La Rioja
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Viaje al ¿origen? de Rioja

Rioja aprobó este verano la primera diferenciación de vinos de su historia: los Riojas de ‘Viñedos Singulares’ que implican una nueva categoría con exigencias de producción, calidad y costes superiores al resto. Un pretendido viaje hacia el origen, hacia los viñedos, que aspira a completar las menciones tradicionales de crianza, reserva y gran reserva, hasta ahora la única distinción de vinos (por el tiempo en madera) existente la DOCa. Aunque, como se puso ayer de manifiesto en el Foro Internacional del Vino de Club de Marketing, Rioja tendrá que hacer ‘ejercicios de pedagogía’ para explicar en qué consiste una apuesta que Priorat, desde ya hace años, sí ha tenido clara.

En este sentido, el Foro reunió a representantes de las tres principales organizaciones bodegueras de la región y, tal y como pusieron de manifiesto sus portavoces, el consenso alcanzado para la nueva normativa ha sido más bien ‘justito’. Íñigo Torres, gerente del Grupo Rioja, la asociación dominante, y Begoña Jiménez, coordinadora de ABC, que agrupa a firmas históricas que elaboran vinos de coupage y de largas crianzas, dejaron claro que, a su juicio, los ‘nuevos Riojas’ de Viñedos Singulares, de municipio y de zona «no deben ser entendidos como categorías superiores», sino simplemente como «menciones geográficas». «Las únicas categorías, verticales de Rioja, seguirán siendo las de crianza, reserva y gran reserva», insistió Torres.

Enfrente, Eduardo Hernáiz, presidente de Bodegas Familiares de Rioja (BFR), quien, pese a insistir en que ambas categorizaciones deben ser compatibles, abogó por «empezar a diferenciar viñedos y producciones para recuperar credibilidad». «Los vinos de viñedos singulares son el primer paso hacia una diferenciación; tenemos clima, suelos y conocimiento para intentar competir con los grandes vinos del mundo y hay que apostar por esta línea».

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Quedó claro el compromiso de Bodegas Familiares por las nuevas figuras, incluso con su promoción por parte del Consejo, pero no tanto la de Grupo Rioja ni la de ABC: «Las figuras están recién aprobadas, incluso aún pendientes de aprobación administrativa, por lo que no tiene sentido promocionar algo que todavía no tienes», advirtió Torres.

Hernáiz recordó, sin embargo, que la modificación del pliego ya ha sido publicada en el BOE (pendiente de alegaciones) y que ya hay bodegas que están siguiendo una trazabilidad desde la vendimia pasada, con lo que los primeros vinos de Viñedos Singulares podría estar en el mercado a principios del 2019: «El año próximo habría que hacer un importante esfuerzo de promoción y otro mayor en el 2019 porque hemos generado atención entre la crítica después de mucho tiempo». «Para mí -añadió-, la diferenciación está en la uva; tenemos grandes vinos de reserva pero también otros a poco más de tres euros y ese sistema tradicional necesita complementarse».

Torres y Jiménez coincidieron en que la mejora en valor es un reto para Rioja: «Puede haber demanda creciente por los vinos más ligados al ‘terruño’ pero sigue siendo la Rioja de los ‘coupages’ la que nos ha dado el prestigio», apostilló la representante de ABC. En esta línea, el gerente del Grupo Rioja apostó por un modelo propio: «Rioja no es Borgoña y no conviene imitar a nadie sino desarrollarnos con nuestra propia personalidad».

Y, de nuevo, Bodegas Familiares dejó claro que maneja otras ‘claves’: «Mirar y valorar nuestros viñedos no es inventar nada; hemos dado un primer paso que, aunque con defectos, debe animarnos a seguir». Por último, Hernáiz lanzó un mensaje para algunos de los productores de los vinos ‘top’ de Rioja que, de momento, han optado por no acreditar Viñedos Singulares: «La diferenciación ha sido lo que han demandado durante años, así que no entiendo que algunos ahora prefieran quedarse de perfil».

