cuestión de financiación?

Ayer leí un artículo en un periódico internacional en el que se comunicaba que la ONU no tenía dinero ni fondos para llevar a cabo los proyectos en los que está embarcada. Estas afirmaciones lanzadas tan a la ligera me producen espanto y terror al saber que poco o escasamente informados estamos.

La ONU tiene recursos y muchos. Recursos financieros, humanos, materiales, tiene conocimientos y los profesionales necesarios para llevarlos a cabo. Los tiene y, serían más que suficientes si no fuera porque la mayoría de sus recursos económicos van destinados a aumentar la cartera de quienes están por encima de todo en detrimento de aquellos que se supone deberían ser los principales beneficiarios de ello. Este organismo internacional que se creó para mantener la paz y la seguridad internacional, promover el progreso social y mejorar los niveles de vida y derechos humanos y que más tarde asumió aspectos más humanitarios con el objetivo de hacer un mundo mejor, parece haber perdido el norte y ahora desaprovecha sus fondos, para pagar viajes en primera clase y a hoteles de cinco estrellas a algunos de sus dirigentes, para ir a reunirse en puntos donde ni siquiera presencian la realidad de aquellos países para los que trabajan. Parecen tan inmiscuidos en sus teorías y organización burocrática que se olvidan de bajar a terreno para ver con sus propios ojos que es lo que pasa y preguntarles a los afectados como creen que se podrían establecer sinergias para solucionar los conflictos. Teorías, proyectos, reuniones, convenciones, conferencias etc…que traen y llevan a los trabajadores de Naciones Unidas de un sitio para otro, generando un gasto enorme y absurdo cuando lo que habría que hacer es pasar a la práctica. ¿de qué nos sirven tantos informes si luego no se llevan a cabo? ¿cómo podemos saber qué es lo mejor para un pueblo si ni siquiera hemos estado con ellos, vivido codo a codo sus problemas o detectado sus verdaderas necesidades? Es como un padre que le dice al hijo lo que tiene que hacer cuando el hijo lo sabe perfectamente. Dejemos este sentimiento paternalista por parte de los países ricos y pasemos a ser sus hermanos. Solo desde este punto de vista es como entre todos podríamos obtener resultados más positivos. Pero mientras sigamos mirándoles con cara de pena y con aire de superioridad, solo porque tenemos conocimientos más teóricos que ellos, lo único que conseguiremos es que incrementar su desconfianza.

Y mientras los “padres” ven aumentar sus ingresos con su trabajo de gestión y burocracia, los “hijos”, aquellos que reclaman ayuda, siguen pidiendo a gritos algo para comer. El ejemplo claro está en Haiti, desde aquel terremoto que partió el país en pedacitos, han acudido a este país todos los organismos de Naciones Unidas con el firme propósito de recomponerlo. Este hecho que desde fuera se ve como un acto de solidaridad y valentía tiene una explicación. Las motivaciones económicas y laborales por parte de algunas agencias de Naciones Unidas para ir a Haiti eran demasiado apetitosas como para decir que no. ¿Y quién no se siente tentado por un caramelo? Pero lejos de ayudar al país, la llegada masiva de toda esta gente con buenos y grandes recursos económicos genera más miseria y discriminación en él. Las casas escasean por lo que lo precios suben, los alimentos sufren una subida similar y como esto, muchos otros aspectos. Mientras los haitianos, aquellos que se han quedado sin nada, siguen durmiendo en sus tiendas de campaña y buscando cada día algo para llevarse a la boca. ¿deberían entonces, estar agradecidos viendo como las casas que se están levantando nunca serán para ellos y sintiendo como su país se encarece cada vez más, mientras ellos siguen teniendo los mismos problemas? ¿Deberían estar agradecidos al ver como unas personas que vienen de fuera viven bajo techo y comen cada día a un precio inaccesible para ellos, solo porque vienen a ayudar? Es Haiti un ejemplo perfecto de cómo los recursos de este viejo organismo sufre de demencia senil, olvidando los buenos propósitos para los que fue creado. Y no se ofendan todos aquellos que estando dentro de él hacen una labor meritoria y muy importante. He conocido personas muy implicadas con la causa y quienes me producen una gran admiración.

