada en esa viñeta; la Ley Orgánica de la Kryptonita sería un buen nombre.

Ver Post >