EL VINO COMO SIMBOLO RELIGIOSO
 
  
            Aunque algunos dicen que la Toscana italiana tiene muchas semejanzas con La Rioja, tanto en lo que concierne al paisaje como por la predisposición natural de la tierra a dar un vino de calidad (en este caso el Chianti, asociado para siempre en mi memoria a una botella en forma de calabaza recubierta por un sencillo trenzado de aneas secas), otros consideran que es la zona de Trento, arriba del todo y en una encrucijada de caminos también, la que, en aspectos muy concretos, mantiene una mayor afinidad con nuestra región.
 
            Ese especial encuadre es el que, con toda seguridad, inclinaría la balanza a favor de que Trento, allá a mediados del siglo XVI, se convirtiera en sede de un Concilio que marcaría para siempre los derrroteros que tendría que seguir a partir de entonces el Catolicismo como forma de combatir las ideas luteranas que, poco a poco, se iban extendiendo. Liturgia, Contrarreforma y Arte acabarían fundiéndose a partir de entonces para ponerse al servicio de la pedagogía y la catequesis. Pero si un hecho tan importante ocurrió en ese lugar es porque el Papa de entonces no conocía las vaguadas multicolores de La Rioja, ya que, de lo contrario, lo más probable es que hubiera sido el interior de la catedral de Santo Domingo de la Calzada lo que habría pasado a lienzo Tiziano dejando, como buen cronista de pincel, testimonio perpetuo del acontecimiento.
 
            Viene esto a cuento porque fue en Trento donde se establecía que, gracias al sacrificio de la misa, el vino y el pan pasaban a transformarse en la sangre y el cuerpo de Cristo. Esto explica por qué a partir de esos precisos instantes esos dos productos acabarían alcanzando entre los fieles la dimensión de mitos, al quedar envueltos para siempre en una simbología de proyecciones sobrenaturales. Si bien ya desde el románico, según se puede percibir en numerosos capiteles o canes de algunas cabeceras de edificios religiosos, las representaciones de uvas, pámpanos, sarmientos y hogazas de pan fueran de hecho muy frecuentes. Lo mismo que ocurre con algunas portadas del tipo Reyes Católicos en las que aparecen vendimiadores jugueteando entre los baquetones apuntados.
 
            Vino y pan, los mejores "inventos" que ha creado la humanidad junto con el jamón y los salazones de pescado. No hablo del queso porque, así como no conozco a nadie de nuestra cultura que haga ascos al jamón (estoy convencido de que su consumo crea adicción), el queso produce importantes rechazos entre un buen sector. Yo, por ejemplo, odio con visceralidad los derivados de la leche. Por eso busco respuestas a cualquier estímulo recurriendo a un buen vaso de vino tinto degustado con lentitud. Vino, síntoma de vida y de celebraciones, en contraposición al pan, asociado siempre al viaje sin retorno de la muerte. Por algo se colocaba siempre sobre la sepultura de los difuntos más recientes un paño negro, un velón encendido, un reclinatorio y un cuartal de pan acompañado de un pequeño puñado de monedas a modo de ofrenda o limosna como recuerdo a Caronte.
 
            Nada mejor que analizar la evolución que sufren los alzados de los retablos en nuestras iglesias a lo largo del tiempo para comprender el protagonismo que adquieren las vides en su diseño durante un prolongado periodo. Es la llamada etapa eucarística (que en La Rioja se inicia con la fábrica del retablo mayor de Murillo de Río Leza en 1668) caracterizada por el uso de sarmientos, uvas suspendidas en el aire y pámpanos retozando entre las volutas de las columnas salomónicas. La religión, es decir, la iglesia local, contemplada al mismo tiempo como viña y bodega. Casi nada. Por eso cuando apuro una copa de vino tinto rodeado de los seres queridos no puedo evitar que me entre un cosquilleo por todo el cuerpo. Y es que tener la posibilidad de sumergirse en la Historia gracias a ese líquido con el mismo color que el terciopelo carmesí constituye para mí un verdadero lujo, orgulloso en mi fuero interno de ser un Marqués de Bradomín cualquiera: feo, católico y sentimental, según definía con ahínco y precisión a este personaje literario su propio creador, el inolvidable gallego don Ramón María del Valle Inclán.

Escrito por: jm-ramirez 0 comentarios 07 May 2007 URL Permanente

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Sobre este blog

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El vino y su cultura

José Manuel Ramírez Martínez, es Catedrático de Institutos Naciones de Enseñanaza Media, Doctor en Historia del Arte, autor de numerosos libros y trabajos sobre el arte y la historia de La Rioja, como 'Navarrete', 'Briones', 'Fuenmayor', 'Alfaro', 'Calahorra'... y es especialista en retablos.

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