Sugiero desde mi humilde opinión, un análisis de resultados de este organismo para que se pueda demostrar con hechos y no con palabras su eficacia, como también sugiero que recorten los inflados sueldos que aquí se cobran sin contar con los gastos de traslados, dietas, mudanzas y otros honorarios que caen a las arcas de quienes no lo necesitan.

Naciones Unidas no tiene problemas de financiación, lo que tiene es demasiadas personas chupando de un frasco que no debería ser para ellos. Demasiada teoría y poca práctica, demasiada oficina y poco terreno, demasiadas opiniones y poco acercamiento. Olvidemos el paternalismo y pasemos a la acción.

lecciones de mis sabias…

Comienzo un nuevo reto, éste tiene pinta de ser el más difícil de mi trayectoria como cooperante. Hoy, a las doce menos cuarto, pasará a buscarnos Felipe, el conductor del Orfanato Malambo, un orfanato que está a 15 kilómetros de la ciudad de Panamá en un pueblo llamado Arraiján. Está dirigido por una monjitas muy agradables que llevan toda su vida luchando por acoger a estas almas inocentes que, de una manera u otra, van a caer al orfanato. Al frente de todo está Sor Lourdes, una mujer de espíritu incansable y alma de guerrera, con el ímpetu que solo tienen aquellos que luchan de corazón para otros corazones. Su fuerza, su vigor y su coraje me admiró desde el primer momento en que la conocí, pero Sor Lourdes aún siendo la artífice de toda esta maravilla, no es el motivo de este texto.

Los motivos tienen nombres propios. Dargielys, Rubielis, Elisabeth, Karina, Luisa, Nicole, Leika y todas las que podría nombrar hasta contar hasta veintitrés, son la cara y las protagonistas de esta historia que os cuento. Veintitrés niñas huérfanas de entre cinco a siete años. Desobedientes, rebeldes, asalvajadas, movidas y, sobre todo, con una carencia afectiva y ganas de llamar la atención extraordinarias. Llegaron a Malambo por diferentes motivos, unas fueron abandonadas, otras son huérfanas, otras permanecen allí mientras la familia subsiste a duras penas en una chabola mísera. Cada una en sus ojos lleva dibujada una historia tan desgarradora como real. Hechos que a su corta edad ya han tenido que enfrentar como adultos. Malos tratos, vejaciones, abandonos, abusos, misería…Causas con consecuencias y consecuencias con causas.

El lunes fue mi primer día y me creí abatida, es curiosa la sensación. Me roban toda mi energía y, por otro lado, me dan toda la fuerza, las ganas y ante todo, los motivos para seguir luchando en este mundo ingrato.

Llego allí y entre tanto alboroto me olvido de que son niñas. Pueden conmigo, mi voz no es lo suficientemente alta como para hacerme escuchar. Imposible hacer una actividad conjunta y más difícil todavía hacerlas permanecer quietas y calladas. La disciplina del orfananto no ha conseguido amansar aún a este grupo de niñas tan dulces como salvajes a las que cariñosamente hemos apodado las fierecillas.

Todas se acercan, me abrazan, quieren sentirse exclusivas, quieren captar mi atención y ante tanto grito y desorden, yo no consigo más que desesperación, asombro y el duro dolor de pensar que quizá no pueda con ellas. Me vuelven loca, no me hacen caso. Busco a una, se me escapa. Llamo a otra, no contesta. Hablo con la que tengo enganchada a mi espalda, miro a la que permanece escondida tras de mí, le digo a otra que no pinte la pared, llamo la atención a las que saltan encima de las mesas, y de repente, me doy cuenta de que Dargeilys, la niña con síndrome down, no está. Comenzamos a buscarla, la llamamos por todas partes, nadie contesta, algunas niñas, detectando la preocupación, salen al jardín y, entre todas aunamos las fuerzas para buscar a su amiga, su compañera y su hermana, en este orfanato de familias numerosas. – Darjeilys, Darjeilys- No aparece, no está. Segundo día de orfanato, no puedo con esta responsabilidad, se me cae el mundo encima, y cuando volvemos a la casa para revisarla de nuevo, vemos que Darjeilys sale de la nevera, como si nada hubiera pasado, como si aquello no fuera con ella. Le encanta la nevera es su lugar favorito, lo que no me explico es como habrá conseguido meterse en ella y qué habrá hecho con la comida que había dentro.