Un interesante debate, de momento interno pero al que están atentos prescriptores y crítica, y, visto lo visto, Rioja debería empezar a explicar bien hasta dónde aspira realmente a llegar con su ‘viaje al origen’.

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El artesano urbano

Javier Arizcuren abre en el centro de Logroño, entre comercios convencionales, una bodega donde elabora, vinifica, cría, embotella, etiqueta… cata y vende sus vinos

El arquitecto y viticultor reivindica el concepto artesanal de elaboración en un espacio urbano y multificional, donde incluso recepciona la uva

LOGRONO. Calle Santa Isabel. Javier Arizcuren en su bodega urbana, en una imagen de Justo Rodriguez

LOGRONO. Calle Santa Isabel. Javier Arizcuren en su bodega urbana, en una imagen de Justo Rodriguez

En pleno centro de Logroño, en la discreta calle de Santa Isabel, una bajera de apenas 180 metros acoge la primera y única bodega urbana de La Rioja y, probablemente, de España. Javier Arizcuren, arquitecto de profesión y viticultor por tradición y devoción, vinificó ya la pasada vendimia por primera vez en Santa Isabel los 7.000 kilos de uva de sus propios viñedos del entorno de Quel y las laderas de Yerga: «Hacía 40.000 kilómetros al año, de Logroño a Quel continuamente, en muchos casos de noche, y un día decidimos en la familia que si quería seguir con esto tenía que pensar en elaborar el vino en Logroño». «Ahora –continúa– son las uvas las que hace 55 kilómetros en la vendimia en una furgoneta refrigerada y todo es más sencillo».
Bodegas urbanas con elaboración incluida, aunque habituales en los pueblos vitícolas, están apareciendo poco a poco en varias ciudades de EEUU, en Londres, en París, en Sidney… y, desde hace unos meses, hay una en Logroño. Arizcuren ha trabajado en el diseño de varios proyectos bodegueros ‘convencionales’, tanto de la edificación como de la ingeniería, y tiene claro que no va a pillarse los dedos: «Cuando trabajas para terceros –explica– los proyectos te vienen preconcebidos y, en algunos casos, están sobre dimensionados por lo que no acaban bien». «Este mundo del vino –continúa– no es fácil y en mi caso, aunque tengo 16 hectáreas en propiedad de mi familia, únicamente selecciono de momento entre dos y tres para elaborar mis vinos».
En este sentido, el arquitecto tuvo claro donde ubicar su bodega: «Es una bajera continua al despacho de arquitectura, la otra pasión de mi vida y en la que seguiré trabajando; el local estaba vacío durante décadas, así que cuando hablé con el propietario le encantó la idea». Sí que muchos vecinos no terminan de entender el concepto: «Cuando preguntan les digo que es una bodega de elaboración…, y me contestan: ¡ahhh!, una tienda…! No, una bodega…», … «pues eso, una tienda de vinos»… «De hecho, una señora me insistió tanto en la vendimia para que le vendiera un par de kilos de uva que se los regalé, pero poco a poco se irán familiarizando».

Normativa municipal
Arizcuren aprovechó un cambio de la normativa municipal del año 2016 que permitió utilizar las plantas bajas urbanas de hasta 200 metros para actividades artesanales: «Los técnicos municipales fliparon un poco cuando les hablé de abrir una bodega, pero lo cierto es que no hay artesanía más propia en Rioja que la elaboración de vinos». «En las ciudades –continúa– hemos echado a las bodegas a los polígonos industriales y, aunque está claro que algunas muy grandes no pueden convivir en un casco urbano, otras más pequeñas, desde mi punto de vista, enriquecen mucho una ciudad como la nuestra».

Asegura que no hay molestia alguna para los vecinos ni hubo tampoco ningún problema con Sanidad, más allá de construir un depósito subterráneo para el almacenamiento aguas y residuos: «No hay olores, no hay nada… únicamente una furgoneta aparcada en la puerta en la vendimia».

