Hay diferentes formas de vivir el frío. La de la ciudad y la de la sierra. He podido comprobarlo en mi última escapada a los Cameros. La ola siberiana que nos acecha estos días obliga en las calles de Logroño a caminar deprisa, con el cuello embutido en el abrigo o la bufanda, y a que las bajas temperaturas monopolicen todas las conversaciones. En la sierra, los temporales se relativizan. Todo el mundo admite que no tienen nada que ver con cómo nevaba antaño, cuando el manto blanco alcanzaba hasta las rodillas y tapiaba puertas. “Hace 31 años que no nos quedamos incomunicados”, me decía hoy Manuel Sáenz, un vecino de Nieva de Cameros. Para Manuel, como para otros muchos, los inviernos del siglo XXI se solventan con un ejercicio práctico: más tiempo en casa, encender la calefacción, ponerse un jersey más gordo y, si la cosa se complicase mucho en las carreteras, tirar de nevera. Vamos, es invierno y tiene que hacer frío. Lo extraño es que hasta finales de enero no haya caído un copo por estos lares. La nieve en Cameros tiene sus alicientes. Los vecinos aprovechan el desplome del mercurio para preparar los productos de la matanza. “Este tiempo, de frío seco, es ideal para que se curen los chorizos”, comentaba otro Manuel, en este caso de apellido Pérez, mientras se le hacía la boca agua. También constituye un reclamo turístico. Porque mucha de esa gente que parece no soportar el frío en la ciudad, subirá en el fin de semana a la sierra para jugar con la nieve o admirar el paisaje blanco. Y allí les recibirán los serranos, sorprendidos de que cuatro copos generen tanta expectación…





