Respiro tranquila y aliviada, no me importa la comida, no me importa nada más. Darjeilys está y, además, está bien. Ella, bajo su inocencia y su alma cándida ha conseguido que todas sus hermanas, compañeras y amigas se hayan organizado sin necesidad de explicaciones y argumentos. El instinto les ha llevado a unirse para un fin. No han hecho falta palabras para saber que en ese momento todas teníamos que estar a una. Las niñas me han ayudado y me han dado una lección.

Resetearé todo mi disco duro para empezar de cero y que sean ellas mismas las que me vayan guiando en esta difícil tarea de educarlas. Quién sabe, quizá sean ellas las que me tengan que educar a mí. Serán ellas mis maestras porque en lecciones de vida solo aquellos que han sufrido y han tocado lo más hondo tienen la sabiduría para seguir adelante.

con los ojos bien abiertos

Cuando Panamá entró en mi vida, me di cuenta de que era un país que nunca, hasta ese momento, me había provocado nada. Ni para bien ni para mal, Panamá permanecía en mi cabeza con algo neutral, la única referencia a la que podía agarrarme era el Canal, pero sin más. No tenía un imaginario de cómo podía ser. Y con este desconocimiento e ignorancia plena de un país nuevo que me esperaba, llegué a él.

Lo quise hacer así premeditadamente, no quería documentarme ni saber donde venía, prefería mantener mi mente en blanco para ir llenándola con las sensaciones, las vivencias y los conocimientos que aquí adquiriría. Quería sorprenderme, tener ese primer impacto que te deja boquiabierta ante lo desconocido, partir de cero y verme a mí misma como una niña ilusionada que se sorprende de todo. Los conocimientos, la información vendría después, una vez que hubiera saboreado la primera cucharada, poco a poco. Tenía mucho tiempo para saber donde estaba. Quise hacerlo así porque hoy en día, con los medios que tenemos ya nada es nuevo para nosotros, sabemos demasiado y no dejamos a nuestra mente y nuestro corazón que descubran las cosas por sí solos. Antes de partir, cogemos la guía turística, nos damos una vuelta por google earth o consultamos internet sobre el destino que nos espera. Pero esto tiene una consecuencia, cerramos los ojos a la realidad que se nos presenta obcecados en lo que hemos leído o visto en los medios.

-Vamos aquí porque me han dicho que está muy bien, en este restaurante se come fenomenal, este barrio tiene un edificio del s. XIV con una arquitectura maravillosa…- y así, cegados por lo que ya sabemos, hacemos un viaje dictado por los gustos de quien documentó aquel reportaje sobre este lugar. Mientras tanto, van pasando por delante de nosotros, miles de personas, lugares y hechos que constituyen la realidad y la historia de un país. Mientras permanecemos totalmente centrados en las guías o documentales nos olvidamos de lo más importante. Cada uno tiene que hacer su propio viaje y eso no está documentado en ningún lugar, simplemente hay que dejarse llevar.

Con esa idea vine hasta aquí, para dejarme llevar ante las sorpresas de cada día. Por este y otros muchos motivos he conseguido que este país verde y azul me sorprenda tanto o más que muchos otros en los que he estado.

Panamá sorprende y fascina, no solo por su importante naturaleza, su verde intenso y su frondosa selva, sino también por sus playas, salvajes y vírgenes, sus lugares inaccesibles, sus paraísos escondidos y sus rincones más mágicos. Pero sin lugar a dudas, lo que más fascina de esta tierra es la pluralidad de etnias y grupos indígenas que se encuentran armoniosamente reunidos en una superficie de poco más de setenta y ocho mil kilómetros cuadrados. Un país más pequeño que Andalucía reúne una gran variedad de grupos tan diferentes en sus costumbres como en su manera de vestir, de pensar y, en definitiva, de vivir.