En el interior de la bodega –‘Taller de Arizcuren Vinos’ en Internet, donde se pueden concertas catas y visitas–, destaca el pragmatismo: los pequeños espacios son multifuncionales y en esos 180 metros es capaz de completar todo el proceso: «tengo depósitos, barricas, un mini laboratorio, etiquetadora y hasta embotelladora portatil, con la que nos apañamos por poco más de 1.000 euros». «No hacen faltan grandes cosas, más allá de buenas uvas, para hacer vinos», sostiene. «No tengo equipos de frío –continúa–, traigo la uva refrigerada en una furgoneta que alquilo en vendimia y no me hace falta una inversión de 20.000 euros».

Arizcuren ha recreado un antiguo dispensador de vinos, con suelo de hormigón con resina para mantener la pulcritud y baldosín blanco como el de añtaño en las paredes:todo un lujo, una auténtica bodega urbana visitable y activa en el centro de Logroño… y quizás precursora de futuros artesanos del vino.

Los viñedos: Yerga, el mazuelo y las garnachas por identidad

En sus poco más de media docena de depósitos reposan el trabajo de Javier Arizcuren, mientras que en la poco más de docena de barricas se crían unos vinos auténticos, mazuelos y garnachas que, con una rigurosa selección y trabajo de campo, han llevado los vinos de Arizcuren a más de 25 restaurantes con estrella Michelín de España. «Este modelo, de unos pocos miles de botellas, funciona en Francia, en Italia, en países del Nuevo Mundo… por qué no hacerlo en Rioja».

Arizcuren reclama espacio para el pequeño vitivinicultor en esta denominación de origen que ha apostado por la generalidad y que sólo en los últimos años intenta revertir el camino para dejar espacio a las singularidades, a los vinos originales y al talento de nuevas generaciones comprometidas con los viñedos.
Sus viñas escalan hasta las laderas norte de Yerga, en la comarca de Quel. Una viticultora prácticamente salvaje, despensa habitual de corzos y jabalíes y que sigue luchando contra la erosión: «El viñedo lamentablemente bajó al valle, se sustituyeron garnachas por tempranillo y el monte fue ‘invadiendo’, desertizando, las viejas garnachas abandonadas». «El proceso es reversible y yo personalmente creo mucho en esta zona, muy desconocida, pero con un extraordinario potencial histórico». De momento, la primera apuesta del viticultor con un varietal de mazuelo (‘Sólo Mazuelo’) le ha llevado a los mejores restaurantes de España y de Europa. La siguiente ya está en la calle ( ‘Solo Garnacha’) y en bodega reposa la siguiente: otro varietal, espectacular recién embotellado, de garnacha a casi 750 metros de altitud, una pequeña ‘isleta’ de viñedo prefiloxérico (120 años) en el mismo bosque.

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‘Apenas un 3% se ha hecho portavoz de Rioja Alavesa cuando hay 1.900 familias viticultoras’

Salvador Velilla. Profesor, etnógrafo e investigador de la comarca riojanoalavesa

Este profundo conocedor del territorio vasco de la DOP Rioja lamenta que, “por interés político, se omita la opinión de la gran mayoría silenciosa”

Salvador Velilla. Suplemento 70 aniversario correo de Alava. AMURRIO. 08/11/2016 Sandra Espinosa

Salvador Velilla, en una imagen de Sandra Espinosa (El Correo).

Mientras la DOP ‘Viñedos de Álava’ (Arabako Mahastiak) sigue su curso administrativo, Salvador Velilla, nacido en Lapuebla, escritor y etnógrafo de la comarca –además de colaborador habitual de Vocento, en la edición alavesa de El Correo–, reflexiona sobre lo que considera puede ser un «error histórico» y anima a la que él denomina, «mayoría silenciosa», a hacer público su punto de vista: «Apenas un 3% se ha hecho portavoz de Rioja Alavesa, cuando hay 1.900 familias de viticultores a las que nadie les ha preguntado nada». Velilla, uno de los grandes defensores de la identidad de la comarca, y de los vinos de Rioja Alavesa no duda de que ‘Viñedos de Álava’ «arrastra una intensa carga política detrás» e insiste en que, en lugar de profundizar en la identidad, una DOP como la planteada «diluye la que nos hemos forjado a través de siglos».