Un crisol de culturas y de razas, desde los blancos descendientes de norteamericanos, franceses, holandeses, españoles, etc, que han pasado por aquí, hasta los negros descendientes del Caribe, las Antillas o África pasando por las siete comunidades indígenas, la gran comunidad china y la comunidad judía, forman un abanico extenso de mundos totalmente opuestos y diferentes, que, sin embargo conviven en armonía y en paz.

Y desde mi posición de mera espectadora, observo a la gente como si todo esto se me presentara en una pantalla gigante tridimensional. Me gusta verles porque ellos representan un puñadito del mundo. Es como si aquí se concentrarán todas las razas del mundo y vivieran entre ellos sin problemas, cada uno ocupándose de sus asuntos y sin inmiscuirse en las demás vidas. Cada uno con sus gestos, sus expresiones y sus maneras de hablar. Me gusta ver a las mujeres kunas tejiendo sus molas, a los ngöbe bugle con sus hijos, a los emberas con sus tatuajes, a los chinos con sus negocios, a los blancos comprando en los centros comerciales. Me gusta observarles cuando hablan, cuando discuten, mientras beben una cerveza, cuando bailan, cuando se quieren o se pelean. Me gusta verlos a todos, observarles sin juzgar, sin prejuicios ni asombros porque desde este punto, desde el respeto, la asimilación y la comprensión y los ojos bien abiertos he aprendido mucho más. Estoy en un país diferente y no puedo pretender que aquí las cosas se hagan o se digan como en mi propio país. Tampoco quiero. Me gusta disfrutar cada lugar con sus características, solo que, por el momento, me ha tocado observar, para que luego, cuando llegue el momento de actuar, no me sorprenda a mí misma por hacer las cosas de manera diferente a como las hacía en España, o en India, o en Angola o en Italia. Cada país tiene sus gentes y sus maneras de hacer y vivir y nada mejor que este crisol para mostrarnos que la comprensión, el respeto y el aprendizaje de cada cultura nos ayuda a ver el mundo desde un prisma diferente.

las antípodas de India

Llego a las antípodas de India, el país que ocupó un gran espacio en este blog durante mis meses de estancia allí. Después de un largo tiempo de descanso y reflexión, me encuentro de nuevo ante la pantalla de mi ordenador con la misma intención que pongo en todos mis textos. Transmitir las sensaciones, pensamientos y sentimientos que este lugar me ofrece.

Llegué aquí no sin antes haber hecho escala en mi país. España me volvió a acoger con los brazos abiertos y así mismo me escupió de nuevo a un lugar desconocido para buscarme la vida y seguir sembrando ese futuro que, a veces se ve tan negro. Y una vez más soy emigrante.

Me fui sin saber muy bien donde iba y, por caprichos del destino, me encuentro aquí en esta ciudad húmeda del trópico, el polo opuesto de India. Sus antípodas en todo su esplendor y con todo su sabor. Pasé de Asia a Latinoamérica, del misticismo espiritual, al consumismo al más puro estilo americano. De las casas de adobe y hojalata a los rascacielos lujosos, ostentosos y vanguardistas que aquí tienen los judíos y algún que otro famoso norteamericano. Del árido desierto a la selva frondosa y espesa, de los cantos hindúes a los gritos de los evangélicos, de lo etéreo a lo humano, de la filosofía más antigua al pensamiento más capitalista. Del bullicio de las calles y miles de gentes en ellas, a los motores de los todoterrenos y ningún peatón, en esta ciudad donde en muchos lugares ni siquiera hay aceras.

Y de igual manera cambió mi vida. Giró ciento ochenta grados, de trabajar cara a cara con y para los protagonistas de mi trabajo, a trabajar en la lejanía, sin nombres propios ni miradas que acompañen a mi esfuerzo. De una Fundación española a un organismo internacional. Del trabajo de campo al de oficina. De codearme con los más pobres a hacerlo con aquellos que manejan el poder. De sentir los corazones a verlos en fotografías. De dormir en una habitación modesta y sin grandes lujos a hacerlo en una casa con vigilante y piscina. De la práctica a la teoría.

He pasado de un extremo a otro, las antípodas las sufro fuera y dentro de mí, y ante estas circunstancias y a pesar de no querer que me afecten demasiado, lo hacen poquito a poco, rozando los rinconcitos de mi corazón, mientras éste permanece firme a todas esas tentativas del poder y del dinero. Vida fácil eso sí, pero resulta que a mí, me es un tanto complicada. Cerca de todas estas comodidades es fácil dejarse llevar por las tentaciones del diablo, mientras pierdo perspectiva y, a veces, me pregunto a mí misma el motivo de mi llegada hasta aquí.

En este punto me hallo, intentando plasmar lo que aquí siento y percibo. Desde aquí comienzo de nuevo mi camino con vosotros esperando ver lo que nos depara el destino. Gracias por venir a verme. Desde Panamá, las antípodas de India, espero volver a encontraros aunque sea virtualmente.

hasta siempre, vicente

A pesar de la pena de perderte, a pesar de tu enfado por mi llanto.

No puedo evitar llorarte, no puedo evitar amarte.

Hasta siempre, Vicente.

El mundo es, grande o pequeño, pero ES…

Sin contenido

La vuelta de India

Hace unas semanas que volví de India, aunque parte de mi mente se quedó atrapada entre el tumulto de su gente que con sus olores, sabores, colores, canciones y texturas ya me habían cautivado.

He vuelto en parte. Ya han llegado las sensaciones y ahora las estoy digiriendo, poco a poco para no perder ni el más mínimo detalle de lo sentido. Procuro sólo sentirlas y no pensarlas, pues como ya he dicho en numerosas ocasiones, India se siente y se huele pero no se puede explicar. Es como es y es lo que es.

Me atreveré tan sólo a narrar mi vuelta a casa y mis primeras impresiones de un mundo que ya conozco pero que cada día me sorprende más. Quizás porque cada vuelta la veo desde un ángulo diverso, la perspectiva que me da la distancia y el país del que vengo.

Lo primero que noté cuando aterrice en Frankfurt, fue que mis sentidos ya percibían otras cosas. Todo estaba muy ordenada, en su sitio, sin lugar a la improvisación, los pasajeros andaban por el lado derecho para no entorpecer el paso de quienes tenían prisa, las tiendas lucían sus mejores productos, el suelo brillaba de manera exagerada, olía a limpio, ese olor a ambientador que caracteriza en las tiendas de los aeropuertos. Dentro de todo este orden me sentía incómoda, no entendía bien porqué. Volví a mirar alrededor y noté la ausencia de miradas transparentes, la falta de sonrisas, el lento caminar de los indios, la tranquilidad y sintonía. Me sorprendió como en Europa donde todo es tan cómodo y accesible andamos todos siempre con prisas con objetivos marcados y mirando hacia nuestro fin. Me faltaban los sonidos estridentes, el jaleo de las calles, los colores de sus ropas.

Sensaciones demasiado recientes e intensas como para olvidarse en pocas horas.

Ahora ya ha pasado un tiempo, estoy volviendo y me doy cuenta. Siento como empieza a vencer la razón frente al corazón, en un intento de encontrar explicaciones lógicas a todo. Es uno de los síntomas de los que vivimos en el Primer Mundo.

India es sentimiento y Europa es pensamiento.

En esta fase me encuentro, en una lucha constante por sintonizar lo que allí he aprendido con esta realidad que es la mía.

Y en este momento de transición en el que aún conservo parte de la esencia que de allí he traído, intentaré transmitir de la mejor manera, la gran labor de la Fundación Vicente Ferrer en India y mis experiencias como voluntaria en Anantapur.