– Ha sido usted crítico en diversos artículos de opinión de prensa con la nueva DOP? ¿Por qué?
– Rioja Alavesa es una pieza fundamental de Rioja. La historia del vino de Rioja no sería igual sin esta comarca. Manuel Quintano, en el siglo XVIII, trabajó por mejorar los vinos con las técnicas de Burdeos y un siglo después el Marqués de Riscal trajo al enólogo Jean Pineau e introdujo definitivamente el ‘Rioja moderno’. Yo me considero riojanoalavés y no entiendo por qué se está intentando obligar a la gente a elegir. En mi casa hay dos diplomas del Consejo Regulador que ganó mi padre en los años setenta, uno de ellos el primer premio en vinos de calidad Rioja Alavesa. Mi madre hablaba de La Rioja castellana y de la alavesa, sin desprecio alguno. Hay dos Riojas, siempre las ha habido, y no entiendo que alguien pretenda que se renuncie a un apellido histórico.

– ¿Cree que la nueva DOP generara división en la comarca?
– Sin lugar a dudas. En Rioja Alavesa hay casi 2.000 familias que viven de la viña y el vino, pero resulta que son sólo 40 los que quieren abandonar Rioja. Es decir, ABRA supone un 14% de la comercialización de Rioja Alavesa y, de 126 socios, son supuestamente 40 los que apoyan la nueva DOP. Eso no es ni el 3% de los más de 1.900 viticultores de la comarca. A la inmensa mayoría ni se le ha escuchado y ni tan siquiera se le ha preguntado. La mayoría de los viticultores venden sus uvas a grandes bodegas y a las cooperativas e incluso los pequeños bodegueros tienen que vender la uva o el vino que les sobra al no poder sacar embotellada toda la cosecha. No creo que aquéllos sean peores viticultores que los que embotellan. ‘Viñedos de Álava’ fomentaría muchísimo la división.
– ¿‘Viñedos de Álava’ nace de un ‘calentón’ tras no lograr en un determinado momento una mayor diferenciación de la subzona?
– Posiblemente, pero quizás haya tenido más influencia la manera cómo se ha llevado la candidatura del paisaje del viñedo a Patrimonio de la Humanidad. Yo estuve cuando se constituyó la candidatura y únicamente entraba el paisaje de Rioja Alavesa y Rioja Alta. Intervino la política, en este caso de Logroño, y se cambió lo firmado para incluir a La Rioja Baja. Aquello fue un punto de inflexión y un error, pero tampoco entiendo el recelo y el desprecio que se está creando hacia La Rioja Baja. Si se mira la historia ha habido siempre viñedo en Alfaro o en Aldeanueva y también hemos tenido hace unos años cultivos hortícolas en Lapuebla, pero ahora confundimos la Historia con las cosas de hace cuatro días.
– ¿Es posible la diferenciación dentro de Rioja?
– Debe serlo. Es necesaria y, de hecho, no es nada nuevo. En los años 80 la gente de Vitoria, de Bilbao…, cuando cataban los vinos de cosechero, reconocía de qué pueblo venía cada uno, por su diferente clima, altura, suelo…, identificándolo por su paladar. Yo no tengo fronteras. Está claro que la Sonsierra es una misma comarca y que las administraciones han puesto una raya. Creo en la diferenciación, pero dentro de la misma Rioja Alavesa: de los 400 metros de Laserna a los 700 de Kripán o lo que se está plantando ahora en Labastida hay una diferencia enorme. Siempre ha habido discrepancias entre Rioja Alavesa y la ‘Rioja castellana’ y éstas han servido para avanzar. En el siglo XVIII los caminos para transportar el vino fueron el problema, en el XIX la conservación, el envejecimiento del vino fue el gran reto y ahora tenemos la diferenciación. La Rioja Alavesa ha mantenido sus viticultores y su identidad y, si no somos capaces de potenciarla ahora, deberíamos pensar en si no somos nosotros mismos los culpables.