Charla “el mundo es grande o pequeño, depende de como se mire”

Día 10 de febrero a las 20.00 horas en el Centro Cultural Ibercaja. C/ Portales 48. Logroño

A Vicente Ferrer…

Sentada ante mi ordenador, viendo la nieve en la montaña y disfrutando del calor hogareño mientras fuera hace frío y llueve. ¡Cómo cambia todo en tan poco tiempo! Hace tan sólo unos días me paseaba en chanclas y manga corta por Delhi, sorteando las vacas, perros, rickshaws y miles de personas que se cruzan por el camino.

¡Todo es tan diferente! Lo que entra por los sentidos, las sensaciones que se producen, lo que sale desde dentro.

Y aquí estoy, dejando que mi historia india pase a ser un recuerdo. Dejando fluir, sintiendo y procurando no pensar demasiado.

Y cuando me enfado al ver tanto materialismo a mi alrededor, intento respirar. Cierro los ojos para enfocar la imagen de Vicente.

VICENTE FERRER. Un corazón puro envuelto en un cuerpo anciano que no corresponde a la vitalidad que todo su ser irradia. Alma caritativa y humilde que ha logrado llegar mucho más allá de lo que cualquiera puede imaginar.

Ataviado con su polo azul claro, su pantalón negro y siempre apoyado en su bastón, Vicente me mira con sus ojos llenos de sabiduría y paz. Mirada que se clava dentro de mí para escanear mi ser. No hay mentiras ni nada que esconder. No puede haberlas. Vicente sabe muy bien con quien habla desde el primer momento en que le ve.

Y frente a él, intento buscar la fórmula correcta a la pregunta que siempre hace. ¿Tú quién eres? Esperando una respuesta que no sólo sea el nombre, porque un nombre es la palabra adherida a un cuerpo. Sin más. Su pregunta va más allá. Y yo nunca supe responderla.

Y a mi mente vuelve su sonrisa pícara, a veces irónica, de este alma pura que ha dedicado toda su vida a ayudar a los que más lo necesitan. Le recuerdo narrando historias de la guerra y cómo se ríe al echar la vista atrás y ver que él ha salido de todas las trampas que le ha tendido la vida. Sonríe y piensa ¿por qué a mí? Bajo esa humildad que le caracteriza va contando como fue forjando toda esta estructura que ha sacado de la pobreza a tanta gente. Sin alardes, poco a poco y con mucho corazón. Una fundación que según entras respira paz, armonía y amor. Palabras bastante cursis en nuestro mundo creado. Es lo que hay. Vicente genera y da amor y ahora tiene todo lo que él ha sembrado.

Hombre que huye de los reconocimientos públicos porque está muy por encima de todo esto. Otra dimensión, lejana e inalcanzable para la mayoría de todos nosotros.

Me faltan las palabras para describir su grandeza. Por el momento seguiré cerrando los ojos y devolviendo a mi mente su imagen, su recuerdo y todo lo que él me ha enseñado. Seguiré recordándole cada vez que vea que me pierdo.

Te recordaré, Vicente, para ser mejor persona, para tomar perspectiva, para aprender a sonreír con los avatares que me sobrevengan y para impregnarme de tu bondad y humildad.

Con todo mi ser, que es lo que es. GRACIAS VICENTE.

BORRACHERAS EMOCIONALES

En estado de shock.

Despedirme de Vicente y de la Fundacion ha dejado una huella en mi intachable. Aunque olvido con facilidad, esta vez no lo hare porque no quiero que todo lo aprendido caiga al vacio.

He flotado como un pajaro que sobrevuela la tierra sin alejarse demasiado para no perder su norte, sabiendo en cada momento lo que sentia aunque no siempre encontraba una explicacion a esos sentimientos. Liviana, muy ligera de equipaje y muy limpia. En la brecha que deja la espiritualidad a la razon, he navegado libre y sin complejos, sonriendo y procurando dar todo de mi en cada uno de los momentos vividos.

He tenido borracheras emocionales hasta el punto de alcanzar la felicidad absoluta. Momentos en los que el sentimiento era tanto y tan intenso que mi cara reflejaba la sonrisa mas plena, no queriendo desperdiciar ni una sola gota de toda esa energia. La felicidad corria por mis venas y notaba sus pinchazos en cada uno de los puntos de mi cuerpo que, a su vez, se llenaba de aire para flotar otra vez en la mas autentica de las cogorzas sentimientales.

Y, entonces, corria a mi gente para repartir toda esa felicidad y no quedarme ni con un solo gramo de ella. Y todo lo que hacia me parecia poco porque tenia tanta alegria y tan intensa que no queria dejarla escapar. Y flotaba gritando a los cuatro vientos que estaba borracha y que mi melopea era tan impresionante que no sabia que hacer con ella.

Y miraba alrededor y me sentia libre, sensacion que me acompanaba alli donde iba. Y seguia emborrachandome porque sabia que la resaca iba a ser mejor todavia.

Tambien tuve borracheras melancolicas en las que no podia parar de llorar.tampoco queria. Lloraba para descargar y notar como las lagrimas limpiaban mi corazon. He llorado mucho. Si las lagrimas se midieran ya no tendria mas vasos donde derramarlas.

Lloraba una veces con motivos y otras sin ellos. Los motivos me ayudaban a descargar y cuando ya no encontraba ninguno, seguia llorando porque el cuerpo asi me lo pedia. Sacar y limpiar con agua lo sucio, lavarme y dejarme sin cargas para volver a volar como ya lo habia hecho.

Y hoy quiero seguir sintiendome asi. Se que tendre que volver a mi burbujita a respirar oxigeno puro. Tendre que volver a ver a Vicente porque asi me lo pide mi interior para volver a sentir su energia y su bondad y cargar mis pilas con todas las sonrisas y miradas de agradecimiento recibidas. Y asi poder devolverle la mejor de mis sonrisas. Limpia, pura y llena de amor.

Desde Jodhpur, Rajasthan. Marta Sarrramian.

(perdonad por los acentos aqui el teclado es una historia aparte)

un día más

El rezo de las mezquitas me despierta cada día a las cinco y media de la mañana. Ya me he acostumbrado a ese sonido monótono y uniforme que hace que caiga de nuevo en el sueño.

Oigo a los lejos los cascabeles de los bueyes y siento como se van acercando hasta pasar al lado de mi puerta. Me vuelvo a despertar con los chillidos de las acas (trabajadoras de la fundación). Las ventanas no tienen cristales, tan solo una mosquitera nos separa del sonido de la calle.

Son las ocho menos cuarto. Me levanto y me endoso las mallas para hacer yoga. Abro la puerta, oigo el graznido de los cuervos, miro al cielo y bajo la vista al suelo para comprobar que ningún bicho inesperado se cruce en mi camino.

La fundación está empezando a despertar. Me calzo las chanclas. Me gusta sentir la sensación de libertad en mis pies. Hace varios meses que no llevo zapato cerrado.

Atravieso la calle de tierra para hacer yoga en lugar soleado.

Vuelvo a mi habitación. Me ducho con los cubos pequeñitos que hay en cada baño. A veces hay agua caliente y otras no. Siento caer un manantial de agua por todo mi cuerpo.

Ya tengo hambre, en la cantina me encuentro con todos los voluntarios que buscan el pan de molde más blando, tarea difícil, muchos días, casi imposible. La leche de búfala es fuerte, me recuerda a la leche de vaca que tomaba de pequeña. Las acas cocinan en la parte trasera y como cada día al entrar a saludarlas, me las encuentro sentadas en el suelo, cortando verduras y preparando dosa o parota.

Me dirijo a la biblioteca donde preparo las clases de español. El ordenador da problemas, está lleno de virus y funciona como y cuando quiere. Me desquicia pero intento contagiarme de la armonía y paciencia que se tiene aquí.

A las once, mis alumnos ya están esperando para comenzar las clases. Entran a paso lento y arrastrando los pies y llenan la sala de color. Su rostro refleja cansancio. Ya llevan seis horas levantados y aún les queda gran parte de la jornada por delante. He desistido de hacer cualquier actividad que implique creatividad e imaginación, me frustraba cada día. A cambio recibo sus ganas de aprender y sus sonrisas de agradecimiento.