– Desde ese punto de vista, usted considera que la DOP Álava no sólo no diferencia, sino que diluye…
– Por supuesto. Yo vivo en Amurrio, donde he ejercido profesionalmente durante más de 25 años como técnico de cultura en el Ayuntamiento. Allí también tenemos viñedos, de chacolí, y somos Álava. Si a los viñedos que están junto al Ebro les llamamos Viñedos Alaveses, ¿qué diferenciación es esa? Es como si fuéramos a Idiazábal y les dijéramos que renunciaran a su identidad y pusieran Euskadi en las etiquetas de sus quesos, borrando Idiazábal. Cuando tomo un vino de Rioja Alavesa soy consciente de que estoy tomando un Rioja, un Rioja alavés, un Rioja de Euskadi.
– ¿Cree que el Consejo Regulador de Rioja debería ayudar en esa diferenciación?
– Yo no soy entendido en legislación vitivinícola. Creo que deberían cambiar las cosas pero de una forma sencilla y natural y, sobre todo, tratar de ayudar a la incorporación de jóvenes para intentar comercializar sus propios vinos. ¿Por qué son necesarias 50 barricas para poder indicar ‘crianza’ en un vino? ¿Por qué no puedo poner que el vino es de mi pueblo si lo es? Insisto en que no soy experto pero mucha gente se queja de la rigidez, de la tremenda burocracia y en este sentido sí que creo que debería haber cambios. Hace unos días leía en el XL Semanal de Vocento un reportaje en el que extranjeros que vivían en España hablaban muy de bien del estilo de vida y del carácter de la gente, pero se quejaban… de la burocracia y el papeleo. La clave del éxito, y estamos en un momento crucial como muchos otros que ha habido en la historia, es ofrecer calidad y calidad que, aquí, la tenemos.
– ¿Juega un papel importante la política en todo esto?
– Por supuesto, yo lo tengo claro. En cuatro días se anunció la DOP ‘Viñedos de Álava’ y apareció el pliego de condiciones que se había contratado a la Universidad Rovira i Virgili. Estaba preparado de antes. Me ha chocado que los políticos hayan entrado tan ‘de cabeza’ en este tema. Desgraciadamente, en casi todas partes los políticos confunden lo que piensan sus amigos o su entorno más cercano con lo que piensa el conjunto de la sociedad. En este caso, como decía, no se ha preguntado a los 1.900 viticultores riojano-alaveses.
– De hecho, el sindicato alavés UAGA se ha desmarcado de ABRA.
– Así se ha publicado en la prensa. Y los viticultores son absolutamente claves para tomar una decisión de este tipo. Respeto mucho lo que ha hecho Bodegas Artadi, pero tiene su reconocimiento y su trayectoria, mientras que el resto… ¡Cuesta mucho abrirse camino! Estoy convencido de que con una DOP ‘Viñedos de Álava’ como la que se está planteando tendríamos los mismos problemas que tenemos con el actual Consejo Regulador. ¿Quién va a comprar las uvas que le sobran al viticultor alavés? ¿Dónde van a comprar las uvas las bodegas alavesas ante un desgraciado accidente natural como la helada de este año? Está claro que Rioja debe mejorar el precio de venta para que los viticultores y pequeñas bodegas puedan vivir decentemente de su trabajo. Es el gran reto y creo que habría que hacer más por esa diferenciación objetiva y, como decía, por suprimir burocracia y rigidez y por ayudar a los jóvenes a emprender y constatar que el duro trabajo de la viña y la bodega les compensa con unos precios dignos y con un reconocimiento. Si no somos capaces de mantener la identidad y supervivencia de nuestros viticultores, sin duda que todos debemos mirar hacia adentro y ver qué estamos haciendo mal.

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