Pasan las horas entre clase y clase, entre una explicación y otra, intercambiamos cultura española e india. Les doy las gracias por todo lo que me enseñan y se ríen.

Me acerco a ver a Madhavi, una chica con poleo que trabaja en artesanía. Le enseño un poco de español y siempre me ofrece algo de comer. Me gusta aunque pica un poco.

Vuelvo a tener hambre. En la cantina me encuentro con todos los voluntarios de nuevo para comentar las hazañas de la mañana. El menú es muy poco variado, arroz, parota, tomate, pepino, patatas y alguna verdura. Es muy especiado, no me gusta mucho pero como porque tengo hambre. Después del té, un descanso en la hamaca. Mientras me mezo sigo escuchando el constante graznido de los cuervos. Este sonido acompaña cada momento del día.

Por la tarde me encuentro con mis alumnos, chicos de entre veinte y treinta años. Toca clase de conversación y hablamos de todo un poco, y nos reímos, y soñamos, y me cuentan y les cuento…

Voy a la oficina y me pongo a escribir. Otra vez a cruzar los dedos para que el ordenador no se bloquee. Va todo bien.

Son las seis y ya es de noche. Voy a casa de Sharmeela. Al atravesar la puerta de la fundación comienzo a oír el ruido de los cláxones de los vehículos al pasar. Motos, rickshaws, bicis, tractores, autobuses destartalados pasan a gran velocidad formando una polvareda que casi te impide respirar. Mientras paseo por las calles de barro, los niños me persiguen diciéndome hola en español. Han aprendido rápido, la fundación ha traído aquí a muchos españoles.

La encuentro sentada en la cama revolviendo los granos de arroz, me siento a su lado. Mientras charlamos, su marido cose para mí unos pañuelos hechos con tela de saree de mi amiga y sus niñas hacen los deberes en el suelo. La casa es pequeña, sólo tiene dos estancias, una para la cocina y otra que hace las veces de salón y dormitorio. Me ofrece dulces, acepto por cortesía aunque no me gustan. Me los como, tienen tanta azúcar que siento como mi boca segrega saliva para amortiguar el sabor.

Emprendo mi regreso en la noche cerrada, percibo la sombra de alguien que hace sus necesidades al lado del camino. Piso un charco, no quiero pensar que es. Continúo hasta llegar a la fundación y entro en la oficina de Vicente para hablar un rato con él. Me enseña y yo aprendo. Me gusta estar con él y una sensación de calor me invade cada vez que me aproximo a ese alma tan viva envuelta en un cuerpecito ya envejecido. Su energía está por todas partes.

Llego a mi habitación, bailo danza africana y me pego una ducha. El agua sale marrón del polvo acumulado durante todo el día. Mis manos están ásperas y la planta de mis pies es cada vez más dura.

Decidimos salir a cenar fuera. Cogemos un rickshaw para 10 personas que nos cuesta cinco rupias cada uno (0,08 céntimos de euro). En el restaurante pedimos una comida no picante. Parota, Mushroom Butter Masala y arroz. No sirven bebidas alcohólicas. No está permitido. Traen la comida, pica a rabiar, me lloran los ojos, los labios me escuecen y los siento enormes, se me despeja la nariz y necesito beber agua. Comemos con las manos. Pedimos yogurt para suavizar el picante. No puedo más. He comido poco pero el picante me ha saciado. Todo el mundo nos mira. Somos los únicos blancos en medio de una veintena de hombres indios. A las once nos echan y hacemos autostop de vuelta. Hemos tenido suerte, nos para un trabajador de la fundación, otras veces vamos en la parte trasera de los tractores o en los camiones.

Antes de acostarnos nos sentamos en el porche a reírnos de la vida al pasar. Lo hacemos. Esto se nos da muy bien. Es la una y media. Otra vez se me ha hecho tarde. Intentare descansar.

HASTA MAÑANA.

La Rioja

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